Resistencias e insistencias

Las grandes actividades espirituales, enfermizas en tanto que están dominadas por un solo pensamiento; falta de espontaneidad —una especie de hipnotismo. Enervan y debilitan la voluntad en otras circunstancias. En la obediencia ¿acaso con frecuencia no se trata de una especie de hipnotismo?

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis) de la «tesis» Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, presentada en el Colegio de Saberes en el 2021]

Zaratustra, reconocer que habías sido un nihilista, un docto, un decadente, en suma, que habías sido y pasado por todo eso contra lo que después dirigiste tu enseñanza, y que, además, después de esta, estabas sumamente decepcionado, que te dejaste engañar y caíste en tu última tentación, y creíste que habías encontrado a los hombres superiores, todo esto, quizá por eso, es que te amamos más. Por eso te viste en la necesidad de partir nuevamente. ¿Será que lo sabías desde el inicio, cuando dijiste a los reyes que subieron a tu montaña que cargaban con una sombra muy peligrosa, la de la idolatría, la sombra de su dios muerto? Lo sospechabas, quizá estabas seguro, aun así, los invitaste a tu cueva, a lo más profundo de tus alturas, a la parte más oscura de ti mismo: Humano, demasiado humano. Si sabías que no era posible, que era muy pronto para la llegada de esos hombres superiores, ¿por qué los aceptaste, por qué los invitaste? Tuviste que partir y no supimos más de ti. Tú no resucitaste, acaso nos dejaste tu sombra y enseñanza: sabes también lo que ya pasó una vez: tuviste que volver con tus hermanos porque tu enseñanza se había desvirtuado. ¿Es que la transmisión y la enseñanza son imposibles? Sí, haciendo caso a «el padre» del psicoanálisis en sus tres imposibles: la educación, la política y el psicoanálisis. ¿Qué hay de la escritura, es posible? ¿Y el Übermensch y el eterno retorno? En cuanto a lo segundo no nos fue posible por ahora, nos vimos en la necesidad de redimirnos de ese pasado, violentamos algunos textos, algunas memorias y recuerdos. Claro que tiene su sentido hurgar en el «pasado», aquí estamos, ya sin ti Zaratustra: ¿a dónde te has ido? ¿volverás? ¿Algún «tipo Zaratustra» retornará? ¿Habrá aún hombres «excepcionales»: árboles enormes que se elevan por encima de otros, para lo cual necesitan profundas raíces? ¿Cuál es el río que nos lleva hacia el mar que eres? ¿Dónde están esas nuevas montañas que no pululen de gente? Volviste a tu patria multicolor, tu soledad, porque sólo así puedes amarte a ti mismo, porque sólo así no sales corriendo a amar a tu prójimo para compadecerlo por su sufrimiento; porque de algo estamos seguros, que todo esto lo hiciste por amor, pero un amor como el del gran astro: ¿quién ha sido capaz de recibir tu abundancia y bendecirte por eso?

Nietzsche en escultura por Max Klein
Escultura de Friedrich Nietzsche por Max Klein

Pensar en el Otro es pensarnos a nosotros mismos. Durante el coloquio previamente citado también presentamos la reseña* de un texto que estrenaba una nueva edición, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias[1]. Uno de los autores estuvo presente, mientras que el segundo nos regaló el inestimable e imborrable recuerdo de su ausencia. Nuevamente las referencias a las Consideraciones Intempestivas II[2] y Espectros de Marx[3] están presentes, de inicio a fin. Vamos a decirlo de manera más explícita: durante la presentación de nuestro trabajo, desde sus inicios, señalamos que, para poder leer un texto psicoanalítico, existía un filósofo que podría darnos una cifra de lectura. En otras palabras, habíamos desplazado el psicoanálisis a segundo término, digamos que habíamos encontrado una nueva, diferente y refrescante vía para poder pensar: el encuentro con Jacques Derrida. Aún más claros: en ese entonces no es que el psicoanálisis se viera desplazado para nosotros, se trataba de «confirmar» que otros autores decían cosas que el psicoanálisis ya había formulado, adelantado o dejado señalado. «¡Claro, eso ya lo había dicho Freud, sí, justo también como lo dejó señalado Lacan, pero a ninguno de los dos les dio tiempo desarrollarlo!». Cosas por este estilo. Entiéndase que aquí también vendrían algunos psicoanalistas a decirnos no, que no es posible que ellos hayan dicho o señalado todo, que eso de las totalidades ni siquiera es posible. Pero no hacen como dicen: hagan como decimos, pero no como actuamos; hagan como les hemos enseñado, pero no hagan como nos hemos expresado. Por eso, nuevamente de la pluma de Derrida, el texto Escoger su herencia[4] habría de tener repercusiones importantes en nuestro pensamiento. Repetición, fidelidad, lealtad, pero también ruptura, infidelidad, traición: así es como quizá se puede ser más fiel a un texto o a un autor. Nosotros sólo nos habíamos quedado en lo primero, en un «amor» ciego e incuestionable hacia nuestros maestros, y a los maestros de estos. Y aquí también señalamos: curiosamente, por paradójico que parezca, hemos encontrado un amor y respeto más elevados hacia ellos, y hacia otros, una vez que se nos cayeron, una vez que pudimos desacralizarlos. Y en relación con esto último, un nombre se coló nuevamente en nuestro trabajo, Clément Rosset, al que quizá no hemos reconocido como se debiera en el transcurso de todos estos trabajos; valga este mínimo señalamiento como un mínimo intento de aquello que no haremos en el resto de esta «tesis».

Todo esto quizá para despachar a nuestros antiguos maestros, y a sus maestros, y a nuestros hermanos discípulos. Despacharlos y ubicarlos en su «justa» dimensión por imposible que sea: «La justicia es una experiencia de lo imposible. Una voluntad, un deseo, una exigencia de justicia cuya estructura no fuera una experiencia de la aporía, no tendría ninguna posibilidad de ser lo que es, a saber, una justa apelación a la justicia»[5]. Y no logramos descifrar qué es lo que ha pasado, a qué nos hay llevado tal ocaso: lo que podemos decir es que ya no podemos pensar ni creer ni pensar siguiendo por el mismo camino; o, mejor dicho, que nuestra creencia y «razón» ya no puede ser sin la mentira que conllevan: ¡por más argumentos que nos den, por más evidencias que nos muestren! Quizá es eso lo que nos duele actualmente, no quisiéramos que Nietzsche ni Zaratustra pasen a ser historia en nuestra vida, que sean un grato recuerdo o que nos veamos rememorando en unos años estos escritos como «errores útiles» que ya han quedado «superados». ¡Claro, tememos una relación como aquella que teníamos con el psicoanálisis! —Pero ¿dónde están esos «maestros» nietzscheanos? ¿Dónde están los grupos de estudio y los cursos de «formación» en filosofía nietzscheana?— Nos resistíamos, y ello resistía e insistía. ¡Claro, todo placer quiere eternidad! ¡Una y otra vez! ¡El anillo del eterno retorno! No descartamos que alguna vez volvamos al psicoanálisis, porque toda afirmación de un instante afirma todos los instantes que lo antecedieron. Pero no nos adelantemos en este tema aún, porque todavía quedan otras batallas que los idólatras que existen en nosotros libraron contra nuestro «amigo» Nietzsche.

Dejamos el texto intacto, lo que nos lleva a pensar por lo menos dos cosas: 1) que la fuerza de la afirmación así lo quise, lo quiero y lo querré consigue, por instantes, la victoria sobre el espíritu de venganza; 2) que estamos ubicados en los momentos finales de nuestra religiosidad psicoanalítica: está moribunda, por lo que no es necesario empujar lo que irremediablemente está a punto de caer. ¿Y si se trata de ambas, y si son más de las que somos capaces de expresar y formular aquí? Qué tal una tercera y cuarta: 3) que a partir de este momento —siguiendo la temporalidad de la narrativa— Zaratustra empieza a tener mayor relevancia sobre todo esto; 4) que al inicio no era Zaratustra el foco de nuestro interés, sino el tema de la ligereza: nuestro lema no era ser libres, sino ser ligeros. ¡Efectivamente, el psicoanálisis se había convertido en una carga! ¡Un gran pesar que cargábamos con orgullo! ¿Qué es más pesado que el psicoanálisis? ¡Vamos, estoy dispuesto a cargarlo! Ya no. Y si alguien viniese y nos dijera: «¡Ven! ¡Hay otra opción! Se trata de un psicoanálisis que no sólo es verborrea, charlatanería, habladuría y demás. Es un psicoanálisis del sur que tiene un proyecto de investigación claro y definido, donde todos somos iguales y nos reconocemos como investigadores. Es un proyecto científico que no hace más que ser fiel a las intenciones e indicaciones tanto de Freud como de Lacan, y se aleja por tanto de esos freudolacanianos o psicoanalistas a los que ya no les importa si nuestra disciplina es una ciencia o no, y que con ello sólo terminan por desprestigiar aún más nuestra práctica. El proyecto de Lacan se insertaba dentro del Proyecto de la Luces, más claro no puede ser». —¿Qué estás diciendo, que un nuevo burro ha llegado a la ciudad? —¡Sí!—.

Al inicio de nuestra presentación propusimos una lectura del texto mencionado atravesada por la cifra aprender a vivir del Exordio de Espectros de Marx. «Momento. Nosotros, los nuevos psicoanalistas científicos, no estamos de acuerdo en aquello que dicen los freudolacanianos: cada uno su lectura de los textos; no nos parece adecuado, mucho menos acorde con la ciencia». Para nosotros representó un problema resolver este asunto de «cada quién su lectura», pues a pesar de que coincidimos con dicha consigna, al mismo tiempo no podemos aceptar cualquier lectura, y esto no nos pone del lado de la ciencia. Dicho problema se incrementó aún más cuando nos adentramos en los textos derridianos y la «metodología» —estrategia— deconstructiva. Era posible escribir prácticamente cualquier cosa y de la manera que fuese, apelando a una especie de solipsismo: es tu lectura y tu escritura, es tu forma de interpretarlo y escribirlo. Una postura que nos acercaba a un relativismo radical y absurdo, a pesar de que sabíamos que los textos no podían tener un sentido último. Necesitábamos resolver dicha «contradicción» para poder continuar: puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra, pero no puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra. Y nos propusimos resolverla preguntándole precisamente a quien nos había metido en dicho problema —no, no fueron los psicoanalistas—. Encontramos una condición para poder escribir cualquier cosa: amar a los textos. Lo citamos: «Todos estos autores (se refiere a los pensadores parisinos de los setenta) parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo»[6]. La estrategia de trabajo consiste en «la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente»[7]. Un pensamiento de altura, como entonces lo designamos. Esto nos quedará más claro cuando tratemos el trabajo La máquina de suposiciones de Lacan, en el que las preguntas y críticas que lanza al psicoanálisis lacaniano establecido a partir de los Escritos parten de la fidelidad a los propios textos.

Por ese entonces el psicoanálisis era para nosotros la única aproximación «seria» a la subjetividad: sólo él —único, redentor, iluminado, elegido— podría decirnos algo serio sobre las complejidades humanas, demasiado humanas —pero en ese entonces también ya se había introducido Nietzsche, demasiado Nietzsche— ¿qué, ahora estamos siendo partidarios de un nietzschenismo?—. «Ah, ya ves, despotricas contra el psicoanálisis, tus maestros y compañeros, pero no has hecho más que erigirte un nuevo dios, un nuevo ideal». Nuestros maestros nos parecían sumamente críticos de las psicoterapias —¿es que acaso ellos también venían librando sus batallas? ¿Que así como ellos tenían sus «deudas» pendientes con las psicoterapias, ahora nosotros las tenemos con el psicoanálisis? ¿Deuda? ¿Tótem y Tabú o De la genealogía de la moral?—, tachándolas de retórica —justo como hacen ahora los adeptos del psicoanálisis del sur contra estos freudolacanianos: les critican su falta de cientificismo, ¿o cientificidad?—, faltas de teoría, explicaciones, coherencia y consistencia, partidarias del discurso del amo, más aún, un discurso amo, adaptativo, violento y al servicio de fines ajenos al sujeto y al deseo. «Pobres terapeutas y pacientes, no saben, desconocen la fuerza y la eficacia del inconsciente; nosotros se los vamos a enseñar». «¿Es que nadie les ha hablado de la buena nueva del inconsciente?». Y Derrida se cuela de nuevo. ¿Por qué? ¿Por qué no podíamos permanecer leales a nuestros maestros, a los que nos habían instruido durante años, y al camino recorrido y el que se nos había señalado? Claro que aquí dirán que el psicoanálisis no señala ningún camino —¡y nosotros repetíamos ese saber!—, que al analizante no se le guía, aunque exista una dirección de la cura.

Nos descubrimos repetidores de un saber ya sabido —quizá eso es lo que intentó evitar Lacan cuando se propuso no repetirse cada semana—, que ya no sorprende, no nos sorprende, que hallamos estéril, que ha perdido su capacidad para crear. Un saber muy próximo a la caracterización que entonces hacíamos del Yo: autónomo, unificado, organizado, hedonista, controlado, dominado, privilegiado, animado, motivado, amo. Un saber exacerbado por el narcisismo. —«Momento. Por favor, no confundan al psicoanálisis con las psicoterapias, existen diferencias radicales, y aunque ambas aproximaciones tienen efectos terapéuticos, es claro que los psicoanalistas damos cuenta de nuestro saber de manera diferente, superior a la retórica de las psicoterapias»—.

No solamente fuimos repetidores de un saber ya sabido, trillado, vacío, hueco, moribundo, sino que nos descubrimos decadentes y predicadores de la muerte. Nuestro ejemplo en aquel entonces —el que utilizamos hacia el final de la presentación del libro, la película Punto de Quiebre[8]— estaba en sintonía con otra de las formulaciones que escuchábamos durante la transmisión y repetíamos sin reserva: el deseo puede llevar a la muerte —no estamos tan seguros de esto actualmente—. También nos servíamos de otros ejemplos por aquel entonces, como el de Mickey Rourke en El Luchador[9], o Emil Hes en Hacia rutas salvajes[10], donde ambos encontraron la muerte haciendo lo que «amaban» o «deseaban». Zaratustra también anuncia su ocaso, su descenso, va hacia él, ¡pero como condición para la llegada del Übermensch! Quizá esa sea una diferencia importante con aquellos ejemplos. Zaratustra quiere la desaparición del último hombre de la superficie de la tierra, es más, quiere que esos predicadores de la muerte sean congruentes con su enseñanza del más allá: que mueran de una vez, pues su desaparición es necesaria para una nueva especie y para el aligeramiento de la Tierra. ¿Y el caso de Antígona? ¿Tragedia, ética del deseo, «suicidio», decadencia? ¿Es necesario un para qué, Zaratustra, una meta? Nos es difícil resolver todo esto en este momento.

Encontramos más que religiosidad en aquella presentación: una nueva oleada de descalificaciones contra las «ignorantes» psicoterapias y sus practicantes: no saben de la transferencia, el engaño de la filantropía, la ética del deseo, los ideales irrealizables, la ambivalencia en la relación psicoterapéutica, etc., temas que son «tratados de forma clara en su crítica hacia las psicoterapias». Y más repetición de fórmulas psicoanalíticas que no tiene caso repetir aquí —¿de ahí la decepción de Jacques Lacan?—. Y unas conclusiones, cuando aún creíamos en ellas. ¿Cómo evitar nuestra «ingratitud» o «desagradecimiento» hacia nuestros maestros, los textos psicoanalíticos y con todo ese saber acumulado durante estos años? ¿Cómo escribir que a pesar de este tono beligerante existe un gran respeto y aprecio hacia todos ellos? «Se recompensa mal a un maestro si se es siempre ‘el discípulo’»[11]. ¿Cómo hizo Nietzsche con Schopenhauer o Wagner? Quizá esto nos acerca un poco más al entendimiento de aquellas palabras de Derrida sobre su estrategia de trabajo —y un poco al entendimiento de lo que hacemos, aunque por supuesto, sin la sofisticación del filósofo argelino—: «En ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento»[12], sino para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente. ¿Quiere decir esto que aceptaremos la invitación de los psicoanalistas científicos? No. No aceptaremos la invitación de estos «nuevos» psicoanalistas de prácticas antiquísimas, pero quizá aceptemos la invitación de los nuevos textos que son fieles y traicioneros a las herencias psicoanalíticas.


[1] Aguirre Espíndola, J. A., & Vega Simont, E. (2013). Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias. (2a edición) BUAP

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Escoger su herencia en Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.; 2a ed.) FCE

[5] Derrida, J. (2008). Fuerza de ley. El «fundamento místico de la autoridad» (A. Barberá & P. Peñalver, Trads.; 2a ed.) Tecnos

[6] Derrida & Roudinesco (2009), p.19.

[7] Ibídem, p.13.

[8] Core, E. (2015). Point break.

[9] Aronofsky, D. (2008). The Wrestler.

[10] Penn, S. (2007). Into the Wild.

[11] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.87.

[12] Derrida & Roudinesco (2009), p.15.

* Este trabajo ya fue compartido en este espacio y se puede consultar en la siguiente entrada: Del enfermo imaginario al médico a palos.