Injertos y explosiones

En cualquier invento lo esencial lo hace el azar, sólo que la mayoría de la gente no se encuentra con ese azar.

Dormir sin sueños —sería, para mí, el mal supremo. Llamo a todo saber último mi peligro supremo.

— Friedrich Nietzsche

«Escribir quiere decir injertar»[1]. Cada texto remite siempre a otros textos, se entrecruza continuamente con ellos, se injerta en ellos y a su vez se deja injertar por ellos, generando así otros textos, que a su vez se injertan y son injertados: un proceso de significación plural en un despliegue de constantes reenvíos significantes.

Un texto viene a injertarse en este preciso momento —momento final del trabajo anterior, El coraje de hacer historia—, un ensayo literario en cuyas notas al pie retornan algunas de las referencias anteriores: Freud, Nietzsche, Derrida. La «pertinencia» de la literatura ya ha quedado señalada, pero no «justificada» —y no pensamos hacerlo por el momento—. Recordemos el Goethe de Nietzsche y el Hamlet de Shakespeare de Derrida. Aquí nuevamente aparecen los textos Consideraciones Intempestivas II[2] y el Exordio de Espectros de Marx[3] —y nuevamente insistimos en lo fuerte que nos convocaban esos textos que abrieron e inauguraron nuevas vías para nuestro pensamiento y que fueron un viento fresco entre tanta pestilencia psicoanalítica en la que nos estábamos pudriendo— como las ideas que «sostienen» este «análisis» de un sueño, el cual tuvo lugar la noche del 18 al 19 de abril de 2017, algunos meses después del Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Dos comentarios sobre el sueño de una bomba fue publicado en el número 12 de la revista literaria Espora – Microficción, poesía, ensayo, cuento,[4] del Departamento de Letras, Humanidades e Historia de la UDLAP en junio de 2017.

A diferencia del injerto anterior —El coraje de hacer historia—, aquí sí quisimos dejar el texto tal como se escribió y publicó, no sin añadir comentarios que operan como interrogantes que se nos plantean en este instante: ¿Cuál fue nuestro interés al momento de enviar nuestro trabajo a una revista literaria, más aún cuando los autores y las reflexiones que ahí vertimos provenían de un ambiente académico, es decir, de lo que en ese momento estábamos estudiando en la maestría? ¿Por qué no enviarlo a una revista «seria», o mejor aún, a una «indexada» —esa pequeña clave que le da «formalidad» a las publicaciones y las hace «oficiales»—? Nos es imposible responder a estas preguntas y no nos importa por ahora —quizá ya hemos respondido sin darnos cuenta; lo curioso en estos momentos es que nuestra curiosidad y ánimo se ha decantado más por las preguntas que por las respuestas—, y a diferencia del ensayo anterior aquí sí afirmamos: porque así lo quisimos, así lo queremos, y así lo querremos. No hay venganza contra este texto, ni contra su envío, ni contra su lugar o espacio de publicación. Esto no quiere decir que lo leamos sin esa extrañeza y desconocimiento que muchas veces nos atraviesa cuando volvemos sobre otros textos: nos avergonzamos y arrepentimos, no nos sentimos representados, no quisiéramos que nos confundieran y nos tomaran por eso que escribimos —Nietzsche contra Wagner, un asalto más, otro; nunca estuviste tranquilo en ese aspecto, siempre te siguió (asaltando) el fantasma de tu pasado, ¿por qué no pudiste redimirte de él?—; encontramos pocas líneas que nos resultan curiosas, uno que otro pensamiento o frase que rescatamos, pero hasta ahí: ¡cómo pudimos haber escrito eso! Por fortuna cada vez van perdiendo consistencia ciertas palabras que no hacen más que mortificar nuestro andar, por ejemplo: Yo o Subjetividad.

Freud y su psicoanálisis también tienen numerosas referencias literarias, mencionemos algunas —¿Qué produce la literatura que nuevamente nos lanza la interrogante: «¿y por qué recurren a mí, no tienen acaso ustedes sus propios recursos, por qué habrían de servirse de mí en diversas ocasiones, y no siempre como una mera comparación, analogía, ejemplo, etc.?»—: Sófocles, Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Jensen, Schelling, Hoffmann, Twain, etc. Habrá quien nos diga que tendríamos que valorar en su «justa» dimensión y peso qué tanto esas referencias resultaron importantes para Freud y la construcción de su propuesta, no vaya a ser que cuestionemos al genio creador. Nos dirán también que el marco de referencias era mucho más amplio ya que recurría a disciplinas como antropología, filosofía —a la cual desdeñaba por especulativa—, biología, física, medicina, entre otras. —«¿Qué buscan que no han encontrado ni se les ha dado en sus pensamientos académicos, científicos, lógicos, matemáticos, topológicos y demás?»—. Por cierto, a propósito de este interés por la literatura que nos arrastra y cada vez es más evidente, uno de los primeros textos que adquirimos en nuestras incursiones en el psicoanálisis lacaniano llevaba por título «casualmente» Lacan literario: la experiencia de la letra[5] de Jean-Michel Rabaté. Este autor propone que la literatura tiene una importante función clínica, y el lugar que le otorga Lacan es prominente dentro de su enseñanza: de Sófocles a Shakespeare, de Molière a Genet, de Racine a Sade y Claudel, de Gide a Duras, de Poe a Joyce, confirmando lo que Freud ya sabía, que el psicoanálisis está plenamente inmerso en ella. También nos dirán, en un intento de reducir su relevancia: «Sí, no pasa nada, mira, también existe un libro llamado Lacan con los filósofos[6], por lo que sus recursos e intereses eran mucho más amplios, incluso más numerosos que los de Freud: lingüística, antropología, matemática, lógica, física, psiquiatría, psicoanálisis, topología, lingüística, etc., por lo que la literatura pasa a ser uno más entre todos aquellos. Aunque exista ese libro sobre los filósofos no por ello su psicoanálisis es filosofía, al contrario, Lacan era un anti-filósofo». Puede ser. Simplemente no queríamos dejar de señalar que estos dos psicoanalistas tenían, entres sus múltiples y variados intereses, no pocas referencias literarias.

Comentarios sobre Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Quizá estas líneas deberían ir después del ensayo, pero algo nos sugiere que deben ir antes. Sobre el texto de aquel sueño, próximo a cumplir tres años, no tenemos más qué decir: no existe memoria en este instante sobre ninguna imagen o sensación en relación con los momentos previos y posteriores al sueño. Por otra parte, sí recordamos a la pequeña que nos hizo la adivinanza que se menciona en el escrito y nos preguntamos si continúa realizando ese tipo de juegos. Pero lo que llama nuestra atención de inicio, y quizá sobre el resto del texto, es la clara —clara y evidente sólo en este momento «actual», sólo por medio de esta lectura retroactiva— denostación hacia el psicoanálisis y su erudición que ya no tienen mucho qué decirnos. Aquí —y ahí en aquel entonces— coincidimos con Lacan, según leemos en el texto Mi enseñanza[7]: el psicoanálisis ya no sorprende a nadie, incluidos nosotros: todo mundo ya sabe hoy en día qué es el inconsciente. Ya no hay objeciones, se acepta, se reconoce, se le acepta. Y no pasa nada. Un Lacan que se jacta de no repetirse nunca ni en el mismo lugar. «Se piensa haber aceptado muchas otras cosas en paquete, a granel, gracias a lo cual todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben»[8]. Se acepta, se reconoce, se sabe del inconsciente, todo el mundo lo hace, salvo los psicoanalistas. Quizá el problema sea que saben demasiado:

— «El sueño figura o realiza de manera alucinatoria el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, justo como Freud lo descubrió».

— «La experiencia de la clínica psicoanalítica nos demuestra y comprueba que el sueño tiene su más potente impulso y motor en la sexualidad infantil».

— «El sueño es el guardián del dormir, gracias a él no despertamos durante la noche, al menos no siempre, pues existen las pesadillas o los sueños traumáticos; en estos la función del sueño se ha alterado y no puede cumplirse más, por lo que la persona despierta y a veces no querrá ir a dormir por temor a que se repitan estos sueños».

— «Es por los sueños traumáticos que Freud se ve precisado a revisar algunas de sus formulaciones sobre la dinámica psíquica, llegando a formular una de las propuestas que causaron mayor controversia: la pulsión de muerte».

— «Algunos dirán que el psicoanalista ya estaba viejo, que estaba decepcionado y pesimista por la guerra; también fue momento en que algunos de sus discípulos lo abandonaron, etc.».

— «Pero no importa lo que digan, la experiencia clínica siempre nos ha dado la razón».

Aunque, dicen, están a la espera del caso que les contradiga sus formulaciones, cosa que vemos bastante difícil, pues sabemos cuan bien se puede acomodar cualquier situación a sus formulaciones infalseables. Cuestiones así de pesadas e insoportables podríamos seguir escribiendo. Las conocemos, transitamos por ahí. Estábamos en guerra y no lo sabíamos. ¿Sería esa la bomba que estaba por explotar? ¿Sería esa la batalla que estaba por iniciar o terminar? ¿Qué es lo que iba a explotar?

— «La solución del sueño, es decir, su sentido, debe trabajarse y…» —.

Alto: ya no queremos sus respuestas, un extraño amor por las preguntas se instaló en nuestro pecho y no quiere partir. Dicho de otra manera, este ensayo es un no al psicoanálisis, o, mejor dicho, un no más. No más a su erudición y supuesto saber. Seamos más precisos, menos descuidados: no más a las pretensiones de erudición psicoanalítica, a esos pretendidos sabelotodos; claro que, si les preguntáramos o se les interrogara sobre esto, ¿alguno lo reconocería? —Ya conocemos algunas de sus respuestas: no se puede saber todo, qué es el todo, falta un significante, está la represión originaria, Freud decía que la historia del neurótico es una novela, la verdad tiene estructura de ficción, etc.—. Dicen que no, que no lo saben «todo», pero siempre tiene respuestas, que el saber es un semblante, sin embargo, nunca escuchamos a alguno reconocer su ignorancia. Una imagen, bastante atrevida y provocativa, nos viene en este momento: ¿recuerdan el papel de Willem Dafoe como psicólogo en la película Anticristo[9], como pareja de Charlotte Gainsbourg? Sí, ese tipo insoportable —y si no se le soporta ya se darán una idea del por qué— que creía tener todas las respuestas para lo que estaba experimentando su pareja, sus supuestas etapas del duelo y demás «teorías». ¿Qué pasó? Su mujer desbordó —le era imposible no hacerlo —su supuesto saber. Y aquí se nos injerta un texto más, Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[10] lanza la siguiente pregunta como una crítica al saber supuesto de las prácticas psi, poniendo en jaque a las autoridades que intervienen en nombre de la salud mental, el bienestar y la felicidad: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre, de esta mujer? El psicoanálisis —que muchos definen precisamente como una práctica— también es una práctica psi, y cada vez se nos parece más a esos saberes construidos y acabados que a un saber que potencie la vida y el pensamiento.

— «Mira, te voy a explicar: lo que pasa es que tú en este momento estás en transferencia con los textos nietzscheanos, así como lo estuviste en un momento con los textos de Freud, y seguramente después pasará algo parecido, irás a otros textos y autores, y así, porque el deseo es siempre insatisfecho».

— «Esto también ‘demuestra’ cómo el deseo es metonímico, se desplaza y el objeto nunca es el objeto del deseo inconsciente».

— «Es muy probable que te falte diván, ¿por qué no analizas esa relación que ahora tienes con Nietzsche o con Derrida?» —¿Y ustedes analizan su relación con Freud o Lacan?—

— «No, no, eso es diferente. Ahí se trata de la formación del analista».

Así es, ahora tenemos perspectiva —que no es lo mismo que decir tenemos otra perspectiva— de esto que escribimos hace casi tres años: a eso redujimos a los psicoanalistas —sin saberlo aún en aquel entonces—, a unos otros que podrían opinar y decir algo sobre nuestro sueño, analizarlo, pero que no nos interesaba más, aunque nos era imposible no hablar y formular desde la experiencia que ya nos había atravesado en el diván. ¡Caray, incluso nos sentíamos culpables de no actuar conforme a nuestro deseo inconsciente! ¿Y cómo se supone que se hace o lleva a cabo eso? No negamos ciertos efectos terapéuticos, perdurables incluso —más bien era su transmisión y difusión la que nos parecía sospechosa—. Y sobre esto que estamos escribiendo y pensando seguramente esos eruditos tendrán respuestas, pero nos las vamos a escribir esta vez. Bueno, sólo una más: esto que nos sucede puede pensarse en términos de resistencia y/o goce.

— «Espera. ¿Qué es todo esto que dices? ¿Con quién es el pique?».

Por qué preguntan con quién es el pique, para ustedes el pique siempre es con el padre, o con la instancia paterna, o con alguna de sus figuras: que si es odio y rechazo, se confirma su formulación sobre la rivalidad edípica; que si hay amor, entonces se trata de una inversión en lo contrario; y si no hay lo uno o lo otro entonces el conflicto se ha desplazado a otra representación debido al proceso represivo; nos dirán que queremos ocupar su lugar, que nuestros ataques están destinados a su borramiento o muerte, etc. O que el Otro está demasiado vivo, que sigue operando como omnisciente y omnipotente, y de ahí nuestra revuelta, nuestro desquite, nuestra venganza, que si acaso no sabemos que el Otro está castrado. ¿Qué falló en esa transmisión, enseñanza y práctica psicoanalítica? ¿Qué hay de la continua denostación y ataque hacia otras disciplinas, los ataques entre analistas —y continúan las guerras, a propósito de ese nuevo psicoanálisis del sur que poco a poco va incrementando sus filas de adeptos? Resulta fácil ver cómo el estilo beligerante y casi religioso se sigue repitiendo, un nuevo dios, una nueva guía, pero dicen que no es así—, los narcisismos exacerbados, «Aperturas» que más bien son cerrazones, la pretensión de saberlo todo y que no tienen nada más qué aprender, la arrogancia y la mentira, ¿Qué pasó con estos animales astutos que inventaron el conocimiento del inconsciente? Su insistencia en que «siempre» se producirán formaciones del inconsciente poniendo el énfasis en su dimensión padeciente, sufriente y lamentable; nunca escuchamos, por el contrario, alguien que reivindicara el chiste, la risa, la carcajada.

Al final siempre podrán decir que estamos resentidos o enojados, que nos fue «mal» en nuestro análisis o que es un desquite contra el psicoanálisis porque nuestro analista no respondió nunca a nuestra demanda de amor. Y aquí también podrán decir: «vean, nosotros no hemos dicho nada, todo ha sido dicho por él». Y así, sucesiva e indefinidamente. Qué cansado —y por momentos chistoso— nos resulta todo esto. El problema no es Freud o Lacan, ni su psicoanálisis o sus fórmulas. El problema son sus formulantes, sacerdotes e iglesias. Quizá eso era lo que explotó, lo que estaba por explotar, o lo que ya había explotado. J. V. Widmann acertó en su reseña titulada «El peligroso libro de Nietzsche», publicada en un periódico de Berna[11], sobre el texto Más allá del bien y del mal. Nietzsche fue dinamita: demolió a nuestros ídolos. Pero no íbamos a dejar que sucediera así de fácil: no eran unos ídolos cualesquiera, tenían su prestigio y fuerza; además los idólatras en nosotros no se dejarían vencer tan pronto.


[1] Véase el parágrafo 4 de nuestros Pre-textos a Zaratustra.

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Disponible en línea y recuperado el 30 de enero de 2020: https://issuu.com/webudlap/docs/espora12

[5] Rabaté, J.-M. (2006). Lacan literario: La experiencia de la letra. (A. Dilon, Trad.) Siglo XXI

[6] VV. AA. (1997) Lacan con los filósofos. (Colegio Internacional de Filosofía, ed.) Siglo XXI

[7] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós

[8] Ibídem, p.19.

[9] Von Trier, L. (2009). Anticristo

[10] Pereña, F. (2006). Soledad, pertenencia y transferencia. Síntesis.

[11] Citado por Kilian Lavernia Biescas en el Prefacio a Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.287.

El coraje de hacer historia

Esta entrada sigue a la anterior: Un viento nuevo y fresco: un aire de altura. La versión original, sin censura, correcciones, supresiones, borramientos, reformulaciones, etc. de la ponencia «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», ya fue compartida en esta página con el nombre En el diván: el coraje de hacer historia y dividido en tres partes:

Ernest escribiendo alguna de sus novelas ya en una edad avanzada, considerando la edad de su muerte a los 61 años.
Ernest Hemingway (1899-1961)

En el diván: el coraje de hacer historia I

En el diván: el coraje de hacer historia II

En el diván: el coraje de hacer historia III

De la versión alterada que se incluyó en la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, sólo recuperamos algunos fragmentos. No existe necesidad de publicar todo el texto, sobre todo cuando la mayor parte de las modificaciones son supresiones, omisiones y borramientos: venganza contra el texto que fue. Se recupera además el epígrafe que se colocó en el texto:

Únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansía sacarse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crítica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene.

– Friedrich Nietzsche

[Aquí eliminamos prácticamente todo el párrafo pues representaba un ataque y defensa contra los «ignorantes» del psicoanálisis; contra aquellos que no habían transitado por la «experiencia» o que simplemente se rehusaban — y algunos con razón — a participar en su transmisión, enseñanza y difusión. En otras palabras, estábamos ahí para enseñarles, para explicarles sobre los efectos que el «pasado» tiene sobre el presente desde una lectura de los textos freudianos. Dicho de otra manera: ustedes no saben, nosotros sí]

[No saben, pero no se sientan mal, no podrían saberlo. Nosotros lo explicaremos. Y no apelar en este momento a esas frases trilladas de los psicoanalistas: no saben que lo saben, saben sin saberlo, el inconsciente es un saber no conocido, etc. ¿A qué viene esta soberbia pretensión de saber sobre algo, sean los psicoanalistas, sean los físicos, sean los científicos?].

La inscripción o escritura psíquica

[Pero ¿acaso nos preguntamos qué decían otras fuentes sobre esos temas? Éramos más que fieles, éramos leales. Si acaso fuimos infieles al sentirnos tentados por otros autores y/o textos, siempre regresamos al psicoanálisis].

[El analista siempre tiene la razón. Un serio problema de la clínica freudiana y sus pretensiones de cientificidad desde la perspectiva epistemológica del falsacionismo de Karl Popper. Últimamente hemos escuchamos a algunos psicoanalistas[6] que han salido a responder por el estatuto de ciencia del psicoanálisis, pensándolo desde los programas de investigación de Imre Lakatos, por ejemplo. ¿Y por qué no de Paul Feyerabend?]

[En el original siguen unos párrafos en los que se continúa desarrollando ideas en relación con los olvidos y los actos inconscientes].

[Dos párrafos eliminados en relación con el tiempo y la temporalidad de la dinámica psíquica]. Existe una frase bellísima que expresa todo esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque la encontramos en Espectros de Marx: The time is out of joint.[7] El tiempo está desarticulado, aunque otras posibles traducciones pueden ser: el tiempo está dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; y nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo, o, mejor dicho, con su tiempo. [Ya no sólo la relación con el tiempo, nos preguntamos además si esa es la «condición» del sujeto, sin la que no puede «ser» o existir: es decir, que el sujeto existe como tal porque está fuera de sí, desquiciado, dislocado, desarticulado — desde el psicoanálisis lacaniano diríamos que sí está articulado, entre un S1 y un S2, que son su «causa» —. Pero hasta aquí llegó la referencia a ese maravilloso Exordio durante esta presentación y escrito. En cualquier revista «seria» y apegada a los criterios rigurosos de ciertas metodologías de la investigación, y por lo tanto de rigor académico con pretensiones científicas, nos negarían la utilización de un adjetivo así, ¿por qué? ¿Por qué sólo resulta «maravilloso» para nosotros? Justo ahora pensamos lo siguiente: cada vez que volvemos y recordamos dicho texto, que consta de apenas unas pocas páginas, resulta que la importancia y el peso del autor es cada vez menos relevante. No tiene el peso como entonces lo tenía Freud, por ejemplo, cuando leíamos sus escritos y no podíamos evitar pensar en la «genialidad» freudiana. Derrida pasa como uno más, aunque no lo sea. Claro que aquí nos encontramos en una desventaja enorme: no conocemos ni hemos tenido la oportunidad de convivir con «derridianos» —ni derridianas, para nuestra buena o mala fortuna— así como hemos tenido la oportunidad de convivir con freudianos. No sabemos, qué tal que, de haber pertenecido a algún círculo de seguidores del filósofo argelino, hubiésemos acabado también enlistándonos en las barricadas filosóficas que lo defienden contra toda crítica o cuestionamiento. Como sea, la frase y su tema parecen sostenerse más allá de la figura de su autor].

[Literatura. Primero, una frase de Goethe que encontramos en Nietzsche; segundo, una frase del Hamlet de Shakespeare que encontramos en Derrida. ¿Por qué la literatura? ¿Por qué este recurso? ¿Por qué los filósofos recurren a ella? No nos parece poca cosa, siendo que, supuestamente, los filósofos son los «grandes» pensadores de «todas» las cosas y entonces no deberían servirse de géneros literarios hechos para entretener. Nietzsche inaugura su segunda consideración intempestiva recurriendo a la literatura. Algunas veces decimos que algún autor, poeta, compositor, cantante, paciente, etc., tuvo las palabras precisas para decir eso que estábamos viviendo, pero no lográbamos decirlo con tal precisión —justo como nos sucedió con la frase de Hamlet—, y nos preguntamos si acaso sucedía también así con este par de pensadores: Goethe a lo largo de la obra de Nietzsche y Shakespeare a lo largo de Espectros de Marx. Y aquí damos un brinco de unos tres años aproximadamente: cada vez nos convencíamos más de que esta «tesis» estaba más cerca de algún género literario y cada vez más lejos de las exigencias académicas o científicas de la «metodología de la investigación». Y a propósito de esta última, junto con la ciencia, tenemos que seguir tomando en cuenta, que todavía nos ocupa, sigue siendo un referente con el que tenemos que estar batallando todavía, pero que, al igual que Freud, empieza a perder consistencia].

[Otras dos palabras clave: escritura y literatura. Son dos temas que se fueron imponiendo y acabaron arrastrándonos, dejando poco a poco el interés por las teorías, la resolución de problemas, las estructuras, los universales, los goces, etc. ¡Nos interesábamos más por las mentiras que por la verdad! Aquí alguien —nosotros— podría —podríamos— decir—decirnos— que el psicoanálisis también pudo haber servido a ese propósito, pues intenta desengañarnos de la conciencia. Y tienen razón en ello, salvo por los peligros que representaba la adoración de ídolos al enlistarse en el ejército psicoanalítico. Y aquí se suele bromear con las posturas de Freud al respecto —su comunidad del anillo, por ejemplo— y suele haber un pequeño atisbo que deja entrever algo de ese estilo autoritario, pero que se termina justificando: «es que era Freud, y él podía hacer lo que quisiera; se le perdona debido a su genialidad». Ya no sorprende saber esto porque se cree — o creen — que se le sigue sólo en los textos y en la clínica, y se rechaza lo personal. Sin embargo, mucho de lo que se transmite parece colarse por esta última vía. ¿Podría decirse entonces que el desinterés no fue por los textos ni los autores, sino por el estilo en que estos pretendían transmitirse?].

En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepulturero del presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio de la potencia de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud. Nietzsche concluye: donde hay cierto exceso de historia-pasado la vida se desintegra y degenera. [Y de aquí a elaborar y problematizar una idea sobre la ligereza nietzscheana parece haber pocos pasos. Será que desde entonces la idea sobre una ligereza nietzscheana empezaba a interrogarnos].

[Ese interés por Nietzsche y Derrida que nos alejó de Freud fue la vida, aunque no sepamos responder qué es. ¿Y no se trataba de vivir cuando se insistía y hablaba tanto del deseo? ¿Estamos siendo demasiado duros con nuestra experiencia y tránsito por el psicoanálisis? Tenemos que explicarnos mejor en este sentido quizá: cuando se hablaba del deseo, fuese con Freud o con Lacan, el mayor peso siempre era su dimensión trágica, fúnebre, lamentable, irresoluble y fatalista, y muy pocas veces se trataba de su potencialidad para la vida. Y aquí vienen a nuestra memoria otras frases ya clásicas —y huecas— del psicoanalismo erudito: «el psicoanálisis no sirve para nada»; «uno nunca se cura del inconsciente»; «siempre habrá síntomas, sueños, lapsus, olvidos y demás formaciones del inconsciente» —por lo menos, por esta parte seguirá habiendo chistes, y por lo tanto risas, y podremos continuar riéndonos unos de otros—; «la relación sexual no existe»; «el amor es pura ilusión, engaño y narcisismo»; «la cultura no es sin malestar»; «el hombre es el lobo del hombre» —frase que estrictamente hablando no fue acuñada por el psicoanálisis—; «un análisis ‘bien’ conducido devolverá la capacidad de trabajar y amar, a lo mucho»; «un psicoanálisis puede llevar a considerar esa tragedia y dolor como una tristeza banal»; «el deseo puede llevar a la muerte»; «nada tiene sentido»; «el deseo es un camino de soledad»; etc. En síntesis: pura pesadez, una especie de abatimiento total en el que, de no aceptar las cosas «como son», o como las piensan los psicoanalistas, se seguirá sufriendo; aunque si se aceptan, igual se seguirá padeciendo. ¡Cómo no íbamos a estar necesitados de aire fresco! ¡Cómo no íbamos a querer elevarnos sobre esos mojones! Llegamos a amar ese fatalismo y pesimismo freudo-lacaniano porque en un primer momento nos libró de algunas ilusiones, pero nos estaba dejando sumidos en una visión bastante lamentable y vacía de la existencia. Esa atmósfera psicoanalítica nos estaba ahogando].

[Fragmento eliminado en relación con los posibles resultados de un trabajo analítico. Sólo recuperamos la cita siguiente] Juan Vives Rocabert, en su libro La muerte y su pulsión[13], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico. [Más fragmentos eliminados] Gracias. [Algunos materiales quedaron al margen de la exposición debido a cuestiones de tiempo].

[En este apartado habíamos incluido algunas ideas de Clément Rosset — alumno de Lacan, cuando aún le dábamos importancia a la procedencia, genealogía, «origen» e «influencia» de su pensamiento: si fue alumno de Lacan, entonces no era cualquier pensador. Y ciertamente no lo es, pero ¿no lo es por haber sido alumno del psicoanalista francés, necesariamente? —, Sören Kierkegaard, Georges Didi-Huberman, Sylvie Le Poulichet, entre otros].

[Sin resumen ni conclusiones].

[Con especial agradecimiento a Maria Laura Sierra. Fue durante el curso de su materia, El sujeto del inconsciente, que elaboramos la primera versión de este trabajo —debido a los textos y autores en que nos introdujo— durante el primer semestre de la maestría].


[6] Nos referimos a los psicoanalistas miembros o seguidores del grupo de investigación APOLA (Apertura Para Otro Lacan). Este grupo cuenta con un Programa de Investigación muy preciso, a diferencia —según dice su representante más conocido, Alfredo Eidelsztein— de los numerosos grupos y asociaciones psicoanalíticas freudolacanianas.

[7] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.12, 15, 63, etc.

[13] Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. Una perspectiva freudiana. Paidós

Del cuerpo a la descorporización

Una cosa que se explica deja de interesarnos.

¡Cuídate, pues, de no explicarte demasiado a ti mismo!

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a los compartidos anteriormente ¿Por qué Nietzsche? I y II de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes. Los subtítulos entre corchetes han sido añadidos posteriormente]

Teniendo en cuenta lo expuesto en el capítulo anterior, tenemos que matizar y aclarar ciertos puntos en relación con el cuerpo, el psicoanálisis y la vida. No se trataba en aquel entonces de erigir nuevos ídolos, ni de cambiar un Dios por otro, ni de una «conversión religiosa» o cambio de paradigma —del que además ni siquiera podríamos dar cuenta de manera puramente lógica, como lo señala Alan Chalmers en ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?: «No existe ningún argumento puramente lógico que demuestre la superioridad de un paradigma sobre otro y que, por tanto, impulse a cambiar de paradigma a un científico racional»[1]. Dicho de otra manera, los motivos últimos sobre los que los científicos deciden su cambio de adscripción no son solamente lógicos. ¿Será acaso, a fin de cuentas, dinero, trabajo, rencillas, poder, amistad, enemistad, creencias, fe? No pensemos mal, ellos dicen que su empuje viene dado por su «voluntad de verdad»—. Estábamos cansados de creer, nos descubrimos como unos tipos religiosos que creían en la verdad y las razones últimas y universales: queríamos fundamentos. Por esto mismo, necesitamos restarle peso al lugar del cuerpo que en el apartado anterior aparece como el espacio en el que tiene lugar toda esa vitalidad que experimentamos durante nuestra primera lectura de los textos nietzscheanos, y también en el que tiene lugar la posterior pesadez. Es necesario aclararlo para evitar caer en otro engaño y, por lo tanto, continuar siendo veneradores, idólatras y creyentes —pero no resulta tan sencillo de resolver: «He matado al idólatra que hay en mí», «Ya no creo en nada ni en nadie, a partir de ahora construiré mi propio camino, la intuición será mi guía», «No existe mejor enseñanza que la vida misma», «Me declaro una mezcla entre agnóstico y escéptico», «Soy Zaratustra, el más ateo de los hombres, ¿existe alguien más ateo que yo?», etc.—. No es algo que podamos resolver en un instante: por una parte sí existe la afirmación de que la experiencia vital del cuerpo trastocó nuestra vida radicalmente, por otra, dicha experiencia se da por instantes, incluso por azar, aunque en otras ocasiones salimos a buscarla y nos encontramos; pero al mismo tiempo no «logró» consolidarse como nuestra «buena nueva»: «Acercarse amigos míos y escuchad: esa otra razón, el cuerpo, es la verdad y fundamento último de todo acontecer. Apreciarlo y adorarlo, pues sólo de él florecerán los frutos más dulces y jugosos que jamás hayan probado. Escuchad esto, grabárselo en su memoria y esparcirlo por todo el Continente». No fue así, lo cual no significa que reneguemos o hayamos abandonado esa vía. ¿Qué pasó con el soberano en nosotros y que en cualquier otro momento hubiese querido difundir ese mensaje para todos? No dejamos de estar en batalla con nosotros mismos —y quizá lo estemos hasta nuestros últimos días—, pero cómo resolver que, a pesar de haber desenterrado un gran tesoro, su brillo ya no haya iluminado todo.

Nietzsche y su Martillo, Nietzsche and Hammer
Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

[Cuerpo, Cuerpismo]

De haberlo resuelto como solíamos hacerlo, significaría que habíamos encontrado un nuevo Dios: ahora es esto, el cuerpo. En esas búsquedas queríamos creer en algo o alguien, a pesar de que la vía de la creencia religiosa «ortodoxa» nos estaba cerrada. Nunca hemos podido creer en dios, aunque quisiéramos; más de diez años de adoctrinamiento en un colegio católico no sirvió de mucho, digamos que hizo su trabajo a medias: resultamos ser unos tipos religiosos, pero no del dios que nos proponían. Pero había algo erróneo en todo esto, y no podemos explicarlo aún. Es sólo que, por un lado queríamos creer en algo, tener la seguridad y certeza de que habíamos llegado a tierra firme, donde las sentencias no podrían ser destruidas, un lugar en el que ya no sería necesario zarpar más —incluso Zaratustra vino a darle un giro a esta idea de movilidad y aventura a través de los mares, el barco, el puerto, el viaje, el vuelo, etc., Zaratustra subvirtió todo esto en nosotros, él se eleva, vuela, al igual que su sombra: «Pero sobre la hora del mediodía, cuando el capitán y su gente se hubieron reunido de nuevo, vieron de repente a un hombre dirigiéndose hacia ellos por el aire y una voz decía con claridad: ‘¡Ya es tiempo! ¡Ha llegado la hora!’. Pero cuando aquella figura estaba más próxima a ellos —pasó rápidamente de largo, como una sombra, en dirección a donde se encontraba el volcán— reconocieron, con gran asombro, que se trataba de Zaratustra»[2]—, queríamos dejar de ir de un lugar a otro, queríamos paz en nuestros pensamientos, ¡éramos unos decadentes! No queríamos querer. Por otro lado —nos vamos a contradecir, «el yo y el mí siempre discuten acaloradamente»— no soportábamos a los sabios y doctos que tenían respuesta para todo, a pesar de que en sus discursos sermoneaban la imposibilidad de saberlo, y se jactaban de saber eso, precisamente. El problema era que no pasaban de cosas como estas, en las que tenían su tierra firme: «No se puede saberlo todo, aprende a vivir con eso». A esto se reducía su propuesta, junto con la predicación de la eterna insatisfacción del deseo. Quizá este último acabó rebasándolos y no pudieron más que intentar domesticarlo, sometiéndolo a las leyes de la razón y la dialéctica, y acabaron por reducirlo a un elemento más de su teoría, sin la explosividad y potencia que quizá podría tener. El deseo quedaba reducido a una cuestión solitaria, individualista, trágica y melancólica, más cercano a la muerte que a la vida. Lo que más añorábamos —y esto sólo lo podemos pensar actualmente— era la vitalidad que el psicoanálisis no tenía en ese entonces, aunado al desprecio por el cuerpo y los afectos como algo meramente «imaginario»[3].

Quizá así se entienda mejor por qué, desde sus primeras líneas, la Consideración Intempestiva II, De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida[4] nos produjo una gran conmoción. Dice Nietzsche a través de Goethe: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[5], a diferencia del psicoanálisis que no había hecho —en última instancia— más que acrecentar nuestro resentimiento hacia la vida. No fue tan fácil la ruptura, como veremos más adelante, seguía resistiendo, queriendo salvarlo —justo como me habían enseñado y había aprendido, como veía que hacían los psicoanalistas: si critican es porque seguramente no han leído y sólo se dejan llevar por comentarios y prejuicios, y si lo han leído seguro no lo han comprendido; para estos dos casos y otros que pudieran presentarse, es preciso defender al padre Freud—. Pero rescato los años de análisis en el diván: después de todo fue en esos años que me enganché a la bicicleta de montaña, que decidí indagar en otros saberes, distintos del psicoanálisis, entre otras cosas que aprecio y recuerdo gratamente. Digamos que lo que sucedió, o no, en ese espacio clínico también abrió la posibilidad de pensar en moverme de ahí, lo que me pondría en camino —viéndolo retrospectivamente— hacia un lugar y tiempo en el que a Nietzsche tendría un papel relevante, pero no único. A diferencia de la transmisión y enseñanza del psicoanálisis, en la clínica tuve la «fortuna» —no sé de qué otra manera decirlo en este momento— de no encontrarme con un nuevo amo.

Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

No se trataba entonces de erigir un monumento al cuerpismo. Y nuevamente no resulta tan sencillo definirse o decidirse en relación con esta idea del cuerpo. Por una parte, aquella primera lectura de los textos nietzscheanos se cruzaba con un momento de intensa actividad física, un período de movimiento y esfuerzos corporales que no habíamos experimentado nunca; coincidíamos plenamente con Nietzsche: cuerpo, vitalidad, actividad, sangre, corazón, aire, metas, riesgos, límites, superaciones, dolores, alegrías, etc. Esa era nuestra nueva razón de «ser», el estar superándonos por medio de aquellas actividades. Por otra —y esto puede añadirse a las respuestas del apartado anterior sobre la caída de Nietzsche, que por cierto nos remite también a que calló al final de su vida, que su voz se apagó, que no tenía ya nada para decirnos, o, como hemos podido rectificar, aún tenía bastante para decirnos a pesar de su silencio y caída—, no queríamos caer nuevamente en las necedades de decir que esa era la respuesta, que ahora habíamos encontrado lo que buscábamos. Curiosamente no pensábamos en nada de esto durante nuestras salidas. No diremos que no pensábamos en nada, el pensamiento no puede encontrar asiento y algunas ideas y formulaciones encontraron su expresión más clara durante algunos ascensos —nunca durante el descenso pues este exige la máxima atención al camino, la posición del cuerpo, la fuerza del frenado, el trazado de las líneas, el balance en las vueltas—, ayudados muchas veces por el silencio de la montaña. En esos instantes el pensamiento sobre el sentido de la vida rara vez nos visitaba, pues la vida sucedía, precisamente, en aquellos. Quién sabe qué otras ideas se habrán quedado en esos caminos. Teníamos y no teníamos la respuesta, entre sí y no. Aunque nuestra actividad en la montaña ha disminuido, ha sido una de las «verdades» —o «mentiras útiles»— más hermosas que hemos podido permitirnos, uno de los errores más útiles que hemos llevado a cabo. Debido a esto nos reservamos la antigua pretensión de afirmar la universalidad de lo que estábamos viviendo. Además, los fragmentos habían perdido su mala reputación y, por el contrario, multiplicaban las posibilidades pues ya no estaríamos forzados a seguir un sólo camino.

[«Errores útiles» y «Errores inútiles»]

Continuando con esta serie de aclaraciones, pasamos a un texto breve de Mónica B. Cragnolini —de quien ya sabíamos en nuestros primeros acercamientos a Nietzsche— titulado Ello piensa: la «otra» razón, la del cuerpo[6]. En este escrito, la consideración por el cuerpo como un nuevo suelo y tierra firmes queda descartada. Aunque la autora se centra en el «es» nietzscheanoutilizamos este adjetivo para diferenciarlo del posterior «Es» freudiano sustantivizado, más allá de la negativa freudiana de haber leído al filósofo que habría adelantado sus descubrimientos por medio de la intuición y la contemplación, en lugar de hacerlo por vía de la práctica clínica y la experiencia como según habría hecho el médico vienés, quien además, si acaso le reconoce algo, lo hará siempre al margen[7] o por medio de Groddeck—, toca de paso el tema del cuerpo como un resto útil que deberá ser abandonado eventualmente en el momento en que ese «error útil» no sirva más. Con esto quiere decir que, así como el «ello piensa» tendrá que ser dejado como un resto útil que sirvió para aclararnos e interpretar ciertos problemas, de la misma manera el cuerpo tendrá que ser abandonado cuando ya no nos sea útil en los procesos interpretativos e intentos de resolución de problemas —aunque se podrá seguir haciéndolo, siempre se podrá forzar lo que se nos da y adecuarlo a nuestro «marco teórico»—. Nos advierte también sobre los «errores inútiles», que serían aquellos que se creen inmutables o «naturales» sin importar la perspectiva desde donde se los mire, pues siempre han sido y serán así. Es decir, considerar el ello piensa o el cuerpo como entidades o agentes de acción, como la «verdadera» subjetividad, como suelo firme donde asentarse sin interrogarse más, tomándolos como certezas y seguridades, haciendo metafísica de ellas, sería caer en el error de los «errores inútiles». Ambos ya son interpretación de algo más que está sucediendo, son errores útiles pues nos ayudan a interpretar ciertos procesos, y si Nietzsche los utilizó fue —entre otras cosas— para descentrar al Yo (Selbst) de la ciencia moderna, pero no para proponer un nuevo centro. A propósito de los márgenes y la importancia de lo periférico como central, la autora es muy clara al respecto en la nota al pie número 17 de su trabajo: «Aquí podríamos cometer el error de pensar que el cuerpo ocupa ahora el lugar de la subjetividad: insisto con esto, a pesar de que ya lo he señalado. No se trata de encontrar un ámbito más verdadero o prístino para la constitución de sí (ahora, en la ‘naturalidad’ del cuerpo), sino de la invención de una ficción ‘más útil’ para interpretar determinados procesos»[8]. Serán los restos —y los recuerdos— de que en algún momento interpretamos algo en una cierta manera, y que hemos abandonado por ya no ser «útiles» para el pensamiento.

Nos preguntamos si pasará esto también con los textos nietzscheanos y su autor. La respuesta directa, sin tantos rodeos es sí: deberán ser abandonados como un resto cuando dejen de funcionar como «errores útiles» para la interpretación de diversos procesos. Mejor de esta manera en lugar de convertirlo en un «error inútil», justo como él mismo lo anticipaba en Por qué soy un destino de Ecce Homo: «Y, pese a todo, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son cosas de la plebe, yo tengo necesidad de lavarme las manos después de haber tenido contacto con hombres religiosos… No quiero ‘creyentes’, pienso que soy demasiado malicioso como para creer en mí mismo, nunca le hablo a las masas… tengo un miedo terrible a que algún día se me declare santo: se adivinará por qué motivo publico este libro antes, hay que evitar que se cometan conmigo tropelías… No quiero ser ningún santo, preferiría ser un bufón»[9]. Donde hay fundación de religión se cometen tropelías, empiezan los creyentes y existen los santos, y no puede haber religión sin dios —¿o sí, budistas?—. Nuestro problema, ahora lo pensamos de esta manera, es que no queríamos dejar de interpretar el mundo y a nosotros mismos. El psicoanálisis, aunque no se proponía como una interpretación de los «hechos», no dejaba de ser interpretación, y eventualmente todo —como buen creyente— se iba reduciendo a la «cosmovisión» freudo-lacaniana. Y todo aquello para lo que no se tenga respuesta no será referido a los caminos o designios del Señor Dios, sino a los del Real. El punto sin retorno —hasta ahora— llegó cuando esa riqueza interpretativa del psicoanálisis empezaba a imponerse sobre los «hechos» y la «experiencia», y reducía la multiplicidad de la «realidad» a una serie de fórmulas, dichos, saberes y enseñanzas que empezaban a gastarse: el psicoanálisis se había vuelto una moneda gastada, sin fuerza ni valor interpretativo: no era moneda, era metal. Había dejado de ser un «error útil»: las cosas son así y así serán, inmutables y «naturales», asume tu castración.

[Caracolas multicolores]

Se espera que pase algo similar con Friedrich Nietzsche. Que el valor que tiene ahora esta moneda de la «verdad» se vaya gastando y termine como metal —y que esto seguramente los psicoanalistas podrían interpretarlo en términos de transferencia, lugares, muerte o perpetuidad del padre, castración, fin de análisis, caída del sujeto supuesto saber, denegación, Otro, etc.—, cuando la riqueza interpretativa no pueda darnos más. Aunque aquí cabe señalar algo muy puntual y que puede ayudarnos a pensar esto de otra manera, a darle un giro, es decir que no necesariamente pasará lo «mismo». La obra nietzscheana no nos brinda un marco interpretativo ni un sistema filosófico, ni una teoría estructurada, ni un programa de investigación, ni una teoría de la dinámica psíquica —aunque sí cuente con metáforas que interpretan ciertos procesos, siendo la voluntad de poder una de las más elaboradas—. Otra posibilidad es que los elementos interpretativos que nos ofrece, no los hayamos tomado como unos nuevos fundamentos a los cuales anclar nuestro barco para no partir más. Sea una u otra, lo que nos ha brindado la obra nietzscheana es la posibilidad de un cambio de piel que se reproduce indefinidamente, según leemos en el parágrafo 573 de Aurora: «La serpiente que no logra cambiar de piel perece. Lo mismo que le pasa al espíritu al que se le impide cambiar de opiniones; deja de ser espíritu»[10]. Zaratustra no solamente es un mar que puede recibir un caudal sucio —que es el hombre— sin volverse impuro, también es el mar que con sus olas nos arrebata y se lleva a sus profundidades los juguetes con que nos entreteníamos, y nos enojamos y lloramos por eso, pero las mismas olas nos traen nuevos juguetes: pusieron a nuestros pies nuevas caracolas de colores.

Un último comentario. Existe ambivalencia en relación con el cuerpo: analistas que recientemente lo elevan a la categoría, siguiendo cierta tradición biologicista de Freud, donde las pulsiones sólo son representantes representativos de los impulsos provenientes del cuerpo, dejándolo por fuera de toda posible representación, o concediéndole el lugar de lo Real: aquello imposible de representar —a diferencia del Real imposible matemático que algunos grupos predicadores de un nuevo psicoanálisis estructural están recuperando de Jacques Lacan—, y por lo tanto el lugar hacia donde deben apuntar las prácticas clínicas. Otros desprecian su papel, rechazando la importancia de los afectos y las sensaciones por considerarlos un mero engaño e ilusión, y colocando por encima la primacía del significante: ¡como si el significante no fuera engaño e ilusión también!, como si este no fuese opaco o equívoco, como si se significase a sí mismo. Esta última idea sostiene que lo Imaginario es efecto de lo Simbólico, y por lo tanto debe prevalecer —en el trabajo clínico— lo segundo, desatendiendo lo primero: «Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas y bagajes, todo lo dado de lo psicológico»[11]. Entonces, ¿el cuerpo o el significante? Si continúan operando como «errores útiles» que nos tienen aún entretenidos jugando en la playa, qué importa cuál se elija, mientras se tenga en el horizonte su eventual pérdida y la llegada de nuevas caracolas. Aunque esto último —por el momento— nos parece bastante lejano.


[1] Chalmers, A. (2000). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? (3a ed.). Siglo XXI, p.121

[2] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.151

[3] En el psicoanálisis lacaniano prima la función y operación del significante por encima de los efectos y aspectos imaginarios que produce.

[4] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[5] Ibídem, p.695.

[6] Cragnolini, M. (2005). Ello piensa: la otra razón del cuerpo en Cosentino, J. C., & Escars (comp.). El problema económico. Yo-ello-super yo-síntoma. Imago Mundi.

[7] Siguiendo a Jacques Derrida en Márgenes de la filosofía, lo periférico es lo central.

[8] Cragnolini (2005).

[9] Nietzsche (2016), p.853.

[10] Nietzsche, F. (2014). Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.694

[11] Lacan, J. (2009). Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 1). Siglo XXI, p.40