Injertos y explosiones

En cualquier invento lo esencial lo hace el azar, sólo que la mayoría de la gente no se encuentra con ese azar.

Dormir sin sueños —sería, para mí, el mal supremo. Llamo a todo saber último mi peligro supremo.

— Friedrich Nietzsche

«Escribir quiere decir injertar»[1]. Cada texto remite siempre a otros textos, se entrecruza continuamente con ellos, se injerta en ellos y a su vez se deja injertar por ellos, generando así otros textos, que a su vez se injertan y son injertados: un proceso de significación plural en un despliegue de constantes reenvíos significantes.

Un texto viene a injertarse en este preciso momento —momento final del trabajo anterior, El coraje de hacer historia—, un ensayo literario en cuyas notas al pie retornan algunas de las referencias anteriores: Freud, Nietzsche, Derrida. La «pertinencia» de la literatura ya ha quedado señalada, pero no «justificada» —y no pensamos hacerlo por el momento—. Recordemos el Goethe de Nietzsche y el Hamlet de Shakespeare de Derrida. Aquí nuevamente aparecen los textos Consideraciones Intempestivas II[2] y el Exordio de Espectros de Marx[3] —y nuevamente insistimos en lo fuerte que nos convocaban esos textos que abrieron e inauguraron nuevas vías para nuestro pensamiento y que fueron un viento fresco entre tanta pestilencia psicoanalítica en la que nos estábamos pudriendo— como las ideas que «sostienen» este «análisis» de un sueño, el cual tuvo lugar la noche del 18 al 19 de abril de 2017, algunos meses después del Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Dos comentarios sobre el sueño de una bomba fue publicado en el número 12 de la revista literaria Espora – Microficción, poesía, ensayo, cuento,[4] del Departamento de Letras, Humanidades e Historia de la UDLAP en junio de 2017.

A diferencia del injerto anterior —El coraje de hacer historia—, aquí sí quisimos dejar el texto tal como se escribió y publicó, no sin añadir comentarios que operan como interrogantes que se nos plantean en este instante: ¿Cuál fue nuestro interés al momento de enviar nuestro trabajo a una revista literaria, más aún cuando los autores y las reflexiones que ahí vertimos provenían de un ambiente académico, es decir, de lo que en ese momento estábamos estudiando en la maestría? ¿Por qué no enviarlo a una revista «seria», o mejor aún, a una «indexada» —esa pequeña clave que le da «formalidad» a las publicaciones y las hace «oficiales»—? Nos es imposible responder a estas preguntas y no nos importa por ahora —quizá ya hemos respondido sin darnos cuenta; lo curioso en estos momentos es que nuestra curiosidad y ánimo se ha decantado más por las preguntas que por las respuestas—, y a diferencia del ensayo anterior aquí sí afirmamos: porque así lo quisimos, así lo queremos, y así lo querremos. No hay venganza contra este texto, ni contra su envío, ni contra su lugar o espacio de publicación. Esto no quiere decir que lo leamos sin esa extrañeza y desconocimiento que muchas veces nos atraviesa cuando volvemos sobre otros textos: nos avergonzamos y arrepentimos, no nos sentimos representados, no quisiéramos que nos confundieran y nos tomaran por eso que escribimos —Nietzsche contra Wagner, un asalto más, otro; nunca estuviste tranquilo en ese aspecto, siempre te siguió (asaltando) el fantasma de tu pasado, ¿por qué no pudiste redimirte de él?—; encontramos pocas líneas que nos resultan curiosas, uno que otro pensamiento o frase que rescatamos, pero hasta ahí: ¡cómo pudimos haber escrito eso! Por fortuna cada vez van perdiendo consistencia ciertas palabras que no hacen más que mortificar nuestro andar, por ejemplo: Yo o Subjetividad.

Freud y su psicoanálisis también tienen numerosas referencias literarias, mencionemos algunas —¿Qué produce la literatura que nuevamente nos lanza la interrogante: «¿y por qué recurren a mí, no tienen acaso ustedes sus propios recursos, por qué habrían de servirse de mí en diversas ocasiones, y no siempre como una mera comparación, analogía, ejemplo, etc.?»—: Sófocles, Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Jensen, Schelling, Hoffmann, Twain, etc. Habrá quien nos diga que tendríamos que valorar en su «justa» dimensión y peso qué tanto esas referencias resultaron importantes para Freud y la construcción de su propuesta, no vaya a ser que cuestionemos al genio creador. Nos dirán también que el marco de referencias era mucho más amplio ya que recurría a disciplinas como antropología, filosofía —a la cual desdeñaba por especulativa—, biología, física, medicina, entre otras. —«¿Qué buscan que no han encontrado ni se les ha dado en sus pensamientos académicos, científicos, lógicos, matemáticos, topológicos y demás?»—. Por cierto, a propósito de este interés por la literatura que nos arrastra y cada vez es más evidente, uno de los primeros textos que adquirimos en nuestras incursiones en el psicoanálisis lacaniano llevaba por título «casualmente» Lacan literario: la experiencia de la letra[5] de Jean-Michel Rabaté. Este autor propone que la literatura tiene una importante función clínica, y el lugar que le otorga Lacan es prominente dentro de su enseñanza: de Sófocles a Shakespeare, de Molière a Genet, de Racine a Sade y Claudel, de Gide a Duras, de Poe a Joyce, confirmando lo que Freud ya sabía, que el psicoanálisis está plenamente inmerso en ella. También nos dirán, en un intento de reducir su relevancia: «Sí, no pasa nada, mira, también existe un libro llamado Lacan con los filósofos[6], por lo que sus recursos e intereses eran mucho más amplios, incluso más numerosos que los de Freud: lingüística, antropología, matemática, lógica, física, psiquiatría, psicoanálisis, topología, lingüística, etc., por lo que la literatura pasa a ser uno más entre todos aquellos. Aunque exista ese libro sobre los filósofos no por ello su psicoanálisis es filosofía, al contrario, Lacan era un anti-filósofo». Puede ser. Simplemente no queríamos dejar de señalar que estos dos psicoanalistas tenían, entres sus múltiples y variados intereses, no pocas referencias literarias.

Comentarios sobre Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Quizá estas líneas deberían ir después del ensayo, pero algo nos sugiere que deben ir antes. Sobre el texto de aquel sueño, próximo a cumplir tres años, no tenemos más qué decir: no existe memoria en este instante sobre ninguna imagen o sensación en relación con los momentos previos y posteriores al sueño. Por otra parte, sí recordamos a la pequeña que nos hizo la adivinanza que se menciona en el escrito y nos preguntamos si continúa realizando ese tipo de juegos. Pero lo que llama nuestra atención de inicio, y quizá sobre el resto del texto, es la clara —clara y evidente sólo en este momento «actual», sólo por medio de esta lectura retroactiva— denostación hacia el psicoanálisis y su erudición que ya no tienen mucho qué decirnos. Aquí —y ahí en aquel entonces— coincidimos con Lacan, según leemos en el texto Mi enseñanza[7]: el psicoanálisis ya no sorprende a nadie, incluidos nosotros: todo mundo ya sabe hoy en día qué es el inconsciente. Ya no hay objeciones, se acepta, se reconoce, se le acepta. Y no pasa nada. Un Lacan que se jacta de no repetirse nunca ni en el mismo lugar. «Se piensa haber aceptado muchas otras cosas en paquete, a granel, gracias a lo cual todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben»[8]. Se acepta, se reconoce, se sabe del inconsciente, todo el mundo lo hace, salvo los psicoanalistas. Quizá el problema sea que saben demasiado:

— «El sueño figura o realiza de manera alucinatoria el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, justo como Freud lo descubrió».

— «La experiencia de la clínica psicoanalítica nos demuestra y comprueba que el sueño tiene su más potente impulso y motor en la sexualidad infantil».

— «El sueño es el guardián del dormir, gracias a él no despertamos durante la noche, al menos no siempre, pues existen las pesadillas o los sueños traumáticos; en estos la función del sueño se ha alterado y no puede cumplirse más, por lo que la persona despierta y a veces no querrá ir a dormir por temor a que se repitan estos sueños».

— «Es por los sueños traumáticos que Freud se ve precisado a revisar algunas de sus formulaciones sobre la dinámica psíquica, llegando a formular una de las propuestas que causaron mayor controversia: la pulsión de muerte».

— «Algunos dirán que el psicoanalista ya estaba viejo, que estaba decepcionado y pesimista por la guerra; también fue momento en que algunos de sus discípulos lo abandonaron, etc.».

— «Pero no importa lo que digan, la experiencia clínica siempre nos ha dado la razón».

Aunque, dicen, están a la espera del caso que les contradiga sus formulaciones, cosa que vemos bastante difícil, pues sabemos cuan bien se puede acomodar cualquier situación a sus formulaciones infalseables. Cuestiones así de pesadas e insoportables podríamos seguir escribiendo. Las conocemos, transitamos por ahí. Estábamos en guerra y no lo sabíamos. ¿Sería esa la bomba que estaba por explotar? ¿Sería esa la batalla que estaba por iniciar o terminar? ¿Qué es lo que iba a explotar?

— «La solución del sueño, es decir, su sentido, debe trabajarse y…» —.

Alto: ya no queremos sus respuestas, un extraño amor por las preguntas se instaló en nuestro pecho y no quiere partir. Dicho de otra manera, este ensayo es un no al psicoanálisis, o, mejor dicho, un no más. No más a su erudición y supuesto saber. Seamos más precisos, menos descuidados: no más a las pretensiones de erudición psicoanalítica, a esos pretendidos sabelotodos; claro que, si les preguntáramos o se les interrogara sobre esto, ¿alguno lo reconocería? —Ya conocemos algunas de sus respuestas: no se puede saber todo, qué es el todo, falta un significante, está la represión originaria, Freud decía que la historia del neurótico es una novela, la verdad tiene estructura de ficción, etc.—. Dicen que no, que no lo saben «todo», pero siempre tiene respuestas, que el saber es un semblante, sin embargo, nunca escuchamos a alguno reconocer su ignorancia. Una imagen, bastante atrevida y provocativa, nos viene en este momento: ¿recuerdan el papel de Willem Dafoe como psicólogo en la película Anticristo[9], como pareja de Charlotte Gainsbourg? Sí, ese tipo insoportable —y si no se le soporta ya se darán una idea del por qué— que creía tener todas las respuestas para lo que estaba experimentando su pareja, sus supuestas etapas del duelo y demás «teorías». ¿Qué pasó? Su mujer desbordó —le era imposible no hacerlo —su supuesto saber. Y aquí se nos injerta un texto más, Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[10] lanza la siguiente pregunta como una crítica al saber supuesto de las prácticas psi, poniendo en jaque a las autoridades que intervienen en nombre de la salud mental, el bienestar y la felicidad: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre, de esta mujer? El psicoanálisis —que muchos definen precisamente como una práctica— también es una práctica psi, y cada vez se nos parece más a esos saberes construidos y acabados que a un saber que potencie la vida y el pensamiento.

— «Mira, te voy a explicar: lo que pasa es que tú en este momento estás en transferencia con los textos nietzscheanos, así como lo estuviste en un momento con los textos de Freud, y seguramente después pasará algo parecido, irás a otros textos y autores, y así, porque el deseo es siempre insatisfecho».

— «Esto también ‘demuestra’ cómo el deseo es metonímico, se desplaza y el objeto nunca es el objeto del deseo inconsciente».

— «Es muy probable que te falte diván, ¿por qué no analizas esa relación que ahora tienes con Nietzsche o con Derrida?» —¿Y ustedes analizan su relación con Freud o Lacan?—

— «No, no, eso es diferente. Ahí se trata de la formación del analista».

Así es, ahora tenemos perspectiva —que no es lo mismo que decir tenemos otra perspectiva— de esto que escribimos hace casi tres años: a eso redujimos a los psicoanalistas —sin saberlo aún en aquel entonces—, a unos otros que podrían opinar y decir algo sobre nuestro sueño, analizarlo, pero que no nos interesaba más, aunque nos era imposible no hablar y formular desde la experiencia que ya nos había atravesado en el diván. ¡Caray, incluso nos sentíamos culpables de no actuar conforme a nuestro deseo inconsciente! ¿Y cómo se supone que se hace o lleva a cabo eso? No negamos ciertos efectos terapéuticos, perdurables incluso —más bien era su transmisión y difusión la que nos parecía sospechosa—. Y sobre esto que estamos escribiendo y pensando seguramente esos eruditos tendrán respuestas, pero nos las vamos a escribir esta vez. Bueno, sólo una más: esto que nos sucede puede pensarse en términos de resistencia y/o goce.

— «Espera. ¿Qué es todo esto que dices? ¿Con quién es el pique?».

Por qué preguntan con quién es el pique, para ustedes el pique siempre es con el padre, o con la instancia paterna, o con alguna de sus figuras: que si es odio y rechazo, se confirma su formulación sobre la rivalidad edípica; que si hay amor, entonces se trata de una inversión en lo contrario; y si no hay lo uno o lo otro entonces el conflicto se ha desplazado a otra representación debido al proceso represivo; nos dirán que queremos ocupar su lugar, que nuestros ataques están destinados a su borramiento o muerte, etc. O que el Otro está demasiado vivo, que sigue operando como omnisciente y omnipotente, y de ahí nuestra revuelta, nuestro desquite, nuestra venganza, que si acaso no sabemos que el Otro está castrado. ¿Qué falló en esa transmisión, enseñanza y práctica psicoanalítica? ¿Qué hay de la continua denostación y ataque hacia otras disciplinas, los ataques entre analistas —y continúan las guerras, a propósito de ese nuevo psicoanálisis del sur que poco a poco va incrementando sus filas de adeptos? Resulta fácil ver cómo el estilo beligerante y casi religioso se sigue repitiendo, un nuevo dios, una nueva guía, pero dicen que no es así—, los narcisismos exacerbados, «Aperturas» que más bien son cerrazones, la pretensión de saberlo todo y que no tienen nada más qué aprender, la arrogancia y la mentira, ¿Qué pasó con estos animales astutos que inventaron el conocimiento del inconsciente? Su insistencia en que «siempre» se producirán formaciones del inconsciente poniendo el énfasis en su dimensión padeciente, sufriente y lamentable; nunca escuchamos, por el contrario, alguien que reivindicara el chiste, la risa, la carcajada.

Al final siempre podrán decir que estamos resentidos o enojados, que nos fue «mal» en nuestro análisis o que es un desquite contra el psicoanálisis porque nuestro analista no respondió nunca a nuestra demanda de amor. Y aquí también podrán decir: «vean, nosotros no hemos dicho nada, todo ha sido dicho por él». Y así, sucesiva e indefinidamente. Qué cansado —y por momentos chistoso— nos resulta todo esto. El problema no es Freud o Lacan, ni su psicoanálisis o sus fórmulas. El problema son sus formulantes, sacerdotes e iglesias. Quizá eso era lo que explotó, lo que estaba por explotar, o lo que ya había explotado. J. V. Widmann acertó en su reseña titulada «El peligroso libro de Nietzsche», publicada en un periódico de Berna[11], sobre el texto Más allá del bien y del mal. Nietzsche fue dinamita: demolió a nuestros ídolos. Pero no íbamos a dejar que sucediera así de fácil: no eran unos ídolos cualesquiera, tenían su prestigio y fuerza; además los idólatras en nosotros no se dejarían vencer tan pronto.


[1] Véase el parágrafo 4 de nuestros Pre-textos a Zaratustra.

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Disponible en línea y recuperado el 30 de enero de 2020: https://issuu.com/webudlap/docs/espora12

[5] Rabaté, J.-M. (2006). Lacan literario: La experiencia de la letra. (A. Dilon, Trad.) Siglo XXI

[6] VV. AA. (1997) Lacan con los filósofos. (Colegio Internacional de Filosofía, ed.) Siglo XXI

[7] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós

[8] Ibídem, p.19.

[9] Von Trier, L. (2009). Anticristo

[10] Pereña, F. (2006). Soledad, pertenencia y transferencia. Síntesis.

[11] Citado por Kilian Lavernia Biescas en el Prefacio a Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.287.

Del enfermo imaginario al médico a palos

[El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica organizado por el Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM se realizó los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el auditorio del SEDIF Puebla. Dentro de las actividades, se llevó a cabo la presentación del libro Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias, con presencia de uno de los autores, Edmundo Vega Simont [no se contó con la presencia de Juan Antonio Aguirre Espíndola] y comentado por Margarita de la Torre Meléndez y Ernesto A. Ocádiz García. A continuación, presento una versión escrita de mi participación]

Para empezar a hablarles Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias[1], traeré a colación otro texto y autor que considero nos brindan una cifra clave para su lectura.

Del enfermo imaginario al médico a palos - Elementos para una crítica de las psicoterapias. Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont
Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias.

Jacques Derrida, en Espectros de Marx[2], plantea una situación similar a la siguiente: supongamos que alguno de ustedes, o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir, por fin. El filósofo argelino pregunta: ¿por qué por fin? ¿Quién aprendería? ¿De quién se aprendería? ¿A quién se le enseñaría? ¿Llegará a saberse vivir? En primer lugar ¿se sabrá lo que quiere decir «aprender a vivir»? Aprender a vivir o enseñarse a vivir, por uno mismo, ¿acaso no es lo imposible? ¿no es acaso lo que la lógica misma prohíbe? A vivir, por definición, no se aprende. Sin embargo, nada es más necesario e imposible que aprender a vivir. Aprender a vivir sólo – y solo – tiene sentido y puede resultar justo en una explicación con la muerte. Con mi muerte tanto como con la del otro. Entre vida y muerte. Sin embargo, no faltará el maestro, el padre, el amo, que en su “buena conciencia y voluntad”, dirá “yo, yo voy a enseñarte a vivir”, convencido de poder transmitir tal experiencia: educar para la vida. Y esto siempre nos dirá algo acerca de la violencia. Es violento enseñar a vivir. Clément Rosset escribe en Lógica de lo peor: “La experiencia enseña que cualquier obra ya lista antes de su realización es una obra muerta.”[3] En nuestro caso, para irnos adentrando en el tema, cualquier definición de cómo vivir la vida, hará de la vida, obra muerta. Así como toda escucha de la persona sufriente que viene al consultorio y demanda aprender a vivir, a vivir con lo que le pasa, a vivir de otra manera, a vivir sin sufrir, y se supone un saber previo, ya listo sobre eso, resultará en una escucha muerta y en la muerte del deseo.

Es de la mano de este planteamiento fundamental que nos hace Jacques Derrida que propongo una lectura Del enfermo imaginario al médico a palos. Las psicoterapias se proponen educar, reorientar, curar, y enseñar a vivir, borrando prácticamente cualquier aproximación -seria- a la subjetividad. Es decir, cuando decimos subjetividad no nos referimos a las reducciones simples e inútiles de un relativismo llano: “Cada quien tiene su propio punto de vista” o, “Cada quien su vida”. Estas frases no nos dicen nada acerca de cuestiones humanas – demasiado humanas – como son el deseo, el sujeto, el sufrimiento, la insatisfacción, el malestar, el goce, el síntoma, los fantasmas, la memoria, el olvido, las pulsiones, la muerte, el inconsciente.

Comentario durante la presentación del libro en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica
De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.

Desde el subtítulo del libro –Elementos para una crítica de las psicoterapias– y el capítulo introductorio, los autores no tendrán miramientos con las principales psicoterapias, dirigiendo su crítica hacia ellas sin concesiones, al mismo tiempo que las van diferenciando del psicoanálisis. Pero, ¿por qué es importante una crítica de las psicoterapias? Según los autores, para develar que el criterio de cientificidad en sus técnicas y aplicaciones es solamente supuesto. Que las psicoterapias son una retórica, pura ilusión de saber sin coherencia ni consistencia. Y, sin embargo, “funcionan”. Más aún, “funcionan” y no saben dar cuenta de ello, debido a su débil fundamento teórico. Retórica sin el más puro y bello estilo del Fedro de Platón. Aún más, funcionan y responden al discurso del amo que ordena adaptar y normalizar al sujeto, de manera pragmática y eficiente. Dirigirlo hacia la imagen idealizada del hombre que podemos resumir con la siguiente aporía: vivir humanamente sin vivir lo humano, es decir, redireccionar a los individuos -no sujetos- hacia una felicidad animada más por la imaginación y el deseo que por la realidad, desconociendo la perenne insatisfacción del hombre en la cultural.[4] En síntesis, las psicoterapias responden a la demanda social de un supuesto bienestar fundado en la paz, estabilidad y tranquilidad que nunca llegan o que siempre se van. Si este discurso del amo de las psicoterapias opera y “funciona” es porque el paciente así lo quiere: «Es el querer del paciente lo que convierte en juez al terapeuta y no su saber […] el paciente se presta esperanzadamente a obedecer, a dejarse sugestionar.»[5] Desconocen, tanto psicoterapeuta como paciente, la eficacia y fuerza del inconsciente, quieren imponerle una lógica evolutiva, desarrollista, productiva y que buscaría la felicidad y la salud, desconociendo la falla e imposibilidad de la satisfacción total y permanente.

Los autores nos advierten: «El psicoanálisis no es una psicoterapia, es un esfuerzo y recorrido ético que modifica la posición del sujeto ante su deseo […] La ganancia final [es] la posibilidad de crear y resignificar una vida en tanto tal, una».[6] Y resignificar una vida, aprender a vivir, por imposible y necesario que sea, sólo puede hacerse entre vida y muerte, como menciona Jacques Derrida. Y de la muerte, en tanto último suspiro, en tanto límite, en tanto irrepresentable, las psicoterapias no quieren saber.

Este discurso del amo también opera en relación con los síntomas. Ambas prácticas, psicoterapia y psicoanálisis, no tendrían lugar si no fuese porque los sujetos sufren, sin embargo, la aproximación es radicalmente diferente. El síntoma, ese sufrimiento del yo, se intenta erradicar desde las psicoterapias, además de que tiene un significado establecido de antemano que requiere de un intérprete. ¡Curiosamente las psicoterapias son más interpretativas que el mismo psicoanálisis! Imponen un saber sobre los síntomas y su solución: someten al paciente a su saber docto. “No es lo que usted pueda decir de lo que le pasa, usted no sabe. Yo le diré lo que le sucede, le explicaré.” Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[7] lanza la pregunta: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre?, como una crítica, igualmente dura y sin coartada, a ese saber supuesto de las prácticas psi. Poniendo en jaque a esas autoridades que intervienen en nombre de la salud, el bienestar y la felicidad.

El psicoanálisis lo que “sabe” es que ese sufrimiento del yo a la vez conlleva una satisfacción inconsciente. Que el síntoma es un producto lógico del funcionamiento del aparato psíquico y es una vía de acceso, por así decirlo, al saber inconsciente, por lo que no se propone eliminarlo. Mucho menos añadirle sentido, sino decantarlo, descifrarlo, traducirlo, estar a la escucha de la verdad, que ni el analista ni el analizante sabían de antemano hasta el momento en que se produce, hasta el momento en que ambos son sorprendidos por su revelación. Un saber no sabido hasta entonces, y por lo tanto no escrito ni transmitido con anticipación en ningún otro lugar más que en la particularidad de cada sujeto. La verdad habrá de ser.

En esta lectura de las psicoterapias desde el discurso del amo, el yo se cree y siente dueño del funcionamiento del aparato psíquico: autónomo, unificado, organizador, con dominio y autocontrol, adaptado a la realidad, equilibrado, guiado por el principio del placer. Se considera el centro de la vida anímica y por lo tanto aquel que, a fuerza de voluntad, de motivaciones, ánimo, recompensas, conferencias, explicaciones, sería capaz de lograr lo que se propone. En cambio, el psicoanálisis considera al yo sólo como un síntoma privilegiado, el yo es otro, es imagen de la cual depende y con la cual rivaliza en una agresividad mortífera que se juega, precisamente, en la dialéctica del amo y del esclavo. Dialéctica que las psicoterapias repiten sin saber, o sabiéndolo, pero en ambos casos ignorándolo.

Diferencias radicales entre psicoterapias y psicoanálisis también se plantearán al comparar el bienestar buscado por las primeras y la apuesta por el deseo del segundo: «Paradójicamente, un deseo satisfecho es un deseo muerto, es la detención angustiante, inhibitoria y sintomática de la circulación de la libido, representa el peso de lo real que aplasta la subjetividad y es eso lo que alimenta la queja y el sufrimiento, precisamente, el deseo inconsciente es la defensa frente al goce, es la reminiscencia de la falta y de la incompletud, y por ello es el acicate de la vida. En la lógica del deseo no reina la armonía ni la normalidad, ni el equilibrio ni la satisfacción, es una ley que va contra la voluntad de orden y bienestar del amo, es la ley suprema del sujeto que exige una posición ética, que lo compromete a una eticidad desiderativa, que no garantiza ni aporta ningún bienestar, que encamina a una historización e inscripción de la marca que lo fundó en un universo simbólico.»[8] En Punto de Quiebra, con Keanu Reeves y Patrick Swayze, podríamos tener una especie de “ejemplo” de esto que acabamos de citar: cuando Bodhi va por esa última ola al final de la película. Existe una nueva versión de esta película donde han añadido más actividades “extremas” respetando el final de la versión previa, es decir, señalando ese momento extraordinariamente único en una vida. Podemos leer el final de ambas películas como aquella ley suprema del deseo del Otro que es a la vez deseo del sujeto, que no-todos están dispuestos a asumir. Quienes desconocen esta ley suprema, o no actúan en consecuencia, quieren ganar sin riesgo, elegir sin pérdida, vivir sin morir, amar sin sufrir.

Otro elemento para esta crítica de las psicoterapias –y que presta sus efectos para que estas funcionen– es la transferencia. Transferencia que las psicoterapias ignoran, tajantemente desconocen, la consideran anacrónica, como algo que ha dejado de ser «utilizado», cuando en realidad es gracias a ella que pueden ejercer sus “poderes” de sustituir las explicaciones del paciente por sus las suyas. ¡Y cuando la consideran, creen que pueden manejarla a voluntad, por ejemplo, por medio del rapport y la empatía; que con esos “buenos tratos” se ganarán la confianza y cooperación del paciente! Esta «obra mesiánica de amor […] filantropía siniestra, sospechosa de doble intención […] intenciones amorosas que pereñan el discurso terapéutico, las pretensiones de ayudar, comprender y curar obturan el deseo del sujeto, hecho paciente, le imponen un ideal imposible.»[9] Ideales, además, que ni siquiera el mismo psicoterapeuta encarna. No saben de la transferencia como motor de la cura, es más, cuando llega a manifestarse explícitamente, más que intensamente, los psicoterapeutas derivan a sus pacientes con otros psicoterapeutas, o, conjuran la contratransferencia…

De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.
Presentación del libro «Del enfermo imaginario al médico a palos» durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica

El punto culminante de este discurso del amo lo encontramos en el sexto capítulo del texto, donde, al igual que el modelo médico, las psicoterapias enuncian su ética: el bienestar. Y a partir de esta, definir lo que debe saber, hacer y ser el psicoterapeuta. El psicoterapeuta y la psicoterapia definidas de antemano, listos antes de la consulta, son obras muertas, como dice Clément Rosset.

Otros elementos de los cuales se sirven los autores para llevar a cabo su crítica tienen que ver con el amor-odio que se juega en las relaciones terapéuticas, el narcisismo del psicoterapeuta al identificarse con el lugar del saber, el lugar del lenguaje y la comunicación como la buena nueva neoevangélica, la formación de los terapeutas y la transmisión de su enseñanza cuyo ejemplo de la hipnosis de Erickson es paradigmático, la pretensión de objetividad, los criterios de normalidad y salud, las teorías del desarrollo, la existencia de objetos y conductas buenos y adecuadas que aportan la felicidad, la imagen y sus pretensiones de omnipotencia e inmortalidad, el abuso en la utilización y desconocimiento de nociones psicoanalíticas como por ejemplo, el complejo de Edipo, el falo, la represión, entre otros. Todos estos temas serán tratados de forma clara en su crítica.

Los últimos capítulos servirán a los autores para desarrollar algunos puntos teóricos del psicoanálisis. Pasaré a mencionar algunos puntos que ahí se tratan: el psicoanálisis como un clínica lenguajera, lo imposible de decir la verdad, el deseo imposible de satisfacer, la vida pulsional, el lugar de los ideales, la formación de los analistas, la imposibilidad del encuentro entre sujeto y objeto, el discurso del analista, el lugar de objeto causa de deseo, la falta-en-ser como motor y síntoma de su deriva, la formación del yo, la eficacia simbólica, la dirección de la cura, el goce, el cuerpo, las diferencias entre pulsión y deseo, el falo que no es el pene, el complejo de Edipo, la ley, el Otro, el horror a la finitud y la muerte, entre otros. Pero, sobre todo, la apuesta por el deseo, que constituye la ética del psicoanálisis, a diferencia de la ética del bienestar propia de la medicina y de las psicoterapias, como ya se había mencionado.

 Conclusión

 Del enfermo imaginario al médico a palos sin duda representa un texto claro y preciso para introducirse en el estudio de la clínica psicoanalítica para aquellos interesados. Para los más “experimentados” resulta un texto que invita a seguir pensando y no olvidar planteamientos fundamentales de porqué el psicoanálisis no es una psicoterapia ni una rama de la psicología, sino una disciplina con sus propias teorías y prácticas. Los elementos que presenta para criticar las psicoterapias nos sirven para pensar lo que se produce actualmente, incluso fuera de las psicoterapias. El psicoanálisis no está muerto, el padre sí, y nosotros, psicoanalistas, nos declaramos sus herederos. Al igual que con Karl Marx, no deja de insistirse en que Sigmund Freud ha muerto. Y tienen razón, hasta cierto punto. Cuando el psicoanálisis no de más para pensar, dialogar y reunirnos, sólo entonces podremos decir que, efectivamente, Sigmund Freud y el psicoanálisis están muertos.

Cierro con una tercia de citas. La primera extraída del filósofo francés Clément Rosset: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo. Nada más extraño, nada más desconocido: aquí, en este espanto primero ante sí mismo, encuentra su origen lo que Freud ha descrito bajo el nombre de ‘represión’.”[10] La segunda de Pascal y sus Pensamientos: “No habiendo podido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, los hombres creyeron conveniente, para volverse felices, dejar de pensar en ello.”[11] Y la tercera de Edmundo y Antonio: “El analista está para analizar y para que su trabajo sea efectivo debe abstenerse de gobernar, educar o explotar al otro. Instaurar el orden de lo imposible, lejos de ser una fatalidad, el sujeto puede hacer una contingencia que le permitirá singularizar su historia y su deseo”.[12] Y ya encarrilados, de pilón, un par de Sigmund Freud, la primera extraída de Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico: “La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.”[13]La segunda de Recordar, Repetir y Reelaborar: “[No] se olvida que el ser humano sólo escarmienta y se vuelve prudente por experiencia propia”[14]. Aprender a vivir, si bien es imposible, no deja de ser necesario.

[1] Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias, 2ª edición. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013.

[2] Jacques DERRIDA, (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel ALARCÓN y Cristina de PERETTI, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[3] Clément, ROSSET, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013

[4] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.20

[5] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.26-27

[6] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.31-32

[7] Francisco Pereña, Soledad, pertenencia y transferencia. España: Síntesis, 2006

[8] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.79

[9] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.95

[10] ROSSET, p.82

[11] Citado por Rosset.

[12] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.148

[13] Sigmund Freud, Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.118

[14] Sigmund Freud, Recordar, Repetir y Reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.155