En el diván: el coraje de hacer historia (II)

El pasado que no es pasado o el retorno de lo reprimido 

Freud necesita representarse y pensar el funcionamiento de un aparato psíquico con esas características debido a lo que descubre en su práctica clínica. En Psicopatología de la vida cotidiana expresa: “El estudio del sueño y de sucesos patológicos nos ha enseñado que pueden reaflorar de pronto en la conciencia lo que estimábamos olvidado desde hacía mucho tiempo, el olvidar se nos ha vuelto más enigmático que el recordar.”[1]

Este “reaflorar” del pasado lo expresa de manera más clara en Recordar, Repetir, Reelaborar[2]. Pero, y he aquí una premisa fundamental: el pasado no reaflora, o, mejor dicho, no retorna en forma de recuerdo, sino de acto: El analizante no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. Es en este sentido que el pasado, en tanto se actúa en el presente, ni es pasado ni se ha olvidado, sólo que el analizante no lo sabe. En Fragmento de análisis de un caso de histeria[3], ya lo había anticipado: Dora actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo, es decir, recordarlo en la cura.

El tiempo que no pasa*

Esta forma de actuar como un modo de “recordar”, sin saberlo, es lo que Freud llamará compulsión de repetición. Y que, sin necesidad de Freud ni psicoanálisis, nos es una experiencia familiar y a la vez extraña. ¿Quién no ha tropezado con la misma piedra, una, dos, tres, cuatro, cinco, ene veces? Néstor Braunstein lo plantea de manera más “trágica”: darse cuenta de la piedra, para ponerla y tropezar nuevamente. ¿A quién no le han enseñado nada los años y siempre cae en los mismos errores? ¿Quién no ha brindado con extraños y llorado por los mismos dolores? ¿Quién no ha escuchado historias tan “tristes” de sujetos que pareciera que su destino es “sufrir”, que siempre les va mal por más que se esfuercen y empeñen por ser “felices”? ¿Que quién sabe qué estarán pagando con la vida que “les tocó” vivir? Etc. En otras palabras, la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo en la clínica psicoanalítica: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente, es decir, en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de la vida. Comúnmente se cree que recordar, repetir, olvidar, actuar, evocar, etc., sólo tiene lugar porque uno asiste con el psicoanalista; todo eso tiene lugar en nuestra vida cotidiana, solo que no lo sabemos: “Yo no voy con el analista, ¿para qué andar recordando el pasado? ¿De qué me va a servir?” “Señor, usted actúa, sin saberlo, un pasado que no recuerda”.

Actúan en vez de recordar. Demos un paso más. ¿Qué actúan, o, mejor dicho, qué recuerdan actuando de ese pasado? Actúan “un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas”[4]. “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter”[5], por decirlo de alguna manera.

Ahora bien, actuar sólo es una forma de recordar. Otra forma de recordar son propiamente los Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores[6]. En este texto Freud señala “la naturaleza tendenciosa de nuestro recordar” y expone: “Los recuerdos indiferentes de la infancia deben su existencia a un proceso de desplazamiento; son el sustituto, en la reproducción [mnémica], de otras impresiones de efectiva sustantividad”. Señalemos aquí el adjetivo “indiferentes”. Esa indiferencia es supuesta pues estos recuerdos se conservan no por su contenido propio, sino por su vínculo con otros contenidos, reprimidos, y lo esencial de la memoria, las impresiones más importantes, se sitúan “detrás” de estos recuerdos encubridores. Sin embargo, “de esos recuerdos de infancia, que se llaman los más tempranos, no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores”.[7]

Y estarían otro tipo de “recuerdos”, que más bien son un tipo de “explicaciones” que intentarían darle algún sentido a lo que se vive, remontándose al pasado, al decir que uno es así o le suceden tales cosas porque de niño vio, vivió, sufrió, padeció, le dijeron x o y cosas: divorcio, peleas, celos, abusos, violencia, etc., “explicaciones” que, remontándose y obteniendo su impulso del pasado, se hacen presentes y congelan el futuro. Historias de un pasado que sepulta el presente en tanto que el sujeto por más que quiera y se esfuerce, no puede desprenderse de aquello que tanto sufre y lo determina. Una especie de destino funesto que imposibilita la vida. Puede pensarse también en la forma de una herencia, tradición, costumbre, que no permite la novedad, la invención, lo nuevo, lo diferente, lo vivificante. Limitándose a repetir, uno puede estar muerto en vida o ser una especie de anciano que vive en y de sus recuerdos, no muy gratos. Muerto y anciano en sentido figurado: un joven gallardo y galante bien puede representar un muerto y anciano en este orden de ideas, como veremos en un ejemplo más adelante.

Es en este sentido que el pasado no es pasado sino presente. Que en realidad eso que se actúa, se repite y retorna, no está olvidado. Y de paso señalemos lo que nos dice Freud hacia el final de Psicopatología de la vida cotidiana: en todos los casos (expuestos en ese texto) el olvidó resultó fundado en un motivo de displacer […] no debemos tratar su “enfermedad” como un episodio histórico, sino como un poder actual.

Esto trastoca radicalmente la concepción del tiempo en que vivimos y experimentamos. Una línea recta del tiempo donde cada evento tendría lugar en un punto, fijando uno como presente, aquellos que se coloquen previamente serían pasado, y los posteriores futuro. Lo que Freud descubre es una atemporalidad del aparato psíquico y que definirá como una de las propiedades del sistema Inconsciente en su texto Lo Inconsciente: “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el trascurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él.”[8]

Existe una frase que me encanta y expresaría esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque yo la encontré en Espectros de Marx: The time is out of joint. El tiempo está desarticulado. Que también puede aceptar los siguientes significados: dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo.

Desde la clínica

Infinidad de tiempos*

Pierre Fédida en El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica[9], nos comparte un mini fragmento de caso: Un joven que tiene en la memoria el rostro de su madre, muerta hace diez años, rostro que está hoy para él más claramente presente que si la viera frente a sí. El recuerdo de ese rostro lo mantiene como alejado de una emoción. Creía no tener ningún recuerdo de su padre porque lo había conocido muy poco. Siempre le dijeron que se parecía a su padre, pero él, por su parte, no lo sabe. La muerte de su madre no puso fin a la desaparición de su padre. Esa muerte lo ha privado asimismo de su duelo. Y se diría que el rostro tan claro en la memoria -que impide todo afecto- lo mantiene despierto, inmortal. Para él lo importante es no ser amortajado por la desaparición de su padre. Su madre hizo de modo que él no sufriera nunca la ausencia: con seguridad, ella creía que la fidelidad de su pasión concedía al padre todo su lugar. Antes de venir, el hombre no sabía qué diría que no es su padre lo que le ha faltado, sino que lo que le ha faltado es su muerte. El hombre dice que no es él quien está enfermo sino su vida. ¿Habrá vivido hasta ahora en tal identificación insospechada con su padre desaparecido para darse cuenta hoy de que, quizá, vivió en su lugar, o más bien de que la pasión de su madre -¿por él o por su padre?- le impidió vivir su propia vida? Vean, el pasado que está claro y vivo en el presente, sepultándolo e impidiendo la vida. El no poder olvidar el rostro de su madre, que a la vez evocaba la pasión por el padre, le impedía vivir su propia vida.

Desde la literatura

¿Qué pasaría si no olvidáramos? Esta vez tomemos un ejemplo de la literatura. Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso[10]. Ahí nos comparte la historia de Ireneo Funes, de cara taciturna y aindiada. A quien por cierto también se le conocía como el “cronométrico Funes”, porque siempre sabía la hora exacta sin necesidad de mirar su reloj. Después de dejar de verlo y saber de él, el protagonista se entera de que un accidente dejó al joven Funes tullido y postrado en una silla frente a su jardín. Lo fue a visitar y la madre le comenta que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no le extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Descubre ahí que Ireneo, después del accidente perdió el conocimiento, pero tuvo desde entonces una memoria perfecta; no prodigiosa ni excepcional sino perfecta. ¿Quién no quisiera poder recordarlo todo? Ireneo podía, y de inicio aquello parecía un regalo de los dioses. Sin embargo, poco a poco, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales las recordaba. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Podía recordar un día entero con todo detalle, pero eso le llevaba un día entero. Recordar el pasado ocupaba su presente, impidiéndole moverse de su lugar. Impidiéndole vivir. No es casual que Borges haya dejado a su personaje de memoria perfecta, tullido e inmóvil. El olvidar es necesario para moverse, para vivir. Y esta es una reflexión que también encontramos, esta vez desde la filosofía, en Friedrich Nietzsche.

Desde la filosofía

Un estilo diferente*

Friedrich Nietzsche en su II Intempestiva. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida[11], reflexiona, desde su estilo, sobre el pasado, su “utilidad” pero también su perjuicio para la vida. De inicio cita a Goethe: “Detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente […] Hemos de detestar seriamente la enseñanza sin vivificación, el saber en el que se paraliza la actividad, la historia como lujo y preciosa superabundancia de conocimientos”.[12] No tengáis respeto ante la historia, sino que lo que debéis tener es el coraje de hacer historia. Sólo el anciano vive de puros recuerdos. Es cierto que necesitamos historia, o, pero lo necesitamos de otra manera. Necesitamos de la historia, de nuestro pasado, de nuestros recuerdos para vivificar la vida y para actuar. Servirnos de ella para la vida sin melancolía ni hastío. Escuchen la propuesta tan viva de Nietzsche, que muchas veces se le lee como el nihilista pesimista que nunca fue. Habla de la felicidad: menciona cómo el humano mira envidioso la felicidad del animal: sin hastío ni dolores. Claro, está hablando de los animales salvajes, no los domesticados o aquellos pobres que encontramos en las calles o circos o las azoteas de las casas. Cuando el hombre le pregunta al animal por su felicidad, el animal quisiera responder: Soy feliz porque siempre olvido al punto lo que quería decir, pero ya olvido también esa respuesta y me callo: el ser humano se quedó asombrado. Se asombró también de sí mismo por no poder aprender a olvidar y seguir dependiendo siempre del pasado: por muy rápido y lejos que corra, la cadena corre con él. El animal vive en forma ahistórica; el ser humano, por el contrario, se resiste a la gran carga, cada vez mayor, del pasado… ¿No les parece maravilloso cómo resuenan aquí Freud, o cómo resuena allá Nietzsche? Es siempre una sola cosa la que hace que la felicidad sea felicidad: el poder olvidar (recuerden nuestros ejemplos), o dicho en términos más eruditos, la facultad de sentir en forma ahistórica todo el tiempo de su duración. Quien no es capaz de tenderse, olvidando todo pasado, en el umbral de un instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad. En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepultero de lo presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de las culturas. Escuchen: Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio del poder de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Concluye su primer punto: donde hay cierto exceso de historia-pasado se desintegra y degenera la vida, y, por último, a raíz de esta degeneración, a su vez, también la misma historia. A mí me parece genial.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Psicopatología de la vida cotidiana, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[2] Freud, Sigmund, Recordar, repetir, reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[3] Freud, Sigmund, Fragmento de análisis de un caso de histeria, Obras Completas, vol. 7, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[4] Recordar, repetir, reelaborar. p.151

[5] Ibid. p.153

[6] Freud, Sigmund, Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[7] Ibid. p.52

[8] Freud, Sigmund, Lo inconsciente, Obras Completas, vol. 14, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[9] Fédida, Pierre, El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica, 1ª ed. Argentina: Siglo XXI, 2006.

[10] Borges, Jorge Luis, Funes el memorioso, consultado en línea: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/el_memorioso.pdf el 21 de diciembre de 2016

[11] Nietzsche, Friedrich, II Intempestiva. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida, en O.C. Vol. I Escritos de Juventud, trad. intro. y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez Meca y Luis E. de Santigo Guervos. Madrid: Tecnos, 2011.

[12] Ibid. p.695

*Los títulos de estas imágenes nos los hemos inventado. Las dos primeras resultaron de búsquedas en Pinterest y la tercera fue tomada de https://notasdelectura.wordpress.com/2010/02/23/nietzsche-y-los-usos-de-la-historia/

[En la tercera parte se abordará muy brevemente lo que el trabajo analítico propone en relación con el pasado] [Fin de la segunda parte]

En el diván: el coraje de hacer historia (I)

[Presento una versión escrita del trabajo que expuse durante mi segunda participación en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica [para ver el trabajo de mi primera participación, dar clic aquí] que llevó como título “Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia”. Para esta versión dividí el trabajo en tres partes, a continuación, la primera]

El tiempo del psiquismo

Buenos días. Quiero agradecer a los organizadores, Edmundo Vega Simont y Dante Pérez Aguirre, la invitación a este coloquio, así como el empeño y dedicación que muestran en este intento de transmitir y difundir el psicoanálisis. Para ello se necesita, entre otras cosas, un espacio, por lo que también agradezco al SEDIF por la facilidad y recibimiento dentro de sus instalaciones.

     Ante la convocatoria para participar en este coloquio y conociendo que el proyecto detrás es el de la Maestría en Clínica Psicoanalítica, quise venir a hablarles de manera sucinta de algunos elementos entrelazados que tienen lugar precisamente en el trabajo analítico: el olvido, la memoria, el recuerdo, la repetición. En otras palabras, la relación del presente con el pasado que puede pensarse también como la cuestión del tiempo: la temporalidad psíquica, para ser más exacto, que más bien es atemporalidad, como expondremos.

Ernesto A. Ocádiz G. durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Tema: Que el pasado sea pasado, solo el anciano vive de puros recuerdos. El coraje de hacer historia.
“Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia” por Ernesto A. Ocádiz G.

     Es de uso común, para aquellos cuya lectura psicoanalítica es pobre o nula, reconocer, a pesar de lo anterior, la importancia que esta disciplina otorga al pasado dentro de su práctica. Sin embargo, no les son tan conocidos igualmente los efectos y el papel que desempeña el pasado en la vida cotidiana más allá -o más acá- de considerarse algo “traumático”. Es decir, reconocen la importancia de ciertos acontecimientos pasados en tanto sean traumáticos a la vez que desconocen en general sus efectos presentes en lo cotidiano. No saben de sus efectos en la vida cotidiana, y con toda razón, pues las formas y proceso en que tales acontecimientos pueden determinar nuestra vida resultan desconocidos para nuestra conciencia. No tenemos noticia de ello, son procesos inconscientes.

   Dividiré esta exposición en tres partes: 1) la cuestión de la inscripción o escritura psíquica, 2) el retorno del pasado en el presente o el retorno de lo reprimido, y, 3) el trabajo analítico cuya parte de su propuesta es que ese pasado sea pasado, que no sepulte el presente; en otras palabras, el coraje de hacer historia. Esto lo haré tomando no sólo planteamientos psicoanalíticos, sino refiriéndome también a la literatura y la filosofía.

La inscripción psíquica

Estrictamente hablando, podemos decir que todo lo que se habla, escucha y actúa en un análisis es pasado: los sueños, olvidos o lapsus ya han pasado cuando se habla de ellos; qué decir del síntoma que ocupa la vida del paciente antes de pisar el consultorio del analista: este ha estado presente en la existencia del sujeto antes de intentar decir algo al respecto. Aún más, todo lo que vivimos, así sea aquí y ahora, fuera del consultorio, es pasado. Depende de la escala de medición del tiempo que queramos utilizar: podremos hablar de cosas pasadas que sucedieron esta mañana, hace una hora, hace un minuto, hace unos segundos; también lo que sucedió hace un mes o uno, dos, tres, diez años. Todos esos recuerdos de infancia, de juventud, de amores, de pérdidas, que con o sin fecha exacta recuperamos a placer o nos asaltan por sorpresa, son pasados. Así, nos preguntamos de qué manera se inscriben estos eventos en nuestra psique de forma que pueden recuperarse o hacerse presentes. En otras palabras, cómo nos vamos haciendo de una memoria. Queda claro entonces que existiría una relación entre escritura y memoria.

     En Nota sobre la «pizarra mágica»[1], Freud, de manera muy visual, intenta representarse cómo el aparato psíquico lleva a cabo tal tarea: para eso se necesitaría contar con una capacidad ilimitada de recepción de percepciones nuevas y al mismo tiempo la conservación de huellas mnémicas duraderas, aunque no por eso inalterables. Piensen en este momento en cómo algo de lo que ven, escuchan, sienten, piensan, se va inscribiendo en el aparato psíquico de manera duradera, aunque no inalterable. Eso es lo que Freud nos invita a pensar, aunado a que no es, del todo, una acción voluntaria.[2] ¿Cómo saber lo que de este momento perdurará en la memoria?

    Ahora bien, no nos interesa tanto el artificio de la pizarra mágica sino los planteamientos y consecuencias de lo ahí expuesto: nuestro aparato psíquico, en condiciones “normales” sería una superficie receptiva siempre utilizable a la vez que inscribe huellas duraderas, aunque no inmodificables. Gracias a este planteamiento es que Freud puede vincular las funciones de la percepción y de la memoria, es decir, plantea por lo menos dos sistemas del aparato psíquico, digámoslo ya, el sistema percepción conciencia y lo inconsciente. El sistema o estrato receptor de estímulos no forma huellas duraderas; las bases del recuerdo tendrían lugar en otros sistemas contiguos (preconsciente e inconsciente).

  Serge Leclaire nos menciona, según su propuesta en Escritos para el psicoanálisis[3], que el término freudiano más usual para designar lo que queda inscrito de manera indeleble en lo inconsciente es el de representación o representante. O, más exactamente, representante inconsciente de la pulsión. Leclaire también menciona que en el psicoanálisis de lengua francesa intenta imponerse el término de significante, que Jacques Lacan tomó de la lingüística de Saussure para pensar también la cuestión de la inscripción psíquica; significantes inconscientes que determinan al sujeto. Al igual que Freud, también piensa algún modelo del aparato psíquico llevando sus últimas elaboraciones a la topología. En esta relación entre escritura y memoria, se añade una cuestión más: eso escrito es inconsciente.

  Ustedes disculparán estos brincos en esta exposición, pero no es mi intención hacer un desarrollo de estas elaboraciones de la inscripción psíquica ni de los modelos que se han utilizado, como tampoco de los autores que lo han realizado. Lo que quiero señalar es que independientemente del modelo o los términos que se prefieran, estos apuntan a que algo queda inscrito en el aparato psíquico de manera duradera, no inalterable e inconsciente.

     Hasta aquí bien podrían decir con toda razón que esto no es nada nuevo ni diferente de lo que ustedes ya saben o lo que es de uso común y cotidiano: “Sí, hay cosas que recordamos, otras que no, unas que permanecen, otras que olvidamos… ¿y eso qué relevancia tiene?” Es más, se nos diría que incluso la memoria puede ser comparada con una computadora, teniendo una memoria a largo plazo y otra a corto plazo. O bien, que no tiene caso ocuparse del pasado, pues ya pasó. Pero, ¿es así de sencillo? ¿Quién no se ha visto sorprendido por el recuerdo de algo que creía había olvidado? ¿Quién no ha sentido esa extraña sensación de familiaridad con algo o alguien sin poder del todo ubicarlo en su memoria? ¿Quién no ha tenido un sueño que desde la infancia sigue presente? ¿Por qué ese sueño habría de insistir en comparación con los cientos que tenemos a lo largo de la vida? ¿Quién no ha olvidado el nombre de alguien cuyo nombre sabía apenas unos días? ¿Quién no ha querido olvidar y no puede? Por el contrario, ¿quién no ha olvidado sin proponérselo? ¿O quién no ha recordado sin querer? Estas preguntas sólo son para introducirnos en el tema y los problemas que plantea, que tienen relación con esa memoria inconsciente que pareciera tener “vida propia”; incluye por lo tanto las cuestiones del recuerdo y el olvido, procesos que no están del todo bajo nuestro control: recordamos sin querer y quisiéramos poder olvidar a voluntad.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Nota sobre la “pizarra mágica” en Obras Completas, vol. 19, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991

[2] Decimos no del todo debido a que habría situaciones en que una inscripción “forzada” y “voluntaria” – véase la contradicción – podría llevarse a cabo, como cuando de niños nos ponían a estudiar las tablas de multiplicar.

[3] Leclaire, Serge, Escritos para el psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 2000

[En la segunda parte abordaremos el retorno del pasado en el presente o el retorno de lo reprimido] [Fin de la primera parte]

Del enfermo imaginario al médico a palos

[El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica organizado por el Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM se realizó los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el auditorio del SEDIF Puebla. Dentro de las actividades, se llevó a cabo la presentación del libro Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias, con presencia de uno de los autores, Edmundo Vega Simont [no se contó con la presencia de Juan Antonio Aguirre Espíndola] y comentado por Margarita de la Torre Meléndez y Ernesto A. Ocádiz García. A continuación, presento una versión escrita de mi participación]

Para empezar a hablarles Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias[1], traeré a colación otro texto y autor que considero nos brindan una cifra clave para su lectura.

Del enfermo imaginario al médico a palos - Elementos para una crítica de las psicoterapias. Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont
Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias.

Jacques Derrida, en Espectros de Marx[2], plantea una situación similar a la siguiente: supongamos que alguno de ustedes, o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir, por fin. El filósofo argelino pregunta: ¿por qué por fin? ¿Quién aprendería? ¿De quién se aprendería? ¿A quién se le enseñaría? ¿Llegará a saberse vivir? En primer lugar ¿se sabrá lo que quiere decir «aprender a vivir»? Aprender a vivir o enseñarse a vivir, por uno mismo, ¿acaso no es lo imposible? ¿no es acaso lo que la lógica misma prohíbe? A vivir, por definición, no se aprende. Sin embargo, nada es más necesario e imposible que aprender a vivir. Aprender a vivir sólo – y solo – tiene sentido y puede resultar justo en una explicación con la muerte. Con mi muerte tanto como con la del otro. Entre vida y muerte. Sin embargo, no faltará el maestro, el padre, el amo, que en su “buena conciencia y voluntad”, dirá “yo, yo voy a enseñarte a vivir”, convencido de poder transmitir tal experiencia: educar para la vida. Y esto siempre nos dirá algo acerca de la violencia. Es violento enseñar a vivir. Clément Rosset escribe en Lógica de lo peor: “La experiencia enseña que cualquier obra ya lista antes de su realización es una obra muerta.”[3] En nuestro caso, para irnos adentrando en el tema, cualquier definición de cómo vivir la vida, hará de la vida, obra muerta. Así como toda escucha de la persona sufriente que viene al consultorio y demanda aprender a vivir, a vivir con lo que le pasa, a vivir de otra manera, a vivir sin sufrir, y se supone un saber previo, ya listo sobre eso, resultará en una escucha muerta y en la muerte del deseo.

Es de la mano de este planteamiento fundamental que nos hace Jacques Derrida que propongo una lectura Del enfermo imaginario al médico a palos. Las psicoterapias se proponen educar, reorientar, curar, y enseñar a vivir, borrando prácticamente cualquier aproximación -seria- a la subjetividad. Es decir, cuando decimos subjetividad no nos referimos a las reducciones simples e inútiles de un relativismo llano: “Cada quien tiene su propio punto de vista” o, “Cada quien su vida”. Estas frases no nos dicen nada acerca de cuestiones humanas – demasiado humanas – como son el deseo, el sujeto, el sufrimiento, la insatisfacción, el malestar, el goce, el síntoma, los fantasmas, la memoria, el olvido, las pulsiones, la muerte, el inconsciente.

Comentario durante la presentación del libro en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica
De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.

Desde el subtítulo del libro –Elementos para una crítica de las psicoterapias– y el capítulo introductorio, los autores no tendrán miramientos con las principales psicoterapias, dirigiendo su crítica hacia ellas sin concesiones, al mismo tiempo que las van diferenciando del psicoanálisis. Pero, ¿por qué es importante una crítica de las psicoterapias? Según los autores, para develar que el criterio de cientificidad en sus técnicas y aplicaciones es solamente supuesto. Que las psicoterapias son una retórica, pura ilusión de saber sin coherencia ni consistencia. Y, sin embargo, “funcionan”. Más aún, “funcionan” y no saben dar cuenta de ello, debido a su débil fundamento teórico. Retórica sin el más puro y bello estilo del Fedro de Platón. Aún más, funcionan y responden al discurso del amo que ordena adaptar y normalizar al sujeto, de manera pragmática y eficiente. Dirigirlo hacia la imagen idealizada del hombre que podemos resumir con la siguiente aporía: vivir humanamente sin vivir lo humano, es decir, redireccionar a los individuos -no sujetos- hacia una felicidad animada más por la imaginación y el deseo que por la realidad, desconociendo la perenne insatisfacción del hombre en la cultural.[4] En síntesis, las psicoterapias responden a la demanda social de un supuesto bienestar fundado en la paz, estabilidad y tranquilidad que nunca llegan o que siempre se van. Si este discurso del amo de las psicoterapias opera y “funciona” es porque el paciente así lo quiere: «Es el querer del paciente lo que convierte en juez al terapeuta y no su saber […] el paciente se presta esperanzadamente a obedecer, a dejarse sugestionar.»[5] Desconocen, tanto psicoterapeuta como paciente, la eficacia y fuerza del inconsciente, quieren imponerle una lógica evolutiva, desarrollista, productiva y que buscaría la felicidad y la salud, desconociendo la falla e imposibilidad de la satisfacción total y permanente.

Los autores nos advierten: «El psicoanálisis no es una psicoterapia, es un esfuerzo y recorrido ético que modifica la posición del sujeto ante su deseo […] La ganancia final [es] la posibilidad de crear y resignificar una vida en tanto tal, una».[6] Y resignificar una vida, aprender a vivir, por imposible y necesario que sea, sólo puede hacerse entre vida y muerte, como menciona Jacques Derrida. Y de la muerte, en tanto último suspiro, en tanto límite, en tanto irrepresentable, las psicoterapias no quieren saber.

Este discurso del amo también opera en relación con los síntomas. Ambas prácticas, psicoterapia y psicoanálisis, no tendrían lugar si no fuese porque los sujetos sufren, sin embargo, la aproximación es radicalmente diferente. El síntoma, ese sufrimiento del yo, se intenta erradicar desde las psicoterapias, además de que tiene un significado establecido de antemano que requiere de un intérprete. ¡Curiosamente las psicoterapias son más interpretativas que el mismo psicoanálisis! Imponen un saber sobre los síntomas y su solución: someten al paciente a su saber docto. “No es lo que usted pueda decir de lo que le pasa, usted no sabe. Yo le diré lo que le sucede, le explicaré.” Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[7] lanza la pregunta: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre?, como una crítica, igualmente dura y sin coartada, a ese saber supuesto de las prácticas psi. Poniendo en jaque a esas autoridades que intervienen en nombre de la salud, el bienestar y la felicidad.

El psicoanálisis lo que “sabe” es que ese sufrimiento del yo a la vez conlleva una satisfacción inconsciente. Que el síntoma es un producto lógico del funcionamiento del aparato psíquico y es una vía de acceso, por así decirlo, al saber inconsciente, por lo que no se propone eliminarlo. Mucho menos añadirle sentido, sino decantarlo, descifrarlo, traducirlo, estar a la escucha de la verdad, que ni el analista ni el analizante sabían de antemano hasta el momento en que se produce, hasta el momento en que ambos son sorprendidos por su revelación. Un saber no sabido hasta entonces, y por lo tanto no escrito ni transmitido con anticipación en ningún otro lugar más que en la particularidad de cada sujeto. La verdad habrá de ser.

En esta lectura de las psicoterapias desde el discurso del amo, el yo se cree y siente dueño del funcionamiento del aparato psíquico: autónomo, unificado, organizador, con dominio y autocontrol, adaptado a la realidad, equilibrado, guiado por el principio del placer. Se considera el centro de la vida anímica y por lo tanto aquel que, a fuerza de voluntad, de motivaciones, ánimo, recompensas, conferencias, explicaciones, sería capaz de lograr lo que se propone. En cambio, el psicoanálisis considera al yo sólo como un síntoma privilegiado, el yo es otro, es imagen de la cual depende y con la cual rivaliza en una agresividad mortífera que se juega, precisamente, en la dialéctica del amo y del esclavo. Dialéctica que las psicoterapias repiten sin saber, o sabiéndolo, pero en ambos casos ignorándolo.

Diferencias radicales entre psicoterapias y psicoanálisis también se plantearán al comparar el bienestar buscado por las primeras y la apuesta por el deseo del segundo: «Paradójicamente, un deseo satisfecho es un deseo muerto, es la detención angustiante, inhibitoria y sintomática de la circulación de la libido, representa el peso de lo real que aplasta la subjetividad y es eso lo que alimenta la queja y el sufrimiento, precisamente, el deseo inconsciente es la defensa frente al goce, es la reminiscencia de la falta y de la incompletud, y por ello es el acicate de la vida. En la lógica del deseo no reina la armonía ni la normalidad, ni el equilibrio ni la satisfacción, es una ley que va contra la voluntad de orden y bienestar del amo, es la ley suprema del sujeto que exige una posición ética, que lo compromete a una eticidad desiderativa, que no garantiza ni aporta ningún bienestar, que encamina a una historización e inscripción de la marca que lo fundó en un universo simbólico.»[8] En Punto de Quiebra, con Keanu Reeves y Patrick Swayze, podríamos tener una especie de “ejemplo” de esto que acabamos de citar: cuando Bodhi va por esa última ola al final de la película. Existe una nueva versión de esta película donde han añadido más actividades “extremas” respetando el final de la versión previa, es decir, señalando ese momento extraordinariamente único en una vida. Podemos leer el final de ambas películas como aquella ley suprema del deseo del Otro que es a la vez deseo del sujeto, que no-todos están dispuestos a asumir. Quienes desconocen esta ley suprema, o no actúan en consecuencia, quieren ganar sin riesgo, elegir sin pérdida, vivir sin morir, amar sin sufrir.

Otro elemento para esta crítica de las psicoterapias –y que presta sus efectos para que estas funcionen– es la transferencia. Transferencia que las psicoterapias ignoran, tajantemente desconocen, la consideran anacrónica, como algo que ha dejado de ser «utilizado», cuando en realidad es gracias a ella que pueden ejercer sus “poderes” de sustituir las explicaciones del paciente por sus las suyas. ¡Y cuando la consideran, creen que pueden manejarla a voluntad, por ejemplo, por medio del rapport y la empatía; que con esos “buenos tratos” se ganarán la confianza y cooperación del paciente! Esta «obra mesiánica de amor […] filantropía siniestra, sospechosa de doble intención […] intenciones amorosas que pereñan el discurso terapéutico, las pretensiones de ayudar, comprender y curar obturan el deseo del sujeto, hecho paciente, le imponen un ideal imposible.»[9] Ideales, además, que ni siquiera el mismo psicoterapeuta encarna. No saben de la transferencia como motor de la cura, es más, cuando llega a manifestarse explícitamente, más que intensamente, los psicoterapeutas derivan a sus pacientes con otros psicoterapeutas, o, conjuran la contratransferencia…

De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.
Presentación del libro «Del enfermo imaginario al médico a palos» durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica

El punto culminante de este discurso del amo lo encontramos en el sexto capítulo del texto, donde, al igual que el modelo médico, las psicoterapias enuncian su ética: el bienestar. Y a partir de esta, definir lo que debe saber, hacer y ser el psicoterapeuta. El psicoterapeuta y la psicoterapia definidas de antemano, listos antes de la consulta, son obras muertas, como dice Clément Rosset.

Otros elementos de los cuales se sirven los autores para llevar a cabo su crítica tienen que ver con el amor-odio que se juega en las relaciones terapéuticas, el narcisismo del psicoterapeuta al identificarse con el lugar del saber, el lugar del lenguaje y la comunicación como la buena nueva neoevangélica, la formación de los terapeutas y la transmisión de su enseñanza cuyo ejemplo de la hipnosis de Erickson es paradigmático, la pretensión de objetividad, los criterios de normalidad y salud, las teorías del desarrollo, la existencia de objetos y conductas buenos y adecuadas que aportan la felicidad, la imagen y sus pretensiones de omnipotencia e inmortalidad, el abuso en la utilización y desconocimiento de nociones psicoanalíticas como por ejemplo, el complejo de Edipo, el falo, la represión, entre otros. Todos estos temas serán tratados de forma clara en su crítica.

Los últimos capítulos servirán a los autores para desarrollar algunos puntos teóricos del psicoanálisis. Pasaré a mencionar algunos puntos que ahí se tratan: el psicoanálisis como un clínica lenguajera, lo imposible de decir la verdad, el deseo imposible de satisfacer, la vida pulsional, el lugar de los ideales, la formación de los analistas, la imposibilidad del encuentro entre sujeto y objeto, el discurso del analista, el lugar de objeto causa de deseo, la falta-en-ser como motor y síntoma de su deriva, la formación del yo, la eficacia simbólica, la dirección de la cura, el goce, el cuerpo, las diferencias entre pulsión y deseo, el falo que no es el pene, el complejo de Edipo, la ley, el Otro, el horror a la finitud y la muerte, entre otros. Pero, sobre todo, la apuesta por el deseo, que constituye la ética del psicoanálisis, a diferencia de la ética del bienestar propia de la medicina y de las psicoterapias, como ya se había mencionado.

 Conclusión

 Del enfermo imaginario al médico a palos sin duda representa un texto claro y preciso para introducirse en el estudio de la clínica psicoanalítica para aquellos interesados. Para los más “experimentados” resulta un texto que invita a seguir pensando y no olvidar planteamientos fundamentales de porqué el psicoanálisis no es una psicoterapia ni una rama de la psicología, sino una disciplina con sus propias teorías y prácticas. Los elementos que presenta para criticar las psicoterapias nos sirven para pensar lo que se produce actualmente, incluso fuera de las psicoterapias. El psicoanálisis no está muerto, el padre sí, y nosotros, psicoanalistas, nos declaramos sus herederos. Al igual que con Karl Marx, no deja de insistirse en que Sigmund Freud ha muerto. Y tienen razón, hasta cierto punto. Cuando el psicoanálisis no de más para pensar, dialogar y reunirnos, sólo entonces podremos decir que, efectivamente, Sigmund Freud y el psicoanálisis están muertos.

Cierro con una tercia de citas. La primera extraída del filósofo francés Clément Rosset: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo. Nada más extraño, nada más desconocido: aquí, en este espanto primero ante sí mismo, encuentra su origen lo que Freud ha descrito bajo el nombre de ‘represión’.”[10] La segunda de Pascal y sus Pensamientos: “No habiendo podido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, los hombres creyeron conveniente, para volverse felices, dejar de pensar en ello.”[11] Y la tercera de Edmundo y Antonio: “El analista está para analizar y para que su trabajo sea efectivo debe abstenerse de gobernar, educar o explotar al otro. Instaurar el orden de lo imposible, lejos de ser una fatalidad, el sujeto puede hacer una contingencia que le permitirá singularizar su historia y su deseo”.[12] Y ya encarrilados, de pilón, un par de Sigmund Freud, la primera extraída de Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico: “La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.”[13]La segunda de Recordar, Repetir y Reelaborar: “[No] se olvida que el ser humano sólo escarmienta y se vuelve prudente por experiencia propia”[14]. Aprender a vivir, si bien es imposible, no deja de ser necesario.

[1] Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias, 2ª edición. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013.

[2] Jacques DERRIDA, (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel ALARCÓN y Cristina de PERETTI, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[3] Clément, ROSSET, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013

[4] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.20

[5] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.26-27

[6] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.31-32

[7] Francisco Pereña, Soledad, pertenencia y transferencia. España: Síntesis, 2006

[8] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.79

[9] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.95

[10] ROSSET, p.82

[11] Citado por Rosset.

[12] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.148

[13] Sigmund Freud, Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.118

[14] Sigmund Freud, Recordar, Repetir y Reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.155