Espiritualidad nietzscheana

Y seguimos siendo por fuerza extraños a nosotros mismos, no nos entendemos, por fuerza nos confundimos, para nosotros rige por siempre jamás el principio de que «lo que más lejos le queda a cada uno es él mismo», —respecto de nosotros no somos «los que conocemos».

— Friedrich Nietzsche

Lo propio es lo que mejor guarda uno; y el propio tesoro es siempre, de todos los tesoros, el que se desentierra en último lugar, —así actúa el espíritu de la pesadez.

— Así habló Zaratustra

[Este texto sigue a Resistencias e insistencias de la «tesis» Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, presentada en el Colegio de Saberes en el 2021]

El problema es el exceso de sentido —aquí coincidimos con la propuesta clínica de algunos psicoanalistas—. Esta ha sido nuestra enfermedad hasta ahora: la «cosmovisión» del psicoanalismo. Pero no falta la voz clerical que nos dice: «Freud en sus Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis, para ser exactos en la conferencia número 35 titulada En torno de una cosmovisión[1], nos había advertido muy claramente que el psicoanálisis era sólo una parte del proyecto científico mucho más amplio y conformado por diversas disciplinas científicas; que el aporte del psicoanálisis era muy específico: el estudio de la dinámica psíquica inconsciente. Y que, como toda disciplina que se digne de llamarse científica, tiene una serie de limitaciones que le impiden aportarnos esa hipótesis suprema que resolvería todas nuestras preguntas, y por eso mismo tiene un fuerte rival en la religión, más que en la filosofía o el arte, por ejemplo, pues resuelve, consuela e inmortaliza, y en eso, el psicoanálisis no puede competir ni compararse. Así que, como verás, de ninguna manera el psicoanálisis es una cosmovisión». Nos habíamos convertido en unos policías y jueces de la «realidad» y de las personas, y de la «realidad» de las personas: todo cabía dentro de la interpretación y marco psicoanalíticos. Esa era la enseñanza que se había confeccionado en nosotros.

La radical afirmación de la vida en la expresión amor fati, y en las experiencias y aventuras de los montañistas y alpinistas de altura.
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Por supuesto que existen objeciones a esta forma de ver e interpretar aquellos eventos. Podemos decir que fuimos nosotros quienes tomamos y optamos por hacer del psicoanálisis un psicoanalismo y/o «cosmovisión», y que en «realidad» el psicoanálisis se transmite de otras formas, por ejemplo: con las reservas de que es una ciencia joven; que Freud siempre apostó y trabajo en pos de que el psicoanálisis fuese reconocido como una disciplina científica y por lo tanto incompleta y abierta a nuevos desarrollos; que no responde todo pues sería negar la «castración» y volverse una especie de «perversión» del saber; que algunos desviaron la enseñanza del maestro y padre, y eso no se le puede atribuir al psicoanálisis; que sólo Lacan supo retornar y leer a Freud —y el «nuevo» psicoanálisis del sur de prácticas antiquísimas ya critica también el desvío de la enseñanza de Lacan, como este mismo ya lo había señalado: sólo ellos han leído a Lacan es una de las posibles deducciones que se derivan de su postura—; que las instituciones nunca serán el lugar propicio para la enseñanza y transmisión psicoanalíticas —como si por fuera nos hubiera ido mejor—; que se dicen contentos de que haya pluralidad de lecturas y grupos pero nunca supimos que existiesen diálogos, reuniones o trabajos en conjunto que incluyera a las dichas posturas —algo de lo que se queja también el psicoanálisis del sur, que los ningunean teóricamente[2], y hasta personalmente, pero estos también a cada momento dicen que los modelos teóricos no se pueden comparar ni decir cuál es «mejor» o más «fiel» a la enseñanza de Lacan, pues no existe parámetro o referente, y que cada quién elija, «sin embargo, nosotros, a diferencia de los freudolacanianos, seguimos el proyecto científico de Lacan» (y sí, bajo o sobre el supuesto de que la ciencia está por encima de otras formas de abordaje y saber)—; que lo mejor es que cada quien haga su lectura y su análisis, pero a la espera de ser reconocido por sus pares; que no existen intereses políticos ni personales de por medio en la enseñanza y transmisión del psicoanálisis; que cada quién elija, pero pobre de aquel elije pertenecer, analizarse o irse con un grupo rival, porque será excomulgado y marginado. Y muchas cosas más. Un escenario así por supuesto que pone distancia de la posibilidad de que sólo haya sido una construcción o una «necesidad» urgente de nuestra parte; que esta visión que «nos construimos» fue una tarea meramente individual. ¿Cómo logramos que —más allá de las teorías, las preguntas, las inquietudes, el espíritu crítico y científico— tuviese mayor potencia la arrogancia de creer estar en «posesión» de un saber superior a otros? Algo se transmitía más allá de las clases, de los argumentos o discusiones teóricas, y ese algo era el desprecio por otros saberes —aquí también viene la objeción: «pero es que Freud y Lacan se sirvieron de distintas disciplinas, lo que no muestra que hayan despreciado otras perspectivas de conocimiento»; ya lo hemos mencionado—, incluso de los propios colegas. ¿Será posible que hayamos sido los únicos que recibimos y construimos de esta manera el psicoanálisis?

No queríamos más «sistemas de interpretación» ni «cosmovisiones». Quizá en un inicio sí buscábamos eso: de lo contrario por qué habríamos de inscribirnos en un nuevo posgrado si no es porque creíamos que aún necesitábamos saber más, que las respuestas quizá estaban en otro lugar. Quizá era el tiempo de reconocer y darle lugar a las batallas que hasta la fecha siguen existiendo en nosotros: tanta erudición, lecturas, repetición, saber y diván se quedaban cortos para dinamitar nuestra vida. En última instancia y sobre cualquier otra, predominaba el panorama oscuro, melancólico y deprimente del psicoanálisis, incluso si uno optaba por «seguir» su deseo, que es deseo del Otro. Aquí es que entendemos mejor por qué la Intempestiva nietzscheana fue un terremoto en nuestros pensamientos: dentro del gremio psicoanalítico parecía que la vida daba igual —nos dirán que el psicoanalista tiene una regla de neutralidad y no puede entonces intervenir sugiriendo x o y valores—, que estar vencido y muerto en vida es lo «normal» al final de un análisis, eso sí, no se está muerto en vida como el neurótico obsesivo. Y que los «romanticismos» por la vida son mero engaño y conllevan desilusión: no valen la pena. Lo «verdadero» es reconocer que la vida es absurda y sin sentido. ¿Y el deseo es sin valor, no apunta en alguna dirección de la vida, vitalidad o construcción? Lo más cercano que llegamos a escuchar sobre el deseo en relación con la vida es que el deseo era el guardián del templo de Eros. Quizá aquí podríamos seguir a los nuevos psicoanalistas del sur —si no fuera por las prácticas y la nueva religiosidad que empezamos a notar desde un inicio— pues algunos de los elementos que critican a cierto freudolacanismo —que no establece diferencias entre Freud y Lacan ya que este se dedicó básicamente a confirmar y decir de otra manera lo que el primero había formulado —es su nihilismo e individualismo.

Pero demos un paso más, puede que estos psicoanalistas decadentes, o esta decadencia del psicoanalismo, esté bien enraizada en el padre del psicoanálisis si hacemos caso del siguiente fragmento. Según Paulina Rivero Weber, la suprema y radical afirmación nietzscheana, era «refutada» por Freud: «Cuando muere el Dios cristiano, resurge el viejo Dios de la vida y de la naturaleza: Dioniso. Ya lo había dicho Nietzsche desde su primera gran obra: todo lo que hoy llamamos religión, ciencia, moral, cultura y civilización tendrá que comparecer algún día ante el infalible juez Dioniso. En el altar del nuevo Dios se venera la vida: la filosofía de Nietzsche propone como valor fundamental un amor a la vida que raya en el fanatismo, la vida aparece como algo absolutamente digno, como algo digno en sí mismo que no requiere de ninguna otra justificación. Será más adelante cuando, por medio de conceptos como los del amor fati y el eterno retorno de lo mismo, el filósofo exponga tal amor incondicional por la vida, del cual se dice que el mismo Freud consideraba algo refutable con un simple catarro crónico»[3]. ¿Refutar el amor incondicional por la vida con la facilidad con que se refuta un simple catarro crónico? ¿El amor incondicional por la vida niega sus sufrimientos, dolores y padecimientos? Desafortunadamente la autora no profundiza en esta cita de Freud y su articulación con el resto del texto, pero lo que no deja duda es el rechazo o crítica hacia la postura de Freud en relación con el amor fati. En este sentido decimos que quizá los psicoanalistas han heredado fielmente el desprecio que tenía su «padre» por el amor incondicional por la vida.

Y varias (de)generaciones de psicoanalistas aprendimos muy bien: empezamos a despreciarla y nos parecía poca cosa. ¿Y por qué amarla, casi fanáticamente? Porque para nosotros no hay más: no podemos creer en otros mundos ni en otras vidas; nos resistimos a asimilar y ser partícipes de esa forma de «vivir». Y no se nos tome por ingenuos o románticos —como al parecer hace Freud con Nietzsche, a propósito de la cita anterior—, nunca faltan diariamente objeciones a la vida, algunas son ideas y «hechos» muy potentes y eficaces que nos hacen dudar de algún futuro esperanzador o simplemente diferente. Nos descubrimos nihilistas, impotentes y predicadores de la muerte. Aquí es donde entra nuestro «nietzschenismo» —un fanatismo por su propuesta—. Así es, también pasamos momentos —muy breves en comparación con nuestro psicoanalismo— en los que creíamos haber encontrado la «verdad» de las cosas —recordemos que, entre las primeras lecturas de sus textos y su caída, no pasó gran tiempo, en comparación con lo que tardó en caer el psicoanálisis—, en que lo citábamos y se había convertido en nuestra nueva referencia. Pero existe una diferencia fundamental, que ya hemos adelantado: ¿Qué es lo que hemos tomado, de qué nos hemos servido, en qué lo hemos seguido? No vemos, sancionamos e interpretamos lo que nos sucede cotidianamente como «fenómenos», «expresiones» o «configuraciones» de la voluntad de poder; «consecuencia» de la muerte de dios; el resultado de la lucha entre lo apolíneo y lo dionisiaco; el anuncio del Übermensch; la afirmación del eterno retorno; la lucha entre pesadez y ligereza —o quizá sí las utilizamos, pero con una reserva enorme: son meras ficciones y/o «mentiras útiles» sin la consistencia ni la pesadez de las afirmaciones del psicoanalismo—; etc. Quizá esta es la pregunta que pretendemos respondernos a lo largo de todo este trabajo: ¿Qué hemos tomado de Nietzsche, porque ciertamente no han sido sus «conceptos» e ideas «fundamentales»? Es otra forma de preguntar lo que ya habíamos planteado desde un inicio: ¿por qué Nietzsche? ¿Cómo decir que lo seguimos, pero sin seguirlo?

El texto siguiente es un buen ejemplo del encuentro de estos dos movimientos que sosteníamos firmemente: el psicoanalismo y el nietzscheanismo. El psicoanálisis empezaba a perder su fuerza y potencia, y pensábamos reanimarlo desde la vitalidad nietzscheana, sirviéndonos además de algunos personajes provenientes del montañismo y alpinismo. Mencionaremos dos puntos que nos parecen relevantes para este trabajo: 1) los textos del montañista Reinhold Messner nos parecían más cercanos a la experiencia nietzscheana de la vitalidad que a la propuesta lacaniana por el deseo, o mejor dicho, por aquella que nos fue transmitida; en otras palabras, los textos psicoanalíticos empezaban a perder fuerza frente a la lectura nietzscheana, sobre todo en relación con la vida; 2) este texto fue el resultado de la presentación fallida de otro trabajo: durante el Segundo Coloquio del Doctorado en Saberes sobre Subjetividad y Violencia[4] quisimos articular algunas ideas entre la literatura de montaña, la escritura y el psicoanálisis, pero terminó siendo un desastre. La versión escrita de ese trabajo, del texto «oficial», «serio», lleno de citas y bibliografía, que respondía al estilo académico de una «publicación», ya revisado, fue publicado posteriormente en la revista Territorio de Diálogos del Colegio de Saberes durante el periodo de primavera-verano del mismo año, bajo el título Eros y escritura: una aproximación a la literatura de montaña[5]. El psicoanálisis y Freud terminaron por imponerse. Lo llamativo de esto es que después del texto «oficial» vino la escritura del texto marginal que a continuación presentamos y que nos resulta —hasta la fecha— mucho más cercano a la intención y sentido que queríamos exponer durante el coloquio. Por ese entonces aún no teníamos muy clara la postura del Colegio de Saberes en relación con la escritura y la producción de los textos, de lo contrario habríamos presentado el marginal y dejado el «oficial», el «verdadero» por fuera.

En el trabajo siguiente se notará —es nuestra expectativa, al menos así nos afectó cuando lo escribimos— que nuestra «fe» tanto en el psicoanálisis como en los textos nietzscheanos contenían una fuerza inamovible por aquel entonces. ¿Volveremos a maravillarnos, sorprendernos, «enamorarnos» de esta manera en el futuro? Durante estos años hubo cierto coqueteo con Jacques Derrida, a quien le dedicaremos mayor espacio más adelante —por si no había quedado clara nuestra fascinación en todas las páginas anteriores—, ¿pero en qué momento y cómo dejamos de creer en dioses, ideales, «superhombres», «sujetos que actúan conforme al deseo que los habita», etc., y empezamos a ver humanos, demasiado humanos? —¿Qué dices, alumno de Lacan, que el mensaje regresa invertido, es el atravesamiento del fantasma, la falta del Otro? Pensar al otro es pensarnos a nosotros mismos. Sobre este texto realizamos leves modificaciones para una mayor claridad en las ideas, dejando intacta la intención de entonces —por imposible que sea, a propósito de Derrida, según su texto Firma, Acontecimiento y Contexto[6]—, ideas que, a la luz y oscuridad de nuestra lectura actual, quisiéramos modificar, matizar, borrar, pues esa extrañeza y desconocimiento de «nuestro» texto no deja de recordarnos lo desconocidos que siempre somos para nosotros mismos, pero no lo haremos.


[1] Freud, S. (1991g). 35a. Conferencia. En torno de una cosmovisión en Obras Completas – Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis y otras obras: Vol. XXII (1932-1936) (2a edición) Amorrortu.

[2] Véanse por ejemplo la serie de entrevistas que se le hicieron a Alfredo Eidelsztein entre el 22 de abril y el 8 de septiembre de 2019, disponibles en su canal de YouTube, consultado el 03 de febrero de 2020: https://www.youtube.com/channel/UCsNbglItDlgj3pJOH8sZI3A

[3] Rivero Weber, P. (2016). Música, religiosidad y filosofía en Friedrich Nietzsche en Nietzsche: El desafío del pensamiento (P. Rivero Weber, Coord.). Fondo de Cultura Económica, p.184.

[4] Que para nosotros fue nuestro Primer Coloquio debido a que ingresamos en el segundo semestre del Doctorado en Saberes sobre subjetividad y violencia en agosto de 2017.

[5] Ocádiz, E. (2018). Eros y escritura: Una aproximación a la literatura de montaña. Territorio de Diálogos, II. Disponible en línea, recuperado el 3 de febrero de 2020: http://territoriodedialogos.com/eros-y-escritura-una-aproximacion-a-la-literatura-de-montana/

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.). Cátedra.

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