El experimento nietzscheano de la escritura

Un texto permanece abierto a la interpretación, a las diversas lecturas e intervenciones que se puedan hacer desde y en él. En otras palabras, un texto no encuentra su sentido ni significación últimas. Sin embargo, se ha intentado hacer lo contrario en algunos casos: cerrar su sentido, pretendiendo que su significación, junto con la intención de su autor, independientemente del contexto y de la lengua, por ejemplo, son completamente transparentes o han sido esclarecidos lo suficiente para no tener más dudas. Por lo tanto, no resultarían necesarias otras o más interpretaciones, sobre todo si son contrarias a las «oficiales» —vale preguntarse si acaso no las interpretaciones oficiales tienen algo de político o son políticas— o las ponen en duda de alguna manera. La postura «oficial» —autorizada— pretende que esos textos sean resistentes al paso del tiempo y que su sentido permanezca inmutable: en todo tiempo y lugar resulta claro lo que en ellos está escrito, dicen. De aquí resulta evidente que si existe una defensa del sentido oficial —pretendidamente único— del texto, es porque esos textos han sido leídos desde otras perspectivas y se han producido significados diversos, incluso inesperados y hasta contrarios del texto original. Si un texto fuese declarado asunto cerrado, debiéndose leer junto con los comentarios, diccionarios y guías de lectura autorizados —¿por qué habrían de existir estos textos para leer un texto supuestamente claro?— para no errar en la interpretación, entonces no tendríamos nada más qué hacer ni qué escribir aquí. Aunque tal vez exageramos en esto último; sí habría todavía cosas aún por hacer y escribir. Por ejemplo podríamos hacer una nueva serie de comentarios afirmando la corrección —de adecuación— de esos comentarios, diccionarios y guías, que a su vez reforzarían la interpretación oficial; o también podríamos escribir y trabajar sobre cómo algunos han desviado y malinterpretado el sentido de los textos, haciendo caso omiso de la aclaración que ya se había realizado previamente, es decir, podríamos dedicarnos a denunciar a esos malos lectores e intérpretes, lo cual a su vez nuevamente reforzaría la versión oficial; incluso podríamos aventurarnos a una nueva interpretación, siempre y cuando se adecue y confirme lo ya dicho.

Nietzsche en sus últimos días por Tullio Pericoli
Friedrich Nietzsche por Tullio Pericoli

Ya que no pensamos hacer esto último —una «nueva» interpretación de lo ya dicho, considerar que el significado del texto ya ha sido descifrado y aclarado lo suficiente, que se ha logrado la traducción, etc.—, nos resulta necesario considerar que el significado de un texto, y añadimos también la escritura, nunca están concluidos. Decimos esto y de esta manera más allá de la finalidad práctica o útil que pueda representar para nosotros —por ejemplo, escribir, investigar, titularnos, divertirnos, etc.—. Ese más allá es resistir —o mejor dicho negarse— a la pretensión de que existe la verdad del texto, y a todas las demás pretensiones que de ahí se pudiesen derivar, por ejemplo: pretender que, al igual que se conoce la verdad, se puede conocer lo que el texto no dice; o pretender la verdad o falsedad sobre las intenciones del autor. ¿Y por qué resistir —negarse— a esto? Porque nos rehusamos a ser partícipes de esos intentos y formas de imposición —algunas veces tan reducidas y reduccionistas— de un sentido que pretende abarcarlo todo —en este caso todo un texto—. Resistir y negarse también en otro sentido: nosotros también «somos» textos, escritura y letra, y por lo tanto abiertos e inconclusos, leyéndonos, descifrándonos y reescribiéndonos indefinidamente. Así, todo discurso que pretende un significado preestablecido —acabado y cerrado— de cualquier texto supone también esa semejanza de sus lectores. Dicho de otra forma, pretende socavar la singularidad de los segundos en favor de los primeros; y que tanto los primeros como los segundos permanezcan siempre iguales y que no devengan más: que no acontezca más escritura ni interpretación.

Ahora bien, lo anterior viene al caso debido a nuestro interés en el texto Así habló Zaratustra[1] de Friedrich Nietzsche. Desde entonces la recepción de Zaratustra ha sido objeto de numerosas interpretaciones, traducciones, ediciones, revisiones, etc., y la obra de Nietzsche en general influyó en una de las generaciones más prolíficas de pensadores del siglo XX, como Walter Benjamin, Theodor Wiesengrund-Adorno, Sigmund Freud, Carl G. Jung, Martin Heidegger, Gilles Deleuze, Michel Foucault y Jacques Derrida, entre otros; y actualmente continúa ejerciendo su influjo y es objeto de numerosos estudios, algunos sumamente especializados. Independientemente del grado de especialización de nuestro trabajo, no podemos eludir la pregunta sobre cómo abordar este texto tan particular, y cuál es su relación con lo que escribimos anteriormente. Encontramos una contradicción que no resulta tan sencillo resolver: el texto está abierto prácticamente a cualquier interpretación —señalaremos un límite para esto más adelante— pero al mismo tiempo uno debe pasar por ciertos escritos que se han consolidado como los grandes textos sobre Nietzsche: por ejemplo, los diferentes Nietzsches de Heidegger, Deleuze, Derrida, Foucault, Vattimo, Colli, Montinari, etc. Quizá esta exigencia sólo sea una suposición de nuestra parte, y ojalá termine siendo sólo eso: pareciera que uno no puede volver al texto nietzscheano sin pasar antes por al menos uno de los autores mencionados. Que es imperativo saber qué dicen estos autores y sus textos —aunque no quepan en la investigación o ensayo— si uno quiere decir o escribir sobre cualquier tema de la obra nietzscheana. Una especie de requisito insostenible a nuestro parecer, como si en aquellos años en que se publicaron por primera vez las primeras ediciones de las obras de Nietzsche hubiese alguien que ya ofrecía sus comentarios y guías para ayudarnos en nuestras lecturas, para facilitarnos la compresión del texto. Nuestro interés es el texto nietzscheano, y no lo que otros dijeron acerca de él. De ninguna manera ignoramos a estos autores, ni pretendemos que nunca hemos leído o continuaremos leyendo sus Nietzsches, pero tampoco vamos a pretender que ya han dicho lo que nosotros tenemos por decir sobre Así habló Zaratustra —y para eso tendríamos que leerlos, qué tal que ya lo dijeron—, o que no recurriremos a otros autores para «guiarnos» en nuestra lectura, o que pretendemos plena «objetividad» en nuestra lectura: sería absurdo pensar en una lectura imparcial o pura, sin influencia de ideas anteriores.

Retomando el tema del abordaje del Zaratustra y para intentar responderlo, nos apoyaremos principalmente en los textos Nietzsche’s Thus Spoke Zarathustra[2] de Douglas Burnham y Martin Jesinghausen y The Nietzsche Dictionary[3] de Douglas Burnham. A fin de cuentas, sí recurrimos a otros, no a los «grandes pensadores», no a los «grandes textos».

Una escritura poco convencional

La vida de Friedrich Nietzsche fue tan poco convencional como su escritura. Más de una década antes de la publicación del Zaratustra, Nietzsche publica su primera obra titulada El nacimiento de la tragedia (1872), un texto donde las influencias de Richard Wagner y Arthur Shopenhauer son notorias, además de ser un manifiesto de la música de Wagner como la salvadora de la cultura alemana, y también de la europea. Sin embargo, según lo narran Burnham & Jesinghausen, este texto no fue lo que esperaban tanto la universidad como sus colegas pues no era propiamente un texto de filología académica, tampoco era —a pesar de la presencia de Schopenhauer— un libro de filosofía convencional. De hecho, nadie estaba seguro sobre qué era ese texto. Esta pequeña controversia traería como resultado que los círculos académicos de su tiempo le prestaran poca atención y seriedad a sus libros posteriores. Como sabemos, sus libros se vendieron modestamente o muy mal. Algo similar pasará con la publicación de Zaratustra, y es lo que queremos poner de relieve: ya desde su primer libro, la escritura de Nietzsche es difícil de clasificar, es decir, se muestra reacia a que se la defina por un género al cual podría pertenecer. Su escritura se muestra diferente a la de sus contemporáneos y predecesores, y con esto podemos señalar un antecedente de esa escritura tan particular que encontraremos en Zaratustra.

Siguiendo a Burnham & Jesinghausen, el problema del género del texto Zaratustra no es el único que se nos presenta, como sucedió con El nacimiento de la tragedia. Está también el problema de que no existen reglas o directrices preestablecidas sobre cómo leerlo, y finalmente la poca claridad sobre qué se supone que deberíamos hacer con él, más allá de descifrarlo como si fuese un crucigrama. Estas son las razones principales por las que resulta un texto difícil para cualquier lector. Otras razones pueden ser: que en general Nietzsche no utiliza un vocabulario técnico como Aristóteles o Kant —mucho menos en el Zaratustra—; que no siempre utilizó las mismas palabras o frases para referirse o designar conceptos, por ejemplo el Übermensch del Zaratustra bien puede pensarse como el filósofo del futuro en Más allá del bien y del mal; los conceptos son desarrollados o presentados a través del uso de imágenes y símbolos —y en esto el Zaratustra será el mejor ejemplo—; no se trata del Zaratustra histórico y no respeta los tiempos cronológicos de este; entre otras. Sin embargo, estas dificultades también nos abren posibilidades de lectura e interpretación del texto de Zaratustra, puesto que quedarían en suspenso, abiertas a la posibilidad una nueva escritura, de una interpretación más, de una referencia cruzada invisible hasta el momento, etc.

Llevando estas posibilidades al campo de nuestro interés, podemos decir entonces que, si Nietzsche rara vez utilizó las mismas palabras o frases para designar sus conceptos, esto nos da la posibilidad de rastrear y suponer —a través de referencias cruzadas— que esté hablando de algún tema —la ligereza en nuestro caso— sin tener que referirse a él de manera explícita: puede estar utilizando o sirviéndose de otras palabras, frases y recursos imaginativos o simbólicos para designarlo. Ya que no se trata de un vocabulario técnico en el que los conceptos están definidos y sus significados delimitados, existe la posibilidad de producir un sentido que acaso ni siquiera Nietzsche consideró. Nos resulta claro también que esta posibilidad puede interpretarse como la oportunidad de escribir lo que sea sobre el Zaratustra. Esta nueva dificultad —la de escribir lo que sea— habremos de despacharla más adelante, pues a pesar de esta afirmación, consideramos que no cualquier texto puede resultar de la lectura e interpretación de Zaratustra.

Para librar el problema del género, los autores optan por clasificar al Zaratustra dentro del género literario de la alegoría: «Zarathustra is an allegory. An allegory of how the history of morality and religion could and should have been, and indeed can and will be in the future» [Zaratustra es una alegoría. Una alegoría de cómo la historia de la mora y de la religión pudo y debió de haber sido, y sin duda sobre cómo puede ser y será en el futuro]. Una alegoría es la «representación de una cosa o de una idea abstracta por medio de un objeto que tiene con ella cierta relación real, convencional o creada por la imaginación»[4]; también es la «ficción en virtud de la cual un relato o una imagen representan o significan otra cosa diferente»[5]. La alegoría permite explicar, representar, transmitir y comunicar ideas o conceptos abstractos —por ejemplo la justicia, la fama, el esfuerzo heroico, el narcisismo, el tiempo divino, el despertar de la conciencia, etc.— a través de imágenes y/o narraciones que se sirven de los objetos, animales y en general de todo lo que nos rodea; es una imagen de lo que no tiene imagen, hace visible lo abstracto; funciona por medio de la semejanza y la asociación, en ausencia de las explicaciones racionales. Así habló Zaratustra es una alegoría de cómo la historia de la moral y la religión pudo y debió haber sido, y sin duda, de cómo será en el futuro; sin embargo, la alegoría no se limitará a esta historia de la moral, sino que se extenderá a otras ideas.

Son varios los temas que encontramos en el texto. Sin embargo, se han reconocido principalmente cuatro ideas filosóficas: la voluntad de poder, la muerte de dios, el eterno retorno y el Übermensch. Y este último nos servirá para ejemplificar, siguiendo a Burnham & Jesinghausen, cómo la alegoría no se limita a la mera historia de la moral y la religión, sino que sirve también para comunicarnos otros temas: «The overhuman is an allegory of that form of human life that has ‘cleansed’ itself, in body and spirit, of Platonism and Christianity, understood itself and the world through the notion of will to power» [El Übermensch es una alegoría de la forma humana que se ha purificado, en cuerpo y espíritu, del platonismo y el cristianismo, y se ha comprendido a sí mismo y al mundo a través de la noción de voluntad de poder]. El texto Zaratustra y las ideas en él son alegorías, por lo que se requiere de una interpretación de los símbolos que encontramos a lo largo de todo el texto; es más, el personaje Zaratustra es la alegoría central dentro de esta alegoría narrativa cuyo sentido debe ser producido[6].

Tenemos entonces los grandes temas del Zaratustra, los más obvios, evidentes, investigados, trabajados y comentados. Es un texto que esboza la dirección que tomará el pensamiento nietzscheano posteriormente, conteniendo mucho del material que utilizará en sus proyectos posteriores, aunque no todo fue utilizado. En adelante Nietzsche siempre estará retornando una y otra vez a su Zaratustra, recordándolo, utilizándolo como epígrafe, reproduciendo algunos cantos y poemas o exponiendo sus ideas en una forma diferente. Y también están los otros temas, el resto de las ideas, los poco desarrollados, los marginales, los mencionados de paso, los que no se retomaron más, etc., por ejemplo, guerra, política, cuerpo, instintos, creación, superación de sí mismo, compasión, sabiduría, soledad, pesadez y por supuesto, el que más nos interesa en este momento, la ligereza. Todos estos temas no alcanzaron la notoriedad de sus pares más difundidos. Nuestro trabajo entonces parte del siguiente lugar: rechazar lo que suele darse por obvio, que, a mayor difusión de un tema, crece en igual medida su importancia y relevancia. Nuestra tesis: que un tema marginal, mencionado al paso, en este caso la ligereza, resulta de gran importancia, ya sea al par o por encima de los «grandes temas».

Una escritura experimental

Más allá, o, mejor dicho, más acá, antes de las alegorías, los grandes y pequeños temas, los personajes y simbolismos del texto, de Zaratustra como la alegoría principal, etc.; antes de todo eso, tenemos en primer lugar la escritura como el elemento más importante, el protagonista, según Burnham & Jesinghausen. Ya mencionamos la dificultad por la que atravesaron por lo menos dos textos de Nietzsche durante su recepción, El nacimiento de la tragedia y Así habló Zaratustra: no se sabía dónde ubicarlos, qué eran ni cómo leerlos ni qué hacer con ellos. Pero acaso el problema no sólo se correspondía con el género del texto sino con la escritura que su autor estaba experimentando. Dicho de otro modo, el problema no radicaba en que no existiese la clasificación adecuada para la obra, o que incluso inaugurara un nuevo tipo de género, sino que la escritura que Nietzsche se aventuró a producir —o experimentar— resultaba intempestiva; fue, como muchas de sus ideas, prematura y por lo tanto poco comprensible para la mayoría de sus contemporáneos. Trataremos de explicar en qué consistió esta escritura experimental siguiendo a los autores.

1. No existe frase que no contenga al menos uno de los cuatro «juegos» textuales siguientes: a) Alusión: «figura retórica que consiste en designar una cosa mediante otra que tiene con ella una relación conocida por el que habla y los que escuchan o leen»; b) Sátira: «discurso, escrito o dicho en que se ridiculiza algo o a alguien»; c) Simbolismo: «corriente artística, y particularmente poética, surgida en Francia a fines del siglo XIX como reacción contra el naturalismo; se caracteriza por la sutileza de la expresión y el designio de sugerir las cosas mediante imágenes»; y d) Alegoría, que ya hemos definido anteriormente[7].

2. Nietzsche es un experto para «esconder» sus fuentes y referencias: juega a las escondidillas, por lo que resulta imposible reconocerlas o ubicarlas. Baste por el momento recordar el caso de las dos traducciones más dedicadas de Zaratustra al español, la de Andrés Sánchez Pascual para la editorial Alianza y la de Alejandro Martin Navarro para la editorial Tecnos. La primera, con más de veinte reimpresiones y diversas ediciones a lo largo de casi cincuenta años, contiene uno de los aparatos críticos más ricos que hemos encontrado en cualquier libro. En sus 597 notas se nos ofrece: referencias a otros textos de Nietzsche; referencias cruzadas dentro del Zaratustra; referencias a otros libros —como los diversos Evangelios—; alusiones y simbolismos sobre diversos temas; paráfrasis y reminiscencias que Nietzsche utiliza; las modificaciones de sentido de los textos originales; breves explicaciones de algunas parodias e ironías presentes en el Zaratustra; aclaración y multivocidad de los términos en alemán; etc. En síntesis, un trabajo impresionante e imprescindible para la lectura del texto[8]. La segunda, apenas en su primera edición en 2016, no podía menos que considerar y mejorar el trabajo anterior. Lo mejor de todo esto es que el texto está ahí para seguir siendo descifrado en todos estos y muchos otros sentidos.

(¿Hasta dónde tendríamos que citar en nuestros textos todo lo que sabemos y nos ha sido transmitido? ¿Cuál sería el límite para dar cuenta de dónde hemos partido y desde dónde estamos escribiendo? Más aún, ¿podemos saberlo, somos tan claros para nosotros mismos y luego para otros? ¿Se nos podría reclamar por no decir ese todo que además desconocemos? ¿Tendríamos que citar a nuestros abuelos, padres, tíos, compañeritos del preescolar, las maestras de primaria, etc.?)

3. Una simple frase representa el trabajo de muchas páginas. Unas cuantas líneas de texto del bastan para abarcar páginas enteras de análisis debido a la condensación y el desplazamiento que operaron durante la escritura. En el Crepúsculo de los ídolos la ambición de Nietzsche va más allá de unas páginas: «El aforismo, la sentencia, en los que yo soy maestro, el primero entre alemanes, son las formas de la ‘eternidad’; mi ambición es decir en diez frases lo que todos los demás dicen en un libro, —lo que todos los demás no dicen en un libro». Por obvias razones no incluimos ningún ejemplo aquí.

4. Todo tiene un significado y en ocasiones más de uno. Esto resulta bastante obvio tratándose de una alegoría. Es más, sin recurrir a ella, podríamos decir que lo raro y curioso sería que un elemento tuviese sólo un significado en el texto; es decir, que operara como signo o simbolismo directos, por ejemplo, que existiesen sentidos unívocos para el sol, el mediodía, las montañas, el mar, la serpiente, el niño, la caverna, etc. No sucede así puesto que cada elemento, construido alegóricamente, debe ser entendido en la variedad de contextos y formas que Nietzsche utiliza. Consideremos por ejemplo a los hombres superiores que Zaratustra espera y los «hombres superiores» que llegan a su montaña y entran en su caverna: Zaratustra, sumamente decepcionado, se enfurece con los segundos y les dice que no son ellos los hombres superiores que él esperaba. Otro ejemplo —que intentaremos demostrar durante nuestro trabajo de tesis— es que el espíritu de la pesadez pasa de ser un archienemigo de Zaratustra a ser su íntimo amigo. El significado debe ser construido a partir de los variados, y no siempre consistentes, elementos presentes en el texto, considerando al mismo tiempo que esa presencia puede estar «escondida», según lo mencionamos en el punto anterior.

5. Parte de esta escritura experimental radica en el intento de representar «a whole system of philosophical ideas by linking them together in allegorical form —and not just ‘represent’, but make the allegory part of the force of the writing that encourages transformation in the reader» [un sistema de ideas filosóficas articuladas alegóricamente —y no sólo ‘representar’ esas ideas de forma alegórica, sino hacer de esta misma parte de la fuerza del escritor que anime la transformación del lector]. Y no sólo eso, pues a través de esta alegoría Nietzsche lleva a cabo una crítica histórica del pasado, la cultura alemana y del mundo contemporáneo, que a su vez llevó a nuevas ideas y formas de expresión simbólica. Todavía más, a esa crítica, como puede leerse en otros textos aparte del Zaratustra, siempre le contrapuso una afirmación radical del futuro y de una nueva especie de existente humano. Sin embargo, Zaratustra permanecerá como el más impaciente de los textos nietzscheanos al evocar la intensidad de un cambio revolucionario.

6. La musicalización de la escritura que difícilmente podríamos apreciar en las traducciones al español, o en cualquier otra lengua fuera del alemán; como sea, un ingrediente más en este experimento que muestra un interés no sólo por la forma y contenido, sino también por su ritmo.

7. El «montaje» como forma de organización narrativa que Nietzsche realizó en el momento de darle una secuencia a los segmentos discontinuos del texto. Esta es una característica que, de acuerdo con los autores, enlaza el trabajo de Nietzsche con el de Bertolt Brecht y su Teatro Épico. Otra característica, que bien podría añadirse a este listado de escritura experimental en un punto aparte, es la idea de rendering strange como parte de la «metodología» alegórica de Nietzsche, y que consiste en sacar a los objetos o personas de sus contextos convencionales o históricos para volverlos extraños, justo como sucede con Zaratustra.

8. Una última consideración sobre esta escritura experimental, y que los autores no mencionan, es su relación afín con la filosofía experimental del propio Nietzsche, mejor aún, es una muestra de esa forma de filosofar de la que ya había hablado un par de años antes en Aurora (1881): «Somos experimentos: ¡seámoslo por voluntad propia!» (trad. alt. «Somos experimentos. ¡Tengamos el valor de serlo!»).

Por estas razones —los juegos textuales, las referencias «ocultas», la condensación de los aforismos y las sentencias, la multivocidad de los elementos de la narración alegórica, las ideas filosóficas y las críticas a la cultura, el ritmo de la escritura, el «montaje» del texto y el rendering strange y la filosofía experimental, y muchas otras que no consideramos aquí— es que Así habló Zaratustra se encuentra entre los textos más vanguardistas del siglo XIX. Para Burnham & Jesinghausen el Zaratustra inició el siglo XX doscientos años antes; estaba adelantado a su tiempo como trabajo filosófico y escritura experimental. Después del Zaratustra Nietzsche volvió a una escritura más convencional, similar a la que había utilizado al largo de la década de 1870; por esto el Zaratustra también es único, pues Nietzsche no volvió a esa forma de escritura que utilizó en su libro más querido.

Otros experimentos

Ahora nos toca jugar y experimentar escrituralmente con el texto en vez de intentar explicarlo. El hecho de considerar que es posible una lectura «neutral» del Zaratustra resulta sumamente inadecuado. Y aquí nos encontramos una de las frases más significativas sobre la obra de Nietzsche que hemos encontrado en cualquier lugar —que para algunos resultará bastante obvia; no lo era para nosotros hasta que comprendimos todo lo que hemos expuesto anteriormente—: «To say anything about Zarathustra is to interpret it» [Decir cualquier cosa sobre Zaratustra es interpretarlo]. Simple, es cierto, pero prestemos mayor atención a ese anything, a esa cualquiera cosa. Si a cualquier cosa que se diga del Zaratustra le corresponde una interpretación, entonces esta es resultado de una interpretación de la narración alegórica. Y ya que la alegoría nietzscheana es cambiante y contextual en relación con sus elementos, y por lo tanto en relación con sus significados, entonces esa interpretación es discutible, y por lo tanto no puede pretender ningún lugar de verdad o univocidad. Pero no nos compliquemos: Todo lo que se diga del Zaratustra, anything, es interpretación de una narración alegórica que construye sus sentidos a través de diversos juegos textuales. Se puede escribir (y decir) cualquier cosa del Zaratustra con una interpretación que tome en consideración las numerosas referencias (interiores y exteriores al texto) de imágenes y símbolos que constituyen la narración alegórica nietzscheana.

Por esto último es que no aceptaríamos cualquier interpretación del Zaratustra; un no a las interpretaciones que no tomen en consideración las propias referencias del texto o de la obra de Nietzsche en general, incluyendo los Fragmentos Póstumos, o parte de su vida incluso a través de la Correspondencia; más aún, no a quien pretende decir cualquier cosa sólo porque ha leído (peor aún, solamente ha escuchado) algunas ideas del filósofo alemán y no tenga un conocimiento más amplio y referencial de su obra. Si bien abrimos este texto afirmando que los textos están abiertos a la interpretación, nos queda claro que no puede ser cualquier interpretación, o, mejor dicho, una interpretación cualquiera. Y con esto no queremos decir que la única posibilidad es repetir y confirmar a Nietzsche. Queremos decir que incluso para interpretar algo totalmente distinto al texto, ya sea contradiciéndolo, parodiándolo, ironizándolo, modificándolo, deconstruyéndolo o «destruyéndolo», no podemos saltarnos su conocimiento y la forma en que está construido. De esta manera podremos heredar fielmente el texto y al mismo transformarlo activamente por medio de una escritura experimental.


[1] La primera y segunda parte fueron publicadas en 1883 y la tercera en 1884; la cuarta parte fue impresa y enviada a unos cuantos amigos en 1885 y sólo algunos años después fue publicada junto con las otras tres.

[2] Burnham, D., & Jesinghausen, M. (2010). Nietzsche’s Thus Spoke Zarathustra. Edinburgh University Press.

[3] Burnham, D. (2015). The Nietzsche Dictionary. Bloomsbury Academic.

[4] Moliner, María, Diccionario de uso del español, Edición electrónica, Versión 3.0

[5] Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Versión electrónica, 2019.

[6] La interpretación es resultado de la producción de un sentido. Aclaramos esto para evitar pensar en la interpretación como un proceso que desciframiento de sentidos. Los sentidos no están dados de antemano en el texto, sino que se producen durante la interpretación.

[7] Todas las definiciones, Moliner, op. cit.

[8] Pero habíamos dicho que no existían textos imprescindibles para la lectura de los textos nietzscheanos. Seamos más claros, nos negamos a que sean ciertos textos muy particulares los que se consideren indispensables, en detrimento de otros, o en detrimento de una lectura que prescinda de los dos casos anteriores.

[Este trabajo es el penúltimo de la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo y el último que compartimos en Argonautas. El último capítulo corresponde al Proyecto de Investigación: La ligereza nietzscheana que, después de todo, se está llevando a cabo como tesis de doctorado en el Colegio de Saberes. Quizá más adelante compartamos algo una vez que sea concluida y presentada]

Otras cumbres y otros retornos

¡Qué venenosos, qué taimados, qué malos nos vuelve cualquier guerra prolongada que no se permite llevar a cabo con violencia abierta!

— Friedrich Nietzsche

«Ahora nos hemos alejado de las exigencias de la academia junto con la seriedad y la pesadez que la acompañan, hemos podido elevarnos lo suficiente por encima de ella —o con ella y a pesar de ella— y nuestras carcajadas han silenciado todas sus voces y no las escuchamos más, durante estos años de camino recorrido y batallas libradas construimos nuestra vía hacia llanuras de calma y tranquilidad —cosa que Zaratustra odia—, por fin encontramos lo que buscábamos y no volveremos a ser presa de las creencias y de las certidumbres, y cosas por el estilo». Por fortuna no es así, no podemos hablar de esa manera. ¿O sí? Quizá deberemos esperar hasta que el pesado enano nos vuelva a visitar y tengamos que librar una nueva batalla.

Un montaje de Nietzsche con uno otro de sus animales, aparte del león, el águila y la serpiente: el gato.
Nietzsche y su gato (!), montaje por ibrahim

Semanas antes de redactar la mayor parte de los escritos que hemos presentado, quizá días antes, estábamos convencidos de haber encontrado la «justificación justa y necesaria» para poder, ahora sí, iniciar nuestro trabajo de «investigación», y asegurábamos que esa sería la dirección definitiva para nuestro proyecto: «Ahora sí, ya estamos preparados, por fin». La seguridad y la alegría eran profundas: nos sentíamos «autorizados» por algunos que sabían «más» sobre Nietzsche y Zaratustra, habíamos encontrado en ellos el «permiso» para poder realizar nuestra investigación —y aquí deberemos «disculparnos» con aquellos que ya antes nos habían animado a iniciar sin demorar más la escritura y que no les hicimos caso; mejor dicho, aunque queríamos, no podíamos—. ¿Qué fue lo que pasó que, durante el transcurso de unos pocos días, ese que parecía ser el «fundamento» de nuestro trabajo, fue abandonado al final?

Decir algo sobre Zaratustra es interpretarlo: esta frase había explotado dentro de nuestra cabeza. Nos daba la libertad de escribir «cualquier cosa» —o casi cualquier cosa, recordemos el comentario que hicimos sobre la forma de trabajo de Derrida: el amor a los textos, la herencia, la fidelidad, la traición, la reinterpretación y la afirmación de una tradición— sobre el texto que durante los últimos años no nos dejaba tranquilos. ¡Eso era! ¡Y al final no fue! O quizá sí, si tomamos como nuestra interpretación todo lo que aquí se ha escrito. No se trataba ya entonces de una interpretación directa de los textos, un comentario sobre ellos, sino la interpretación que estaba teniendo lugar aún fuera del aula, mientras no pensábamos en los libros ni en las frases nietzscheanas. Esa otra interpretación eficaz que se colaba a cada rato en nuestra vida diaria y que operaba cada vez más de manera explícita.

Así, por último, hemos decidido incluir dos trabajos que muestran aún la fuerte tendencia que existía para tener que «cumplir» con los deberes y los formalismos de la academia —y aquí deberemos también ser más cuidadosos en adelante, pues no toda academia se coloca en ese sentido serio y pesado de la rigidez metodológica y científica experimental, valga precisamente el lugar desde donde estamos escribiendo—, para tener que «convencer» a otros de que el proyecto «vale la pena». ¿Según qué criterio? ¿Cuál es el referente? ¿Cómo y quién valora el proyecto? ¿Con qué intención y fin? No hay respuestas unívocas —exacto, desde qué academia habría que preguntarse—. En otras palabras, existe un aprecio especial hacia estos textos por representar los últimos intentos de formalismo y exigencia lógica a que nos enfrentamos.

El contenido del primer trabajo nos «autorizó» para la tesis —Problema además de las fronteras y delimitaciones de lo propio y lo ajeno, ¿nos autorizó o nos autorizamos? ¿nos autorizamos, ellos y nosotros, los autores y nosotros? ¿Quién autoriza y qué? ¿Relaciones de poder?—. Pero existe algo más relevante ahí: el experimento. Y vamos a decirlo también, si por una parte decir algo de Zaratustra era por fuerza interpretarlo, por otro lado, la filosofía nietzscheana es una experimentación —como lo fue su Zaratustra—, y de ahí a juntar filosofía y vida, por tanto, la vida como experimentación, y por supuesto la escritura como parte de la vida, también es una experimentación. Y por ahí también se cuela —secuela— cierta resonancia con la ligereza, y que finalmente las tres implican un riesgo: interpretemos, experimentemos, ligeremos. Mejor aún, las tres son riesgos.

El segundo corresponde a la última versión, la versión «final» de lo que entonces era nuestro Proyecto de Investigación de acuerdo con los lineamientos más generales de lo que suele incluir un trabajo de ese tipo. Un Proyecto reelaborado, reconstruido, revisado y reescrito decenas de veces, y que finalmente no se realizó. Hemos dicho que su inclusión es parte de la «evidencia» de ese academicismo aún fuerte en nosotros hasta hace poco. Y del cual no hay conclusión ni cierre. Pero también existen otros motivos: quizá nunca podríamos haber pasado a un tipo de escritura y elaboración diferente de nuestro «tema» de no haber pasado por todo ese proceso tan estructurado. Sí, tal vez queremos romantizar el pasado, o idealizarlo, «sí, gracias a ese pasado, podemos estar aquí», como sea, de lo que estamos seguros es de que queríamos ese proyecto, en verdad estábamos decididos a realizarlo, queríamos completarlo, llevarlo a fin, estábamos involucrados completamente. Y no sucedió. Y decimos esto porque quizá alguien podría decirnos, «no, mira, quizá el tema no era lo tuyo, no era lo suficientemente de tu interés», caramba, vaya que lo era. Y, sin embargo, no pasó. En su lugar algo más ocupó su lugar. Sí, aún en relación con Nietzsche, pero con un plus: con nuestros antecedentes psicoanalíticos. —Quizá de ahí el interés por la redención del espíritu de venganza en el Zaratustra, la espera por el redentor del redentor, para liberarnos de dicho peso; y atención aquí, porque esa insistencia del Zaratustra en los últimos años también empezaba a volverse una especie de carga—. ¿Qué queremos decir, que fue más fuerte la venganza? Sí, pero también puede pensarse que fue más fuerte la redención, el espíritu de ligereza.

Y en la combinación de todo esto, se abren formas distintas que no logramos explicarnos aún, pues van contra todo sentido común —y qué bueno—: cómo explicar que entre menos certezas tenemos, más ligeros nos sentimos, entre menos creencias, mayor libertad, incluso más seguros, más seguros de la falta de certezas. Al final es lo que más tenemos que «agradecerle» a El Crucificado: habernos proporcionado su martillo —¿será el mismo con el que lo clavaron en la cruz?— para destruir ídolos, pero no sólo eso, el argonauta de pies ligeros también nos proporcionó alas. ¿Quiere decir esto, con toda la arrogancia y el orgullo que merece, que nos hemos elevado por encima de nosotros mismos y de otros, o, por el contrario, con toda sencillez decir que no sabemos si lo hemos conseguido, elevarnos hacia cumbres cada vez más altas y volar sobre múltiples abismos? Ni una ni otra. Digamos que entre ambas: espectros, fantasmas. Se cuela el tema de la compasión, la última tentación de Zaratustra, quizá por ser también las últimas palabras que creemos que escribiremos para estas memorias. Quizá porque resistimos la última tentación en relación con nosotros mismos. Y no sólo la compasión, también la venganza —cuan parecidas nos resultan ahora—. Compasionarse —¿o se dice compadecerse?— y vengarse de uno mismo es la misma cosa. Una tentación recurrente, el tiro en la cabeza, la visita inesperada, la detención de la vida, la predicación de la muerte, la desesperanza eterna. Pero también está la vida, este rememorar, recorrer y revisitar el pasado nos ha llenado de nuevos bríos, respiramos otros aires; mejor dicho, aún, respiramos de otra manera.

[Este texto sigue a Retornos y descensos y anuncia la sección final de los Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]