Eros y Escritura: una aproximación a la literatura de montaña

El ensayo Eros y escritura: una aproximación a la literatura de montaña fue publicado en la Segunda Edición de la Revista Territorio de Diálogos, correspondiente al periodo Primavera – Verano de 2018, cuyo tema central fue Las dos vertientes del ser: sujeto-objeto. Este segundo número de la revista contiene los ensayos que realizamos hacia el final del segundo semestre los alumnos del Doctorado en Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes de la Ciudad de México.

Colegio de Saberes – Territorio de Diálogos

En este texto intentamos dar cuenta del estatuto de la escritura desde algunos de los textos más importantes de la obra freudiana. Esto con la finalidad de tener una idea general y amplia de la escritura que nos permitiese aproximarnos a diversos textos de literatura de montaña en los que los límites del cuerpo y de la vida se juegan en su literalidad, y «entender» algo de ello.

Anteriormente ya habíamos ensayado una articulación entre la literatura de montaña y la filosofía en nuestro trabajo Sobre algunos tipo espirituales,  dividido en dos partes, donde nos centramos en algunas ideas del montañista tirolés Reinhold Messner y del filólogo alemán Friedrich W. Nietzsche. En Eros y Escritura retomamos en un inicio al escalador italiano para dejarlo de inmediato y centrarnos en las ideas del médico vienés Sigmund Freud.

A continuación les comparto la introducción del trabajo. Posteriormente encontrarán el enlace para consultar el texto en su totalidad. La introducción del texto lleva por título La escritura y las montañas:

«Un intenso y renovado interés por la escritura nos atrapó a partir de nuestro encuentro con la literatura de montaña, en particular la producida por Reinhold Messner (n.1944, Tirol del sur, Italia), considerado por muchos como el mejor alpinista de todos los tiempos y más: “Messner is not only the greatest high-altitude mountaineer the world has ever known; he is probably the best it will ever know.” [Messner no sólo es el más grande montañista de altura que el mundo ha conocido; es probablemente el mejor que conocerá].

Museo de Montaña de Messner
Museo de Montaña de Messner

En la literatura de montaña encontramos un conjunto variado de temas. Desde las narraciones de los orígenes de sus autores, que incluyen recuerdos de infancia, la relación con sus padres, los primeros acercamientos a la montaña, sus amores, su formación académica, los anhelos de sus padres – usualmente decepcionados por la actividad de sus hijos – hasta, para el caso de algunos, las memorias de su participación en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Y, obviamente, encontramos el relato de sus expediciones, aventuras y hazañas en las montañas una vez que estas se colocaron como el motivo y motor principal en sus vidas. La narración de estas experiencias son las que capturan nuestra atención porque se ubican en los límites de la vida bordeando la muerte. No es poca cosa decir esto si aclaramos que no lo hacemos de manera figurada, poética ni teatral. Apostar la vida y experimentar la cercanía de la muerte en numerosas ocasiones se jugó en su literalidad. Vida y muerte son temas recurrentes en la literatura de montaña, que por cierto no es poca y existe una producción constante de la misma. Incluso, en español, contamos con el Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras que ya se encuentra en su vigésima edición. Este premio busca estimular la producción literaria de montaña como “elemento renovador de la vida individual y social en la actualidad,” según figura en la reciente convocatoria.

Con esto tenemos un punto de encuentro en la montaña donde convergen la escritura, la literatura, la vida y la muerte. Podemos plantearlo por ahora de la siguiente manera: la montaña, entre vida y muerte: un pretexto para la escritura. Teniendo en mente la narración de estas experiencias extremas, queremos indagar si la escritura de la literatura de montaña tiene un estatuto particular, ya que, aunque existen otras actividades que se juegan en ese sentido, donde incluso algunos personajes han muerto, como el ruso Valery Rozov en salto base, no producen algo similar como los montañeros.

Lo anterior nos ha llevado a intuir una especie de «necesidad» de poner por escrito las experiencias que el sujeto ha tenido en la montaña. Estas experiencias, como señalamos, tienen su punto nodal en situaciones límite en que se juegan la vida y la muerte. Nos preguntamos entonces qué empuja o esfuerza a los sujetos a tener que escribir sobre sus experiencias. Con estas inquietudes – sobre un posible estatus particular de la escritura de la literatura de montaña y sobre la «necesidad» de escribir – es que volvemos nuestra mirada hacia el psicoanálisis y tomamos algunos textos que consideramos importantes y representativos de la obra de Sigmund Freud. Una razón de peso nos lleva a ello: la escrituraes paradigmática del funcionamiento del aparato psíquico. Con la aclaración de que en el caso del psicoanálisis estaremos hablando de una escritura psíquica, mientras que, en el caso de los montañistas, se tratará de la escritura como comúnmente la conocemos, una escritura material. Nos preguntamos si desde el psicoanálisis freudiano podemos plantear algo sobre la relación entre escritura psíquica y escritura material en las condiciones previamente planteadas. En otras palabras, qué puede decirnos el psicoanálisis sobre el acto de la escritura, es decir, sobre la «necesidad» de poner por escrito las experiencias cercanas a la muerte que tuvieron lugar en la montaña».

El ensayo completo puede consultarse en el siguiente enlace: Territorio de Diálogos: Eros y Escritura, una aproximación a la literatura de montaña.

El tercer volumen de la Revista Semestral Territorio de Diálogos ya está disponible, aunque no hemos participado en esta ocasión. Esperamos hacerlo para el cuarto volumen.

Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos

El siguiente texto fue presentado el pasado 20 de abril durante mi participación en la presentación del libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos del psicoanalista Juan Manuel Martínez en el CESTEM. También contamos con la participación de los psicoanalistas Dante A. Pérez Aguirre y Edmundo Vega Simont. Presentación que antecedió al seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis.

Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos

Una de las cosas que llamaron mi atención de inicio es el título mismo, pues no sólo dentro del psicoanálisis implica un riesgo hablar de conceptos. ¿Por qué? Porque un concepto suele pensarse como la definición de algo, lo cual implica el riesgo de cristalizar significados y, a la larga, desgastar las ideas o terminar volviéndolas incuestionables o dogmáticas. Me pregunto cómo pensar un concepto tan importante y equívoco como la transferencia. Concepto que además es utilizado, vayan ustedes a saber de qué forma, bajo qué justificación y construcción, en otras disciplinas de los campos psi. Aunque como bien nos lo dirá Juan Manuel, no es un concepto psicoanalítico tan vulgarizado como otros.

Libro de Juan Manuel Martínez: Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Lacan – El concepto de transferencia en los Escritos

No es poca cosa trabajar de esta forma, sobre todo si consideramos que el mismo Lacan definía su vocabulario como una continua relación entre conceptos, es decir, cómo uno llevaba a otro y a otro y de vuelta, sin agotarse. En otras palabras, señalaba la imposibilidad de que un concepto pudiese cerrarse y definirse por sí mismo.

A partir del título también podemos pensar los límites de este trabajo que encuentra su marco en los Escritos de Lacan. Una apuesta interesante si hacemos caso de que los Escritos son resúmenes de las enseñanzas de los seminarios de Lacan. Así, Juan Manuel realiza un recorrido inverso, va de los Escritos a su seminario. Seminario en el daremos cuenta del trabajo tan detallado y minucioso que realiza, en palabras de Juan Manuel: «Les propongo que desmenucemos la cita»: Esta cita es una clave de su forma de trabajar.

Primer capítulo: Reproducción de las Imagos Primitivas

Escrito utilizado: La agresividad en psicoanálisis (1948). El autor se encarga de contextualizar el texto a revisar en cada capítulo, así como de hacer los paréntesis y las puntualizaciones adecuadas para entrar en su tema. En este caso con la cuestión de La agresividad.

Durante su exposición es claro al ubicar los diversos momentos del pensamiento freudiano, y nos brinda así esclarecimiento sobre lo que Freud trabajaba en cada uno de ellos, y cómo fue reelaborando sus ideas a lo largo de los años.

Un punto importantísimo a lo largo de todo el texto, y de debate para muchos, será encontrarse aquí con cuestiones técnicas. Juan Manuel las afirma sin más, existen las cuestiones técnicas, así como reglas claves del sistema freudiano. Sí, habla de técnica. Punto central de discusiones sobre si la práctica psicoanalítica tiene que ver con un «saber hacer» o con algo distinto, algo tal vez más cercano a un arte o misticismo inexplicable.

Juan Manuel también nos comparte y se sirve de sus experiencias y referencias personales, dándonos así un respiro de Freud y de Lacan. Por ejemplo, al hacer referencias que él llama pop cuando nos habla de la serie televisiva En terapia, de donde chuscamente nos dice que el personaje principal es un «psicoanalista, pero de Estados Unidos». ¿Es que ya los hay de acuerdo con su país de práctica o de origen? Parece ser que sí. Encontraremos referencias variadas, como la de El Principito en el tercer capítulo.

Después de contextualizar el escrito a revisar, entrará a trabajar las cuestiones de la transferencia de acuerdo con el momento (año) del texto y llamando a Freud cada vez que sea pertinente. Señala esos momentos importantes en que van construyendo la noción de transferencia.

El autor demuestra su excelente manejo y conocimiento que tiene de la obra de ambos psicoanalistas: en un momento se centra en el «aparato freudiano» para brindarnos sus comentarios y en otro momento continúa trabajando desde uno lacaniano. Y nos brinda claves: «La clave de la noción de transferencia es la intromisión del Otro, y sin ella no hay análisis. Sin transferencia no hay análisis.”

Habrá momentos en que no importa si alguna propuesta es correcta o incorrecta, lo que se intenta es comprender la propuesta: «Después analizamos si esto es correcto o incorrecto, estamos intentando comprender la propuesta de Freud. Freud, como cualquiera de nosotros, se pudo haber equivocado, pero él afirmaba eso.»

Parte del gran valor del trabajo de Juan Manuel es que toma los Escritos en su versión en español. Al comentarlos nos aclara algunos puntos importantes para comprender pasajes claves, por ejemplo, donde nos señala que hostil significa en ese caso contrario, y no, agresivo. No es poca la diferencia de sentidos que se pueden desprender de ello.

Nos encontraremos también con una de las definiciones más simples y claras de la ética del psicoanálisis, al menos a partir de ese momento del texto: «Entonces, la ética en el dispositivo funciona más o menos de esta manera: Ustedes llegan, él llega. Ustedes se presentan, él se presenta. Despliega su locura y los quiere meter en ella. Y ustedes dicen: «No».»

La escritura del autor es bastante amable, consideren por ejemplo encontrarse con frases como las siguientes: “Freud I, lo más básico.» O con un: «para ponerlo en términos de Lacan». O «así dicho, resulta muy freudiano.» Entre otras.

Y no pueden faltar, nunca en psicoanálisis, las cuestiones amorosas, cuyos comentarios al margen resultan bastante ilustrativos.

Habrá momentos en que Juan Manuel defina su postura claramente, por ejemplo, cuando se trata de la ética, la moral y el trabajo analítico: «A mí no me importa si éticamente deben o no prestarle los veinte pesos, porque el problema allí no son los veinte pesos. El problema es que no haya análisis. A mí lo que me preocupa es que no haya análisis, porque vuestra función es propiciar el análisis.» Es decir, señala las diferencias de la práctica psicoanalítica de aquellas de carácter moral o que buscan hacer el bien o que se fundan en una ética distinta.

Se apoya en su exposición invitándonos a imaginar cómo podría haber sido la práctica analítica de Lacan en ese momento de su enseñanza, de acuerdo con el año del texto citado: «Si ustedes hubieran ido al consultorio con Lacan en ese momento, probablemente, lo que él hubiera hecho es permitir que se desplegara vuestra locura para luego abstenerse, bien freudiano.»

Al final de algunos capítulos también nos ofrece una síntesis que cierra cada uno de ellos de manera clara.

Presentación del texto Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Edmundo Vega, Dante A. Pérez, Juan Manuel Martínez y Ernesto A. Ocádiz

Segundo capítulo: La detención de la dialéctica

Escrito utilizado: Intervención sobre la transferencia (1951). Cada cita que nos presenta Juan Manuel es muy parecida a algún elemento del sueño. Su desciframiento implica un trabajo pues condensa varias cosas que hay que ir señalando poco a poco.

Juan Manuel toma posición como lector de Alfredo Eidelsztein, al menos en lo que a la noción o concepto de sujeto se refiere en el segundo capítulo.

Nos plantea preguntas interesantes a partir de las citas que nos presenta: por ejemplo, «¿Cómo es posible que el psicoanálisis sea un diálogo si el analista no dice nada?”.

En este segundo capítulo las diferencias entre los estilos de trabajo de Freud y Lacan serán más notorias, y lo serán todavía más hacia el final del texto. Y no sólo entre Freud y Lacan, también de Lacan en relación con él mismo.

En este segundo capítulo hablará sobre el manejo de la transferencia, de la cual debe estar alerta e informado el analista para no verse aplastado por esa ola que puede llevar a la interrupción del tratamiento, como en el caso Dora. Nos mostrará cómo en Freud la transferencia pasó de ser un obstáculo técnico a una herramienta del dispositivo.

Encontramos párrafos aclaradores, por ejemplo, en relación con la contratransferencia: «Y aquí ya podemos encontrar un quiebre. Freud no habló nunca de contratransferencia en sus textos publicados, solamente lo hizo en su correspondencia epistolar. El concepto de contratransferencia es un concepto creado por Freud, pero trabajado, extensa y fundamentalmente, por los postfreudianos y los kleinianos.»

Se agradece también el humor que encontramos por momentos: «Si Freud hubiera escuchado que la transferencia no es nada real en el sujeto, probablemente hubiera expulsado a Lacan del movimiento psicoanalítico.»

En estos primeros dos capítulos Juan Manuel se apoya de ejemplos provenientes de su práctica clínica, así como de aquellos de sus colegas, o de casos que ha escuchado. Está de más decir cómo estos ejemplos ayudan a digerir el texto.

Sorprende cómo es capaz de resumir en una hipótesis la idea de transferencia en los textos citados: «En el año 1951, la hipótesis podría resumirse en esta frase: Si hay transferencia, hay error. Lacan lo expondrá más adelante: la transferencia funciona como una forma de ver cómo vamos, como una brújula o un indicador.»

Tercer capítulo: La Res Analítica

Escrito utilizado: Variantes de la cura-tipo (1955). Al igual que los Escritos, el texto que hoy presentamos contiene numerosas críticas a los psicoanalistas y su práctica que podrían resumirse de la siguiente manera: Los psicoanalistas ignoran cómo funciona su dispositivo.

Pero antes de eso, Juan Manuel nos pone en escena lo que viene sucediendo con la práctica, coordinación y comprensión de los conceptos del psicoanálisis para entrar a discutir luego lo que sucede con la transferencia en particular.

Dentro de los temas que encontrarán, además de la transferencia, están qué es ser un psicoanalista, cómo se autoriza y reconoce uno, qué es lo psicoanalítico, qué define una práctica psicoanalítica.

Si nos preguntábamos el porqué de la transferencia como tema que organiza el texto, acá tenemos una respuesta: «Creo que lo que está proponiendo Lacan es que no hay ningún concepto que se acerque más a la cosa psicoanalítica que la transferencia. Es decir, cuando la pregunta sea cómo saber si esta práctica es psicoanalítica, la respuesta podrá ser: porque en ella se trabaja bajo transferencia.»

Otro de los temas que tocará Juan Manuel en su viaje y que igualmente ha generado grandes debates es el de análisis de niños y análisis de adultos mayores, ante lo que toma posición: eso «es una locura.» Otros temas en este tercer capítulo serán la infantilización del paciente neurótico y la detención del desarrollo, que intentan igualar niñez y neurosis; posturas y lugares comunes y repetidos en esa vulgarización del psicoanálisis. Nos deja en claro que niño ni adulto mayor no son conceptos psicoanalíticos.

Al final de este tercer capítulo recordé aquella sensación que tuve cuando escuché hace tiempo lo siguiente: los psicoanalistas no estamos a la altura del psicoanálisis. Lo desconocemos y sin embargo lo practicamos.

Juan Manuel Martínez durante el seminario que siguió a la presentación del libro: Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Juan Manuel Martínez durante el seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis

Cuarto capítulo: Preguntar con el sujeto

Escrito utilizado: La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud (1957). El diálogo con otras disciplinas también tiene lugar, por ejemplo, con la filosofía, donde se plantea la problemática del deseo para la filosofía natural. Por cierto, el deseo y su diferencia con la necesidad ocuparán varios párrafos en este cuarto capítulo. Se discutirán también cuestiones en relación con la diferencia, la repetición y su distinción de la insistencia. También la memoria y rememoración tendrán lugar.

Hacia el final de este capítulo Juan Manuel se encarga de poner de relieve las diferencias que existen entre los estilos de analizar desde un encuadre freudiano y uno lacaniano. O, en otras palabras, las diferencias de cómo se concibe el vínculo entre analista y analizante.

Quinto capítulo: La transferencia como clasificación

Escrito utilizado: La dirección de la cura y los principios de su poder (1958). En el capítulo cinco encontramos uno de los puntos más interesantes del texto. De entrada, se nos siguen planteando las diferencias entre Freud, cuyo ídolo era Darwin, según nos dice Juan Manuel, y Lacan, en relación con cómo construyeron sus marcos psicoanalíticos. Y ahí es donde plantea cosas curiosas: nos dice que Freud lo hizo desde la práctica y Lacan desde la teoría.

El psicoanalista argentino pone de relieve lo segundo, es decir Lacan y la teoría. Por ejemplo, dice, cuando nos enseñan que la teoría no sirve en el consultorio, es algo que hemos aprendido teóricamente. Que el analista debe despersonalizarse en el trabajo analítico, también es algo que aprendimos teóricamente. Dependerá del marco teórico y la forma de comprender y trabajar los conceptos psicoanalíticos cómo se intervendrá en la práctica, aunque esta exija, supuestamente, olvidar todo lo aprendido.

Las formas de concebir los conceptos determinarán también las maneras de pesar los éxitos del psicoanálisis: «¿A qué se ha reducido el éxito del tratamiento psicoanalítico? A cosas como éstas: que le paguen un poquito más, que ya no engañe a su mujer con la secretaria ¡Esos eran criterios de éxito! Yo recuerdo, durante mi formación, ver en los pasillos de la facultad a mis profesores psicoanalistas que fumaban como locos, y nosotros ingenuamente pensábamos: «Si es psicoanalista, ¿cómo va a fumar así?» En nuestra ingenuidad creíamos que cuando uno se analiza ya no hace cosas de ese tipo. También recuerdo haber tenido un profesor muy gordo, y recuerdo pensar: «¿Cómo puede ser que siendo psicoanalista sea así de gordo, no habrá analizado sus pulsiones orales?» Bueno, una estupidez total. Pero alcanzan a entender la idea, es como si el éxito psicoanalítico implicara algo sumamente concreto, como no fumar o no comer demás, como si uno terminara el análisis como un Buda.»

Sexto capítulo: Máscaras de la transferencia

Escrito utilizado: Posición del Inconsciente (1960). Este capítulo me recordó la primera vez que leí a Alfredo Eidelzstein: pone en jaque ideas del llamado psicoanálisis lacaniano que circulan y se repiten constantemente, y que muchos de nosotros hemos escuchado y hasta repetido en algún momento. Por ejemplo, cuando menciona la falacia milleriana del resto de cuerpo de goce. O aquella idea de lo real del cuerpo como referido al cuerpo biológico.

Nos invita a pensar esas ideas concebidas y sostenidas por mucho tiempo, expresadas durante seminarios, leídas en libros, incluso tal vez algunas de estas ideas se estén repitiendo en algún seminario en este momento. Llega incluso a calificarlas de extravagancias. Me parece que es el capítulo donde la crítica de Juan Manuel hacia los psicoanalistas y la manera de concebir el psicoanálisis alcanza su punto más elevado, donde la relevancia de la teoría alcanza también sus consecuencias más impresionantes. Por ejemplo, siguiendo la argumentación que hace sobre el significante, es comprensible llegar a un punto en el que podemos decir: “¡Somos nada!”

Y también encontramos el punto de mayor honestidad en Juan Manuel: dice que detesta la idea de resignificar. Resignificar, una de las ideas más comunes, repetidas, escritas, dichas, enseñadas y transmitidas en el psicoanálisis lacaniano. Estemos o no de acuerdo, lo importante será, como él mismo lo planteó antes, entender la problemática ahí propuesta. Dirá, de eso: «¡Qué propuesta tan vulgar! Ya mismo tengo que decirles que yo no apunto a cambiar el significado porque, para mí, no hay acceso al significado, no existe una relación entre significado y significante.» Y, «lo que pasó es, en realidad, significante, y puede cambiar su sentido como cualquier significante al ponerlo en relación con uno diferente. Entonces no es que el pasado se resignifique, es que el pasado cambia. Creo que la clínica se convierte en algo muchísimo más poderoso si la pensamos así.»

Entre otras cosas de suma importancia, revisará aquella idea de que el psicoanálisis no tiene que ver con la ciencia y nos deja en claro cómo desde el mismo Lacan puede leerse que no es así: el psicoanálisis apuesta a una formalización que pueda transmitir de qué se trata sin el necesario transitar por la experiencia.

Si tuviese que resumir o sintetizar la propuesta del libro, diría que nos invita a leer y releer a Lacan para dar cuenta de cuán erróneas y tramposas pueden resultar algunas propuestas psicoanalíticas y también algunos psicoanalistas que se dicen lacanianos. Si tiene o no razón Juan Manuel no es el punto en este momento, lo importante es entender los problemas que aquí nos plantea y su propuesta para resolverlos.

Bibliografía

Martínez, Juan Manuel, Lacan: El concepto de transferencia en los Escritos, 1ª ed. Mendoza, Argentina, 2018

Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (II)

«Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura, en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto»

– Friedrich Nietzsche

No dejarse morir y aprender a vivir es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura[1], menciona: “I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity.” En contra del riesgo y la aventura estúpidas, declara: “The real art of climbing is to come home safely”. Y en relación con aprender uno mismo, dice: “I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone”. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, abrazarse a la viday a la soledad: en estos sentidos no vemos diferencia entre el gran pensador que amó la lengua francesa tanto como la vida y el gran alpinista, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos, acaso, considerarlos “ejemplos”. Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron.

Lionel Terray, un conquistador de lo inútil
Lionel Terray (n.1921-m.1965)

     En el aforismo 259 de El caminante y su sombra[2] queda muy claro que seguir a alguien, tan cerca o tan pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de ideal para estos sujetos. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por su inteligencia. Consentirle en todo le haría cuestionarse en qué ha “fallado” al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo, lo cual sin duda él nos reconocería. Sin embargo, descartada la creación ex nihilo, y por contradictorio que parezca, la conformidad nos llevaría a elaborar nuestro propio pensamiento. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser Vladimir y Estragon, juntos hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

     El viajero también nos habla sobre sus “instrucciones” o secretos para vivir. Esta vez siguiendo el final del aforismo 265, nos dice que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida, aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello, aún con eso, “estaremos muy lejos aún de dominar el arte de vivir, aunque, por lo menos, seremos dueños de nuestro propio taller”.  De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, su guía, su camino, su voluntad y, sobre todo, su saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, como sabemos que hay que hacer para poder encontrarnos. Seguir al caminante tan cerca, ser su sombra es negarse esa aventura de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida con los propios recursos. En otras palabras, eso de aprender o enseñar a vivir, como lo dijimos más arriba, es una experiencia de lo imposible, pero a la vez una sabiduría necesaria. Remata el caminante: “Para llegar a ser sabio, hay que […] arrojarse en la boca de los acontecimientos”.

     De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado “razonablemente”, ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos. De haber seguido las instrucciones de otros para vivir, ni siquiera tendríamos noticia de ellos. Pareciera que llega un momento en la vida donde el pensar, de alguna manera, impide vivir, es un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones del cuerpo y del deseo.

     Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, salvo aquellos que tengan que ver con Godot, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un paliativo para el malestar de la vida. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ‘ídolo’, un padre, un Godot. Ellos no lo buscaron así.[3] En tanto no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido, en el desamparo y la soledad, para intentar descifrar esa incógnita y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo, queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo construya. Y para esto habrá que transitar por ahí, por el riesgo. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

     Un colega nos comentó hace algunos meses que aquellos que realizan prácticas de riesgo – ya que algunos ni siquiera los consideran deportes – como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de sublimación de un impulso suicida. O buscan la fama. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando inconscientemente morir. Al escuchar su comentario sentimos cierta censura sobre aquellos personajes que mencionamos más arriba. Desde esta opinión, se arriesgan demasiado, buscan la muerte. Según este compañero, el riesgo debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo y a veces por nada, pareciese algo “incorrecto” ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad de sus posibilidades. Amar, conservar y vivir la vida, aunque para eso se tenga que morir.

     Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, que otros han dicho, y muchos han repetido. Incluso son los “ánimos” que cualquiera puede dar y encontrar cotidianamente. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo han señalado así, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de ánimo o de motivación comunes, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestros pensamientos. De esa simplicidad ingenua y pueril hemos querido distanciarnos: “La montaña es una metáfora de la vida”. Bueno, por más que lo sepan, las montañas de sus vidas parecen meras colinas.

     Quizá no sea lo que decimos o concluimos, sino cómo lo decimos y cómo llegamos a ello, cuál fue el camino recorrido. Prácticamente cualquiera que cuente con el tiempo y los recursos necesarios puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura que los lleve. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es conquistar la cima, no vemos mayores problemas. Pero si se trata del cómo, aquí viene lo interesante. Reinhold Messner, junto con Peter Habeler, fueron los primeros en ascenderlo sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la “zona de la muerte”, alturas donde el aire es sumamente delgado y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días – los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes – con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que al final es lo mismo: que lo importante era llegar a la cima. No podría más que causarnos risa.

     No, no confundamos la meta con el camino. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, todos moriremos, aunque la mayor parte del tiempo no lo asumamos. Pero sólo algunos, como nuestros personajes, hicieron de su vida una obra de arte. No, no confundamos el final de las vidas con su recorrido. Existe un final común, y algunas vidas se quedan en ello. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llega la muerte. O hacer del desciframiento el camino mismo. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida. La muerte ya está “ganada”.

     Iniciamos este ensayo con el “nihilista” así que terminémoslo igualmente con él citando otro de sus aforismos: “Por la perspectiva cierta de la muerte, podría echarse en la vida una gota deliciosa y perfumada; pero vosotros, extravagantes farmacéuticos del alma, habéis convertido esa gota en un veneno infecto, que hace repugnante la vida entera”. La muerte no es una enfermedad de la vida, como pretenden muchos, es su motor. Queriendo curar la vida, esos “farmacéuticos de la salud” no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, de que llegue Godot o algún sucedáneo. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que le consume cuerpo y tiempo. Dicen que “valdrá la pena la espera” porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida un poquito.

Notas:

[1] Green, G. (2016). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Recuperado el 11 de julio de 2017, a partir de https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[2] Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. Madrid: Edimat.

[3] Salvo, tal vez, Friedrich Nietzsche en Ecce Hommo.

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