Retornos y descensos

Éstos quieren jugar a los dados y aquellos quieren contar y calcular, y esos de ahí quieren ver bailar: lo llaman ciencia, y sudan con ella. Pero no son más que niños que quieren su juego —y ciertamente es una bonita niñería, y algo de risa le sentaría dulce al rostro de los jugadores.

La pedantería del esclavo y del no-artista como fe en la razón, en la finalidad.

Los lógicos y matemáticos y mecánicos y su valor. ¡Cuánto embuste domina también aquí!

— Friedrich Nietzsche

[Retornos y descensos es el antepenúltimo capítulo de los Prolegómenos y sigue a los trabajos presentados en Un último esfuerzo (cont.): Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos; Nietzsche en los márgenes freudianos y La enseñanza del psicoanálisis en la maestría en clínica psicoanalítica del CESTEM]

1.

Un cartel que invita a un seminario en la ciudad de Puebla durante el mes de enero de 2020, ideal para iniciar el año: El dolor de existir. Sus contenidos rezan: 1. Dolor y subjetividad, 2. El dolor de existir: entre la melancolía y el deseo, 3. Aburrimiento-apatía-angustia, 4. Goce y sufrimiento: de la clínica del vacío a la falta. Impartido por reconocido psicoanalista miembro y fundador de diversas asociaciones y posgrados, autor de tres libros, etc. — Y pensar que por un momento consideramos que los pesimistas éramos nosotros, y que todo había sido invento nuestro. ¿Somos prejuiciosos? ¿Cómo es posible que nos dejemos llevar sólo por los títulos? Puede ser, pero a estas alturas no queremos «demostrarlo» más, al menos no dentro de ese psicoanálisis en particular. ¿Cómo, que ahora nosotros somos los que ya no escuchamos, que caemos en eso mismo que criticamos? Al contrario, ya hemos escuchamos acerca de eso durante mucho tiempo. ¿Qué dices, que querríamos entonces un seminario sobre cómo ser feliz y no morir en el intento? Habría que ser ingenuo para querer algo así, como también habría que serlo para estar insistiendo en lo contrario, una y otra vez. Bueno, quizá estamos siendo demasiado duros, después de todo son seminarios de difusión y siempre habrá que estar introduciendo a las nuevas generaciones en los «modos» y «temas» del psicoanálisis. Será inevitable repetir y retornar a ellos en algún momento, indefinidamente. Por supuesto, el problema para nosotros fue que durante diez años el psicoanálisis era lo mismo y lo mismo siempre: dolor, sufrimiento, melancolía, aburrimiento, apatía, angustia. Y parece que sigue. —

2.

¿Se necesita de los psicoanalistas para saber sobre el dolor de existir y los fracasos del amor? No, es obvio que no, si se asiste a esos seminarios es para saber «por qué» sucede así, y el psicoanálisis tiene una «explicación» para eso. ¿Explicaciones? Eso implicaría un saber sobre eso: el dolor, la existencia y el amor. No, ya no queremos acumular saberes ni «explicaciones». El saber nos cansa y el eruditismo nos resulta demasiado pesado para continuar nuestro viaje. Además, quién tiene la medida de tales cosas, ni siquiera los biólogos ni los físicos cuánticos pueden «explicar» qué es la vida —que no es lo mismo que explicar cómo se reproducen los seres «vivos» que buscan aprender a vivir, y los que no también—. Hablan de la existencia y del dolor, quizá para contrarrestar o cuestionar algunos ideales, vale, pero de ahí pasan a cosas igual de desagradables, es decir, pareciera que siguen en lo mismo, pero, dicho de otra manera: la vida es un gran peso. Qué difícil se nos presenta la redención de la venganza, poder decir que así lo quisimos, lo queremos y lo querremos: nuestro tránsito por nuestro peso más pesado hasta ahora.

3.

Otro cartel para otro seminario impartido por el mismo psicoanalista, pero esta vez en Torreón, Coah.: Los fracasos del amor (Celos y Violencia en la pareja). Los contendidos rezan: 1. Los mitos del amor, amar sin mitos, 2. Esos hombres y esas mujeres de hoy, 3. Los celos y la envidia: dos afectos del vínculo, 4. La violencia en la pareja, una forma de relacionarse. ¿Qué dices, que entonces querríamos un seminario sobre consejos para llevar un buen matrimonio, para vivir en pareja? Por supuesto que no. Déjame contarte que ayer vi una película tremenda: Clímax, de Gaspar Noé —seguro te suena por aquella brutalidad de Irreversible con Mónica Bellucci y Vicent Cassel, en fin—, y una de sus frases finales dice: La vida es una imposibilidad colectiva; seguro te recuerda la parábola de los puercoespines que Freud retoma de Schopenhauer, o quizá a Zaratustra y su gusto por la soledad. Pero sabes algo, el baile y la música —y quizá también las drogas— hacen estallar esa imposibilidad; dicho de otra manera, hacen amigable la vida al grado de hacerla «soportable». ¡Al diablo la imposibilidad colectiva de vivir, vinimos a bailar y reír! Y siendo estrictos, si la imposibilidad es colectiva, siempre se puede optar por la soledad, de vez en cuando. Ascender y descender.

4.

Nos reunimos un día para leer el libro guía del nuevo psicoanálisis del sur. Sabemos de antemano que el estilo de este psicoanalista es contestatario, crítico, argumentativo y, muchas veces, acertado en los puntos que denuncia del freudolacanismo. Uno de los integrantes de este reducido grupo de lectura le comenta a otro: «Divide y vencerás, esta es la estrategia que viene siguiendo, el asesinato del padre, promover la revuelta contra él para luego ocupar su lugar. Es un estilo que resulta llamativo, atrevido, pero que en el fondo encubre querer ocupar el lugar de aquel al que ataca, el lugar del maestro: Freud». Será por eso por lo que en Nietzsche no caímos en una situación similar: «Sí, claro, mira, es la voluntad de poder, que lo único que busca es expandirse y superarse a sí misma, no busques más. Así es como funcionan las cosas. Piensa también que lo malo y lo bueno Nietzsche lo ‘explicó’ en su Genealogía de la moral, ahí nos dice claramente de dónde surge cada uno y las inversiones que sufrieron. Claro, la muerte de Dios no es precisamente Dios, te voy a explicar».

5.

Ese mismo colega — el mismo que expresó que los montañistas se lanzan inconscientemente hacia la muerte — en otra ocasión, cuando le compartimos que queremos escribir algo sobre Nietzsche para nuestra tesis pero que nos es complejo entender a qué se refería cada vez que mencionaba la palabra espíritu, nos respondió: «Pero qué vas a hacer escribiendo e investigando sobre Nietzsche, sobre conceptos e ideas que ni siquiera entiendes. Lo mejor es que dediques tu tiempo a hacer algo en relación con el psicoanálisis, en lo que has estado formándote por años. Sólo el psicoanálisis nos puede ayudar a entender la subjetividad. No es la mejor teoría, pero es la única que puede abordar cuestiones tan complejas». Palabras más, palabras menos, sólo el psicoanálisis tiene «aplicación»; sólo el psicoanálisis entiende y nos ayuda a entender; Nietzsche y la filosofía está bien para despejarse un rato, para soñar, pero de qué te sirve trabajarlos, escribir e investigar sobre ellos.

6.

A fin de cuentas, si ése fuera el estilo y los temas predilectos del psicoanálisis, qué. Qué si los freudolacanianos quieren insistir en el goce, el dolor, el sufrimiento, en «explicar» los fracasos del amor, heredar a Freud para conservarlo sin transformarlo, reivindicar que la pulsión de muerte es indomeñable, el reducto biológico imposible de simbolizar, repetir frases y textos, repetir frases hasta el cansancio de muchos, formular sus universales a pesar de su no todo, denunciar que la mujer no existe y que no hay relación sexual, que el deseo es por siempre insatisfecho, que siempre habrá inconsciente y sus formaciones, que el malestar en la cultura es inexorable, inevitable, que no importa lo que hagamos, etc., qué. ¿Qué sucedió en toda esta transmisión que se nos ha quedado tan grabado todo este tipo de frases, de «saberes», de experiencias, de pesimismos, en comparación con otras, quizá menos fatalistas? Y qué hay de los psicoanalistas del sur que apenas empiezan: sus lógicas paraconsistentes, el psicoanálisis como ciencia, el énfasis en la teoría, sus batallas encarnizadas con el freudolacanismo, su recuperación del Lacan científico en detrimento de otros Lacanes, que se dicen investigadores y libres de pensamiento, que no reconocen a su redentor, etc. No tenemos para dónde movernos entre esas dos opciones que exigen fidelidad y adoración ciega. Freud dijo, Lacan dijo, Alfredo Eidelsztein dijo, Nietzsche dijo, Heidegger dijo, Derrida dijo, Zaratustra dijo…

7.

A propósito de Zaratustra dijo, otra invitación. Seminario sobre Topología y Psicoanálisis, impartido por el Doctor en Matemáticas, profesor-investigador adscrito al Posgrado en Matemáticas de la Facultad de Cs. Fisicomatemáticas de la BUAP, con perfil PRODEP y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACYT. —Aha, ¿y qué dijo Zaratustra?—. No lo recuerdo exactamente, algo en relación con las ovejas, que para ellas Zaratustra había dejado de ser un docto, y él se alegraba de eso. Pero eso se lo contó un niño, pues Zaratustra gustaba de estar entre niños que juegan. Y ese juego de los niños era el juego de la creación inocente; sus compañeros de viaje eran creadores; se cansó de utilizar las sandalias unas y otra vez; o más bien se cansó de las viejas sandalias. Zaratustra no pudo estar ya entre doctos cuyo conocimiento no es diferente del cascar nueces, y además es frío en comparación con el calor y calentura de Zaratustra. Y se enojaron con él por estar elevado. O quizá porque cerró la puerta al salir de ahí. —¿Qué si nos comparamos con Zaratustra, que si somos como él?— Digamos que compartimos su náusea.

8.

¿Y la ligereza «nietzscheana»? Era preciso perder para poder ganar. No hemos abandonado el proyecto de la ligereza, simplemente nos parecía más propicio ponerlo en pausa por ahora y saldar previamente nuestro asunto con el psicoanalismo. De alguna manera queríamos «redimirnos» del él antes de dedicarnos e implicarnos «solamente» con Nietzsche. Sí, sabemos que es imposible, aunque digamos que nuestro trabajo sobre la ligereza será «exclusivamente» nietzscheano, sin «ninguna» referencia al psicoanálisis, este estará ahí entrometiéndose, pues de dónde «aprendimos» la pesadez si no de esa relación. No somos ingenuos, esas voces seguirán interviniendo, retornarán junto con otras, se infiltrarán. ¿Entonces todo este trabajo ha sido en vano? «Sabemos» que así lo quisimos, pero aún no sabemos que así lo quisimos, no del todo. En nuestro horizonte aparece la ligereza, pero la venganza sigue siendo fuerte por momentos. ¿Dónde está el redentor que nos redima del redentor? ¿Cómo elevarnos hasta ese portal que se eleva entre dos eternidades?

9.

No sabemos cómo terminar esto Zaratustra, el cierre, la conclusión son imposibles, la vida no es así, a riesgo de hacerla morir de hambre. Cierre, conclusión de esta «tesis» —¡Eres acaso tonto! ¡No quedó lo suficientemente claro que ese era nuestro problema, un conocimiento y saberes cerrados, concluidos!—. No podemos decir que nos hemos curado o nos hemos superado o que nos hemos elevado sobre nosotros mismos y sobre los otros. No hay nada de eso. Qué fácil hubiese sido decirles a esos «hombres superiores» que eran ellos a los que tú esperabas y asunto concluido. Sí, que seguían buscando un Dios, que estaban dispuestos a adorar a un burro, que el aire viciado de la caverna les parecía limpio, que aún dormían cuando tú ya estabas despierto, que no aprendieron tu risa, pero eventualmente podrían hacerlo, etc. Saldar el asunto. Y entonces convencerías a tus animales de que esos hombres eran a los que esperabas en tus montañas, y te quedarías ahí, resignado y pensativo, y enojado de la muchedumbre y plebe que ahora invadía tus montañas, ensuciando tus manantiales, incapaces de escuchar pues es más fácil abrir la mano para dar que para recibir, y entonces por más mar y profundo que fueras, esos ríos sucios y contaminados que son el último hombre te harían descender de la montaña nuevamente, pero esta vez no para predicar, sino para encontrar tu soledad. Iniciarías de nuevo tu ocaso, un nuevo descenso, porque no hay posibilidad de un punto de llegada, un punto final, a riesgo de sacrificar la vida. No podrías decir: «Por fin, este es el Übermensch, escuchen cómo ríe, su carcajada santa». No habría más devenir, Zaratustra. ¿Acaso quieres eso? ¿Acaso querrías que ya no quisiéramos más? ¿Y qué habría de tu amor por los que cruzan los mares y viven en peligro? Nos duele tu partida, pero es cierto que aquí no están los hombres que buscas. No soportaríamos retenerte, es un gran dolor ver sucumbir y desperdiciar un gran potencial en donde no se puede amar más. También nos lo enseñaste, que donde no se puede amar más, lo mejor es pasar de largo.

10.

Tú quieres compañeros de viaje que sean creadores. Nos has dicho que la creación es el camino para la redención del sufrimiento y la vía para volverse ligero. Que para crear es preciso destruir. Y que esa creación es de nuevos valores. Que eso sólo puede hacerlo el niño. Que para ello es necesario la redención del pasado y de todo «fue». ¿Pero te das cuenta de lo que pides? Es la tarea más difícil con que nos hemos topado en nuestra vida —en caso de querer llevarla a cabo—. Siempre hemos pensado que eso de «crear» es propio de los dioses, pero vienes y nos dices que buscas hombres creadores. Cuan fácil es repetir, memorizar o copiar —eruditismo del psicoanalismo—, pero ¿qué se necesita para superar eso? Se necesita de piernas largas y pies alados, grandes acontecimientos y muchas transformaciones.

11.

Suficiente por hoy. ¿Debemos disculparnos por nuestro empecinamiento? Es sólo que la pesadez es algo que no podemos tomarnos a la ligera. Dicho de otra manera, la ligereza nietzscheana es algo que nos tomamos muy en serio: cuando nos ponemos a pensar en ella. Nos hace falta reír, retomar el aire de la montaña, continuar ahí donde habíamos dejado nuestro Proyecto de Investigación «original». Cerramos este gran paréntesis —estos prolegómenos— en relación con el psicoanálisis, esperando que nos sea una mentira «útil» en vías hacia una ligereza nietzscheana —¿una nueva mentira útil?— . Ya empezamos a sentir la nostalgia por lo que era ese «gran» problema que era la tesis. Se empieza a sentir ese vacío que rellenábamos con nuestros pretextos, con nuestras trabas para empezar a escribir, con esa supuesta falta de preparación, el tiempo de nuestra tesis también estaba funcionado como un gran freno que detenía muchas cosas. Pero un nuevo trabajo y proyecto ya nos espera, pero también necesitamos un descanso. Nos hace falta ventilar nuestros pensamientos de nuevo. Y casi estamos seguros de que cuando lo hagamos, una de esas tantas voces vendrá a decirnos —¿Y a quién carambas le importa todo eso que escribiste? ¿Crees que alguien algún día llegue a leerlo?— Pues tal vez le importe a mi asesor, tutor y lector. Me importa a mí, también en ese sentido. Habré «concluido» algo. Importa para unos cuántos familiares —quizá sólo a uno—, no creo que le importe a la mayoría, ni a mis amigos, aunque eso no quite que les dé gusto, tal vez. No lo sé, ¿por qué insisto en responderte algo así? ¿Quién o qué eres, para empezar? Ah, ya, me atrapaste de nuevo. Sí, ya te reconocí con tus pensamientos pesados. Bueno, no quiero presionarte, pero si tienes algo más qué decir, te sugiero que te apresures. Mira, estamos por llegar al punto más alto y por lo mismo a punto de iniciar el descenso. Es el momento más peligroso —y uno de los más divertidos— de todo el viaje y requiere de toda nuestra atención: una caída puede resultar mortal, o por lo menos dejarnos convalecientes por unas semanas. Y aunque quizá tú querrías eso, sabes también que, si algo así sucede, tú no podrías regresar a estas alturas. ¡Espera! Será que también disfrutas y te diviertes con el descenso. ¡Eso es! Quién lo hubiese imaginado, espíritu de la pesadez, que también anhelas aventura, alegría y diversión. ¡Y ahora estás riendo! ¡Pero qué pillo tan tramposo! No me lo creo. Como sea, ven, iniciemos el descenso, y sujétate bien que no quiero perderte. —¿Desde cuándo te importa eso? Siempre he descendido contigo y nunca me has perdido, nunca te había importado—. Ah, tramposo, casi me haces caer de nuevo teniendo que formular respuestas y «explicaciones». En fin, quieras o no, te vas a callar, porque aquí viene el descenso.

12.

Postal. Resulta que la montaña más elevada nace de los mares más profundos, y que a la cueva de Zaratustra se llega tras cruzar abismos inconmensurables, en las montañas más altas y solitarias de la Tierra. —¿Cuántas veces lo estuvo diciendo, pero no lo escuchamos?—. Es más, quizá esa cueva se comunique con el fondo del mar. ¿Pero existe alguien que se haya ganado el derecho de realizar dicha travesía? —Nosotros lo seguimos peleando—.

¿Por qué Nietzsche? I

Causa y efecto — toda esta cadena es una selección, antes y después, una especie de traducción del acontecer al lenguaje de nuestros recuerdos, que creemos entender.

— Friedrich Nietzsche

En suma, la narratividad, metáfora de una actuación, encuentra apoyo precisamente en lo que oculta: los muertos de los que habla se convierten en el vocabulario de un trabajo que se va a comenzar.

— Michel de Certeau

[El presente texto forma parte de los primeros capítulos de la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana. Previamente hemos compartido la Introducción: Un sueño con Derrida y el Prólogo de la misma. Los subtítulos entre corchetes fueron añadidos posteriormente]

Algo de contexto, «aunque un contexto permanece siempre abierto, por tanto, falible e insuficiente»[1], para lo que sigue. Nos encontramos con un trabajo del día 3 de febrero de 2017 que realizamos para el seminario Culpa y deuda como formación del lazo social, que además estaba dedicado exclusivamente a Friedrich Nietzsche. Por este motivo es que titulamos aquel primer trabajo ¿Por qué Nietzsche? O eso es lo que suponemos actualmente, ya que no podemos abarcar totalmente ningún contexto, ni siquiera el «nuestro», por lo que nuestra memoria y recuerdo quedan igualmente abiertos, falibles e insuficientes, nos es imposible abarcar la totalidad de los motivos y circunstancias que entonces nos atravesaban. De aquí en adelante sólo nos queda realizar una operación historiográfica con todo lo que está por venir: «La escritura sólo habla del pasado para enterrarlo. Es una tumba en doble sentido, ya que con el mismo texto honra y elimina. Aquí, el lenguaje tiene por función introducir en el decir lo que ya no se hace»[2].Y con esto nos referimos a dos puntos principalmente: 1) nuestra relación con Friedrich Nietzsche y 2) los años de nuestra formación como psicoanalistas: diván, experiencia clínica, seminarios, lecturas, reuniones, posgrados, etc.

Anatomía de Friedrich Nietzsche por Sheldon Comics
Anatomía de Friedrich Nietzsche por Sheldon Comics

Centremos nuestra atención de momento en el primero. Lo decimos así: una relación con su nombre y no solamente con sus escritos, porque sería, de nueva cuenta, imposible rastrear todas las fuentes y materiales de donde hemos partido. Con su nombre queremos abarcar la «totalidad» de las fuentes, por imposible que sea, de las que suponemos se ha construido nuestra relación con ese autor. Por ejemplo, más allá de los textos podemos ubicar numerosas fuentes y materiales «extras»: lo que se escucha durante un seminario, lo que se piensa dentro y fuera del aula, antes y después de una sesión, las preguntas que surgen en cualquiera de estos momentos, los comentarios y preguntas de los compañeros durante el seminario o los recesos, los chistes y bromas que se producen a partir de las lecturas y las clases, el cruce y la producción de todo esto y cómo se relaciona con lo previo, los vídeos y numerosos comentarios a los que acudimos en diversas plataformas digitales, y cómo esto se enlaza con los materiales anteriores produciendo nuevas ideas, afirmando o rechazando otras, y de ahí surgen unas nuevas, etc. Y claro, también estaban nuestros conocimientos previos, bastante limitados, en relación con Nietzsche. Y cómo mucho de lo que se produjo durante este andar con el filósofo alemán trastocó, y en algunos casos desmoronó, numerosas cosas en nosotros, como fue el caso de nuestro tipo de relación con el psicoanálisis. Imposible saber todo esto. Al mismo tiempo sería ingenuo afirmar que todo lo que vamos a escribir partió simplemente de la lectura de sus textos. También está la experiencia del desplazamiento, movimiento y traslado entre lugares, pues si algo logramos reafirmar con Nietzsche fue desconfiar de permanecer en un sólo lugar: la misma ciudad, los mismos psicoanalistas, las mismas voces, el mismo discurso, etc. No se trataba solamente del trabajo de las asentaderas sobre los textos —como si se estuviera empollándolos, que es necesario, sin duda—, o permanecer recostado en el diván, sino que era —y (nos) es— necesario el trabajo al aire libre para ventilar los pensamientos con aires diferentes: era preciso movernos de donde estábamos, material y figurativamente. Recordemos parte del parágrafo 34 del apartado Sentencias y Flechas del texto Crepúsculo de los ídolos, en el que Nietzsche cita a Flaubert que dice no se puede pensar ni escribir más que sentado. La respuesta por parte de Nietzsche es clara de su posición: «¡Con esto te tengo, nihilista! La carne de las posaderas es justamente el pecado contra el espíritu santo. Solo tienen valor los pensamientos que se han paseado»[3]. Es síntesis, aunque se nos pida y exija, aunque sea un requerimiento «académico», no podríamos dar cuenta de todo aquello que pensamos y escribimos; de citar todas nuestras fuentes: ¿hasta qué «lugar» y «tiempo» tendríamos que referenciar nuestros textos? ¿Cuál sería un límite razonable para dar cuenta de dónde hemos partido y desde dónde estamos hablando y escribiendo? Más aún, ¿podemos saberlo, somos tan claros para nosotros mismos y para otros como para transmitirlo? ¿Nos conocemos, aunque llevemos años buscándonos? ¿Se entiende el absurdo de «cita tus fuentes»? —Claro, y sin embargo lo hacemos—.

[Entre]

Ante tal imposibilidad, de una contextualización, memoria y citabilidad completas, infalibles, suficientes y razonables, y por lo tanto de una narrativa con esas mismas características, queda por responder cuáles son las motivaciones para involucrarse en una tarea así. Y seamos claros en esto último, no ha sido fácil renunciar a esas ilusiones de completud «universal» —¡tremenda pretensión! —y moverse en adelante en una dinámica de parcialidades, instantes y azares. Este trabajo todavía se debate entre esas dos posturas: «Lo que sucede entre dos, entre todos los ‘dos’ que se quiera, como entre vida y muerte, siempre precisa, para mantenerse, de la intervención de algún fantasma. Entonces habría que saber de espíritus»[4]. ¡Como si en lo fragmentario no hubiese vida! ¡Como si no hubiese instantes que colman y consuelan las noches más terribles! Este trabajo es un fantasma y quizá un espíritu y por lo tanto habría que saber de ellos: del espíritu de la pesadez, de la ligereza, de la venganza, por ejemplo. Entre totalidad y fragmentos, verdad y mentira, ciencia y ficción, filosofía y literatura, psicoanálisis y charlatanería, dos significantes, cualquiera «dos» que se quiera. Una tarea a partir de lo que resta y de lo que queda por venir: los fragmentos, los instantes, los recuerdos y las reconstrucciones del pasado —y también del futuro —que, a falta de otros materiales, tomamos como «verdaderos» —¿nuestra novela neurótica, nuestra ficción?—; son nuestras metáforas, o, mejor dicho, las metáforas que nos hacen. Y quizá por esta vía es que podemos responder por ahora sobre la «causa» y «origen» de esta «tesis»: eso ha tomado la palabra —evitamos la jactancia de decir «nuestra palabra»—, o la palabra nos ha tomado, quiere hablar y por lo tanto escribimos la historia de lo que ha sido y significado nuestra relación con el nombre de Friedrich Nietzsche —y con el psicoanálisis—. Una relación que por ahora es más fuerte que otras, por ejemplo, aquella que tenemos con Jacques Derrida o Jacques Lacan. Se impone —desde hace tiempo, por lo menos dos años— y no podemos postergar más el llamado y la bienvenida: intentamos responder haciendo historia, escribiendo, releyendo, reformulando, reinventándonos, todo esto al mismo tiempo. En pocas palabras, una necesidad se nos impone, y ante algo tan insistente ya no vale disimular más y a partir de ahora sólo vale responder. A fin de cuentas, «todos nuestros fines, considerados con cierta retrospectiva, adquieren el aspecto de ensayos y azares […] No actuaríamos nunca si nos representáramos todas las consecuencias»[5], lo cual nos aligera del peso de considerar esta «tesis» como un texto acabado y cerrado; o como el resultado consumado de un «Proyecto de Investigación» —así con mayúsculas —que se revisó y reescribió una decena de veces y que finalmente se autorizó, pues sólo de esa manera el resultado sería «válido»; o como la culminación solemne de una trayectoria de estudio. Esta «tesis» pasa y pasará a existir como un ensayo y un azar más en la serie de trabajos que hemos realizado. Por otro lado, nos libera de tener que «justificar» su relevancia, innovación, importancia y aportes, como si nosotros pudiésemos anticipar las consecuencias de nuestro trabajo[6]. Es decir, resulta afortunado no poder explicar «todo» ni anticipar las consecuencias de nuestra escritura; de lo contrario perderíamos el interés, temblaríamos ante el terror, resolveríamos las incógnitas o moriríamos de risa. No tendría sentido emprender ninguna acción puesto que se saben de antemano sus efectos: causa, trayectoria, modo, resultado, consecuencias, derivas, etc.

[Por amor a Nietzsche, Mi amigo Nietzsche]

La pregunta por qué Nietzsche retorna. O quizá fuimos a buscarla en ese primer trabajo en que por primera vez nos lo preguntamos de manera clara. Retornamos, y justo como en aquel entonces nos preguntábamos sobre la importancia y el valor que podría tener la obra de Nietzsche dentro del posgrado, esta vez nos preguntamos por su valor en relación con nosotros, o de nosotros con él, de tal manera que le dediquemos —también en el sentido de ser una dedicatoria— todas estas palabras. Este trabajo implica tiempo de lectura, escritura, acompañamiento, cuidado, rechazos, interrogaciones, reformulaciones, replanteamientos, avances, retrocesos, precipitaciones, etc. —es decir, una relación amorosa, y quizá ahí estemos errados en intentar responder por el por qué—. En algún momento se nos ocurrió una respuesta en ese sentido, que por cierto no cabe en los «Proyectos de Investigación», ya que de pretender hacerlo se le rechazará su «subjetividad» y «sin razón», o por no contener los suficientes argumentos lógico-racionales que preservan «la verdad» y legitiman la objetividad de los enunciados, o porque, en el peor de los casos, se diría que en dicha respuesta el «investigador» estaría sumamente implicado. Como si entonces se tuviese que investigar algo que a uno le resulte indiferente, o que no le apasione demasiado, no vaya a ser que se pierda la objetividad, o que el grado de implicación subjetiva sea el razonable, el aceptable, el que no distorsione los resultados. Como sea, no queremos profundizar en esas discusiones, decíamos entonces que se nos había ocurrido una respuesta: Por amor a Nietzsche. Pero otra la superó, una en relación con la amistad, pues pensamos que el amor no siempre conlleva amistad de por medio, mientras que estamos convencidos de que la implicación inversa sí lo hace. Además de que existe una singularidad con Nietzsche —que no nos sucedió ni siquiera con Freud o Lacan; tal vez tenga lugar un poco con Derrida—, nos sentimos muy próximos a lo que escribe, quizá porque nuestra lectura va más allá de una mera identificación y podemos reconocer en él al existente finito y vulnerable que somos todos —y aquí sí hay posibilidad de universalizar— debido a la particular exposición y apertura con que logró volcar sus experiencias en el papel. Esta posible respuesta —que tampoco sería aceptada en ningún «Proyecto de Investigación» por las razones que ya dijimos— en relación con la amistad se nos formuló de la siguiente manera: Mi amigo Nietzsche, ateniéndonos no sólo a las implicaciones y consecuencias amorosas que de ella se desprendan, sino también a aquellas de enemistad.

[Dedicatoria]

Esta «tesis» de maestría está dedicada especialmente para: el espíritu libre y el aeronauta del espíritu, el pensador intempestivo, el humano demasiado humano, el científico jovial, el pensador alegre, el caminante y su sombra, el más inmoral, ateo y malvado de los hombres, el asesino de ídolos, el filósofo del futuro, el wagneriano, el filósofo del martillo, el antiwagneriano, el que filosofa a martillazos, el que tiene piernas largas, el filósofo experimental, el maestro del eterno retorno, el filósofo trágico, el anticristo, el artista y el músico, el que es dinamita, el loco, el que es destino, el poeta, el bufón, el payaso, el bailarín, el convaleciente, el cantor, el león riente, el niño, el juguetón, el escritor de aforismos, el más afirmativo de todos los espíritus, el que niega, el más pobre de los ricos, el destructor de tablas, el guerrero, el predicador del sentido de la Tierra, el solitario, el predicador del Übermensch, el hombre de pies ligeros, el anunciador del rayo, el escalador de altas montañas, el que aparta la vista de sí mismo, el amigo de los que viven en peligro, el que vive ardientemente, el explorador de los viejos mundos, cimas y cavernas, el que vive trágicamente, el que redime todo el pasado, el que redime del redentor, el ave de presa, el apreciador del cuerpo, el que escribe con sangre, el creador, el que se supera a sí mismo, el hiperbóreo, el alciónico, el redentor de la venganza, el que se eleva por encima de sí mismo, el que se eleva por encima de otros, el ligero —y el pesado—, el deseoso de eternidad, el deseoso del anillo nupcial de todos los anillos, Zaratustra —y Lou von Salomé—, Dioniso, entre otros.

[Márgenes]

Una nota al margen sobre la importancia del psicoanálisis para este trabajo —no ignoramos esta aparente contradicción: la de colocar algo importante en los márgenes o notas de un texto—. Será evidente el carácter conflictivo en relación con el psicoanálisis —o más bien con su enquistamiento— y no puede ser para menos, pues en él pasamos y habíamos consumido la mayor parte de nuestro tiempo y formación académica, dentro y fuera del aula, en los años previos a nuestro encuentro con Friedrich Nietzsche. Se deducirá que este último tuvo mucho que ver con nuestro cambio de posición y los movimientos que posteriormente tuvieron lugar en relación con dicha disciplina, y con cualquier saber en general. También podrá leerse por momentos que el psicoanálisis es nuestro referente.

Una nota al margen sobre la nota anterior: en una lectura deconstructiva, los márgenes de nuestro trabajo podrían ser colocados como lo central del texto, desviando entonces la atención del lugar hacia donde nosotros quisiéramos llevarla. Tomamos nota de esto y no podemos hacer nada al respecto por más cuidadosos que seamos. Tampoco hemos logrado tal grado de sofisticación en la escritura de tal manera que entonces, de manera contraria, escribiéramos lo más relevante en numerosas notas al pie —¿podríamos intentarlo alguna vez?— y en el cuerpo principal del texto escribiéramos lo nimio, irrelevante y secundario.


[1] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.11.

[2] Certeau, M. de. (2010). La escritura de la historia (J. López Moctezuma, Trad.; 2a edición). Universidad Iberoamericana, p.117.

[3] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.623-624.

[4] Derrida (2012), p.12.

[5] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.; D. Sánchez Meca & J. Conill, Trads.). Tecnos, p.221.

[6] Y en realidad esta tesis no contiene nada de eso: también es un aligeramiento del academicismo que nos había impedido pensar y escribir de otras maneras.