El coraje de hacer historia

Esta entrada sigue a la anterior: Un viento nuevo y fresco: un aire de altura. La versión original, sin censura, correcciones, supresiones, borramientos, reformulaciones, etc. de la ponencia «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», ya fue compartida en esta página con el nombre En el diván: el coraje de hacer historia y dividido en tres partes:

Ernest escribiendo alguna de sus novelas ya en una edad avanzada, considerando la edad de su muerte a los 61 años.
Ernest Hemingway (1899-1961)

En el diván: el coraje de hacer historia I

En el diván: el coraje de hacer historia II

En el diván: el coraje de hacer historia III

De la versión alterada que se incluyó en la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, sólo recuperamos algunos fragmentos. No existe necesidad de publicar todo el texto, sobre todo cuando la mayor parte de las modificaciones son supresiones, omisiones y borramientos: venganza contra el texto que fue. Se recupera además el epígrafe que se colocó en el texto:

Únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansía sacarse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crítica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene.

– Friedrich Nietzsche

[Aquí eliminamos prácticamente todo el párrafo pues representaba un ataque y defensa contra los «ignorantes» del psicoanálisis; contra aquellos que no habían transitado por la «experiencia» o que simplemente se rehusaban — y algunos con razón — a participar en su transmisión, enseñanza y difusión. En otras palabras, estábamos ahí para enseñarles, para explicarles sobre los efectos que el «pasado» tiene sobre el presente desde una lectura de los textos freudianos. Dicho de otra manera: ustedes no saben, nosotros sí]

[No saben, pero no se sientan mal, no podrían saberlo. Nosotros lo explicaremos. Y no apelar en este momento a esas frases trilladas de los psicoanalistas: no saben que lo saben, saben sin saberlo, el inconsciente es un saber no conocido, etc. ¿A qué viene esta soberbia pretensión de saber sobre algo, sean los psicoanalistas, sean los físicos, sean los científicos?].

La inscripción o escritura psíquica

[Pero ¿acaso nos preguntamos qué decían otras fuentes sobre esos temas? Éramos más que fieles, éramos leales. Si acaso fuimos infieles al sentirnos tentados por otros autores y/o textos, siempre regresamos al psicoanálisis].

[El analista siempre tiene la razón. Un serio problema de la clínica freudiana y sus pretensiones de cientificidad desde la perspectiva epistemológica del falsacionismo de Karl Popper. Últimamente hemos escuchamos a algunos psicoanalistas[6] que han salido a responder por el estatuto de ciencia del psicoanálisis, pensándolo desde los programas de investigación de Imre Lakatos, por ejemplo. ¿Y por qué no de Paul Feyerabend?]

[En el original siguen unos párrafos en los que se continúa desarrollando ideas en relación con los olvidos y los actos inconscientes].

[Dos párrafos eliminados en relación con el tiempo y la temporalidad de la dinámica psíquica]. Existe una frase bellísima que expresa todo esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque la encontramos en Espectros de Marx: The time is out of joint.[7] El tiempo está desarticulado, aunque otras posibles traducciones pueden ser: el tiempo está dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; y nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo, o, mejor dicho, con su tiempo. [Ya no sólo la relación con el tiempo, nos preguntamos además si esa es la «condición» del sujeto, sin la que no puede «ser» o existir: es decir, que el sujeto existe como tal porque está fuera de sí, desquiciado, dislocado, desarticulado — desde el psicoanálisis lacaniano diríamos que sí está articulado, entre un S1 y un S2, que son su «causa» —. Pero hasta aquí llegó la referencia a ese maravilloso Exordio durante esta presentación y escrito. En cualquier revista «seria» y apegada a los criterios rigurosos de ciertas metodologías de la investigación, y por lo tanto de rigor académico con pretensiones científicas, nos negarían la utilización de un adjetivo así, ¿por qué? ¿Por qué sólo resulta «maravilloso» para nosotros? Justo ahora pensamos lo siguiente: cada vez que volvemos y recordamos dicho texto, que consta de apenas unas pocas páginas, resulta que la importancia y el peso del autor es cada vez menos relevante. No tiene el peso como entonces lo tenía Freud, por ejemplo, cuando leíamos sus escritos y no podíamos evitar pensar en la «genialidad» freudiana. Derrida pasa como uno más, aunque no lo sea. Claro que aquí nos encontramos en una desventaja enorme: no conocemos ni hemos tenido la oportunidad de convivir con «derridianos» —ni derridianas, para nuestra buena o mala fortuna— así como hemos tenido la oportunidad de convivir con freudianos. No sabemos, qué tal que, de haber pertenecido a algún círculo de seguidores del filósofo argelino, hubiésemos acabado también enlistándonos en las barricadas filosóficas que lo defienden contra toda crítica o cuestionamiento. Como sea, la frase y su tema parecen sostenerse más allá de la figura de su autor].

[Literatura. Primero, una frase de Goethe que encontramos en Nietzsche; segundo, una frase del Hamlet de Shakespeare que encontramos en Derrida. ¿Por qué la literatura? ¿Por qué este recurso? ¿Por qué los filósofos recurren a ella? No nos parece poca cosa, siendo que, supuestamente, los filósofos son los «grandes» pensadores de «todas» las cosas y entonces no deberían servirse de géneros literarios hechos para entretener. Nietzsche inaugura su segunda consideración intempestiva recurriendo a la literatura. Algunas veces decimos que algún autor, poeta, compositor, cantante, paciente, etc., tuvo las palabras precisas para decir eso que estábamos viviendo, pero no lográbamos decirlo con tal precisión —justo como nos sucedió con la frase de Hamlet—, y nos preguntamos si acaso sucedía también así con este par de pensadores: Goethe a lo largo de la obra de Nietzsche y Shakespeare a lo largo de Espectros de Marx. Y aquí damos un brinco de unos tres años aproximadamente: cada vez nos convencíamos más de que esta «tesis» estaba más cerca de algún género literario y cada vez más lejos de las exigencias académicas o científicas de la «metodología de la investigación». Y a propósito de esta última, junto con la ciencia, tenemos que seguir tomando en cuenta, que todavía nos ocupa, sigue siendo un referente con el que tenemos que estar batallando todavía, pero que, al igual que Freud, empieza a perder consistencia].

[Otras dos palabras clave: escritura y literatura. Son dos temas que se fueron imponiendo y acabaron arrastrándonos, dejando poco a poco el interés por las teorías, la resolución de problemas, las estructuras, los universales, los goces, etc. ¡Nos interesábamos más por las mentiras que por la verdad! Aquí alguien —nosotros— podría —podríamos— decir—decirnos— que el psicoanálisis también pudo haber servido a ese propósito, pues intenta desengañarnos de la conciencia. Y tienen razón en ello, salvo por los peligros que representaba la adoración de ídolos al enlistarse en el ejército psicoanalítico. Y aquí se suele bromear con las posturas de Freud al respecto —su comunidad del anillo, por ejemplo— y suele haber un pequeño atisbo que deja entrever algo de ese estilo autoritario, pero que se termina justificando: «es que era Freud, y él podía hacer lo que quisiera; se le perdona debido a su genialidad». Ya no sorprende saber esto porque se cree — o creen — que se le sigue sólo en los textos y en la clínica, y se rechaza lo personal. Sin embargo, mucho de lo que se transmite parece colarse por esta última vía. ¿Podría decirse entonces que el desinterés no fue por los textos ni los autores, sino por el estilo en que estos pretendían transmitirse?].

En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepulturero del presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio de la potencia de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud. Nietzsche concluye: donde hay cierto exceso de historia-pasado la vida se desintegra y degenera. [Y de aquí a elaborar y problematizar una idea sobre la ligereza nietzscheana parece haber pocos pasos. Será que desde entonces la idea sobre una ligereza nietzscheana empezaba a interrogarnos].

[Ese interés por Nietzsche y Derrida que nos alejó de Freud fue la vida, aunque no sepamos responder qué es. ¿Y no se trataba de vivir cuando se insistía y hablaba tanto del deseo? ¿Estamos siendo demasiado duros con nuestra experiencia y tránsito por el psicoanálisis? Tenemos que explicarnos mejor en este sentido quizá: cuando se hablaba del deseo, fuese con Freud o con Lacan, el mayor peso siempre era su dimensión trágica, fúnebre, lamentable, irresoluble y fatalista, y muy pocas veces se trataba de su potencialidad para la vida. Y aquí vienen a nuestra memoria otras frases ya clásicas —y huecas— del psicoanalismo erudito: «el psicoanálisis no sirve para nada»; «uno nunca se cura del inconsciente»; «siempre habrá síntomas, sueños, lapsus, olvidos y demás formaciones del inconsciente» —por lo menos, por esta parte seguirá habiendo chistes, y por lo tanto risas, y podremos continuar riéndonos unos de otros—; «la relación sexual no existe»; «el amor es pura ilusión, engaño y narcisismo»; «la cultura no es sin malestar»; «el hombre es el lobo del hombre» —frase que estrictamente hablando no fue acuñada por el psicoanálisis—; «un análisis ‘bien’ conducido devolverá la capacidad de trabajar y amar, a lo mucho»; «un psicoanálisis puede llevar a considerar esa tragedia y dolor como una tristeza banal»; «el deseo puede llevar a la muerte»; «nada tiene sentido»; «el deseo es un camino de soledad»; etc. En síntesis: pura pesadez, una especie de abatimiento total en el que, de no aceptar las cosas «como son», o como las piensan los psicoanalistas, se seguirá sufriendo; aunque si se aceptan, igual se seguirá padeciendo. ¡Cómo no íbamos a estar necesitados de aire fresco! ¡Cómo no íbamos a querer elevarnos sobre esos mojones! Llegamos a amar ese fatalismo y pesimismo freudo-lacaniano porque en un primer momento nos libró de algunas ilusiones, pero nos estaba dejando sumidos en una visión bastante lamentable y vacía de la existencia. Esa atmósfera psicoanalítica nos estaba ahogando].

[Fragmento eliminado en relación con los posibles resultados de un trabajo analítico. Sólo recuperamos la cita siguiente] Juan Vives Rocabert, en su libro La muerte y su pulsión[13], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico. [Más fragmentos eliminados] Gracias. [Algunos materiales quedaron al margen de la exposición debido a cuestiones de tiempo].

[En este apartado habíamos incluido algunas ideas de Clément Rosset — alumno de Lacan, cuando aún le dábamos importancia a la procedencia, genealogía, «origen» e «influencia» de su pensamiento: si fue alumno de Lacan, entonces no era cualquier pensador. Y ciertamente no lo es, pero ¿no lo es por haber sido alumno del psicoanalista francés, necesariamente? —, Sören Kierkegaard, Georges Didi-Huberman, Sylvie Le Poulichet, entre otros].

[Sin resumen ni conclusiones].

[Con especial agradecimiento a Maria Laura Sierra. Fue durante el curso de su materia, El sujeto del inconsciente, que elaboramos la primera versión de este trabajo —debido a los textos y autores en que nos introdujo— durante el primer semestre de la maestría].


[6] Nos referimos a los psicoanalistas miembros o seguidores del grupo de investigación APOLA (Apertura Para Otro Lacan). Este grupo cuenta con un Programa de Investigación muy preciso, a diferencia —según dice su representante más conocido, Alfredo Eidelsztein— de los numerosos grupos y asociaciones psicoanalíticas freudolacanianas.

[7] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.12, 15, 63, etc.

[13] Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. Una perspectiva freudiana. Paidós

En el diván: el coraje de hacer historia (II)

El pasado que no es pasado o el retorno de lo reprimido 

Freud necesita representarse y pensar el funcionamiento de un aparato psíquico con esas características debido a lo que descubre en su práctica clínica. En Psicopatología de la vida cotidiana expresa: “El estudio del sueño y de sucesos patológicos nos ha enseñado que pueden reaflorar de pronto en la conciencia lo que estimábamos olvidado desde hacía mucho tiempo, el olvidar se nos ha vuelto más enigmático que el recordar.”[1]

Este “reaflorar” del pasado lo expresa de manera más clara en Recordar, Repetir, Reelaborar[2]. Pero, y he aquí una premisa fundamental: el pasado no reaflora, o, mejor dicho, no retorna en forma de recuerdo, sino de acto: El analizante no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. Es en este sentido que el pasado, en tanto se actúa en el presente, ni es pasado ni se ha olvidado, sólo que el analizante no lo sabe. En Fragmento de análisis de un caso de histeria[3], ya lo había anticipado: Dora actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo, es decir, recordarlo en la cura.

El tiempo que no pasa*

Esta forma de actuar como un modo de “recordar”, sin saberlo, es lo que Freud llamará compulsión de repetición. Y que, sin necesidad de Freud ni psicoanálisis, nos es una experiencia familiar y a la vez extraña. ¿Quién no ha tropezado con la misma piedra, una, dos, tres, cuatro, cinco, ene veces? Néstor Braunstein lo plantea de manera más “trágica”: darse cuenta de la piedra, para ponerla y tropezar nuevamente. ¿A quién no le han enseñado nada los años y siempre cae en los mismos errores? ¿Quién no ha brindado con extraños y llorado por los mismos dolores? ¿Quién no ha escuchado historias tan “tristes” de sujetos que pareciera que su destino es “sufrir”, que siempre les va mal por más que se esfuercen y empeñen por ser “felices”? ¿Que quién sabe qué estarán pagando con la vida que “les tocó” vivir? Etc. En otras palabras, la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo en la clínica psicoanalítica: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente, es decir, en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de la vida. Comúnmente se cree que recordar, repetir, olvidar, actuar, evocar, etc., sólo tiene lugar porque uno asiste con el psicoanalista; todo eso tiene lugar en nuestra vida cotidiana, solo que no lo sabemos: “Yo no voy con el analista, ¿para qué andar recordando el pasado? ¿De qué me va a servir?” “Señor, usted actúa, sin saberlo, un pasado que no recuerda”.

Actúan en vez de recordar. Demos un paso más. ¿Qué actúan, o, mejor dicho, qué recuerdan actuando de ese pasado? Actúan “un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas”[4]. “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter”[5], por decirlo de alguna manera.

Ahora bien, actuar sólo es una forma de recordar. Otra forma de recordar son propiamente los Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores[6]. En este texto Freud señala “la naturaleza tendenciosa de nuestro recordar” y expone: “Los recuerdos indiferentes de la infancia deben su existencia a un proceso de desplazamiento; son el sustituto, en la reproducción [mnémica], de otras impresiones de efectiva sustantividad”. Señalemos aquí el adjetivo “indiferentes”. Esa indiferencia es supuesta pues estos recuerdos se conservan no por su contenido propio, sino por su vínculo con otros contenidos, reprimidos, y lo esencial de la memoria, las impresiones más importantes, se sitúan “detrás” de estos recuerdos encubridores. Sin embargo, “de esos recuerdos de infancia, que se llaman los más tempranos, no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores”.[7]

Y estarían otro tipo de “recuerdos”, que más bien son un tipo de “explicaciones” que intentarían darle algún sentido a lo que se vive, remontándose al pasado, al decir que uno es así o le suceden tales cosas porque de niño vio, vivió, sufrió, padeció, le dijeron x o y cosas: divorcio, peleas, celos, abusos, violencia, etc., “explicaciones” que, remontándose y obteniendo su impulso del pasado, se hacen presentes y congelan el futuro. Historias de un pasado que sepulta el presente en tanto que el sujeto por más que quiera y se esfuerce, no puede desprenderse de aquello que tanto sufre y lo determina. Una especie de destino funesto que imposibilita la vida. Puede pensarse también en la forma de una herencia, tradición, costumbre, que no permite la novedad, la invención, lo nuevo, lo diferente, lo vivificante. Limitándose a repetir, uno puede estar muerto en vida o ser una especie de anciano que vive en y de sus recuerdos, no muy gratos. Muerto y anciano en sentido figurado: un joven gallardo y galante bien puede representar un muerto y anciano en este orden de ideas, como veremos en un ejemplo más adelante.

Es en este sentido que el pasado no es pasado sino presente. Que en realidad eso que se actúa, se repite y retorna, no está olvidado. Y de paso señalemos lo que nos dice Freud hacia el final de Psicopatología de la vida cotidiana: en todos los casos (expuestos en ese texto) el olvidó resultó fundado en un motivo de displacer […] no debemos tratar su “enfermedad” como un episodio histórico, sino como un poder actual.

Esto trastoca radicalmente la concepción del tiempo en que vivimos y experimentamos. Una línea recta del tiempo donde cada evento tendría lugar en un punto, fijando uno como presente, aquellos que se coloquen previamente serían pasado, y los posteriores futuro. Lo que Freud descubre es una atemporalidad del aparato psíquico y que definirá como una de las propiedades del sistema Inconsciente en su texto Lo Inconsciente: “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el trascurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él.”[8]

Existe una frase que me encanta y expresaría esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque yo la encontré en Espectros de Marx: The time is out of joint. El tiempo está desarticulado. Que también puede aceptar los siguientes significados: dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo.

Desde la clínica

Infinidad de tiempos*

Pierre Fédida en El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica[9], nos comparte un mini fragmento de caso: Un joven que tiene en la memoria el rostro de su madre, muerta hace diez años, rostro que está hoy para él más claramente presente que si la viera frente a sí. El recuerdo de ese rostro lo mantiene como alejado de una emoción. Creía no tener ningún recuerdo de su padre porque lo había conocido muy poco. Siempre le dijeron que se parecía a su padre, pero él, por su parte, no lo sabe. La muerte de su madre no puso fin a la desaparición de su padre. Esa muerte lo ha privado asimismo de su duelo. Y se diría que el rostro tan claro en la memoria -que impide todo afecto- lo mantiene despierto, inmortal. Para él lo importante es no ser amortajado por la desaparición de su padre. Su madre hizo de modo que él no sufriera nunca la ausencia: con seguridad, ella creía que la fidelidad de su pasión concedía al padre todo su lugar. Antes de venir, el hombre no sabía qué diría que no es su padre lo que le ha faltado, sino que lo que le ha faltado es su muerte. El hombre dice que no es él quien está enfermo sino su vida. ¿Habrá vivido hasta ahora en tal identificación insospechada con su padre desaparecido para darse cuenta hoy de que, quizá, vivió en su lugar, o más bien de que la pasión de su madre -¿por él o por su padre?- le impidió vivir su propia vida? Vean, el pasado que está claro y vivo en el presente, sepultándolo e impidiendo la vida. El no poder olvidar el rostro de su madre, que a la vez evocaba la pasión por el padre, le impedía vivir su propia vida.

Desde la literatura

¿Qué pasaría si no olvidáramos? Esta vez tomemos un ejemplo de la literatura. Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso[10]. Ahí nos comparte la historia de Ireneo Funes, de cara taciturna y aindiada. A quien por cierto también se le conocía como el “cronométrico Funes”, porque siempre sabía la hora exacta sin necesidad de mirar su reloj. Después de dejar de verlo y saber de él, el protagonista se entera de que un accidente dejó al joven Funes tullido y postrado en una silla frente a su jardín. Lo fue a visitar y la madre le comenta que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no le extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Descubre ahí que Ireneo, después del accidente perdió el conocimiento, pero tuvo desde entonces una memoria perfecta; no prodigiosa ni excepcional sino perfecta. ¿Quién no quisiera poder recordarlo todo? Ireneo podía, y de inicio aquello parecía un regalo de los dioses. Sin embargo, poco a poco, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales las recordaba. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Podía recordar un día entero con todo detalle, pero eso le llevaba un día entero. Recordar el pasado ocupaba su presente, impidiéndole moverse de su lugar. Impidiéndole vivir. No es casual que Borges haya dejado a su personaje de memoria perfecta, tullido e inmóvil. El olvidar es necesario para moverse, para vivir. Y esta es una reflexión que también encontramos, esta vez desde la filosofía, en Friedrich Nietzsche.

Desde la filosofía

Un estilo diferente*

Friedrich Nietzsche en su II Intempestiva. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida[11], reflexiona, desde su estilo, sobre el pasado, su “utilidad” pero también su perjuicio para la vida. De inicio cita a Goethe: “Detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente […] Hemos de detestar seriamente la enseñanza sin vivificación, el saber en el que se paraliza la actividad, la historia como lujo y preciosa superabundancia de conocimientos”.[12] No tengáis respeto ante la historia, sino que lo que debéis tener es el coraje de hacer historia. Sólo el anciano vive de puros recuerdos. Es cierto que necesitamos historia, o, pero lo necesitamos de otra manera. Necesitamos de la historia, de nuestro pasado, de nuestros recuerdos para vivificar la vida y para actuar. Servirnos de ella para la vida sin melancolía ni hastío. Escuchen la propuesta tan viva de Nietzsche, que muchas veces se le lee como el nihilista pesimista que nunca fue. Habla de la felicidad: menciona cómo el humano mira envidioso la felicidad del animal: sin hastío ni dolores. Claro, está hablando de los animales salvajes, no los domesticados o aquellos pobres que encontramos en las calles o circos o las azoteas de las casas. Cuando el hombre le pregunta al animal por su felicidad, el animal quisiera responder: Soy feliz porque siempre olvido al punto lo que quería decir, pero ya olvido también esa respuesta y me callo: el ser humano se quedó asombrado. Se asombró también de sí mismo por no poder aprender a olvidar y seguir dependiendo siempre del pasado: por muy rápido y lejos que corra, la cadena corre con él. El animal vive en forma ahistórica; el ser humano, por el contrario, se resiste a la gran carga, cada vez mayor, del pasado… ¿No les parece maravilloso cómo resuenan aquí Freud, o cómo resuena allá Nietzsche? Es siempre una sola cosa la que hace que la felicidad sea felicidad: el poder olvidar (recuerden nuestros ejemplos), o dicho en términos más eruditos, la facultad de sentir en forma ahistórica todo el tiempo de su duración. Quien no es capaz de tenderse, olvidando todo pasado, en el umbral de un instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad. En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepultero de lo presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de las culturas. Escuchen: Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio del poder de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Concluye su primer punto: donde hay cierto exceso de historia-pasado se desintegra y degenera la vida, y, por último, a raíz de esta degeneración, a su vez, también la misma historia. A mí me parece genial.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Psicopatología de la vida cotidiana, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[2] Freud, Sigmund, Recordar, repetir, reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[3] Freud, Sigmund, Fragmento de análisis de un caso de histeria, Obras Completas, vol. 7, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[4] Recordar, repetir, reelaborar. p.151

[5] Ibid. p.153

[6] Freud, Sigmund, Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[7] Ibid. p.52

[8] Freud, Sigmund, Lo inconsciente, Obras Completas, vol. 14, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[9] Fédida, Pierre, El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica, 1ª ed. Argentina: Siglo XXI, 2006.

[10] Borges, Jorge Luis, Funes el memorioso, consultado en línea: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/el_memorioso.pdf el 21 de diciembre de 2016

[11] Nietzsche, Friedrich, II Intempestiva. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida, en O.C. Vol. I Escritos de Juventud, trad. intro. y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez Meca y Luis E. de Santigo Guervos. Madrid: Tecnos, 2011.

[12] Ibid. p.695

*Los títulos de estas imágenes nos los hemos inventado. Las dos primeras resultaron de búsquedas en Pinterest y la tercera fue tomada de https://notasdelectura.wordpress.com/2010/02/23/nietzsche-y-los-usos-de-la-historia/

[En la tercera parte se abordará muy brevemente lo que el trabajo analítico propone en relación con el pasado] [Fin de la segunda parte]