Otras cumbres y otros retornos

¡Qué venenosos, qué taimados, qué malos nos vuelve cualquier guerra prolongada que no se permite llevar a cabo con violencia abierta!

— Friedrich Nietzsche

«Ahora nos hemos alejado de las exigencias de la academia junto con la seriedad y la pesadez que la acompañan, hemos podido elevarnos lo suficiente por encima de ella —o con ella y a pesar de ella— y nuestras carcajadas han silenciado todas sus voces y no las escuchamos más, durante estos años de camino recorrido y batallas libradas construimos nuestra vía hacia llanuras de calma y tranquilidad —cosa que Zaratustra odia—, por fin encontramos lo que buscábamos y no volveremos a ser presa de las creencias y de las certidumbres, y cosas por el estilo». Por fortuna no es así, no podemos hablar de esa manera. ¿O sí? Quizá deberemos esperar hasta que el pesado enano nos vuelva a visitar y tengamos que librar una nueva batalla.

Un montaje de Nietzsche con uno otro de sus animales, aparte del león, el águila y la serpiente: el gato.
Nietzsche y su gato (!), montaje por ibrahim

Semanas antes de redactar la mayor parte de los escritos que hemos presentado, quizá días antes, estábamos convencidos de haber encontrado la «justificación justa y necesaria» para poder, ahora sí, iniciar nuestro trabajo de «investigación», y asegurábamos que esa sería la dirección definitiva para nuestro proyecto: «Ahora sí, ya estamos preparados, por fin». La seguridad y la alegría eran profundas: nos sentíamos «autorizados» por algunos que sabían «más» sobre Nietzsche y Zaratustra, habíamos encontrado en ellos el «permiso» para poder realizar nuestra investigación —y aquí deberemos «disculparnos» con aquellos que ya antes nos habían animado a iniciar sin demorar más la escritura y que no les hicimos caso; mejor dicho, aunque queríamos, no podíamos—. ¿Qué fue lo que pasó que, durante el transcurso de unos pocos días, ese que parecía ser el «fundamento» de nuestro trabajo, fue abandonado al final?

Decir algo sobre Zaratustra es interpretarlo: esta frase había explotado dentro de nuestra cabeza. Nos daba la libertad de escribir «cualquier cosa» —o casi cualquier cosa, recordemos el comentario que hicimos sobre la forma de trabajo de Derrida: el amor a los textos, la herencia, la fidelidad, la traición, la reinterpretación y la afirmación de una tradición— sobre el texto que durante los últimos años no nos dejaba tranquilos. ¡Eso era! ¡Y al final no fue! O quizá sí, si tomamos como nuestra interpretación todo lo que aquí se ha escrito. No se trataba ya entonces de una interpretación directa de los textos, un comentario sobre ellos, sino la interpretación que estaba teniendo lugar aún fuera del aula, mientras no pensábamos en los libros ni en las frases nietzscheanas. Esa otra interpretación eficaz que se colaba a cada rato en nuestra vida diaria y que operaba cada vez más de manera explícita.

Así, por último, hemos decidido incluir dos trabajos que muestran aún la fuerte tendencia que existía para tener que «cumplir» con los deberes y los formalismos de la academia —y aquí deberemos también ser más cuidadosos en adelante, pues no toda academia se coloca en ese sentido serio y pesado de la rigidez metodológica y científica experimental, valga precisamente el lugar desde donde estamos escribiendo—, para tener que «convencer» a otros de que el proyecto «vale la pena». ¿Según qué criterio? ¿Cuál es el referente? ¿Cómo y quién valora el proyecto? ¿Con qué intención y fin? No hay respuestas unívocas —exacto, desde qué academia habría que preguntarse—. En otras palabras, existe un aprecio especial hacia estos textos por representar los últimos intentos de formalismo y exigencia lógica a que nos enfrentamos.

El contenido del primer trabajo nos «autorizó» para la tesis —Problema además de las fronteras y delimitaciones de lo propio y lo ajeno, ¿nos autorizó o nos autorizamos? ¿nos autorizamos, ellos y nosotros, los autores y nosotros? ¿Quién autoriza y qué? ¿Relaciones de poder?—. Pero existe algo más relevante ahí: el experimento. Y vamos a decirlo también, si por una parte decir algo de Zaratustra era por fuerza interpretarlo, por otro lado, la filosofía nietzscheana es una experimentación —como lo fue su Zaratustra—, y de ahí a juntar filosofía y vida, por tanto, la vida como experimentación, y por supuesto la escritura como parte de la vida, también es una experimentación. Y por ahí también se cuela —secuela— cierta resonancia con la ligereza, y que finalmente las tres implican un riesgo: interpretemos, experimentemos, ligeremos. Mejor aún, las tres son riesgos.

El segundo corresponde a la última versión, la versión «final» de lo que entonces era nuestro Proyecto de Investigación de acuerdo con los lineamientos más generales de lo que suele incluir un trabajo de ese tipo. Un Proyecto reelaborado, reconstruido, revisado y reescrito decenas de veces, y que finalmente no se realizó. Hemos dicho que su inclusión es parte de la «evidencia» de ese academicismo aún fuerte en nosotros hasta hace poco. Y del cual no hay conclusión ni cierre. Pero también existen otros motivos: quizá nunca podríamos haber pasado a un tipo de escritura y elaboración diferente de nuestro «tema» de no haber pasado por todo ese proceso tan estructurado. Sí, tal vez queremos romantizar el pasado, o idealizarlo, «sí, gracias a ese pasado, podemos estar aquí», como sea, de lo que estamos seguros es de que queríamos ese proyecto, en verdad estábamos decididos a realizarlo, queríamos completarlo, llevarlo a fin, estábamos involucrados completamente. Y no sucedió. Y decimos esto porque quizá alguien podría decirnos, «no, mira, quizá el tema no era lo tuyo, no era lo suficientemente de tu interés», caramba, vaya que lo era. Y, sin embargo, no pasó. En su lugar algo más ocupó su lugar. Sí, aún en relación con Nietzsche, pero con un plus: con nuestros antecedentes psicoanalíticos. —Quizá de ahí el interés por la redención del espíritu de venganza en el Zaratustra, la espera por el redentor del redentor, para liberarnos de dicho peso; y atención aquí, porque esa insistencia del Zaratustra en los últimos años también empezaba a volverse una especie de carga—. ¿Qué queremos decir, que fue más fuerte la venganza? Sí, pero también puede pensarse que fue más fuerte la redención, el espíritu de ligereza.

Y en la combinación de todo esto, se abren formas distintas que no logramos explicarnos aún, pues van contra todo sentido común —y qué bueno—: cómo explicar que entre menos certezas tenemos, más ligeros nos sentimos, entre menos creencias, mayor libertad, incluso más seguros, más seguros de la falta de certezas. Al final es lo que más tenemos que «agradecerle» a El Crucificado: habernos proporcionado su martillo —¿será el mismo con el que lo clavaron en la cruz?— para destruir ídolos, pero no sólo eso, el argonauta de pies ligeros también nos proporcionó alas. ¿Quiere decir esto, con toda la arrogancia y el orgullo que merece, que nos hemos elevado por encima de nosotros mismos y de otros, o, por el contrario, con toda sencillez decir que no sabemos si lo hemos conseguido, elevarnos hacia cumbres cada vez más altas y volar sobre múltiples abismos? Ni una ni otra. Digamos que entre ambas: espectros, fantasmas. Se cuela el tema de la compasión, la última tentación de Zaratustra, quizá por ser también las últimas palabras que creemos que escribiremos para estas memorias. Quizá porque resistimos la última tentación en relación con nosotros mismos. Y no sólo la compasión, también la venganza —cuan parecidas nos resultan ahora—. Compasionarse —¿o se dice compadecerse?— y vengarse de uno mismo es la misma cosa. Una tentación recurrente, el tiro en la cabeza, la visita inesperada, la detención de la vida, la predicación de la muerte, la desesperanza eterna. Pero también está la vida, este rememorar, recorrer y revisitar el pasado nos ha llenado de nuevos bríos, respiramos otros aires; mejor dicho, aún, respiramos de otra manera.

[Este texto sigue a Retornos y descensos y anuncia la sección final de los Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un viento nuevo y fresco: un aire de altura

¡De qué sirven todo el librepensamiento, toda la modernidad, todo el sarcasmo y toda la elasticidad de un pájaro torcecuello si uno en sus entrañas ha continuado siendo cristiano, católico e incluso sacerdote!

— Friedrich Nietzsche

[[Este texto sigue al compartido anteriormente, Del cuerpo a la descorporización, de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes]

La Consideración Intempestiva II[1], hasta la fecha, conserva su valor y relevancia: fue uno de los primeros textos nietzscheanos que, desde sus primeras líneas, conmocionaron nuestras ideas —después de aquel decaimiento que ya hemos mencionado anteriormente, el referente a la «primera» lectura de Nietzsche, que como se puede deducir, correspondía principalmente a sus textos de «madurez»—. Se trataba de un viento nuevo y fresco proveniente de altas montañas: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[2]; lo contrario, un saber e instrucción enquistado y moribundo, ya no nos interesaba. Una frase que nos ha sujetado hasta la fecha. Por aquel momento seguíamos siendo fieles al psicoanálisis, por lo que intentamos una especie de articulación con Intempestiva en un intento de querer «salvarlo» o «defenderlo». Y con ello convencernos de que todavía tenía «razón», que de alguna manera Freud y Lacan —principalmente el primero— habían logrado elaborar ideas que otros sólo habían rozado o desarrollado «pobremente». Queríamos servirnos de Nietzsche en ese momento para seguir sirviendo al psicoanálisis pues este era nuestra brújula y nuestro jinete, y había que servirse del caballo de Turín. Un servilismo «voluntario» aún, convencidos, necios y obstinados en defender al «padre» del psicoanálisis.

Übermensch en su laberinto
El superhombre en su laberinto por José Quintero.

Otro de los caballos de los que nos servimos por entonces, y que hasta la fecha sigue siendo un pensamiento demasiado elevado y robusto para nosotros, es el que encontramos en el Exordio de Espectros de Marx[3]. Fue tanta su fuerza —o nuestra necesidad— que abrimos nuestra exposición en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica[4] sirviéndonos de él. Presentamos una reseña sobre la nueva edición de un texto escrito por un par de psicoanalistas que fueron nuestros maestros en la licenciatura: tiempos en que atacábamos ferozmente —según— las psicologías y psiquiatrías. Fuimos buenos reclutas y posteriormente buenos soldados; nos instruimos bien. Pero regresemos, a qué pensamiento nos referimos: aquel sobre aprender a vivir. Y justo ahora pensamos si no era eso ya una anticipación de nuestro «desencanto» hacia el psicoanálisis: era imposible aprender y enseñar a vivir, aunque para nosotros era lo más necesario, y sin embargo confiábamos en que el psicoanálisis, sus textos, saberes, representantes, maestros, grupos, etc., podrían enseñarnos eso —y que este puede ser uno de los puntos más fuertes o débiles, según se le quiera ver, por donde se nos puede rechazar, pues dicha expectativa era nuestra y era un error, al menos en relación con lo que se espera de un análisis—. Seguíamos siendo unos tipos religiosos y no estábamos conscientes de ello, sin embargo, el virus de la duda se había introducido en nosotros: nos había hecho partir hacia otros rumbos y en busca de nuevos horizontes. Y por más que los psicoanalistas repetían sus fórmulas sobre no-todo, el significante que siempre falta, la falta en el Otro, no hay relación sexual, el sujeto dividido, etc., no dejaba de ser un saber que se repetía sin mayores efectos que un desánimo y apatía que nos habíamos resuelto a rechazar. No queríamos aceptar más esa pesadumbre. ¿Qué nos dirían aquí los doctos, que no queríamos ni queremos aceptar nuestra castración?

Tal vez se nos pregunte sobre nuestra insistencia en sostener el psicoanálisis a pesar de la carga en que se estaba convirtiendo. Si se trataba del psicoanálisis o de cualquier otra cosa —amistad, matrimonio, amor, hogar, lugar, época, temporada, Otro— no resulta fácil reconocer o asumir que eso en lo que tanto tiempo uno estuvo implicado y comprometido completamente, se estaba convirtiendo en un error inútil. Es reconocerse —y desconocerse— con esa misma cualidad: llegará el momento en que leamos esto desde la perspectiva nietzscheana y digamos que el psicoanálisis era una mentira útil que nos acompañó durante varios años, y que finalmente nos sirvió para afirmar, sostener y resolver de alguna manera nuestra existencia, y no íbamos a renuncia tan fácilmente a ella. Empezábamos a dudar, se abrían otras perspectivas, nuestro edificio conceptual empezaba a tambalearse, sus fundamentos empezaban a exhibir algunas grietas. Dicho de otra manera, no íbamos a dejar que el psicoanálisis muriera tan fácil, y el siguiente trabajo es una muestra de ello —y no será la única, más adelante mencionaremos, tal vez sin tanto preámbulo, otros trabajos y momentos en que se aferraba la insistencia de seguir sosteniendo al psicoanálisis como el saber absoluto—.

El trabajo que sigue lo presentamos durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica que sirvió como preámbulo a la apertura de la Maestría en Clínica Psicoanalítica —una maestría que por cierto había planteado sus «fundamentos» e «inicios» en lo que eventualmente, y hasta la fecha, critica ferozmente: el freudolacanismo, o para ser más precisos, a los freudolacanianos—. El título extenso con el que anunciamos nuestro trabajo fue «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», que para la versión escrita que presentamos aquí redujimos sólo a la última parte.

Advertencia. A pesar de haber sido escrito hace más de tres años, esta versión incluye numerosas modificaciones, comentarios, reescrituras, reelaboraciones, borraduras, añadiduras, censuras, etc. Quizá lo más difícil de evidenciar sea la vergüenza y el lamento que nos provoca toparnos con ciertas ideas que en aquel entonces escribíamos con tanta seguridad, en el caso de que hayamos sido «nosotros», y que sosteníamos valientemente. —Nietzsche, cuánto tuviste que escribir para desembarazarte de Wagner, para dejar en claro las distancias y diferencias, para que no te confundieran con él: tu gran amigo y tu gran esperanza, y acaso también tu gran decepción; hasta el final de tus días, en tus últimas obras, en tus últimas batallas, estuvo presente: un gran amor y lamento[5]—. Será que así nos ha pasado en nuestra relación con el psicoanálisis. Los límites de la amistad y sus «contrarios» han perdido su consistencia. Sólo entonces podemos empezar a comprender la importancia de los enemigos para Nietzsche. Quizá otra de las ideas que Freud retomó del filósofo sea que ahí donde falta el enemigo «real», uno siempre se lo podrá inventar o sustituir, pues es una especie de «necesidad» de la dinámica psíquica. Señalaremos algunas de estas «alteraciones» en el texto: ¿a quién puede interesarle el «original»? ¿Qué queda de esa intención original del autor? «Escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir. Cuando digo mi futura desaparición es para hacer esta proposición inmediatamente aceptable. Debo poder decir mi desaparición simplemente, mi no-presencia en general, y por ejemplo la no-presencia de mi querer-decir, de mi intención-de-significación, de mi querer-comunicar-esto, en la emisión o en la producción de la marca»[6]. Nos basta saber por ahora que ese «original» anima nuestra actividad y queremos aclararnos qué «significó» en aquel entonces, y cómo podemos leernos y escribirnos a través de él después de estos años.

No, todavía no Zaratustra, no podemos decir aún en relación con este texto: así lo quise, así lo quiero y así lo querré. La venganza todavía tiene potencia en nosotros, nos pesa y se nos impone; quizá por eso intentamos ser «justos», «hacer justicia» con este escrito, con el pasado, con todas esas voces involucradas. Siempre podremos decir que era «nuestro» texto y que por lo tanto podemos hacer con él y de él todo lo que queramos, a pesar de que haya sido escrito por otro, en otro tiempo lugar y contexto, y por lo tanto inabarcable.


[1] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[2] Ibídem, p.695.

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[4] El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica se llevó a cabo los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el Auditorio de las Oficinas Centrales del SEDIF Puebla; y fue organizado por los coordinadores del Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del Centro de Estudios Superiores Tercer Milenio de Puebla (CESTEM). Dicho posgrado ya ha dado la bienvenida a tres generaciones dentro de sus filas. El trabajo al que nos referimos tendremos oportunidad de abordarlo más adelante.

[5] La más reciente biografía de Nietzsche en español confirma la gran e íntima amistad que existió con Wagner durante los años de juventud del filósofo. Nietzsche había colocado una gran esperanza en la música de Wagner como impulsora del cambio que anhelaba para Europa. La ruptura de esta amistad llegó cuando Nietzsche escuchó Parsifal, o al menos esa es la versión que suele tener más fuerza. Existe otra versión: Wagner habría sugerido al doctor que atendía a Nietzsche que los malestares que este padecía se debían a una masturbación recurrente; Nietzsche se enteró de esto y no podía menos que sentirse decepcionado por la opinión de su gran amigo. Véase Prideaux, S. (2019). ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche (V. Campos, Trad.). Ariel.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.). Cátedra, p.357