Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (I)

«Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.”

«Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.”

– Friedrich Nietzsche 

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, aunque ya sabíamos de la imagen inconfundible de su autor y de al menos de uno de sus conceptos fundamentales: el nihilismo. Encontramos en ellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad. Un espíritu que revivía en cada batalla y hacía de ella la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él. Nos sorprendió este pensador cuya escritura reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento cercanos a lo que pensamos como el posible resultado de un psicoanálisis. Sentimos cómo se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin ninguna garantía metafísica, ni con la ayuda de dioses; hacerlo sin ninguna exaltación de los vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de “ejemplos de vida”. Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que eso significase dejarse morir, arriesgarse a lo estúpido o dejarse consumir en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue políticamente incorrecto, atentó contra las buenas conciencias, y sus “delirios filosóficos” fueron producto de su “locura”. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento – metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos – fue imposible de detener, hasta la fecha.

Reinhold Messner ha sido un prolífico escritor de literatura de montaña y aventuras
Reinhold Messner (n.1944)

     Ese espíritu indomable que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos, lo encontramos en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner, principalmente en My life at the limit,[1] donde define su actuar de la siguiente manera: “I do things with a passion or not at all.” En relación con el tiempo, toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo pasarlo lo más rápido posible o, que por el contrario, les parece eterno: “Killing time gives me the horrors.” Sin duda, el músico nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano el vigor y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que hasta nuestros días creemos sigue vigente. Nos negamos a aceptar que los únicos anhelos del hombre contemporáneo sean la explotación y la destrucción de los recursos naturales y humanos, sin mayor cuidado y visión por el futuro. ¿Qué hay de vital en ello? La pasión por las cosas “inútiles” parece debilitarse. No han sido pocas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro en 2010 debido a su pasión: la práctica de algo que se considera inútil por muchos, el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. “It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist”.

     Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue bastante consciente del carácter inútil que puede tener el montañismo de altura para ciertas personas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en la vida. Modelos prefabricados con los que hay que cumplir. Fórmulas del éxito. “¡Tal o cual cosa es vivir! ¡No eso de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!” Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil.[2] ¡Y nos llevamos grandes sorpresas en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigo, Gaston Rébuffat, ¡quien a su vez citaba a Friedrich Nietzsche como fuente de inspiración en los momentos más álgidos de sus aventuras! Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento de la formación académica que entonces llevaban en sus escuelas. O tal vez fue la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[3] la que le llevó a encontrarse con el loco de Turín.

     Un punto de encuentro si consideramos lo siguiente: el estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat – que acabó creando un estilo que lleva su nombre – coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos gustan en llamar asumir la responsabilidad por el propio deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV. Nunca desistieron de aquello que anhelaban. Eligieron no contemplar el paso de otros que asumían el riesgo. Decidieron no esperar a que sus inquietudes, “que no llevarían a nada”, se desvanecieran.

     Nuestros personajes jugaron y apostaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña o en la enfermedad: entre más cerca de la muerte, más cerca de la vida. El guía de montaña italiano escribe: “It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible”. O “the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk”. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, personas con suerte, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestra vida. Si se toman aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, desde nuestra más profunda intimidad. Si existe quien aún esté dispuesto al acto de decidirse así, más allá de lo posible. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se teme. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir.[4] Supuestamente vivimos desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.[5] Vivos, pero sin vida.

      Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importantísima de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos hecha clara nuestra admiración por ellos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo de cómo vivir. Aunque sus hazañas no dejan de maravillarnos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. No representan un camino, pues tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles – que ahora ya plantean sean veinte – o conquistando las siete cumbres. Seguir su ejemplo sería vivir, vivir de verdad, por fin. Sería una imposición: hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón. Pero dudamos bastante de que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las “mejores” condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, en su última entrevista, reconoció que no lo había conseguido: aprender [y enseñar] a vivir es imposible, “nada es, sin embargo, más necesario que esta sabiduría”. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

     Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar a alguien, motivar, corregir el comportamiento, normalizar la vida y el pensamiento, orientar, dirigir, curar, educar la sexualidad, es-coger bien y mejor, llevar una vida más satisfactoria y demás posturas que exigen el sometimiento del sujeto a una autoridad, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[6] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar nuestras ideas.

       El psicoanalista francés critica duramente cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo – como muchas otras cosas – que pueden ser controlados y dirigidos a placer. Valdría preguntarles por los resultados de tal tentativa para poner un poco distancia ante tanta presunción: la educación (emocional o de cualquier tipo) es la solución para los males del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud. Algo se revela en el ser humano que le impide ser “educado” completamente. La clásica trilogía de las utopías, o distopías, de Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451, nos lo recuerda magistralmente: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

     Reeducar plantea un supuesto anterior en el que se había educado de manera acertada y, por uno u otro factor, ya no continuó así: el “alumno” no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El analista sería un talachero de las emociones: él sí sabe cómo hacerlo manejarlas, es un maestro, para eso estudió. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, del enseñar a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo. Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos “analistas”, transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe es imposible, como su práctica.

      Enseñar es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Es decir, esta violencia, a veces inevitable, no es sin la participación del que se coloca como “aprendiz”. Reflexiones que abren la obra de otro crítico de la “pedagogía”.[7] Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. “Tú no sabes, déjanos ayudarte”. “Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía”. Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección en la vida. Acaso es dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque en las alturas, los sentimos muy cercanos. Algo profundamente humano se alcanza a develar en esas vidas y que no tienen que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con la violencia sobre la vida de otros.

     A propósito de la frase Aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos, por paradójico y contradictorio que esto suene. Jacques Derrida en su última entrevista, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: “No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte”[8]. No dejó de señalar además su “gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la aporía”. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su método, la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni explicaciones, ahí están Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

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Notas:

[1] Messner, R. (2014). My Life at the Limit. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[2] Terray, L. (2008). Conquistadors of the Useless. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[3] Premio con el que fue galardonado Gaston Rébuffat en 1984.

[4] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo. México: Paradiso.

[5] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (5a ed.). Madrid: Trotta.

[6] Lacan, J. (2009) Escritos 2. México. Siglo XXI.

[7] Rancière, J. (2007) El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Argentina: Libros del Zorzal.

[8] Derrida, J. (2004). Entrevista a Jacques Derrida: “Estoy en guerra contra mí mismo” [Le Monde]

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Este ensayo sobre un sueño también fue publicado en la revista literaria ESPORA, año 2, número 12, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Puede consultarse en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.

ESPORA Año 2, Número 12
ESPORA Año 2, Número 12

Sueño del 18 al 19 de abril de 2017

Una bomba está por explotar. Explosión que podría significar el fin del mundo como lo conocemos e iniciar uno postapocalíptico como lo han presentado algunas novelas y largometrajes de ciencia ficción. Tal explosión es inevitable pues quienes pudieron haberla desactivado han muerto, por lo que el único sobreviviente no puede hacer nada al respecto. Sin embargo, cabila sobre si la explosión se limitará sólo a determinado radio y entonces pueda sobrevivirla o si le será imposible escapar. Duda entre regresar por ciertos objetos pues esto le consumiría tiempo además de entrar en el radio que supone abarcaría la explosión, o, dejarlos consumirse en la misma y salvarse alejándose del área mortal. [Como todo sueño, no se digna en presentar su re-solución[1], contiene contradicciones y cuestiones absurdas, por ejemplo, que la bomba es supuesta, pues nunca aparece, es sólo la sensación de la misma. ¿Cómo es la sensación de una bomba por estallar?]

     Sueño alimentado, en parte, por las amenazas de guerra y bombardeo ante las recientes acciones en medio oriente por parte de nuestro vecino del norte. O, también por la adivinanza que una niña me lanzó y logré resolver: “¿Cuál es el país que primero ríe y luego explota?” Otros dirían que el sueño realizaría alucinatoriamente el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, por lo que lo “actual” es sólo un pre-texto. Como sea, no buscamos la fuente ni origen del mismo, tampoco buscamos hacer un ejemplo de análisis de sueños ni lo que cumpliría, menos aún pretendemos una especie de autoanálisis ni interpretación, aunque no descarta la experiencia que nos ha atravesado en el diván. Dejando en claro esto, sin mayor preámbulo, comenzamos con nuestros comentarios.

     El primero surge a partir de una lectura posible, entre varias, que se pueden hacer de este sueño. Una lectura que denominaremos simpática, bondadosa y amigable si se quiere, y que nos coloca en el camino de que algo está a punto de suceder en la vida del soñante: un acontecimiento, un renacimiento, el inicio de cualquier cosa que no sería poca cosa. Pero, además, con un carácter explosivo, intempestivo, fuera de tiempo, dislocado, inesperado. La llegada de alguna cosa que, con esa cualidad explosiva, mueve a cualquiera de su lugar: imposible no vibrar, tambalearse, sacudirse, desequilibrarse, caerse, ensordecerse o cegarse, pero que, por el carácter amigable de esta lectura, resulta soportable, pues dará lugar a algo mejor. Abandonar cosas, olvidarlas, dejarlas, desprenderse, renunciar, desapegarse: signos de algo bueno. Pues ¿por qué habría de sobrevivir nuestro soñante si no es porque vendrá algo mejor? ¿Por qué no “vaciar para poder recibir”? “Dejar ir es dejar llegar” ¡Claro! ¡Y no dejamos de preguntarnos de dónde se obtienen formidables causalidades! ¡Y a futuro! ¿No se puede soportar la destrucción, el dolor, la vida, la existencia, la muerte, si no es porque algo en un futuro anterior nos hará decir que ha valido la pena lo que pasó? ¿Se necesita de alguna promesa por cumplir para hacer más llevadero el malestar? No mirar atrás. No regresar. “Que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Todo lo anterior en vista de que algo en el exterior cambiará radicalmente, y como consecuencia “lógica”, el cambio en nuestro personaje. También puede leerse como un cambio en el interior: algo detonará en él que, y, sin necesidad de que algo cambie en el mundo, le hará verlo de otra manera. ¡Pero no sólo eso, también sentirlo y vivirlo de manera diferente! Tal vez un cambio en relación con algo profundamente anhelado, esperado, deseado, o, por el contrario, nunca imaginado, pero siempre, en esta lectura simpática, nunca en perjuicio del soñante. La liberación de todo pasado, de los temores, las inhibiciones, los dolores, las ausencias; el advenimiento, por vía casi mágica, de una nueva vida.

     Todavía otra posibilidad, y más ramplona: la explosión como metáfora de los afectos largamente contenidos, sofocados, en particular del enojo. Signo de que nuestro personaje se ha aguantado bastante, y que, por su bien, por salud, no debiera “reprimirse” más. Decir las cosas, de lo contrario, se atreven a decir algunos pocos pensantes pero muy académicos, podría producirse un cáncer. Un sueño como advertencia para cambiar algo, claro, siempre en pos del soñante. Un mensaje, una señal para estar mejor. ¿Pues acaso se puede leer de otra manera este sueño que no sea manifestación de algo que sería bienvenido para él? “Sí, sí ha de ser eso. Algo bueno va a pasar en mi vida”. Y lo mejor de una lectura así, para quienes la aceptan, es que el soñante lo único que tiene que hacer es, esperar; sí, estar pendiente de más “señales”, pero, sobre todo, saber esperar, porque “todo llega para el que sabe hacerlo”. ¡Esa necedad de atrasar los actos en la espera! ¡Esa necesidad de embellecer las cosas! ¡Ese disparate de que algo anhelado sucederá sólo porque uno cree merecerlo y el sueño es el mensajero de tal bienaventuranza! ¿Por qué habría de suceder así? ¿Cómo es que tal visión logra imponerse -la mayor parte del tiempo- sobre la realidad?

     Afortunadamente existe otra lectura posible, de donde parte nuestro segundo comentario. Una lectura que no resulta tan agradable pero que al menos nos pone a distancia de la anterior, que, en pocas palabras, nos produce náuseas. Podemos abordarla con la siguiente pregunta: ¿por qué el tema de la muerte – o fallecimiento, supresión, aniquilamiento, desaparición, borramiento, como se quiera – de nuestro personaje es ignorado o desconsiderado en esa lectura simpática, embellecida con prosperidad? ¿Acaso la muerte no es una clara posibilidad en el sueño, y además una inevitabilidad en la vida? En oposición a esa lectura agradable, proponemos una que pone en primer plano la finitud del sujeto y de su historia y que se nos ocurre llamarla antipática[2]. ¿Y si esa bomba de tiempo no fuese señal de ninguna dicha por venir, sino de algo terrible por develarse, por ejemplo, de la mentira que uno ha sido para sí mismo? O de la mentira que el mundo había significado. De la mascarada que uno ha utilizado para no ver aquello terrible que en uno mismo y en el mundo existe: «Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo»[3]. Algo temible que, a fuerza de mantenerse ignorado, despreciado, “reprimido”, encuentra una expresión en los sueños. Y si se tratase de un pago imposible de postergar más o de uno imposible de saldar, con las secuelas que esto implique. Porque, si ese sueño fuese mensaje de un cambio alegre y esperado, no vemos razón para que no sucediese sin más, sin aviso, sin figuraciones, sin necesidad de una “interpretación”.

    Esta lectura antipática también permite pensar el fin del mundo no en el exterior, sino dentro, lo cual representaría, igualmente, un cambio de posición y un nuevo comienzo. Pero, ¿se toma en serio, en su cruda realidad, lo que es empezar de cero, desde “nada”? ¿Se considera en realidad la pérdida de “todo” cuando se anhela algo así, o sólo se piensa en lo que hasta ese momento resulta sumamente displacentero? Un único sobreviviente: ¿caeremos en la ingenuidad de una libertad en la que uno podría hacer lo que quiere? ¿Nos es posible siquiera pensar la libertad sin referencia a otro(s)? No se trata de aislamiento, sino de una soledad radical, incluso nos atrevemos a decir realizada. Los otros en el sueño figuran por dos cosas: estar ausentes, es decir, muertos, y poseer un saber que para el momento actual resulta inútil. No hubo transmisión de ese saber que podría salvar. Hubo, por otro lado, intento de transmisión de un hecho: morir. O, siguiendo a Derrida, en su exordio[4], la transmisión consistiría en asumir que enseñar y aprender a vivir es imposible. Que algo de esto solo puede logarse en relación con la muerte de uno y de otros, como figura en el sueño y que una lectura amigable decide ignorar. El sueño, representa y supone la muerte de otros, la renuncia, abandono y el no retorno al pasado, y también el final de uno.

     ¿Y qué hay del cavilar del soñante? ¡También la duda que esas lecturas simpáticas deciden ignorar![5] Ese titubeo, esa incertidumbre que rumia, esa desidia por hacer algo que no esté garantizado, un desgano ante el nihilismo radical de las cosas. Como si el acto, nuestro acto, el acto de cada sujeto, dependiese tan sencillamente de que alguien nos animara a llevarlos a cabo recordándonos la muerte. ¿Así de fácil se supera? ¡Qué bueno que nuestro personaje se encuentre solo, así tendrá que decidir su acto por sí mismo! Arriesgarse en algún sentido: volver por sus cosas a expensas de morirse en el acto; alejarse lo más posible con la esperanza de que el radio de la explosión no le alcance; alejarse y aun así morir; una más, que la bomba no explote, quedarse inmóvil, esperar, eso también es un riesgo y una apuesta. En este último caso, santa paz y calma si no sucede nada: de vuelta a la normalidad, a la cotidianidad, a la vida como siempre se ha llevado. “No tuve que moverme y no pasó nada ¡Qué dicha!” “No tuve que moverme, hacer algo, salvo esperar. ¡Qué felicidad recibir esto!” No seamos tan duros, tal vez pidió, pues dicen que, si uno pide, se le concederá, y pedir ya es hacer algo. Sólo fue un mal sueño, nada para pensar, para hacer, ni que más decir ni decidir. Se puede estar así, por decadente que nos resulte, por chocoso que nos parezca. Felizmente, siempre habrá un sueño, un lapsus, un acto, un sin querer, alguien o algo que nos fracture en esa imagen de nosotros mismos que tanto nos ha seducido desde infantes, imagen de inmortalidad, completud, omnipotencia, certeza, autoerotismo.

     Nuestro personaje decide ir en busca de sus cositas, las recupera, con el tiempo encima de él se aleja rápidamente del radio de explosión, brindándonos una imagen de su salvación en primer plano, y en segundo, la destrucción. ¡Se salvó! Eso está muy norteamericano, o, mejor dicho, muy occidentalizado, lo mismo que el sueño: soñar con una bomba. No elegimos nuestros sueños. Eso en sí mismo ya constituye una fractura. No podríamos soñar de otra manera. ¿Con qué sueñan los japoneses?[6] Fractura que, contrario a como pudiesen pensar los agradables y suaves, a nosotros nos mueve de lugar, y moverse, en definitiva, es un actuar. Que la muerte y el tiempo que pasa -porque existe un tiempo que no pasa- es nuestra apuesta, puedan ser algo diferente de un saber sin efectos. Nuestro primer comentario lo cerrábamos expresando esa necesidad de embellecer las cosas, aquí añadimos: ¡Esa necesidad de asegurar las cosas, hasta la vida misma, que “de seguro no tiene nada salvo la muerte”! “Es la única certeza en la vida” Pero, ¿cómo revivir, revitalizar y reactualizar estas trilladas y gastadas frases que no sirven más que para brindar consuelo, en el mejor de los casos? ¿Quién y en qué momento podría decir que ese saber “popular” le llevó a moverse, colocarse diferente, es decir, le fue útil para vivificarse[7], renunciado a la espera? Acaso algunos “afortunados”, quizá sólo unos cuantos, pues esta renuncia conlleva, al mismo tiempo, asumir que algunas cosas no se pueden precipitar. Tal vez enfrentando la aporía es una forma de hacerlo.

[1] La solución del sueño le fue revelada a Sigmund Freud en el sueño de la inyección de Irma.

[2] Pues no busca el favor, inclinación afectiva ni la aprobación.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013. P.82

[4] Derrida, Jacques (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[5] Maravillosa ambigüedad de la duda como sustantivo y acción.

[6] Pensándolo mejor, puede que algunos sí sueñen a la manera de bombas, pues no ignoramos los terrores iniciados por el Enola Gay en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial.

[7] Seguimos a Goethe citado por Nietzsche en el inicio de su II Intempestiva: preferimos una saber que nos vivifique y no sea sólo un saber muerto.

En el diván: el coraje de hacer historia (II)

El pasado que no es pasado o el retorno de lo reprimido 

Freud necesita representarse y pensar el funcionamiento de un aparato psíquico con esas características debido a lo que descubre en su práctica clínica. En Psicopatología de la vida cotidiana expresa: “El estudio del sueño y de sucesos patológicos nos ha enseñado que pueden reaflorar de pronto en la conciencia lo que estimábamos olvidado desde hacía mucho tiempo, el olvidar se nos ha vuelto más enigmático que el recordar.”[1]

Este “reaflorar” del pasado lo expresa de manera más clara en Recordar, Repetir, Reelaborar[2]. Pero, y he aquí una premisa fundamental: el pasado no reaflora, o, mejor dicho, no retorna en forma de recuerdo, sino de acto: El analizante no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. Es en este sentido que el pasado, en tanto se actúa en el presente, ni es pasado ni se ha olvidado, sólo que el analizante no lo sabe. En Fragmento de análisis de un caso de histeria[3], ya lo había anticipado: Dora actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo, es decir, recordarlo en la cura.

El tiempo que no pasa*

Esta forma de actuar como un modo de “recordar”, sin saberlo, es lo que Freud llamará compulsión de repetición. Y que, sin necesidad de Freud ni psicoanálisis, nos es una experiencia familiar y a la vez extraña. ¿Quién no ha tropezado con la misma piedra, una, dos, tres, cuatro, cinco, ene veces? Néstor Braunstein lo plantea de manera más “trágica”: darse cuenta de la piedra, para ponerla y tropezar nuevamente. ¿A quién no le han enseñado nada los años y siempre cae en los mismos errores? ¿Quién no ha brindado con extraños y llorado por los mismos dolores? ¿Quién no ha escuchado historias tan “tristes” de sujetos que pareciera que su destino es “sufrir”, que siempre les va mal por más que se esfuercen y empeñen por ser “felices”? ¿Que quién sabe qué estarán pagando con la vida que “les tocó” vivir? Etc. En otras palabras, la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo en la clínica psicoanalítica: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente, es decir, en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de la vida. Comúnmente se cree que recordar, repetir, olvidar, actuar, evocar, etc., sólo tiene lugar porque uno asiste con el psicoanalista; todo eso tiene lugar en nuestra vida cotidiana, solo que no lo sabemos: “Yo no voy con el analista, ¿para qué andar recordando el pasado? ¿De qué me va a servir?” “Señor, usted actúa, sin saberlo, un pasado que no recuerda”.

Actúan en vez de recordar. Demos un paso más. ¿Qué actúan, o, mejor dicho, qué recuerdan actuando de ese pasado? Actúan “un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas”[4]. “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter”[5], por decirlo de alguna manera.

Ahora bien, actuar sólo es una forma de recordar. Otra forma de recordar son propiamente los Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores[6]. En este texto Freud señala “la naturaleza tendenciosa de nuestro recordar” y expone: “Los recuerdos indiferentes de la infancia deben su existencia a un proceso de desplazamiento; son el sustituto, en la reproducción [mnémica], de otras impresiones de efectiva sustantividad”. Señalemos aquí el adjetivo “indiferentes”. Esa indiferencia es supuesta pues estos recuerdos se conservan no por su contenido propio, sino por su vínculo con otros contenidos, reprimidos, y lo esencial de la memoria, las impresiones más importantes, se sitúan “detrás” de estos recuerdos encubridores. Sin embargo, “de esos recuerdos de infancia, que se llaman los más tempranos, no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores”.[7]

Y estarían otro tipo de “recuerdos”, que más bien son un tipo de “explicaciones” que intentarían darle algún sentido a lo que se vive, remontándose al pasado, al decir que uno es así o le suceden tales cosas porque de niño vio, vivió, sufrió, padeció, le dijeron x o y cosas: divorcio, peleas, celos, abusos, violencia, etc., “explicaciones” que, remontándose y obteniendo su impulso del pasado, se hacen presentes y congelan el futuro. Historias de un pasado que sepulta el presente en tanto que el sujeto por más que quiera y se esfuerce, no puede desprenderse de aquello que tanto sufre y lo determina. Una especie de destino funesto que imposibilita la vida. Puede pensarse también en la forma de una herencia, tradición, costumbre, que no permite la novedad, la invención, lo nuevo, lo diferente, lo vivificante. Limitándose a repetir, uno puede estar muerto en vida o ser una especie de anciano que vive en y de sus recuerdos, no muy gratos. Muerto y anciano en sentido figurado: un joven gallardo y galante bien puede representar un muerto y anciano en este orden de ideas, como veremos en un ejemplo más adelante.

Es en este sentido que el pasado no es pasado sino presente. Que en realidad eso que se actúa, se repite y retorna, no está olvidado. Y de paso señalemos lo que nos dice Freud hacia el final de Psicopatología de la vida cotidiana: en todos los casos (expuestos en ese texto) el olvidó resultó fundado en un motivo de displacer […] no debemos tratar su “enfermedad” como un episodio histórico, sino como un poder actual.

Esto trastoca radicalmente la concepción del tiempo en que vivimos y experimentamos. Una línea recta del tiempo donde cada evento tendría lugar en un punto, fijando uno como presente, aquellos que se coloquen previamente serían pasado, y los posteriores futuro. Lo que Freud descubre es una atemporalidad del aparato psíquico y que definirá como una de las propiedades del sistema Inconsciente en su texto Lo Inconsciente: “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el trascurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él.”[8]

Existe una frase que me encanta y expresaría esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque yo la encontré en Espectros de Marx: The time is out of joint. El tiempo está desarticulado. Que también puede aceptar los siguientes significados: dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo.

Desde la clínica

Infinidad de tiempos*

Pierre Fédida en El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica[9], nos comparte un mini fragmento de caso: Un joven que tiene en la memoria el rostro de su madre, muerta hace diez años, rostro que está hoy para él más claramente presente que si la viera frente a sí. El recuerdo de ese rostro lo mantiene como alejado de una emoción. Creía no tener ningún recuerdo de su padre porque lo había conocido muy poco. Siempre le dijeron que se parecía a su padre, pero él, por su parte, no lo sabe. La muerte de su madre no puso fin a la desaparición de su padre. Esa muerte lo ha privado asimismo de su duelo. Y se diría que el rostro tan claro en la memoria -que impide todo afecto- lo mantiene despierto, inmortal. Para él lo importante es no ser amortajado por la desaparición de su padre. Su madre hizo de modo que él no sufriera nunca la ausencia: con seguridad, ella creía que la fidelidad de su pasión concedía al padre todo su lugar. Antes de venir, el hombre no sabía qué diría que no es su padre lo que le ha faltado, sino que lo que le ha faltado es su muerte. El hombre dice que no es él quien está enfermo sino su vida. ¿Habrá vivido hasta ahora en tal identificación insospechada con su padre desaparecido para darse cuenta hoy de que, quizá, vivió en su lugar, o más bien de que la pasión de su madre -¿por él o por su padre?- le impidió vivir su propia vida? Vean, el pasado que está claro y vivo en el presente, sepultándolo e impidiendo la vida. El no poder olvidar el rostro de su madre, que a la vez evocaba la pasión por el padre, le impedía vivir su propia vida.

Desde la literatura

¿Qué pasaría si no olvidáramos? Esta vez tomemos un ejemplo de la literatura. Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso[10]. Ahí nos comparte la historia de Ireneo Funes, de cara taciturna y aindiada. A quien por cierto también se le conocía como el “cronométrico Funes”, porque siempre sabía la hora exacta sin necesidad de mirar su reloj. Después de dejar de verlo y saber de él, el protagonista se entera de que un accidente dejó al joven Funes tullido y postrado en una silla frente a su jardín. Lo fue a visitar y la madre le comenta que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no le extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Descubre ahí que Ireneo, después del accidente perdió el conocimiento, pero tuvo desde entonces una memoria perfecta; no prodigiosa ni excepcional sino perfecta. ¿Quién no quisiera poder recordarlo todo? Ireneo podía, y de inicio aquello parecía un regalo de los dioses. Sin embargo, poco a poco, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales las recordaba. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Podía recordar un día entero con todo detalle, pero eso le llevaba un día entero. Recordar el pasado ocupaba su presente, impidiéndole moverse de su lugar. Impidiéndole vivir. No es casual que Borges haya dejado a su personaje de memoria perfecta, tullido e inmóvil. El olvidar es necesario para moverse, para vivir. Y esta es una reflexión que también encontramos, esta vez desde la filosofía, en Friedrich Nietzsche.

Desde la filosofía

Un estilo diferente*

Friedrich Nietzsche en su II Intempestiva. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida[11], reflexiona, desde su estilo, sobre el pasado, su “utilidad” pero también su perjuicio para la vida. De inicio cita a Goethe: “Detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente […] Hemos de detestar seriamente la enseñanza sin vivificación, el saber en el que se paraliza la actividad, la historia como lujo y preciosa superabundancia de conocimientos”.[12] No tengáis respeto ante la historia, sino que lo que debéis tener es el coraje de hacer historia. Sólo el anciano vive de puros recuerdos. Es cierto que necesitamos historia, o, pero lo necesitamos de otra manera. Necesitamos de la historia, de nuestro pasado, de nuestros recuerdos para vivificar la vida y para actuar. Servirnos de ella para la vida sin melancolía ni hastío. Escuchen la propuesta tan viva de Nietzsche, que muchas veces se le lee como el nihilista pesimista que nunca fue. Habla de la felicidad: menciona cómo el humano mira envidioso la felicidad del animal: sin hastío ni dolores. Claro, está hablando de los animales salvajes, no los domesticados o aquellos pobres que encontramos en las calles o circos o las azoteas de las casas. Cuando el hombre le pregunta al animal por su felicidad, el animal quisiera responder: Soy feliz porque siempre olvido al punto lo que quería decir, pero ya olvido también esa respuesta y me callo: el ser humano se quedó asombrado. Se asombró también de sí mismo por no poder aprender a olvidar y seguir dependiendo siempre del pasado: por muy rápido y lejos que corra, la cadena corre con él. El animal vive en forma ahistórica; el ser humano, por el contrario, se resiste a la gran carga, cada vez mayor, del pasado… ¿No les parece maravilloso cómo resuenan aquí Freud, o cómo resuena allá Nietzsche? Es siempre una sola cosa la que hace que la felicidad sea felicidad: el poder olvidar (recuerden nuestros ejemplos), o dicho en términos más eruditos, la facultad de sentir en forma ahistórica todo el tiempo de su duración. Quien no es capaz de tenderse, olvidando todo pasado, en el umbral de un instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad. En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepultero de lo presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de las culturas. Escuchen: Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio del poder de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Concluye su primer punto: donde hay cierto exceso de historia-pasado se desintegra y degenera la vida, y, por último, a raíz de esta degeneración, a su vez, también la misma historia. A mí me parece genial.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Psicopatología de la vida cotidiana, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[2] Freud, Sigmund, Recordar, repetir, reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[3] Freud, Sigmund, Fragmento de análisis de un caso de histeria, Obras Completas, vol. 7, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[4] Recordar, repetir, reelaborar. p.151

[5] Ibid. p.153

[6] Freud, Sigmund, Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[7] Ibid. p.52

[8] Freud, Sigmund, Lo inconsciente, Obras Completas, vol. 14, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[9] Fédida, Pierre, El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica, 1ª ed. Argentina: Siglo XXI, 2006.

[10] Borges, Jorge Luis, Funes el memorioso, consultado en línea: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/el_memorioso.pdf el 21 de diciembre de 2016

[11] Nietzsche, Friedrich, II Intempestiva. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida, en O.C. Vol. I Escritos de Juventud, trad. intro. y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez Meca y Luis E. de Santigo Guervos. Madrid: Tecnos, 2011.

[12] Ibid. p.695

*Los títulos de estas imágenes nos los hemos inventado. Las dos primeras resultaron de búsquedas en Pinterest y la tercera fue tomada de https://notasdelectura.wordpress.com/2010/02/23/nietzsche-y-los-usos-de-la-historia/

[En la tercera parte se abordará muy brevemente lo que el trabajo analítico propone en relación con el pasado] [Fin de la segunda parte]