¿Por qué Nietzsche? II

Es un hecho que continuamente se produce algo absolutamente nuevo. «Causa y efecto» no es más que la generalización popular de «medio y fin», es decir, de una función lógica aún más popular a la que no corresponde nada en la realidad. No hay ningún fenómeno final sino para un ser que ha creado ya el principio y el fin.

— Friedrich Nietzsche

[El presente texto forma parte de los primeros capítulos de la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana presentada en el Colegio de Saberes de la CDMX. Previamente hemos compartido la primera parte: ¿Por qué Nietzsche? I. Los subtítulos entre corchetes fueron añadidos posteriormente]

Volvemos a ese primer trabajo cuyo título e interrogante nos ha servido para arrancar nuestra tarea actual. Recordemos que aquí estamos considerando dos tiempos para esa pregunta. Primero, el tiempo en que se interroga el valor de Friedrich Nietzsche: nos preguntamos por qué resulta importante e incluye en un seminario de posgrado, qué tiene para dar, qué podemos desenterrar de él, etc. Segundo, el tiempo en que se interroga su valor para esta tesis. Para el lector avispado, al responder la segunda interrogante, al mismo tiempo se responde la primera: sí existe algún valor —sin que importe de momento cuál— al grado de que se le dedica esta tesis. Efectivamente, y lo que intentamos responder —de manera parcial, fragmentaria, como ya hemos anticipado— es qué ha pasado durante ese tránsito de un lugar y tiempo a otros: cómo pasamos de interrogarnos sobre el valor de un texto, de un nombre, de un autor, a confirmar que el valor de esos textos —es decir, la relación que se produjo— es tal que nos vemos en la necesidad de escribir sobre eso. Y la forma que hemos hallado para responder es volver la mirada atrás, hacia el «pasado», e intentar dar cuenta de lo que sucedió. Es decir, ensayar una respuesta para dar cuenta de que la relación con Nietzsche —que se construyó a través de la lectura de sus textos y del encuentro con muchas otras fuentes— tuvo efectos imprevisibles y significativos en nosotros. No somos ingenuos y sabemos que esa reconstrucción no puede ser sin la situación «actual», precisamente esa de la que queremos dar cuenta. Es decir, quisiéramos dar cuenta de cómo cambió nuestra relación con Nietzsche, y para eso hacemos memoria de nuestro pasado, pero esa memoria no puede ser sin la construcción presente, de la que necesariamente partimos. Algo más, algo que por obvio pasa desapercibido o poco discutido: si hacemos este ejercicio de rememoración es porque evidentemente hemos olvidado qué sucedió —tenemos una idea, eso nos resulta claro, pues no se trata de una amnesia u olvido totales, ¿Cómo podríamos saber que hemos olvidado si hubiésemos olvidado todo?— y contamos sólo con algunos detalles, recuerdos y fragmentos dispersos durante estos años a los que intentamos darles cierto orden y sentido —sí, por más que constituyan una ficción, una novela, una metáfora o una «tesis»—; a fin de cuentas, eso no deja de insistir —¿será por eso que es necesario redimir el pasado, afirmar que así se quiso y así se querrá, romper con el ciclo de la venganza contra el tiempo y su fue para librarse de su peso?— y durante mucho tiempo hemos sido muy poco hospitalarios: no habíamos respondido al llamado. No dilatemos más esa historia.

Anne Dufourmantelle: filósofa y psicoanalista (1964-2017).
Anne Dufourmantelle (1964-2017), filósofa y psicoanalista

[Pesadez y Ligereza]

La ligereza —que es el tema que nos ha ocupado últimamente y que pensábamos tratar en esta tesis— no aparecía explícitamente en ese primer trabajo del seminario[1]. No obstante, sí aparece su opuesto en la primera línea: «No quiero dejar fuera de este ejercicio la pesadez que me ha invadido en estos días»[2], una pesadez relacionada con las lecturas de aquellos días. Fácilmente podríamos caer en el engaño de pensar que así fue: esa pesadez «tiene relación con lo que me produjeron las lecturas de esta semana»[3]. ¿Qué lecturas, qué se leyó, pensó y escribió sobre ellas? Pero algo más resulta de mayor relevancia en estos momentos de relectura: ya desde esa primer línea del texto, desde las primeras palabras de nuestra primera escritura en relación con Nietzsche, tenemos diagnosticado el problema fundamental: la pesadez —cabía preguntarse si no era simplemente un cambio de palabra y designación para un problema anterior, o si se extendió el panorama y pensamiento para reposicionarnos de otra manera ante el «mismo» problema; ahora sabemos que fue en este segundo sentido, y habremos de responder por qué—. La pesadez no era una palabra que estábamos acostumbrados a utilizar, pero la habíamos recuperado de los textos nietzscheanos y se impondría en adelante en nuestro vocabulario. No nos sorprende descubrirnos decadentes, pesimistas, nihilistas, etc., incluso podríamos decir que ha sido nuestro mayor «ánimo» en la mayor parte de nuestra vida. Lo que nos sorprende es que hayamos podido escribir en dicho estado y, más aún, continuar haciéndolo. Pero ¿a qué nos referíamos con esa pesadez?

Si fuimos capaces de jugarle al «médico» para diagnosticar nuestra enfermedad es porque previamente —unos diez meses antes, es decir a mediados de 2016 —contábamos con una salud y empuje excepcional. Habíamos leído cuatro textos de Nietzsche cuando todavía no teníamos ni idea de las distintas traducciones, editoriales, ediciones, alteraciones y demás sobre su obra, por lo que resultó fácil llegar a la librería y preguntar qué textos tenían. Nos presentaron cinco: La genealogía de la moral, Más allá del bien y del mal, Cómo filosofar a martillazos, El anticristo y La voluntad de poder. Los adquirimos todos salvo el último —y no fue porque supiéramos que era considerado un texto apócrifo (repetimos, éramos apenas unos «neófitos» en el tema y todo lo relevante sobre dicho texto lo descubriríamos mucho tiempo después)— sino porque el texto resultaba bastante voluminoso en comparación con los demás, esa fue nuestra «gran razón»—. Todos ellos con el mismo diseño y edición, pertenecientes a la misma colección de la Biblioteca EDAF. Sólo ahora entendemos la risa que nos dirigió nuestro viejo colega que estaba entrado en la lectura del filósofo alemán desde ya hace varios años, desde su adolescencia para ser más precisos.[4] —No chingues [sic] Ernesto. ¿Qué es esto? Si quieres leerlo en serio ve con la traducción de Andrés Sánchez Pascual, de la editorial Alianza—. Lo único que pudimos hacer fue levantarnos rápidamente de nuestro asiento; su comentario casi nos había hecho brincar. —¿Cómo? ¿Existen distintas traducciones?—.

[Injertos]

Como sea, quizá luego volvamos sobre el tema de las ediciones y traducciones. Habíamos leído esos cuatro textos durante una convalecencia de 40 días, como Jesús en el desierto, pero sin Dios y con Diablo, en la que nos recuperábamos de una lesión producto de una caída de la bicicleta durante un descenso de la montaña —como Zaratustra, pero sin bicicleta ni caída ni lesión—. La historia que en ese entonces nos hacíamos sobre cómo recordábamos la experiencia de lectura de esos textos iba en este sentido, palabras más, palabras menos: un espíritu imparable e indomeñable —como la pulsión freudiana—, dispuesto siempre a luchar ante la adversidad, amante del peligro y riesgo, apostador, desprendido del pasado, sin necesidad de referentes metafísicos. Tal experiencia incluso la comparábamos con un posible fin de análisis —cosa que para nada nos convence actualmente, y que además nos hace pensar que nuestro análisis aún estaba por concluir—. Había sido tal nuestra fascinación por aquellos textos que no faltó el momento en que quisiéramos encontrar «pruebas» de eso que estábamos leyendo, desconociendo que el mismo Nietzsche era esa «demostración» de lo que ahí se escribía, y fue cuando estos textos se injertaron en otros textos: los de Reinhold Messner, los del alpinismo y la montaña. Estábamos convencidos de que Messner —junto con otros como Lionel Terray y Gastón Rébuffat, que por cierto era un lector asiduo de Nietzsche— encarnaba ese tipo de espíritu libre. Los describíamos así: «Siempre se rifaron, jugaron y apostaron la vida en sus límites, pues sólo ahí es donde se sentían más vivos: entre más cerca del límite y de la muerte, más cerca de la vida»[5]. Seguimos sosteniendo esto. Parece que tuvimos que ir a dar un rodeo, hacer un recorrido por otros lugares, autores y textos para «convencernos» del valor de los textos nietzscheanos y de lo que estábamos viviendo. ¿Por qué esa gran salud no era «razón» suficiente para aceptarla? ¿Por qué habríamos de desconfiar de lo que estábamos viviendo y nos veíamos en la necesidad de confirmarlo por otros lados? ¿Por qué no podíamos simplemente apreciar esos instantes sin necesidad de referirlo a otros saberes? Tratemos de explicarnos, no se trata de abogar por una cerrazón sobre uno mismo, ni de una especie de solipsismo, ni de la incomunicabilidad de la experiencia, ni del relativismo de las cosas. Lo que queremos interrogar es la subordinación de la experiencia a la razón, y a un tipo de razón específica: aquella de la lógica y pensamiento hipotético-deductivo. En otras palabras, el sometimiento de la vida al pensamiento y la razón.

[Ocaso]

Teníamos oídos sordos para la enseñanza que Zaratustra nos ofrecía —efectivamente, no habíamos leído Así habló Zaratustra en ese entonces, salvo esas primeras líneas de nuestra niñez, pero también es cierto que no deja de ser el referente de Nietzsche para sus textos posteriores que para entonces ya habíamos leído por lo menos una vez— en De los despreciadores del cuerpo:  «Detrás de tus pensamientos y sentimientos, hermano mío, hay un soberano poderoso, un sabio desconocido —que se llama el sí mismo. Vive en tu cuerpo, es tu cuerpo»[6]. Ahí nos hemos descubierto, como uno de aquellos a los cuales Zaratustra dirige su discurso, despreciábamos esa otra razón, la gran razón del cuerpo. Las despreciábamos, o, mejor dicho, desconfiábamos de ella, pues nos parecía poca cosa, ¡a pesar de que la experiencia nos estaba diciendo todo lo contrario! Nos hemos descubierto todavía subordinados y títeres del soberano, de la gran señora razón, queriendo rendirle tributo y sacrificios —¿y qué es lo que se sacrifica y se ofrece sino cuerpos? ¿Y qué es lo que se derrama sino la sangre, tan valiosa para escribir?—, matando nuestra experiencia. Justo en los instantes en que más vivos nos habíamos sentido queríamos, por fuerza, introducir la lógica, la explicación, dar cuenta de manera racional —a diferencia del dar cuenta de manera fragmentaria, o de no tener por qué dar explicaciones—. El ocaso de la razón: escribimos lo siguiente en ese entonces, reformulado y recortado ahora: ¡Y cómo carambas intentar explicar por medio del pensamiento racional y la lógica eso que sucede y es posible precisamente porque prescinde en gran medida de ellos! De considerar los peligros, de «pensar razonablemente», de ser prudentes y cuidadosos, ninguno de estos sujetos hubiese existido como lo hicieron[7]. Pareciera que existen momentos en que el pensamiento mata la vida, es opuesto a ella —y quizá aquí el neurótico obsesivo sería un buen ejemplo de esto—.

Queríamos que eso que estábamos viviendo fuera autorizado por la razón, porque de esa manera no sería considerado una locura. Pretendíamos asegurar alguna razón para ello que nos confirmara lo siguiente: que no estábamos locos y que no habíamos perdido la razón. ¿Perder la razón? Precisamente eso es lo que se necesita para vivir, dejarla perdida de vez en cuando —¿De vez en cuando solamente? ¿Seguimos reservándonos? ¿Seguimos creyendo que existen los estados intermedios y bien equilibrados? Nos hemos descubierto acaso todavía temerosos—, pero nadie quiere eso, ni siquiera nosotros lo queríamos. Esto no significa que apostemos por la locura, la irracionalidad o lo absurdo. Nos hace falta mucho Dioniso y embriaguez. Quizá a esto se deba nuestra fascinación por el Exordio de Espectros de Marx.[8] Queríamos aprender a vivir —y aún queremos, por imposible que es enseñarlo y aprenderlo—: «¡Extraño empeño para un ser vivo y supuestamente vivo, desde el momento en que este ‘Quisiera aprender a vivir’ es a la vez imposible y necesario!»[9]. Extraña tarea que se nos impone, aprender a vivir, a pesar de que somos seres vivos y a pesar de que no podríamos aprenderlo de nadie ni nadie puede enseñarlo: porque la vida no pasa por la razón, la teoría ni el pensamiento. —Dudamos de esto último: el pensamiento puede también abrir posibilidades para la vida. Pensemos en las múltiples significaciones que se pueden producir a través de la lectura o la escritura: ahí se habilitan nuevas vías, nuevos pensamientos, nuevas perspectivas—.

Esto último quedará más claro si advertimos el engaño en el que se podría caer: si el pensamiento también abre y posibilita otras perspectivas, entonces habríamos de tener cuidado con confundir la razón con el pensamiento: no son equivalentes, tampoco son sinónimos, aunque en ocasiones así se los utilice[10]. Decimos esto porque pareciera que la lucha es entonces entre el cuerpo y el pensamiento. No es así, insistimos: es contra cierto tipo de razón, una razón que se quiere apropiar del pensamiento y limitarlo a sus formas. Así, queda establecido que no sólo el cuerpo está subordinado a la razón «oficial», sino que el pensamiento también, y en la medida en que logre liberarse, podrá —igual que el cuerpo— ser una razón distinta de aquella ante la que tanto hemos sacrificado. A propósito de esto, diversas escrituras también han sido sacrificadas en aras de «la razón». Así, el pensamiento y la escritura no están peleados con la vida. Si ya teníamos las «pruebas» y las «evidencias» de lo que sucedía, ¿Qué era aquello que nos faltaba transitar o saber?

Regresemos a nuestro trabajo. Habíamos dicho que existía una pesadez en relación con los textos nietzscheanos y que aquí intentábamos formular una respuesta: Nietzsche, así como Freud y Lacan, se nos había caído. No quedaba nada de esa vitalidad que habíamos experimentado en la lectura de aquellos cuatro textos hace meses, y volver a sus textos esta vez nos resultaba sumamente agotador y sin sentido —amigo lector, quizá estarás pensando que no tenía que ver con los textos, ni con Nietzsche, sino en gran parte con nosotros, o en una mixtura de ambos, pero déjame que continúe así por el momento, pues también sabrás, al igual que Nietzsche, que no siempre uno puede apartar la mirada de sí—, ya no creía en su apuesta por la vida ni creía más en mi apuesta por su apuesta. La transición de un estado efervescente a uno decadente se dio en menos de un año: Nietzsche ya no tenía nada más qué decirme: ¿y si los textos nietzscheanos sólo habían sido un fármaco más para aliviar temporalmente nuestro malestar? ¿Y si el nombre de Nietzsche no era más que un nuevo ídolo? ¿Cómo es que, entonces, volvió a elevarse con tanta potencia? ¿Cómo es que regresamos con fuerzas renovadas a sus textos y hemos logrado continuar?

[«Doctos»]

Sólo en este momento se nos ocurre otra respuesta para la pesadez de aquel entonces. Dado los acontecimientos posteriores, será que Nietzsche tenía todavía demasiado qué decirnos, que aquel primer encuentro —instantáneo y electrizante— sólo había sido el atisbo de algo mucho mayor, pero que no fuimos capaces de soportarlo en el momento. Yo estaba acostumbrado a creer en la verdad —un fiel creyente, y aunque Freud dijera que el psicoanálisis no era una cosmovisión, era claro que para la mayoría del gremio psicoanalítico que conocíamos sí resultaba serlo; señalemos también que algunos de esos psicoanalistas eran reconocidos por mantener actividades numerosas como escritores, seminaristas, docentes, investigadores, etc., y que algunos habían partido de una de las instituciones de posgrado más importantes en México, la cual después de su desaparición daría lugar a numerosos grupos y escuelas psicoanalíticas, que más que propiciar un diálogo representaban una cerrazón religiosa— por más que leyera que esta era una ficción o una novela familiar de un neurótico. El psicoanálisis se sostenía como la gran disciplina cuyas teorías e hipótesis siempre podían acomodarse a cualquier evento: lo podía explicar prácticamente todo. Contaba con fórmulas que se repetían de maestro a alumnos y que terminamos reproduciendo también en la enseñanza y transmisión. Todo parecía marchar «bien», incluso durante el análisis en el diván y fuera de él. ¿Por qué nos movimos entonces? Con Nietzsche empezamos a apartar la mirada de nosotros mismos, a interrogar aquellos saberes en los que creíamos. Nietzsche parecía indicar un camino distinto, pero lo que nos derrumbó fue saber que no estaba dispuesto a acompañarnos hasta el final —sí, justo como Zaratustra hace con sus hermanos, discípulos y amigos—. Quizá también por eso nos atrapó fuertemente el nombre de un texto cuya autora desconocíamos, y no pudimos evitar el llamado de aventurarnos en él sin pensarloElogio del riesgo[11]—. Después nos toparíamos nuevamente con ella en un trabajo conjunto que realizó con Jacques Derrida, La hospitalidad[12]. Tenía mayor sentido aventurarse por esas vías en lugar de continuar repitiendo fórmulas dentro de un saber enquistado y a veces demasiado arrogante. Un ejemplo real, trágico y lamentable de esto último que mencionamos: cuando esta filósofa francesa, Anne Dufourmantelle, muere ahogada intentando rescatar a unos niños que se bañaban en la playa, no faltaron los «doctos» «psicoanalistas» que se jactaban de tener la explicación de dicho suceso: «Murió de acuerdo con lo que predicaba», «Elogiaba el riesgo, y por eso fue hacia él», «Pasó al acto», «Figuró aquello sobre lo que escribía: la filosofía del riesgo», entre otro tipo de reduccionismos y desvaríos vulgares por el estilo. Qué vulgaridad. No podíamos dejar de sentirnos molestos por la soberbia que estos sujetos expresaban, pero al mismo tiempo sentíamos una tremenda y profunda vergüenza por nosotros mismos, pues sabíamos que en algún momento también nos habíamos colocado en ese lugar, pretendiendo tener y saber las respuestas sobre las motivaciones humanas.

Cuando comuniqué a un compañero —aquel que se río de mis textos de EDAF y que ya había leído a Nietzsche desde la adolescencia, y que principalmente se había formado dentro de la clínica psicoanalítica y era su principal «marco teórico» y referencia— mi entusiasmo por nuevos autores que estaba leyendo, como Derrida, Dufourmantelle, Foucault, Rosset, De Certeau, entre otros, y sobre las perspectivas que la filosofía empezaba a brindarme, su respuesta fue: «Ese desplazamiento del psicoanálisis hacia la filosofía no deja de señalar que se sigue buscando un padre para el psicoanálisis, que se sigue intentando darle un fundamento»[13]. Qué bien saben reducir los ánimos y las esperanzas esos psicoanalistas, que según dicen, saben escuchar; me permito generalizar en este momento. Nuevamente, qué tipo —y tipos, pues este sólo es un ejemplo, aunado al anterior, pero que se enlaza en toda una serie que podría aquí exponer— tan pesado. ¿Es que no existe algo para lo que estos no tengan respuesta? ¿Quizá eso para lo que no tengan respuesta es su pedantería? Una escritora supo muy bien ubicar este problema. En su novela Miedo a volar, Erica Jong escribe cómo Isadora Zelda, el personaje principal, le reclama a su psicoanalista lo siguiente: —¿Por qué los psicoanalistas siempre responden con una pregunta?—, a lo que él contesta, —¿Y por qué no habrían de hacerlo?—. Y con todo esto que estamos haciendo bien podrían decirnos que estamos o andamos de histéricas. Es que a estos tipos no se les va una, no pueden no saber, a pesar de ser predicadores de la castración.

Quizá en los dos párrafos anteriores, y en este último, deban buscarse las «verdaderas» razones del por qué Nietzsche empezó a ser tan importante para nosotros, a pesar del cansancio que estábamos experimentado después del frenesí de la primera lectura, a pesar de que se nos había caído igual que otros grandes pensadores y a pesar de que nos encontrábamos nuevamente perdidos. En síntesis, con los textos nietzscheanos empezamos a tener perspectiva de las cosas y ya no solamente una visión recta o cuadrada de las mismas. Porque a partir de ese momento —y esto es una formulación actual— empezábamos a dejar de derrumbar y erigir ídolos, para empezar una nueva tarea. Una tarea que partió de una idea que insiste desde que la encontramos en los Fragmentos Póstumos, Cuaderno 15, por lo que vale la pena citarla: «No derribes a los ídolos, sino al idólatra que hay en ti»[14]. No sea que terminemos como los «hombres superiores» de la cuarta parte de Zaratustra: adorando asnos.


[1] Nos referimos al seminario citado en el apartado anterior, dedicado exclusivamente a Friedrich Nietzsche.

[2] ¿Citar nuestros trabajos previos? ¿No se ha entendido el carácter conflictivo que representa el desconocimiento, heterogeneidad y multiplicidad del Yo en relación consigo mismo? Ese Yo ya es Otro en tanto «representa» el pasado.

[3] ¿Quién puede decir que se reconoce en todo lo que ha sido y fue su vida? ¿Quién puede decir: «Yo, yo he sido redimido de la venganza»? ¿Quién ha ganado para sí el derecho de decir: «Así lo quise, así lo quiero y así lo querré»?

[4] Se trata del colega citado en el apartado anterior, que aseguró que los montañista y escaladores «subliman» cierto empuje hacia la muerte en sus actividades. En el peor de los casos, buscan la muerte sin saberlo.

[5] Pero ¿no será que el querer elevarse por encima de uno mismo implica también una venganza contra lo que «se es» actualmente? Quizá por eso la creación no es sin destrucción.

[6] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.89

[7] Además, el riesgo no está peleado con el cuidado, por ejemplo. Esto lo sabían los sujetos citados en el párrafo anterior: Messner, Terray y Rébuffat. Parafraseando a Messner, la aventura sólo se considera exitosa si uno es capaz de regresar vivo a casa. Y él ha sido, en la opinión de muchos, el más exitoso.

[8] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[9] Ibídem, p.12.

[10] La razón intenta poner orden y continuidad donde ha perdido su dominio, dicho de otra manera, donde se ha quedado dormida o ha sido tomada por sorpresa. Freud, parafraseando un poco a Nietzsche, diría que los sueños vienen cuando ellos quieren, y no cuando Yo quiero; y la consciencia se encargará de producir un sentido para eso que sucedió fuera de su dominio: la cena cayó mal. Los pensamientos son múltiples, heterogéneos, fragmentarios, contradictorios, ambivalentes, fugaces, recurrentes, etc., pero una ilusión de continuidad y orden se instalará sobre ellos, o al menos eso se intentará.

[11] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo (S. Hazan, Trad.). Paradiso.

[12] Derrida, J., & Dufourmantelle, A. (2008). La hospitalidad (M. Segoviano, Trad.; 3a ed.). Ediciones de la flor.

[13] Uno más: un joven recién egresado consigue una beca para estudiar psicoanálisis en el extranjero, y con entusiasmo se lo comunica a su profesor y psicoanalista —y aquí no nos importa si fue dentro o fuera del consultorio—, que se limitó a responder lo siguiente: «Ah, sí, pero en España no hay buenos psicoanalistas».

[14] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.; D. Sánchez Meca & J. Conill, Trads.). Tecnos, p.338.

Prólogo*

Al final quedaría siempre la duda de si alguien que no haya vivido algo similar se le puede acercar con prólogos a la experiencia vivida de este libro.

— Friedrich Nietzsche

 

El yo y el mí siempre discuten acaloradamente: ¿Cómo podría soportarse esto si no hubiera un amigo?

— Así habló Zaratustra

Busco la forma de no volarme la cabeza ni perder la razón de aquí en adelante; la forma de no terminar explotando, sólo eso —algunos psicoanalistas dirían que eso es lo que realmente «deseo» y que la expresión o forma de ese «deseo» es característico de la neurosis obsesiva; y si no, simplemente es síntoma de algo más—. Ante la llegada de este pensamiento recurrente e inesperado —sé que siempre en algún momento volverá y por ello también lo «espero» sin querer— no he podido hacer más que recibirlo como a un visitante indeseado, inoportuno e impertinente. Se presenta ante mi puerta y no puedo hacer más que abrirla: siempre toca, siempre avisa y hasta ahora sus visitas siempre han sido transitorias, como si sólo estuviera de paso para pernoctar; lo que implica que siempre se ha ido para siempre regresar. Intento ser generoso con él, pero siempre me pregunto qué más quiere aparte de ser recibido. No está en mí querer cumplir su designio: no, no me quiero matar, no quiero morir, no quiero suicidarme: no es mi «deseo» —¿Ahora dirán que es «pulsión de muerte», que, aunque no lo queramos, quizá lo «deseamos» y no podemos hacer nada ante sus acicalamientos indomeñables?—. Aunque ha sido un pensamiento que me acecha desde los años de preparatoria, años en que supuestamente sí quería consumarlo, aunque nunca lo intenté, y que perduró fuertemente por una década más, es verdad que hoy en día no existe la mínima intención de llevarlo a cabo. Pero vuelve en forma de imágenes: un revólver recargado directamente sobre la sien y así llega el final de todo. Si no lo hice en los tiempos de mayor crisis, mucho menos lo haré ahora —¿o es que actualmente puedo enfrentar esas situaciones de otra manera, donde la muerte ya no es la única solución?—. Pero eso no lo entiende este intruso que, siempre que aparece, quiere que ya todo termine. ¿Pero por qué desea algo así —sólo en este momento me preguntó y pongo en duda si en verdad quiere eso que tanto pide—? ¿Por qué habría de terminar todo para mí, en este instante, sólo porque un pensamiento así lo ordena? Las cosas, el mundo, también terminarían para él. Se va y regresa como si quisiera recordarme constantemente algo que, por cierto, ya sé: que el final llegará —igual que él, inesperado e indeseado— en algún momento, y que tal vez lo mejor sería que fuera una muerte libre, querida. No lo sé. Es lo que supongo, o por qué otra «razón» volvería una y otra vez. Quizá sólo está de paso y esa carga no es para mí, quizá su destino es otro. Es que no entiende que no quiero morir, que esas ideas en relación con el suicidio no me convencen más, que ahora sólo es un potente consuelo para pasar más de una mala noche, que hoy más que nunca quiero vivir por más absurda que me parezca la vida por momentos, que sigo esperando el momento de una gran risa o una gran alegría que quizá no lleguen, pero que, si llegan, me las habré perdido para siempre si me rindo ante la muerte. No quiero morir, no puedo concebir ni creer en otras vidas, no tengo la fe para esas cosas; alguna vez lo intenté y sólo se quedó en una noble intención ante la mirada de los demás. La idea de otras vidas después de la muerte no tiene potencia ni fuerza en mí, no me mueve. Ahora pienso que esta vida es (la) única y que un día todo se oscurecerá quizá sin tener noticia de ello, de la misma manera que me quedo dormido. Ya sé todo esto, por qué vienes entonces, no necesito de tus recordatorios. No, no me voy a dar un tiro, entiende eso. Es acaso una prueba, una provocación, una tentación. ¡Claro! ¡Vienes porque sabes que no puedo vivir como yo quisiera! Sí, que por instantes todavía estoy resentido con la vida y con el mundo; no, no es con ellos, es con el hombre, con la «humanidad»; sí, sabes eso muy bien y por eso vienes a visitarme, porque sabes que tu invitación puede ser una salida para terminar con este cansancio, que contigo podría tomar venganza y decir: «Vean, su mundo y su tipo de hombre me resultan sumamente lastimosos y despreciables, son un chiste en comparación con aquellos otros que han inventado y en los que hemos creído porque lo deseábamos. Yo he visto todo eso, lo pequeño y absurdo de la existencia, y no hay salida de todo ello, no para mí al menos, no todavía. Pero no pienso esperar más. Precipito aquello que de por sí llegará algún día, por eso es por lo que elijo mi fin en este instante». Sí, por eso vienes, porque sabes que sigo buscando sin encontrar, que sigo en el intento de crear, de inventarme a mí mismo y una meta. Pensándolo mejor, con todo esto que te digo, puedo afirmar que sabes elegir a tus anfitriones. Dime una cosa, extraño pensamiento: ¿también visitas a la gente del mercado, los predicadores de las virtudes, los transmundanos, los despreciadores del cuerpo, los jueces, los predicadores de la muerte, los idólatras, los sacerdotes, los sabios famosos, los doctos, los sublimes, los poetas, los reyes, las jovencitas, los enanos, los magos, los mendigos? ¿Qué otros te reciben? ¿Te tratan como yo? No lo creo —tal vez sólo sea mi narcisismo exacerbado el que me lleva a pensar así—, seguro hay quien te trata con desprecio, quien no quiere saber más de ti, que luchan y se desgastan con tal de que desaparezcas de su vida, habrá incluso quienes te hayan seguido —haciendo caso a tu invitación— y también perseguido —predicando contra ti—, en síntesis: no eres bienvenido en sus casas. Eres un creyente pues predicas salvación y consuelo, asegurando que las «recompensas» no son en este mundo ni en esta vida, que para obtener la gloria hay que morir. Predicadores de muerte, despreciadores de vida, gusanos miserables que no hacen más por alcanzar la meta que tanto enseñan. Tocas, entras y me ofreces alivio —transitorio, a veces fugaz, a veces durante toda una noche— pero no puedo irme contigo. No, no así. No querría que así fuese. Quiero esta vida, consumar una meta de vez en cuando, tal vez —por qué no— crear. ¿O acaso quieres que esta sea tu última visita? ¿Has considerado esto, que, si te sigo, ya no vendrás más por aquí? Si, como supongo, vienes porque sabes de mi cansancio y pesadez, entonces puede que también sepas de mis instantes más elevados y plenos. Cada instante se me ha revelado como un fragmento —sin formar parte de un totalidad o finalidad determinada—; instantes y azares y fragmentos que no forman parte de ningún rompecabezas. Sí, ahora lo entiendo, sé con quién te relacionas, quién es tu colega, aquel otro pensamiento: el de la felicidad eterna, el bienestar logrado, el equilibrio mental que quiere paz y tranquilidad; con todos ellos te relacionas y me parece que detrás de todos ellos estás tú. No puedo imaginar ningún otro pensamiento que subordine a todos estos excepto tú, que te sirves de diversas máscaras para seducir. Tú, tus arañas y telarañas que buscan enredar y atrapar hasta que su presa deje de respirar, y yo, que quiero respirar para poder reír: una gran risa requiere de una gran fuerza y de un gran aliento. Y de un aire nuevo. Quieres asfixiarme y debilitarme —te sabes en ventaja, pues sabes que estoy agotado— con tus promesas. Eres pesado, eso lo sé, pero nunca te lo había dicho. Cuando llegas todo se vuelve lento, los pies se pegan al suelo y las piernas apenas pueden levantarse, moverme requiere de esfuerzos casi sobrehumanos, y si vamos atrás ni siquiera me habría levantado por la mañana: eres pesado y robusto, me cansas y ocupas demasiado espacio en mis pensamientos. En la casa de mis pensamientos pareces ser el único que vive, acaparas demasiado, eres egoísta, abusivo, no dejas lugar para otros: apenas se asoma cualquier otro visitante y tu presencia lo borra. Un bruto, eso eres: fuerte, pero sin inteligencia, aplastante sin medida —quizá sólo la melancolía pueda hacerte frente, par de inoportunos—. Eres caprichoso, crees que no existe ningún pensamiento tan fuerte como tú, deseas que tu presencia sea única, soberana. ¿Por qué ningún otro pensamiento es capaz de confrontarte? Nunca se me había ocurrido y sólo ahora me lo pregunto: ¿a dónde se van mis huéspedes cuando tú llegas? ¿Es que te tienen miedo? ¿Será que no saben qué decirte o de qué manera enfrentarte? Espera, ¿y qué tal que les eres indiferente, incluso inofensivo? Suena bien esta última posibilidad, pero no me convence. Pides atención; si no la obtienes entonces la arrebatas. Claro, pero si todo esto ha sucedido gracias a mí: te he tratado demasiado bien, he sido bastante hospitalario contigo, sí, es cierto que en algunos momentos intenté echarte de mi casa, pero en general fui muy suave contigo. Te di la «bienvenida» y te instalaste muy bien; qué comodidad has logrado en mis aposentos. Sí, yo sabía que podía convivir contigo, que serías un huésped inevitable, pero mi error fue ¡creer que eras necesario! No me voy a martirizar con esta «culpa» y su aliada «responsabilidad» que supuestamente me toca sobre lo sucedido: ¿por qué llegaste a mi vida tan pronto, siendo tan joven? No lo sé. No puedo pensar en un origen, inicio o causa y tal vez por eso tampoco tengas final. Te diré algo, ya no me importa saberlo, no creo más en los orígenes, las causas o las finalidades. Tal vez eres un pobre errante, un «error», un nómada que anda deambulando por el mundo, invadiendo casas a la espera de que te permitan quedarte un tiempo. Pobre de ti: no tienes un lugar que puedas llamar hogar. ¿O me dirás que eso no aplica en ti, que tu hogar es precisamente el no-lugar, el poder instalarte en cualquier lado y con la misma facilidad partir? Como sea. Te diré otra cosa: no quiero deshacerme de ti. Te ofrezco mi casa y seguir recibiéndote, no te negaré nunca la hospitalidad que has encontrado hasta ahora, es más, incluso quiero tratarte mejor. Eso sí, no pidas exclusividad, no pidas que me identifique contigo, no quiero esa venganza ni justicia que me ofreces; sería un grave error creerlo y otro fatal llevarlo a cabo. No dejes de visitarme, continúa hablándome, adelante, ahora sé que, si acaso existe necesidad, esa es solamente tuya, predicador de la muerte. Está bien, te concedo eso: tal vez yo también necesite de ti en algún momento, no me cierro a esa posibilidad, no quiero ser ahora yo el bruto. Te diré más: empiezo a amar la vida y siento que no es tarde para eso, aunque no tenga aún razones para vivirla, o, mejor dicho, casi cualquier razón me parece suficiente para justificarla, empiezo a gustar de ella: ¡nuevamente! Y mientras esto sucede, tú y yo podemos ser compañeros, quizá hasta podamos ser amigos. Ahora lo entiendo y no sé cómo no se me ocurrió antes: vienes a mí porque sabes que quiero vivir, tan simple como eso. Incluso empiezo a pensar que te debería estar agradecido pues con tus visitas constantes sólo he logrado construir y afirmar la altura de mis pensamientos, de lo pequeño que me resulta lo humano, y de lo lejos que está de lo vital. Sigamos platicando en otra ocasión. Estás en tu casa, ahora la tienes. Sí, sabes elegir a tus enemigos, reconozcamos eso. Tal vez por eso insistías, porque querías despertarme y hacer que reconociera esto en mí: que me eliges porque mi anhelo de vida es grande. Claro, para qué visitarías a alguien cuyo anhelo de vida está moribundo. Debo estar ahora doblemente agradecido contigo —recientemente alguien dijo que no agradecía nada porque ese derecho lo tienen sólo los dioses, aún no lo entiendo—. Sí, yo también te elegí en algún momento como mi más grande peso y enemigo: eres el pensamiento más pesado, el más aplastante, pero ahora veo que ya no eres el más fuerte, he podido oponerte otro, o mejor dicho otra gran razón: palpita en mí una gran vitalidad que aspira a la grandeza de la vida, y de esto ningún otro pensamiento se puede apropiar. Sí, tú y yo sólo somos testigos de algo que nos rebasa. Eres pesado y por eso aspiraba a la ligereza, nos hemos elegido con precisa razón. ¡Así lo quisimos y así lo querremos, indefinidamente! Esta vez te doy la bienvenida, pero esta vez sí sé por qué: quiero elevarme y vencer por encima de ti, a pesar de nuestra amistad. O, mejor dicho, precisamente por nuestra amistad. Sigo buscando alas fuertes y enormes para este gran peso: ¿Cómo podría anhelar todo esto si no fuese por ti? Serás de ahora en adelante mi pensamiento más pesado y el más anhelado, serás el pretexto, te he reducido a un medio, no serás más un fin, mucho menos una fatalidad, sólo esto: un pretexto para lo que está por venir. Te enalteceré y ennobleceré como el «origen» de mi nueva vida: ¡qué más podrías pedir! Que al final siempre estarás, sí —aunque ahora ya dudo de esto—, por eso no te corro, por eso no te niego mi lecho ni mi calor, por eso te ofrezco mis oídos y mis manos para recibir lo que tengas para dar —pues alguien dijo que es más difícil recibir que dar—. Pero yo también tengo para dar, y a partir de lo que he tomado de ti, a partir de ti, me reconstruyo. ¿Esperabas algo así? Qué me puede importar eso ahora o en los instantes por venir si siempre volveremos a encontrarnos, y tal vez algún día te decidas a hablar de otra manera y seas más claro sobre tus intenciones y tus fines. Yo he declarado los míos a través de ti. Un enemigo fuerte es lo que buscabas, por eso has insistido en visitarme: pues aquí me tienes ahora, robustecido y fortalecido, la altura de mis pensamientos rebasa las montañas más altas y expuestas, se elevan sobre los abismos más profundos; ahora tengo pies alados que me hacen correr como el diablo; sin embargo, mi trato es tan delicado como el de la nieve de primavera. ¿Qué te parezco ahora, querido amigo? Será que ahora quieres visitarme con más razón: te he dado mejores y más motivos para venir. Y qué increíbles ideas me vienen en este momento: empiezo a creer que te necesito, que no podría vivir sin ti, que la belleza de uno solo de esos instantes es debido a que existes, siempre vienes, me esperas, eres paciente, insistes, me eres leal y fiel. Me pregunto cómo he podido ser tan mal agradecido contigo. No, no hay por qué agradecerte, como si no tuvieras ningún interés en mí. Cómo podría decirlo de otra manera: no tendría qué agradecerte puesto que eres una presencia inevitable de todo lo vivo que se quiere elevar por encima de ti; tal vez me convendría mejor decir que te he ignorado —aunque tampoco ha sido así—, o que siempre te había tomado a la ligera, o que tu presencia, sin ser indiferente, no dejaba de aplastarme y me paralizaba. Ahora siento que puedo moverme, que puedo desplazarme, que tengo la fuerza y el ánimo para cargar con tu peso, a diferencia de los que te cargan encorvados y lamentándose. Ven, amigo mío, sube a mi espalda y sujétate fuerte porque vamos a elevarnos junto con las aves y los pájaros, mis amigas y amigos por igual. Me sorprende cómo ahora te siento tan ligero, y sin embargo sigues siendo el mismo pesado de siempre. ¿Qué nos ha pasado? Sólo sé que quiero correr, elevarme y volar, y que vengas conmigo, quiero mostrarte todo lo que hay por encima de ti. Por qué tenías prisa por seducirme, o será que tenías prisa por despertarme, será esto último, porque ahora que vienes conmigo no te siento incómodo ni molesto, será que también querías eso. Será que tus intenciones manifiestas no coincidían con las latentes. Sí, será que amas y anhelas la vida tanto como yo, que tu anhelo y predicación de la muerte no eran más que un síntoma. ¡Serás acaso… la vida misma! Vamos, no me respondas por ahora. Déjame creer que así es, que así eres. Sí, el predicador de la muerte, el peso más pesado ha resultado ser el que me ha elevado, el que me ha despertado a la vida, el que me ha dado alas, el que me ha aligerado. Sí, volarme los sesos no era más que una figuración para liberarme del peso de la razón, de tú razón, de la opresión de tu pensamiento y de su pesadez: quería explotar a la razón. El más pesado de mis pensamientos se ha vuelto ligero, pero no por eso te has vuelto leve, no dejas de tener cierta consistencia; ahora puedo ver a través de ti, ya no me resultas opaco y oscuro; no eres el único, ahora la luz de las alturas te ha vuelto claro y transparente, será que siempre así lo fuiste. Y pensar que eras un pensamiento estéril, inoportuno, impertinente y molesto sin considerar que sólo eras el síntoma de algo mucho más importante, desconocido e incognoscible hasta entonces. Oh, amigo, casi sé con toda seguridad que cuando descendamos y este azaroso instante llegue a su fin, te marcharás, y no podré hacer nada para detenerte. ¿Será que ahora necesito de ti? Bien, pues que así sea, porque así lo querré. Y tú también lo querrás. Y sé que algún día volverás y volveremos a elevarnos por encima de nosotros mismos.

Zaratustra y el enano ante el portón
Zaratustra y el Enano (1997), por Lena Hades

* Este texto constituye el Prólogo de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el 23 de marzo de 2021: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.

Previamente publicamos la Introducción de dicha tesis: Un sueño con Derrida.