Prólogo*

Al final quedaría siempre la duda de si alguien que no haya vivido algo similar se le puede acercar con prólogos a la experiencia vivida de este libro.

— Friedrich Nietzsche

 

El yo y el mí siempre discuten acaloradamente: ¿Cómo podría soportarse esto si no hubiera un amigo?

— Así habló Zaratustra

Busco la forma de no volarme la cabeza ni perder la razón de aquí en adelante; la forma de no terminar explotando, sólo eso —algunos psicoanalistas dirían que eso es lo que realmente «deseo» y que la expresión o forma de ese «deseo» es característico de la neurosis obsesiva; y si no, simplemente es síntoma de algo más—. Ante la llegada de este pensamiento recurrente e inesperado —sé que siempre en algún momento volverá y por ello también lo «espero» sin querer— no he podido hacer más que recibirlo como a un visitante indeseado, inoportuno e impertinente. Se presenta ante mi puerta y no puedo hacer más que abrirla: siempre toca, siempre avisa y hasta ahora sus visitas siempre han sido transitorias, como si sólo estuviera de paso para pernoctar; lo que implica que siempre se ha ido para siempre regresar. Intento ser generoso con él, pero siempre me pregunto qué más quiere aparte de ser recibido. No está en mí querer cumplir su designio: no, no me quiero matar, no quiero morir, no quiero suicidarme: no es mi «deseo» —¿Ahora dirán que es «pulsión de muerte», que, aunque no lo queramos, quizá lo «deseamos» y no podemos hacer nada ante sus acicalamientos indomeñables?—. Aunque ha sido un pensamiento que me acecha desde los años de preparatoria, años en que supuestamente sí quería consumarlo, aunque nunca lo intenté, y que perduró fuertemente por una década más, es verdad que hoy en día no existe la mínima intención de llevarlo a cabo. Pero vuelve en forma de imágenes: un revólver recargado directamente sobre la sien y así llega el final de todo. Si no lo hice en los tiempos de mayor crisis, mucho menos lo haré ahora —¿o es que actualmente puedo enfrentar esas situaciones de otra manera, donde la muerte ya no es la única solución?—. Pero eso no lo entiende este intruso que, siempre que aparece, quiere que ya todo termine. ¿Pero por qué desea algo así —sólo en este momento me preguntó y pongo en duda si en verdad quiere eso que tanto pide—? ¿Por qué habría de terminar todo para mí, en este instante, sólo porque un pensamiento así lo ordena? Las cosas, el mundo, también terminarían para él. Se va y regresa como si quisiera recordarme constantemente algo que, por cierto, ya sé: que el final llegará —igual que él, inesperado e indeseado— en algún momento, y que tal vez lo mejor sería que fuera una muerte libre, querida. No lo sé. Es lo que supongo, o por qué otra «razón» volvería una y otra vez. Quizá sólo está de paso y esa carga no es para mí, quizá su destino es otro. Es que no entiende que no quiero morir, que esas ideas en relación con el suicidio no me convencen más, que ahora sólo es un potente consuelo para pasar más de una mala noche, que hoy más que nunca quiero vivir por más absurda que me parezca la vida por momentos, que sigo esperando el momento de una gran risa o una gran alegría que quizá no lleguen, pero que, si llegan, me las habré perdido para siempre si me rindo ante la muerte. No quiero morir, no puedo concebir ni creer en otras vidas, no tengo la fe para esas cosas; alguna vez lo intenté y sólo se quedó en una noble intención ante la mirada de los demás. La idea de otras vidas después de la muerte no tiene potencia ni fuerza en mí, no me mueve. Ahora pienso que esta vida es (la) única y que un día todo se oscurecerá quizá sin tener noticia de ello, de la misma manera que me quedo dormido. Ya sé todo esto, por qué vienes entonces, no necesito de tus recordatorios. No, no me voy a dar un tiro, entiende eso. Es acaso una prueba, una provocación, una tentación. ¡Claro! ¡Vienes porque sabes que no puedo vivir como yo quisiera! Sí, que por instantes todavía estoy resentido con la vida y con el mundo; no, no es con ellos, es con el hombre, con la «humanidad»; sí, sabes eso muy bien y por eso vienes a visitarme, porque sabes que tu invitación puede ser una salida para terminar con este cansancio, que contigo podría tomar venganza y decir: «Vean, su mundo y su tipo de hombre me resultan sumamente lastimosos y despreciables, son un chiste en comparación con aquellos otros que han inventado y en los que hemos creído porque lo deseábamos. Yo he visto todo eso, lo pequeño y absurdo de la existencia, y no hay salida de todo ello, no para mí al menos, no todavía. Pero no pienso esperar más. Precipito aquello que de por sí llegará algún día, por eso es por lo que elijo mi fin en este instante». Sí, por eso vienes, porque sabes que sigo buscando sin encontrar, que sigo en el intento de crear, de inventarme a mí mismo y una meta. Pensándolo mejor, con todo esto que te digo, puedo afirmar que sabes elegir a tus anfitriones. Dime una cosa, extraño pensamiento: ¿también visitas a la gente del mercado, los predicadores de las virtudes, los transmundanos, los despreciadores del cuerpo, los jueces, los predicadores de la muerte, los idólatras, los sacerdotes, los sabios famosos, los doctos, los sublimes, los poetas, los reyes, las jovencitas, los enanos, los magos, los mendigos? ¿Qué otros te reciben? ¿Te tratan como yo? No lo creo —tal vez sólo sea mi narcisismo exacerbado el que me lleva a pensar así—, seguro hay quien te trata con desprecio, quien no quiere saber más de ti, que luchan y se desgastan con tal de que desaparezcas de su vida, habrá incluso quienes te hayan seguido —haciendo caso a tu invitación— y también perseguido —predicando contra ti—, en síntesis: no eres bienvenido en sus casas. Eres un creyente pues predicas salvación y consuelo, asegurando que las «recompensas» no son en este mundo ni en esta vida, que para obtener la gloria hay que morir. Predicadores de muerte, despreciadores de vida, gusanos miserables que no hacen más por alcanzar la meta que tanto enseñan. Tocas, entras y me ofreces alivio —transitorio, a veces fugaz, a veces durante toda una noche— pero no puedo irme contigo. No, no así. No querría que así fuese. Quiero esta vida, consumar una meta de vez en cuando, tal vez —por qué no— crear. ¿O acaso quieres que esta sea tu última visita? ¿Has considerado esto, que, si te sigo, ya no vendrás más por aquí? Si, como supongo, vienes porque sabes de mi cansancio y pesadez, entonces puede que también sepas de mis instantes más elevados y plenos. Cada instante se me ha revelado como un fragmento —sin formar parte de un totalidad o finalidad determinada—; instantes y azares y fragmentos que no forman parte de ningún rompecabezas. Sí, ahora lo entiendo, sé con quién te relacionas, quién es tu colega, aquel otro pensamiento: el de la felicidad eterna, el bienestar logrado, el equilibrio mental que quiere paz y tranquilidad; con todos ellos te relacionas y me parece que detrás de todos ellos estás tú. No puedo imaginar ningún otro pensamiento que subordine a todos estos excepto tú, que te sirves de diversas máscaras para seducir. Tú, tus arañas y telarañas que buscan enredar y atrapar hasta que su presa deje de respirar, y yo, que quiero respirar para poder reír: una gran risa requiere de una gran fuerza y de un gran aliento. Y de un aire nuevo. Quieres asfixiarme y debilitarme —te sabes en ventaja, pues sabes que estoy agotado— con tus promesas. Eres pesado, eso lo sé, pero nunca te lo había dicho. Cuando llegas todo se vuelve lento, los pies se pegan al suelo y las piernas apenas pueden levantarse, moverme requiere de esfuerzos casi sobrehumanos, y si vamos atrás ni siquiera me habría levantado por la mañana: eres pesado y robusto, me cansas y ocupas demasiado espacio en mis pensamientos. En la casa de mis pensamientos pareces ser el único que vive, acaparas demasiado, eres egoísta, abusivo, no dejas lugar para otros: apenas se asoma cualquier otro visitante y tu presencia lo borra. Un bruto, eso eres: fuerte, pero sin inteligencia, aplastante sin medida —quizá sólo la melancolía pueda hacerte frente, par de inoportunos—. Eres caprichoso, crees que no existe ningún pensamiento tan fuerte como tú, deseas que tu presencia sea única, soberana. ¿Por qué ningún otro pensamiento es capaz de confrontarte? Nunca se me había ocurrido y sólo ahora me lo pregunto: ¿a dónde se van mis huéspedes cuando tú llegas? ¿Es que te tienen miedo? ¿Será que no saben qué decirte o de qué manera enfrentarte? Espera, ¿y qué tal que les eres indiferente, incluso inofensivo? Suena bien esta última posibilidad, pero no me convence. Pides atención; si no la obtienes entonces la arrebatas. Claro, pero si todo esto ha sucedido gracias a mí: te he tratado demasiado bien, he sido bastante hospitalario contigo, sí, es cierto que en algunos momentos intenté echarte de mi casa, pero en general fui muy suave contigo. Te di la «bienvenida» y te instalaste muy bien; qué comodidad has logrado en mis aposentos. Sí, yo sabía que podía convivir contigo, que serías un huésped inevitable, pero mi error fue ¡creer que eras necesario! No me voy a martirizar con esta «culpa» y su aliada «responsabilidad» que supuestamente me toca sobre lo sucedido: ¿por qué llegaste a mi vida tan pronto, siendo tan joven? No lo sé. No puedo pensar en un origen, inicio o causa y tal vez por eso tampoco tengas final. Te diré algo, ya no me importa saberlo, no creo más en los orígenes, las causas o las finalidades. Tal vez eres un pobre errante, un «error», un nómada que anda deambulando por el mundo, invadiendo casas a la espera de que te permitan quedarte un tiempo. Pobre de ti: no tienes un lugar que puedas llamar hogar. ¿O me dirás que eso no aplica en ti, que tu hogar es precisamente el no-lugar, el poder instalarte en cualquier lado y con la misma facilidad partir? Como sea. Te diré otra cosa: no quiero deshacerme de ti. Te ofrezco mi casa y seguir recibiéndote, no te negaré nunca la hospitalidad que has encontrado hasta ahora, es más, incluso quiero tratarte mejor. Eso sí, no pidas exclusividad, no pidas que me identifique contigo, no quiero esa venganza ni justicia que me ofreces; sería un grave error creerlo y otro fatal llevarlo a cabo. No dejes de visitarme, continúa hablándome, adelante, ahora sé que, si acaso existe necesidad, esa es solamente tuya, predicador de la muerte. Está bien, te concedo eso: tal vez yo también necesite de ti en algún momento, no me cierro a esa posibilidad, no quiero ser ahora yo el bruto. Te diré más: empiezo a amar la vida y siento que no es tarde para eso, aunque no tenga aún razones para vivirla, o, mejor dicho, casi cualquier razón me parece suficiente para justificarla, empiezo a gustar de ella: ¡nuevamente! Y mientras esto sucede, tú y yo podemos ser compañeros, quizá hasta podamos ser amigos. Ahora lo entiendo y no sé cómo no se me ocurrió antes: vienes a mí porque sabes que quiero vivir, tan simple como eso. Incluso empiezo a pensar que te debería estar agradecido pues con tus visitas constantes sólo he logrado construir y afirmar la altura de mis pensamientos, de lo pequeño que me resulta lo humano, y de lo lejos que está de lo vital. Sigamos platicando en otra ocasión. Estás en tu casa, ahora la tienes. Sí, sabes elegir a tus enemigos, reconozcamos eso. Tal vez por eso insistías, porque querías despertarme y hacer que reconociera esto en mí: que me eliges porque mi anhelo de vida es grande. Claro, para qué visitarías a alguien cuyo anhelo de vida está moribundo. Debo estar ahora doblemente agradecido contigo —recientemente alguien dijo que no agradecía nada porque ese derecho lo tienen sólo los dioses, aún no lo entiendo—. Sí, yo también te elegí en algún momento como mi más grande peso y enemigo: eres el pensamiento más pesado, el más aplastante, pero ahora veo que ya no eres el más fuerte, he podido oponerte otro, o mejor dicho otra gran razón: palpita en mí una gran vitalidad que aspira a la grandeza de la vida, y de esto ningún otro pensamiento se puede apropiar. Sí, tú y yo sólo somos testigos de algo que nos rebasa. Eres pesado y por eso aspiraba a la ligereza, nos hemos elegido con precisa razón. ¡Así lo quisimos y así lo querremos, indefinidamente! Esta vez te doy la bienvenida, pero esta vez sí sé por qué: quiero elevarme y vencer por encima de ti, a pesar de nuestra amistad. O, mejor dicho, precisamente por nuestra amistad. Sigo buscando alas fuertes y enormes para este gran peso: ¿Cómo podría anhelar todo esto si no fuese por ti? Serás de ahora en adelante mi pensamiento más pesado y el más anhelado, serás el pretexto, te he reducido a un medio, no serás más un fin, mucho menos una fatalidad, sólo esto: un pretexto para lo que está por venir. Te enalteceré y ennobleceré como el «origen» de mi nueva vida: ¡qué más podrías pedir! Que al final siempre estarás, sí —aunque ahora ya dudo de esto—, por eso no te corro, por eso no te niego mi lecho ni mi calor, por eso te ofrezco mis oídos y mis manos para recibir lo que tengas para dar —pues alguien dijo que es más difícil recibir que dar—. Pero yo también tengo para dar, y a partir de lo que he tomado de ti, a partir de ti, me reconstruyo. ¿Esperabas algo así? Qué me puede importar eso ahora o en los instantes por venir si siempre volveremos a encontrarnos, y tal vez algún día te decidas a hablar de otra manera y seas más claro sobre tus intenciones y tus fines. Yo he declarado los míos a través de ti. Un enemigo fuerte es lo que buscabas, por eso has insistido en visitarme: pues aquí me tienes ahora, robustecido y fortalecido, la altura de mis pensamientos rebasa las montañas más altas y expuestas, se elevan sobre los abismos más profundos; ahora tengo pies alados que me hacen correr como el diablo; sin embargo, mi trato es tan delicado como el de la nieve de primavera. ¿Qué te parezco ahora, querido amigo? Será que ahora quieres visitarme con más razón: te he dado mejores y más motivos para venir. Y qué increíbles ideas me vienen en este momento: empiezo a creer que te necesito, que no podría vivir sin ti, que la belleza de uno solo de esos instantes es debido a que existes, siempre vienes, me esperas, eres paciente, insistes, me eres leal y fiel. Me pregunto cómo he podido ser tan mal agradecido contigo. No, no hay por qué agradecerte, como si no tuvieras ningún interés en mí. Cómo podría decirlo de otra manera: no tendría qué agradecerte puesto que eres una presencia inevitable de todo lo vivo que se quiere elevar por encima de ti; tal vez me convendría mejor decir que te he ignorado —aunque tampoco ha sido así—, o que siempre te había tomado a la ligera, o que tu presencia, sin ser indiferente, no dejaba de aplastarme y me paralizaba. Ahora siento que puedo moverme, que puedo desplazarme, que tengo la fuerza y el ánimo para cargar con tu peso, a diferencia de los que te cargan encorvados y lamentándose. Ven, amigo mío, sube a mi espalda y sujétate fuerte porque vamos a elevarnos junto con las aves y los pájaros, mis amigas y amigos por igual. Me sorprende cómo ahora te siento tan ligero, y sin embargo sigues siendo el mismo pesado de siempre. ¿Qué nos ha pasado? Sólo sé que quiero correr, elevarme y volar, y que vengas conmigo, quiero mostrarte todo lo que hay por encima de ti. Por qué tenías prisa por seducirme, o será que tenías prisa por despertarme, será esto último, porque ahora que vienes conmigo no te siento incómodo ni molesto, será que también querías eso. Será que tus intenciones manifiestas no coincidían con las latentes. Sí, será que amas y anhelas la vida tanto como yo, que tu anhelo y predicación de la muerte no eran más que un síntoma. ¡Serás acaso… la vida misma! Vamos, no me respondas por ahora. Déjame creer que así es, que así eres. Sí, el predicador de la muerte, el peso más pesado ha resultado ser el que me ha elevado, el que me ha despertado a la vida, el que me ha dado alas, el que me ha aligerado. Sí, volarme los sesos no era más que una figuración para liberarme del peso de la razón, de tú razón, de la opresión de tu pensamiento y de su pesadez: quería explotar a la razón. El más pesado de mis pensamientos se ha vuelto ligero, pero no por eso te has vuelto leve, no dejas de tener cierta consistencia; ahora puedo ver a través de ti, ya no me resultas opaco y oscuro; no eres el único, ahora la luz de las alturas te ha vuelto claro y transparente, será que siempre así lo fuiste. Y pensar que eras un pensamiento estéril, inoportuno, impertinente y molesto sin considerar que sólo eras el síntoma de algo mucho más importante, desconocido e incognoscible hasta entonces. Oh, amigo, casi sé con toda seguridad que cuando descendamos y este azaroso instante llegue a su fin, te marcharás, y no podré hacer nada para detenerte. ¿Será que ahora necesito de ti? Bien, pues que así sea, porque así lo querré. Y tú también lo querrás. Y sé que algún día volverás y volveremos a elevarnos por encima de nosotros mismos.

Zaratustra y el enano ante el portón
Zaratustra y el Enano (1997), por Lena Hades

* Este texto constituye el Prólogo de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el 23 de marzo de 2021: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.

Previamente publicamos la Introducción de dicha tesis: Un sueño con Derrida.

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