Un viento nuevo y fresco: un aire de altura

¡De qué sirven todo el librepensamiento, toda la modernidad, todo el sarcasmo y toda la elasticidad de un pájaro torcecuello si uno en sus entrañas ha continuado siendo cristiano, católico e incluso sacerdote!

— Friedrich Nietzsche

[[Este texto sigue al compartido anteriormente, Del cuerpo a la descorporización, de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes]

La Consideración Intempestiva II[1], hasta la fecha, conserva su valor y relevancia: fue uno de los primeros textos nietzscheanos que, desde sus primeras líneas, conmocionaron nuestras ideas —después de aquel decaimiento que ya hemos mencionado anteriormente, el referente a la «primera» lectura de Nietzsche, que como se puede deducir, correspondía principalmente a sus textos de «madurez»—. Se trataba de un viento nuevo y fresco proveniente de altas montañas: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[2]; lo contrario, un saber e instrucción enquistado y moribundo, ya no nos interesaba. Una frase que nos ha sujetado hasta la fecha. Por aquel momento seguíamos siendo fieles al psicoanálisis, por lo que intentamos una especie de articulación con Intempestiva en un intento de querer «salvarlo» o «defenderlo». Y con ello convencernos de que todavía tenía «razón», que de alguna manera Freud y Lacan —principalmente el primero— habían logrado elaborar ideas que otros sólo habían rozado o desarrollado «pobremente». Queríamos servirnos de Nietzsche en ese momento para seguir sirviendo al psicoanálisis pues este era nuestra brújula y nuestro jinete, y había que servirse del caballo de Turín. Un servilismo «voluntario» aún, convencidos, necios y obstinados en defender al «padre» del psicoanálisis.

Übermensch en su laberinto
El superhombre en su laberinto por José Quintero.

Otro de los caballos de los que nos servimos por entonces, y que hasta la fecha sigue siendo un pensamiento demasiado elevado y robusto para nosotros, es el que encontramos en el Exordio de Espectros de Marx[3]. Fue tanta su fuerza —o nuestra necesidad— que abrimos nuestra exposición en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica[4] sirviéndonos de él. Presentamos una reseña sobre la nueva edición de un texto escrito por un par de psicoanalistas que fueron nuestros maestros en la licenciatura: tiempos en que atacábamos ferozmente —según— las psicologías y psiquiatrías. Fuimos buenos reclutas y posteriormente buenos soldados; nos instruimos bien. Pero regresemos, a qué pensamiento nos referimos: aquel sobre aprender a vivir. Y justo ahora pensamos si no era eso ya una anticipación de nuestro «desencanto» hacia el psicoanálisis: era imposible aprender y enseñar a vivir, aunque para nosotros era lo más necesario, y sin embargo confiábamos en que el psicoanálisis, sus textos, saberes, representantes, maestros, grupos, etc., podrían enseñarnos eso —y que este puede ser uno de los puntos más fuertes o débiles, según se le quiera ver, por donde se nos puede rechazar, pues dicha expectativa era nuestra y era un error, al menos en relación con lo que se espera de un análisis—. Seguíamos siendo unos tipos religiosos y no estábamos conscientes de ello, sin embargo, el virus de la duda se había introducido en nosotros: nos había hecho partir hacia otros rumbos y en busca de nuevos horizontes. Y por más que los psicoanalistas repetían sus fórmulas sobre no-todo, el significante que siempre falta, la falta en el Otro, no hay relación sexual, el sujeto dividido, etc., no dejaba de ser un saber que se repetía sin mayores efectos que un desánimo y apatía que nos habíamos resuelto a rechazar. No queríamos aceptar más esa pesadumbre. ¿Qué nos dirían aquí los doctos, que no queríamos ni queremos aceptar nuestra castración?

Tal vez se nos pregunte sobre nuestra insistencia en sostener el psicoanálisis a pesar de la carga en que se estaba convirtiendo. Si se trataba del psicoanálisis o de cualquier otra cosa —amistad, matrimonio, amor, hogar, lugar, época, temporada, Otro— no resulta fácil reconocer o asumir que eso en lo que tanto tiempo uno estuvo implicado y comprometido completamente, se estaba convirtiendo en un error inútil. Es reconocerse —y desconocerse— con esa misma cualidad: llegará el momento en que leamos esto desde la perspectiva nietzscheana y digamos que el psicoanálisis era una mentira útil que nos acompañó durante varios años, y que finalmente nos sirvió para afirmar, sostener y resolver de alguna manera nuestra existencia, y no íbamos a renuncia tan fácilmente a ella. Empezábamos a dudar, se abrían otras perspectivas, nuestro edificio conceptual empezaba a tambalearse, sus fundamentos empezaban a exhibir algunas grietas. Dicho de otra manera, no íbamos a dejar que el psicoanálisis muriera tan fácil, y el siguiente trabajo es una muestra de ello —y no será la única, más adelante mencionaremos, tal vez sin tanto preámbulo, otros trabajos y momentos en que se aferraba la insistencia de seguir sosteniendo al psicoanálisis como el saber absoluto—.

El trabajo que sigue lo presentamos durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica que sirvió como preámbulo a la apertura de la Maestría en Clínica Psicoanalítica —una maestría que por cierto había planteado sus «fundamentos» e «inicios» en lo que eventualmente, y hasta la fecha, critica ferozmente: el freudolacanismo, o para ser más precisos, a los freudolacanianos—. El título extenso con el que anunciamos nuestro trabajo fue «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», que para la versión escrita que presentamos aquí redujimos sólo a la última parte.

Advertencia. A pesar de haber sido escrito hace más de tres años, esta versión incluye numerosas modificaciones, comentarios, reescrituras, reelaboraciones, borraduras, añadiduras, censuras, etc. Quizá lo más difícil de evidenciar sea la vergüenza y el lamento que nos provoca toparnos con ciertas ideas que en aquel entonces escribíamos con tanta seguridad, en el caso de que hayamos sido «nosotros», y que sosteníamos valientemente. —Nietzsche, cuánto tuviste que escribir para desembarazarte de Wagner, para dejar en claro las distancias y diferencias, para que no te confundieran con él: tu gran amigo y tu gran esperanza, y acaso también tu gran decepción; hasta el final de tus días, en tus últimas obras, en tus últimas batallas, estuvo presente: un gran amor y lamento[5]—. Será que así nos ha pasado en nuestra relación con el psicoanálisis. Los límites de la amistad y sus «contrarios» han perdido su consistencia. Sólo entonces podemos empezar a comprender la importancia de los enemigos para Nietzsche. Quizá otra de las ideas que Freud retomó del filósofo sea que ahí donde falta el enemigo «real», uno siempre se lo podrá inventar o sustituir, pues es una especie de «necesidad» de la dinámica psíquica. Señalaremos algunas de estas «alteraciones» en el texto: ¿a quién puede interesarle el «original»? ¿Qué queda de esa intención original del autor? «Escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir. Cuando digo mi futura desaparición es para hacer esta proposición inmediatamente aceptable. Debo poder decir mi desaparición simplemente, mi no-presencia en general, y por ejemplo la no-presencia de mi querer-decir, de mi intención-de-significación, de mi querer-comunicar-esto, en la emisión o en la producción de la marca»[6]. Nos basta saber por ahora que ese «original» anima nuestra actividad y queremos aclararnos qué «significó» en aquel entonces, y cómo podemos leernos y escribirnos a través de él después de estos años.

No, todavía no Zaratustra, no podemos decir aún en relación con este texto: así lo quise, así lo quiero y así lo querré. La venganza todavía tiene potencia en nosotros, nos pesa y se nos impone; quizá por eso intentamos ser «justos», «hacer justicia» con este escrito, con el pasado, con todas esas voces involucradas. Siempre podremos decir que era «nuestro» texto y que por lo tanto podemos hacer con él y de él todo lo que queramos, a pesar de que haya sido escrito por otro, en otro tiempo lugar y contexto, y por lo tanto inabarcable.


[1] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[2] Ibídem, p.695.

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[4] El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica se llevó a cabo los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el Auditorio de las Oficinas Centrales del SEDIF Puebla; y fue organizado por los coordinadores del Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del Centro de Estudios Superiores Tercer Milenio de Puebla (CESTEM). Dicho posgrado ya ha dado la bienvenida a tres generaciones dentro de sus filas. El trabajo al que nos referimos tendremos oportunidad de abordarlo más adelante.

[5] La más reciente biografía de Nietzsche en español confirma la gran e íntima amistad que existió con Wagner durante los años de juventud del filósofo. Nietzsche había colocado una gran esperanza en la música de Wagner como impulsora del cambio que anhelaba para Europa. La ruptura de esta amistad llegó cuando Nietzsche escuchó Parsifal, o al menos esa es la versión que suele tener más fuerza. Existe otra versión: Wagner habría sugerido al doctor que atendía a Nietzsche que los malestares que este padecía se debían a una masturbación recurrente; Nietzsche se enteró de esto y no podía menos que sentirse decepcionado por la opinión de su gran amigo. Véase Prideaux, S. (2019). ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche (V. Campos, Trad.). Ariel.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.). Cátedra, p.357

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