El coraje de hacer historia

Esta entrada sigue a la anterior: Un viento nuevo y fresco: un aire de altura. La versión original, sin censura, correcciones, supresiones, borramientos, reformulaciones, etc. de la ponencia «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», ya fue compartida en esta página con el nombre En el diván: el coraje de hacer historia y dividido en tres partes:

Ernest escribiendo alguna de sus novelas ya en una edad avanzada, considerando la edad de su muerte a los 61 años.
Ernest Hemingway (1899-1961)

En el diván: el coraje de hacer historia I

En el diván: el coraje de hacer historia II

En el diván: el coraje de hacer historia III

De la versión alterada que se incluyó en la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, sólo recuperamos algunos fragmentos. No existe necesidad de publicar todo el texto, sobre todo cuando la mayor parte de las modificaciones son supresiones, omisiones y borramientos: venganza contra el texto que fue. Se recupera además el epígrafe que se colocó en el texto:

Únicamente aquel al que un apremio actual oprime el pecho y que ansía sacarse de encima esta carga, cueste lo que cueste, tiene una necesidad de historia crítica, esto es, la necesidad de una historia que juzgue y que condene.

– Friedrich Nietzsche

[Aquí eliminamos prácticamente todo el párrafo pues representaba un ataque y defensa contra los «ignorantes» del psicoanálisis; contra aquellos que no habían transitado por la «experiencia» o que simplemente se rehusaban — y algunos con razón — a participar en su transmisión, enseñanza y difusión. En otras palabras, estábamos ahí para enseñarles, para explicarles sobre los efectos que el «pasado» tiene sobre el presente desde una lectura de los textos freudianos. Dicho de otra manera: ustedes no saben, nosotros sí]

[No saben, pero no se sientan mal, no podrían saberlo. Nosotros lo explicaremos. Y no apelar en este momento a esas frases trilladas de los psicoanalistas: no saben que lo saben, saben sin saberlo, el inconsciente es un saber no conocido, etc. ¿A qué viene esta soberbia pretensión de saber sobre algo, sean los psicoanalistas, sean los físicos, sean los científicos?].

La inscripción o escritura psíquica

[Pero ¿acaso nos preguntamos qué decían otras fuentes sobre esos temas? Éramos más que fieles, éramos leales. Si acaso fuimos infieles al sentirnos tentados por otros autores y/o textos, siempre regresamos al psicoanálisis].

[El analista siempre tiene la razón. Un serio problema de la clínica freudiana y sus pretensiones de cientificidad desde la perspectiva epistemológica del falsacionismo de Karl Popper. Últimamente hemos escuchamos a algunos psicoanalistas[6] que han salido a responder por el estatuto de ciencia del psicoanálisis, pensándolo desde los programas de investigación de Imre Lakatos, por ejemplo. ¿Y por qué no de Paul Feyerabend?]

[En el original siguen unos párrafos en los que se continúa desarrollando ideas en relación con los olvidos y los actos inconscientes].

[Dos párrafos eliminados en relación con el tiempo y la temporalidad de la dinámica psíquica]. Existe una frase bellísima que expresa todo esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque la encontramos en Espectros de Marx: The time is out of joint.[7] El tiempo está desarticulado, aunque otras posibles traducciones pueden ser: el tiempo está dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; y nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo, o, mejor dicho, con su tiempo. [Ya no sólo la relación con el tiempo, nos preguntamos además si esa es la «condición» del sujeto, sin la que no puede «ser» o existir: es decir, que el sujeto existe como tal porque está fuera de sí, desquiciado, dislocado, desarticulado — desde el psicoanálisis lacaniano diríamos que sí está articulado, entre un S1 y un S2, que son su «causa» —. Pero hasta aquí llegó la referencia a ese maravilloso Exordio durante esta presentación y escrito. En cualquier revista «seria» y apegada a los criterios rigurosos de ciertas metodologías de la investigación, y por lo tanto de rigor académico con pretensiones científicas, nos negarían la utilización de un adjetivo así, ¿por qué? ¿Por qué sólo resulta «maravilloso» para nosotros? Justo ahora pensamos lo siguiente: cada vez que volvemos y recordamos dicho texto, que consta de apenas unas pocas páginas, resulta que la importancia y el peso del autor es cada vez menos relevante. No tiene el peso como entonces lo tenía Freud, por ejemplo, cuando leíamos sus escritos y no podíamos evitar pensar en la «genialidad» freudiana. Derrida pasa como uno más, aunque no lo sea. Claro que aquí nos encontramos en una desventaja enorme: no conocemos ni hemos tenido la oportunidad de convivir con «derridianos» —ni derridianas, para nuestra buena o mala fortuna— así como hemos tenido la oportunidad de convivir con freudianos. No sabemos, qué tal que, de haber pertenecido a algún círculo de seguidores del filósofo argelino, hubiésemos acabado también enlistándonos en las barricadas filosóficas que lo defienden contra toda crítica o cuestionamiento. Como sea, la frase y su tema parecen sostenerse más allá de la figura de su autor].

[Literatura. Primero, una frase de Goethe que encontramos en Nietzsche; segundo, una frase del Hamlet de Shakespeare que encontramos en Derrida. ¿Por qué la literatura? ¿Por qué este recurso? ¿Por qué los filósofos recurren a ella? No nos parece poca cosa, siendo que, supuestamente, los filósofos son los «grandes» pensadores de «todas» las cosas y entonces no deberían servirse de géneros literarios hechos para entretener. Nietzsche inaugura su segunda consideración intempestiva recurriendo a la literatura. Algunas veces decimos que algún autor, poeta, compositor, cantante, paciente, etc., tuvo las palabras precisas para decir eso que estábamos viviendo, pero no lográbamos decirlo con tal precisión —justo como nos sucedió con la frase de Hamlet—, y nos preguntamos si acaso sucedía también así con este par de pensadores: Goethe a lo largo de la obra de Nietzsche y Shakespeare a lo largo de Espectros de Marx. Y aquí damos un brinco de unos tres años aproximadamente: cada vez nos convencíamos más de que esta «tesis» estaba más cerca de algún género literario y cada vez más lejos de las exigencias académicas o científicas de la «metodología de la investigación». Y a propósito de esta última, junto con la ciencia, tenemos que seguir tomando en cuenta, que todavía nos ocupa, sigue siendo un referente con el que tenemos que estar batallando todavía, pero que, al igual que Freud, empieza a perder consistencia].

[Otras dos palabras clave: escritura y literatura. Son dos temas que se fueron imponiendo y acabaron arrastrándonos, dejando poco a poco el interés por las teorías, la resolución de problemas, las estructuras, los universales, los goces, etc. ¡Nos interesábamos más por las mentiras que por la verdad! Aquí alguien —nosotros— podría —podríamos— decir—decirnos— que el psicoanálisis también pudo haber servido a ese propósito, pues intenta desengañarnos de la conciencia. Y tienen razón en ello, salvo por los peligros que representaba la adoración de ídolos al enlistarse en el ejército psicoanalítico. Y aquí se suele bromear con las posturas de Freud al respecto —su comunidad del anillo, por ejemplo— y suele haber un pequeño atisbo que deja entrever algo de ese estilo autoritario, pero que se termina justificando: «es que era Freud, y él podía hacer lo que quisiera; se le perdona debido a su genialidad». Ya no sorprende saber esto porque se cree — o creen — que se le sigue sólo en los textos y en la clínica, y se rechaza lo personal. Sin embargo, mucho de lo que se transmite parece colarse por esta última vía. ¿Podría decirse entonces que el desinterés no fue por los textos ni los autores, sino por el estilo en que estos pretendían transmitirse?].

En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepulturero del presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio de la potencia de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud. Nietzsche concluye: donde hay cierto exceso de historia-pasado la vida se desintegra y degenera. [Y de aquí a elaborar y problematizar una idea sobre la ligereza nietzscheana parece haber pocos pasos. Será que desde entonces la idea sobre una ligereza nietzscheana empezaba a interrogarnos].

[Ese interés por Nietzsche y Derrida que nos alejó de Freud fue la vida, aunque no sepamos responder qué es. ¿Y no se trataba de vivir cuando se insistía y hablaba tanto del deseo? ¿Estamos siendo demasiado duros con nuestra experiencia y tránsito por el psicoanálisis? Tenemos que explicarnos mejor en este sentido quizá: cuando se hablaba del deseo, fuese con Freud o con Lacan, el mayor peso siempre era su dimensión trágica, fúnebre, lamentable, irresoluble y fatalista, y muy pocas veces se trataba de su potencialidad para la vida. Y aquí vienen a nuestra memoria otras frases ya clásicas —y huecas— del psicoanalismo erudito: «el psicoanálisis no sirve para nada»; «uno nunca se cura del inconsciente»; «siempre habrá síntomas, sueños, lapsus, olvidos y demás formaciones del inconsciente» —por lo menos, por esta parte seguirá habiendo chistes, y por lo tanto risas, y podremos continuar riéndonos unos de otros—; «la relación sexual no existe»; «el amor es pura ilusión, engaño y narcisismo»; «la cultura no es sin malestar»; «el hombre es el lobo del hombre» —frase que estrictamente hablando no fue acuñada por el psicoanálisis—; «un análisis ‘bien’ conducido devolverá la capacidad de trabajar y amar, a lo mucho»; «un psicoanálisis puede llevar a considerar esa tragedia y dolor como una tristeza banal»; «el deseo puede llevar a la muerte»; «nada tiene sentido»; «el deseo es un camino de soledad»; etc. En síntesis: pura pesadez, una especie de abatimiento total en el que, de no aceptar las cosas «como son», o como las piensan los psicoanalistas, se seguirá sufriendo; aunque si se aceptan, igual se seguirá padeciendo. ¡Cómo no íbamos a estar necesitados de aire fresco! ¡Cómo no íbamos a querer elevarnos sobre esos mojones! Llegamos a amar ese fatalismo y pesimismo freudo-lacaniano porque en un primer momento nos libró de algunas ilusiones, pero nos estaba dejando sumidos en una visión bastante lamentable y vacía de la existencia. Esa atmósfera psicoanalítica nos estaba ahogando].

[Fragmento eliminado en relación con los posibles resultados de un trabajo analítico. Sólo recuperamos la cita siguiente] Juan Vives Rocabert, en su libro La muerte y su pulsión[13], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico. [Más fragmentos eliminados] Gracias. [Algunos materiales quedaron al margen de la exposición debido a cuestiones de tiempo].

[En este apartado habíamos incluido algunas ideas de Clément Rosset — alumno de Lacan, cuando aún le dábamos importancia a la procedencia, genealogía, «origen» e «influencia» de su pensamiento: si fue alumno de Lacan, entonces no era cualquier pensador. Y ciertamente no lo es, pero ¿no lo es por haber sido alumno del psicoanalista francés, necesariamente? —, Sören Kierkegaard, Georges Didi-Huberman, Sylvie Le Poulichet, entre otros].

[Sin resumen ni conclusiones].

[Con especial agradecimiento a Maria Laura Sierra. Fue durante el curso de su materia, El sujeto del inconsciente, que elaboramos la primera versión de este trabajo —debido a los textos y autores en que nos introdujo— durante el primer semestre de la maestría].


[6] Nos referimos a los psicoanalistas miembros o seguidores del grupo de investigación APOLA (Apertura Para Otro Lacan). Este grupo cuenta con un Programa de Investigación muy preciso, a diferencia —según dice su representante más conocido, Alfredo Eidelsztein— de los numerosos grupos y asociaciones psicoanalíticas freudolacanianas.

[7] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta, p.12, 15, 63, etc.

[13] Vives Rocabert, J. (2013). La muerte y su pulsión. Una perspectiva freudiana. Paidós

Algunos apuntes sobre el seminario de “La carta robada”

[Revisión, 14 de sep de 2017. Repetición: Estos apuntes ya los había compartido en hablarser. Ahora los reviso y comparto nuevamente pues cierto interés me empuja una vez más a él(los). Los comentarios y supresiones añadidos, desde el mismo título hasta las notas, irán entre corchetes.]

Así como el significante abandona su lugar a riesgo de regresar circularmente, nosotros abandonamos textos y autores para regresar a ellos nuevamente. En esta ocasión nos vemos empujados a una nueva lectura del texto que inaugura los escritos de Jacques Lacan. Sin mayor preámbulo compartimos a continuación algunos apuntes y comentarios que resultaron de esto.

El concepto fundamental de este escrito no es necesario descifrarlo [“buscarlo”], está al inicio del texto: el automatismo de repetición. Por lo que sabemos de lecturas previas, Sigmund Freud presentó y argumentó la cuestión de la repetición de manera más extensa y controvertida en el texto Más allá del principio del placer, donde leemos que la pulsión de muerte insiste en su satisfacción, es siempre parcial e indomeñable [antes habíamos escrito: “y de una insistencia indomeñable”]. Esta repetición e insistencia serán, desde la lectura de Jacques Lacan y en este momento de su obra, de la cadena significante, donde además ubica la ex-istencia del sujeto. Llama nuestra atención y nos preguntamos sobre el lugar que el automatismo de repetición ocupa en el corpus psicoanalítico para que Lacan le dedique este acto solemne de inaugurar sus escritos. Tratemos de responder por esta importancia con nuestra lectura y reflexión.

Si el psicoanálisis es una práctica clínica y este es un escrito sobre aquel, vale preguntarnos también sobre qué es lo esencial de aquella y su relación con el automatismo de repetición. Jacques Lacan nos responde que las incidencias imaginarias, no son lo esencial de la experiencia analítica. Esto se debe a que las incidencias imaginarias son inconsistentes a menos que se las refiera a la cadena simbólica. Hasta este punto podemos pensar entonces que la cadena simbólica – y su insistencia – es parte esencial de la experiencia analítica ya que conecta y orienta las incidencias imaginarias. Aún más, la cadena significante determina los efectos en el sujeto. Estos efectos imaginarios son nombrados también por el psicoanalista francés como sombras y reflejos de la cadena significante. Otros efectos que también menciona y no trabajará en este texto están la forclusión, la represión y la denegación. Hasta aquí nos resulta claro que el automatismo de repetición es un concepto articulado con el de cadena significante y sus incidencias imaginarias.

Sigue ahora qué tienen que ver estos conceptos con el cuento de La Carta Robada. En palabras de Jacques Lacan, la pregunta gira en torno a cómo reconocer un automatismo de repetición en este módulo intersubjetivo, en estos “sujetos revelados en su desplazamiento en el transcurso de la repetición intrasubjetiva determinada por el lugar que viene a ocupar el puro significante”. Leemos en esta cita que el automatismo de repetición se reconocerá por los efectos que el significante (la carta) tendrá en cada sujeto debido a sus desplazamientos. Esto resulta más evidente e interesante si recordamos que no sabemos acerca del contenido de la carta, [de la misma manera que] desconocemos el “contenido” del significante y sin embargo algo produce[n].

La Carta Robada de Edgar A. Poe
Escenas finales de La Carta Robada

En el momento que menciona que el significante tiene relaciones singulares con el lugar pensamos que se refiere a lo dicho en el párrafo anterior, es decir, que los efectos del significante no son los mismos para todos nuestros personajes, pensando a estos como lugares. Tratemos de ser más claros: la misma carta (el significante) produce efectos diferentes en cada sujeto. Siendo la misma carta la que va pasando por diversas manos, sus efectos no serán los mismos en cada uno de ellos. De aquí que podamos decir que el significante – en necesaria articulación con otros por definición – puede ser el mismo y producir efectos diferentes a la vez. Planteado como pregunta es: ¿Cuáles son los efectos que tiene la carta en cada uno de estos personajes? De momento no nos interesamos por esos efectos, sino por la cuestión sobre qué los produce.

Más adelante encontramos una frase que parece contradecir lo expuesto en el párrafo anterior: el significante es unidad por ser único. Se nos hace una oración difícil pero arriesgamos en nuestro comentario. Entendemos que es “único” como elemento estructural y por sus efectos, también por su “contenido” que a la vez [necesariamente] es diferente de otros. En relación con la carta, podemos decir que es “única” en este relato, y los efectos sobre estos personajes también lo son, pero sin dudar de que existan otras, como se hace notar al inicio del cuento, cuando se menciona que está entre muchas más. Añadimos un comentario a esto pues nos resulta sumamente curioso cómo puede armarse toda una ficción en torno a una carta cuyo contenido no se da a conocer y no es necesario hacerlo. Así, el significante y su dinámica producen ficciones distintas a pesar de ser el “mismo” en cada sujeto y sin que lleguemos a tener noticia de su “contenido”.

El significante determina la existencia de los sujetos. De manera magistral lo encontramos expuesto en el siguiente párrafo:

«Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas o bagajes, todo lo dado de lo psicológico.» [El Seminario de La Carta Robada, Jacques Lacan en Escritos 1]

Este párrafo nos ayuda a diferenciar y aclarar algo que resulta básico. Lo mencionamos por su relevancia para ampliar nuestras reflexiones, además de parecer contradictorio con todo lo anterior: La carta no determina a los sujetos (!). Si la carta – la carta como tal, el papel, la tinta, el sobre, el sello – tiene efectos sobre los sujetos es porque previamente existe un lugar que viene a ocupar y que le permite eso. En otras palabras, podría ser un llavero, una moneda, una grabación o un celular el que ocupara el lugar de la carta e igualmente producir efectos, claro, en otro cuento. ¿Es el automatismo de repetición y la dinámica significante lo que permite que los objetos tengan sus efectos en los sujetos? Son aclaraciones y preguntas nimias, pero que sirven para colocarnos definitivamente en algo que también por considerarse obvio muchas veces es omitido: estamos en el terreno de la actividad psíquica, y si los objetos tienen estos efectos es por la estructura que lo permite. No estamos en el campo de los objetos o de la biología ni de las neurociencias, como bien Sigmund Freud lo había aclarado en el capítulo VII de La Interpretación de los Sueños.

El párrafo citado es pequeño pero extenso en implicaciones. Tomémoslo en serio, ya que el condicional del inicio es una invitación que algunos creen tomarla así y fundamentar su práctica en ello, cuando en realidad la ilusión del saber y la libertad sigue dirigiendo su actuar. Si el significante determina al sujeto, ¿cómo el analista da lugar a esto en su vida y práctica? ¿Hasta dónde se da lugar a que lo hecho, soñado, anhelado, rechazado, visto, no visto, está determinado por el significante? Y que, de tomarlo en serio, existen otros determinantes que no modifican eso: status social, género, educación. Estos últimos pueden hacer [preferimos en este momento decir jugar] su papel en el yo, pero sabemos que esta imagen también está determinada [en parte] por el orden simbólico.

Continuando encontramos que el significante es símbolo de una ausencia, lo cual señala la desemejanza entre el orden simbólico y las cosas: el significante ahora está en lugar de la cosa; también lo hemos encontrado con aquella otra frase de que la palabra mata a la cosa. El significante es símbolo de la ausencia de la cosa y de alguna manera no tiene relación con ella pues la relación del significante será con otros significantes. De aquí que cuando buscamos su definición dentro de la literatura lacaniana, solo se le encuentra como un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. En esta definición no aparece la cosa, el objeto: la relación no es con estos como con aquellos.

Seguimos desplazándonos [destacado para esta revisión] por el texto, así como la carta circula por los personajes: “El significante no se mantiene sino en un desplazamiento debido a su funcionamiento alternante en su principio, que abandone su lugar a riesgo de regresar circularmente”. Lo cual nos regresa al concepto central de este texto y que si bien, existe un punto de almohadillado que permite la significación, no quiere decir que el significante deje de desplazarse. El corte mismo permite nuevos desplazamientos y significaciones.

            El significante se desplaza y además nos posee[1]: “Al caer en posesión de la carta – admirable ambigüedad del lenguaje – es su sentido el que nos posee”. Preguntémonos: ¿nuestros personajes hacen lo que quieren con la carta o creen que hacen lo que quieren con ella? ¿Será más bien que la carta hace de ellos lo que quiere? Un psicoanálisis pasa forzosamente por estas vicisitudes, las de reconocerse habitado por algo extraño a uno, pero sin lo que ni siquiera uno podría pensarse o existir. Algo que nos arrastra inevitablemente, que nos empuja y que en última instancia no tiene sentido por sí mismo. ¿Qué significa o qué es mi nombre si no se articula con mis apellidos? Jacques Lacan escribe: “El hombre está habitado por el significante”.

En la Introducción menciona cómo algunos que se denominan psicoanalistas desestimaron el automatismo de repetición al pensarlo solo como un añadido, algo que podría tal vez coronar el edificio doctrinal del psicoanálisis. Y afirma que no es un simple dato. Vale la pena revisar qué fue lo que estos psicoanalistas argumentaron y produjeron a partir de la proposición de Sigmund Freud. Sabemos que la propuesta de una pulsión de muerte[2] produjo nuevas separaciones y rompimientos con el inventor del psicoanálisis en su momento. Y por más que escribiésemos creemos que no dejaríamos suficientemente claro lo que implica un automatismo, determinismo y la repetición. Nosotros mismos no dejamos de sorprendernos. Queremos decir esto y algo más: no importa cuánto estudiemos, analicemos, repitamos, cuestionemos, neguemos, aceptemos, reconozcamos, no importa qué hagamos, es una cuestión de la que no participamos y sin embargo vivimos, nos determina y somos responsables de sus efectos, y se repite sin que podamos detenerla. ¿Con esto vamos dando cuenta de la importancia del automatismo de repetición en el corpus teórico, práctica y formación psicoanalítica?

Freud trata de dar cuenta, a través del juego del fort-da, de cómo el orden simbólico determina al animal humano. Este orden simbólico anula la propiedad natural del objeto y lo captura en su orden, en sus condiciones. No es nuestro juego, no son nuestras reglas. Vaya, ni siquiera en la fantasía somos libres como creemos, o como fantaseamos, valga la redundancia. [¡Incluso cuando fantaseamos con la libertad!] Si la fantasía es una de esas incidencias imaginarias mencionadas arriba, están por tanto determinadas por una cadena significante. Algunos de buena manera aceptan que sus vidas están determinadas hasta cierto punto por la economía de los mercados internacionales, por las decisiones de sus gobernantes, por elementos imprevistos, por fenómenos naturales o genéticos, de los cuales obviamente dicen no ser responsables, y hasta cierto punto tienen razón, pero no parece ser tan trágico en tanto guarden un pequeño recoveco en el que sienten [que] son libres y no están dispuestos a abandonar. Estos por supuesto no toman en serio el descubrimiento freudiano. El analista que cree que a pesar de este automatismo de repetición de la cadena simbólica tiene un poco de libertad y que por “ser” analista, o por vayan ustedes a saber qué “rarismo” narcisista, está exento de ello, está claro que no puede ocupar ese lugar. Como tampoco un analizante puede ser tal sin darle cabida a ello.

No basta, como decíamos, con reconocer este automatismo de repetición. Se puede ser buen lector de psicoanálisis conociendo y estudiando estos conceptos, pero [¿ser?] ¿psicoanalista? Creemos que tampoco es el dejarse llevar y experimentarlo, sino el reconocer que nos lleva y lo experimentamos, a pesar de nosotros. No es “yo elijo, yo decido”, sino el reconocer que esa decisión ya estaba tomada (determinada) desde antes que sea[mos] consciente de ello. Como con aquella frase que le reconocen a Julio Cortázar acerca del amor: no haremos el amor, él nos hará. Lo cual suena una maravilla hablando de este tema, pero en psicoanálisis se trata de tomar esta propuesta de un determinismo inconsciente en serio para la totalidad de la vida psíquica, en “todo lo dado de lo psicológico”, como escribe Jacques Lacan.

Bibliografía

Lacan, Jacques, Escritos 1, trad. de Tomás Segovia, 3ª ed. rev. y corr. México: Siglo XXI, 2009

Notas

[1] ¿En verdad nos creemos que revisamos este escrito porque así lo decidimos? No somos [aquí eliminé la palabra “tan”] ingenuos ni libres en la elección de un tema. Libertad que algunos no se cuestionan, al realizar por ejemplo, investigación “científica”.

[2] Recientemente leímos – que no es lo mismo que trabajarlo – un texto que nos pareció sumamente interesante y que nos da una cátedra de forma de trabajo sobre un concepto, precisamente sobre la pulsión de muerte, titulado La muerte y su pulsión de Juan Vives Rocabert  de la Editorial Paidós, y cuya lectura nos parece obligada. Además de ser un trabajo reciente y enriquecedor.

En el diván: el coraje de hacer historia (III, Anexos)

Tercera parte

[Como se verá a continuación, nuestra ponencia estuvo centrada principalmente en los puntos anteriores; este tercero merece un tratamiento más riguroso y extenso. Otras ideas consideradas fueron también descartadas debido a la extensión total que representaría el trabajo final, pero acá las incluimos en los Anexos]

Que el pasado sea pasado: el coraje de hacer historia

Finalmente, ¿qué sucedería, eventualmente, en un trabajo de clínica psicoanalítica? No me detendré en cuestiones de “técnica”, metodología ni teoría. Sólo unos comentarios al respecto. Pasaría que el pasado sea pasado y no retorno en el presente. Que el pasado sea pasado y no actuación repetición presente. Que el pasado sea pasado y no aplaste lo presente. Que el sujeto se coloque de una manera distinta ante eso que se le presenta como destino fatal, que repita de otra manera o se coloque de otra manera ante la repetición, que ese carácter compulsivo, casi demoníaco, por decirlo de una manera, no desborde al sujeto. O que se deje desbordar, sí, pero con cierta “libertad” y “decisión” que antes no tenía. Que esa expresión que utilizamos cuando algo ha muerto, tenga ese sentido. Nos referimos a la frase que cuando al pasar lista en el salón de clases de nuestra formación básica, y alguien estaba ausente, jugábamos respondiendo: pasó a la historia. “Pepito: Pasó a la historia”. ¿No es lo que se dice de alguien o de algo que ha pasado, ha muerto, ha dejado su marca o simplemente está ausente? Pasó a la historia. Hizo historia. Ya es historia. Pero que sea así, no una mera simulación o intento de (auto)sugestión. Que el pasado sea historia y no sea un “muerto viviente”, un fantasma que nos acecha y que nos determina y ordena. De alguna manera, analizarse es hacer historia, hacerse historia, historia de lo que uno fue, no fue, no será, de lo que se tuvo o no, de lo que se anheló y nunca llegó, de lo que no se pidió y se presentó, pero que no por ser eventos pasados no estaban presentes. Así, Juan Vives Rocabert en su libro La muerte y su pulsión[1], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico[2]. Así, si ese pasado no ha sido olvidado es porque no se ha hecho el duelo del mismo, y aquí viene la dificultad, la de hacer el duelo por algo que ni siquiera se sabe, de aquello inconsciente. El analizante, eventualmente va llevando a cabo el duelo por ese pasado que, sin saberlo, se negaba a dejar morir. Y sólo así, se abrirá el espacio para devenir de otra manera, nueva, inesperada, vivificante, pero a la vez desconocida, pues analista y analizante no saben qué se producirá a partir de ahí. Sepultando el pasado, no se sepultará el presente ni la vida. De ahí que el coraje de hacer historia sea el coraje de desprenderse de las ataduras que, aunque causaban dolor, aportaban cierta seguridad. Hacerles la tumba a los muertos, que además nos remitirá a nuestra propia muerte: y no sólo nos referimos a personas. Si, como decíamos al inicio, todo se inscribe en esa pizarra mágica que es una manera de representarnos el aparato psíquico, cabrán también, juguetes, mascotas, ropas, lugares, olores, sensaciones, imágenes, palabras, sonidos, canciones, películas, libros, fotografías, sabores, etc.

Claro que todo esto tiene sus reservas, pues no existe recuerdo ni olvido totales, y como dijimos, el sujeto tiene una relación dislocada con el tiempo, por lo que eso de vivir en el presente también tiene sus dificultades, o más bien, imposibilidades, que ya no abordaremos aquí junto con otros elementos en juego. Por ahora los invito a que el pasado, digamos, de los minutos que estuve hablando, retorne y sea presente para poder establecer un diálogo o responder a algunas preguntas. Gracias.

Anexos

Clément Rosset

Clément Rosset, alumno de Lacan, en Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[3], toca el tema de la repetición. “Lo que repite la repetición remite, pues, inevitablemente al mito y a lo desconocido; en cambio, es posible observar cómo repite la repetición. Problema de importancia psicoanalítica (análisis de los comportamientos de fracaso) a la vez que filosófica (análisis de lo trágico).” Este cómo de la repetición, induce “a una visión completamente diferente del ejercicio de la vida. Se distinguiría así: 1) La repetición detenida, patológica, o repetición-cantinela. Significa rigurosamente el retorno de lo mismo. Concepción pesimista en el plano filosófico (Eclesiastés, Schopenhauer), y patológica en el plano psicoanalítico (instinto de muerte, compulsión de repetición, comportamiento de fracaso). 2) La repetición en marcha, o repetición diferencial, que significa retorno de un elemento diferente a partir de una perspectiva de lo mismo. Concepción trágica en el plano filosófico (pluralismo irreductible a toda unidad o síntesis, pero que es trágico a la vez que jubiloso, tanto en los griegos como en la teoría nietzscheana del eterno retorno), y terapéutica en el plano psicoanalítico (acceso a un comportamiento ‘normal’)”. “No significa que pida al analizado que renuncie en bloque a la repetición. Eso sería pedirle que renuncie a vivir: pues la vida está hecha de repeticiones, al exigir sin cesar el retorno de los diversos apetitos. Luego, intentará pasar de cierto tipo de repetición a otro: de ahí la diferencia entre dos formas de repetición y la idea de que es necesario pasar de una repetición muerta (sin diferencia) a una repetición viva (con diferencia).”

Sören Kierkegaard en Preludio de In vino veritas[4], se pone a pensar también la cuestión de la memoria, la repetición y la evocación. Haciendo la diferencia radical entre repetir algo de memoria y la evocación-recuerdo, que no se sustenta en la memoria. Un texto maravilloso. Igualmente traigo aquí algunas citas, no desarrolladas: Recordar no es en modo alguno lo mismo que acordarse, por eso su mayor fuerza y consuelo consiste en el poder de evocación, de verdadero recuerdo. A pesar de la enorme diferencia mutua, se confunden el recuerdo y la memoria. El recuerdo, propiamente, representa la idealidad y, en cuanto tal, entraña un esfuerzo y una responsabilidad muy distintas de las de la indiferente memoria. Esa forma superficial de acordarse de las cosas hace la vida muy cómoda. Se es un vejestorio, por ejemplo, y se sigue jugando a la gallinita ciega o participando con la misma ilusión de un mozalbete en todas las loterías de la vida. En realidad, sólo puede ser objeto del recuerdo aquello que es esencial. Lo esencial no se determina exclusivamente por su propio contenido, sino también por su relación al sujeto interesado. El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera, pero siempre vuelve de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor. La memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo, en cambio, es siempre reflexivo. Por eso recordar es un verdadero arte. Pero el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios. El arte de recordar no es nada fácil, ya que en el mismo momento en que se elabora el recuerdo puede éste sufrir las más varias modificaciones, mientras que con la memoria no cabe otra fluctuación, sino la de acordarse con exactitud de una cosa o no acordarse. Tan insignificante es, en definitiva, el papel que para mí representa la memoria en todo este asunto, que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado. Todos los intentos que he hecho para fomentar el recuerdo con el recurso a las circunstancias inmediatas me han parecido desde el principio condenados al fracaso, a la par que me inspiraban siempre ese disgusto inevitable al cometer un plagio. Porque el que una vez ha comprendido de veras lo que es el recuerdo, queda cautivado y es su prisionero para toda la eternidad. Y quien posea un solo recuerdo es más rico que el que posee todas las riquezas de este mundo. No solamente la madre cuando da a luz a su hijo rebosa de gozo y alegría, sino también, y aún más que ella, aquel que sabe recordar. Lo único que constituye el objeto de éste son los estados emotivos y el ambiente creado por esas efusiones sentimentales de los participantes. Y de la misma manera que el vino generoso gana en calidad al decantarse, porque se evaporan las partículas de agua que contenía, así también el recuerdo gana mucho eliminando las partículas del agua de la memoria, sin que por ello se convierta en algo quimérico, ni muchísimo menos, como tampoco lo hace el vino generoso.

La imagen superviviente de Didi-Huberman

Otras reflexiones provienen de Georges Didi-huberman y su libro La imagen superviviente, en particular el capítulo Remolinos, repeticiones, rechazos y destiempos.[5] Igualmente traigo unas citas sin desarrollar. Lo que Freud descubre en el síntoma no es otra cosa que un régimen discontinuo de la temporalidad: remolinos y contratiempos que se repiten, repeticiones tanto menos regulares -y, por ende, tanto menos previsibles cuanto que son psíquicamente soberanas. Freud ve en el síntoma una multiplicidad de niveles memoriales, susceptibles a su vez de fisuras o, por el contrario, de colmataciones de todo género. Las líneas. los movimientos, los vínculos, las direcciones, todo se desgarra en intervalos, grietas, deslizamientos del terreno. El resultado son anacronismos, desfases, latencias, retrasos, destiempos. No hay, ni en la cultura ni en la psique, destrucciones completas ni restituciones completas: es por eso por lo que el historiador debe estar atento a los síntomas, a las repeticiones y a las supervivencias. La gran hipótesis de Freud sobre el tiempo psíquico da aquí toda su medida. Se encarna en la noción, capital y paradójica del destiempo. Este simple descubrimiento lo cambia todo. En adelante, el origen no podrá ya reducirse a una fuente factual, cualquiera que sea su «antigüedad» cronológica (puesto que es una imagen de memoria que, a destiempo, adquiere valor de traumatismo). La historia, por tanto, no podrá ya reducirse a la simple recolección de las cosas pasadas. Lacan ha deducido de ello, para el psicoanálisis, toda una visión del “tiempo reversivo”, de la «retroacción significante» y del «futuro anterior», en tanto que muchos otros comentaristas han tratado de comprender este valor perturbador del destiempo freudiano al hilo de una teoría del tiempo psíquico. En la historia de Emma, contada por Freud en 1895, el recuerdo rechazado no se ha transformado en traumatismo más que a destiempo.

Una última aproximación viene de Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis.[6] Encuentros entre un tiempo que pasa y un tiempo que no pasa. Para la lógica de los procesos psíquicos, el paso del tiempo no puede estar referido únicamente a nuestra representación consciente. Colisión de dos temporalidades que engendran las condiciones de la repetición. La repetición como algo nuevo, que se produce en un nuevo lugar, o, para ser más exactos, ella produce un nuevo lugar, creado por el encuentro de dos temporalidades heterogéneas y por la actualización de los efectos de este encuentro. Por el juego de la energía libre característico de los procesos primarios, todo deviene y nada cesa, pues en ellos nada deviene pasado. Lo cierto es que se hace difícil pensar un tiempo que no pasa, toda vez que el acto mismo del pensamiento se produce desde el punto de vista de un tiempo que pasa. Del lado de la existencia, en cambio, los acontecimientos pueden resultar “pasados” ordenados y representados desde el momento en que han sufrido el examen de la realidad. Ahora bien, discernimos una condición para que se instituya el examen de la realidad: tienen que haberse perdido objetos que antaño procuraron una satisfacción objetiva. Estamos atravesados por dos tipos de tiempos: el que pasa y el que no pasa. La expresión no cesa parece aquí la más adecuada para designar acontecimientos que no terminan, que no tienen término y que no devienen pasados, pero que no por ello permanecen inmóviles e idénticos.

Notas

[1] Vives Rocabert, Juan, La muerte y su pulsión: una perspectiva freudiana. México: Paidós, 2013.

[2] ¿Puede definirse el duelo como el trabajo paradigmático de una clínica psicoanalítica? Nos atrevemos a pensar que, al igual que para el aparato psíquico, así es.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica, trad. de Santiago Espinosa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2013

[4] Kierkegaard, Sören, In vino veritas, trad. de Demetrio Gutiérrez Rivero. Madrid: Guadarrama.

[5] Didi-Huberman, Georges, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 1ª ed. en español. Madrid: Abada, 2009

[6] Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 1996

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