Un último esfuerzo

Éramos amigos y nos volvimos extraños. Pero está bien así, y no nos lo queremos disimular y encubrir como si tuviéramos que avergonzarnos de ello […] creamos en nuestra amistad estelar, incluso si tuviéramos que ser enemigos terrenales.

— Friedrich Nietzsche

[Un último esfuerzo se inserta después de los textos Pináculo o cumbre y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, como parte de los capítulos que conforman la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un último esfuerzo que puede apreciarse por lo menos en tres sentidos: un último esfuerzo del psicoanalismo por querer sostenerse aún, por nuestra renuencia a renunciar a él, a pesar de su peso; un último esfuerzo para luchar contra él en una batalla más; un último esfuerzo por intentar «armonizar», articular ambas tendencias, para no abandonarlo, para conservarlos, pero de una manera distinta. Como se verá, los tres sentidos de este momento están reflejados en los siguientes tres trabajos. Dicho de otra manera, en cada uno de los trabajos la «intención» respondió a cada uno de estos puntos.

Jacques Lacan con uno de sus famosos puros retorcidos.
Jacques Lacan (1901-1981)

I) Los dos primeros trabajos son en relación con dos textos del mismo autor, Juan Manuel Martínez, un psicoanalista argentino que últimamente visita frecuentemente nuestro país. En ese entonces la maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM estaba por iniciar su primera generación y siendo uno de los docentes para formar parte de la planta de profesores de dicho posgrado, se me pidió que presentara su libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos[1], a propósito del seminario que también vendría a impartir en esos días: Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis[2]. Juan Manuel fue un nuevo —y quizá el último— respiro de aire psicoanalítico. Al final de su seminario recuerdo haberle reconocido que su trabajo era muy diferente a lo que había escuchado durante años y que su trabajo nos libraba de una serie de prejuicios y vicios que durante nuestra (de)formación psicoanalítica nos habían sumido en el conformismo. Este analista argentino era parte de lo que ahora podemos llamar la primera oleada del nuevo psicoanálisis del sur; tan chocoso, molesto e inoportuno que hemos mencionado anteriormente. Pero seamos más claro respecto a esto: lo que no soportamos es el entusiasmo que ensordece todas las demás voces. Los nuevos seguidores de este psicoanálisis del sur que, en sus vídeos, fotos de perfil de sus redes sociales, sus días de vacaciones y lindas imágenes, se las ingenian para poner en primer plano su nueva biblia: Otro Lacan[3]. Dicen haber descubierto la «verdadera» intención de la enseñanza de Lacan… a través de otro autor. Ahora son repetidores de sus nuevos maestros e ídolos: «Freud es como el Titanic y hay que dejarlo hundirse»; ¡siguen siendo creyentes! Lo único que hicieron fue asistir a un nuevo templo con un nuevo Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso no estamos repitiendo a Nietzsche o Zaratustra? ¿Acaso no nos reconocemos en eso que tanto criticamos y denunciamos? Sí, y quizá por eso nos resulta tan molesto, porque sabemos a dónde conduce esa vía. Seamos «justos», nosotros pasamos por ahí, y tal vez sea un transitar inevitable para todos. Nosotros, a diferencia de los que continúan en ese barco, hemos zarpado hacia otros mares.

El trabajo de Juan Manuel —sus textos, vídeos, seminarios— atrapó nuestra atención por varios meses. En realidad, escuchábamos un psicoanálisis distinto, aunque pensándolo bien, lo que nos llamó la atención era su estilo contestatario hacia las generaciones de psicoanalistas anteriores y lo ameno que resultaba escucharlo: coincidíamos en que era una enseñanza petrificada y somnolienta. Digamos que abría la posibilidad de pensar y estudiar nuevamente los textos psicoanalíticos desde otra perspectiva: que los textos de Lacan no son imposibles de leer, que el psicoanálisis no es una experiencia mística, que es posible entender de qué va un psicoanálisis sin necesidad de pasar por la experiencia, etc. Desafortunadamente para nosotros —a pesar de esta novedad—, ya estábamos muy lejos de esas sendas lacanianas y freudianas como para retomar la intensidad de su estudio nuevamente. Nuestros intereses se habían colado ya por otras grietas —o quizá haya sido al revés—. Esto no impedía darle seguimiento a su trabajo, pues también impartió algunos cursos durante la maestría de la que también nosotros éramos partícipes y circulaba por los pasillos y conversaciones lo que él hacía y lo que sus colegas argentinos estaban trabajando. Podríamos decir que era el único analista al que le prestábamos atención después de algunos años —durante nuestros cursos sobre psicoanálisis en la maestría y doctorado en el Colegio de Saberes no tenemos mucho qué decir, nosotros ya estábamos cansados de eso, quizá lo que sostuvo esos cursos para nosotros fue el estilo de los profesores: por lo menos no se empeñaban en descalificar otros saberes ni se mostraban inamovibles en relación con su saber—.

La presentación de su libro estuvo llena de elogios de nuestra parte —cosa que leemos nuevamente y nos sorprendemos de la hospitalidad que le brindamos; aquí debemos aclarar que cuando se nos pidió presentar su libro, no teníamos idea de nada sobre él ni sobre sus trabajos, lo conocimos el día de la presentación; desafortunadamente, cuando hubo una nueva presentación de libros unos meses después, esta vez, ya con mayores integrantes y fieles jurados del nuevo movimiento psicoanalítico del sur, una vez que las iglesias empezaban a tomar fuerza, se prefirió recurrir a otros lectores que a quien escribe esto—. Dijimos de Juan Manuel que era alguien que se arriesgaba a proponer definiciones dentro del psicoanálisis que podían caer en la vulgarización y cristalización; afirmaba que hay técnicas psicoanalíticas, cuestión altamente debatida; se proponía desengañarnos de lo que nos han dicho que Lacan dice, para mostrarnos que no es cierto, que hay cosas que Lacan nunca dijo pero hemos creído que sí; que la práctica psicoanalítica y los psicoanalistas varían por región o país; que conocía muy bien la obra de Freud y Lacan; que su escritura era clara e ilustrativa; nos ayudaba a entender y diferenciar las obras de Freud y Lacan, además de estas con las de los postfreudianos y kleinianos; era un texto que nos sorprendía y brindaba algunas respuestas; estaba abierto al diálogo con otras disciplinas, como la filosofía; sabía darle lugar a la importancia de la teoría dentro de la práctica; cuestionaba la práctica y la transmisión del psicoanálisis y el supuesto de que no tiene relación con la ciencia.

La estocada final llegó cuando unos meses después anunció un texto titulado Freud, lector de Nietzsche[4]. Nuestro entusiasmo no se hizo esperar, fue inmediato —estábamos emocionados, lo adquirimos el primer día de venta, queríamos saber qué tenía para decir este psicoanalista que había captado nuestra atención con su forma de trabajo de los textos lacanianos, y cómo leía y articulaba con los textos nietzscheanos, ¿se entiende a quién leíamos en ese entonces?—, pero hasta cierto punto efímero: teníamos cosas por decir y qué responderle a su autor, y de ahí surgió el texto siguiente.

II) Nietzsche en los márgenes freudianos[5] se produjo como una «defensa» del filósofo alemán, pues durante la lectura del texto de Juan Manuel identificamos algunos elementos que no nos parecían del todo precisos, aún con la libertad que toda interpretación permite. Nos pareció que no podíamos quedarnos callados ante tales dichos. Las imprecisiones en relación con la obra de Nietzsche y con los textos freudianos, y de la articulación de estos, nos animaron a escribir una respuesta tomando como «marco teórico» la deconstrucción derridiana y los Márgenes de la filosofía[6] de Jacques Derrida. Los textos freudianos no nos eran desconocidos, en relación con Nietzsche teníamos claros los puntos que había que aclarar, y el «método» marginal nos ofrecía una vía para la escritura. Estos tres elementos lograron una mezcla que nos permitió no sólo tener una respuesta al texto de Juan Manuel, sino descubrir hasta cierto punto que ahí se escondía una trampa bastante evidente para nosotros: él afirmaba que había leído la obra de Nietzsche, lo cual nos dejaba con serias dudas. Y no sólo eso, también eran evidentes algunos descuidos —que son fundamentales para nuestra argumentación— en relación con su lectura de los textos freudianos. Nos sorprendía aún más en la medida en que él mismo recalca en sus presentaciones que su estilo de trabajo es con citas, y son estas el principal problema del texto.

Hasta la fecha nos seguimos preguntando qué pasó: meros descuidos, deslices, desinterés, precipitación. Sólo él podría responder, pero no lo hizo. ¿Cómo lo tomamos, más allá de la respuesta que le dimos en el trabajo que escribimos? Que resulta sumamente difícil declararse ignorante respecto a ciertos temas; que resulta casi imposible  —para los psicoanalistas, por lo que hemos visto y escuchado— reconocer que se desconoce la obra de ciertos autores, y si se reconoce que no se la conoce es porque seguramente no es «importante» o «relevante»; que se cree saber lo que un autor quiso decir a partir de la lectura de unos pocos textos —quizá ni siquiera del autor en cuestión—; y que sobre todos ellos el psicoanálisis ha dicho más y mejor las cosas —ya sabemos que aquí vendrá alguien a decir que no es así—. (Para nosotros resultaba increíble que con aquellos que llegamos a comentarlo, desconocían las críticas de Derrida a los textos lacanianos. ¡Pero no eran capaces de reconocerlo! Situaciones algo extrañas). Creemos que por ahí fue la «lectura» de la obra de Nietzsche que hizo Juan Manuel: quizá creyendo que podría escribir sobre su obra a partir de algunos fragmentos —¡fragmentos!—. (Aunque tampoco sería imposible: Derrida escribió un libro a partir de una cita a pie de página del texto más famoso de Heidegger, según dicen). Claro que existe la posibilidad de que esto no sea así y que en realidad haya leído la obra nietzscheana y tuvo una serie de problemas y dificultades al momento de citarlo, exponerlo y ponerlo por escrito, además de los problemas que representaba Nietzsche dentro de la obra de Freud. Puede ser. De alguna manera este psicoanalista caía en algunas de las trampas que hasta el momento denunciaba: cuando se dice que tal autor dijo, aunque no se pueda dar referencia de dónde lo dijo. Trampas en las cuales también caímos durante nuestra pedantería psicoanalítica: nosotros los psicoanalistas lo sabemos todo, y si no, lo inventamos —nos dirán que no es así, está bien, para utilizar una de sus frases: no todos son así, es cierto, sólo recuérdese que aquí nos referimos al modo en que circulaba la enseñanza psicoanalítica, más que a las personas en concreto: y lo que se dice y circula, no debería olvidarse que fue dicho—. ¿Será que este aparentar haber leído una obra sea un resto también de esa formación de psicoanalistas que tanto critica Juan Manuel? Puede ser.

Cuando se publicó nuestro texto en la revista Reflexiones Marginales, escribimos un correo a Juan Manuel compartiéndole la noticia y anexando una versión del texto para una mejor lectura, al tiempo que solicitábamos sus comentarios y reconocíamos su trabajo —era evidente desde el momento que escribimos sobre él—. No recibimos respuesta. Un par de meses después regresaría a impartir otro seminario al que también asistimos. Un compañero que leyó nuestro trabajo en la revista nos señaló que era la oportunidad de preguntarle sobre ese asunto, pero no lo consideramos adecuado: no era el tema, y el momento para nosotros ya había pasado —considerando que, aunque el trabajo se publicó durante la primavera del 2019, nosotros lo habíamos finalizado desde finales del año previo—; después de todo, quizá nuestro correo nunca llegó o se quedó en el correo basura. Dicho de otra manera, ¿por qué ya no nos resultaba vital lo que tuviese que decirnos, que no es lo mismo decir que no nos interesara? —A ver analistas, interpreten: ¿caída del sujeto supuesto saber, caída de la transferencia, fin de análisis, resistencia al análisis, denegación, o qué le gusta?—.

III) Se realizó el Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis[7] —al primero ya hicimos referencia, en el que expusimos nuestro trabajo El coraje de hacer historia— y nuevamente participamos. Esta vez presentando formalmente la maestría, a pesar de que la primera generación ya estaba a medio camino. Como ya anticipamos, este tercer trabajo estaba impulsado por una especie de articulación o «reconciliación» entre los dos anteriores: ni una aceptación total e ingenua del nuevo psicoanálisis del sur ni tampoco el rechazo y la ruptura definitiva con el «viejo» psicoanálisis; podría haber tal vez una postura «intermedia». Y así lo intentamos. Resultaba muy claro el rumbo que empezaba a tomar la maestría: de los maestros invitados al primer coloquio no quedaba prácticamente nadie; y la tendencia iba hacia el «sur». En verdad intentamos esa reconciliación. Veamos tan sólo, para iniciar, nuestros autores de referencia: Alfredo Eidelsztein (!), Jacques Lacan y Sigmund Freud —¡Por fin nos queda claro que nuestra aversión es hacia los lacayos del psicoanálisis, o quizá hacia el «lacayismo»! Aunque no por esto aceptamos y participamos del movimiento «eidelszteniano» por un psicoanálisis científico—. Durante nuestra presentación recordamos el Primer Coloquio, así como la visita que había hecho aquel psicoanalista argentino a la ciudad de México. Ya desde entonces denunciábamos lo erróneo que nos resultaba la transmisión del psicoanálisis por la que habíamos pasado. En este sentido sí seguíamos a Eidelsztein: criticaba eso que él llama lacanismo, conocido también como freudolacanianos o poslacanianos, cuyo movimiento y enseñanza es sumamente conservador y cerrado a la novedad de la enseñanza de Lacan. Este lacanismo, según él, sólo se ha encargado de igualar la enseñanza del psicoanalista francés con la del médico austriaco, asumiendo que no existen novedades ni diferencias, manteniendo una serie de prejuicios que impiden la circulación y avance del psicoanálisis, principalmente de aquel que dice que no es ciencia.

Lacan había anticipado su fracaso, para él el inconsciente es lo nuevo y lo nuevo siempre[8], sin embargo, los psicoanalistas nos habíamos encargado de convertirlo en lo contrario, ahí fue donde fallamos todos: el inconsciente era lo mismo y lo mismo siempre, o, dicho de otra manera, el psicoanálisis ya no sorprendía a nadie, ni a nosotros mismos, no había espacio para la novedad, el asombro o la alegría. Se había vuelto, ya desde los años del auge lacaniano, en algo sumamente trivial, vulgarizado y archiconocido. No hubo novedad, a Lacan se le redujo a un comentador de la obra freudiana, a un «traductor» de la misma y de lo mismo. En ese sentido, nos sentimos muy cercanos a Lacan: no era posible la circulación o la producción de un pensamiento nuevo. La asimilación fue casi completa y total, se trataba de domesticar el pensamiento lacaniano e igualarlo al de Freud: Lacan es lo mismo que Freud, pero con otras palabras y desarrollos, pero en «esencia» no dice nada que el «maestro» no haya dicho o señalado. Un último esfuerzo para mantener vivo el psicoanálisis para nosotros, vamos, vayamos con el más representativo de este nuevo psicoanálisis del sur, escuchemos qué tiene para decir; tiene buenos argumentos, algunos muy consistentes, etc. Ahora que lo pensamos, estábamos reconociendo públicamente —ante los asistentes al coloquio— que nos alineábamos —que no es lo mismo que alienábamos— con el sentido que la maestría estaba tomando. Adelante, hagámoslo, si el psicoanálisis es siempre lo nuevo y lo nuevo siempre, y si ser lacaniano es retornar a Freud para ir hacia adelante y para que circule algo nuevo, por supuesto que nos subimos a ese barco. Pero una cosa era Alfredo Eidelsztein y otra muy distinta sus seguidores. Como sea, estábamos dispuestos, a reserva de algunas condiciones:

Salvaguardarnos de«creer que contamos con la enseñanza y lectura verdaderas. Nadie tiene la medida de tales cosas. Estoy seguro de que han escuchado esto una y otra vez, lo saben, saben que es así. No basta decir que hay diferentes lecturas, multiplicidad de sentidos e interpretaciones, es necesario decir además que el sentido está agujerado, al igual que la verdad. No hay sentido último ni ultimísimo de los textos. Estoy seguro de que saben todo esto. Lo interesante es preguntarnos si lo decimos por mera formalidad, porque se espera que se diga tal tipo de cosas en tal tipo de eventos o porque en realidad hemos caído en cuenta de que ninguna postura es [la] soberana. La segunda es que la posición de la maestría, que incluye a coordinadores, maestros y alumnos, esté sostenida sobre la lógica de sus argumentaciones. Es decir, que se sostenga sobre ese compromiso con las ciencias que Freud tantas veces expresó y practicó. Y no como los médicos y filósofos que rechazan, miden y critican desde su pasión despreciando la argumentación lógica. Iremos viendo si esta maestría, con todos sus involucrados, descansa sobre una «naturaleza intelectual» o sobre «fuentes afectivas». En otras palabras, que la apertura que exista en este espacio no termine volviéndose cerrazón hacia otras propuestas, desconociendo su multiplicidad y diferencia no oposicional. Una más, que más bien es un gusto. Que la solemnidad y la seriedad, por no decir otra cosa, que suelen asociarse con la práctica y pensamiento científico, no acaben por invadir el ánimo de los maestros y alumnos. Que el trabajo se lleve a cabo lejos de la pesadez y seriedad que acaban por matar cualquier intento de innovación o creatividad. Y, por lo tanto, acabarían por cerrarse al inconsciente. Me gusta pensar que si Epicuro hubiese conocido el psicoanálisis habría dicho igual que dijo respecto a la filosofía: cuando se psicoanaliza es preciso reír»[9].

Desafortunadamente —para nosotros— ninguna de estas tres tuvo lugar. El autor Eidelsztein y sus textos se convirtieron en el estandarte de las nuevas filas de beligerantes psicoanalistas: todo lo anterior era mentira, mera y pura charlatanería, por fin había llegado alguien cuya palabra era portadora de la verdad de Lacan —aunque digan que no hay referente para comparar las teorías, aunque digan que esto no es cierto, etc.—. En dicho estandarte se lee que la ciencia, la teoría y la investigación son parte de sus directrices, por lo que la seriedad científica les está dada en «automático», y quien no lo considere así, seguro no ha entendido la buena nueva del nuevo evangelio del sur. La mentira freudolacaniana del millerismo deberá caer, porque los portavoces de la novedad del pensamiento lacaniano y del nuevo psicoanálisis por venir han llegado. Es tiempo de que dejemos morir a Freud, que se hunda, avancemos, estamos cansados del mismo psicoanálisis una y otra vez, dicen. Sí, compartimos su cansancio, la pesadez de la tradición y enseñanza psicoanalítica, que necesitamos un pensamiento nuevo, que circulen otras y nuevas cosas; pero no compartimos su entusiasmo, ya no, y quizá por esto sabemos el futuro que nos espera en dicha institución. Por ahora estamos cansados de la batalla como para enfrascarnos en una más. Nosotros hemos puesto fin a nuestra guerra con el psicoanálisis que ustedes denuncian, en eso coincidimos, pero para nosotros no es necesario rellenar ese lugar de nuevo, colocar un nuevo becerro de oro, enlistarnos en un nuevo ejército, guerrear en batallas que no son las nuestras. Ese lugar se puede quedar vacío para nosotros, y si eventualmente se destruye incluso el lugar, mejor aún. Quizá sí seamos, como dice su Señor, unos «nihilistas intelectuales», no tenemos otra mejor forma de describirnos o clasificarnos en este momento, quizá en eso estemos llenos de dudas, y no nos interesa hallar certeza ni fundamentos para salir de este estado —¿no es por eso por lo que insisten en la cientificidad del psicoanálisis? ¿no es ese uno de los principales motivos por los que pelean, para poder lidiar con las dudas, incertidumbres, sin sentidos, vacíos, abismos, etc.?—, de lo que no dudamos es que habernos quitado ese pesimismo y pesadez del eruditismo del psicoanalismo nos ha abierto un panorama de la vida plural y colorido del que no teníamos ni la más mínima idea. El saber pesa, y cansa, y nos llevó a la aversión y venganza: redimirnos de ella, hacia allá apunta la ligereza.

Volvemos a leer el texto y recordamos el disgusto que pasamos cuando verificábamos el problema que tenía Freud en relación con Nietzsche: parecía que el maestro vienés se anticipó o fue ejemplo de eso que muchos psicoanalistas repetirían después de él: la arrogancia y soberbia de negar el reconocimiento o crédito a otros autores, o de pretender conocerlos, pero desestimarlos. Creerse genios, y algunos se creen igual de genios que su «padre» —y el nuevo psicoanálisis del sur empieza a producir efectos similares, sus seguidores quieren levantar el vuelo, pero la pesadez de su pedantería no se los permite—. Algo que notamos en esta relectura es que Freud tenía que hacer parecer que esos informes de Nietzsche le habían llegado por alguien más: Groddeck o el Hombre de las ratas —aquí no se menciona a Lou—, como si para él estuviese prohibido reconocer reconocerse como lector de Nietzsche. El texto de Juan Manuel nos aclara un tanto ese punto: era el temor y prejuicio de Freud hacia la filosofía, que se pensara que las influencias del psicoanálisis estaban cercanas a la especulación filosófica más que del razonamiento científico. ¿Por qué en otros momentos es capaz de reconocerles a los poetas o literatos el haber «llegado» antes que él a los «descubrimientos» psicoanalíticos, pero nunca lo hizo así con Nietzsche? ¿Qué queremos decir? Estábamos desilusionados, era la caída definitiva de Freud. Tal vez creemos en Zaratustra —que no es lo mismo que Nietzsche, no siempre— por su estatuto de ficción, porque Nietzsche mismo sabía que no se podría «confiar» en los hombres. Que, en definitiva, en los hombres —¿quizá en las mujeres?— no parece haber la posibilidad de esa transmutación.

Algunos dirán que ese problema ya está saldado y lo dejemos por la paz: ¡qué importa cuáles fueron las influencias y antecedentes del psicoanálisis freudiano, lo que importa es el descubrimiento del inconsciente y el tratamiento que se deriva de él! —En alguna ocasión le preguntamos a uno de nuestros primeros maestros psicoanalistas cuál era su opinión sobre el decir de cierto filósofo que expresó lo siguiente: «Muchas de las ideas de Freud sobre el hombre ya habían sido anticipadas por Thomas Hobbes, por ejemplo, aquella de que el hombre es el lobo del hombre». La respuesta que recibimos, sin que se dignara en voltear hacia nosotros, levantando el mentón y jalando su cigarrillo, fue: «Si era tan bueno y ya había anticipado eso, ¿por qué no inventó el psicoanálisis?». En otra ocasión con motivo de las grabaciones para la película Arráncame la vida en la ciudad de Puebla, basada en la obra homónima de Ángeles Mastretta, también pregunté: «¿Por qué cree que la protagonista actuaba así?» La respuesta fue: «Pues porque era vieja». Y así por el estilo—. Y estamos de acuerdo, porque para nosotros ese no es el problema, sino lo que subyace y que ha permanecido como parte de la transmisión en el psicoanálisis. Le dedicamos todo este espacio y «tesis» a este tema, pues en una disciplina donde predican ser los únicos que escuchan de otra manera la Alteridad, lo Otro, lo extraño, lo ajeno, etc., con lo que mayormente nos hemos topado, o, mejor dicho, lo que mayormente atestiguamos que circula, es la creencia fundamental de que sólo el psicoanálisis —y cada quien su psicoanálisis— vale, excluyendo precisamente eso con lo que supuestamente son hospitalarios. Así valió para nosotros durante un tiempo. Y ahora vuelve a valer, pero de otra manera. Y llegados a este punto ya no tiene caso exponer cuáles serían las posibles respuestas que nos darían para seguir defendiendo su postura. Apenas nos estamos recuperando del cansancio que había significado cargar con esas formas del psicoanalismo.


[1] Martínez, J. M. (2018b). Lacan: El concepto de Transferencia en los Escritos. (s/e).

[2] El seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis tuvo lugar durante los días 20 y 21 de abril de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[3] Eidelsztein, A. (2018). Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. (2a ed.) Letra Viva.

[4] Martínez, J. M. (2018a). Freud, lector de Nietzsche. (s/e).

[5] Ocádiz, E. (2019). Nietzsche en los márgenes freudianos. Reflexiones Marginales, Año 8, Núm. 50, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.) Cátedra.

[7] El Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en psicoanálisis se realizó el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[8] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós.

[9] Tomado del apartado La enseñanza del psicoanálisis en el CESTEM.

El coraje de hacer historia

Esta entrada sigue a la anterior: Un viento nuevo y fresco: un aire de altura. La versión original, sin censura, correcciones, supresiones, borramientos, reformulaciones, etc. de la ponencia «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», ya fue compartida en esta página con el nombre En el diván: el coraje de hacer historia y dividido en tres partes:

Ernest escribiendo alguna de sus novelas ya en una edad avanzada, considerando la edad de su muerte a los 61 años.
Ernest Hemingway (1899-1961)

En el diván: el coraje de hacer historia I

En el diván: el coraje de hacer historia II

En el diván: el coraje de hacer historia III

De la versión alterada que se incluyó en la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, sólo recuperamos algunos fragmentos. No existe necesidad de publicar todo el texto, sobre todo cuando la mayor parte de las modificaciones son supresiones, omisiones y borramientos: venganza contra el texto que fue. Se recupera además el epígrafe que se colocó en el texto:

Únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansía sacarse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crítica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene.

– Friedrich Nietzsche

[Aquí eliminamos prácticamente todo el párrafo pues representaba un ataque y defensa contra los «ignorantes» del psicoanálisis; contra aquellos que no habían transitado por la «experiencia» o que simplemente se rehusaban — y algunos con razón — a participar en su transmisión, enseñanza y difusión. En otras palabras, estábamos ahí para enseñarles, para explicarles sobre los efectos que el «pasado» tiene sobre el presente desde una lectura de los textos freudianos. Dicho de otra manera: ustedes no saben, nosotros sí]

[No saben, pero no se sientan mal, no podrían saberlo. Nosotros lo explicaremos. Y no apelar en este momento a esas frases trilladas de los psicoanalistas: no saben que lo saben, saben sin saberlo, el inconsciente es un saber no conocido, etc. ¿A qué viene esta soberbia pretensión de saber sobre algo, sean los psicoanalistas, sean los físicos, sean los científicos?].

La inscripción o escritura psíquica

[Pero ¿acaso nos preguntamos qué decían otras fuentes sobre esos temas? Éramos más que fieles, éramos leales. Si acaso fuimos infieles al sentirnos tentados por otros autores y/o textos, siempre regresamos al psicoanálisis].

[El analista siempre tiene la razón. Un serio problema de la clínica freudiana y sus pretensiones de cientificidad desde la perspectiva epistemológica del falsacionismo de Karl Popper. Últimamente hemos escuchamos a algunos psicoanalistas[6] que han salido a responder por el estatuto de ciencia del psicoanálisis, pensándolo desde los programas de investigación de Imre Lakatos, por ejemplo. ¿Y por qué no de Paul Feyerabend?]

[En el original siguen unos párrafos en los que se continúa desarrollando ideas en relación con los olvidos y los actos inconscientes].

[Dos párrafos eliminados en relación con el tiempo y la temporalidad de la dinámica psíquica]. Existe una frase bellísima que expresa todo esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque la encontramos en Espectros de Marx: The time is out of joint.[7] El tiempo está desarticulado, aunque otras posibles traducciones pueden ser: el tiempo está dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; y nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo, o, mejor dicho, con su tiempo. [Ya no sólo la relación con el tiempo, nos preguntamos además si esa es la «condición» del sujeto, sin la que no puede «ser» o existir: es decir, que el sujeto existe como tal porque está fuera de sí, desquiciado, dislocado, desarticulado — desde el psicoanálisis lacaniano diríamos que sí está articulado, entre un S1 y un S2, que son su «causa» —. Pero hasta aquí llegó la referencia a ese maravilloso Exordio durante esta presentación y escrito. En cualquier revista «seria» y apegada a los criterios rigurosos de ciertas metodologías de la investigación, y por lo tanto de rigor académico con pretensiones científicas, nos negarían la utilización de un adjetivo así, ¿por qué? ¿Por qué sólo resulta «maravilloso» para nosotros? Justo ahora pensamos lo siguiente: cada vez que volvemos y recordamos dicho texto, que consta de apenas unas pocas páginas, resulta que la importancia y el peso del autor es cada vez menos relevante. No tiene el peso como entonces lo tenía Freud, por ejemplo, cuando leíamos sus escritos y no podíamos evitar pensar en la «genialidad» freudiana. Derrida pasa como uno más, aunque no lo sea. Claro que aquí nos encontramos en una desventaja enorme: no conocemos ni hemos tenido la oportunidad de convivir con «derridianos» —ni derridianas, para nuestra buena o mala fortuna— así como hemos tenido la oportunidad de convivir con freudianos. No sabemos, qué tal que, de haber pertenecido a algún círculo de seguidores del filósofo argelino, hubiésemos acabado también enlistándonos en las barricadas filosóficas que lo defienden contra toda crítica o cuestionamiento. Como sea, la frase y su tema parecen sostenerse más allá de la figura de su autor].

[Literatura. Primero, una frase de Goethe que encontramos en Nietzsche; segundo, una frase del Hamlet de Shakespeare que encontramos en Derrida. ¿Por qué la literatura? ¿Por qué este recurso? ¿Por qué los filósofos recurren a ella? No nos parece poca cosa, siendo que, supuestamente, los filósofos son los «grandes» pensadores de «todas» las cosas y entonces no deberían servirse de géneros literarios hechos para entretener. Nietzsche inaugura su segunda consideración intempestiva recurriendo a la literatura. Algunas veces decimos que algún autor, poeta, compositor, cantante, paciente, etc., tuvo las palabras precisas para decir eso que estábamos viviendo, pero no lográbamos decirlo con tal precisión —justo como nos sucedió con la frase de Hamlet—, y nos preguntamos si acaso sucedía también así con este par de pensadores: Goethe a lo largo de la obra de Nietzsche y Shakespeare a lo largo de Espectros de Marx. Y aquí damos un brinco de unos tres años aproximadamente: cada vez nos convencíamos más de que esta «tesis» estaba más cerca de algún género literario y cada vez más lejos de las exigencias académicas o científicas de la «metodología de la investigación». Y a propósito de esta última, junto con la ciencia, tenemos que seguir tomando en cuenta, que todavía nos ocupa, sigue siendo un referente con el que tenemos que estar batallando todavía, pero que, al igual que Freud, empieza a perder consistencia].

[Otras dos palabras clave: escritura y literatura. Son dos temas que se fueron imponiendo y acabaron arrastrándonos, dejando poco a poco el interés por las teorías, la resolución de problemas, las estructuras, los universales, los goces, etc. ¡Nos interesábamos más por las mentiras que por la verdad! Aquí alguien —nosotros— podría —podríamos— decir—decirnos— que el psicoanálisis también pudo haber servido a ese propósito, pues intenta desengañarnos de la conciencia. Y tienen razón en ello, salvo por los peligros que representaba la adoración de ídolos al enlistarse en el ejército psicoanalítico. Y aquí se suele bromear con las posturas de Freud al respecto —su comunidad del anillo, por ejemplo— y suele haber un pequeño atisbo que deja entrever algo de ese estilo autoritario, pero que se termina justificando: «es que era Freud, y él podía hacer lo que quisiera; se le perdona debido a su genialidad». Ya no sorprende saber esto porque se cree — o creen — que se le sigue sólo en los textos y en la clínica, y se rechaza lo personal. Sin embargo, mucho de lo que se transmite parece colarse por esta última vía. ¿Podría decirse entonces que el desinterés no fue por los textos ni los autores, sino por el estilo en que estos pretendían transmitirse?].

En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepulturero del presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio de la potencia de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud. Nietzsche concluye: donde hay cierto exceso de historia-pasado la vida se desintegra y degenera. [Y de aquí a elaborar y problematizar una idea sobre la ligereza nietzscheana parece haber pocos pasos. Será que desde entonces la idea sobre una ligereza nietzscheana empezaba a interrogarnos].

[Ese interés por Nietzsche y Derrida que nos alejó de Freud fue la vida, aunque no sepamos responder qué es. ¿Y no se trataba de vivir cuando se insistía y hablaba tanto del deseo? ¿Estamos siendo demasiado duros con nuestra experiencia y tránsito por el psicoanálisis? Tenemos que explicarnos mejor en este sentido quizá: cuando se hablaba del deseo, fuese con Freud o con Lacan, el mayor peso siempre era su dimensión trágica, fúnebre, lamentable, irresoluble y fatalista, y muy pocas veces se trataba de su potencialidad para la vida. Y aquí vienen a nuestra memoria otras frases ya clásicas —y huecas— del psicoanalismo erudito: «el psicoanálisis no sirve para nada»; «uno nunca se cura del inconsciente»; «siempre habrá síntomas, sueños, lapsus, olvidos y demás formaciones del inconsciente» —por lo menos, por esta parte seguirá habiendo chistes, y por lo tanto risas, y podremos continuar riéndonos unos de otros—; «la relación sexual no existe»; «el amor es pura ilusión, engaño y narcisismo»; «la cultura no es sin malestar»; «el hombre es el lobo del hombre» —frase que estrictamente hablando no fue acuñada por el psicoanálisis—; «un análisis ‘bien’ conducido devolverá la capacidad de trabajar y amar, a lo mucho»; «un psicoanálisis puede llevar a considerar esa tragedia y dolor como una tristeza banal»; «el deseo puede llevar a la muerte»; «nada tiene sentido»; «el deseo es un camino de soledad»; etc. En síntesis: pura pesadez, una especie de abatimiento total en el que, de no aceptar las cosas «como son», o como las piensan los psicoanalistas, se seguirá sufriendo; aunque si se aceptan, igual se seguirá padeciendo. ¡Cómo no íbamos a estar necesitados de aire fresco! ¡Cómo no íbamos a querer elevarnos sobre esos mojones! Llegamos a amar ese fatalismo y pesimismo freudo-lacaniano porque en un primer momento nos libró de algunas ilusiones, pero nos estaba dejando sumidos en una visión bastante lamentable y vacía de la existencia. Esa atmósfera psicoanalítica nos estaba ahogando].

[Fragmento eliminado en relación con los posibles resultados de un trabajo analítico. Sólo recuperamos la cita siguiente] Juan Vives Rocabert, en su libro La muerte y su pulsión[13], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico. [Más fragmentos eliminados] Gracias. [Algunos materiales quedaron al margen de la exposición debido a cuestiones de tiempo].

[En este apartado habíamos incluido algunas ideas de Clément Rosset — alumno de Lacan, cuando aún le dábamos importancia a la procedencia, genealogía, «origen» e «influencia» de su pensamiento: si fue alumno de Lacan, entonces no era cualquier pensador. Y ciertamente no lo es, pero ¿no lo es por haber sido alumno del psicoanalista francés, necesariamente? —, Sören Kierkegaard, Georges Didi-Huberman, Sylvie Le Poulichet, entre otros].

[Sin resumen ni conclusiones].

[Con especial agradecimiento a Maria Laura Sierra. Fue durante el curso de su materia, El sujeto del inconsciente, que elaboramos la primera versión de este trabajo —debido a los textos y autores en que nos introdujo— durante el primer semestre de la maestría].


[6] Nos referimos a los psicoanalistas miembros o seguidores del grupo de investigación APOLA (Apertura Para Otro Lacan). Este grupo cuenta con un Programa de Investigación muy preciso, a diferencia —según dice su representante más conocido, Alfredo Eidelsztein— de los numerosos grupos y asociaciones psicoanalíticas freudolacanianas.

[7] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.12, 15, 63, etc.

[13] Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. Una perspectiva freudiana. Paidós

Del cuerpo a la descorporización

Una cosa que se explica deja de interesarnos.

¡Cuídate, pues, de no explicarte demasiado a ti mismo!

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a los compartidos anteriormente ¿Por qué Nietzsche? I y II de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes. Los subtítulos entre corchetes han sido añadidos posteriormente]

Teniendo en cuenta lo expuesto en el capítulo anterior, tenemos que matizar y aclarar ciertos puntos en relación con el cuerpo, el psicoanálisis y la vida. No se trataba en aquel entonces de erigir nuevos ídolos, ni de cambiar un Dios por otro, ni de una «conversión religiosa» o cambio de paradigma —del que además ni siquiera podríamos dar cuenta de manera puramente lógica, como lo señala Alan Chalmers en ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?: «No existe ningún argumento puramente lógico que demuestre la superioridad de un paradigma sobre otro y que, por tanto, impulse a cambiar de paradigma a un científico racional»[1]. Dicho de otra manera, los motivos últimos sobre los que los científicos deciden su cambio de adscripción no son solamente lógicos. ¿Será acaso, a fin de cuentas, dinero, trabajo, rencillas, poder, amistad, enemistad, creencias, fe? No pensemos mal, ellos dicen que su empuje viene dado por su «voluntad de verdad»—. Estábamos cansados de creer, nos descubrimos como unos tipos religiosos que creían en la verdad y las razones últimas y universales: queríamos fundamentos. Por esto mismo, necesitamos restarle peso al lugar del cuerpo que en el apartado anterior aparece como el espacio en el que tiene lugar toda esa vitalidad que experimentamos durante nuestra primera lectura de los textos nietzscheanos, y también en el que tiene lugar la posterior pesadez. Es necesario aclararlo para evitar caer en otro engaño y, por lo tanto, continuar siendo veneradores, idólatras y creyentes —pero no resulta tan sencillo de resolver: «He matado al idólatra que hay en mí», «Ya no creo en nada ni en nadie, a partir de ahora construiré mi propio camino, la intuición será mi guía», «No existe mejor enseñanza que la vida misma», «Me declaro una mezcla entre agnóstico y escéptico», «Soy Zaratustra, el más ateo de los hombres, ¿existe alguien más ateo que yo?», etc.—. No es algo que podamos resolver en un instante: por una parte sí existe la afirmación de que la experiencia vital del cuerpo trastocó nuestra vida radicalmente, por otra, dicha experiencia se da por instantes, incluso por azar, aunque en otras ocasiones salimos a buscarla y nos encontramos; pero al mismo tiempo no «logró» consolidarse como nuestra «buena nueva»: «Acercarse amigos míos y escuchad: esa otra razón, el cuerpo, es la verdad y fundamento último de todo acontecer. Apreciarlo y adorarlo, pues sólo de él florecerán los frutos más dulces y jugosos que jamás hayan probado. Escuchad esto, grabárselo en su memoria y esparcirlo por todo el Continente». No fue así, lo cual no significa que reneguemos o hayamos abandonado esa vía. ¿Qué pasó con el soberano en nosotros y que en cualquier otro momento hubiese querido difundir ese mensaje para todos? No dejamos de estar en batalla con nosotros mismos —y quizá lo estemos hasta nuestros últimos días—, pero cómo resolver que, a pesar de haber desenterrado un gran tesoro, su brillo ya no haya iluminado todo.

Nietzsche y su Martillo, Nietzsche and Hammer
Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

[Cuerpo, Cuerpismo]

De haberlo resuelto como solíamos hacerlo, significaría que habíamos encontrado un nuevo Dios: ahora es esto, el cuerpo. En esas búsquedas queríamos creer en algo o alguien, a pesar de que la vía de la creencia religiosa «ortodoxa» nos estaba cerrada. Nunca hemos podido creer en dios, aunque quisiéramos; más de diez años de adoctrinamiento en un colegio católico no sirvió de mucho, digamos que hizo su trabajo a medias: resultamos ser unos tipos religiosos, pero no del dios que nos proponían. Pero había algo erróneo en todo esto, y no podemos explicarlo aún. Es sólo que, por un lado queríamos creer en algo, tener la seguridad y certeza de que habíamos llegado a tierra firme, donde las sentencias no podrían ser destruidas, un lugar en el que ya no sería necesario zarpar más —incluso Zaratustra vino a darle un giro a esta idea de movilidad y aventura a través de los mares, el barco, el puerto, el viaje, el vuelo, etc., Zaratustra subvirtió todo esto en nosotros, él se eleva, vuela, al igual que su sombra: «Pero sobre la hora del mediodía, cuando el capitán y su gente se hubieron reunido de nuevo, vieron de repente a un hombre dirigiéndose hacia ellos por el aire y una voz decía con claridad: ‘¡Ya es tiempo! ¡Ha llegado la hora!’. Pero cuando aquella figura estaba más próxima a ellos —pasó rápidamente de largo, como una sombra, en dirección a donde se encontraba el volcán— reconocieron, con gran asombro, que se trataba de Zaratustra»[2]—, queríamos dejar de ir de un lugar a otro, queríamos paz en nuestros pensamientos, ¡éramos unos decadentes! No queríamos querer. Por otro lado —nos vamos a contradecir, «el yo y el mí siempre discuten acaloradamente»— no soportábamos a los sabios y doctos que tenían respuesta para todo, a pesar de que en sus discursos sermoneaban la imposibilidad de saberlo, y se jactaban de saber eso, precisamente. El problema era que no pasaban de cosas como estas, en las que tenían su tierra firme: «No se puede saberlo todo, aprende a vivir con eso». A esto se reducía su propuesta, junto con la predicación de la eterna insatisfacción del deseo. Quizá este último acabó rebasándolos y no pudieron más que intentar domesticarlo, sometiéndolo a las leyes de la razón y la dialéctica, y acabaron por reducirlo a un elemento más de su teoría, sin la explosividad y potencia que quizá podría tener. El deseo quedaba reducido a una cuestión solitaria, individualista, trágica y melancólica, más cercano a la muerte que a la vida. Lo que más añorábamos —y esto sólo lo podemos pensar actualmente— era la vitalidad que el psicoanálisis no tenía en ese entonces, aunado al desprecio por el cuerpo y los afectos como algo meramente «imaginario»[3].

Quizá así se entienda mejor por qué, desde sus primeras líneas, la Consideración Intempestiva II, De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida[4] nos produjo una gran conmoción. Dice Nietzsche a través de Goethe: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[5], a diferencia del psicoanálisis que no había hecho —en última instancia— más que acrecentar nuestro resentimiento hacia la vida. No fue tan fácil la ruptura, como veremos más adelante, seguía resistiendo, queriendo salvarlo —justo como me habían enseñado y había aprendido, como veía que hacían los psicoanalistas: si critican es porque seguramente no han leído y sólo se dejan llevar por comentarios y prejuicios, y si lo han leído seguro no lo han comprendido; para estos dos casos y otros que pudieran presentarse, es preciso defender al padre Freud—. Pero rescato los años de análisis en el diván: después de todo fue en esos años que me enganché a la bicicleta de montaña, que decidí indagar en otros saberes, distintos del psicoanálisis, entre otras cosas que aprecio y recuerdo gratamente. Digamos que lo que sucedió, o no, en ese espacio clínico también abrió la posibilidad de pensar en moverme de ahí, lo que me pondría en camino —viéndolo retrospectivamente— hacia un lugar y tiempo en el que a Nietzsche tendría un papel relevante, pero no único. A diferencia de la transmisión y enseñanza del psicoanálisis, en la clínica tuve la «fortuna» —no sé de qué otra manera decirlo en este momento— de no encontrarme con un nuevo amo.

Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

No se trataba entonces de erigir un monumento al cuerpismo. Y nuevamente no resulta tan sencillo definirse o decidirse en relación con esta idea del cuerpo. Por una parte, aquella primera lectura de los textos nietzscheanos se cruzaba con un momento de intensa actividad física, un período de movimiento y esfuerzos corporales que no habíamos experimentado nunca; coincidíamos plenamente con Nietzsche: cuerpo, vitalidad, actividad, sangre, corazón, aire, metas, riesgos, límites, superaciones, dolores, alegrías, etc. Esa era nuestra nueva razón de «ser», el estar superándonos por medio de aquellas actividades. Por otra —y esto puede añadirse a las respuestas del apartado anterior sobre la caída de Nietzsche, que por cierto nos remite también a que calló al final de su vida, que su voz se apagó, que no tenía ya nada para decirnos, o, como hemos podido rectificar, aún tenía bastante para decirnos a pesar de su silencio y caída—, no queríamos caer nuevamente en las necedades de decir que esa era la respuesta, que ahora habíamos encontrado lo que buscábamos. Curiosamente no pensábamos en nada de esto durante nuestras salidas. No diremos que no pensábamos en nada, el pensamiento no puede encontrar asiento y algunas ideas y formulaciones encontraron su expresión más clara durante algunos ascensos —nunca durante el descenso pues este exige la máxima atención al camino, la posición del cuerpo, la fuerza del frenado, el trazado de las líneas, el balance en las vueltas—, ayudados muchas veces por el silencio de la montaña. En esos instantes el pensamiento sobre el sentido de la vida rara vez nos visitaba, pues la vida sucedía, precisamente, en aquellos. Quién sabe qué otras ideas se habrán quedado en esos caminos. Teníamos y no teníamos la respuesta, entre sí y no. Aunque nuestra actividad en la montaña ha disminuido, ha sido una de las «verdades» —o «mentiras útiles»— más hermosas que hemos podido permitirnos, uno de los errores más útiles que hemos llevado a cabo. Debido a esto nos reservamos la antigua pretensión de afirmar la universalidad de lo que estábamos viviendo. Además, los fragmentos habían perdido su mala reputación y, por el contrario, multiplicaban las posibilidades pues ya no estaríamos forzados a seguir un sólo camino.

[«Errores útiles» y «Errores inútiles»]

Continuando con esta serie de aclaraciones, pasamos a un texto breve de Mónica B. Cragnolini —de quien ya sabíamos en nuestros primeros acercamientos a Nietzsche— titulado Ello piensa: la «otra» razón, la del cuerpo[6]. En este escrito, la consideración por el cuerpo como un nuevo suelo y tierra firmes queda descartada. Aunque la autora se centra en el «es» nietzscheanoutilizamos este adjetivo para diferenciarlo del posterior «Es» freudiano sustantivizado, más allá de la negativa freudiana de haber leído al filósofo que habría adelantado sus descubrimientos por medio de la intuición y la contemplación, en lugar de hacerlo por vía de la práctica clínica y la experiencia como según habría hecho el médico vienés, quien además, si acaso le reconoce algo, lo hará siempre al margen[7] o por medio de Groddeck—, toca de paso el tema del cuerpo como un resto útil que deberá ser abandonado eventualmente en el momento en que ese «error útil» no sirva más. Con esto quiere decir que, así como el «ello piensa» tendrá que ser dejado como un resto útil que sirvió para aclararnos e interpretar ciertos problemas, de la misma manera el cuerpo tendrá que ser abandonado cuando ya no nos sea útil en los procesos interpretativos e intentos de resolución de problemas —aunque se podrá seguir haciéndolo, siempre se podrá forzar lo que se nos da y adecuarlo a nuestro «marco teórico»—. Nos advierte también sobre los «errores inútiles», que serían aquellos que se creen inmutables o «naturales» sin importar la perspectiva desde donde se los mire, pues siempre han sido y serán así. Es decir, considerar el ello piensa o el cuerpo como entidades o agentes de acción, como la «verdadera» subjetividad, como suelo firme donde asentarse sin interrogarse más, tomándolos como certezas y seguridades, haciendo metafísica de ellas, sería caer en el error de los «errores inútiles». Ambos ya son interpretación de algo más que está sucediendo, son errores útiles pues nos ayudan a interpretar ciertos procesos, y si Nietzsche los utilizó fue —entre otras cosas— para descentrar al Yo (Selbst) de la ciencia moderna, pero no para proponer un nuevo centro. A propósito de los márgenes y la importancia de lo periférico como central, la autora es muy clara al respecto en la nota al pie número 17 de su trabajo: «Aquí podríamos cometer el error de pensar que el cuerpo ocupa ahora el lugar de la subjetividad: insisto con esto, a pesar de que ya lo he señalado. No se trata de encontrar un ámbito más verdadero o prístino para la constitución de sí (ahora, en la ‘naturalidad’ del cuerpo), sino de la invención de una ficción ‘más útil’ para interpretar determinados procesos»[8]. Serán los restos —y los recuerdos— de que en algún momento interpretamos algo en una cierta manera, y que hemos abandonado por ya no ser «útiles» para el pensamiento.

Nos preguntamos si pasará esto también con los textos nietzscheanos y su autor. La respuesta directa, sin tantos rodeos es sí: deberán ser abandonados como un resto cuando dejen de funcionar como «errores útiles» para la interpretación de diversos procesos. Mejor de esta manera en lugar de convertirlo en un «error inútil», justo como él mismo lo anticipaba en Por qué soy un destino de Ecce Homo: «Y, pese a todo, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son cosas de la plebe, yo tengo necesidad de lavarme las manos después de haber tenido contacto con hombres religiosos… No quiero ‘creyentes’, pienso que soy demasiado malicioso como para creer en mí mismo, nunca le hablo a las masas… tengo un miedo terrible a que algún día se me declare santo: se adivinará por qué motivo publico este libro antes, hay que evitar que se cometan conmigo tropelías… No quiero ser ningún santo, preferiría ser un bufón»[9]. Donde hay fundación de religión se cometen tropelías, empiezan los creyentes y existen los santos, y no puede haber religión sin dios —¿o sí, budistas?—. Nuestro problema, ahora lo pensamos de esta manera, es que no queríamos dejar de interpretar el mundo y a nosotros mismos. El psicoanálisis, aunque no se proponía como una interpretación de los «hechos», no dejaba de ser interpretación, y eventualmente todo —como buen creyente— se iba reduciendo a la «cosmovisión» freudo-lacaniana. Y todo aquello para lo que no se tenga respuesta no será referido a los caminos o designios del Señor Dios, sino a los del Real. El punto sin retorno —hasta ahora— llegó cuando esa riqueza interpretativa del psicoanálisis empezaba a imponerse sobre los «hechos» y la «experiencia», y reducía la multiplicidad de la «realidad» a una serie de fórmulas, dichos, saberes y enseñanzas que empezaban a gastarse: el psicoanálisis se había vuelto una moneda gastada, sin fuerza ni valor interpretativo: no era moneda, era metal. Había dejado de ser un «error útil»: las cosas son así y así serán, inmutables y «naturales», asume tu castración.

[Caracolas multicolores]

Se espera que pase algo similar con Friedrich Nietzsche. Que el valor que tiene ahora esta moneda de la «verdad» se vaya gastando y termine como metal —y que esto seguramente los psicoanalistas podrían interpretarlo en términos de transferencia, lugares, muerte o perpetuidad del padre, castración, fin de análisis, caída del sujeto supuesto saber, denegación, Otro, etc.—, cuando la riqueza interpretativa no pueda darnos más. Aunque aquí cabe señalar algo muy puntual y que puede ayudarnos a pensar esto de otra manera, a darle un giro, es decir que no necesariamente pasará lo «mismo». La obra nietzscheana no nos brinda un marco interpretativo ni un sistema filosófico, ni una teoría estructurada, ni un programa de investigación, ni una teoría de la dinámica psíquica —aunque sí cuente con metáforas que interpretan ciertos procesos, siendo la voluntad de poder una de las más elaboradas—. Otra posibilidad es que los elementos interpretativos que nos ofrece, no los hayamos tomado como unos nuevos fundamentos a los cuales anclar nuestro barco para no partir más. Sea una u otra, lo que nos ha brindado la obra nietzscheana es la posibilidad de un cambio de piel que se reproduce indefinidamente, según leemos en el parágrafo 573 de Aurora: «La serpiente que no logra cambiar de piel perece. Lo mismo que le pasa al espíritu al que se le impide cambiar de opiniones; deja de ser espíritu»[10]. Zaratustra no solamente es un mar que puede recibir un caudal sucio —que es el hombre— sin volverse impuro, también es el mar que con sus olas nos arrebata y se lleva a sus profundidades los juguetes con que nos entreteníamos, y nos enojamos y lloramos por eso, pero las mismas olas nos traen nuevos juguetes: pusieron a nuestros pies nuevas caracolas de colores.

Un último comentario. Existe ambivalencia en relación con el cuerpo: analistas que recientemente lo elevan a la categoría, siguiendo cierta tradición biologicista de Freud, donde las pulsiones sólo son representantes representativos de los impulsos provenientes del cuerpo, dejándolo por fuera de toda posible representación, o concediéndole el lugar de lo Real: aquello imposible de representar —a diferencia del Real imposible matemático que algunos grupos predicadores de un nuevo psicoanálisis estructural están recuperando de Jacques Lacan—, y por lo tanto el lugar hacia donde deben apuntar las prácticas clínicas. Otros desprecian su papel, rechazando la importancia de los afectos y las sensaciones por considerarlos un mero engaño e ilusión, y colocando por encima la primacía del significante: ¡como si el significante no fuera engaño e ilusión también!, como si este no fuese opaco o equívoco, como si se significase a sí mismo. Esta última idea sostiene que lo Imaginario es efecto de lo Simbólico, y por lo tanto debe prevalecer —en el trabajo clínico— lo segundo, desatendiendo lo primero: «Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas y bagajes, todo lo dado de lo psicológico»[11]. Entonces, ¿el cuerpo o el significante? Si continúan operando como «errores útiles» que nos tienen aún entretenidos jugando en la playa, qué importa cuál se elija, mientras se tenga en el horizonte su eventual pérdida y la llegada de nuevas caracolas. Aunque esto último —por el momento— nos parece bastante lejano.


[1] Chalmers, A. (2000). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? (3a ed.). Siglo XXI, p.121

[2] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.151

[3] En el psicoanálisis lacaniano prima la función y operación del significante por encima de los efectos y aspectos imaginarios que produce.

[4] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[5] Ibídem, p.695.

[6] Cragnolini, M. (2005). Ello piensa: la otra razón del cuerpo en Cosentino, J. C., & Escars (comp.). El problema económico. Yo-ello-super yo-síntoma. Imago Mundi.

[7] Siguiendo a Jacques Derrida en Márgenes de la filosofía, lo periférico es lo central.

[8] Cragnolini (2005).

[9] Nietzsche (2016), p.853.

[10] Nietzsche, F. (2014). Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.694

[11] Lacan, J. (2009). Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 1). Siglo XXI, p.40