Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche (alt.)

Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto.

Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.

Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.

— Friedrich Nietzsche

[Este ensayo ya había sido publicado en esta página bajo el mismo título en dos partes: Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche I y II. Aquí lo repetimos con algunas modificaciones mínimas, como se mencionó al final de Espiritualidad nietzscheana, como parte de los trabajos que forman parte de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, sin embargo, ya conocíamos la imagen inconfundible de su autor y al menos una de «sus» ideas fundamentales: el nihilismo. Encontramos en aquellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad, que revivía en cada batalla y hacía de esta la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él —valga la anterior, lo conocíamos por «nihilista». El estilo y escritura de este autor sorprendió y reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento próximos a lo que imaginamos como el posible fin de un análisis. Sentimos que se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin necesidad de ninguna garantía metafísica y sin ayuda de dioses; sin recurrir a la exaltación de vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de «ejemplos de vida». Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que esto último significase dejarse morir, arriesgarse a lo tonto o consumirse en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue incorrecto y provocador, peleó contra la tradición filosófica y cuyos «delirios» fueron producto de la «locura» que lo sumió en el silencio al final de su vida. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento —metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos— ha sido imposible de detener.

Mi vida al límite, Reinhold Messner: aprender a vivir es imposible y necesario.
Reinhold Messner. Foto por Andreas H. Bitesnich

Un espíritu indomable —del tipo anterior— que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos y espontáneos, podemos encontrarlo en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner[1], principalmente en My life at the limit [Mi vida al límite][2]. Las diferentes alternativas en la traducción de este título reflejan muy bien sus posibles sentidos, ya sea la vida al límite como la vida en los límites. En este texto define su actuar de la siguiente manera: «I do things with a passion or not at all» [Hago las cosas con pasión o mejor no las hago; una traducción alternativa sería: Hago las cosas con pasión y sin ella; siendo claro en que es preferible lo primero][3]. En relación con el tiempo —pues todo esperar o no, actuar o no, sucede en y durante y es tiempo—, Messner busca precipitar la vida; está sucediendo a cada instante y toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo matarlo, pasarlo lo más rápido posible o les parece eterno: «Killing time gives me the horrors» [Matar el tiempo me aterra][4].Aquí nos preguntamos, ¿qué tanto matar el tiempo es matar la vida? Sin duda, el filósofo nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano la vitalidad y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que también hacemos nuestra, pues hasta nuestros días parece continuar vigente. Nos negamos a aceptar que los principales anhelos del hombre contemporáneo estén atravesados por la explotación y eventual destrucción de los recursos y energías —naturales y humanos—, sin ningún cuidado ni visión por un futuro. La pasión y utilidad de las cosas «inútiles» parece irse borrando poco a poco. Son numerosas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro[5] en 2010, debido precisamente a lo estéril de su práctica, un «deporte» que es considerado inútil por muchos: el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. «It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist» [Es sólo porque tengo el valor de sostener mis ideas, proyectos y aspiraciones que a menudo me tildan de egoísta][6]. El valor no es poco: sostener una práctica «inútil», pero vital.

Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue consciente del carácter improductivo que puede adjudicarse al montañismo de altura desde algunas perspectivas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en y con la vida: modelos prefabricados con los que hay que cumplir, encajar y encajonarse. «Fórmulas de éxito»: «¡Esto es vivir! ¡Nada de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!». Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil[7]. ¡Nos sorprendimos gratamente en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigos, Gaston Rébuffat, a quien comparaba con Friedrich Nietzsche en su modo de pensar y aproximarse a los retos y aventuras: «Gaston was remarkable for his self-confidence: no doubt he thought, like Nietzsche, that ‘nothing succeeds without presumption’. Thanks to his optimism he faced his chosen mountain with extraordinary calmness and cold-bloodedness» [Gastón era extraordinario por su confianza en sí mismo: sin duda pensaba, al igual que Nietzsche, que ‘sin atrevimiento, no existe el éxito’. Gracias a su optimismo se enfrentó a sus montañas con una calma y sangre fría extraordinarias][8]. Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura —en los museos de Reinhold Messner también se encuentran algunas citas del filósofo alemán—, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento del contexto de la época. Quizá sólo haya sido la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[9] la que llevó a Gaston a encontrarse con «el loco de Turín». Encuentro de dos «locos».

Puntos de encuentro si consideramos lo siguiente: comparten un estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas dentro de la filosofía y el montañismo de altura. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat —que acabó creando un estilo que lleva su nombre— coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos llaman asumir el deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV – El acto analítico[10]. Nunca desistieron de aquello que anhelaban o se vieron arrastrados a realizarlo o no pudieron hacer nada por impedirlo. Eligieron no esperar a que sus inquietudes —«que no llevarían a nada»— se desvanecieran.

Nuestros personajes se jugaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña, la enfermedad o el pensamiento: entre más cerca de la muerte una mayor intensidad en la experiencia de vida. El montañista italiano escribe: «It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible» [Es a través de resistir a la muerte que experimentamos lo que significa ser humano… El secreto está en el hecho de que sólo puedo tener las experiencias más intensas cuando me empujo hasta los límites de lo posible][11]. O «the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk» [El síntoma de mi enfermedad se define por un ansia de vivir que viene de poner mi vida en riesgo][12]. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, hombres excepcionales, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestras vidas. Si tomamos aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, nuestra más profunda intimidad o si lo hacemos desde condiciones que impliquen el menor riesgo y pérdida posible. Nos preguntamos si existe aún quien esté dispuesto al acto de decidirse así, en los límites de lo posible o más allá de él. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se está haciendo en su lugar. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo[13] lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que elegir el riesgo no implica elegir la muerte, aunque esta pueda ser una posibilidad. No se trata de un elogio de la muerte, que es lo que usualmente se cree cuando se habla de correr riesgos y transgredir los límites. Elogio del riesgo, arriesgar la vida, pero luchando por conservarla. Supuestamente empezamos a vivir desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.

Reinhold Messner y los 14 ocho miles.
Reinhold Messner por Matteo Costalonga

Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importante de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos dejado en claro nuestro reconocimiento hacia ellos y hacia sus actos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo sobre cómo vivir. Sus hazañas no dejan de maravillarnos y sorprendernos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. Pero no representan el camino a seguir, de lo contrario, tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil y en los límites de lo posible, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles —las catorce cumbres más altas del mundo— o conquistando las siete cumbres —tomando el modelo de siete continentes, corresponde a escalar la cumbre más alta de cada uno de ellos—. Seguir su ejemplo —hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón— sería «vivir de verdad», «por fin». Pero dudamos que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. ¿Es que aquí nosotros hemos aprendido de él? Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las «mejores» condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, hacia el final de su vida[14], reconoció que no lo había conseguido: aprender —y enseñar— a vivir es imposible, sin embargo, nada es más necesario que esta sabiduría. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar, corregir, orientar, curar, (es)coger bien y mejor, en pocas palabras normalizar la vida y el pensamiento para llevar una vida más satisfactoria y sana, sometiéndose a posturas ideales, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[15] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico del psicoanálisis, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar exponiendo nuestras ideas.

El psicoanalista francés critica cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo que puede ser controlado y dirigido a voluntad y placer: «Tú decides lo que sientes», «Solo tú decides si algo es capaz de afectarte o no», «Si te sientes ofendido, ése es tu problema», etc. Valdría preguntarse por los resultados de dicha tentativa para poner un poco de distancia ante tanta presunción: la educación —emocional o de cualquier tipo— es la solución para los malestares del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud[16]. Algo se revela en lo humano que le impide ser «educado» completamente. La trilogía de las utopías, o distopías, Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451[17], son un buen ejemplo traído desde la literatura: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

Reeducar y reaprender plantea un supuesto anterior —o futuro ideal— en el que se había educado y aprendido de manera correcta y, por uno u otro factor, ya no fue así: el alumno no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El «analista» sería un talachero de las emociones: él sabe cómo hacerlo. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, de enseñar y aprender a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo —¿el psicoanálisis no implica un «modelo» o «definición» de un sujeto, aun cuando se diga que un significante representa a un sujeto para otro significante? ¿Se propone alguna especie de tarea, meta u objetivo cuando propone asumir el deseo o actuar conforme a él?— . Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos «analistas», transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe imposible lo mismo que su práctica.

Enseñar y aprender es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Esta violencia, que en ocasiones es inevitable —instancias paternas e hijos—, no es sin la participación del que se coloca o es colocado como «aprendiz». Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. «Tú no sabes, déjanos ayudarte», «Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía». Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección de vida. Acaso «es» dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque andan en las alturas, los sentimos muy próximos. Algo nos dicen con sus vidas y actos que no tiene que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con el ejercicio de una violencia sobre otros.

Messer y el Yeti
Reinhold Messner y el Yeti por Matteo Paolelli

A propósito de la frase aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos —imposible no aprender como imposible aprender—. Jacques Derrida, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: «No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte»[18]. No dejó de señalar además su preferencia por las paradojas y las aporías. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su «método», la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni más explicaciones, esos son puntos de encuentro con Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

No dejarse morir y aprender a vivir —o aprender a morir— es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura, escribe: «I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity» [Siempre hice un testamento antes de salir de expedición: sabía que podía morir, pero lucharía como un león para que eso no sucediera. Si tuviese que quedarme en casa para siempre porque es peligroso ir a las montañas, no sería quien soy. Necesito esta actividad][19]. En contra del riesgo absurdo y la aventura estúpida, declara: «The real art of climbing is to come home safely» [El verdadero arte de la escalada es regresar a casa a salvo][20]. Y en relación con aprender por uno mismo, declara a propósito de sus logros en solitario: «I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone» [Viajé solo porque necesitaba saber si era capaz de realizarlo por mí mismo][21]. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, amarse en soledad: en estos puntos no vemos diferencia entre el filósofo que amó la lengua francesa tanto como la vida y el alpinista italiano, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos acaso considerarlos como «ejemplos de vida». Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron ¡porque nosotros no somos alpinistas de altura!, pero sí somos sujetos deseantes.

El Aforismo 260 de El caminante y su sombra[22] deja muy en claro que seguir a alguien, tan cerca o pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de anhelo. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por y para sus formulaciones —la honra no viene de expresar acuerdo, pues coloca a un mismo nivel—. Consentirle en todo le haría preguntarse en qué ha «fallado» al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo. Sin embargo, quizá en un inicio sí sea necesaria. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir —¡necesitamos un punto de partida!—, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser —no queremos ser— Vladimir y Estragon Esperando a Godot[23] hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

El viajero y su sombra también nos hablan sobre sus «instrucciones» o «secretos para vivir». Esta vez siguiendo el final del Aforismo 266 en que escribe que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida y superáramos mucho aburrimiento; aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello; aun así «ni siquiera entonces uno es maestro en el propio arte de vivir —pero al menos es dueño del propio taller»[24]. De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, guía, voluntad y, sobre todo, saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, y permanecer así. Seguir al caminante tan cerca y ser su sombra es negarse la aventura y el riesgo de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida —y salir de expedición— con los propios recursos. En otras palabras, aprender o enseñar a vivir es una experiencia de lo imposible, pero a la vez necesaria. Sentencia el caminante: «Para llegar a ser sabios hay que querer vivir determinadas vivencias, es decir, tirarse a sus fauces. Es muy peligroso, sin duda; más de un ‘sabio’ ha sido devorado así»[25].

De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado «razonablemente», ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos —¿queda claro que no son suicidas, que el verdadero triunfo y conquista es volver a casa sano y salvo?—. De haber seguido las «indicaciones», «instrucciones» y «consejos» de otros para «vivir», ni siquiera tendríamos noticia de su existencia. Pareciera que llega un momento en la vida en que pensar demasiado o pensarlo todo, impide vivir; pensar puede llegar a ser un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien, si hacemos caso a Freud. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones: el cuerpo y el deseo.

Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un fármaco para la existencia. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ídolo, un padre, un Godot. O quizá sí lo sea, una mentira útil. Como no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido y en soledad, para intentar descifrar esa incógnita sobre la vida y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo «construya», lo «descubra», o se «encuentre» con él. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

Un colega[26] nos comentó hace algunos meses —no sin cierto aire de desprecio, autoridad y «sabiduría»— que aquellos que realizan estas prácticas riesgosas, como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de «sublimación» de un «impulso suicida». O simplemente buscan la fama —tampoco están excluidos, seguramente los hay—. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor y actividad opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando «inconscientemente» morir. Al escuchar su comentario no pudimos evitar sentir cierta censura sobre aquellos personajes que ya mencionamos —Messner, Terray, Rébuffat—. Desde esa perspectiva reduccionista, todo queda muy claro y resuelto, se arriesgan demasiado porque buscan, sin saberlo, la muerte. Según este colega, o siguiendo más bien la «lógica» de su comentario, el «riesgo» debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo, parece algo «incorrecto» ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso nos suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad y multiplicidad de sus posibilidades. Amar, conservar y superar la vida, aunque para eso puede que uno tenga que morir —es una posibilidad—.

Se nos puede reprochar lo siguiente: «Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, otros han dicho y muchos han repetido. Incluso son los ‘ánimos’ que cualquiera puede dar y los encontramos cotidianamente» —¿por qué resulta una necesidad cotidiana tener que animarnos a vivir y resistir la muerte o a la tentación del suicidio?—. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo habían señalado, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de «ánimos» o no sale de una motivación común, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestro sentir y pensar. De esa simplicidad ingenua y cotidiana hemos querido distanciarnos: «La montaña es una metáfora de la vida», nada nuevo. Bueno, por más que lo sepan, quizá sea que sus montañas son más bien pequeñas colinas o incluso llanuras.

Quizá lo importante no sea que decir, sino cómo lo decimos o cómo llegamos a ello, cuál ha sido «el» camino recorrido. Vamos nuevamente a las montañas, esos «accidentes geográficos» que en ocasiones hacen metáfora de la vida y del pensamiento. Prácticamente cualquiera que cuente con los recursos necesarios —tiempo y dinero principalmente— puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura o de viajes que esté dispuesta a llevar a sus clientes. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es llegar a la cima, no vemos mayores problemas —nótese que no decimos conquistar la cumbre—. Pero si se trata del cómo, eso sí que es interesante. Reinhold Messner y Peter Habeler fueron los primeros en conquistar la cumbre del Everest sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la zona de la muerte, alturas donde el aire es sumamente ligero y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno artificial, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días —los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes— con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander —y ni siquiera estos se han salvado de la crítica tampoco, pues han hecho de la montaña nada más que una mera pista de velocidad—. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que el final es el mismo: que lo importante es llegar a la cima. No podría más que causarnos risa: no, no es lo mismo llegar a la cumbre que conquistarla.

No confundamos la meta con el camino. Y esto no significa ningún tipo de desprecio hacia la meta ni la hace menos. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, vamos a morir, aunque la mayor parte del tiempo no nos guste pensar en esto. Pero sólo algunos, como estos personajes, hicieron de su vida una «obra de arte». Existe un final común, y algunas vidas se quedan en esto último —¿que si tenemos algo en contra de eso? Si seguimos a Zaratustra, sí—. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llegamos a la muerte: descifrarlo en el sentido de inventarlo, arriesgando y experimentando, y no en el sentido de que ya existe un texto establecido que hay que traducir. O hacer del desciframiento el camino mismo —precisamente, de la experimentación—. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida, pues la muerte ya está «ganada».

Iniciamos este ensayo con el «nihilista» de Turín, así que terminemos igualmente con él citando otro de sus aforismos, en este caso el número 322 del texto ya citado: «La segura perspectiva de la muerte podría mezclar en toda vida una exquisita y perfumada gota de ligereza —y en cambio vosotros, extravagantes almas de farmacéuticos, habéis hecho de ella una gota de veneno con mal sabor, ¡que vuelve repugnante la vida entera!»[27]. La muerte no es enfermedad de la vida, como pretenden algunos predicadores del fatalismo; por el contrario, es su motor. Queriendo curar la vida, esos «farmacéuticos» no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, o de que Godot llegue, o mejor aún, de que la muerte se los lleve. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que lo consume. Dicen que «valdrá la pena la espera y el sacrificio» porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos del más allá, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda —Joaquín Sabina—, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida «un poquito». Porque un instante bastará —quizá— para justificar toda una vida.


[1] Véase el parágrafo 4 de los Pre-textos a Zaratustra de esta tesis: «Escribir quiere decir injertar».

[2] Messner, R. (2014). Reinhold Messner: My Life at the Limit (T. Carruthers, Trad.) Mountaineers Books.

[3] Ibídem, p.48.

[4] Ídem.

[5] El Piolet de oro es un premio anual otorgado desde 1991 por un jurado francés para destacar los hitos y/o trayectorias dentro del alpinismo de altura.

[6] Ibídem, p.199.

[7] Terray, L. (2001). Conquistadors of the useless (G. Sutton, Trad.) Mountaineers Books.

[8] Ibídem, p.47.

[9] La Orden Nacional de la Legión de Honor es la más prestigiosa de las distinciones francesas y fue establecida por Napoleón I de Francia en 1804; se concede a hombres y mujeres, franceses o extranjeros, por méritos extraordinarios realizados dentro del ámbito civil o militar en ese país.

[10] Lacan, J. (1968). Seminario XV – El acto analítico. Psikolibro.

[11] Messner (2014), p.83.

[12] Ibídem, p.84.

[13] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo (S. Hazan, Trad.). Paradiso.

[14] Véase por ejemplo Estoy en guerra contra mí mismo; entrevista que le hicieron semanas antes de su muerte. Fue una conversación con Jean Brinbaum y publicada por Le Monde el 19 de agosto de 2004. Existen varias versiones en Internet donde se puede consultar dicha entrevista.

[15] Lacan, J. (2009). La dirección de la cura y los principios de su poder en Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 2). Siglo XXI.

[16] Freud, S. (1991h). Análisis terminable e interminable en Obras Completas – Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis y otras obras: Vol. XXIII (1937-1939) (2a edición) Amorrortu, p.249.

[17] Un mundo feliz de Aldous Huxley nos presenta existentes «humanos» que no desean más allá de lo que se les ha condicionado antes de nacer: trabajo, estilo de vida, nivel social, etc. Y son felices con eso, pues son capaces de ver la «felicidad» de su vecino y no sentir envidia por ello; al contrario, les resulta despreciable. En 1984 de George Orwell la policía del pensamiento se encarga de vigilar absolutamente todo lo que hace, dice, siente y piensa la población; la finalidad detrás de esto es ejercer y preservar el poder. Esta vigilancia por parte del Gran Hermano llega a prohibir expresiones y vínculos afectivos intensos como el «amor» que los protagonistas sienten; para poder vivir esto, deberán hallar la forma de sortear la censura y omnipresencia del Estado. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury nos presenta una sociedad hipnotizada por la televisión y un profundo rechazo por los libros: estos son peligrosos, pues llevan a pensar y preguntarse si las cosas podrían ser de otra manera. Los libros son perseguidos y quemados cuando se encuentran, tarea de la que se encarga el bombero y protagonista de la historia. En el contacto con otros personajes, se preguntará por el sentido de su tarea. Esto lo llevará a darle un giro radical a la manera en que había dirigido su existencia hasta ese momento.

[18] Véase la nota previamente citada en relación con la entrevista Estoy en guerra contra mí mismo.

[19] Green, G. (2016, febrero 12). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Climbing. https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[20] Ídem.

[21] Ídem.

[22] Nietzsche, F. (2014). El caminante y su sombra en Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.443.

[23] Beckett, S. (2015). Esperando a Godot. Tusquets.

[24] Nietzsche (2014), p.445.

[25] Ibídem, p.456.

[26] El mismo al que nos referimos en apartados anteriores. Aquí repetimos la anécdota pues en aquel entonces no existía una visión de conjuntar estos trabajos o ideas en un sólo texto.

[27] Ibídem, p.460.

Un viento nuevo y fresco: un aire de altura

¡De qué sirven todo el librepensamiento, toda la modernidad, todo el sarcasmo y toda la elasticidad de un pájaro torcecuello si uno en sus entrañas ha continuado siendo cristiano, católico e incluso sacerdote!

— Friedrich Nietzsche

[[Este texto sigue al compartido anteriormente, Del cuerpo a la descorporización, de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes]

La Consideración Intempestiva II[1], hasta la fecha, conserva su valor y relevancia: fue uno de los primeros textos nietzscheanos que, desde sus primeras líneas, conmocionaron nuestras ideas —después de aquel decaimiento que ya hemos mencionado anteriormente, el referente a la «primera» lectura de Nietzsche, que como se puede deducir, correspondía principalmente a sus textos de «madurez»—. Se trataba de un viento nuevo y fresco proveniente de altas montañas: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[2]; lo contrario, un saber e instrucción enquistado y moribundo, ya no nos interesaba. Una frase que nos ha sujetado hasta la fecha. Por aquel momento seguíamos siendo fieles al psicoanálisis, por lo que intentamos una especie de articulación con Intempestiva en un intento de querer «salvarlo» o «defenderlo». Y con ello convencernos de que todavía tenía «razón», que de alguna manera Freud y Lacan —principalmente el primero— habían logrado elaborar ideas que otros sólo habían rozado o desarrollado «pobremente». Queríamos servirnos de Nietzsche en ese momento para seguir sirviendo al psicoanálisis pues este era nuestra brújula y nuestro jinete, y había que servirse del caballo de Turín. Un servilismo «voluntario» aún, convencidos, necios y obstinados en defender al «padre» del psicoanálisis.

Übermensch en su laberinto
El superhombre en su laberinto por José Quintero.

Otro de los caballos de los que nos servimos por entonces, y que hasta la fecha sigue siendo un pensamiento demasiado elevado y robusto para nosotros, es el que encontramos en el Exordio de Espectros de Marx[3]. Fue tanta su fuerza —o nuestra necesidad— que abrimos nuestra exposición en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica[4] sirviéndonos de él. Presentamos una reseña sobre la nueva edición de un texto escrito por un par de psicoanalistas que fueron nuestros maestros en la licenciatura: tiempos en que atacábamos ferozmente —según— las psicologías y psiquiatrías. Fuimos buenos reclutas y posteriormente buenos soldados; nos instruimos bien. Pero regresemos, a qué pensamiento nos referimos: aquel sobre aprender a vivir. Y justo ahora pensamos si no era eso ya una anticipación de nuestro «desencanto» hacia el psicoanálisis: era imposible aprender y enseñar a vivir, aunque para nosotros era lo más necesario, y sin embargo confiábamos en que el psicoanálisis, sus textos, saberes, representantes, maestros, grupos, etc., podrían enseñarnos eso —y que este puede ser uno de los puntos más fuertes o débiles, según se le quiera ver, por donde se nos puede rechazar, pues dicha expectativa era nuestra y era un error, al menos en relación con lo que se espera de un análisis—. Seguíamos siendo unos tipos religiosos y no estábamos conscientes de ello, sin embargo, el virus de la duda se había introducido en nosotros: nos había hecho partir hacia otros rumbos y en busca de nuevos horizontes. Y por más que los psicoanalistas repetían sus fórmulas sobre no-todo, el significante que siempre falta, la falta en el Otro, no hay relación sexual, el sujeto dividido, etc., no dejaba de ser un saber que se repetía sin mayores efectos que un desánimo y apatía que nos habíamos resuelto a rechazar. No queríamos aceptar más esa pesadumbre. ¿Qué nos dirían aquí los doctos, que no queríamos ni queremos aceptar nuestra castración?

Tal vez se nos pregunte sobre nuestra insistencia en sostener el psicoanálisis a pesar de la carga en que se estaba convirtiendo. Si se trataba del psicoanálisis o de cualquier otra cosa —amistad, matrimonio, amor, hogar, lugar, época, temporada, Otro— no resulta fácil reconocer o asumir que eso en lo que tanto tiempo uno estuvo implicado y comprometido completamente, se estaba convirtiendo en un error inútil. Es reconocerse —y desconocerse— con esa misma cualidad: llegará el momento en que leamos esto desde la perspectiva nietzscheana y digamos que el psicoanálisis era una mentira útil que nos acompañó durante varios años, y que finalmente nos sirvió para afirmar, sostener y resolver de alguna manera nuestra existencia, y no íbamos a renuncia tan fácilmente a ella. Empezábamos a dudar, se abrían otras perspectivas, nuestro edificio conceptual empezaba a tambalearse, sus fundamentos empezaban a exhibir algunas grietas. Dicho de otra manera, no íbamos a dejar que el psicoanálisis muriera tan fácil, y el siguiente trabajo es una muestra de ello —y no será la única, más adelante mencionaremos, tal vez sin tanto preámbulo, otros trabajos y momentos en que se aferraba la insistencia de seguir sosteniendo al psicoanálisis como el saber absoluto—.

El trabajo que sigue lo presentamos durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica que sirvió como preámbulo a la apertura de la Maestría en Clínica Psicoanalítica —una maestría que por cierto había planteado sus «fundamentos» e «inicios» en lo que eventualmente, y hasta la fecha, critica ferozmente: el freudolacanismo, o para ser más precisos, a los freudolacanianos—. El título extenso con el que anunciamos nuestro trabajo fue «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», que para la versión escrita que presentamos aquí redujimos sólo a la última parte.

Advertencia. A pesar de haber sido escrito hace más de tres años, esta versión incluye numerosas modificaciones, comentarios, reescrituras, reelaboraciones, borraduras, añadiduras, censuras, etc. Quizá lo más difícil de evidenciar sea la vergüenza y el lamento que nos provoca toparnos con ciertas ideas que en aquel entonces escribíamos con tanta seguridad, en el caso de que hayamos sido «nosotros», y que sosteníamos valientemente. —Nietzsche, cuánto tuviste que escribir para desembarazarte de Wagner, para dejar en claro las distancias y diferencias, para que no te confundieran con él: tu gran amigo y tu gran esperanza, y acaso también tu gran decepción; hasta el final de tus días, en tus últimas obras, en tus últimas batallas, estuvo presente: un gran amor y lamento[5]—. Será que así nos ha pasado en nuestra relación con el psicoanálisis. Los límites de la amistad y sus «contrarios» han perdido su consistencia. Sólo entonces podemos empezar a comprender la importancia de los enemigos para Nietzsche. Quizá otra de las ideas que Freud retomó del filósofo sea que ahí donde falta el enemigo «real», uno siempre se lo podrá inventar o sustituir, pues es una especie de «necesidad» de la dinámica psíquica. Señalaremos algunas de estas «alteraciones» en el texto: ¿a quién puede interesarle el «original»? ¿Qué queda de esa intención original del autor? «Escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir. Cuando digo mi futura desaparición es para hacer esta proposición inmediatamente aceptable. Debo poder decir mi desaparición simplemente, mi no-presencia en general, y por ejemplo la no-presencia de mi querer-decir, de mi intención-de-significación, de mi querer-comunicar-esto, en la emisión o en la producción de la marca»[6]. Nos basta saber por ahora que ese «original» anima nuestra actividad y queremos aclararnos qué «significó» en aquel entonces, y cómo podemos leernos y escribirnos a través de él después de estos años.

No, todavía no Zaratustra, no podemos decir aún en relación con este texto: así lo quise, así lo quiero y así lo querré. La venganza todavía tiene potencia en nosotros, nos pesa y se nos impone; quizá por eso intentamos ser «justos», «hacer justicia» con este escrito, con el pasado, con todas esas voces involucradas. Siempre podremos decir que era «nuestro» texto y que por lo tanto podemos hacer con él y de él todo lo que queramos, a pesar de que haya sido escrito por otro, en otro tiempo lugar y contexto, y por lo tanto inabarcable.


[1] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[2] Ibídem, p.695.

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[4] El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica se llevó a cabo los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el Auditorio de las Oficinas Centrales del SEDIF Puebla; y fue organizado por los coordinadores del Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del Centro de Estudios Superiores Tercer Milenio de Puebla (CESTEM). Dicho posgrado ya ha dado la bienvenida a tres generaciones dentro de sus filas. El trabajo al que nos referimos tendremos oportunidad de abordarlo más adelante.

[5] La más reciente biografía de Nietzsche en español confirma la gran e íntima amistad que existió con Wagner durante los años de juventud del filósofo. Nietzsche había colocado una gran esperanza en la música de Wagner como impulsora del cambio que anhelaba para Europa. La ruptura de esta amistad llegó cuando Nietzsche escuchó Parsifal, o al menos esa es la versión que suele tener más fuerza. Existe otra versión: Wagner habría sugerido al doctor que atendía a Nietzsche que los malestares que este padecía se debían a una masturbación recurrente; Nietzsche se enteró de esto y no podía menos que sentirse decepcionado por la opinión de su gran amigo. Véase Prideaux, S. (2019). ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche (V. Campos, Trad.). Ariel.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.). Cátedra, p.357

Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (II)

«Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura, en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto»

– Friedrich Nietzsche

No dejarse morir y aprender a vivir es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura[1], menciona: “I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity.” En contra del riesgo y la aventura estúpidas, declara: “The real art of climbing is to come home safely”. Y en relación con aprender uno mismo, dice: “I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone”. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, abrazarse a la viday a la soledad: en estos sentidos no vemos diferencia entre el gran pensador que amó la lengua francesa tanto como la vida y el gran alpinista, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos, acaso, considerarlos “ejemplos”. Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron.

Lionel Terray, un conquistador de lo inútil
Lionel Terray (n.1921-m.1965)

     En el aforismo 259 de El caminante y su sombra[2] queda muy claro que seguir a alguien, tan cerca o tan pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de ideal para estos sujetos. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por su inteligencia. Consentirle en todo le haría cuestionarse en qué ha “fallado” al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo, lo cual sin duda él nos reconocería. Sin embargo, descartada la creación ex nihilo, y por contradictorio que parezca, la conformidad nos llevaría a elaborar nuestro propio pensamiento. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser Vladimir y Estragon, juntos hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

     El viajero también nos habla sobre sus “instrucciones” o secretos para vivir. Esta vez siguiendo el final del aforismo 265, nos dice que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida, aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello, aún con eso, “estaremos muy lejos aún de dominar el arte de vivir, aunque, por lo menos, seremos dueños de nuestro propio taller”.  De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, su guía, su camino, su voluntad y, sobre todo, su saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, como sabemos que hay que hacer para poder encontrarnos. Seguir al caminante tan cerca, ser su sombra es negarse esa aventura de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida con los propios recursos. En otras palabras, eso de aprender o enseñar a vivir, como lo dijimos más arriba, es una experiencia de lo imposible, pero a la vez una sabiduría necesaria. Remata el caminante: “Para llegar a ser sabio, hay que […] arrojarse en la boca de los acontecimientos”.

     De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado “razonablemente”, ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos. De haber seguido las instrucciones de otros para vivir, ni siquiera tendríamos noticia de ellos. Pareciera que llega un momento en la vida donde el pensar, de alguna manera, impide vivir, es un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones del cuerpo y del deseo.

     Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, salvo aquellos que tengan que ver con Godot, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un paliativo para el malestar de la vida. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ‘ídolo’, un padre, un Godot. Ellos no lo buscaron así.[3] En tanto no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido, en el desamparo y la soledad, para intentar descifrar esa incógnita y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo, queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo construya. Y para esto habrá que transitar por ahí, por el riesgo. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

     Un colega nos comentó hace algunos meses que aquellos que realizan prácticas de riesgo – ya que algunos ni siquiera los consideran deportes – como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de sublimación de un impulso suicida. O buscan la fama. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando inconscientemente morir. Al escuchar su comentario sentimos cierta censura sobre aquellos personajes que mencionamos más arriba. Desde esta opinión, se arriesgan demasiado, buscan la muerte. Según este compañero, el riesgo debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo y a veces por nada, pareciese algo “incorrecto” ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad de sus posibilidades. Amar, conservar y vivir la vida, aunque para eso se tenga que morir.

     Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, que otros han dicho, y muchos han repetido. Incluso son los “ánimos” que cualquiera puede dar y encontrar cotidianamente. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo han señalado así, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de ánimo o de motivación comunes, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestros pensamientos. De esa simplicidad ingenua y pueril hemos querido distanciarnos: “La montaña es una metáfora de la vida”. Bueno, por más que lo sepan, las montañas de sus vidas parecen meras colinas.

     Quizá no sea lo que decimos o concluimos, sino cómo lo decimos y cómo llegamos a ello, cuál fue el camino recorrido. Prácticamente cualquiera que cuente con el tiempo y los recursos necesarios puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura que los lleve. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es conquistar la cima, no vemos mayores problemas. Pero si se trata del cómo, aquí viene lo interesante. Reinhold Messner, junto con Peter Habeler, fueron los primeros en ascenderlo sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la “zona de la muerte”, alturas donde el aire es sumamente delgado y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días – los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes – con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que al final es lo mismo: que lo importante era llegar a la cima. No podría más que causarnos risa.

     No, no confundamos la meta con el camino. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, todos moriremos, aunque la mayor parte del tiempo no lo asumamos. Pero sólo algunos, como nuestros personajes, hicieron de su vida una obra de arte. No, no confundamos el final de las vidas con su recorrido. Existe un final común, y algunas vidas se quedan en ello. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llega la muerte. O hacer del desciframiento el camino mismo. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida. La muerte ya está “ganada”.

     Iniciamos este ensayo con el “nihilista” así que terminémoslo igualmente con él citando otro de sus aforismos: “Por la perspectiva cierta de la muerte, podría echarse en la vida una gota deliciosa y perfumada; pero vosotros, extravagantes farmacéuticos del alma, habéis convertido esa gota en un veneno infecto, que hace repugnante la vida entera”. La muerte no es una enfermedad de la vida, como pretenden muchos, es su motor. Queriendo curar la vida, esos “farmacéuticos de la salud” no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, de que llegue Godot o algún sucedáneo. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que le consume cuerpo y tiempo. Dicen que “valdrá la pena la espera” porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida un poquito.

Notas:

[1] Green, G. (2016). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Recuperado el 11 de julio de 2017, a partir de https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[2] Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. Madrid: Edimat.

[3] Salvo, tal vez, Friedrich Nietzsche en Ecce Hommo.

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