¿Por qué Nietzsche? II

Es un hecho que continuamente se produce algo absolutamente nuevo. «Causa y efecto» no es más que la generalización popular de «medio y fin», es decir, de una función lógica aún más popular a la que no corresponde nada en la realidad. No hay ningún fenómeno final sino para un ser que ha creado ya el principio y el fin.

— Friedrich Nietzsche

[El presente texto forma parte de los primeros capítulos de la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana presentada en el Colegio de Saberes de la CDMX. Previamente hemos compartido la primera parte: ¿Por qué Nietzsche? I. Los subtítulos entre corchetes fueron añadidos posteriormente]

Volvemos a ese primer trabajo cuyo título e interrogante nos ha servido para arrancar nuestra tarea actual. Recordemos que aquí estamos considerando dos tiempos para esa pregunta. Primero, el tiempo en que se interroga el valor de Friedrich Nietzsche: nos preguntamos por qué resulta importante e incluye en un seminario de posgrado, qué tiene para dar, qué podemos desenterrar de él, etc. Segundo, el tiempo en que se interroga su valor para esta tesis. Para el lector avispado, al responder la segunda interrogante, al mismo tiempo se responde la primera: sí existe algún valor —sin que importe de momento cuál— al grado de que se le dedica esta tesis. Efectivamente, y lo que intentamos responder —de manera parcial, fragmentaria, como ya hemos anticipado— es qué ha pasado durante ese tránsito de un lugar y tiempo a otros: cómo pasamos de interrogarnos sobre el valor de un texto, de un nombre, de un autor, a confirmar que el valor de esos textos —es decir, la relación que se produjo— es tal que nos vemos en la necesidad de escribir sobre eso. Y la forma que hemos hallado para responder es volver la mirada atrás, hacia el «pasado», e intentar dar cuenta de lo que sucedió. Es decir, ensayar una respuesta para dar cuenta de que la relación con Nietzsche —que se construyó a través de la lectura de sus textos y del encuentro con muchas otras fuentes— tuvo efectos imprevisibles y significativos en nosotros. No somos ingenuos y sabemos que esa reconstrucción no puede ser sin la situación «actual», precisamente esa de la que queremos dar cuenta. Es decir, quisiéramos dar cuenta de cómo cambió nuestra relación con Nietzsche, y para eso hacemos memoria de nuestro pasado, pero esa memoria no puede ser sin la construcción presente, de la que necesariamente partimos. Algo más, algo que por obvio pasa desapercibido o poco discutido: si hacemos este ejercicio de rememoración es porque evidentemente hemos olvidado qué sucedió —tenemos una idea, eso nos resulta claro, pues no se trata de una amnesia u olvido totales, ¿Cómo podríamos saber que hemos olvidado si hubiésemos olvidado todo?— y contamos sólo con algunos detalles, recuerdos y fragmentos dispersos durante estos años a los que intentamos darles cierto orden y sentido —sí, por más que constituyan una ficción, una novela, una metáfora o una «tesis»—; a fin de cuentas, eso no deja de insistir —¿será por eso que es necesario redimir el pasado, afirmar que así se quiso y así se querrá, romper con el ciclo de la venganza contra el tiempo y su fue para librarse de su peso?— y durante mucho tiempo hemos sido muy poco hospitalarios: no habíamos respondido al llamado. No dilatemos más esa historia.

Anne Dufourmantelle: filósofa y psicoanalista (1964-2017).
Anne Dufourmantelle (1964-2017), filósofa y psicoanalista

[Pesadez y Ligereza]

La ligereza —que es el tema que nos ha ocupado últimamente y que pensábamos tratar en esta tesis— no aparecía explícitamente en ese primer trabajo del seminario[1]. No obstante, sí aparece su opuesto en la primera línea: «No quiero dejar fuera de este ejercicio la pesadez que me ha invadido en estos días»[2], una pesadez relacionada con las lecturas de aquellos días. Fácilmente podríamos caer en el engaño de pensar que así fue: esa pesadez «tiene relación con lo que me produjeron las lecturas de esta semana»[3]. ¿Qué lecturas, qué se leyó, pensó y escribió sobre ellas? Pero algo más resulta de mayor relevancia en estos momentos de relectura: ya desde esa primer línea del texto, desde las primeras palabras de nuestra primera escritura en relación con Nietzsche, tenemos diagnosticado el problema fundamental: la pesadez —cabía preguntarse si no era simplemente un cambio de palabra y designación para un problema anterior, o si se extendió el panorama y pensamiento para reposicionarnos de otra manera ante el «mismo» problema; ahora sabemos que fue en este segundo sentido, y habremos de responder por qué—. La pesadez no era una palabra que estábamos acostumbrados a utilizar, pero la habíamos recuperado de los textos nietzscheanos y se impondría en adelante en nuestro vocabulario. No nos sorprende descubrirnos decadentes, pesimistas, nihilistas, etc., incluso podríamos decir que ha sido nuestro mayor «ánimo» en la mayor parte de nuestra vida. Lo que nos sorprende es que hayamos podido escribir en dicho estado y, más aún, continuar haciéndolo. Pero ¿a qué nos referíamos con esa pesadez?

Si fuimos capaces de jugarle al «médico» para diagnosticar nuestra enfermedad es porque previamente —unos diez meses antes, es decir a mediados de 2016 —contábamos con una salud y empuje excepcional. Habíamos leído cuatro textos de Nietzsche cuando todavía no teníamos ni idea de las distintas traducciones, editoriales, ediciones, alteraciones y demás sobre su obra, por lo que resultó fácil llegar a la librería y preguntar qué textos tenían. Nos presentaron cinco: La genealogía de la moral, Más allá del bien y del mal, Cómo filosofar a martillazos, El anticristo y La voluntad de poder. Los adquirimos todos salvo el último —y no fue porque supiéramos que era considerado un texto apócrifo (repetimos, éramos apenas unos «neófitos» en el tema y todo lo relevante sobre dicho texto lo descubriríamos mucho tiempo después)— sino porque el texto resultaba bastante voluminoso en comparación con los demás, esa fue nuestra «gran razón»—. Todos ellos con el mismo diseño y edición, pertenecientes a la misma colección de la Biblioteca EDAF. Sólo ahora entendemos la risa que nos dirigió nuestro viejo colega que estaba entrado en la lectura del filósofo alemán desde ya hace varios años, desde su adolescencia para ser más precisos.[4] —No chingues [sic] Ernesto. ¿Qué es esto? Si quieres leerlo en serio ve con la traducción de Andrés Sánchez Pascual, de la editorial Alianza—. Lo único que pudimos hacer fue levantarnos rápidamente de nuestro asiento; su comentario casi nos había hecho brincar. —¿Cómo? ¿Existen distintas traducciones?—.

[Injertos]

Como sea, quizá luego volvamos sobre el tema de las ediciones y traducciones. Habíamos leído esos cuatro textos durante una convalecencia de 40 días, como Jesús en el desierto, pero sin Dios y con Diablo, en la que nos recuperábamos de una lesión producto de una caída de la bicicleta durante un descenso de la montaña —como Zaratustra, pero sin bicicleta ni caída ni lesión—. La historia que en ese entonces nos hacíamos sobre cómo recordábamos la experiencia de lectura de esos textos iba en este sentido, palabras más, palabras menos: un espíritu imparable e indomeñable —como la pulsión freudiana—, dispuesto siempre a luchar ante la adversidad, amante del peligro y riesgo, apostador, desprendido del pasado, sin necesidad de referentes metafísicos. Tal experiencia incluso la comparábamos con un posible fin de análisis —cosa que para nada nos convence actualmente, y que además nos hace pensar que nuestro análisis aún estaba por concluir—. Había sido tal nuestra fascinación por aquellos textos que no faltó el momento en que quisiéramos encontrar «pruebas» de eso que estábamos leyendo, desconociendo que el mismo Nietzsche era esa «demostración» de lo que ahí se escribía, y fue cuando estos textos se injertaron en otros textos: los de Reinhold Messner, los del alpinismo y la montaña. Estábamos convencidos de que Messner —junto con otros como Lionel Terray y Gastón Rébuffat, que por cierto era un lector asiduo de Nietzsche— encarnaba ese tipo de espíritu libre. Los describíamos así: «Siempre se rifaron, jugaron y apostaron la vida en sus límites, pues sólo ahí es donde se sentían más vivos: entre más cerca del límite y de la muerte, más cerca de la vida»[5]. Seguimos sosteniendo esto. Parece que tuvimos que ir a dar un rodeo, hacer un recorrido por otros lugares, autores y textos para «convencernos» del valor de los textos nietzscheanos y de lo que estábamos viviendo. ¿Por qué esa gran salud no era «razón» suficiente para aceptarla? ¿Por qué habríamos de desconfiar de lo que estábamos viviendo y nos veíamos en la necesidad de confirmarlo por otros lados? ¿Por qué no podíamos simplemente apreciar esos instantes sin necesidad de referirlo a otros saberes? Tratemos de explicarnos, no se trata de abogar por una cerrazón sobre uno mismo, ni de una especie de solipsismo, ni de la incomunicabilidad de la experiencia, ni del relativismo de las cosas. Lo que queremos interrogar es la subordinación de la experiencia a la razón, y a un tipo de razón específica: aquella de la lógica y pensamiento hipotético-deductivo. En otras palabras, el sometimiento de la vida al pensamiento y la razón.

[Ocaso]

Teníamos oídos sordos para la enseñanza que Zaratustra nos ofrecía —efectivamente, no habíamos leído Así habló Zaratustra en ese entonces, salvo esas primeras líneas de nuestra niñez, pero también es cierto que no deja de ser el referente de Nietzsche para sus textos posteriores que para entonces ya habíamos leído por lo menos una vez— en De los despreciadores del cuerpo:  «Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, hay un soberano poderoso, un sabio desconocido —que se llama el sí mismo. Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo»[6]. Ahí nos hemos descubierto, como uno de aquellos a los cuales Zaratustra dirige su discurso, despreciábamos esa otra razón, la gran razón del cuerpo. Las despreciábamos, o, mejor dicho, desconfiábamos de ella, pues nos parecía poca cosa, ¡a pesar de que la experiencia nos estaba diciendo todo lo contrario! Nos hemos descubierto todavía subordinados y títeres del soberano, de la gran señora razón, queriendo rendirle tributo y sacrificios —¿y qué es lo que se sacrifica y se ofrece sino cuerpos? ¿Y qué es lo que se derrama sino la sangre, tan valiosa para escribir?—, matando nuestra experiencia. Justo en los instantes en que más vivos nos habíamos sentido queríamos, por fuerza, introducir la lógica, la explicación, dar cuenta de manera racional —a diferencia del dar cuenta de manera fragmentaria, o de no tener por qué dar explicaciones—. El ocaso de la razón: escribimos lo siguiente en ese entonces, reformulado y recortado ahora: ¡Y cómo carambas intentar explicar por medio del pensamiento racional y la lógica eso que sucede y es posible precisamente porque prescinde en gran medida de ellos! De considerar los peligros, de «pensar razonablemente», de ser prudentes y cuidadosos, ninguno de estos sujetos hubiese existido como lo hicieron[7]. Pareciera que existen momentos en que el pensamiento mata la vida, es opuesto a ella —y quizá aquí el neurótico obsesivo sería un buen ejemplo de esto—.

Queríamos que eso que estábamos viviendo fuera autorizado por la razón, porque de esa manera no sería considerado una locura. Pretendíamos asegurar alguna razón para ello que nos confirmara lo siguiente: que no estábamos locos y que no habíamos perdido la razón. ¿Perder la razón? Precisamente eso es lo que se necesita para vivir, dejarla perdida de vez en cuando —¿De vez en cuando solamente? ¿Seguimos reservándonos? ¿Seguimos creyendo que existen los estados intermedios y bien equilibrados? Nos hemos descubierto acaso todavía temerosos—, pero nadie quiere eso, ni siquiera nosotros lo queríamos. Esto no significa que apostemos por la locura, la irracionalidad o lo absurdo. Nos hace falta mucho Dioniso y embriaguez. Quizá a esto se deba nuestra fascinación por el Exordio de Espectros de Marx.[8] Queríamos aprender a vivir —y aún queremos, por imposible que es enseñarlo y aprenderlo—: «¡Extraño empeño para un ser vivo y supuestamente vivo, desde el momento en que este ‘Quisiera aprender a vivir’ es a la vez imposible y necesario!»[9]. Extraña tarea que se nos impone, aprender a vivir, a pesar de que somos seres vivos y a pesar de que no podríamos aprenderlo de nadie ni nadie puede enseñarlo: porque la vida no pasa por la razón, la teoría ni el pensamiento. —Dudamos de esto último: el pensamiento puede también abrir posibilidades para la vida. Pensemos en las múltiples significaciones que se pueden producir a través de la lectura o la escritura: ahí se habilitan nuevas vías, nuevos pensamientos, nuevas perspectivas—.

Esto último quedará más claro si advertimos el engaño en el que se podría caer: si el pensamiento también abre y posibilita otras perspectivas, entonces habríamos de tener cuidado con confundir la razón con el pensamiento: no son equivalentes, tampoco son sinónimos, aunque en ocasiones así se los utilice[10]. Decimos esto porque pareciera que la lucha es entonces entre el cuerpo y el pensamiento. No es así, insistimos: es contra cierto tipo de razón, una razón que se quiere apropiar del pensamiento y limitarlo a sus formas. Así, queda establecido que no sólo el cuerpo está subordinado a la razón «oficial», sino que el pensamiento también, y en la medida en que logre liberarse, podrá —igual que el cuerpo— ser una razón distinta de aquella ante la que tanto hemos sacrificado. A propósito de esto, diversas escrituras también han sido sacrificadas en aras de «la razón». Así, el pensamiento y la escritura no están peleados con la vida. Si ya teníamos las «pruebas» y las «evidencias» de lo que sucedía, ¿Qué era aquello que nos faltaba transitar o saber?

Regresemos a nuestro trabajo. Habíamos dicho que existía una pesadez en relación con los textos nietzscheanos y que aquí intentábamos formular una respuesta: Nietzsche, así como Freud y Lacan, se nos había caído. No quedaba nada de esa vitalidad que habíamos experimentado en la lectura de aquellos cuatro textos hace meses, y volver a sus textos esta vez nos resultaba sumamente agotador y sin sentido —amigo lector, quizá estarás pensando que no tenía que ver con los textos, ni con Nietzsche, sino en gran parte con nosotros, o en una mixtura de ambos, pero déjame que continúe así por el momento, pues también sabrás, al igual que Nietzsche, que no siempre uno puede apartar la mirada de sí—, ya no creía en su apuesta por la vida ni creía más en mi apuesta por su apuesta. La transición de un estado efervescente a uno decadente se dio en menos de un año: Nietzsche ya no tenía nada más qué decirme: ¿y si los textos nietzscheanos sólo habían sido un fármaco más para aliviar temporalmente nuestro malestar? ¿Y si el nombre de Nietzsche no era más que un nuevo ídolo? ¿Cómo es que, entonces, volvió a elevarse con tanta potencia? ¿Cómo es que regresamos con fuerzas renovadas a sus textos y hemos logrado continuar?

[«Doctos»]

Sólo en este momento se nos ocurre otra respuesta para la pesadez de aquel entonces. Dado los acontecimientos posteriores, será que Nietzsche tenía todavía demasiado qué decirnos, que aquel primer encuentro —instantáneo y electrizante— sólo había sido el atisbo de algo mucho mayor, pero que no fuimos capaces de soportarlo en el momento. Yo estaba acostumbrado a creer en la verdad —un fiel creyente, y aunque Freud dijera que el psicoanálisis no era una cosmovisión, era claro que para la mayoría del gremio psicoanalítico que conocíamos sí resultaba serlo; señalemos también que algunos de esos psicoanalistas eran reconocidos por mantener actividades numerosas como escritores, seminaristas, docentes, investigadores, etc., y que algunos habían partido de una de las instituciones de posgrado más importantes en México, la cual después de su desaparición daría lugar a numerosos grupos y escuelas psicoanalíticas, que más que propiciar un diálogo representaban una cerrazón religiosa— por más que leyera que esta era una ficción o una novela familiar de un neurótico. El psicoanálisis se sostenía como la gran disciplina cuyas teorías e hipótesis siempre podían acomodarse a cualquier evento: lo podía explicar prácticamente todo. Contaba con fórmulas que se repetían de maestro a alumnos y que terminamos reproduciendo también en la enseñanza y transmisión. Todo parecía marchar «bien», incluso durante el análisis en el diván y fuera de él. ¿Por qué nos movimos entonces? Con Nietzsche empezamos a apartar la mirada de nosotros mismos, a interrogar aquellos saberes en los que creíamos. Nietzsche parecía indicar un camino distinto, pero lo que nos derrumbó fue saber que no estaba dispuesto a acompañarnos hasta el final —sí, justo como Zaratustra hace con sus hermanos, discípulos y amigos—. Quizá también por eso nos atrapó fuertemente el nombre de un texto cuya autora desconocíamos, y no pudimos evitar el llamado de aventurarnos en él sin pensarloElogio del riesgo[11]—. Después nos toparíamos nuevamente con ella en un trabajo conjunto que realizó con Jacques Derrida, La hospitalidad[12]. Tenía mayor sentido aventurarse por esas vías en lugar de continuar repitiendo fórmulas dentro de un saber enquistado y a veces demasiado arrogante. Un ejemplo real, trágico y lamentable de esto último que mencionamos: cuando esta filósofa francesa, Anne Dufourmantelle, muere ahogada intentando rescatar a unos niños que se bañaban en la playa, no faltaron los «doctos» «psicoanalistas» que se jactaban de tener la explicación de dicho suceso: «Murió de acuerdo con lo que predicaba», «Elogiaba el riesgo, y por eso fue hacia él», «Pasó al acto», «Figuró aquello sobre lo que escribía: la filosofía del riesgo», entre otro tipo de reduccionismos y desvaríos vulgares por el estilo. Qué vulgaridad. No podíamos dejar de sentirnos molestos por la soberbia que estos sujetos expresaban, pero al mismo tiempo sentíamos una tremenda y profunda vergüenza por nosotros mismos, pues sabíamos que en algún momento también nos habíamos colocado en ese lugar, pretendiendo tener y saber las respuestas sobre las motivaciones humanas.

Cuando comuniqué a un compañero —aquel que se río de mis textos de EDAF y que ya había leído a Nietzsche desde la adolescencia, y que principalmente se había formado dentro de la clínica psicoanalítica y era su principal «marco teórico» y referencia— mi entusiasmo por nuevos autores que estaba leyendo, como Derrida, Dufourmantelle, Foucault, Rosset, De Certeau, entre otros, y sobre las perspectivas que la filosofía empezaba a brindarme, su respuesta fue: «Ese desplazamiento del psicoanálisis hacia la filosofía no deja de señalar que se sigue buscando un padre para el psicoanálisis, que se sigue intentando darle un fundamento»[13]. Qué bien saben reducir los ánimos y las esperanzas esos psicoanalistas, que según dicen, saben escuchar; me permito generalizar en este momento. Nuevamente, qué tipo —y tipos, pues este sólo es un ejemplo, aunado al anterior, pero que se enlaza en toda una serie que podría aquí exponer— tan pesado. ¿Es que no existe algo para lo que estos no tengan respuesta? ¿Quizá eso para lo que no tengan respuesta es su pedantería? Una escritora supo muy bien ubicar este problema. En su novela Miedo a volar, Erica Jong escribe cómo Isadora Zelda, el personaje principal, le reclama a su psicoanalista lo siguiente: —¿Por qué los psicoanalistas siempre responden con una pregunta?—, a lo que él contesta, —¿Y por qué no habrían de hacerlo?—. Y con todo esto que estamos haciendo bien podrían decirnos que estamos o andamos de histéricas. Es que a estos tipos no se les va una, no pueden no saber, a pesar de ser predicadores de la castración.

Quizá en los dos párrafos anteriores, y en este último, deban buscarse las «verdaderas» razones del por qué Nietzsche empezó a ser tan importante para nosotros, a pesar del cansancio que estábamos experimentado después del frenesí de la primera lectura, a pesar de que se nos había caído igual que otros grandes pensadores y a pesar de que nos encontrábamos nuevamente perdidos. En síntesis, con los textos nietzscheanos empezamos a tener perspectiva de las cosas y ya no solamente una visión recta o cuadrada de las mismas. Porque a partir de ese momento —y esto es una formulación actual— empezábamos a dejar de derrumbar y erigir ídolos, para empezar una nueva tarea. Una tarea que partió de una idea que insiste desde que la encontramos en los Fragmentos Póstumos, Cuaderno 15, por lo que vale la pena citarla: «No derribes a los ídolos, sino al idólatra que hay en ti»[14]. No sea que terminemos como los «hombres superiores» de la cuarta parte de Zaratustra: adorando asnos.


[1] Nos referimos al seminario citado en el apartado anterior, dedicado exclusivamente a Friedrich Nietzsche.

[2] ¿Citar nuestros trabajos previos? ¿No se ha entendido el carácter conflictivo que representa el desconocimiento, heterogeneidad y multiplicidad del Yo en relación consigo mismo? Ese Yo ya es Otro en tanto «representa» el pasado.

[3] ¿Quién puede decir que se reconoce en todo lo que ha sido y fue su vida? ¿Quién puede decir: «Yo, yo he sido redimido de la venganza»? ¿Quién ha ganado para sí el derecho de decir: «Así lo quise, así lo quiero y así lo querré»?

[4] Se trata del colega citado en el apartado anterior, que aseguró que los montañista y escaladores «subliman» cierto empuje hacia la muerte en sus actividades. En el peor de los casos, buscan la muerte sin saberlo.

[5] Pero ¿no será que el querer elevarse por encima de uno mismo implica también una venganza contra lo que «se es» actualmente? Quizá por eso la creación no es sin destrucción.

[6] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.89

[7] Además, el riesgo no está peleado con el cuidado, por ejemplo. Esto lo sabían los sujetos citados en el párrafo anterior: Messner, Terray y Rébuffat. Parafraseando a Messner, la aventura sólo se considera exitosa si uno es capaz de regresar vivo a casa. Y él ha sido, en la opinión de muchos, el más exitoso.

[8] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[9] Ibídem, p.12.

[10] La razón intenta poner orden y continuidad donde ha perdido su dominio, dicho de otra manera, donde se ha quedado dormida o ha sido tomada por sorpresa. Freud, parafraseando un poco a Nietzsche, diría que los sueños vienen cuando ellos quieren, y no cuando Yo quiero; y la consciencia se encargará de producir un sentido para eso que sucedió fuera de su dominio: la cena cayó mal. Los pensamientos son múltiples, heterogéneos, fragmentarios, contradictorios, ambivalentes, fugaces, recurrentes, etc., pero una ilusión de continuidad y orden se instalará sobre ellos, o al menos eso se intentará.

[11] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo (S. Hazan, Trad.). Paradiso.

[12] Derrida, J., & Dufourmantelle, A. (2008). La hospitalidad (M. Segoviano, Trad.; 3a ed.). Ediciones de la flor.

[13] Uno más: un joven recién egresado consigue una beca para estudiar psicoanálisis en el extranjero, y con entusiasmo se lo comunica a su profesor y psicoanalista —y aquí no nos importa si fue dentro o fuera del consultorio—, que se limitó a responder lo siguiente: «Ah, sí, pero en España no hay buenos psicoanalistas».

[14] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.; D. Sánchez Meca & J. Conill, Trads.). Tecnos, p.338.

¿Por qué Nietzsche? I

Causa y efecto — toda esta cadena es una selección, antes y después, una especie de traducción del acontecer al lenguaje de nuestros recuerdos, que creemos entender.

— Friedrich Nietzsche

En suma, la narratividad, metáfora de una actuación, encuentra apoyo precisamente en lo que oculta: los muertos de los que habla se convierten en el vocabulario de un trabajo que se va a comenzar.

— Michel de Certeau

[El presente texto forma parte de los primeros capítulos de la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana. Previamente hemos compartido la Introducción: Un sueño con Derrida y el Prólogo de la misma. Los subtítulos entre corchetes fueron añadidos posteriormente]

Algo de contexto, «aunque un contexto permanece siempre abierto, por tanto, falible e insuficiente»[1], para lo que sigue. Nos encontramos con un trabajo del día 3 de febrero de 2017 que realizamos para el seminario Culpa y deuda como formación del lazo social, que además estaba dedicado exclusivamente a Friedrich Nietzsche. Por este motivo es que titulamos aquel primer trabajo ¿Por qué Nietzsche? O eso es lo que suponemos actualmente, ya que no podemos abarcar totalmente ningún contexto, ni siquiera el «nuestro», por lo que nuestra memoria y recuerdo quedan igualmente abiertos, falibles e insuficientes, nos es imposible abarcar la totalidad de los motivos y circunstancias que entonces nos atravesaban. De aquí en adelante sólo nos queda realizar una operación historiográfica con todo lo que está por venir: «La escritura sólo habla del pasado para enterrarlo. Es una tumba en doble sentido, ya que con el mismo texto honra y elimina. Aquí, el lenguaje tiene por función introducir en el decir lo que ya no se hace»[2].Y con esto nos referimos a dos puntos principalmente: 1) nuestra relación con Friedrich Nietzsche y 2) los años de nuestra formación como psicoanalistas: diván, experiencia clínica, seminarios, lecturas, reuniones, posgrados, etc.

Anatomía de Friedrich Nietzsche por Sheldon Comics
Anatomía de Friedrich Nietzsche por Sheldon Comics

Centremos nuestra atención de momento en el primero. Lo decimos así: una relación con su nombre y no solamente con sus escritos, porque sería, de nueva cuenta, imposible rastrear todas las fuentes y materiales de donde hemos partido. Con su nombre queremos abarcar la «totalidad» de las fuentes, por imposible que sea, de las que suponemos se ha construido nuestra relación con ese autor. Por ejemplo, más allá de los textos podemos ubicar numerosas fuentes y materiales «extras»: lo que se escucha durante un seminario, lo que se piensa dentro y fuera del aula, antes y después de una sesión, las preguntas que surgen en cualquiera de estos momentos, los comentarios y preguntas de los compañeros durante el seminario o los recesos, los chistes y bromas que se producen a partir de las lecturas y las clases, el cruce y la producción de todo esto y cómo se relaciona con lo previo, los vídeos y numerosos comentarios a los que acudimos en diversas plataformas digitales, y cómo esto se enlaza con los materiales anteriores produciendo nuevas ideas, afirmando o rechazando otras, y de ahí surgen unas nuevas, etc. Y claro, también estaban nuestros conocimientos previos, bastante limitados, en relación con Nietzsche. Y cómo mucho de lo que se produjo durante este andar con el filósofo alemán trastocó, y en algunos casos desmoronó, numerosas cosas en nosotros, como fue el caso de nuestro tipo de relación con el psicoanálisis. Imposible saber todo esto. Al mismo tiempo sería ingenuo afirmar que todo lo que vamos a escribir partió simplemente de la lectura de sus textos. También está la experiencia del desplazamiento, movimiento y traslado entre lugares, pues si algo logramos reafirmar con Nietzsche fue desconfiar de permanecer en un sólo lugar: la misma ciudad, los mismos psicoanalistas, las mismas voces, el mismo discurso, etc. No se trataba solamente del trabajo de las asentaderas sobre los textos —como si se estuviera empollándolos, que es necesario, sin duda—, o permanecer recostado en el diván, sino que era —y (nos) es— necesario el trabajo al aire libre para ventilar los pensamientos con aires diferentes: era preciso movernos de donde estábamos, material y figurativamente. Recordemos parte del parágrafo 34 del apartado Sentencias y Flechas del texto Crepúsculo de los ídolos, en el que Nietzsche cita a Flaubert que dice no se puede pensar ni escribir más que sentado. La respuesta por parte de Nietzsche es clara de su posición: «¡Con esto te tengo, nihilista! La carne de las posaderas es justamente el pecado contra el espíritu santo. Solo tienen valor los pensamientos que se han paseado»[3]. Es síntesis, aunque se nos pida y exija, aunque sea un requerimiento «académico», no podríamos dar cuenta de todo aquello que pensamos y escribimos; de citar todas nuestras fuentes: ¿hasta qué «lugar» y «tiempo» tendríamos que referenciar nuestros textos? ¿Cuál sería un límite razonable para dar cuenta de dónde hemos partido y desde dónde estamos hablando y escribiendo? Más aún, ¿podemos saberlo, somos tan claros para nosotros mismos y para otros como para transmitirlo? ¿Nos conocemos, aunque llevemos años buscándonos? ¿Se entiende el absurdo de «cita tus fuentes»? —Claro, y sin embargo lo hacemos—.

[Entre]

Ante tal imposibilidad, de una contextualización, memoria y citabilidad completas, infalibles, suficientes y razonables, y por lo tanto de una narrativa con esas mismas características, queda por responder cuáles son las motivaciones para involucrarse en una tarea así. Y seamos claros en esto último, no ha sido fácil renunciar a esas ilusiones de completud «universal» —¡tremenda pretensión! —y moverse en adelante en una dinámica de parcialidades, instantes y azares. Este trabajo todavía se debate entre esas dos posturas: «Lo que sucede entre dos, entre todos los ‘dos’ que se quiera, como entre vida y muerte, siempre precisa, para mantenerse, de la intervención de algún fantasma. Entonces habría que saber de espíritus»[4]. ¡Como si en lo fragmentario no hubiese vida! ¡Como si no hubiese instantes que colman y consuelan las noches más terribles! Este trabajo es un fantasma y quizá un espíritu y por lo tanto habría que saber de ellos: del espíritu de la pesadez, de la ligereza, de la venganza, por ejemplo. Entre totalidad y fragmentos, verdad y mentira, ciencia y ficción, filosofía y literatura, psicoanálisis y charlatanería, dos significantes, cualquiera «dos» que se quiera. Una tarea a partir de lo que resta y de lo que queda por venir: los fragmentos, los instantes, los recuerdos y las reconstrucciones del pasado —y también del futuro —que, a falta de otros materiales, tomamos como «verdaderos» —¿nuestra novela neurótica, nuestra ficción?—; son nuestras metáforas, o, mejor dicho, las metáforas que nos hacen. Y quizá por esta vía es que podemos responder por ahora sobre la «causa» y «origen» de esta «tesis»: eso ha tomado la palabra —evitamos la jactancia de decir «nuestra palabra»—, o la palabra nos ha tomado, quiere hablar y por lo tanto escribimos la historia de lo que ha sido y significado nuestra relación con el nombre de Friedrich Nietzsche —y con el psicoanálisis—. Una relación que por ahora es más fuerte que otras, por ejemplo, aquella que tenemos con Jacques Derrida o Jacques Lacan. Se impone —desde hace tiempo, por lo menos dos años— y no podemos postergar más el llamado y la bienvenida: intentamos responder haciendo historia, escribiendo, releyendo, reformulando, reinventándonos, todo esto al mismo tiempo. En pocas palabras, una necesidad se nos impone, y ante algo tan insistente ya no vale disimular más y a partir de ahora sólo vale responder. A fin de cuentas, «todos nuestros fines, considerados con cierta retrospectiva, adquieren el aspecto de ensayos y azares […] No actuaríamos nunca si nos representáramos todas las consecuencias»[5], lo cual nos aligera del peso de considerar esta «tesis» como un texto acabado y cerrado; o como el resultado consumado de un «Proyecto de Investigación» —así con mayúsculas —que se revisó y reescribió una decena de veces y que finalmente se autorizó, pues sólo de esa manera el resultado sería «válido»; o como la culminación solemne de una trayectoria de estudio. Esta «tesis» pasa y pasará a existir como un ensayo y un azar más en la serie de trabajos que hemos realizado. Por otro lado, nos libera de tener que «justificar» su relevancia, innovación, importancia y aportes, como si nosotros pudiésemos anticipar las consecuencias de nuestro trabajo[6]. Es decir, resulta afortunado no poder explicar «todo» ni anticipar las consecuencias de nuestra escritura; de lo contrario perderíamos el interés, temblaríamos ante el terror, resolveríamos las incógnitas o moriríamos de risa. No tendría sentido emprender ninguna acción puesto que se saben de antemano sus efectos: causa, trayectoria, modo, resultado, consecuencias, derivas, etc.

[Por amor a Nietzsche, Mi amigo Nietzsche]

La pregunta por qué Nietzsche retorna. O quizá fuimos a buscarla en ese primer trabajo en que por primera vez nos lo preguntamos de manera clara. Retornamos, y justo como en aquel entonces nos preguntábamos sobre la importancia y el valor que podría tener la obra de Nietzsche dentro del posgrado, esta vez nos preguntamos por su valor en relación con nosotros, o de nosotros con él, de tal manera que le dediquemos —también en el sentido de ser una dedicatoria— todas estas palabras. Este trabajo implica tiempo de lectura, escritura, acompañamiento, cuidado, rechazos, interrogaciones, reformulaciones, replanteamientos, avances, retrocesos, precipitaciones, etc. —es decir, una relación amorosa, y quizá ahí estemos errados en intentar responder por el por qué—. En algún momento se nos ocurrió una respuesta en ese sentido, que por cierto no cabe en los «Proyectos de Investigación», ya que de pretender hacerlo se le rechazará su «subjetividad» y «sin razón», o por no contener los suficientes argumentos lógico-racionales que preservan «la verdad» y legitiman la objetividad de los enunciados, o porque, en el peor de los casos, se diría que en dicha respuesta el «investigador» estaría sumamente implicado. Como si entonces se tuviese que investigar algo que a uno le resulte indiferente, o que no le apasione demasiado, no vaya a ser que se pierda la objetividad, o que el grado de implicación subjetiva sea el razonable, el aceptable, el que no distorsione los resultados. Como sea, no queremos profundizar en esas discusiones, decíamos entonces que se nos había ocurrido una respuesta: Por amor a Nietzsche. Pero otra la superó, una en relación con la amistad, pues pensamos que el amor no siempre conlleva amistad de por medio, mientras que estamos convencidos de que la implicación inversa sí lo hace. Además de que existe una singularidad con Nietzsche —que no nos sucedió ni siquiera con Freud o Lacan; tal vez tenga lugar un poco con Derrida—, nos sentimos muy próximos a lo que escribe, quizá porque nuestra lectura va más allá de una mera identificación y podemos reconocer en él al existente finito y vulnerable que somos todos —y aquí sí hay posibilidad de universalizar— debido a la particular exposición y apertura con que logró volcar sus experiencias en el papel. Esta posible respuesta —que tampoco sería aceptada en ningún «Proyecto de Investigación» por las razones que ya dijimos— en relación con la amistad se nos formuló de la siguiente manera: Mi amigo Nietzsche, ateniéndonos no sólo a las implicaciones y consecuencias amorosas que de ella se desprendan, sino también a aquellas de enemistad.

[Dedicatoria]

Esta «tesis» de maestría está dedicada especialmente para: el espíritu libre y el aeronauta del espíritu, el pensador intempestivo, el humano demasiado humano, el científico jovial, el pensador alegre, el caminante y su sombra, el más inmoral, ateo y malvado de los hombres, el asesino de ídolos, el filósofo del futuro, el wagneriano, el filósofo del martillo, el antiwagneriano, el que filosofa a martillazos, el que tiene piernas largas, el filósofo experimental, el maestro del eterno retorno, el filósofo trágico, el anticristo, el artista y el músico, el que es dinamita, el loco, el que es destino, el poeta, el bufón, el payaso, el bailarín, el convaleciente, el cantor, el león riente, el niño, el juguetón, el escritor de aforismos, el más afirmativo de todos los espíritus, el que niega, el más pobre de los ricos, el destructor de tablas, el guerrero, el predicador del sentido de la Tierra, el solitario, el predicador del Übermensch, el hombre de pies ligeros, el anunciador del rayo, el escalador de altas montañas, el que aparta la vista de sí mismo, el amigo de los que viven en peligro, el que vive ardientemente, el explorador de los viejos mundos, cimas y cavernas, el que vive trágicamente, el que redime todo el pasado, el que redime del redentor, el ave de presa, el apreciador del cuerpo, el que escribe con sangre, el creador, el que se supera a sí mismo, el hiperbóreo, el alciónico, el redentor de la venganza, el que se eleva por encima de sí mismo, el que se eleva por encima de otros, el ligero —y el pesado—, el deseoso de eternidad, el deseoso del anillo nupcial de todos los anillos, Zaratustra —y Lou von Salomé—, Dioniso, entre otros.

[Márgenes]

Una nota al margen sobre la importancia del psicoanálisis para este trabajo —no ignoramos esta aparente contradicción: la de colocar algo importante en los márgenes o notas de un texto—. Será evidente el carácter conflictivo en relación con el psicoanálisis —o más bien con su enquistamiento— y no puede ser para menos, pues en él pasamos y habíamos consumido la mayor parte de nuestro tiempo y formación académica, dentro y fuera del aula, en los años previos a nuestro encuentro con Friedrich Nietzsche. Se deducirá que este último tuvo mucho que ver con nuestro cambio de posición y los movimientos que posteriormente tuvieron lugar en relación con dicha disciplina, y con cualquier saber en general. También podrá leerse por momentos que el psicoanálisis es nuestro referente.

Una nota al margen sobre la nota anterior: en una lectura deconstructiva, los márgenes de nuestro trabajo podrían ser colocados como lo central del texto, desviando entonces la atención del lugar hacia donde nosotros quisiéramos llevarla. Tomamos nota de esto y no podemos hacer nada al respecto por más cuidadosos que seamos. Tampoco hemos logrado tal grado de sofisticación en la escritura de tal manera que entonces, de manera contraria, escribiéramos lo más relevante en numerosas notas al pie —¿podríamos intentarlo alguna vez?— y en el cuerpo principal del texto escribiéramos lo nimio, irrelevante y secundario.


[1] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.11.

[2] Certeau, M. de. (2010). La escritura de la historia (J. López Moctezuma, Trad.; 2a edición). Universidad Iberoamericana, p.117.

[3] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.623-624.

[4] Derrida (2012), p.12.

[5] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.; D. Sánchez Meca & J. Conill, Trads.). Tecnos, p.221.

[6] Y en realidad esta tesis no contiene nada de eso: también es un aligeramiento del academicismo que nos había impedido pensar y escribir de otras maneras.

Un sueño con Derrida*

¿Quién encontró alguna vez a un yo?

— Jacques Derrida

 

En todo filosofar no ha sido hasta ahora de ningún modo cuestión de la «verdad» sino de otra cosa, digamos de salud, futuro, crecimiento, poder, vida.

— Friedrich Nietzsche

 

El impulso eficaz para llevar a cabo la escritura de esta «tesis» no llegó a partir del ejercicio de un pensamiento lógico, razonado ni argumentado; tampoco por medio de diálogos, conversaciones o seminarios que pudieron haber tenido lugar durante el estado de vigilia. En otras palabras, no llegó mientras estábamos despiertos o cavilando sobre nuestro tema, justificación, planteamiento, metodología y demás elementos que son indispensables para un Proyecto de Investigación. Esto no significa que minimizamos todo ese trabajo de pensamiento; como se verá, estuvo relacionado e implicado con esas otra «razones» de las que no teníamos noticia en ese momento[1]. Lo sorprendente es que esas otras «razones» terminaron por dirigir el rumbo, estructura y contenidos de todo este trabajo. Mientras nosotros revisábamos una y otra vez nuestro Proyecto de Investigación, estado de la cuestión, objetivos, preguntas, etc., al mismo tiempo se iba configurando y armando un proyecto alterno que detonaría más tarde y nos arrastraría a escribir, sin detenernos, esta «tesis». Aquello que explotó fueron las consecuencias de nuestra travesía por la maestría en el Colegio de Saberes[2]. Nos referimos a las implicaciones y relaciones que se produjeron durante estos años entre la maestría y la formación, tradición y línea de pensamientos con que llegamos. En particular con nuestra formación en psicoanálisis que por aquel entonces ya le habíamos dedicado más de una década. Así, esta «tesis» sería más bien una especie de memorias, fragmentos o notas sobre lo sucedido en estos años: un ejercicio de memoria y reescritura para hacer historia, por lo que también habrá mucho olvido en ella.

Jacques Derrida Smiling
Jacques Derrida… ¡sonriendo!

Dicho esto, no se hallarán aquí las formas y elementos tradicionales de la metodología positivista, quizá ni siquiera alguna de las posibilidades que se están abriendo en los diseños cualitativos. Mucho menos es un trabajo cuyo «conocimiento» se discuta y valide desde las distintas posturas epistemológicas, ni siquiera desde una de ellas. O peor, se nos acusará de autoplagio[3] por el número de trabajos que aquí reimprimimos, reutilizamos o adaptamos. ¿Qué valor puede tener entonces un trabajo como este, que es meramente personal e íntimo? ¿Cuál es el valor de la experiencia personal? Esto es algo que hasta la fecha no logramos responder con claridad. Mejor dicho, hemos respondido a medias y circularmente: el valor y alcance se limita precisamente a esos campos, por el momento[4]. Los efectos e implicaciones que aquí presentamos estuvieron por fuera del cálculo y la razón, ni siquiera los previmos ni pudimos anticiparlos. No teníamos idea de lo que iba a suceder en nuestro encuentro con autores como Jacques Derrida o Friedrich Nietzsche, aunado a los estilos y apuestas que algunos profesores explicitaban. La transmisión que se produjo durante este tiempo y sus «resultados» no podían ser plasmados en un estilo y requisitos académicos que, precisamente, piden que lo personal e íntimo queden excluidos o que sus efectos sean prácticamente insignificantes. Pero quién tiene la medida de tales cosas: ¿Dónde inicia y termina lo personal y lo común, lo íntimo y lo público? Existía un gran peso en nosotros — el psicoanálisis — y el «estilo» nietzscheano y el «método» deconstructivo — precisamente por la gran implicación del autor en sus textos — se nos impuso como una vía posible para aligerar nuestra carga. Nos serviríamos de nuestra «tesis» para darle lugar a los conflictos y problemas que justamente se habrían producido durante el curso de la maestría. ¿Por qué habríamos de hacer otra cosa que estuviera por fuera de esto? Ése era el material, nuestro «objeto de estudio» que, sin saberlo, se había estado construyendo a espaldas de la razón y sus proyectos.

Si ya contábamos con un Proyecto de Investigación: la ligereza nietzscheana, que estábamos decididos a llevar a cabo, después de meses de trabajo, aunque constantemente aplazábamos el inicio de su escritura, debemos intentar responder qué fue lo que cambió todo lo que habíamos proyectado, pensado y planeado. Es decir, cuáles fueron esas otras «razones» que fueron más fuertes que la razón y se elevaron por encima de esta. Desde entonces y hasta ahora, el instante clave que podemos ubicar en que se produjo el giro, el «convencimiento», tuvo lugar durante un sueño, y como todo sueño, resulta una «locura» que se presta a la interpretación. Tenemos en cuenta que los nexos entre esa «causa» y sus «efectos» siempre podrán ser reescritos o eventualmente llevados más «atrás» en el tiempo o más adelante en sus consecuencias; dicho de otra manera, reinterpretados una y otra vez en busca de su «causa original». Esto dejaría asentado que en realidad nunca podríamos saber qué sucedió, pero eso no impide que en estos instantes aseguremos que fue por un sueño en particular que «tuvimos». Quizá ese sueño y giro respondan a una diversidad de causas: indispensables, concurrentes, específicas, etc., no importa cuáles. En síntesis: no sabemos qué ni cómo sucedió, por qué se produjo este giro inesperado, pero sabemos que fue a partir de ese momento, el día después del sueño, que nos decidimos a abandonar temporalmente nuestro Proyecto — pero no el tema — para pasar a algo que nos convocaba y no podíamos diferir más.

Ese sueño cambió todo en relación con nuestra «tesis». Curiosa y «extrañamente» unos días antes de que diéramos por terminados los preparativos para iniciar su escritura, habíamos empezado a hurgar entre nuestros trabajos anteriores intentando hacer memoria para averiguar dónde había surgido nuestro interés por Nietzsche y en particular por la ligereza. Esta búsqueda y rastreo eran un mero apoyo o «proyecto» paralelo a la «tesis»: eran materiales que nos ayudarían a recordar y servirían como un primer argumento para el desarrollo del tema. Es decir, en ningún momento consideramos que esas memorias y ese trabajo de retornar al «pasado» se convertirían en el trabajo final. Si así sucedió, si decidimos diferir el trabajo que ya teníamos proyectado y volcarnos en una escritura que diera cuenta de los efectos que había tenido la lectura de Nietzsche en nuestra relación con el psicoanálisis, fue debido al sueño siguiente:

Un sueño con Derrida. Del 5 al 6 de diciembre de 2019

Estoy sentado dentro de un salón de clases, y junto a mí está Jacques Derrida. Él está sentado a mi derecha* y ambos estamos en esas sillas con paleta. Su piel luce perfectamente bronceada, cabello completamente blanco, brillante y bien peinado. Está en los últimos años de su vida — esto lo supongo por el color del cabello — y sin embargo se muestra sumamente alegre y vivaz. Los dos estamos de frente hacia donde se supone están los alumnos y detrás de nosotros el pizarrón donde están escritas algunas palabras y dibujos indescifrables que me hacen pensar en el tiempo. Supongo que también soy un alumno porque sé que hay una tarea que no hice. Sin embargo, esto no parece importarnos porque ambos charlamos, nos reímos y acercamos como dos grandes amigos, nuestros hombros prácticamente se recargan uno sobre el otro: una confianza imperturbable, el afecto y la cercanía es evidente, a ninguno de los dos le incomoda. Conversamos y reímos: todo esto sucede mientras algunos alumnos van y vienen y pasan por detrás de nosotros; cosa que tampoco parece interesarnos y no interrumpe nuestra plática. Fin del sueño. *¿Sentado a la derecha del padre? Pensándolo de manera inversa, desde la mirada del observador, yo estoy a la derecha de Derrida, aunque en realidad esté a su izquierda. ¿Dónde estoy, donde me pienso o desde donde me miro y me miran? ¿Quién está a la derecha de quién? ¿Quién es el padre? ¿Hay padre?

Unos cuantos pensamientos se nos ocurren sobre este sueño: el tiempo de una escritura análogo a El tiempo de una tesis[5], que tiene relación a su vez con otro tipo de escritura: por fuera, en las fronteras o los márgenes de la academia. Entre compañeros del grupo de maestría solíamos bromear sobre el tiempo que tomó a Derrida elaborar sus tesis; según lo que nos narra le llevó más de veinte años, lo cuál era el pretexto perfecto para no llevar a cabo nuestra tarea; quizá la tarea que sentimos que no habíamos realizado en el sueño: si a Derrida le llevó más de veinte años, ¿qué podemos esperar en nuestro caso? Pero más relevante resultaba que esa tesis no se ajustaba a lo que se esperaba dentro de la academia ni a lo que pedían acaso sus colegas[6]. Sumamos a esto una de las reflexiones que se han quedado grabadas en nosotros y que encontramos en dicho texto: si ya se sabe a dónde se va en el pensamiento, para qué ir. Por supuesto, está también el tema de la muerte dentro del sueño, como un límite insalvable que precipita la escritura de la tesis sin tener que esperar veinte años o más. En síntesis: era el tiempo de una tesis, la nuestra, pero de una manera distinta a lo que ya se había proyectado.

Un día antes del sueño pensábamos títulos provisionales para nuestro trabajo sobre la ligereza nietzscheana, uno de ellos era Mi amigo Nietzsche. Creíamos que sólo habíamos hecho un nuevo amigo a lo largo de estos años, pero el sueño parece mostrarnos que no fue así, que contamos por lo menos con uno más: Jacques Derrida. Sí, era el tiempo de la escritura, pero de otra escritura, alejada de los proyectos, las ciencias y las metodologías. A propósito de la amistad: nunca habíamos sentido tan cercano a un autor como nos sucedió con Nietzsche. Ni siquiera con Freud o Lacan, a lo largo de más de diez años, nos había pasado algo similar. Mejor dicho, ninguna escritura nos había afectado tanto. El sueño nos presentó otra posibilidad, no sólo para la escritura, sino para la amistad: Mi amigo Derrida al cual también sentimos y tuvimos muy cerca. El sueño nos confirmó que aquello que pensamos son sólo los pensamientos que vienen, los que son susceptibles de conciencia, entre los numerosos hilos de pensamiento que suponemos que existen y se producen. Pensábamos en un Proyecto, pero terminamos elaborando otro que resultaba más vital para nosotros.

La «interpretación» de nuestro sueño es breve, un poco más extensa que el texto del sueño; esto sería algo impensable para algunos psicoanalistas. Hace algún tiempo — antes de los giros, cambios, problemas, conflictos, batallas, etc., antes de todos estos eventos que estamos a punto de exponer en esta «tesis» — nos rompía la cabeza la pregunta por los porqués de todo: aspirábamos a un saber que pudiese sostenerse y responder de lo que sucedía, que fuese capaz de atrapar la «realidad» en sus conceptos, articulaciones, propuestas, teorías, etc. Queríamos el triunfo de la religión en el ámbito de los saberes académicos; es decir, poder creer en algo, pero teniendo el respaldo o «fundamento» de que no se trataba de una congregación o «hermandad», sino de un saber alejado de los consuelos y esperanzas de la religión; la seguridad y confianza del creyente, pero en el ámbito de las ciencias o del conocimiento que fueran producto de la razón y del pensamiento, y no de presupuestos, prejuicios y creencias. Queríamos dioses e ídolos que respondieran a nuestras preguntas. Fue por esta grieta que se coló el psicoanálisis y sus analistas. Y la fidelidad y lealtad que les tuvimos en los años que siguieron.

Para finales de 2019 — cuando tuvimos el sueño con Derrida, después de una temporada con Nietzsche, a punto de llevar a cabo nuestro Proyecto de Investigación y abandonarlo por otras «razones» más fuertes y vitales — ya no nos interesaba llevar más allá el «análisis del sueño». No teníamos ni sentíamos ningún tipo de inquietud o ansia por saber más acerca de los sentidos de ese sueño, ni de otros; ni de continuar el «autoanálisis» ni de regresar con el analista. Habíamos renunciado a las «causas» de las cosas. Estaba bien no saber el sentido de todo eso. Además, un giro más nos había tomado por sorpresa después de toda esta travesía. No nos interesaba más lo que el analista pudiera decirnos, habíamos hallado un sustituto para su lugar y función[7]. Es más, nos quedamos cortos al decir que la escritura se nos presentó como un mero sustituto; la escritura todavía tiene mucho por decirnos, mientras que el analista se ha quedado mudo, y no precisamente porque esté jugando a ocupar el lugar del muerto. Aquel sueño, con esas pocas «asociaciones», fue capaz de impulsarnos a realizar algo que ni siquiera habíamos contemplado, además de desplazar los planes previos que lucían como los «importantes». Nos bastaban los «efectos» de ese sueño: qué importa cómo sucedió, vino o se produjo, sus efectos nos liberaron del obstáculo que nos había paralizado por meses. Indagar en las «causas» no es algo que despierte nuestro interés actualmente: «Uno debe servirse de la ‘causa’ y el ‘efecto’ tan solo como puros conceptos, es decir, como ficciones convencionales cuya finalidad es la designación, la comunicación, no la explicación»[8]. No tenemos la necesidad de indagar en esos porqués sobre lo que nos impulsó a escribir; no sea que al descubrirlos no podamos hacerlo más[9]. El sentido de nuestra mirada se había invertido: en lugar de fijarse en los supuestos orígenes o causas, es decir, en el pasado, se ha colocado en los horizontes y metas que ahora es posible ir construyendo para el futuro[10].

Recordamos el título de un texto que se publicó hace más de diez años[11]: La escritura comienza donde el psicoanálisis termina[12]. ¿Sucedió así para nosotros? El psicoanálisis obturaba con su habilidad para interpretarlo todo, y de paso nos impedía la escritura pues ya no quedaba nada por hacer ni crear. Incluso el deseo — su potencia y vitalidad — parecía haber quedado atrapado en sus constantes intentos de que nada quedara por fuera de su saber. Incluso el psicoanálisis tenía — o tiene — un nombre para aquello que escapaba a sus formulaciones: «lo Real». Sin embargo, no estábamos tranquilos y seguíamos buscando; de alguna manera el psicoanálisis empezó a morir y el sueño con Derrida fue el golpe mortal, pues a partir de ahí pudimos empezar a escribir parte de su historia final. Teníamos al muerto, ahora era necesario tallar su lápida. Lo que viene a continuación es algo de lo que sucedió en los últimos años de vida del psicoanálisis, no sin resistencia de nuestra parte: intentos por no dejarlo morir, sostener y rescatar su saber, «armonizarlo» con otros autores y saberes, luchábamos por conservar su peso. Y sin embrago, sin querer, al final del recorrido tuvimos que dejarlo; ya no era posible continuar con una carga así[13]. A fin de cuentas, nunca dijimos que el psicoanálisis estuviese equivocado, pero esto no quiere decir que necesariamente tuviese «razón». Esto es algo que ya no importa cuando lo que ello quiere es escalar montañas y ascender a nuevas cumbres para poder descender a los mares más profundos[14].

NOTAS

[1] A lo largo de este trabajo intentamos darle lugar a distintas voces, por lo que hablar en plural será una constante. Pocas veces se encontrará el singular de la primera persona; se verá que la soberanía y presencia de una sola voz es uno de los problemas fundamentales de este trabajo, acaso sea el más importante. Queremos aclarar además que el plural no pretende ni representa, en absoluto, ninguna especie de autoridad ni consenso académicos; por el contrario, ese plural más bien se coloca como un reconocimiento de las multiplicidades, pluralidades y heterogeneidades de las voces que nos habitan y constituyen. Si esto produce alguna confusión en el lector, no será menos que la que se produce tratando de definir eso que llamamos yo o cuando se intenta responder la pregunta: ¿quién habla?

[2] Debemos añadir que durante el segundo año de la maestría asistimos a los primeros semestres del doctorado en dicho colegio.

[3] «El autoplagio se refiere a la práctica de presentar un trabajo propio publicado previamente como si fuera reciente […] la parte esencial de un documento nuevo debe ser una contribución original al conocimiento y sólo debe incluir la cantidad necesaria de material ya publicado para entender mejor esa contribución, en especial cuando se aborde la teoría y la metodología». Esto según el Manual de publicaciones de la American Psychological Association (M. Guerra Frías, Trad.; 3.ª ed.). (2010). Manual Moderno.

[4] Sobre esto Nietzsche tiene algo qué decirnos: él aseguraba que era posible una transformación en el lector a partir de las experiencias personales del autor. Según Graham Parkes: «Nietzsche knew that what is personal may after all touch others, though the process remains obscure […] Such light and flame can illumine the way for others through the medium of the written page, as long as the style is sufficiently vibrant» [Nietzsche sabía que lo personal puede, después de todo, tocar a otros, aunque el proceso sobre cómo sucede eso permanezca oscuro (…) Dicha luz puede iluminar el camino para otros a través de los escritos, siempre y cuando el estilo del autor sea lo suficientemente vibrante]. Precisamente por este último «requisito» es que no podemos compartir la respuesta de Nietzsche. Vésae Nietzsche, F. (2005). Thus Spoke Zarathustra (G. Parkes, Trad.; Kindle). Oxford University Press.

[5] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[6] Lo cual nos remite a Nietzsche: algo similar sucedió cuando publicó El nacimiento de la tragedia o Así habló Zaratustra. No sólo no eran textos filosóficos, sino que tampoco se podían clasificar o catalogar con precisión; qué eran y qué hacer con ellos influyó, en parte, en la pobre recepción que tuvieron.

[7] Claro que aquí no faltarán los analistas que defiendan su posición aclarando que ellos no tienen nada qué decir, que su función es escuchar. También en otro sentido: no tienen nada qué decir porque no tiene las respuestas, supuestamente.

[8] Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos. p.311.

[9] Aquí tampoco faltarían los analistas que dirían que el trabajo analítico ha dejado de indagar las causas o las explicaciones de las neurosis, los síntomas y demás.

[10] Por supuesto esto también implica una cierta relación con el tiempo y la temporalidad.

[11] Más de diez años en que nos formamos como analistas: ¿serán también más de diez años en que estábamos obstaculizados para la escritura?

[12] André, S. (2000). FLAC (novela) seguida de La escritura comienza donde el psicoanálisis termina (T. Francés & N. Braunstein, Trads.) Siglo XXI.

[13] Se verá a lo largo de este trabajo que el gran peso y carga del psicoanálisis no lo eran tanto sus teorías o propuestas, sino un estilo de transmisión y formación que compartimos varias generaciones de analistas. Actualmente, y eso también se verá, un «nuevo» psicoanálisis del sur, pretendidamente científico, ha comenzado su colonización en México. Bajo la bandera de la cientificidad del psicoanálisis, diferentes sedes de APOLa (Apertura para otro Lacan) van tomando poco a poco relevancia en el ámbito nacional; sin embargo, a pesar de su supuesta novedad, sus prácticas de adoctrinamiento son bastante antiguas.

[14] Aquí es donde lo personal e íntimo podría superar sus límites, pues la experiencia habilita posibilidades y expande horizontes que anteriormente estaban muy limitados o resultaban bastante estrechos. Por supuesto que aquí se podría argumentar que la formación «teórica» también posibilita y habilita lo que se «encuentra» en la experiencia, y que esta no es posible sin unos conocimientos previos o por lo menos algunos supuestos básicos.

* Este texto forma parte  —la Introducción— de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el día 23 de marzo de 2021: Tesis: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.