Injertos y explosiones

En cualquier invento lo esencial lo hace el azar, sólo que la mayoría de la gente no se encuentra con ese azar.

Dormir sin sueños —sería, para mí, el mal supremo. Llamo a todo saber último mi peligro supremo.

— Friedrich Nietzsche

«Escribir quiere decir injertar»[1]. Cada texto remite siempre a otros textos, se entrecruza continuamente con ellos, se injerta en ellos y a su vez se deja injertar por ellos, generando así otros textos, que a su vez se injertan y son injertados: un proceso de significación plural en un despliegue de constantes reenvíos significantes.

Un texto viene a injertarse en este preciso momento —momento final del trabajo anterior, El coraje de hacer historia—, un ensayo literario en cuyas notas al pie retornan algunas de las referencias anteriores: Freud, Nietzsche, Derrida. La «pertinencia» de la literatura ya ha quedado señalada, pero no «justificada» —y no pensamos hacerlo por el momento—. Recordemos el Goethe de Nietzsche y el Hamlet de Shakespeare de Derrida. Aquí nuevamente aparecen los textos Consideraciones Intempestivas II[2] y el Exordio de Espectros de Marx[3] —y nuevamente insistimos en lo fuerte que nos convocaban esos textos que abrieron e inauguraron nuevas vías para nuestro pensamiento y que fueron un viento fresco entre tanta pestilencia psicoanalítica en la que nos estábamos pudriendo— como las ideas que «sostienen» este «análisis» de un sueño, el cual tuvo lugar la noche del 18 al 19 de abril de 2017, algunos meses después del Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Dos comentarios sobre el sueño de una bomba fue publicado en el número 12 de la revista literaria Espora – Microficción, poesía, ensayo, cuento,[4] del Departamento de Letras, Humanidades e Historia de la UDLAP en junio de 2017.

A diferencia del injerto anterior —El coraje de hacer historia—, aquí sí quisimos dejar el texto tal como se escribió y publicó, no sin añadir comentarios que operan como interrogantes que se nos plantean en este instante: ¿Cuál fue nuestro interés al momento de enviar nuestro trabajo a una revista literaria, más aún cuando los autores y las reflexiones que ahí vertimos provenían de un ambiente académico, es decir, de lo que en ese momento estábamos estudiando en la maestría? ¿Por qué no enviarlo a una revista «seria», o mejor aún, a una «indexada» —esa pequeña clave que le da «formalidad» a las publicaciones y las hace «oficiales»—? Nos es imposible responder a estas preguntas y no nos importa por ahora —quizá ya hemos respondido sin darnos cuenta; lo curioso en estos momentos es que nuestra curiosidad y ánimo se ha decantado más por las preguntas que por las respuestas—, y a diferencia del ensayo anterior aquí sí afirmamos: porque así lo quisimos, así lo queremos, y así lo querremos. No hay venganza contra este texto, ni contra su envío, ni contra su lugar o espacio de publicación. Esto no quiere decir que lo leamos sin esa extrañeza y desconocimiento que muchas veces nos atraviesa cuando volvemos sobre otros textos: nos avergonzamos y arrepentimos, no nos sentimos representados, no quisiéramos que nos confundieran y nos tomaran por eso que escribimos —Nietzsche contra Wagner, un asalto más, otro; nunca estuviste tranquilo en ese aspecto, siempre te siguió (asaltando) el fantasma de tu pasado, ¿por qué no pudiste redimirte de él?—; encontramos pocas líneas que nos resultan curiosas, uno que otro pensamiento o frase que rescatamos, pero hasta ahí: ¡cómo pudimos haber escrito eso! Por fortuna cada vez van perdiendo consistencia ciertas palabras que no hacen más que mortificar nuestro andar, por ejemplo: Yo o Subjetividad.

Freud y su psicoanálisis también tienen numerosas referencias literarias, mencionemos algunas —¿Qué produce la literatura que nuevamente nos lanza la interrogante: «¿y por qué recurren a mí, no tienen acaso ustedes sus propios recursos, por qué habrían de servirse de mí en diversas ocasiones, y no siempre como una mera comparación, analogía, ejemplo, etc.?»—: Sófocles, Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Jensen, Schelling, Hoffmann, Twain, etc. Habrá quien nos diga que tendríamos que valorar en su «justa» dimensión y peso qué tanto esas referencias resultaron importantes para Freud y la construcción de su propuesta, no vaya a ser que cuestionemos al genio creador. Nos dirán también que el marco de referencias era mucho más amplio ya que recurría a disciplinas como antropología, filosofía —a la cual desdeñaba por especulativa—, biología, física, medicina, entre otras. —«¿Qué buscan que no han encontrado ni se les ha dado en sus pensamientos académicos, científicos, lógicos, matemáticos, topológicos y demás?»—. Por cierto, a propósito de este interés por la literatura que nos arrastra y cada vez es más evidente, uno de los primeros textos que adquirimos en nuestras incursiones en el psicoanálisis lacaniano llevaba por título «casualmente» Lacan literario: la experiencia de la letra[5] de Jean-Michel Rabaté. Este autor propone que la literatura tiene una importante función clínica, y el lugar que le otorga Lacan es prominente dentro de su enseñanza: de Sófocles a Shakespeare, de Molière a Genet, de Racine a Sade y Claudel, de Gide a Duras, de Poe a Joyce, confirmando lo que Freud ya sabía, que el psicoanálisis está plenamente inmerso en ella. También nos dirán, en un intento de reducir su relevancia: «Sí, no pasa nada, mira, también existe un libro llamado Lacan con los filósofos[6], por lo que sus recursos e intereses eran mucho más amplios, incluso más numerosos que los de Freud: lingüística, antropología, matemática, lógica, física, psiquiatría, psicoanálisis, topología, lingüística, etc., por lo que la literatura pasa a ser uno más entre todos aquellos. Aunque exista ese libro sobre los filósofos no por ello su psicoanálisis es filosofía, al contrario, Lacan era un anti-filósofo». Puede ser. Simplemente no queríamos dejar de señalar que estos dos psicoanalistas tenían, entres sus múltiples y variados intereses, no pocas referencias literarias.

Comentarios sobre Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Quizá estas líneas deberían ir después del ensayo, pero algo nos sugiere que deben ir antes. Sobre el texto de aquel sueño, próximo a cumplir tres años, no tenemos más qué decir: no existe memoria en este instante sobre ninguna imagen o sensación en relación con los momentos previos y posteriores al sueño. Por otra parte, sí recordamos a la pequeña que nos hizo la adivinanza que se menciona en el escrito y nos preguntamos si continúa realizando ese tipo de juegos. Pero lo que llama nuestra atención de inicio, y quizá sobre el resto del texto, es la clara —clara y evidente sólo en este momento «actual», sólo por medio de esta lectura retroactiva— denostación hacia el psicoanálisis y su erudición que ya no tienen mucho qué decirnos. Aquí —y ahí en aquel entonces— coincidimos con Lacan, según leemos en el texto Mi enseñanza[7]: el psicoanálisis ya no sorprende a nadie, incluidos nosotros: todo mundo ya sabe hoy en día qué es el inconsciente. Ya no hay objeciones, se acepta, se reconoce, se le acepta. Y no pasa nada. Un Lacan que se jacta de no repetirse nunca ni en el mismo lugar. «Se piensa haber aceptado muchas otras cosas en paquete, a granel, gracias a lo cual todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben»[8]. Se acepta, se reconoce, se sabe del inconsciente, todo el mundo lo hace, salvo los psicoanalistas. Quizá el problema sea que saben demasiado:

— «El sueño figura o realiza de manera alucinatoria el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, justo como Freud lo descubrió».

— «La experiencia de la clínica psicoanalítica nos demuestra y comprueba que el sueño tiene su más potente impulso y motor en la sexualidad infantil».

— «El sueño es el guardián del dormir, gracias a él no despertamos durante la noche, al menos no siempre, pues existen las pesadillas o los sueños traumáticos; en estos la función del sueño se ha alterado y no puede cumplirse más, por lo que la persona despierta y a veces no querrá ir a dormir por temor a que se repitan estos sueños».

— «Es por los sueños traumáticos que Freud se ve precisado a revisar algunas de sus formulaciones sobre la dinámica psíquica, llegando a formular una de las propuestas que causaron mayor controversia: la pulsión de muerte».

— «Algunos dirán que el psicoanalista ya estaba viejo, que estaba decepcionado y pesimista por la guerra; también fue momento en que algunos de sus discípulos lo abandonaron, etc.».

— «Pero no importa lo que digan, la experiencia clínica siempre nos ha dado la razón».

Aunque, dicen, están a la espera del caso que les contradiga sus formulaciones, cosa que vemos bastante difícil, pues sabemos cuan bien se puede acomodar cualquier situación a sus formulaciones infalseables. Cuestiones así de pesadas e insoportables podríamos seguir escribiendo. Las conocemos, transitamos por ahí. Estábamos en guerra y no lo sabíamos. ¿Sería esa la bomba que estaba por explotar? ¿Sería esa la batalla que estaba por iniciar o terminar? ¿Qué es lo que iba a explotar?

— «La solución del sueño, es decir, su sentido, debe trabajarse y…» —.

Alto: ya no queremos sus respuestas, un extraño amor por las preguntas se instaló en nuestro pecho y no quiere partir. Dicho de otra manera, este ensayo es un no al psicoanálisis, o, mejor dicho, un no más. No más a su erudición y supuesto saber. Seamos más precisos, menos descuidados: no más a las pretensiones de erudición psicoanalítica, a esos pretendidos sabelotodos; claro que, si les preguntáramos o se les interrogara sobre esto, ¿alguno lo reconocería? —Ya conocemos algunas de sus respuestas: no se puede saber todo, qué es el todo, falta un significante, está la represión originaria, Freud decía que la historia del neurótico es una novela, la verdad tiene estructura de ficción, etc.—. Dicen que no, que no lo saben «todo», pero siempre tiene respuestas, que el saber es un semblante, sin embargo, nunca escuchamos a alguno reconocer su ignorancia. Una imagen, bastante atrevida y provocativa, nos viene en este momento: ¿recuerdan el papel de Willem Dafoe como psicólogo en la película Anticristo[9], como pareja de Charlotte Gainsbourg? Sí, ese tipo insoportable —y si no se le soporta ya se darán una idea del por qué— que creía tener todas las respuestas para lo que estaba experimentando su pareja, sus supuestas etapas del duelo y demás «teorías». ¿Qué pasó? Su mujer desbordó —le era imposible no hacerlo —su supuesto saber. Y aquí se nos injerta un texto más, Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[10] lanza la siguiente pregunta como una crítica al saber supuesto de las prácticas psi, poniendo en jaque a las autoridades que intervienen en nombre de la salud mental, el bienestar y la felicidad: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre, de esta mujer? El psicoanálisis —que muchos definen precisamente como una práctica— también es una práctica psi, y cada vez se nos parece más a esos saberes construidos y acabados que a un saber que potencie la vida y el pensamiento.

— «Mira, te voy a explicar: lo que pasa es que tú en este momento estás en transferencia con los textos nietzscheanos, así como lo estuviste en un momento con los textos de Freud, y seguramente después pasará algo parecido, irás a otros textos y autores, y así, porque el deseo es siempre insatisfecho».

— «Esto también ‘demuestra’ cómo el deseo es metonímico, se desplaza y el objeto nunca es el objeto del deseo inconsciente».

— «Es muy probable que te falte diván, ¿por qué no analizas esa relación que ahora tienes con Nietzsche o con Derrida?» —¿Y ustedes analizan su relación con Freud o Lacan?—

— «No, no, eso es diferente. Ahí se trata de la formación del analista».

Así es, ahora tenemos perspectiva —que no es lo mismo que decir tenemos otra perspectiva— de esto que escribimos hace casi tres años: a eso redujimos a los psicoanalistas —sin saberlo aún en aquel entonces—, a unos otros que podrían opinar y decir algo sobre nuestro sueño, analizarlo, pero que no nos interesaba más, aunque nos era imposible no hablar y formular desde la experiencia que ya nos había atravesado en el diván. ¡Caray, incluso nos sentíamos culpables de no actuar conforme a nuestro deseo inconsciente! ¿Y cómo se supone que se hace o lleva a cabo eso? No negamos ciertos efectos terapéuticos, perdurables incluso —más bien era su transmisión y difusión la que nos parecía sospechosa—. Y sobre esto que estamos escribiendo y pensando seguramente esos eruditos tendrán respuestas, pero nos las vamos a escribir esta vez. Bueno, sólo una más: esto que nos sucede puede pensarse en términos de resistencia y/o goce.

— «Espera. ¿Qué es todo esto que dices? ¿Con quién es el pique?».

Por qué preguntan con quién es el pique, para ustedes el pique siempre es con el padre, o con la instancia paterna, o con alguna de sus figuras: que si es odio y rechazo, se confirma su formulación sobre la rivalidad edípica; que si hay amor, entonces se trata de una inversión en lo contrario; y si no hay lo uno o lo otro entonces el conflicto se ha desplazado a otra representación debido al proceso represivo; nos dirán que queremos ocupar su lugar, que nuestros ataques están destinados a su borramiento o muerte, etc. O que el Otro está demasiado vivo, que sigue operando como omnisciente y omnipotente, y de ahí nuestra revuelta, nuestro desquite, nuestra venganza, que si acaso no sabemos que el Otro está castrado. ¿Qué falló en esa transmisión, enseñanza y práctica psicoanalítica? ¿Qué hay de la continua denostación y ataque hacia otras disciplinas, los ataques entre analistas —y continúan las guerras, a propósito de ese nuevo psicoanálisis del sur que poco a poco va incrementando sus filas de adeptos? Resulta fácil ver cómo el estilo beligerante y casi religioso se sigue repitiendo, un nuevo dios, una nueva guía, pero dicen que no es así—, los narcisismos exacerbados, «Aperturas» que más bien son cerrazones, la pretensión de saberlo todo y que no tienen nada más qué aprender, la arrogancia y la mentira, ¿Qué pasó con estos animales astutos que inventaron el conocimiento del inconsciente? Su insistencia en que «siempre» se producirán formaciones del inconsciente poniendo el énfasis en su dimensión padeciente, sufriente y lamentable; nunca escuchamos, por el contrario, alguien que reivindicara el chiste, la risa, la carcajada.

Al final siempre podrán decir que estamos resentidos o enojados, que nos fue «mal» en nuestro análisis o que es un desquite contra el psicoanálisis porque nuestro analista no respondió nunca a nuestra demanda de amor. Y aquí también podrán decir: «vean, nosotros no hemos dicho nada, todo ha sido dicho por él». Y así, sucesiva e indefinidamente. Qué cansado —y por momentos chistoso— nos resulta todo esto. El problema no es Freud o Lacan, ni su psicoanálisis o sus fórmulas. El problema son sus formulantes, sacerdotes e iglesias. Quizá eso era lo que explotó, lo que estaba por explotar, o lo que ya había explotado. J. V. Widmann acertó en su reseña titulada «El peligroso libro de Nietzsche», publicada en un periódico de Berna[11], sobre el texto Más allá del bien y del mal. Nietzsche fue dinamita: demolió a nuestros ídolos. Pero no íbamos a dejar que sucediera así de fácil: no eran unos ídolos cualesquiera, tenían su prestigio y fuerza; además los idólatras en nosotros no se dejarían vencer tan pronto.


[1] Véase el parágrafo 4 de nuestros Pre-textos a Zaratustra.

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Disponible en línea y recuperado el 30 de enero de 2020: https://issuu.com/webudlap/docs/espora12

[5] Rabaté, J.-M. (2006). Lacan literario: La experiencia de la letra. (A. Dilon, Trad.) Siglo XXI

[6] VV. AA. (1997) Lacan con los filósofos. (Colegio Internacional de Filosofía, ed.) Siglo XXI

[7] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós

[8] Ibídem, p.19.

[9] Von Trier, L. (2009). Anticristo

[10] Pereña, F. (2006). Soledad, pertenencia y transferencia. Síntesis.

[11] Citado por Kilian Lavernia Biescas en el Prefacio a Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.287.

El coraje de hacer historia

Esta entrada sigue a la anterior: Un viento nuevo y fresco: un aire de altura. La versión original, sin censura, correcciones, supresiones, borramientos, reformulaciones, etc. de la ponencia «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», ya fue compartida en esta página con el nombre En el diván: el coraje de hacer historia y dividido en tres partes:

Ernest escribiendo alguna de sus novelas ya en una edad avanzada, considerando la edad de su muerte a los 61 años.
Ernest Hemingway (1899-1961)

En el diván: el coraje de hacer historia I

En el diván: el coraje de hacer historia II

En el diván: el coraje de hacer historia III

De la versión alterada que se incluyó en la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, sólo recuperamos algunos fragmentos. No existe necesidad de publicar todo el texto, sobre todo cuando la mayor parte de las modificaciones son supresiones, omisiones y borramientos: venganza contra el texto que fue. Se recupera además el epígrafe que se colocó en el texto:

Únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansía sacarse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crítica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene.

– Friedrich Nietzsche

[Aquí eliminamos prácticamente todo el párrafo pues representaba un ataque y defensa contra los «ignorantes» del psicoanálisis; contra aquellos que no habían transitado por la «experiencia» o que simplemente se rehusaban — y algunos con razón — a participar en su transmisión, enseñanza y difusión. En otras palabras, estábamos ahí para enseñarles, para explicarles sobre los efectos que el «pasado» tiene sobre el presente desde una lectura de los textos freudianos. Dicho de otra manera: ustedes no saben, nosotros sí]

[No saben, pero no se sientan mal, no podrían saberlo. Nosotros lo explicaremos. Y no apelar en este momento a esas frases trilladas de los psicoanalistas: no saben que lo saben, saben sin saberlo, el inconsciente es un saber no conocido, etc. ¿A qué viene esta soberbia pretensión de saber sobre algo, sean los psicoanalistas, sean los físicos, sean los científicos?].

La inscripción o escritura psíquica

[Pero ¿acaso nos preguntamos qué decían otras fuentes sobre esos temas? Éramos más que fieles, éramos leales. Si acaso fuimos infieles al sentirnos tentados por otros autores y/o textos, siempre regresamos al psicoanálisis].

[El analista siempre tiene la razón. Un serio problema de la clínica freudiana y sus pretensiones de cientificidad desde la perspectiva epistemológica del falsacionismo de Karl Popper. Últimamente hemos escuchamos a algunos psicoanalistas[6] que han salido a responder por el estatuto de ciencia del psicoanálisis, pensándolo desde los programas de investigación de Imre Lakatos, por ejemplo. ¿Y por qué no de Paul Feyerabend?]

[En el original siguen unos párrafos en los que se continúa desarrollando ideas en relación con los olvidos y los actos inconscientes].

[Dos párrafos eliminados en relación con el tiempo y la temporalidad de la dinámica psíquica]. Existe una frase bellísima que expresa todo esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque la encontramos en Espectros de Marx: The time is out of joint.[7] El tiempo está desarticulado, aunque otras posibles traducciones pueden ser: el tiempo está dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; y nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo, o, mejor dicho, con su tiempo. [Ya no sólo la relación con el tiempo, nos preguntamos además si esa es la «condición» del sujeto, sin la que no puede «ser» o existir: es decir, que el sujeto existe como tal porque está fuera de sí, desquiciado, dislocado, desarticulado — desde el psicoanálisis lacaniano diríamos que sí está articulado, entre un S1 y un S2, que son su «causa» —. Pero hasta aquí llegó la referencia a ese maravilloso Exordio durante esta presentación y escrito. En cualquier revista «seria» y apegada a los criterios rigurosos de ciertas metodologías de la investigación, y por lo tanto de rigor académico con pretensiones científicas, nos negarían la utilización de un adjetivo así, ¿por qué? ¿Por qué sólo resulta «maravilloso» para nosotros? Justo ahora pensamos lo siguiente: cada vez que volvemos y recordamos dicho texto, que consta de apenas unas pocas páginas, resulta que la importancia y el peso del autor es cada vez menos relevante. No tiene el peso como entonces lo tenía Freud, por ejemplo, cuando leíamos sus escritos y no podíamos evitar pensar en la «genialidad» freudiana. Derrida pasa como uno más, aunque no lo sea. Claro que aquí nos encontramos en una desventaja enorme: no conocemos ni hemos tenido la oportunidad de convivir con «derridianos» —ni derridianas, para nuestra buena o mala fortuna— así como hemos tenido la oportunidad de convivir con freudianos. No sabemos, qué tal que, de haber pertenecido a algún círculo de seguidores del filósofo argelino, hubiésemos acabado también enlistándonos en las barricadas filosóficas que lo defienden contra toda crítica o cuestionamiento. Como sea, la frase y su tema parecen sostenerse más allá de la figura de su autor].

[Literatura. Primero, una frase de Goethe que encontramos en Nietzsche; segundo, una frase del Hamlet de Shakespeare que encontramos en Derrida. ¿Por qué la literatura? ¿Por qué este recurso? ¿Por qué los filósofos recurren a ella? No nos parece poca cosa, siendo que, supuestamente, los filósofos son los «grandes» pensadores de «todas» las cosas y entonces no deberían servirse de géneros literarios hechos para entretener. Nietzsche inaugura su segunda consideración intempestiva recurriendo a la literatura. Algunas veces decimos que algún autor, poeta, compositor, cantante, paciente, etc., tuvo las palabras precisas para decir eso que estábamos viviendo, pero no lográbamos decirlo con tal precisión —justo como nos sucedió con la frase de Hamlet—, y nos preguntamos si acaso sucedía también así con este par de pensadores: Goethe a lo largo de la obra de Nietzsche y Shakespeare a lo largo de Espectros de Marx. Y aquí damos un brinco de unos tres años aproximadamente: cada vez nos convencíamos más de que esta «tesis» estaba más cerca de algún género literario y cada vez más lejos de las exigencias académicas o científicas de la «metodología de la investigación». Y a propósito de esta última, junto con la ciencia, tenemos que seguir tomando en cuenta, que todavía nos ocupa, sigue siendo un referente con el que tenemos que estar batallando todavía, pero que, al igual que Freud, empieza a perder consistencia].

[Otras dos palabras clave: escritura y literatura. Son dos temas que se fueron imponiendo y acabaron arrastrándonos, dejando poco a poco el interés por las teorías, la resolución de problemas, las estructuras, los universales, los goces, etc. ¡Nos interesábamos más por las mentiras que por la verdad! Aquí alguien —nosotros— podría —podríamos— decir—decirnos— que el psicoanálisis también pudo haber servido a ese propósito, pues intenta desengañarnos de la conciencia. Y tienen razón en ello, salvo por los peligros que representaba la adoración de ídolos al enlistarse en el ejército psicoanalítico. Y aquí se suele bromear con las posturas de Freud al respecto —su comunidad del anillo, por ejemplo— y suele haber un pequeño atisbo que deja entrever algo de ese estilo autoritario, pero que se termina justificando: «es que era Freud, y él podía hacer lo que quisiera; se le perdona debido a su genialidad». Ya no sorprende saber esto porque se cree — o creen — que se le sigue sólo en los textos y en la clínica, y se rechaza lo personal. Sin embargo, mucho de lo que se transmite parece colarse por esta última vía. ¿Podría decirse entonces que el desinterés no fue por los textos ni los autores, sino por el estilo en que estos pretendían transmitirse?].

En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepulturero del presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio de la potencia de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud. Nietzsche concluye: donde hay cierto exceso de historia-pasado la vida se desintegra y degenera. [Y de aquí a elaborar y problematizar una idea sobre la ligereza nietzscheana parece haber pocos pasos. Será que desde entonces la idea sobre una ligereza nietzscheana empezaba a interrogarnos].

[Ese interés por Nietzsche y Derrida que nos alejó de Freud fue la vida, aunque no sepamos responder qué es. ¿Y no se trataba de vivir cuando se insistía y hablaba tanto del deseo? ¿Estamos siendo demasiado duros con nuestra experiencia y tránsito por el psicoanálisis? Tenemos que explicarnos mejor en este sentido quizá: cuando se hablaba del deseo, fuese con Freud o con Lacan, el mayor peso siempre era su dimensión trágica, fúnebre, lamentable, irresoluble y fatalista, y muy pocas veces se trataba de su potencialidad para la vida. Y aquí vienen a nuestra memoria otras frases ya clásicas —y huecas— del psicoanalismo erudito: «el psicoanálisis no sirve para nada»; «uno nunca se cura del inconsciente»; «siempre habrá síntomas, sueños, lapsus, olvidos y demás formaciones del inconsciente» —por lo menos, por esta parte seguirá habiendo chistes, y por lo tanto risas, y podremos continuar riéndonos unos de otros—; «la relación sexual no existe»; «el amor es pura ilusión, engaño y narcisismo»; «la cultura no es sin malestar»; «el hombre es el lobo del hombre» —frase que estrictamente hablando no fue acuñada por el psicoanálisis—; «un análisis ‘bien’ conducido devolverá la capacidad de trabajar y amar, a lo mucho»; «un psicoanálisis puede llevar a considerar esa tragedia y dolor como una tristeza banal»; «el deseo puede llevar a la muerte»; «nada tiene sentido»; «el deseo es un camino de soledad»; etc. En síntesis: pura pesadez, una especie de abatimiento total en el que, de no aceptar las cosas «como son», o como las piensan los psicoanalistas, se seguirá sufriendo; aunque si se aceptan, igual se seguirá padeciendo. ¡Cómo no íbamos a estar necesitados de aire fresco! ¡Cómo no íbamos a querer elevarnos sobre esos mojones! Llegamos a amar ese fatalismo y pesimismo freudo-lacaniano porque en un primer momento nos libró de algunas ilusiones, pero nos estaba dejando sumidos en una visión bastante lamentable y vacía de la existencia. Esa atmósfera psicoanalítica nos estaba ahogando].

[Fragmento eliminado en relación con los posibles resultados de un trabajo analítico. Sólo recuperamos la cita siguiente] Juan Vives Rocabert, en su libro La muerte y su pulsión[13], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico. [Más fragmentos eliminados] Gracias. [Algunos materiales quedaron al margen de la exposición debido a cuestiones de tiempo].

[En este apartado habíamos incluido algunas ideas de Clément Rosset — alumno de Lacan, cuando aún le dábamos importancia a la procedencia, genealogía, «origen» e «influencia» de su pensamiento: si fue alumno de Lacan, entonces no era cualquier pensador. Y ciertamente no lo es, pero ¿no lo es por haber sido alumno del psicoanalista francés, necesariamente? —, Sören Kierkegaard, Georges Didi-Huberman, Sylvie Le Poulichet, entre otros].

[Sin resumen ni conclusiones].

[Con especial agradecimiento a Maria Laura Sierra. Fue durante el curso de su materia, El sujeto del inconsciente, que elaboramos la primera versión de este trabajo —debido a los textos y autores en que nos introdujo— durante el primer semestre de la maestría].


[6] Nos referimos a los psicoanalistas miembros o seguidores del grupo de investigación APOLA (Apertura Para Otro Lacan). Este grupo cuenta con un Programa de Investigación muy preciso, a diferencia —según dice su representante más conocido, Alfredo Eidelsztein— de los numerosos grupos y asociaciones psicoanalíticas freudolacanianas.

[7] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.12, 15, 63, etc.

[13] Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. Una perspectiva freudiana. Paidós