Enano espíritu de pesadez

10.

Sube a nuestros hombros, pesado enano, una vez más. Vierte en nuestras orejas tus pesados pensamientos, sí, en aquellos que nos hemos descubierto anteriormente, en aquellos que deseamos la muerte y nos seduce la locura, en donde el pesimismo y la decadencia son nuestra bandera, incluso nuestro lema: lo mejor que puede pasar después de nacer es morir, inúndanos con tus sentidos fuera de este mundo, dinos que la tierra es pesada como pesada es la vida y su carga, que el sufrimiento es una objeción, que no existe esperanza ni futuro en este mundo, que nada vale la pena, que más vale volarse la cabeza o quedarse sin respirar. Vamos, di todo eso, ¿qué pasa, te has quedado mudo? ¿Son estas alturas la que te están afectando? ¿Te ha dado mal de montaña, te sientes mareado, te falta el oxígeno, quieres bajar, descender? Sientes nauseas. Ahora lo entiendes, para ti es imposible subir a estas profundidades, a estas alturas pierdes tus fuerzas. Tranquilo, no quiero matarte — sí, recuerdo que alguna vez dije que no era con odio con lo que se mataba al espíritu de la pesadez, sino con la risa —, eres mi amigo — sí, también recuerdo que alguna vez te llamé mi archienemigo — y me has acompañado durante este ascenso, y has aguantado valerosamente, reconozco eso. Este viento de montaña es fuerte y te enferma, te asfixia y te avienta. A mí, por el contrario, me fortalece, multiplica mis energías, cura mis enfermedades y desaparece mis dolores; sólo hacía falta ascender un poco más para darme cuenta de la fortaleza de estos pensamientos: sólo en lo más alto es posible la suprema afirmación del eterno retorno, porque es aquí donde te encuentro vencido. Este es mi éxito. ¿Qué dices, que en algún momento tendré que bajar, que tendré que descender, que no puedo quedarme aquí para siempre? No pierdes tu cinismo, te muestras valiente aun estando vencido. Oh, amigo, eres mi gran enemigo, y no podría negarte — ni negarnos — el buen gusto de una batalla más. Vayamos pues, descendamos otra vez, porque esto es la vida, y la quiero una vez más. — Y así comenzó un nuevo descenso para Zaratustra y el espíritu de pesadez. — Ya hemos perdido la cuenta —.

Sube a nuestros hombros, pesado enano, una vez más. Vierte en nuestras orejas tus pesados pensamientos en que deseamos muerte y locura.
LENA HADES. “Zarathustra und Zwerg” (Zaratustra y el enano), 1997. Óleo sobre lienzo, 137 x 177 cm.

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El sentimiento de la montaña

9.

El sentimiento de la montaña. Doscientos años de soledad de Eduardo Martínez de Pisón y Sebastián Álvaro. «El montañismo es, en primer lugar, una actividad que cuenta ya con dos siglos de historia. Desde que se iniciara la conquista de los Alpes, a finales del siglo XVIII, las sucesivas ascensiones a las cumbres de todos los continentes han ido marcando el avance del hombre hacia las alturas. Detrás de esta bicentenaria sucesión de éxitos y conquistas, pero también de sufrimiento, fracasos y tragedias, se esconde el impulso de una invisible pero poderosa fuerza motriz: el sentimiento de la montaña. Él es el responsable de que las personas sigan exponiéndose a innumerables peligros y arriesgando su vida en los más inhóspitos rincones de la Tierra para conseguir las cimas. Él también permite que el esfuerzo de los músculos en el medio vertical se sublime posteriormente en forma de majestuosas manifestaciones artísticas: literarias, pictóricas, musicales, fotográficas, etc.». Es tu patria, Zaratustra, la que abandonaste cuando descendiste de la montaña y a la que regresaste cuando abandonaste a tus hermanos, es la patria que predicaste, es la soledad. En eso no eres distinto de un montañista, de un escalador o de un tipo Messner, pues eres «amigo de los que hacen largos viajes y no les gusta vivir sin peligro». Expusiste tu pensamiento a innumerables peligros en los lugares más inhóspitos del mismo: los filósofos del futuro son escaladores de montaña. Desafortunadamente esa patria ha sido invadida cada vez más y de manera más salvaje: el turismo, la explotación de recursos, el crimen, las competencias y todo aquello que hace de la montaña un objeto de consumo y ocio. ¿Dónde podremos hallar nuevas cimas? Ese es el problema, pareciera que no las hay, ni como «accidentes geográficos» ni como elevados pensamientos. «Me estoy hartando, en verdad; estas montañas pululan de gente, mi reino no es ya de este mundo, necesito nuevas montañas». ¡Queremos conquistar nuevas cumbres! ¡Necesitamos nuevos pensamientos!

Robert Seethaler

La novela Toda una vida de Robert Seethaler no necesita recomendación; quizá el decir que no necesita recomendación es un juego para recomendarla. Como sea: «la vida del título es la de Andreas Egger, nacido y criado en la dureza de un pueblo de los Alpes, bajo la mano aún más dura de un tío lejano que lo condena al yugo de bueyes desde los ocho años y lo deja rengo en una sesión de azotes. La novela se abre en 1933 cuando, antes de cumplir los treinta, Egger deja las tareas del campo para sumarse a la cuadrilla de la empresa que construye los primeros teleféricos para turistas, pero Seethaler, con apenas algunos saltos temporales y prodigiosa economía, se las arregla para contar toda su vida […] una vida, ya verá, lector, también puede contarse en ciento cuarenta páginas y, Barthes tenía razón, todavía se pueden escribir novelas en do mayor». Leer la nota completa aquí.

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El peso más pesado

6.

El peso más pesado. No, no es el pensamiento del eterno retorno. Si tuviese que pensarlo en tus términos, Zaratustra, diría que mi mayor peso es el Yo. — Oye, pero nos has anticipado que estos trabajos tratarán sobre lo que has pasado, lo que has vivido, digamos que estás centrado Ti. ¿No te parece algo, o bastante, narcisista la tarea que propones? — Es que no se entiende entonces o no soy lo suficientemente claro: es porque siempre nos desconocemos en eso que hemos escrito, hay una especie de vergüenza y disgusto, rara vez de sorpresa y agrado. No, todavía no podemos decir como Zaratustra: «Este es mi gusto, no un buen gusto ni un mal gusto, pero es mi gusto y no me avergüenzo de él». Todavía no. Y no sabemos si lo lograremos. Entiéndase — eso que tratamos también de entender nosotros — que nuestro mayor peso hemos sido nosotros mismos. Ahora entendemos por qué escribimos en plural, por qué hablamos por muchos, no sólo es un intento o ejercicio de humildad o modestia — si se quiere ver así —, sino porque somos capaces de escuchar múltiples voces, pero ese Yo es demasiado fuerte y acaba por imponerse. ¡Y además es un engaño! ¿Dónde está ese supuesto Yo cuando volvemos a nuestros textos? ¿Qué es este Yo actual que se avergüenza o enaltece — las menos de las veces — de sus palabras pasadas? ¿Quién era ese Yo que escribía con esos ímpetus, seguridades y dudas hace meses? ¿Qué será de este Yo en unos meses? Sobre todo, qué será de esta «tesis» de aquí hasta el momento que la presentemos: ¿querremos volver a reescribirla, reinterpretarla para reafirmarla traicionándola? ¿Es eso Zaratustra? Una recurrente traición para afirmar el engaño que somos — el engaño que nos constituye, dirían los lacanianos —. Y sin embargo «todo» allá afuera apuesta por robustecer y darle consistencia a esto, desconociendo dicha mentira. ¿Y a nosotros de qué nos ha servido vivirlo? Sólo nos atormenta más — que no es lo mismo que decir que nos atormentamos, en una especie de masoquismo exacerbado —. Yo, el más negro de los abismos, acaso el más profundo: todas las voces caen dentro de él, todo lo absorbe, recorta, somete y asimila. Quiere reinar sobre todo lo demás. Es un contenedor, por lo menos en dos sentidos, contiene lo múltiple, pero también nos contiene de explotar y multiplicarnos. Quisiéramos que de una vez por todas explotara — sí, aquí nos tienen como decadentes y predicadores de la muerte, pero también de la vida —, suponiendo la posibilidad de una anhelada ligereza. — Ah, así que quieres que explote tu Yo. ¿Y cuéntame, qué harás entonces? Vas a quedar loco —. Sí, nos han sorprendido nuevamente, ambas vías, el suicidio y la locura siempre nos han parecido seductoras. En algún momento nos preguntamos por qué Nietzsche no se suicidó — Pero «enloqueció», que para el caso es (casi) lo mismo —. ¿Tú crees? ¿Qué será eso que pasa en esta supuesta «salud» y «normalidad» que entonces la demencia y la muerte nos parecen tan atractivas? ¿Por qué Nietzsche no se suicidó? Él sabía de eso y esto: «La idea del suicidio es un potente medio de consuelo: con ella podemos superar más de una mala noche». — Tú lo has dicho, porque en Nietzsche no sólo había eso —. Quizá existan otras formas de explotar y multiplicarnos que no necesariamente tengan que pasar por la locura o el suicidio.

El caballo de Béla Tarr, o el caballo de Nietzsche, o el caballo de Turín.
El caballo de Turín de Béla Tarr.

«El Caballo de Turín tiene su punto de partida en una anécdota que se cuenta de Friedrich Nietzsche: la vez que presa de un colapso nervioso se abraza llorando al cuello de un caballo que está siendo maltratado por su cochero, sumiéndose a partir de entonces en el más absoluto mutismo». Continuar leyendo aquí.

Para leer algo más, en particular sobre la anécdota que tuvo lugar en la plaza Carlo Alberto, recomendamos el siguiente enlace: El colapso de Nietzsche: 3 de enero de 1889.

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