Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche (alt.)

Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto.

Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.

Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.

— Friedrich Nietzsche

[Este ensayo ya había sido publicado en esta página bajo el mismo título en dos partes: Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche I y II. Aquí lo repetimos con algunas modificaciones mínimas, como se mencionó al final de Espiritualidad nietzscheana, como parte de los trabajos que forman parte de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, sin embargo, ya conocíamos la imagen inconfundible de su autor y al menos una de «sus» ideas fundamentales: el nihilismo. Encontramos en aquellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad, que revivía en cada batalla y hacía de esta la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él —valga la anterior, lo conocíamos por «nihilista». El estilo y escritura de este autor sorprendió y reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento próximos a lo que imaginamos como el posible fin de un análisis. Sentimos que se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin necesidad de ninguna garantía metafísica y sin ayuda de dioses; sin recurrir a la exaltación de vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de «ejemplos de vida». Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que esto último significase dejarse morir, arriesgarse a lo tonto o consumirse en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue incorrecto y provocador, peleó contra la tradición filosófica y cuyos «delirios» fueron producto de la «locura» que lo sumió en el silencio al final de su vida. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento —metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos— ha sido imposible de detener.

Mi vida al límite, Reinhold Messner: aprender a vivir es imposible y necesario.
Reinhold Messner. Foto por Andreas H. Bitesnich

Un espíritu indomable —del tipo anterior— que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos y espontáneos, podemos encontrarlo en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner[1], principalmente en My life at the limit [Mi vida al límite][2]. Las diferentes alternativas en la traducción de este título reflejan muy bien sus posibles sentidos, ya sea la vida al límite como la vida en los límites. En este texto define su actuar de la siguiente manera: «I do things with a passion or not at all» [Hago las cosas con pasión o mejor no las hago; una traducción alternativa sería: Hago las cosas con pasión y sin ella; siendo claro en que es preferible lo primero][3]. En relación con el tiempo —pues todo esperar o no, actuar o no, sucede en y durante y es tiempo—, Messner busca precipitar la vida; está sucediendo a cada instante y toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo matarlo, pasarlo lo más rápido posible o les parece eterno: «Killing time gives me the horrors» [Matar el tiempo me aterra][4].Aquí nos preguntamos, ¿qué tanto matar el tiempo es matar la vida? Sin duda, el filósofo nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano la vitalidad y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que también hacemos nuestra, pues hasta nuestros días parece continuar vigente. Nos negamos a aceptar que los principales anhelos del hombre contemporáneo estén atravesados por la explotación y eventual destrucción de los recursos y energías —naturales y humanos—, sin ningún cuidado ni visión por un futuro. La pasión y utilidad de las cosas «inútiles» parece irse borrando poco a poco. Son numerosas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro[5] en 2010, debido precisamente a lo estéril de su práctica, un «deporte» que es considerado inútil por muchos: el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. «It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist» [Es sólo porque tengo el valor de sostener mis ideas, proyectos y aspiraciones que a menudo me tildan de egoísta][6]. El valor no es poco: sostener una práctica «inútil», pero vital.

Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue consciente del carácter improductivo que puede adjudicarse al montañismo de altura desde algunas perspectivas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en y con la vida: modelos prefabricados con los que hay que cumplir, encajar y encajonarse. «Fórmulas de éxito»: «¡Esto es vivir! ¡Nada de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!». Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil[7]. ¡Nos sorprendimos gratamente en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigos, Gaston Rébuffat, a quien comparaba con Friedrich Nietzsche en su modo de pensar y aproximarse a los retos y aventuras: «Gaston was remarkable for his self-confidence: no doubt he thought, like Nietzsche, that ‘nothing succeeds without presumption’. Thanks to his optimism he faced his chosen mountain with extraordinary calmness and cold-bloodedness» [Gastón era extraordinario por su confianza en sí mismo: sin duda pensaba, al igual que Nietzsche, que ‘sin atrevimiento, no existe el éxito’. Gracias a su optimismo se enfrentó a sus montañas con una calma y sangre fría extraordinarias][8]. Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura —en los museos de Reinhold Messner también se encuentran algunas citas del filósofo alemán—, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento del contexto de la época. Quizá sólo haya sido la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[9] la que llevó a Gaston a encontrarse con «el loco de Turín». Encuentro de dos «locos».

Puntos de encuentro si consideramos lo siguiente: comparten un estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas dentro de la filosofía y el montañismo de altura. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat —que acabó creando un estilo que lleva su nombre— coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos llaman asumir el deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV – El acto analítico[10]. Nunca desistieron de aquello que anhelaban o se vieron arrastrados a realizarlo o no pudieron hacer nada por impedirlo. Eligieron no esperar a que sus inquietudes —«que no llevarían a nada»— se desvanecieran.

Nuestros personajes se jugaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña, la enfermedad o el pensamiento: entre más cerca de la muerte una mayor intensidad en la experiencia de vida. El montañista italiano escribe: «It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible» [Es a través de resistir a la muerte que experimentamos lo que significa ser humano… El secreto está en el hecho de que sólo puedo tener las experiencias más intensas cuando me empujo hasta los límites de lo posible][11]. O «the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk» [El síntoma de mi enfermedad se define por un ansia de vivir que viene de poner mi vida en riesgo][12]. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, hombres excepcionales, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestras vidas. Si tomamos aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, nuestra más profunda intimidad o si lo hacemos desde condiciones que impliquen el menor riesgo y pérdida posible. Nos preguntamos si existe aún quien esté dispuesto al acto de decidirse así, en los límites de lo posible o más allá de él. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se está haciendo en su lugar. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo[13] lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que elegir el riesgo no implica elegir la muerte, aunque esta pueda ser una posibilidad. No se trata de un elogio de la muerte, que es lo que usualmente se cree cuando se habla de correr riesgos y transgredir los límites. Elogio del riesgo, arriesgar la vida, pero luchando por conservarla. Supuestamente empezamos a vivir desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.

Reinhold Messner y los 14 ocho miles.
Reinhold Messner por Matteo Costalonga

Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importante de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos dejado en claro nuestro reconocimiento hacia ellos y hacia sus actos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo sobre cómo vivir. Sus hazañas no dejan de maravillarnos y sorprendernos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. Pero no representan el camino a seguir, de lo contrario, tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil y en los límites de lo posible, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles —las catorce cumbres más altas del mundo— o conquistando las siete cumbres —tomando el modelo de siete continentes, corresponde a escalar la cumbre más alta de cada uno de ellos—. Seguir su ejemplo —hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón— sería «vivir de verdad», «por fin». Pero dudamos que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. ¿Es que aquí nosotros hemos aprendido de él? Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las «mejores» condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, hacia el final de su vida[14], reconoció que no lo había conseguido: aprender —y enseñar— a vivir es imposible, sin embargo, nada es más necesario que esta sabiduría. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar, corregir, orientar, curar, (es)coger bien y mejor, en pocas palabras normalizar la vida y el pensamiento para llevar una vida más satisfactoria y sana, sometiéndose a posturas ideales, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[15] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico del psicoanálisis, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar exponiendo nuestras ideas.

El psicoanalista francés critica cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo que puede ser controlado y dirigido a voluntad y placer: «Tú decides lo que sientes», «Solo tú decides si algo es capaz de afectarte o no», «Si te sientes ofendido, ése es tu problema», etc. Valdría preguntarse por los resultados de dicha tentativa para poner un poco de distancia ante tanta presunción: la educación —emocional o de cualquier tipo— es la solución para los malestares del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud[16]. Algo se revela en lo humano que le impide ser «educado» completamente. La trilogía de las utopías, o distopías, Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451[17], son un buen ejemplo traído desde la literatura: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

Reeducar y reaprender plantea un supuesto anterior —o futuro ideal— en el que se había educado y aprendido de manera correcta y, por uno u otro factor, ya no fue así: el alumno no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El «analista» sería un talachero de las emociones: él sabe cómo hacerlo. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, de enseñar y aprender a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo —¿el psicoanálisis no implica un «modelo» o «definición» de un sujeto, aun cuando se diga que un significante representa a un sujeto para otro significante? ¿Se propone alguna especie de tarea, meta u objetivo cuando propone asumir el deseo o actuar conforme a él?— . Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos «analistas», transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe imposible lo mismo que su práctica.

Enseñar y aprender es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Esta violencia, que en ocasiones es inevitable —instancias paternas e hijos—, no es sin la participación del que se coloca o es colocado como «aprendiz». Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. «Tú no sabes, déjanos ayudarte», «Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía». Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección de vida. Acaso «es» dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque andan en las alturas, los sentimos muy próximos. Algo nos dicen con sus vidas y actos que no tiene que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con el ejercicio de una violencia sobre otros.

Messer y el Yeti
Reinhold Messner y el Yeti por Matteo Paolelli

A propósito de la frase aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos —imposible no aprender como imposible aprender—. Jacques Derrida, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: «No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte»[18]. No dejó de señalar además su preferencia por las paradojas y las aporías. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su «método», la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni más explicaciones, esos son puntos de encuentro con Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

No dejarse morir y aprender a vivir —o aprender a morir— es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura, escribe: «I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity» [Siempre hice un testamento antes de salir de expedición: sabía que podía morir, pero lucharía como un león para que eso no sucediera. Si tuviese que quedarme en casa para siempre porque es peligroso ir a las montañas, no sería quien soy. Necesito esta actividad][19]. En contra del riesgo absurdo y la aventura estúpida, declara: «The real art of climbing is to come home safely» [El verdadero arte de la escalada es regresar a casa a salvo][20]. Y en relación con aprender por uno mismo, declara a propósito de sus logros en solitario: «I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone» [Viajé solo porque necesitaba saber si era capaz de realizarlo por mí mismo][21]. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, amarse en soledad: en estos puntos no vemos diferencia entre el filósofo que amó la lengua francesa tanto como la vida y el alpinista italiano, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos acaso considerarlos como «ejemplos de vida». Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron ¡porque nosotros no somos alpinistas de altura!, pero sí somos sujetos deseantes.

El Aforismo 260 de El caminante y su sombra[22] deja muy en claro que seguir a alguien, tan cerca o pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de anhelo. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por y para sus formulaciones —la honra no viene de expresar acuerdo, pues coloca a un mismo nivel—. Consentirle en todo le haría preguntarse en qué ha «fallado» al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo. Sin embargo, quizá en un inicio sí sea necesaria. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir —¡necesitamos un punto de partida!—, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser —no queremos ser— Vladimir y Estragon Esperando a Godot[23] hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

El viajero y su sombra también nos hablan sobre sus «instrucciones» o «secretos para vivir». Esta vez siguiendo el final del Aforismo 266 en que escribe que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida y superáramos mucho aburrimiento; aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello; aun así «ni siquiera entonces uno es maestro en el propio arte de vivir —pero al menos es dueño del propio taller»[24]. De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, guía, voluntad y, sobre todo, saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, y permanecer así. Seguir al caminante tan cerca y ser su sombra es negarse la aventura y el riesgo de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida —y salir de expedición— con los propios recursos. En otras palabras, aprender o enseñar a vivir es una experiencia de lo imposible, pero a la vez necesaria. Sentencia el caminante: «Para llegar a ser sabios hay que querer vivir determinadas vivencias, es decir, tirarse a sus fauces. Es muy peligroso, sin duda; más de un ‘sabio’ ha sido devorado así»[25].

De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado «razonablemente», ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos —¿queda claro que no son suicidas, que el verdadero triunfo y conquista es volver a casa sano y salvo?—. De haber seguido las «indicaciones», «instrucciones» y «consejos» de otros para «vivir», ni siquiera tendríamos noticia de su existencia. Pareciera que llega un momento en la vida en que pensar demasiado o pensarlo todo, impide vivir; pensar puede llegar a ser un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien, si hacemos caso a Freud. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones: el cuerpo y el deseo.

Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un fármaco para la existencia. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ídolo, un padre, un Godot. O quizá sí lo sea, una mentira útil. Como no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido y en soledad, para intentar descifrar esa incógnita sobre la vida y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo «construya», lo «descubra», o se «encuentre» con él. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

Un colega[26] nos comentó hace algunos meses —no sin cierto aire de desprecio, autoridad y «sabiduría»— que aquellos que realizan estas prácticas riesgosas, como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de «sublimación» de un «impulso suicida». O simplemente buscan la fama —tampoco están excluidos, seguramente los hay—. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor y actividad opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando «inconscientemente» morir. Al escuchar su comentario no pudimos evitar sentir cierta censura sobre aquellos personajes que ya mencionamos —Messner, Terray, Rébuffat—. Desde esa perspectiva reduccionista, todo queda muy claro y resuelto, se arriesgan demasiado porque buscan, sin saberlo, la muerte. Según este colega, o siguiendo más bien la «lógica» de su comentario, el «riesgo» debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo, parece algo «incorrecto» ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso nos suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad y multiplicidad de sus posibilidades. Amar, conservar y superar la vida, aunque para eso puede que uno tenga que morir —es una posibilidad—.

Se nos puede reprochar lo siguiente: «Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, otros han dicho y muchos han repetido. Incluso son los ‘ánimos’ que cualquiera puede dar y los encontramos cotidianamente» —¿por qué resulta una necesidad cotidiana tener que animarnos a vivir y resistir la muerte o a la tentación del suicidio?—. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo habían señalado, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de «ánimos» o no sale de una motivación común, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestro sentir y pensar. De esa simplicidad ingenua y cotidiana hemos querido distanciarnos: «La montaña es una metáfora de la vida», nada nuevo. Bueno, por más que lo sepan, quizá sea que sus montañas son más bien pequeñas colinas o incluso llanuras.

Quizá lo importante no sea que decir, sino cómo lo decimos o cómo llegamos a ello, cuál ha sido «el» camino recorrido. Vamos nuevamente a las montañas, esos «accidentes geográficos» que en ocasiones hacen metáfora de la vida y del pensamiento. Prácticamente cualquiera que cuente con los recursos necesarios —tiempo y dinero principalmente— puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura o de viajes que esté dispuesta a llevar a sus clientes. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es llegar a la cima, no vemos mayores problemas —nótese que no decimos conquistar la cumbre—. Pero si se trata del cómo, eso sí que es interesante. Reinhold Messner y Peter Habeler fueron los primeros en conquistar la cumbre del Everest sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la zona de la muerte, alturas donde el aire es sumamente ligero y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno artificial, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días —los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes— con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander —y ni siquiera estos se han salvado de la crítica tampoco, pues han hecho de la montaña nada más que una mera pista de velocidad—. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que el final es el mismo: que lo importante es llegar a la cima. No podría más que causarnos risa: no, no es lo mismo llegar a la cumbre que conquistarla.

No confundamos la meta con el camino. Y esto no significa ningún tipo de desprecio hacia la meta ni la hace menos. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, vamos a morir, aunque la mayor parte del tiempo no nos guste pensar en esto. Pero sólo algunos, como estos personajes, hicieron de su vida una «obra de arte». Existe un final común, y algunas vidas se quedan en esto último —¿que si tenemos algo en contra de eso? Si seguimos a Zaratustra, sí—. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llegamos a la muerte: descifrarlo en el sentido de inventarlo, arriesgando y experimentando, y no en el sentido de que ya existe un texto establecido que hay que traducir. O hacer del desciframiento el camino mismo —precisamente, de la experimentación—. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida, pues la muerte ya está «ganada».

Iniciamos este ensayo con el «nihilista» de Turín, así que terminemos igualmente con él citando otro de sus aforismos, en este caso el número 322 del texto ya citado: «La segura perspectiva de la muerte podría mezclar en toda vida una exquisita y perfumada gota de ligereza —y en cambio vosotros, extravagantes almas de farmacéuticos, habéis hecho de ella una gota de veneno con mal sabor, ¡que vuelve repugnante la vida entera!»[27]. La muerte no es enfermedad de la vida, como pretenden algunos predicadores del fatalismo; por el contrario, es su motor. Queriendo curar la vida, esos «farmacéuticos» no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, o de que Godot llegue, o mejor aún, de que la muerte se los lleve. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que lo consume. Dicen que «valdrá la pena la espera y el sacrificio» porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos del más allá, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda —Joaquín Sabina—, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida «un poquito». Porque un instante bastará —quizá— para justificar toda una vida.


[1] Véase el parágrafo 4 de los Pre-textos a Zaratustra de esta tesis: «Escribir quiere decir injertar».

[2] Messner, R. (2014). Reinhold Messner: My Life at the Limit (T. Carruthers, Trad.) Mountaineers Books.

[3] Ibídem, p.48.

[4] Ídem.

[5] El Piolet de oro es un premio anual otorgado desde 1991 por un jurado francés para destacar los hitos y/o trayectorias dentro del alpinismo de altura.

[6] Ibídem, p.199.

[7] Terray, L. (2001). Conquistadors of the useless (G. Sutton, Trad.) Mountaineers Books.

[8] Ibídem, p.47.

[9] La Orden Nacional de la Legión de Honor es la más prestigiosa de las distinciones francesas y fue establecida por Napoleón I de Francia en 1804; se concede a hombres y mujeres, franceses o extranjeros, por méritos extraordinarios realizados dentro del ámbito civil o militar en ese país.

[10] Lacan, J. (1968). Seminario XV – El acto analítico. Psikolibro.

[11] Messner (2014), p.83.

[12] Ibídem, p.84.

[13] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo (S. Hazan, Trad.). Paradiso.

[14] Véase por ejemplo Estoy en guerra contra mí mismo; entrevista que le hicieron semanas antes de su muerte. Fue una conversación con Jean Brinbaum y publicada por Le Monde el 19 de agosto de 2004. Existen varias versiones en Internet donde se puede consultar dicha entrevista.

[15] Lacan, J. (2009). La dirección de la cura y los principios de su poder en Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 2). Siglo XXI.

[16] Freud, S. (1991h). Análisis terminable e interminable en Obras Completas – Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis y otras obras: Vol. XXIII (1937-1939) (2a edición) Amorrortu, p.249.

[17] Un mundo feliz de Aldous Huxley nos presenta existentes «humanos» que no desean más allá de lo que se les ha condicionado antes de nacer: trabajo, estilo de vida, nivel social, etc. Y son felices con eso, pues son capaces de ver la «felicidad» de su vecino y no sentir envidia por ello; al contrario, les resulta despreciable. En 1984 de George Orwell la policía del pensamiento se encarga de vigilar absolutamente todo lo que hace, dice, siente y piensa la población; la finalidad detrás de esto es ejercer y preservar el poder. Esta vigilancia por parte del Gran Hermano llega a prohibir expresiones y vínculos afectivos intensos como el «amor» que los protagonistas sienten; para poder vivir esto, deberán hallar la forma de sortear la censura y omnipresencia del Estado. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury nos presenta una sociedad hipnotizada por la televisión y un profundo rechazo por los libros: estos son peligrosos, pues llevan a pensar y preguntarse si las cosas podrían ser de otra manera. Los libros son perseguidos y quemados cuando se encuentran, tarea de la que se encarga el bombero y protagonista de la historia. En el contacto con otros personajes, se preguntará por el sentido de su tarea. Esto lo llevará a darle un giro radical a la manera en que había dirigido su existencia hasta ese momento.

[18] Véase la nota previamente citada en relación con la entrevista Estoy en guerra contra mí mismo.

[19] Green, G. (2016, febrero 12). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Climbing. https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[20] Ídem.

[21] Ídem.

[22] Nietzsche, F. (2014). El caminante y su sombra en Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.443.

[23] Beckett, S. (2015). Esperando a Godot. Tusquets.

[24] Nietzsche (2014), p.445.

[25] Ibídem, p.456.

[26] El mismo al que nos referimos en apartados anteriores. Aquí repetimos la anécdota pues en aquel entonces no existía una visión de conjuntar estos trabajos o ideas en un sólo texto.

[27] Ibídem, p.460.

Resistencias e insistencias

Las grandes actividades espirituales, enfermizas en tanto que están dominadas por un solo pensamiento; falta de espontaneidad —una especie de hipnotismo. Enervan y debilitan la voluntad en otras circunstancias. En la obediencia ¿acaso con frecuencia no se trata de una especie de hipnotismo?

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis) de la «tesis» Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, presentada en el Colegio de Saberes en el 2021]

Zaratustra, reconocer que habías sido un nihilista, un docto, un decadente, en suma, que habías sido y pasado por todo eso contra lo que después dirigiste tu enseñanza, y que, además, después de esta, estabas sumamente decepcionado, que te dejaste engañar y caíste en tu última tentación, y creíste que habías encontrado a los hombres superiores, todo esto, quizá por eso, es que te amamos más. Por eso te viste en la necesidad de partir nuevamente. ¿Será que lo sabías desde el inicio, cuando dijiste a los reyes que subieron a tu montaña que cargaban con una sombra muy peligrosa, la de la idolatría, la sombra de su dios muerto? Lo sospechabas, quizá estabas seguro, aun así, los invitaste a tu cueva, a lo más profundo de tus alturas, a la parte más oscura de ti mismo: Humano, demasiado humano. Si sabías que no era posible, que era muy pronto para la llegada de esos hombres superiores, ¿por qué los aceptaste, por qué los invitaste? Tuviste que partir y no supimos más de ti. Tú no resucitaste, acaso nos dejaste tu sombra y enseñanza: sabes también lo que ya pasó una vez: tuviste que volver con tus hermanos porque tu enseñanza se había desvirtuado. ¿Es que la transmisión y la enseñanza son imposibles? Sí, haciendo caso a «el padre» del psicoanálisis en sus tres imposibles: la educación, la política y el psicoanálisis. ¿Qué hay de la escritura, es posible? ¿Y el Übermensch y el eterno retorno? En cuanto a lo segundo no nos fue posible por ahora, nos vimos en la necesidad de redimirnos de ese pasado, violentamos algunos textos, algunas memorias y recuerdos. Claro que tiene su sentido hurgar en el «pasado», aquí estamos, ya sin ti Zaratustra: ¿a dónde te has ido? ¿volverás? ¿Algún «tipo Zaratustra» retornará? ¿Habrá aún hombres «excepcionales»: árboles enormes que se elevan por encima de otros, para lo cual necesitan profundas raíces? ¿Cuál es el río que nos lleva hacia el mar que eres? ¿Dónde están esas nuevas montañas que no pululen de gente? Volviste a tu patria multicolor, tu soledad, porque sólo así puedes amarte a ti mismo, porque sólo así no sales corriendo a amar a tu prójimo para compadecerlo por su sufrimiento; porque de algo estamos seguros, que todo esto lo hiciste por amor, pero un amor como el del gran astro: ¿quién ha sido capaz de recibir tu abundancia y bendecirte por eso?

Nietzsche en escultura por Max Klein
Escultura de Friedrich Nietzsche por Max Klein

Pensar en el Otro es pensarnos a nosotros mismos. Durante el coloquio previamente citado también presentamos la reseña* de un texto que estrenaba una nueva edición, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias[1]. Uno de los autores estuvo presente, mientras que el segundo nos regaló el inestimable e imborrable recuerdo de su ausencia. Nuevamente las referencias a las Consideraciones Intempestivas II[2] y Espectros de Marx[3] están presentes, de inicio a fin. Vamos a decirlo de manera más explícita: durante la presentación de nuestro trabajo, desde sus inicios, señalamos que, para poder leer un texto psicoanalítico, existía un filósofo que podría darnos una cifra de lectura. En otras palabras, habíamos desplazado el psicoanálisis a segundo término, digamos que habíamos encontrado una nueva, diferente y refrescante vía para poder pensar: el encuentro con Jacques Derrida. Aún más claros: en ese entonces no es que el psicoanálisis se viera desplazado para nosotros, se trataba de «confirmar» que otros autores decían cosas que el psicoanálisis ya había formulado, adelantado o dejado señalado. «¡Claro, eso ya lo había dicho Freud, sí, justo también como lo dejó señalado Lacan, pero a ninguno de los dos les dio tiempo desarrollarlo!». Cosas por este estilo. Entiéndase que aquí también vendrían algunos psicoanalistas a decirnos no, que no es posible que ellos hayan dicho o señalado todo, que eso de las totalidades ni siquiera es posible. Pero no hacen como dicen: hagan como decimos, pero no como actuamos; hagan como les hemos enseñado, pero no hagan como nos hemos expresado. Por eso, nuevamente de la pluma de Derrida, el texto Escoger su herencia[4] habría de tener repercusiones importantes en nuestro pensamiento. Repetición, fidelidad, lealtad, pero también ruptura, infidelidad, traición: así es como quizá se puede ser más fiel a un texto o a un autor. Nosotros sólo nos habíamos quedado en lo primero, en un «amor» ciego e incuestionable hacia nuestros maestros, y a los maestros de estos. Y aquí también señalamos: curiosamente, por paradójico que parezca, hemos encontrado un amor y respeto más elevados hacia ellos, y hacia otros, una vez que se nos cayeron, una vez que pudimos desacralizarlos. Y en relación con esto último, un nombre se coló nuevamente en nuestro trabajo, Clément Rosset, al que quizá no hemos reconocido como se debiera en el transcurso de todos estos trabajos; valga este mínimo señalamiento como un mínimo intento de aquello que no haremos en el resto de esta «tesis».

Todo esto quizá para despachar a nuestros antiguos maestros, y a sus maestros, y a nuestros hermanos discípulos. Despacharlos y ubicarlos en su «justa» dimensión por imposible que sea: «La justicia es una experiencia de lo imposible. Una voluntad, un deseo, una exigencia de justicia cuya estructura no fuera una experiencia de la aporía, no tendría ninguna posibilidad de ser lo que es, a saber, una justa apelación a la justicia»[5]. Y no logramos descifrar qué es lo que ha pasado, a qué nos hay llevado tal ocaso: lo que podemos decir es que ya no podemos pensar ni creer ni pensar siguiendo por el mismo camino; o, mejor dicho, que nuestra creencia y «razón» ya no puede ser sin la mentira que conllevan: ¡por más argumentos que nos den, por más evidencias que nos muestren! Quizá es eso lo que nos duele actualmente, no quisiéramos que Nietzsche ni Zaratustra pasen a ser historia en nuestra vida, que sean un grato recuerdo o que nos veamos rememorando en unos años estos escritos como «errores útiles» que ya han quedado «superados». ¡Claro, tememos una relación como aquella que teníamos con el psicoanálisis! —Pero ¿dónde están esos «maestros» nietzscheanos? ¿Dónde están los grupos de estudio y los cursos de «formación» en filosofía nietzscheana?— Nos resistíamos, y ello resistía e insistía. ¡Claro, todo placer quiere eternidad! ¡Una y otra vez! ¡El anillo del eterno retorno! No descartamos que alguna vez volvamos al psicoanálisis, porque toda afirmación de un instante afirma todos los instantes que lo antecedieron. Pero no nos adelantemos en este tema aún, porque todavía quedan otras batallas que los idólatras que existen en nosotros libraron contra nuestro «amigo» Nietzsche.

Dejamos el texto intacto, lo que nos lleva a pensar por lo menos dos cosas: 1) que la fuerza de la afirmación así lo quise, lo quiero y lo querré consigue, por instantes, la victoria sobre el espíritu de venganza; 2) que estamos ubicados en los momentos finales de nuestra religiosidad psicoanalítica: está moribunda, por lo que no es necesario empujar lo que irremediablemente está a punto de caer. ¿Y si se trata de ambas, y si son más de las que somos capaces de expresar y formular aquí? Qué tal una tercera y cuarta: 3) que a partir de este momento —siguiendo la temporalidad de la narrativa— Zaratustra empieza a tener mayor relevancia sobre todo esto; 4) que al inicio no era Zaratustra el foco de nuestro interés, sino el tema de la ligereza: nuestro lema no era ser libres, sino ser ligeros. ¡Efectivamente, el psicoanálisis se había convertido en una carga! ¡Un gran pesar que cargábamos con orgullo! ¿Qué es más pesado que el psicoanálisis? ¡Vamos, estoy dispuesto a cargarlo! Ya no. Y si alguien viniese y nos dijera: «¡Ven! ¡Hay otra opción! Se trata de un psicoanálisis que no sólo es verborrea, charlatanería, habladuría y demás. Es un psicoanálisis del sur que tiene un proyecto de investigación claro y definido, donde todos somos iguales y nos reconocemos como investigadores. Es un proyecto científico que no hace más que ser fiel a las intenciones e indicaciones tanto de Freud como de Lacan, y se aleja por tanto de esos freudolacanianos o psicoanalistas a los que ya no les importa si nuestra disciplina es una ciencia o no, y que con ello sólo terminan por desprestigiar aún más nuestra práctica. El proyecto de Lacan se insertaba dentro del Proyecto de la Luces, más claro no puede ser». —¿Qué estás diciendo, que un nuevo burro ha llegado a la ciudad? —¡Sí!—.

Al inicio de nuestra presentación propusimos una lectura del texto mencionado atravesada por la cifra aprender a vivir del Exordio de Espectros de Marx. «Momento. Nosotros, los nuevos psicoanalistas científicos, no estamos de acuerdo en aquello que dicen los freudolacanianos: cada uno su lectura de los textos; no nos parece adecuado, mucho menos acorde con la ciencia». Para nosotros representó un problema resolver este asunto de «cada quién su lectura», pues a pesar de que coincidimos con dicha consigna, al mismo tiempo no podemos aceptar cualquier lectura, y esto no nos pone del lado de la ciencia. Dicho problema se incrementó aún más cuando nos adentramos en los textos derridianos y la «metodología» —estrategia— deconstructiva. Era posible escribir prácticamente cualquier cosa y de la manera que fuese, apelando a una especie de solipsismo: es tu lectura y tu escritura, es tu forma de interpretarlo y escribirlo. Una postura que nos acercaba a un relativismo radical y absurdo, a pesar de que sabíamos que los textos no podían tener un sentido último. Necesitábamos resolver dicha «contradicción» para poder continuar: puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra, pero no puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra. Y nos propusimos resolverla preguntándole precisamente a quien nos había metido en dicho problema —no, no fueron los psicoanalistas—. Encontramos una condición para poder escribir cualquier cosa: amar a los textos. Lo citamos: «Todos estos autores (se refiere a los pensadores parisinos de los setenta) parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo»[6]. La estrategia de trabajo consiste en «la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente»[7]. Un pensamiento de altura, como entonces lo designamos. Esto nos quedará más claro cuando tratemos el trabajo La máquina de suposiciones de Lacan, en el que las preguntas y críticas que lanza al psicoanálisis lacaniano establecido a partir de los Escritos parten de la fidelidad a los propios textos.

Por ese entonces el psicoanálisis era para nosotros la única aproximación «seria» a la subjetividad: sólo él —único, redentor, iluminado, elegido— podría decirnos algo serio sobre las complejidades humanas, demasiado humanas —pero en ese entonces también ya se había introducido Nietzsche, demasiado Nietzsche— ¿qué, ahora estamos siendo partidarios de un nietzschenismo?—. «Ah, ya ves, despotricas contra el psicoanálisis, tus maestros y compañeros, pero no has hecho más que erigirte un nuevo dios, un nuevo ideal». Nuestros maestros nos parecían sumamente críticos de las psicoterapias —¿es que acaso ellos también venían librando sus batallas? ¿Que así como ellos tenían sus «deudas» pendientes con las psicoterapias, ahora nosotros las tenemos con el psicoanálisis? ¿Deuda? ¿Tótem y Tabú o De la genealogía de la moral?—, tachándolas de retórica —justo como hacen ahora los adeptos del psicoanálisis del sur contra estos freudolacanianos: les critican su falta de cientificismo, ¿o cientificidad?—, faltas de teoría, explicaciones, coherencia y consistencia, partidarias del discurso del amo, más aún, un discurso amo, adaptativo, violento y al servicio de fines ajenos al sujeto y al deseo. «Pobres terapeutas y pacientes, no saben, desconocen la fuerza y la eficacia del inconsciente; nosotros se los vamos a enseñar». «¿Es que nadie les ha hablado de la buena nueva del inconsciente?». Y Derrida se cuela de nuevo. ¿Por qué? ¿Por qué no podíamos permanecer leales a nuestros maestros, a los que nos habían instruido durante años, y al camino recorrido y el que se nos había señalado? Claro que aquí dirán que el psicoanálisis no señala ningún camino —¡y nosotros repetíamos ese saber!—, que al analizante no se le guía, aunque exista una dirección de la cura.

Nos descubrimos repetidores de un saber ya sabido —quizá eso es lo que intentó evitar Lacan cuando se propuso no repetirse cada semana—, que ya no sorprende, no nos sorprende, que hallamos estéril, que ha perdido su capacidad para crear. Un saber muy próximo a la caracterización que entonces hacíamos del Yo: autónomo, unificado, organizado, hedonista, controlado, dominado, privilegiado, animado, motivado, amo. Un saber exacerbado por el narcisismo. —«Momento. Por favor, no confundan al psicoanálisis con las psicoterapias, existen diferencias radicales, y aunque ambas aproximaciones tienen efectos terapéuticos, es claro que los psicoanalistas damos cuenta de nuestro saber de manera diferente, superior a la retórica de las psicoterapias»—.

No solamente fuimos repetidores de un saber ya sabido, trillado, vacío, hueco, moribundo, sino que nos descubrimos decadentes y predicadores de la muerte. Nuestro ejemplo en aquel entonces —el que utilizamos hacia el final de la presentación del libro, la película Punto de Quiebre[8]— estaba en sintonía con otra de las formulaciones que escuchábamos durante la transmisión y repetíamos sin reserva: el deseo puede llevar a la muerte —no estamos tan seguros de esto actualmente—. También nos servíamos de otros ejemplos por aquel entonces, como el de Mickey Rourke en El Luchador[9], o Emil Hes en Hacia rutas salvajes[10], donde ambos encontraron la muerte haciendo lo que «amaban» o «deseaban». Zaratustra también anuncia su ocaso, su descenso, va hacia él, ¡pero como condición para la llegada del Übermensch! Quizá esa sea una diferencia importante con aquellos ejemplos. Zaratustra quiere la desaparición del último hombre de la superficie de la tierra, es más, quiere que esos predicadores de la muerte sean congruentes con su enseñanza del más allá: que mueran de una vez, pues su desaparición es necesaria para una nueva especie y para el aligeramiento de la Tierra. ¿Y el caso de Antígona? ¿Tragedia, ética del deseo, «suicidio», decadencia? ¿Es necesario un para qué, Zaratustra, una meta? Nos es difícil resolver todo esto en este momento.

Encontramos más que religiosidad en aquella presentación: una nueva oleada de descalificaciones contra las «ignorantes» psicoterapias y sus practicantes: no saben de la transferencia, el engaño de la filantropía, la ética del deseo, los ideales irrealizables, la ambivalencia en la relación psicoterapéutica, etc., temas que son «tratados de forma clara en su crítica hacia las psicoterapias». Y más repetición de fórmulas psicoanalíticas que no tiene caso repetir aquí —¿de ahí la decepción de Jacques Lacan?—. Y unas conclusiones, cuando aún creíamos en ellas. ¿Cómo evitar nuestra «ingratitud» o «desagradecimiento» hacia nuestros maestros, los textos psicoanalíticos y con todo ese saber acumulado durante estos años? ¿Cómo escribir que a pesar de este tono beligerante existe un gran respeto y aprecio hacia todos ellos? «Se recompensa mal a un maestro si se es siempre ‘el discípulo’»[11]. ¿Cómo hizo Nietzsche con Schopenhauer o Wagner? Quizá esto nos acerca un poco más al entendimiento de aquellas palabras de Derrida sobre su estrategia de trabajo —y un poco al entendimiento de lo que hacemos, aunque por supuesto, sin la sofisticación del filósofo argelino—: «En ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento»[12], sino para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente. ¿Quiere decir esto que aceptaremos la invitación de los psicoanalistas científicos? No. No aceptaremos la invitación de estos «nuevos» psicoanalistas de prácticas antiquísimas, pero quizá aceptemos la invitación de los nuevos textos que son fieles y traicioneros a las herencias psicoanalíticas.


[1] Aguirre Espíndola, J. A., & Vega Simont, E. (2013). Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias. (2a edición) BUAP

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Escoger su herencia en Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.; 2a ed.) FCE

[5] Derrida, J. (2008). Fuerza de ley. El «fundamento místico de la autoridad» (A. Barberá & P. Peñalver, Trads.; 2a ed.) Tecnos

[6] Derrida & Roudinesco (2009), p.19.

[7] Ibídem, p.13.

[8] Core, E. (2015). Point break.

[9] Aronofsky, D. (2008). The Wrestler.

[10] Penn, S. (2007). Into the Wild.

[11] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.87.

[12] Derrida & Roudinesco (2009), p.15.

* Este trabajo ya fue compartido en este espacio y se puede consultar en la siguiente entrada: Del enfermo imaginario al médico a palos.

Injertos y explosiones

En cualquier invento lo esencial lo hace el azar, sólo que la mayoría de la gente no se encuentra con ese azar.

Dormir sin sueños —sería, para mí, el mal supremo. Llamo a todo saber último mi peligro supremo.

— Friedrich Nietzsche

«Escribir quiere decir injertar»[1]. Cada texto remite siempre a otros textos, se entrecruza continuamente con ellos, se injerta en ellos y a su vez se deja injertar por ellos, generando así otros textos, que a su vez se injertan y son injertados: un proceso de significación plural en un despliegue de constantes reenvíos significantes.

Un texto viene a injertarse en este preciso momento —momento final del trabajo anterior, El coraje de hacer historia—, un ensayo literario en cuyas notas al pie retornan algunas de las referencias anteriores: Freud, Nietzsche, Derrida. La «pertinencia» de la literatura ya ha quedado señalada, pero no «justificada» —y no pensamos hacerlo por el momento—. Recordemos el Goethe de Nietzsche y el Hamlet de Shakespeare de Derrida. Aquí nuevamente aparecen los textos Consideraciones Intempestivas II[2] y el Exordio de Espectros de Marx[3] —y nuevamente insistimos en lo fuerte que nos convocaban esos textos que abrieron e inauguraron nuevas vías para nuestro pensamiento y que fueron un viento fresco entre tanta pestilencia psicoanalítica en la que nos estábamos pudriendo— como las ideas que «sostienen» este «análisis» de un sueño, el cual tuvo lugar la noche del 18 al 19 de abril de 2017, algunos meses después del Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Dos comentarios sobre el sueño de una bomba fue publicado en el número 12 de la revista literaria Espora – Microficción, poesía, ensayo, cuento,[4] del Departamento de Letras, Humanidades e Historia de la UDLAP en junio de 2017.

A diferencia del injerto anterior —El coraje de hacer historia—, aquí sí quisimos dejar el texto tal como se escribió y publicó, no sin añadir comentarios que operan como interrogantes que se nos plantean en este instante: ¿Cuál fue nuestro interés al momento de enviar nuestro trabajo a una revista literaria, más aún cuando los autores y las reflexiones que ahí vertimos provenían de un ambiente académico, es decir, de lo que en ese momento estábamos estudiando en la maestría? ¿Por qué no enviarlo a una revista «seria», o mejor aún, a una «indexada» —esa pequeña clave que le da «formalidad» a las publicaciones y las hace «oficiales»—? Nos es imposible responder a estas preguntas y no nos importa por ahora —quizá ya hemos respondido sin darnos cuenta; lo curioso en estos momentos es que nuestra curiosidad y ánimo se ha decantado más por las preguntas que por las respuestas—, y a diferencia del ensayo anterior aquí sí afirmamos: porque así lo quisimos, así lo queremos, y así lo querremos. No hay venganza contra este texto, ni contra su envío, ni contra su lugar o espacio de publicación. Esto no quiere decir que lo leamos sin esa extrañeza y desconocimiento que muchas veces nos atraviesa cuando volvemos sobre otros textos: nos avergonzamos y arrepentimos, no nos sentimos representados, no quisiéramos que nos confundieran y nos tomaran por eso que escribimos —Nietzsche contra Wagner, un asalto más, otro; nunca estuviste tranquilo en ese aspecto, siempre te siguió (asaltando) el fantasma de tu pasado, ¿por qué no pudiste redimirte de él?—; encontramos pocas líneas que nos resultan curiosas, uno que otro pensamiento o frase que rescatamos, pero hasta ahí: ¡cómo pudimos haber escrito eso! Por fortuna cada vez van perdiendo consistencia ciertas palabras que no hacen más que mortificar nuestro andar, por ejemplo: Yo o Subjetividad.

Freud y su psicoanálisis también tienen numerosas referencias literarias, mencionemos algunas —¿Qué produce la literatura que nuevamente nos lanza la interrogante: «¿y por qué recurren a mí, no tienen acaso ustedes sus propios recursos, por qué habrían de servirse de mí en diversas ocasiones, y no siempre como una mera comparación, analogía, ejemplo, etc.?»—: Sófocles, Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Jensen, Schelling, Hoffmann, Twain, etc. Habrá quien nos diga que tendríamos que valorar en su «justa» dimensión y peso qué tanto esas referencias resultaron importantes para Freud y la construcción de su propuesta, no vaya a ser que cuestionemos al genio creador. Nos dirán también que el marco de referencias era mucho más amplio ya que recurría a disciplinas como antropología, filosofía —a la cual desdeñaba por especulativa—, biología, física, medicina, entre otras. —«¿Qué buscan que no han encontrado ni se les ha dado en sus pensamientos académicos, científicos, lógicos, matemáticos, topológicos y demás?»—. Por cierto, a propósito de este interés por la literatura que nos arrastra y cada vez es más evidente, uno de los primeros textos que adquirimos en nuestras incursiones en el psicoanálisis lacaniano llevaba por título «casualmente» Lacan literario: la experiencia de la letra[5] de Jean-Michel Rabaté. Este autor propone que la literatura tiene una importante función clínica, y el lugar que le otorga Lacan es prominente dentro de su enseñanza: de Sófocles a Shakespeare, de Molière a Genet, de Racine a Sade y Claudel, de Gide a Duras, de Poe a Joyce, confirmando lo que Freud ya sabía, que el psicoanálisis está plenamente inmerso en ella. También nos dirán, en un intento de reducir su relevancia: «Sí, no pasa nada, mira, también existe un libro llamado Lacan con los filósofos[6], por lo que sus recursos e intereses eran mucho más amplios, incluso más numerosos que los de Freud: lingüística, antropología, matemática, lógica, física, psiquiatría, psicoanálisis, topología, lingüística, etc., por lo que la literatura pasa a ser uno más entre todos aquellos. Aunque exista ese libro sobre los filósofos no por ello su psicoanálisis es filosofía, al contrario, Lacan era un anti-filósofo». Puede ser. Simplemente no queríamos dejar de señalar que estos dos psicoanalistas tenían, entres sus múltiples y variados intereses, no pocas referencias literarias.

Comentarios sobre Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Quizá estas líneas deberían ir después del ensayo, pero algo nos sugiere que deben ir antes. Sobre el texto de aquel sueño, próximo a cumplir tres años, no tenemos más qué decir: no existe memoria en este instante sobre ninguna imagen o sensación en relación con los momentos previos y posteriores al sueño. Por otra parte, sí recordamos a la pequeña que nos hizo la adivinanza que se menciona en el escrito y nos preguntamos si continúa realizando ese tipo de juegos. Pero lo que llama nuestra atención de inicio, y quizá sobre el resto del texto, es la clara —clara y evidente sólo en este momento «actual», sólo por medio de esta lectura retroactiva— denostación hacia el psicoanálisis y su erudición que ya no tienen mucho qué decirnos. Aquí —y ahí en aquel entonces— coincidimos con Lacan, según leemos en el texto Mi enseñanza[7]: el psicoanálisis ya no sorprende a nadie, incluidos nosotros: todo mundo ya sabe hoy en día qué es el inconsciente. Ya no hay objeciones, se acepta, se reconoce, se le acepta. Y no pasa nada. Un Lacan que se jacta de no repetirse nunca ni en el mismo lugar. «Se piensa haber aceptado muchas otras cosas en paquete, a granel, gracias a lo cual todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben»[8]. Se acepta, se reconoce, se sabe del inconsciente, todo el mundo lo hace, salvo los psicoanalistas. Quizá el problema sea que saben demasiado:

— «El sueño figura o realiza de manera alucinatoria el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, justo como Freud lo descubrió».

— «La experiencia de la clínica psicoanalítica nos demuestra y comprueba que el sueño tiene su más potente impulso y motor en la sexualidad infantil».

— «El sueño es el guardián del dormir, gracias a él no despertamos durante la noche, al menos no siempre, pues existen las pesadillas o los sueños traumáticos; en estos la función del sueño se ha alterado y no puede cumplirse más, por lo que la persona despierta y a veces no querrá ir a dormir por temor a que se repitan estos sueños».

— «Es por los sueños traumáticos que Freud se ve precisado a revisar algunas de sus formulaciones sobre la dinámica psíquica, llegando a formular una de las propuestas que causaron mayor controversia: la pulsión de muerte».

— «Algunos dirán que el psicoanalista ya estaba viejo, que estaba decepcionado y pesimista por la guerra; también fue momento en que algunos de sus discípulos lo abandonaron, etc.».

— «Pero no importa lo que digan, la experiencia clínica siempre nos ha dado la razón».

Aunque, dicen, están a la espera del caso que les contradiga sus formulaciones, cosa que vemos bastante difícil, pues sabemos cuan bien se puede acomodar cualquier situación a sus formulaciones infalseables. Cuestiones así de pesadas e insoportables podríamos seguir escribiendo. Las conocemos, transitamos por ahí. Estábamos en guerra y no lo sabíamos. ¿Sería esa la bomba que estaba por explotar? ¿Sería esa la batalla que estaba por iniciar o terminar? ¿Qué es lo que iba a explotar?

— «La solución del sueño, es decir, su sentido, debe trabajarse y…» —.

Alto: ya no queremos sus respuestas, un extraño amor por las preguntas se instaló en nuestro pecho y no quiere partir. Dicho de otra manera, este ensayo es un no al psicoanálisis, o, mejor dicho, un no más. No más a su erudición y supuesto saber. Seamos más precisos, menos descuidados: no más a las pretensiones de erudición psicoanalítica, a esos pretendidos sabelotodos; claro que, si les preguntáramos o se les interrogara sobre esto, ¿alguno lo reconocería? —Ya conocemos algunas de sus respuestas: no se puede saber todo, qué es el todo, falta un significante, está la represión originaria, Freud decía que la historia del neurótico es una novela, la verdad tiene estructura de ficción, etc.—. Dicen que no, que no lo saben «todo», pero siempre tiene respuestas, que el saber es un semblante, sin embargo, nunca escuchamos a alguno reconocer su ignorancia. Una imagen, bastante atrevida y provocativa, nos viene en este momento: ¿recuerdan el papel de Willem Dafoe como psicólogo en la película Anticristo[9], como pareja de Charlotte Gainsbourg? Sí, ese tipo insoportable —y si no se le soporta ya se darán una idea del por qué— que creía tener todas las respuestas para lo que estaba experimentando su pareja, sus supuestas etapas del duelo y demás «teorías». ¿Qué pasó? Su mujer desbordó —le era imposible no hacerlo —su supuesto saber. Y aquí se nos injerta un texto más, Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[10] lanza la siguiente pregunta como una crítica al saber supuesto de las prácticas psi, poniendo en jaque a las autoridades que intervienen en nombre de la salud mental, el bienestar y la felicidad: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre, de esta mujer? El psicoanálisis —que muchos definen precisamente como una práctica— también es una práctica psi, y cada vez se nos parece más a esos saberes construidos y acabados que a un saber que potencie la vida y el pensamiento.

— «Mira, te voy a explicar: lo que pasa es que tú en este momento estás en transferencia con los textos nietzscheanos, así como lo estuviste en un momento con los textos de Freud, y seguramente después pasará algo parecido, irás a otros textos y autores, y así, porque el deseo es siempre insatisfecho».

— «Esto también ‘demuestra’ cómo el deseo es metonímico, se desplaza y el objeto nunca es el objeto del deseo inconsciente».

— «Es muy probable que te falte diván, ¿por qué no analizas esa relación que ahora tienes con Nietzsche o con Derrida?» —¿Y ustedes analizan su relación con Freud o Lacan?—

— «No, no, eso es diferente. Ahí se trata de la formación del analista».

Así es, ahora tenemos perspectiva —que no es lo mismo que decir tenemos otra perspectiva— de esto que escribimos hace casi tres años: a eso redujimos a los psicoanalistas —sin saberlo aún en aquel entonces—, a unos otros que podrían opinar y decir algo sobre nuestro sueño, analizarlo, pero que no nos interesaba más, aunque nos era imposible no hablar y formular desde la experiencia que ya nos había atravesado en el diván. ¡Caray, incluso nos sentíamos culpables de no actuar conforme a nuestro deseo inconsciente! ¿Y cómo se supone que se hace o lleva a cabo eso? No negamos ciertos efectos terapéuticos, perdurables incluso —más bien era su transmisión y difusión la que nos parecía sospechosa—. Y sobre esto que estamos escribiendo y pensando seguramente esos eruditos tendrán respuestas, pero nos las vamos a escribir esta vez. Bueno, sólo una más: esto que nos sucede puede pensarse en términos de resistencia y/o goce.

— «Espera. ¿Qué es todo esto que dices? ¿Con quién es el pique?».

Por qué preguntan con quién es el pique, para ustedes el pique siempre es con el padre, o con la instancia paterna, o con alguna de sus figuras: que si es odio y rechazo, se confirma su formulación sobre la rivalidad edípica; que si hay amor, entonces se trata de una inversión en lo contrario; y si no hay lo uno o lo otro entonces el conflicto se ha desplazado a otra representación debido al proceso represivo; nos dirán que queremos ocupar su lugar, que nuestros ataques están destinados a su borramiento o muerte, etc. O que el Otro está demasiado vivo, que sigue operando como omnisciente y omnipotente, y de ahí nuestra revuelta, nuestro desquite, nuestra venganza, que si acaso no sabemos que el Otro está castrado. ¿Qué falló en esa transmisión, enseñanza y práctica psicoanalítica? ¿Qué hay de la continua denostación y ataque hacia otras disciplinas, los ataques entre analistas —y continúan las guerras, a propósito de ese nuevo psicoanálisis del sur que poco a poco va incrementando sus filas de adeptos? Resulta fácil ver cómo el estilo beligerante y casi religioso se sigue repitiendo, un nuevo dios, una nueva guía, pero dicen que no es así—, los narcisismos exacerbados, «Aperturas» que más bien son cerrazones, la pretensión de saberlo todo y que no tienen nada más qué aprender, la arrogancia y la mentira, ¿Qué pasó con estos animales astutos que inventaron el conocimiento del inconsciente? Su insistencia en que «siempre» se producirán formaciones del inconsciente poniendo el énfasis en su dimensión padeciente, sufriente y lamentable; nunca escuchamos, por el contrario, alguien que reivindicara el chiste, la risa, la carcajada.

Al final siempre podrán decir que estamos resentidos o enojados, que nos fue «mal» en nuestro análisis o que es un desquite contra el psicoanálisis porque nuestro analista no respondió nunca a nuestra demanda de amor. Y aquí también podrán decir: «vean, nosotros no hemos dicho nada, todo ha sido dicho por él». Y así, sucesiva e indefinidamente. Qué cansado —y por momentos chistoso— nos resulta todo esto. El problema no es Freud o Lacan, ni su psicoanálisis o sus fórmulas. El problema son sus formulantes, sacerdotes e iglesias. Quizá eso era lo que explotó, lo que estaba por explotar, o lo que ya había explotado. J. V. Widmann acertó en su reseña titulada «El peligroso libro de Nietzsche», publicada en un periódico de Berna[11], sobre el texto Más allá del bien y del mal. Nietzsche fue dinamita: demolió a nuestros ídolos. Pero no íbamos a dejar que sucediera así de fácil: no eran unos ídolos cualesquiera, tenían su prestigio y fuerza; además los idólatras en nosotros no se dejarían vencer tan pronto.


[1] Véase el parágrafo 4 de nuestros Pre-textos a Zaratustra.

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Disponible en línea y recuperado el 30 de enero de 2020: https://issuu.com/webudlap/docs/espora12

[5] Rabaté, J.-M. (2006). Lacan literario: La experiencia de la letra. (A. Dilon, Trad.) Siglo XXI

[6] VV. AA. (1997) Lacan con los filósofos. (Colegio Internacional de Filosofía, ed.) Siglo XXI

[7] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós

[8] Ibídem, p.19.

[9] Von Trier, L. (2009). Anticristo

[10] Pereña, F. (2006). Soledad, pertenencia y transferencia. Síntesis.

[11] Citado por Kilian Lavernia Biescas en el Prefacio a Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.287.