La exigencia del pensamiento o Pensamiento de altura

     Escribiremos dos notas a partir de Escoger su herencia, primer diálogo del texto Y mañana, qué[1] de Élizabeth Roudinesco y Jacques Derrida. La primera en relación con la difícil y ardua tarea que representa estar a la altura, sofisticación y complejidad de grandes pensadores. La segunda, en conexión con la primera, sobre lo fácil que resulta desacreditar el pensamiento y obra de algunos de ellos.

Elizabeth Roudinesco y Jacques Derrida, autores de Y mañana qué
                                      Elizabeth Roudinesco y Jacques Derrida

     Hablar y escribir para opinar sobre algo o alguien implica una toma de posición. Nosotros, con lo poco que sabíamos entonces, y no debido a sus textos, ubicábamos a Jacques Derrida como un filósofo crítico de Jacques Lacan, sólo eso. Esto significaba que sin conocer su obra o exactamente en qué le criticaba, para nosotros resultaba suficiente saber que existía cierta distancia entre las posturas de ambos pensadores. Esto, por supuesto, no descartaba para nada la obra que desconocíamos del primero; actualmente, ya que lo leemos, su obra nos ha inyectado con un estímulo renovado para repensar ciertos temas. No fuimos los únicos que redujimos así las cosas, que nos quedamos sólo con lo que otros decían de él. El pensador argelino da cuenta de esa simplificación y error a la vista de los extranjeros, dentro de los cuales nos incluimos: “Todos estos autores [se refiere a los pensadores parisinos de los setenta] parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo”.[2] Nada más fácil, como lo hicimos, que clasificarlo o ubicarlo en cierta línea de pensamiento, en determinada época, en una disciplina, dentro de algún grupo político o nacionalista, en relación con quién están de acuerdo o en oposición, etc. Pero, aún revisando su obra, ¿quién es capaz de esa lectura que requiere la “precisión” que podría haber evitado la irritación del filósofo? ¿Quién tiene esa lupa para poder encontrar ese “pelo” del cual dependen las “separaciones más radicales”? Incluso, ¿quién lee, salvo tal vez aquellos que se dedican a la investigación, con el ahínco y dedicación con que este filósofo trabajaba?

      Sobre su forma de trabajar el filósofo expresa: “en ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento”[3] y “en los textos ‘deconstructores’ […] siempre hay un momento en que declaro, con la mayor sinceridad, la admiración, la deuda, el reconocimiento y la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente.”[4] Tal veneración, respeto y seriedad por lo que deconstruyó, nos parece admirable dado que no lo encontramos en otros trabajos, salvo algunas excepciones. No se trataba de escribir sobre algo con lo que estaba de acuerdo y punto, o donde las diferencias fuesen insignificantes, sino donde el autor buscaba captar el “momento dogmático”, ese pelo de las “separaciones más radicales”. ¿Cuántos podemos llevar a cabo una tarea de tal altura y con tal respeto? ¿Cuántas veces, al contrario, hemos expresado nuestra distancia, desprecio o descalificación aniquilando textos y autores sin leerlos siquiera o conformándonos con lo leído, dicho y escrito por otros?[5] ¿Cómo poder construir una crítica u objeción, conociendo con precisión el texto, sin destruirlo y reconociendo la deuda con el mismo? ¿Cómo “deshacer, sin destruirlo jamás, un sistema de pensamiento hegemónico o dominante”[6]? ¿De qué manera tomar posición frente a grandes pensadores sin caer en razonamientos simples y elementales? ¿Estamos dispuestos siquiera a acercarnos a un trabajo como la deconstrucción, con tal responsabilidad? Sin duda es una tarea para pocos.

      Jacques Derrida menciona que esos debates, a la vista común, parecen ser “bien sofisticados” o “inútilmente sutiles”, ante lo cual no tenemos nada que objetar. Debates demasiado especializados, por decirlo de otra manera, de una exigencia de trabajo monumental que le permitía distanciarse o acercarse a diferentes autores, a diferencia de la opinión común o de los meros aficionados que no captamos tales sutilezas. Como mencionamos más arriba, para nosotros, Jacques Derrida era un crítico de Jacques Lacan, pero nos sorprendemos cuando el primero dice: “Permanezco a su lado [de Jacques Lacan o de Michel Foucault] en el movimiento general de lo que se llama la experiencia o la exigencia del pensamiento”[7], o cuando expresa “en ciertas situaciones soy el aliado de Lacan contra otros; en otras, objeto a Lacan”[8], también “por eso me sentí – y lo sigo estando – más cerca de Lacan que de Foucault”[9], y “por lo tanto, con relación a esto [el amor por la lengua francesa], me siento más cerca de Lacan que de todos los demás”.[10] Cuánto se ha de conocer y revisar una obra para poder ubicarse frente a ella, heredarla sin dogmatismo, reconocer sus límites, criticarla, respetarla y hacerla vivir de otra manera. ¡Y aún con esto, reconocerse insatisfecho y por momentos desconsolado, como reconoce el filósofo! Ahí donde veíamos simplemente a alguien que no coincidía con el psicoanalista francés, encontramos en sus propias palabras una cercanía que nunca hubiésemos imaginado. ¿Cuántos pueden hacer esto? Por lo visto no lo hicieron los autores de La pensée 68 quienes en su “razonamiento [que] es de un simplismo pasmoso”, les habría resultado imposible haber revisado con tal cuidado y esmero las obras y autores que se empeñaron en desacreditar en tal obra.

     En este punto resulta como consecuencia preguntarnos si necesitamos entonces estar al nivel y la altura de los trabajos y pensamiento del filósofo argelino para poder decir algo sobre alguna obra o autor, y tener así bien claras nuestras distancias y acercamientos. Somos honestos y reconocemos que no estamos a tal desnivel para la tarea. ¿Es mejor, entonces, no decir nada al respecto? ¿Esperar hasta que uno esté bien leído e informado sobre una obra? ¿Sólo la opinión del investigador, especialista y estudioso será digna de atención? ¿Que no hable aquel que no ha leído, que no “sabe”, que no entiende? ¿En la palabra de quien “creer”? ¿Cuáles son los pensamientos y producciones “autorizados” y para quién? No existen respuestas únicas para estas preguntas. Qué posición tomar ante eso es también parte del trabajo, pues si nos consideramos herederos de la obra y pensamiento de Sigmund Freud, por ejemplo, entonces: «Únicamente un ser finito hereda, y su finitud lo obliga. Lo obliga a recibir lo que es más grande y más viejo y más poderoso y más duradero que él. Pero la misma finitud obliga a escoger, a preferir, a sacrificar, a excluir, a dejar caer».[11] Aún abarcando la obra completa de Jacques Derrida, o de otro (Sigmund Freud, Jacques Lacan, Martin Heidegger), son sólo algunos fragmentos los que nos eligen, nos recortan, y sobre los cuales escribimos y pensamos, dejando de lado otros igualmente ricos y relevantes, pero que no nos resultan tan apasionantes. Como seres finitos, obligados a elegir, con un tiempo restante x, no podemos esperar “mejores condiciones”, “mayor saber”, “escribir mejor” etc. para empezar. Tal vez el único requisito que no se puede excluir es ese donde coincide el filósofo con el psicoanalista: la experiencia o exigencia del pensamiento.

   Vayamos ahora a nuestra segunda nota, la cual ya hemos rozado implícitamente. Un trabajo tan fino y delicado, como la deconstrucción, que no busca herir ni aniquilar, capaz de hacer vivir los textos de manera diferente heredándolos y a la vez distanciándose de los mismos, siéndoles fiel e infiel a la vez, merece nuestro reconocimiento, sobre todo en comparación con lo siguiente. Nos referimos a comentarios y trabajos que sorprenden por la facilidad con que son hechos y la certeza que aparentan aquellos quienes los enuncian para desacreditar alguna teoría o autor, o descalificar una teoría descalificando a su autor. Rara vez se desautoriza al autor por medio de su teoría. Sabemos del ostracismo que vivió Martin Heidegger debido a su “nazismo”. Situación aproximada a la que por momentos experimenta la obra de Friedrich Nietzsche en su exaltación de cierto tipo de raza. El rechazo de la filosofía alemana por parte de la academia francesa durante y después de la segunda guerra mundial. La crítica de La pensée 68 que pretendía borrar a esos pensadores “enemigos de la democracia”. Los ataques al mismo Jacques Derrida por su cercanía con el filósofo de la selva negra. Señalar que Sigmund Freud consumía y recetaba cocaína como motivo suficiente para tirar por los suelos sus investigaciones o que debido al ambiente y núcleo familiar en que creció, le fue fácil concebir ideas que plasmaría como teorías. Ni qué decir del autoritarismo y celo que mostraba con su trabajo y grupo. O de la profunda “adicción” a los puros. Que los escritos de Jacques Lacan “no dicen nada” o que su estilo es incomprensible, y en el peor de los casos, es un charlatán, así de simple. Por cierto, nunca, ni una sola vez, hemos escuchado que se intente aniquilar, siquiera criticar, la obra de Michel Foucault debido a su homosexualidad. ¡Por qué la discriminación en este caso! Nos disculpamos por el brinco que a continuación haremos, pero esto nos parecería tan absurdo como descalificar la obra musical de Freddy Mercury por la misma situación. No son pocos los que han apreciado y reconocido algunas producciones para luego rechazarlas al enterarse de situaciones personales del autor. Recordamos la escena en Billy Elliot cuando el padre del bailarín en potencia se sorprende al descubrir “lo que es” Wayne Sleep[12]. Sabemos del lazo inseparable entre vida y obra del autor, pero no lo utilizamos con estos fines, ni justifica esos tipos de comentarios. ¡Dejemos también de leer a Charles Bukowski por borracho, entonces! Claro, algunos nos dirán que no hay comparación porque unos pretenden “seriedad académica” y otros producciones artísticas o literarias, por lo tanto, no son lo mismo y la comparación está fuera de lugar. ¡Y tal vez tengan razón, estaríamos de acuerdo hasta cierto punto! Pero para tal clase de críticas, no importa de qué se trate.

     Estos “adversarios del pensamiento” que buscan “desacreditar a cualquier precio” nos han desbordado. Escribimos sobre esto para colocarnos y responder, cuando sea necesario y preciso, de otra manera desde ahora. Si aceptamos a Jacques Derrida como un pensador de altura, cuya obra es un claro ejemplo, es por no haber caído en lo bajo de aquellas críticas huecas, y no por eso menos creídas y “autorizadas” que ante la auscultación del martillo revelan sus entrañas llenas de aire. Así como él buscaba el “momento dogmático”, creemos que estos “críticos” buscan, si es que buscan porque más bien parecen repetir, el momento censurable o reprochable de la obra o del autor ¡desde la moral, las buenas costumbres, la tradición, lo políticamente correcto, la geografía, la institución, los prejuicios, la historia! ¡La experiencia del pensamiento, si se pretende lo más libre posible, estará siempre a distancia de tales posturas! ¡Lo contrario nos resulta una ofensa para el pensamiento! La herencia consiste en liberar de sus propios límites un concepto, pero sin destruir su memoria, en recibir una herencia sin ser dogmáticos, serle fiel e infiel a la vez: hacerla vivir de otro modo: deconstruir sin aniquilar (hasta donde sea posible). Nosotros nos declaramos herederos principalmente de Sigmund Freud, y de otros, y de Otro. Y responder por ello no es nada fácil. Por eso nos resulta tan cómico cuando, a propósito del día del psicólogo, los psicólogos y las escuelas de psicología hacen diversas referencias al psicoanálisis en una especie de reconocimiento del cual sostenerse, de dónde agarrarse, pero que en general, critican, vituperan e ignoran mayormente el resto del año. Pareciera que les sienta y viene bien aquel encuadre de la persona recostada sobre un diván y el “terapeuta” detrás en su sillón tomando notas. Les viene bien aquello que favorezca la apariencia, el semblante del saber ser y hacer. ¡Pero ponerse a leer y trabajar los textos del padre de tal dispositivo, no! ¿Para qué llevar a cabo un trabajo tan sofisticado que sólo será accesible a unos cuantos o donde las diferencias serán inútilmente sutiles? Lo más lamentable es que ni siquiera lo hacen para confrontar todo aquello que toman por verdadero de sus maestros, amigos y “especialistas”, en una especie de transmisión dogmática.

     Han existido algunos intentos serios por descalificar o “revisar” al maestro vienés, o al loco de Turín, por ejemplo, sin embargo, también “hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas», como escribió el segundo. Si se pretende “profundidad” en los “argumentos”, la deconstrucción de Jacques Derrida es un ejemplo de una forma de trabajo y reflexión que se requiere para poder pensar y hablar rigurosamente. Después de todo, no estamos sobre un diván para no detenernos a pensar lo que decimos y escribimos.

[1] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.) (2a ed.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica

[2] Ibidem, 19

[3] Ibidem, 12

[4] Ibidem, 13

[5] Estamos seguros de que existen “niveles” y por lo tanto creemos que no cualquier obra da para un trabajo de ese tipo.

[6] Ibidem, 9

[7] Ibidem, 16

[8] Ídem.

[9] Ibidem, 20

[10] Ibidem, 22

[11] Ibidem, 13

[12] Wayne Sleep empezó a ganar fama al ser el bailarín de más corta estatura en ser aceptado en la Royal Ballet School. Actualmente vive con su pareja José Bergera.

*Imagen tomada de: Derrida en castellano

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