Un último esfuerzo (cont.)

Los tres trabajos que se mencionan en la entrada Un último esfuerzo ya fueron compartidos en esta página en distintos momentos. A continuación se presentan los enlaces correspondientes a cada uno de ellos.

Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos

Nuestra creencia en los otros desvela en qué parte de nosotros mismos querríamos creer. Nuestra nostalgia de un amigo es nuestra delatora.

— Así habló Zaratustra

A propósito de la republicación de esta entrada, compartimos algunas imágenes de las actividades que tuvieron lugar en esos días: la presentación del libro de Juan Manuel Martínez, Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos, y el seminario que impartió al día siguiente, Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis (20 y 21 de abril de 2018).

Nietzsche en los márgenes freudianos

Pero entonces, la todopoderosa fuerza de nuestra tarea nos volvía a separar hacia diferentes mares y soles diversos, y quizás no nos volvamos a ver nunca, —o quizás sí nos veamos, pero no lleguemos a reconocernos: ¡pues los diferentes mares y soles nos habrán cambiado! Que tengamos que volvernos extraños es la ley que está por encima de nosotros: ¡precisamente por eso nos debemos inspirar mayor respeto! ¡Precisamente por eso el pensamiento de nuestra anterior amistad debe volverse más sagrado!

— Friedrich Nietzsche

El epígrafe fue añadido posteriormente. Nietzsche en los márgenes freudianos fue publicado en la Revista Digital Reflexiones MarginalesSaberes de Frontera, Año 8, Número 50 (abril y mayo del 2019) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

Ilustración de Friedrich Nietzsche por Olivier Calou
Friedrich Nietzsche por Olivier Calou

La enseñanza del psicoanálisis en la Maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM

Tiene que ofender a su orgullo, también a su gusto, si además su verdad ha de ser una verdad para todo el mundo: algo que hasta ahora ha sido el deseo y la intención ocultos de todas las pretensiones dogmáticas. «Mi juicio es mi juicio: otra persona no tendrá tan fácilmente derecho a él» — dirá tal vez ese filósofo del futuro. Hay que eliminar de uno mismo el mal gusto de querer coincidir con la mayoría.

— Friedrich Nietzsche

«Pero te doy esta enseñanza, loco, como despedida: ¡allí donde uno ya no puede amar debe — pasar de largo! —»

— Así habló Zaratustra

El epígrafe fue añadido con posterioridad. Trabajo presentado durante el Segundo Coloquio de la Maestría en Clínica Psicoanalítica: Formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis, que tuvo lugar el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM.

A propósito de esto, compartimos una mini-galería de las actividades que tuvieron lugar en el auditorio del ITESM de la CDMX con motivo de la visita del psicoanalista Alfredo Eidelsztein.

Un último esfuerzo

Éramos amigos y nos volvimos extraños. Pero está bien así, y no nos lo queremos disimular y encubrir como si tuviéramos que avergonzarnos de ello […] creamos en nuestra amistad estelar, incluso si tuviéramos que ser enemigos terrenales.

— Friedrich Nietzsche

[Un último esfuerzo se inserta después de los textos Pináculo o cumbre y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, como parte de los capítulos que conforman la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un último esfuerzo que puede apreciarse por lo menos en tres sentidos: un último esfuerzo del psicoanalismo por querer sostenerse aún, por nuestra renuencia a renunciar a él, a pesar de su peso; un último esfuerzo para luchar contra él en una batalla más; un último esfuerzo por intentar «armonizar», articular ambas tendencias, para no abandonarlo, para conservarlos, pero de una manera distinta. Como se verá, los tres sentidos de este momento están reflejados en los siguientes tres trabajos. Dicho de otra manera, en cada uno de los trabajos la «intención» respondió a cada uno de estos puntos.

Jacques Lacan con uno de sus famosos puros retorcidos.
Jacques Lacan (1901-1981)

I) Los dos primeros trabajos son en relación con dos textos del mismo autor, Juan Manuel Martínez, un psicoanalista argentino que últimamente visita frecuentemente nuestro país. En ese entonces la maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM estaba por iniciar su primera generación y siendo uno de los docentes para formar parte de la planta de profesores de dicho posgrado, se me pidió que presentara su libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos[1], a propósito del seminario que también vendría a impartir en esos días: Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis[2]. Juan Manuel fue un nuevo —y quizá el último— respiro de aire psicoanalítico. Al final de su seminario recuerdo haberle reconocido que su trabajo era muy diferente a lo que había escuchado durante años y que su trabajo nos libraba de una serie de prejuicios y vicios que durante nuestra (de)formación psicoanalítica nos habían sumido en el conformismo. Este analista argentino era parte de lo que ahora podemos llamar la primera oleada del nuevo psicoanálisis del sur; tan chocoso, molesto e inoportuno que hemos mencionado anteriormente. Pero seamos más claro respecto a esto: lo que no soportamos es el entusiasmo que ensordece todas las demás voces. Los nuevos seguidores de este psicoanálisis del sur que, en sus vídeos, fotos de perfil de sus redes sociales, sus días de vacaciones y lindas imágenes, se las ingenian para poner en primer plano su nueva biblia: Otro Lacan[3]. Dicen haber descubierto la «verdadera» intención de la enseñanza de Lacan… a través de otro autor. Ahora son repetidores de sus nuevos maestros e ídolos: «Freud es como el Titanic y hay que dejarlo hundirse»; ¡siguen siendo creyentes! Lo único que hicieron fue asistir a un nuevo templo con un nuevo Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso no estamos repitiendo a Nietzsche o Zaratustra? ¿Acaso no nos reconocemos en eso que tanto criticamos y denunciamos? Sí, y quizá por eso nos resulta tan molesto, porque sabemos a dónde conduce esa vía. Seamos «justos», nosotros pasamos por ahí, y tal vez sea un transitar inevitable para todos. Nosotros, a diferencia de los que continúan en ese barco, hemos zarpado hacia otros mares.

El trabajo de Juan Manuel —sus textos, vídeos, seminarios— atrapó nuestra atención por varios meses. En realidad, escuchábamos un psicoanálisis distinto, aunque pensándolo bien, lo que nos llamó la atención era su estilo contestatario hacia las generaciones de psicoanalistas anteriores y lo ameno que resultaba escucharlo: coincidíamos en que era una enseñanza petrificada y somnolienta. Digamos que abría la posibilidad de pensar y estudiar nuevamente los textos psicoanalíticos desde otra perspectiva: que los textos de Lacan no son imposibles de leer, que el psicoanálisis no es una experiencia mística, que es posible entender de qué va un psicoanálisis sin necesidad de pasar por la experiencia, etc. Desafortunadamente para nosotros —a pesar de esta novedad—, ya estábamos muy lejos de esas sendas lacanianas y freudianas como para retomar la intensidad de su estudio nuevamente. Nuestros intereses se habían colado ya por otras grietas —o quizá haya sido al revés—. Esto no impedía darle seguimiento a su trabajo, pues también impartió algunos cursos durante la maestría de la que también nosotros éramos partícipes y circulaba por los pasillos y conversaciones lo que él hacía y lo que sus colegas argentinos estaban trabajando. Podríamos decir que era el único analista al que le prestábamos atención después de algunos años —durante nuestros cursos sobre psicoanálisis en la maestría y doctorado en el Colegio de Saberes no tenemos mucho qué decir, nosotros ya estábamos cansados de eso, quizá lo que sostuvo esos cursos para nosotros fue el estilo de los profesores: por lo menos no se empeñaban en descalificar otros saberes ni se mostraban inamovibles en relación con su saber—.

La presentación de su libro estuvo llena de elogios de nuestra parte —cosa que leemos nuevamente y nos sorprendemos de la hospitalidad que le brindamos; aquí debemos aclarar que cuando se nos pidió presentar su libro, no teníamos idea de nada sobre él ni sobre sus trabajos, lo conocimos el día de la presentación; desafortunadamente, cuando hubo una nueva presentación de libros unos meses después, esta vez, ya con mayores integrantes y fieles jurados del nuevo movimiento psicoanalítico del sur, una vez que las iglesias empezaban a tomar fuerza, se prefirió recurrir a otros lectores que a quien escribe esto—. Dijimos de Juan Manuel que era alguien que se arriesgaba a proponer definiciones dentro del psicoanálisis que podían caer en la vulgarización y cristalización; afirmaba que hay técnicas psicoanalíticas, cuestión altamente debatida; se proponía desengañarnos de lo que nos han dicho que Lacan dice, para mostrarnos que no es cierto, que hay cosas que Lacan nunca dijo pero hemos creído que sí; que la práctica psicoanalítica y los psicoanalistas varían por región o país; que conocía muy bien la obra de Freud y Lacan; que su escritura era clara e ilustrativa; nos ayudaba a entender y diferenciar las obras de Freud y Lacan, además de estas con las de los postfreudianos y kleinianos; era un texto que nos sorprendía y brindaba algunas respuestas; estaba abierto al diálogo con otras disciplinas, como la filosofía; sabía darle lugar a la importancia de la teoría dentro de la práctica; cuestionaba la práctica y la transmisión del psicoanálisis y el supuesto de que no tiene relación con la ciencia.

La estocada final llegó cuando unos meses después anunció un texto titulado Freud, lector de Nietzsche[4]. Nuestro entusiasmo no se hizo esperar, fue inmediato —estábamos emocionados, lo adquirimos el primer día de venta, queríamos saber qué tenía para decir este psicoanalista que había captado nuestra atención con su forma de trabajo de los textos lacanianos, y cómo leía y articulaba con los textos nietzscheanos, ¿se entiende a quién leíamos en ese entonces?—, pero hasta cierto punto efímero: teníamos cosas por decir y qué responderle a su autor, y de ahí surgió el texto siguiente.

II) Nietzsche en los márgenes freudianos[5] se produjo como una «defensa» del filósofo alemán, pues durante la lectura del texto de Juan Manuel identificamos algunos elementos que no nos parecían del todo precisos, aún con la libertad que toda interpretación permite. Nos pareció que no podíamos quedarnos callados ante tales dichos. Las imprecisiones en relación con la obra de Nietzsche y con los textos freudianos, y de la articulación de estos, nos animaron a escribir una respuesta tomando como «marco teórico» la deconstrucción derridiana y los Márgenes de la filosofía[6] de Jacques Derrida. Los textos freudianos no nos eran desconocidos, en relación con Nietzsche teníamos claros los puntos que había que aclarar, y el «método» marginal nos ofrecía una vía para la escritura. Estos tres elementos lograron una mezcla que nos permitió no sólo tener una respuesta al texto de Juan Manuel, sino descubrir hasta cierto punto que ahí se escondía una trampa bastante evidente para nosotros: él afirmaba que había leído la obra de Nietzsche, lo cual nos dejaba con serias dudas. Y no sólo eso, también eran evidentes algunos descuidos —que son fundamentales para nuestra argumentación— en relación con su lectura de los textos freudianos. Nos sorprendía aún más en la medida en que él mismo recalca en sus presentaciones que su estilo de trabajo es con citas, y son estas el principal problema del texto.

Hasta la fecha nos seguimos preguntando qué pasó: meros descuidos, deslices, desinterés, precipitación. Sólo él podría responder, pero no lo hizo. ¿Cómo lo tomamos, más allá de la respuesta que le dimos en el trabajo que escribimos? Que resulta sumamente difícil declararse ignorante respecto a ciertos temas; que resulta casi imposible  —para los psicoanalistas, por lo que hemos visto y escuchado— reconocer que se desconoce la obra de ciertos autores, y si se reconoce que no se la conoce es porque seguramente no es «importante» o «relevante»; que se cree saber lo que un autor quiso decir a partir de la lectura de unos pocos textos —quizá ni siquiera del autor en cuestión—; y que sobre todos ellos el psicoanálisis ha dicho más y mejor las cosas —ya sabemos que aquí vendrá alguien a decir que no es así—. (Para nosotros resultaba increíble que con aquellos que llegamos a comentarlo, desconocían las críticas de Derrida a los textos lacanianos. ¡Pero no eran capaces de reconocerlo! Situaciones algo extrañas). Creemos que por ahí fue la «lectura» de la obra de Nietzsche que hizo Juan Manuel: quizá creyendo que podría escribir sobre su obra a partir de algunos fragmentos —¡fragmentos!—. (Aunque tampoco sería imposible: Derrida escribió un libro a partir de una cita a pie de página del texto más famoso de Heidegger, según dicen). Claro que existe la posibilidad de que esto no sea así y que en realidad haya leído la obra nietzscheana y tuvo una serie de problemas y dificultades al momento de citarlo, exponerlo y ponerlo por escrito, además de los problemas que representaba Nietzsche dentro de la obra de Freud. Puede ser. De alguna manera este psicoanalista caía en algunas de las trampas que hasta el momento denunciaba: cuando se dice que tal autor dijo, aunque no se pueda dar referencia de dónde lo dijo. Trampas en las cuales también caímos durante nuestra pedantería psicoanalítica: nosotros los psicoanalistas lo sabemos todo, y si no, lo inventamos —nos dirán que no es así, está bien, para utilizar una de sus frases: no todos son así, es cierto, sólo recuérdese que aquí nos referimos al modo en que circulaba la enseñanza psicoanalítica, más que a las personas en concreto: y lo que se dice y circula, no debería olvidarse que fue dicho—. ¿Será que este aparentar haber leído una obra sea un resto también de esa formación de psicoanalistas que tanto critica Juan Manuel? Puede ser.

Cuando se publicó nuestro texto en la revista Reflexiones Marginales, escribimos un correo a Juan Manuel compartiéndole la noticia y anexando una versión del texto para una mejor lectura, al tiempo que solicitábamos sus comentarios y reconocíamos su trabajo —era evidente desde el momento que escribimos sobre él—. No recibimos respuesta. Un par de meses después regresaría a impartir otro seminario al que también asistimos. Un compañero que leyó nuestro trabajo en la revista nos señaló que era la oportunidad de preguntarle sobre ese asunto, pero no lo consideramos adecuado: no era el tema, y el momento para nosotros ya había pasado —considerando que, aunque el trabajo se publicó durante la primavera del 2019, nosotros lo habíamos finalizado desde finales del año previo—; después de todo, quizá nuestro correo nunca llegó o se quedó en el correo basura. Dicho de otra manera, ¿por qué ya no nos resultaba vital lo que tuviese que decirnos, que no es lo mismo decir que no nos interesara? —A ver analistas, interpreten: ¿caída del sujeto supuesto saber, caída de la transferencia, fin de análisis, resistencia al análisis, denegación, o qué le gusta?—.

III) Se realizó el Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis[7] —al primero ya hicimos referencia, en el que expusimos nuestro trabajo El coraje de hacer historia— y nuevamente participamos. Esta vez presentando formalmente la maestría, a pesar de que la primera generación ya estaba a medio camino. Como ya anticipamos, este tercer trabajo estaba impulsado por una especie de articulación o «reconciliación» entre los dos anteriores: ni una aceptación total e ingenua del nuevo psicoanálisis del sur ni tampoco el rechazo y la ruptura definitiva con el «viejo» psicoanálisis; podría haber tal vez una postura «intermedia». Y así lo intentamos. Resultaba muy claro el rumbo que empezaba a tomar la maestría: de los maestros invitados al primer coloquio no quedaba prácticamente nadie; y la tendencia iba hacia el «sur». En verdad intentamos esa reconciliación. Veamos tan sólo, para iniciar, nuestros autores de referencia: Alfredo Eidelsztein (!), Jacques Lacan y Sigmund Freud —¡Por fin nos queda claro que nuestra aversión es hacia los lacayos del psicoanálisis, o quizá hacia el «lacayismo»! Aunque no por esto aceptamos y participamos del movimiento «eidelszteniano» por un psicoanálisis científico—. Durante nuestra presentación recordamos el Primer Coloquio, así como la visita que había hecho aquel psicoanalista argentino a la ciudad de México. Ya desde entonces denunciábamos lo erróneo que nos resultaba la transmisión del psicoanálisis por la que habíamos pasado. En este sentido sí seguíamos a Eidelsztein: criticaba eso que él llama lacanismo, conocido también como freudolacanianos o poslacanianos, cuyo movimiento y enseñanza es sumamente conservador y cerrado a la novedad de la enseñanza de Lacan. Este lacanismo, según él, sólo se ha encargado de igualar la enseñanza del psicoanalista francés con la del médico austriaco, asumiendo que no existen novedades ni diferencias, manteniendo una serie de prejuicios que impiden la circulación y avance del psicoanálisis, principalmente de aquel que dice que no es ciencia.

Lacan había anticipado su fracaso, para él el inconsciente es lo nuevo y lo nuevo siempre[8], sin embargo, los psicoanalistas nos habíamos encargado de convertirlo en lo contrario, ahí fue donde fallamos todos: el inconsciente era lo mismo y lo mismo siempre, o, dicho de otra manera, el psicoanálisis ya no sorprendía a nadie, ni a nosotros mismos, no había espacio para la novedad, el asombro o la alegría. Se había vuelto, ya desde los años del auge lacaniano, en algo sumamente trivial, vulgarizado y archiconocido. No hubo novedad, a Lacan se le redujo a un comentador de la obra freudiana, a un «traductor» de la misma y de lo mismo. En ese sentido, nos sentimos muy cercanos a Lacan: no era posible la circulación o la producción de un pensamiento nuevo. La asimilación fue casi completa y total, se trataba de domesticar el pensamiento lacaniano e igualarlo al de Freud: Lacan es lo mismo que Freud, pero con otras palabras y desarrollos, pero en «esencia» no dice nada que el «maestro» no haya dicho o señalado. Un último esfuerzo para mantener vivo el psicoanálisis para nosotros, vamos, vayamos con el más representativo de este nuevo psicoanálisis del sur, escuchemos qué tiene para decir; tiene buenos argumentos, algunos muy consistentes, etc. Ahora que lo pensamos, estábamos reconociendo públicamente —ante los asistentes al coloquio— que nos alineábamos —que no es lo mismo que alienábamos— con el sentido que la maestría estaba tomando. Adelante, hagámoslo, si el psicoanálisis es siempre lo nuevo y lo nuevo siempre, y si ser lacaniano es retornar a Freud para ir hacia adelante y para que circule algo nuevo, por supuesto que nos subimos a ese barco. Pero una cosa era Alfredo Eidelsztein y otra muy distinta sus seguidores. Como sea, estábamos dispuestos, a reserva de algunas condiciones:

Salvaguardarnos de«creer que contamos con la enseñanza y lectura verdaderas. Nadie tiene la medida de tales cosas. Estoy seguro de que han escuchado esto una y otra vez, lo saben, saben que es así. No basta decir que hay diferentes lecturas, multiplicidad de sentidos e interpretaciones, es necesario decir además que el sentido está agujerado, al igual que la verdad. No hay sentido último ni ultimísimo de los textos. Estoy seguro de que saben todo esto. Lo interesante es preguntarnos si lo decimos por mera formalidad, porque se espera que se diga tal tipo de cosas en tal tipo de eventos o porque en realidad hemos caído en cuenta de que ninguna postura es [la] soberana. La segunda es que la posición de la maestría, que incluye a coordinadores, maestros y alumnos, esté sostenida sobre la lógica de sus argumentaciones. Es decir, que se sostenga sobre ese compromiso con las ciencias que Freud tantas veces expresó y practicó. Y no como los médicos y filósofos que rechazan, miden y critican desde su pasión despreciando la argumentación lógica. Iremos viendo si esta maestría, con todos sus involucrados, descansa sobre una «naturaleza intelectual» o sobre «fuentes afectivas». En otras palabras, que la apertura que exista en este espacio no termine volviéndose cerrazón hacia otras propuestas, desconociendo su multiplicidad y diferencia no oposicional. Una más, que más bien es un gusto. Que la solemnidad y la seriedad, por no decir otra cosa, que suelen asociarse con la práctica y pensamiento científico, no acaben por invadir el ánimo de los maestros y alumnos. Que el trabajo se lleve a cabo lejos de la pesadez y seriedad que acaban por matar cualquier intento de innovación o creatividad. Y, por lo tanto, acabarían por cerrarse al inconsciente. Me gusta pensar que si Epicuro hubiese conocido el psicoanálisis habría dicho igual que dijo respecto a la filosofía: cuando se psicoanaliza es preciso reír»[9].

Desafortunadamente —para nosotros— ninguna de estas tres tuvo lugar. El autor Eidelsztein y sus textos se convirtieron en el estandarte de las nuevas filas de beligerantes psicoanalistas: todo lo anterior era mentira, mera y pura charlatanería, por fin había llegado alguien cuya palabra era portadora de la verdad de Lacan —aunque digan que no hay referente para comparar las teorías, aunque digan que esto no es cierto, etc.—. En dicho estandarte se lee que la ciencia, la teoría y la investigación son parte de sus directrices, por lo que la seriedad científica les está dada en «automático», y quien no lo considere así, seguro no ha entendido la buena nueva del nuevo evangelio del sur. La mentira freudolacaniana del millerismo deberá caer, porque los portavoces de la novedad del pensamiento lacaniano y del nuevo psicoanálisis por venir han llegado. Es tiempo de que dejemos morir a Freud, que se hunda, avancemos, estamos cansados del mismo psicoanálisis una y otra vez, dicen. Sí, compartimos su cansancio, la pesadez de la tradición y enseñanza psicoanalítica, que necesitamos un pensamiento nuevo, que circulen otras y nuevas cosas; pero no compartimos su entusiasmo, ya no, y quizá por esto sabemos el futuro que nos espera en dicha institución. Por ahora estamos cansados de la batalla como para enfrascarnos en una más. Nosotros hemos puesto fin a nuestra guerra con el psicoanálisis que ustedes denuncian, en eso coincidimos, pero para nosotros no es necesario rellenar ese lugar de nuevo, colocar un nuevo becerro de oro, enlistarnos en un nuevo ejército, guerrear en batallas que no son las nuestras. Ese lugar se puede quedar vacío para nosotros, y si eventualmente se destruye incluso el lugar, mejor aún. Quizá sí seamos, como dice su Señor, unos «nihilistas intelectuales», no tenemos otra mejor forma de describirnos o clasificarnos en este momento, quizá en eso estemos llenos de dudas, y no nos interesa hallar certeza ni fundamentos para salir de este estado —¿no es por eso por lo que insisten en la cientificidad del psicoanálisis? ¿no es ese uno de los principales motivos por los que pelean, para poder lidiar con las dudas, incertidumbres, sin sentidos, vacíos, abismos, etc.?—, de lo que no dudamos es que habernos quitado ese pesimismo y pesadez del eruditismo del psicoanalismo nos ha abierto un panorama de la vida plural y colorido del que no teníamos ni la más mínima idea. El saber pesa, y cansa, y nos llevó a la aversión y venganza: redimirnos de ella, hacia allá apunta la ligereza.

Volvemos a leer el texto y recordamos el disgusto que pasamos cuando verificábamos el problema que tenía Freud en relación con Nietzsche: parecía que el maestro vienés se anticipó o fue ejemplo de eso que muchos psicoanalistas repetirían después de él: la arrogancia y soberbia de negar el reconocimiento o crédito a otros autores, o de pretender conocerlos, pero desestimarlos. Creerse genios, y algunos se creen igual de genios que su «padre» —y el nuevo psicoanálisis del sur empieza a producir efectos similares, sus seguidores quieren levantar el vuelo, pero la pesadez de su pedantería no se los permite—. Algo que notamos en esta relectura es que Freud tenía que hacer parecer que esos informes de Nietzsche le habían llegado por alguien más: Groddeck o el Hombre de las ratas —aquí no se menciona a Lou—, como si para él estuviese prohibido reconocer reconocerse como lector de Nietzsche. El texto de Juan Manuel nos aclara un tanto ese punto: era el temor y prejuicio de Freud hacia la filosofía, que se pensara que las influencias del psicoanálisis estaban cercanas a la especulación filosófica más que del razonamiento científico. ¿Por qué en otros momentos es capaz de reconocerles a los poetas o literatos el haber «llegado» antes que él a los «descubrimientos» psicoanalíticos, pero nunca lo hizo así con Nietzsche? ¿Qué queremos decir? Estábamos desilusionados, era la caída definitiva de Freud. Tal vez creemos en Zaratustra —que no es lo mismo que Nietzsche, no siempre— por su estatuto de ficción, porque Nietzsche mismo sabía que no se podría «confiar» en los hombres. Que, en definitiva, en los hombres —¿quizá en las mujeres?— no parece haber la posibilidad de esa transmutación.

Algunos dirán que ese problema ya está saldado y lo dejemos por la paz: ¡qué importa cuáles fueron las influencias y antecedentes del psicoanálisis freudiano, lo que importa es el descubrimiento del inconsciente y el tratamiento que se deriva de él! —En alguna ocasión le preguntamos a uno de nuestros primeros maestros psicoanalistas cuál era su opinión sobre el decir de cierto filósofo que expresó lo siguiente: «Muchas de las ideas de Freud sobre el hombre ya habían sido anticipadas por Thomas Hobbes, por ejemplo, aquella de que el hombre es el lobo del hombre». La respuesta que recibimos, sin que se dignara en voltear hacia nosotros, levantando el mentón y jalando su cigarrillo, fue: «Si era tan bueno y ya había anticipado eso, ¿por qué no inventó el psicoanálisis?». En otra ocasión con motivo de las grabaciones para la película Arráncame la vida en la ciudad de Puebla, basada en la obra homónima de Ángeles Mastretta, también pregunté: «¿Por qué cree que la protagonista actuaba así?» La respuesta fue: «Pues porque era vieja». Y así por el estilo—. Y estamos de acuerdo, porque para nosotros ese no es el problema, sino lo que subyace y que ha permanecido como parte de la transmisión en el psicoanálisis. Le dedicamos todo este espacio y «tesis» a este tema, pues en una disciplina donde predican ser los únicos que escuchan de otra manera la Alteridad, lo Otro, lo extraño, lo ajeno, etc., con lo que mayormente nos hemos topado, o, mejor dicho, lo que mayormente atestiguamos que circula, es la creencia fundamental de que sólo el psicoanálisis —y cada quien su psicoanálisis— vale, excluyendo precisamente eso con lo que supuestamente son hospitalarios. Así valió para nosotros durante un tiempo. Y ahora vuelve a valer, pero de otra manera. Y llegados a este punto ya no tiene caso exponer cuáles serían las posibles respuestas que nos darían para seguir defendiendo su postura. Apenas nos estamos recuperando del cansancio que había significado cargar con esas formas del psicoanalismo.


[1] Martínez, J. M. (2018b). Lacan: El concepto de Transferencia en los Escritos. (s/e).

[2] El seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis tuvo lugar durante los días 20 y 21 de abril de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[3] Eidelsztein, A. (2018). Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. (2a ed.) Letra Viva.

[4] Martínez, J. M. (2018a). Freud, lector de Nietzsche. (s/e).

[5] Ocádiz, E. (2019). Nietzsche en los márgenes freudianos. Reflexiones Marginales, Año 8, Núm. 50, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.) Cátedra.

[7] El Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en psicoanálisis se realizó el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[8] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós.

[9] Tomado del apartado La enseñanza del psicoanálisis en el CESTEM.

Pináculo o cumbre

Pues esta es la verdad: abandoné la casa de los doctos: y di un portazo a mi espalda. Durante demasiado tiempo mi alma estuvo sentada, hambrienta, a su mesa; yo no fui adiestrado, como ellos, para un conocimiento que no se diferencia de cascar nueces […]

Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias y verdades me hielan: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediera de la ciénaga: y, en verdad, ¡en esa sabiduría ya escuché a la rana croar!

— Así habló Zaratustra

«Entregarse enteramente tal como uno es»: éste podría ser el honor que reservamos al amigo — con el resultado de que él nos mandara al diablo justamente por eso.

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche (alt.). Y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, texto que se menciona abajo y sigue a este Pináculo o cumbre, fue publicado en la revista Territorio de Diálogos del Colegio de Saberes de la CDMX. También existe un trabajo complementario y puede consultarse aquí: La bestia y el soberano de Jacques Derrida]

El siguiente es quizás el punto más álgido de todo este recorrido. Intentaremos explicar por qué, aunque toda «causa» y «efecto» sean meras ficciones por el momento; pero a fin de cuentas unas ficciones que nos ayudan a dar cierto «orden» a lo real. Durante diez años —en que nos iniciamos y formamos en nuestro estudio y adoctrinamiento psicoanalítico— nunca escuchamos alguna crítica hacia el proyecto lacaniano. Era fácil encontrarse con críticas, aversiones y rechazos intensos y demás descalificaciones hacia el psicoanálisis freudiano, y en numerosas ocasiones los ataques eran dirigidos más puntualmente hacia la figura o persona de su creador que hacia sus ideas. Estamos seguros de que esto no es nada desconocido para cualquier lector que llegue aquí. Dentro de la «formación» era indispensable formarse en saber responder o defenderse ante tales situaciones («Defender a Freud I»). Solíamos defender al psicoanálisis recurriendo al mismo Freud, enalteciendo su «genialidad» —«él mismo estaba consciente del rechazo que sufrirían sus teorías, se adelantó a los críticos, qué gran genio; es normal que se rechace el psicoanálisis, pues sólo él nos devela la mentira que funda lo humano», etc.—, simulando que estábamos conscientes de todas las críticas que se le podían hacer y, peor aún, pretendiendo que toda polémica en relación con su persona y su obra estaba resuelta, y que si insistían en criticarlo era por mera ignorancia o necedad, en el peor de los casos se debía a alguna «discapacidad» intelectual —por no decirlo de otra manera más común y cotidiana, como en ocasiones llegamos a escuchar—.

Jacques Derrida por Magnon Almeida
Jacques Derrida por Magnon Almeida

Sin duda había críticos, pero nosotros teníamos a nuestros maestros para defendernos; lucían tan seguros e inamovibles en su lugar que eran capaces de despachar todo señalamiento y crítica con un simple gesto, la mayoría de las veces sin argumento. Y es que después de todo, se tenía un as bajo la manga: Jacques Lacan. Él había sido el único lector de Freud, el que había venido a «poner orden» y «hacernos entrar en razón». Podrían criticar a Freud lo que quisieran, pero no sucedía lo mismo con el psicoanalista francés. ¿Por qué? Según la enseñanza del freudolacanismo —y que critica fuertemente el nuevo psicoanálisis del sur— Lacan buscó intencionalmente hacer de su enseñanza y escritura algo sumamente críptico de manera que sus teorías no se vulgarizaran, como había sucedido con Freud. Que su estilo «barroco» se había figurado de esa manera para proteger la enseñanza de los críticos y comentaristas poco especializados. Eso nos dijeron y les creímos —¡qué gran genio! ¡qué par de genios!—, tanto que hasta comenzamos a prohibirnos la lectura de Lacan pues era algo imposible y solamente accesible para los iniciados: nos faltaban lecturas, formación, análisis, que sólo algunos cuántos tenía acceso a ese «tesoro» llamado Escritos y Seminarios.

Como sea, nunca llegó a nosotros alguna crítica que se hiciera hacia el psicoanálisis lacaniano, lo cual resultaba nuevamente en una confirmación de la «genialidad» de Lacan —Qué gran pensador, aún no hay quien pueda criticar ni revisar sus teorías, es más, no existe después de él algún otro psicoanalista de semejante altura: es más, ni siquiera lo hemos entendido aún—. La pareja «explosiva» se había juntado —¿Muy críticos de Freud?, a ver, pónganse así con Lacan—, y si el primero había tenido una serie de dificultades y problemas para teorizar su «descubrimiento», el segundo había venido a «formalizar» el psicoanálisis —otra de las ideas grabadas con cincel sobre la piedra del pensamiento—, y con ello parecía decirse todo.

Podríamos decir que estábamos tan entusiasmados como Michel Tort cuando nos narra que no podía soltar los Escritos e iba con ellos a todos lados, mientras sus colegas lo observaban de manera incrédula; finalmente ese entusiasmo cedió. En una nota al pie escribe lo siguiente: «Esta interrogación sobre la historicidad de la función paterna para mí es inseparable de dos encuentros: el primero es el de mi psicoanálisis. Bajo la forma de la búsqueda de una palabra paterna, la cuestión del padre fue central en él; pero esta experiencia fue también el encuentro con quien ha puesto en palabras teóricas lo que es ‘la función del padre’, Jacques Lacan. Mis allegados podrán atestiguar sobre la pasión que me animaba entonces para leerlo. Esto irritaba o hacía sonreír a mi entorno pues —para evocar un recuerdo preciso— hasta delante de las maravillas de cierto claustro de cierta isla yugoslava, se me veía arrastrar sus Escritos y leer sus pasajes»[1].

Así nosotros, íbamos a todos lados con el psicoanálisis —que tipos más pesados; viéndolo de esta manera no nos sorprende que a veces el rechazo hacia el psicoanálisis pase antes por los analistas que por los textos—. Curiosamente, aunque no logramos comprender nada de su texto en aquellos años, sí nos quedó ese recuerdo del mar —O quizá por eso no recordamos más, ¿cómo este tipo decía que perdió su entusiasmo por los textos lacanianos?—. A todos lados y para todo el psicoanálisis, nuestro gran fármaco, necesitábamos de sus dosis diarias y en mayor cantidad cada día: se había vuelto una adicción, y como toda adicción —suponemos— no iba a ser fácil desprenderse. Pero esto que decimos pudo haber sido de otra manera: quizá sí habíamos leído alguna que otra crítica hacia Lacan, pero estábamos perfectamente adiestrados para ignorarlas, despacharlas o racionalizarlas; pero el virus de la duda ya se había introducido en nuestra cama matrimonial y no tardaría en liberarse —¿una nueva enfermedad o un virus que actúa como cura? ¿un nuevo fármacon?—.

Cansados de la erudición del psicoanalismo, buscamos opciones menos especializadas, menos pretenciosas, estábamos hartos de las respuestas, lo que queríamos eran preguntas que nos abrieran nuevos horizontes. El psicoanalismo se había vuelto nuestra carga más pesada, el más pesado de nuestros saberes, y ni siquiera el mismo trabajo analítico había podido «ponerlo en falta» —otra de las expresiones favoritas del lacanismo—. Durante el primer curso de la maestría se nos invitó a leer un par de capítulos del texto Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[2] de Clément Rosset. Uno de los aspectos que más llamaron nuestra atención —y que incluso quisimos poner de relieve durante la sesión— era su crítica a cierto punto de la obra de Lacan. ¡Qué importa cuál era el punto! Y aquí podrán venir todas las interpretaciones freudolacanianas que quieran —Claro, tu especial tendencia y sensibilidad a las críticas sobre la obra de Lacan eran debidas a tus intenciones asesinas hacia tu padre, en el fondo, Lacan sólo es un sustituto del padre del Edipo; Lacan en este caso no es más que una figura del gran Otro no barrado, y lo que buscas hacer es barrarlo a través de las críticas que encuentras de sus teorías; por qué mejor no te analizas; limita tu goce, etc.— porque ni Freud ni Lacan pueden estar equivocados. En fin, el punto de ese texto de Rosset era el siguiente: «Lo que afirman continuamente los trágicos griegos y el psicoanálisis de Freud es la proximidad del silencio: a saber, que —y contrariamente, en esto, a la teoría de Lacan— lo que en el hombre es fuerza eficaz no habla, no está ‘estructurado como un lenguaje’»[3]. Si entendíamos la propuesta del filósofo francés o no teníamos la más mínima idea de lo que quería decir, no era lo relevante, sino que dijera que era contrario a la teoría de Lacan: el inconsciente está estructurado como un lenguaje, aunque recientemente algunos han optado por modificarla un poco, diciendo que el inconsciente está estructurado, y con eso basta. Se había producido una pequeña grieta, y eso puede bastar para que una presa se vea superada por una fuerte corriente.

Michel Tort y Clément Rosset, y otros que no recordamos en este momento, eran los primeros mojones que encontrábamos para dirigirnos hacia rutas inexploradas por nosotros. El golpe definitivo llegó con Jacques Derrida, pero tampoco fue tan fácil de interpretar o comprender su significado en el momento en que sucedía. Por lo menos requerimos de tres tiempos: Estados de ánimo del psicoanálisis. Lo imposible más allá de la soberana crueldad[4], La bestia y el soberano[5] y la escritura de esta «tesis» —que nos remite a El tiempo de una tesis[6]—. 1) Apenas empezamos a digerir las invitaciones que Derrida lanzaba a los psicoanalistas en esa conferencia, p.e. «¿Por qué el psicoanálisis nunca se asienta en el vasto territorio de la cultura árabe-islámica? Sin hablar del Extremo Oriente. Más ampliamente, ustedes se preguntarán por qué el psicoanálisis se queda, sin penetrarlo, y sin ilusión mosaica de tierra prometida, en el borde externo de la inmensa y creciente mayoría de hombres y de mujeres que pueblan la superficie de una tierra en vías de la llamada ‘globalización’»,[7] que cuestiona las pretensiones de universalidad del psicoanalismo y que sólo actualmente empezamos a escuchar pequeños matices y cambios de posición, p.e. aquellos que apuestan por una descolonización del psicoanálisis o que han decidido salir de su autoexilio e intentan dialogar con otras disciplinas. Esta conferencia era una invitación a interrogarnos por qué las cosas tenían que existir u operar como los psicoanalistas habían dicho: un principio del placer, más allá del principio del placer, etc. —por más que se nos dijeran que el psicoanálisis sólo era un «invento» y que siempre se está a la espera de nuevos aportes, avances o rupturas, dicho «invento» acababa por imponerse sobre la «realidad»—. 2) El que nos interesa aquí principalmente y es motivo de esta escritura y rememoración. Es imposible decidirse entre dos posibilidades: por un lado podemos pensar y decir que a estas alturas ya estábamos lo suficientemente atentos, abiertos y llenos de dudas sobre el psicoanálisis, por lo que este texto de Derrida sólo vino a precipitar lo inevitable: nuestra ruptura con una forma religiosa de relacionarnos con el psicoanálisis y sus saberes; por otro lado podríamos decir que el valor de este texto radica en lo que tiene de crítica hacia los Escritos de Lacan, cosa que no habíamos encontrado en todos los años previos de estudio psicoanalítico; una crítica que partía de los textos mismos, que se distanciaba de Freud y no pasaba por la persona de Lacan sino por su teorización, y que señalaba una serie de problemáticas que dentro del psicoanálisis se dan por resueltas o con suficiente consistencia que no vale la pena examinarlas. La principal es las fronteras conceptuales entre lo animal y lo humano, cuya «diferenciación» da lugar a uno de los conceptos claves del psicoanálisis lacaniano: el sujeto del inconsciente. Dicho de otra manera, esas diferencias conceptuales entre la animalidad y la humanidad son problemáticas, pero la conceptualización del sujeto del inconsciente las da por resueltas, no hay nada para examinar o discutir ahí, el significante opera en lo humano y no en lo animal: esa es una diferencia fundamental. Y encontramos otros problemas, igual de importantes —por si se quisieran minimizar las puntualizaciones derridianas— para la eticidad y la responsabilidad con los otros, con los propios y extraños. Y para ese entonces ya aparecía cierto rechazo del nuevo psicoanálisis del sur y una atracción cada vez mayor hacia la «filosofía». 3) Ruptura con la religiosidad psicoanalítica y fortalecimiento de un vínculo cada vez más fuerte con la filosofía, ¿pero qué filosofía? Sí, podríamos responder inmediatamente que la filosofía «nietzscheana», pero como se verá, Derrida también tiene un lugar importante, como Rosset, entre otros. Por lo que cabe hacer la aclaración siguiente: una filosofía que vaciaba en lugar de llenar, que aligeraba en vez de pesar, que no ofrecía respuestas, sino que producía preguntas. Acaso la única «respuesta» que hemos obtenido, tanto de Nietzsche como de Derrida principalmente, es que las cosas —y nosotros mismos— pueden ser de otra manera, y no como lo sentencia el psicoanalismo —con la eterna pesadez del retorno de lo reprimido o de la insistencia significante, que como ya lo hemos dicho, siempre estuvo ubicada en esa dimensión sufriente, sacrificada y deprimente—. Una filosofía «de una vida que valga la pena ser vivida, de una vez por todas». Que se entienda que tanta explicación —y su constante búsqueda— se volvió algo insoportable —quizá lo insoportable era querer sostener que así eran las cosas, de acuerdo con esas «explicaciones»— al grado de sentirnos ahogados, agotados y sin aire. Ése era nuestro problema: cómo salir de ese mundo de explicaciones, de ese eruditismo del psicoanalismo que explicaba todo y nada. ¿Quién quiere explicaciones? ¿Hasta qué punto esas explicaciones y su transmisión y repetición están al servicio de ciertos intereses? Este desprecio facilitaría el retorno, que se produciría más adelante, de Zaratustra, con más fuerza y prácticamente ya sin el referente psicoanalítico.

El trabajo La máquina de presuposiciones de Lacan: problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante[8] fue publicado en el cuarto volumen de la Revista Territorio de Diálogos (Primavera – Verano 2019) del Colegio de Saberes. Podríamos haber omitido su inclusión aquí, pero el aprecio que tenemos por este trabajo es grande y su importancia es más que significativa. Se verá que, siguiendo la línea de lo que hemos dicho anteriormente, no intenta brindar respuestas, sino simplemente despejarnos de la ebriedad de las explicaciones y seguridades psicoanalíticas que habíamos dado por sentadas. Sus efectos ha sido más que liberadores.


[1] Tort, M. (2008). Fin del dogma paterno (V. Ackerman, Trad.) Paidós, p.63.

[2] Rosset, C. (2013). Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. (S. Espinosa, Trad.) El cuenco de plata.

[3] Ibídem, p.85.

[4] Derrida, J. (2010a). Estados de ánimo del psicoanálisis: Lo imposible más allá de la soberana crueldad. (V. Gallo, Trad. 2a reimp.) Paidós.

[5] Derrida, J. (2010b). La bestia y el soberano. Volumen I (2001 – 2002) (C. de Peretti & D. Rocha, Trads.) Manantial.

[6] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[7] Derrida (2010a), p.39.

[8] Ocádiz, E. (2019). La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante. Territorio de Diálogos, IV. Disponible en línea, recuperado el 10 de febrero de 2020.