Un sueño con Derrida*

¿Quién encontró alguna vez a un yo?

— Jacques Derrida

 

En todo filosofar no ha sido hasta ahora de ningún modo cuestión de la «verdad» sino de otra cosa, digamos de salud, futuro, crecimiento, poder, vida.

— Friedrich Nietzsche

 

El impulso eficaz para llevar a cabo la escritura de esta «tesis» no llegó a partir del ejercicio de un pensamiento lógico, razonado ni argumentado; tampoco por medio de diálogos, conversaciones o seminarios que pudieron haber tenido lugar durante el estado de vigilia. En otras palabras, no llegó mientras estábamos despiertos o cavilando sobre nuestro tema, justificación, planteamiento, metodología y demás elementos que son indispensables para un Proyecto de Investigación. Esto no significa que minimizamos todo ese trabajo de pensamiento; como se verá, estuvo relacionado e implicado con esas otra «razones» de las que no teníamos noticia en ese momento[1]. Lo sorprendente es que esas otras «razones» terminaron por dirigir el rumbo, estructura y contenidos de todo este trabajo. Mientras nosotros revisábamos una y otra vez nuestro Proyecto de Investigación, estado de la cuestión, objetivos, preguntas, etc., al mismo tiempo se iba configurando y armando un proyecto alterno que detonaría más tarde y nos arrastraría a escribir, sin detenernos, esta «tesis». Aquello que explotó fueron las consecuencias de nuestra travesía por la maestría en el Colegio de Saberes[2]. Nos referimos a las implicaciones y relaciones que se produjeron durante estos años entre la maestría y la formación, tradición y línea de pensamientos con que llegamos. En particular con nuestra formación en psicoanálisis que por aquel entonces ya le habíamos dedicado más de una década. Así, esta «tesis» sería más bien una especie de memorias, fragmentos o notas sobre lo sucedido en estos años: un ejercicio de memoria y reescritura para hacer historia, por lo que también habrá mucho olvido en ella.

Jacques Derrida Smiling
Jacques Derrida… ¡sonriendo!

Dicho esto, no se hallarán aquí las formas y elementos tradicionales de la metodología positivista, quizá ni siquiera alguna de las posibilidades que se están abriendo en los diseños cualitativos. Mucho menos es un trabajo cuyo «conocimiento» se discuta y valide desde las distintas posturas epistemológicas, ni siquiera desde una de ellas. O peor, se nos acusará de autoplagio[3] por el número de trabajos que aquí reimprimimos, reutilizamos o adaptamos. ¿Qué valor puede tener entonces un trabajo como este, que es meramente personal e íntimo? ¿Cuál es el valor de la experiencia personal? Esto es algo que hasta la fecha no logramos responder con claridad. Mejor dicho, hemos respondido a medias y circularmente: el valor y alcance se limita precisamente a esos campos, por el momento[4]. Los efectos e implicaciones que aquí presentamos estuvieron por fuera del cálculo y la razón, ni siquiera los previmos ni pudimos anticiparlos. No teníamos idea de lo que iba a suceder en nuestro encuentro con autores como Jacques Derrida o Friedrich Nietzsche, aunado a los estilos y apuestas que algunos profesores explicitaban. La transmisión que se produjo durante este tiempo y sus «resultados» no podían ser plasmados en un estilo y requisitos académicos que, precisamente, piden que lo personal e íntimo queden excluidos o que sus efectos sean prácticamente insignificantes. Pero quién tiene la medida de tales cosas: ¿Dónde inicia y termina lo personal y lo común, lo íntimo y lo público? Existía un gran peso en nosotros — el psicoanálisis — y el «estilo» nietzscheano y el «método» deconstructivo — precisamente por la gran implicación del autor en sus textos — se nos impuso como una vía posible para aligerar nuestra carga. Nos serviríamos de nuestra «tesis» para darle lugar a los conflictos y problemas que justamente se habrían producido durante el curso de la maestría. ¿Por qué habríamos de hacer otra cosa que estuviera por fuera de esto? Ése era el material, nuestro «objeto de estudio» que, sin saberlo, se había estado construyendo a espaldas de la razón y sus proyectos.

Si ya contábamos con un Proyecto de Investigación: la ligereza nietzscheana, que estábamos decididos a llevar a cabo, después de meses de trabajo, aunque constantemente aplazábamos el inicio de su escritura, debemos intentar responder qué fue lo que cambió todo lo que habíamos proyectado, pensado y planeado. Es decir, cuáles fueron esas otras «razones» que fueron más fuertes que la razón y se elevaron por encima de esta. Desde entonces y hasta ahora, el instante clave que podemos ubicar en que se produjo el giro, el «convencimiento», tuvo lugar durante un sueño, y como todo sueño, resulta una «locura» que se presta a la interpretación. Tenemos en cuenta que los nexos entre esa «causa» y sus «efectos» siempre podrán ser reescritos o eventualmente llevados más «atrás» en el tiempo o más adelante en sus consecuencias; dicho de otra manera, reinterpretados una y otra vez en busca de su «causa original». Esto dejaría asentado que en realidad nunca podríamos saber qué sucedió, pero eso no impide que en estos instantes aseguremos que fue por un sueño en particular que «tuvimos». Quizá ese sueño y giro respondan a una diversidad de causas: indispensables, concurrentes, específicas, etc., no importa cuáles. En síntesis: no sabemos qué ni cómo sucedió, por qué se produjo este giro inesperado, pero sabemos que fue a partir de ese momento, el día después del sueño, que nos decidimos a abandonar temporalmente nuestro Proyecto — pero no el tema — para pasar a algo que nos convocaba y no podíamos diferir más.

Ese sueño cambió todo en relación con nuestra «tesis». Curiosa y «extrañamente» unos días antes de que diéramos por terminados los preparativos para iniciar su escritura, habíamos empezado a hurgar entre nuestros trabajos anteriores intentando hacer memoria para averiguar dónde había surgido nuestro interés por Nietzsche y en particular por la ligereza. Esta búsqueda y rastreo eran un mero apoyo o «proyecto» paralelo a la «tesis»: eran materiales que nos ayudarían a recordar y servirían como un primer argumento para el desarrollo del tema. Es decir, en ningún momento consideramos que esas memorias y ese trabajo de retornar al «pasado» se convertirían en el trabajo final. Si así sucedió, si decidimos diferir el trabajo que ya teníamos proyectado y volcarnos en una escritura que diera cuenta de los efectos que había tenido la lectura de Nietzsche en nuestra relación con el psicoanálisis, fue debido al sueño siguiente:

Un sueño con Derrida. Del 5 al 6 de diciembre de 2019

Estoy sentado dentro de un salón de clases, y junto a mí está Jacques Derrida. Él está sentado a mi derecha* y ambos estamos en esas sillas con paleta. Su piel luce perfectamente bronceada, cabello completamente blanco, brillante y bien peinado. Está en los últimos años de su vida — esto lo supongo por el color del cabello — y sin embargo se muestra sumamente alegre y vivaz. Los dos estamos de frente hacia donde se supone están los alumnos y detrás de nosotros el pizarrón donde están escritas algunas palabras y dibujos indescifrables que me hacen pensar en el tiempo. Supongo que también soy un alumno porque sé que hay una tarea que no hice. Sin embargo, esto no parece importarnos porque ambos charlamos, nos reímos y acercamos como dos grandes amigos, nuestros hombros prácticamente se recargan uno sobre el otro: una confianza imperturbable, el afecto y la cercanía es evidente, a ninguno de los dos le incomoda. Conversamos y reímos: todo esto sucede mientras algunos alumnos van y vienen y pasan por detrás de nosotros; cosa que tampoco parece interesarnos y no interrumpe nuestra plática. Fin del sueño. *¿Sentado a la derecha del padre? Pensándolo de manera inversa, desde la mirada del observador, yo estoy a la derecha de Derrida, aunque en realidad esté a su izquierda. ¿Dónde estoy, donde me pienso o desde donde me miro y me miran? ¿Quién está a la derecha de quién? ¿Quién es el padre? ¿Hay padre?

Unos cuantos pensamientos se nos ocurren sobre este sueño: el tiempo de una escritura análogo a El tiempo de una tesis[5], que tiene relación a su vez con otro tipo de escritura: por fuera, en las fronteras o los márgenes de la academia. Entre compañeros del grupo de maestría solíamos bromear sobre el tiempo que tomó a Derrida elaborar sus tesis; según lo que nos narra le llevó más de veinte años, lo cuál era el pretexto perfecto para no llevar a cabo nuestra tarea; quizá la tarea que sentimos que no habíamos realizado en el sueño: si a Derrida le llevó más de veinte años, ¿qué podemos esperar en nuestro caso? Pero más relevante resultaba que esa tesis no se ajustaba a lo que se esperaba dentro de la academia ni a lo que pedían acaso sus colegas[6]. Sumamos a esto una de las reflexiones que se han quedado grabadas en nosotros y que encontramos en dicho texto: si ya se sabe a dónde se va en el pensamiento, para qué ir. Por supuesto, está también el tema de la muerte dentro del sueño, como un límite insalvable que precipita la escritura de la tesis sin tener que esperar veinte años o más. En síntesis: era el tiempo de una tesis, la nuestra, pero de una manera distinta a lo que ya se había proyectado.

Un día antes del sueño pensábamos títulos provisionales para nuestro trabajo sobre la ligereza nietzscheana, uno de ellos era Mi amigo Nietzsche. Creíamos que sólo habíamos hecho un nuevo amigo a lo largo de estos años, pero el sueño parece mostrarnos que no fue así, que contamos por lo menos con uno más: Jacques Derrida. Sí, era el tiempo de la escritura, pero de otra escritura, alejada de los proyectos, las ciencias y las metodologías. A propósito de la amistad: nunca habíamos sentido tan cercano a un autor como nos sucedió con Nietzsche. Ni siquiera con Freud o Lacan, a lo largo de más de diez años, nos había pasado algo similar. Mejor dicho, ninguna escritura nos había afectado tanto. El sueño nos presentó otra posibilidad, no sólo para la escritura, sino para la amistad: Mi amigo Derrida al cual también sentimos y tuvimos muy cerca. El sueño nos confirmó que aquello que pensamos son sólo los pensamientos que vienen, los que son susceptibles de conciencia, entre los numerosos hilos de pensamiento que suponemos que existen y se producen. Pensábamos en un Proyecto, pero terminamos elaborando otro que resultaba más vital para nosotros.

La «interpretación» de nuestro sueño es breve, un poco más extensa que el texto del sueño; esto sería algo impensable para algunos psicoanalistas. Hace algún tiempo — antes de los giros, cambios, problemas, conflictos, batallas, etc., antes de todos estos eventos que estamos a punto de exponer en esta «tesis» — nos rompía la cabeza la pregunta por los porqués de todo: aspirábamos a un saber que pudiese sostenerse y responder de lo que sucedía, que fuese capaz de atrapar la «realidad» en sus conceptos, articulaciones, propuestas, teorías, etc. Queríamos el triunfo de la religión en el ámbito de los saberes académicos; es decir, poder creer en algo, pero teniendo el respaldo o «fundamento» de que no se trataba de una congregación o «hermandad», sino de un saber alejado de los consuelos y esperanzas de la religión; la seguridad y confianza del creyente, pero en el ámbito de las ciencias o del conocimiento que fueran producto de la razón y del pensamiento, y no de presupuestos, prejuicios y creencias. Queríamos dioses e ídolos que respondieran a nuestras preguntas. Fue por esta grieta que se coló el psicoanálisis y sus analistas. Y la fidelidad y lealtad que les tuvimos en los años que siguieron.

Para finales de 2019 — cuando tuvimos el sueño con Derrida, después de una temporada con Nietzsche, a punto de llevar a cabo nuestro Proyecto de Investigación y abandonarlo por otras «razones» más fuertes y vitales — ya no nos interesaba llevar más allá el «análisis del sueño». No teníamos ni sentíamos ningún tipo de inquietud o ansia por saber más acerca de los sentidos de ese sueño, ni de otros; ni de continuar el «autoanálisis» ni de regresar con el analista. Habíamos renunciado a las «causas» de las cosas. Estaba bien no saber el sentido de todo eso. Además, un giro más nos había tomado por sorpresa después de toda esta travesía. No nos interesaba más lo que el analista pudiera decirnos, habíamos hallado un sustituto para su lugar y función[7]. Es más, nos quedamos cortos al decir que la escritura se nos presentó como un mero sustituto; la escritura todavía tiene mucho por decirnos, mientras que el analista se ha quedado mudo, y no precisamente porque esté jugando a ocupar el lugar del muerto. Aquel sueño, con esas pocas «asociaciones», fue capaz de impulsarnos a realizar algo que ni siquiera habíamos contemplado, además de desplazar los planes previos que lucían como los «importantes». Nos bastaban los «efectos» de ese sueño: qué importa cómo sucedió, vino o se produjo, sus efectos nos liberaron del obstáculo que nos había paralizado por meses. Indagar en las «causas» no es algo que despierte nuestro interés actualmente: «Uno debe servirse de la ‘causa’ y el ‘efecto’ tan solo como puros conceptos, es decir, como ficciones convencionales cuya finalidad es la designación, la comunicación, no la explicación»[8]. No tenemos la necesidad de indagar en esos porqués sobre lo que nos impulsó a escribir; no sea que al descubrirlos no podamos hacerlo más[9]. El sentido de nuestra mirada se había invertido: en lugar de fijarse en los supuestos orígenes o causas, es decir, en el pasado, se ha colocado en los horizontes y metas que ahora es posible ir construyendo para el futuro[10].

Recordamos el título de un texto que se publicó hace más de diez años[11]: La escritura comienza donde el psicoanálisis termina[12]. ¿Sucedió así para nosotros? El psicoanálisis obturaba con su habilidad para interpretarlo todo, y de paso nos impedía la escritura pues ya no quedaba nada por hacer ni crear. Incluso el deseo — su potencia y vitalidad — parecía haber quedado atrapado en sus constantes intentos de que nada quedara por fuera de su saber. Incluso el psicoanálisis tenía — o tiene — un nombre para aquello que escapaba a sus formulaciones: «lo Real». Sin embargo, no estábamos tranquilos y seguíamos buscando; de alguna manera el psicoanálisis empezó a morir y el sueño con Derrida fue el golpe mortal, pues a partir de ahí pudimos empezar a escribir parte de su historia final. Teníamos al muerto, ahora era necesario tallar su lápida. Lo que viene a continuación es algo de lo que sucedió en los últimos años de vida del psicoanálisis, no sin resistencia de nuestra parte: intentos por no dejarlo morir, sostener y rescatar su saber, «armonizarlo» con otros autores y saberes, luchábamos por conservar su peso. Y sin embrago, sin querer, al final del recorrido tuvimos que dejarlo; ya no era posible continuar con una carga así[13]. A fin de cuentas, nunca dijimos que el psicoanálisis estuviese equivocado, pero esto no quiere decir que necesariamente tuviese «razón». Esto es algo que ya no importa cuando lo que ello quiere es escalar montañas y ascender a nuevas cumbres para poder descender a los mares más profundos[14].

NOTAS

[1] A lo largo de este trabajo intentamos darle lugar a distintas voces, por lo que hablar en plural será una constante. Pocas veces se encontrará el singular de la primera persona; se verá que la soberanía y presencia de una sola voz es uno de los problemas fundamentales de este trabajo, acaso sea el más importante. Queremos aclarar además que el plural no pretende ni representa, en absoluto, ninguna especie de autoridad ni consenso académicos; por el contrario, ese plural más bien se coloca como un reconocimiento de las multiplicidades, pluralidades y heterogeneidades de las voces que nos habitan y constituyen. Si esto produce alguna confusión en el lector, no será menos que la que se produce tratando de definir eso que llamamos yo o cuando se intenta responder la pregunta: ¿quién habla?

[2] Debemos añadir que durante el segundo año de la maestría asistimos a los primeros semestres del doctorado en dicho colegio.

[3] «El autoplagio se refiere a la práctica de presentar un trabajo propio publicado previamente como si fuera reciente […] la parte esencial de un documento nuevo debe ser una contribución original al conocimiento y sólo debe incluir la cantidad necesaria de material ya publicado para entender mejor esa contribución, en especial cuando se aborde la teoría y la metodología». Esto según el Manual de publicaciones de la American Psychological Association (M. Guerra Frías, Trad.; 3.ª ed.). (2010). Manual Moderno.

[4] Sobre esto Nietzsche tiene algo qué decirnos: él aseguraba que era posible una transformación en el lector a partir de las experiencias personales del autor. Según Graham Parkes: «Nietzsche knew that what is personal may after all touch others, though the process remains obscure […] Such light and flame can illumine the way for others through the medium of the written page, as long as the style is sufficiently vibrant» [Nietzsche sabía que lo personal puede, después de todo, tocar a otros, aunque el proceso sobre cómo sucede eso permanezca oscuro (…) Dicha luz puede iluminar el camino para otros a través de los escritos, siempre y cuando el estilo del autor sea lo suficientemente vibrante]. Precisamente por este último «requisito» es que no podemos compartir la respuesta de Nietzsche. Vésae Nietzsche, F. (2005). Thus Spoke Zarathustra (G. Parkes, Trad.; Kindle). Oxford University Press.

[5] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[6] Lo cual nos remite a Nietzsche: algo similar sucedió cuando publicó El nacimiento de la tragedia o Así habló Zaratustra. No sólo no eran textos filosóficos, sino que tampoco se podían clasificar o catalogar con precisión; qué eran y qué hacer con ellos influyó, en parte, en la pobre recepción que tuvieron.

[7] Claro que aquí no faltarán los analistas que defiendan su posición aclarando que ellos no tienen nada qué decir, que su función es escuchar. También en otro sentido: no tienen nada qué decir porque no tiene las respuestas, supuestamente.

[8] Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos. p.311.

[9] Aquí tampoco faltarían los analistas que dirían que el trabajo analítico ha dejado de indagar las causas o las explicaciones de las neurosis, los síntomas y demás.

[10] Por supuesto esto también implica una cierta relación con el tiempo y la temporalidad.

[11] Más de diez años en que nos formamos como analistas: ¿serán también más de diez años en que estábamos obstaculizados para la escritura?

[12] André, S. (2000). FLAC (novela) seguida de La escritura comienza donde el psicoanálisis termina (T. Francés & N. Braunstein, Trads.) Siglo XXI.

[13] Se verá a lo largo de este trabajo que el gran peso y carga del psicoanálisis no lo eran tanto sus teorías o propuestas, sino un estilo de transmisión y formación que compartimos varias generaciones de analistas. Actualmente, y eso también se verá, un «nuevo» psicoanálisis del sur, pretendidamente científico, ha comenzado su colonización en México. Bajo la bandera de la cientificidad del psicoanálisis, diferentes sedes de APOLa (Apertura para otro Lacan) van tomando poco a poco relevancia en el ámbito nacional; sin embargo, a pesar de su supuesta novedad, sus prácticas de adoctrinamiento son bastante antiguas.

[14] Aquí es donde lo personal e íntimo podría superar sus límites, pues la experiencia habilita posibilidades y expande horizontes que anteriormente estaban muy limitados o resultaban bastante estrechos. Por supuesto que aquí se podría argumentar que la formación «teórica» también posibilita y habilita lo que se «encuentra» en la experiencia, y que esta no es posible sin unos conocimientos previos o por lo menos algunos supuestos básicos.

* Este texto forma parte  —la Introducción— de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el día 23 de marzo de 2021: Tesis: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.