Resistencias e insistencias

Las grandes actividades espirituales, enfermizas en tanto que están dominadas por un solo pensamiento; falta de espontaneidad —una especie de hipnotismo. Enervan y debilitan la voluntad en otras circunstancias. En la obediencia ¿acaso con frecuencia no se trata de una especie de hipnotismo?

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis) de la «tesis» Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, presentada en el Colegio de Saberes en el 2021]

Zaratustra, reconocer que habías sido un nihilista, un docto, un decadente, en suma, que habías sido y pasado por todo eso contra lo que después dirigiste tu enseñanza, y que, además, después de esta, estabas sumamente decepcionado, que te dejaste engañar y caíste en tu última tentación, y creíste que habías encontrado a los hombres superiores, todo esto, quizá por eso, es que te amamos más. Por eso te viste en la necesidad de partir nuevamente. ¿Será que lo sabías desde el inicio, cuando dijiste a los reyes que subieron a tu montaña que cargaban con una sombra muy peligrosa, la de la idolatría, la sombra de su dios muerto? Lo sospechabas, quizá estabas seguro, aun así, los invitaste a tu cueva, a lo más profundo de tus alturas, a la parte más oscura de ti mismo: Humano, demasiado humano. Si sabías que no era posible, que era muy pronto para la llegada de esos hombres superiores, ¿por qué los aceptaste, por qué los invitaste? Tuviste que partir y no supimos más de ti. Tú no resucitaste, acaso nos dejaste tu sombra y enseñanza: sabes también lo que ya pasó una vez: tuviste que volver con tus hermanos porque tu enseñanza se había desvirtuado. ¿Es que la transmisión y la enseñanza son imposibles? Sí, haciendo caso a «el padre» del psicoanálisis en sus tres imposibles: la educación, la política y el psicoanálisis. ¿Qué hay de la escritura, es posible? ¿Y el Übermensch y el eterno retorno? En cuanto a lo segundo no nos fue posible por ahora, nos vimos en la necesidad de redimirnos de ese pasado, violentamos algunos textos, algunas memorias y recuerdos. Claro que tiene su sentido hurgar en el «pasado», aquí estamos, ya sin ti Zaratustra: ¿a dónde te has ido? ¿volverás? ¿Algún «tipo Zaratustra» retornará? ¿Habrá aún hombres «excepcionales»: árboles enormes que se elevan por encima de otros, para lo cual necesitan profundas raíces? ¿Cuál es el río que nos lleva hacia el mar que eres? ¿Dónde están esas nuevas montañas que no pululen de gente? Volviste a tu patria multicolor, tu soledad, porque sólo así puedes amarte a ti mismo, porque sólo así no sales corriendo a amar a tu prójimo para compadecerlo por su sufrimiento; porque de algo estamos seguros, que todo esto lo hiciste por amor, pero un amor como el del gran astro: ¿quién ha sido capaz de recibir tu abundancia y bendecirte por eso?

Nietzsche en escultura por Max Klein
Escultura de Friedrich Nietzsche por Max Klein

Pensar en el Otro es pensarnos a nosotros mismos. Durante el coloquio previamente citado también presentamos la reseña* de un texto que estrenaba una nueva edición, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias[1]. Uno de los autores estuvo presente, mientras que el segundo nos regaló el inestimable e imborrable recuerdo de su ausencia. Nuevamente las referencias a las Consideraciones Intempestivas II[2] y Espectros de Marx[3] están presentes, de inicio a fin. Vamos a decirlo de manera más explícita: durante la presentación de nuestro trabajo, desde sus inicios, señalamos que, para poder leer un texto psicoanalítico, existía un filósofo que podría darnos una cifra de lectura. En otras palabras, habíamos desplazado el psicoanálisis a segundo término, digamos que habíamos encontrado una nueva, diferente y refrescante vía para poder pensar: el encuentro con Jacques Derrida. Aún más claros: en ese entonces no es que el psicoanálisis se viera desplazado para nosotros, se trataba de «confirmar» que otros autores decían cosas que el psicoanálisis ya había formulado, adelantado o dejado señalado. «¡Claro, eso ya lo había dicho Freud, sí, justo también como lo dejó señalado Lacan, pero a ninguno de los dos les dio tiempo desarrollarlo!». Cosas por este estilo. Entiéndase que aquí también vendrían algunos psicoanalistas a decirnos no, que no es posible que ellos hayan dicho o señalado todo, que eso de las totalidades ni siquiera es posible. Pero no hacen como dicen: hagan como decimos, pero no como actuamos; hagan como les hemos enseñado, pero no hagan como nos hemos expresado. Por eso, nuevamente de la pluma de Derrida, el texto Escoger su herencia[4] habría de tener repercusiones importantes en nuestro pensamiento. Repetición, fidelidad, lealtad, pero también ruptura, infidelidad, traición: así es como quizá se puede ser más fiel a un texto o a un autor. Nosotros sólo nos habíamos quedado en lo primero, en un «amor» ciego e incuestionable hacia nuestros maestros, y a los maestros de estos. Y aquí también señalamos: curiosamente, por paradójico que parezca, hemos encontrado un amor y respeto más elevados hacia ellos, y hacia otros, una vez que se nos cayeron, una vez que pudimos desacralizarlos. Y en relación con esto último, un nombre se coló nuevamente en nuestro trabajo, Clément Rosset, al que quizá no hemos reconocido como se debiera en el transcurso de todos estos trabajos; valga este mínimo señalamiento como un mínimo intento de aquello que no haremos en el resto de esta «tesis».

Todo esto quizá para despachar a nuestros antiguos maestros, y a sus maestros, y a nuestros hermanos discípulos. Despacharlos y ubicarlos en su «justa» dimensión por imposible que sea: «La justicia es una experiencia de lo imposible. Una voluntad, un deseo, una exigencia de justicia cuya estructura no fuera una experiencia de la aporía, no tendría ninguna posibilidad de ser lo que es, a saber, una justa apelación a la justicia»[5]. Y no logramos descifrar qué es lo que ha pasado, a qué nos hay llevado tal ocaso: lo que podemos decir es que ya no podemos pensar ni creer ni pensar siguiendo por el mismo camino; o, mejor dicho, que nuestra creencia y «razón» ya no puede ser sin la mentira que conllevan: ¡por más argumentos que nos den, por más evidencias que nos muestren! Quizá es eso lo que nos duele actualmente, no quisiéramos que Nietzsche ni Zaratustra pasen a ser historia en nuestra vida, que sean un grato recuerdo o que nos veamos rememorando en unos años estos escritos como «errores útiles» que ya han quedado «superados». ¡Claro, tememos una relación como aquella que teníamos con el psicoanálisis! —Pero ¿dónde están esos «maestros» nietzscheanos? ¿Dónde están los grupos de estudio y los cursos de «formación» en filosofía nietzscheana?— Nos resistíamos, y ello resistía e insistía. ¡Claro, todo placer quiere eternidad! ¡Una y otra vez! ¡El anillo del eterno retorno! No descartamos que alguna vez volvamos al psicoanálisis, porque toda afirmación de un instante afirma todos los instantes que lo antecedieron. Pero no nos adelantemos en este tema aún, porque todavía quedan otras batallas que los idólatras que existen en nosotros libraron contra nuestro «amigo» Nietzsche.

Dejamos el texto intacto, lo que nos lleva a pensar por lo menos dos cosas: 1) que la fuerza de la afirmación así lo quise, lo quiero y lo querré consigue, por instantes, la victoria sobre el espíritu de venganza; 2) que estamos ubicados en los momentos finales de nuestra religiosidad psicoanalítica: está moribunda, por lo que no es necesario empujar lo que irremediablemente está a punto de caer. ¿Y si se trata de ambas, y si son más de las que somos capaces de expresar y formular aquí? Qué tal una tercera y cuarta: 3) que a partir de este momento —siguiendo la temporalidad de la narrativa— Zaratustra empieza a tener mayor relevancia sobre todo esto; 4) que al inicio no era Zaratustra el foco de nuestro interés, sino el tema de la ligereza: nuestro lema no era ser libres, sino ser ligeros. ¡Efectivamente, el psicoanálisis se había convertido en una carga! ¡Un gran pesar que cargábamos con orgullo! ¿Qué es más pesado que el psicoanálisis? ¡Vamos, estoy dispuesto a cargarlo! Ya no. Y si alguien viniese y nos dijera: «¡Ven! ¡Hay otra opción! Se trata de un psicoanálisis que no sólo es verborrea, charlatanería, habladuría y demás. Es un psicoanálisis del sur que tiene un proyecto de investigación claro y definido, donde todos somos iguales y nos reconocemos como investigadores. Es un proyecto científico que no hace más que ser fiel a las intenciones e indicaciones tanto de Freud como de Lacan, y se aleja por tanto de esos freudolacanianos o psicoanalistas a los que ya no les importa si nuestra disciplina es una ciencia o no, y que con ello sólo terminan por desprestigiar aún más nuestra práctica. El proyecto de Lacan se insertaba dentro del Proyecto de la Luces, más claro no puede ser». —¿Qué estás diciendo, que un nuevo burro ha llegado a la ciudad? —¡Sí!—.

Al inicio de nuestra presentación propusimos una lectura del texto mencionado atravesada por la cifra aprender a vivir del Exordio de Espectros de Marx. «Momento. Nosotros, los nuevos psicoanalistas científicos, no estamos de acuerdo en aquello que dicen los freudolacanianos: cada uno su lectura de los textos; no nos parece adecuado, mucho menos acorde con la ciencia». Para nosotros representó un problema resolver este asunto de «cada quién su lectura», pues a pesar de que coincidimos con dicha consigna, al mismo tiempo no podemos aceptar cualquier lectura, y esto no nos pone del lado de la ciencia. Dicho problema se incrementó aún más cuando nos adentramos en los textos derridianos y la «metodología» —estrategia— deconstructiva. Era posible escribir prácticamente cualquier cosa y de la manera que fuese, apelando a una especie de solipsismo: es tu lectura y tu escritura, es tu forma de interpretarlo y escribirlo. Una postura que nos acercaba a un relativismo radical y absurdo, a pesar de que sabíamos que los textos no podían tener un sentido último. Necesitábamos resolver dicha «contradicción» para poder continuar: puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra, pero no puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra. Y nos propusimos resolverla preguntándole precisamente a quien nos había metido en dicho problema —no, no fueron los psicoanalistas—. Encontramos una condición para poder escribir cualquier cosa: amar a los textos. Lo citamos: «Todos estos autores (se refiere a los pensadores parisinos de los setenta) parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo»[6]. La estrategia de trabajo consiste en «la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente»[7]. Un pensamiento de altura, como entonces lo designamos. Esto nos quedará más claro cuando tratemos el trabajo La máquina de suposiciones de Lacan, en el que las preguntas y críticas que lanza al psicoanálisis lacaniano establecido a partir de los Escritos parten de la fidelidad a los propios textos.

Por ese entonces el psicoanálisis era para nosotros la única aproximación «seria» a la subjetividad: sólo él —único, redentor, iluminado, elegido— podría decirnos algo serio sobre las complejidades humanas, demasiado humanas —pero en ese entonces también ya se había introducido Nietzsche, demasiado Nietzsche— ¿qué, ahora estamos siendo partidarios de un nietzschenismo?—. «Ah, ya ves, despotricas contra el psicoanálisis, tus maestros y compañeros, pero no has hecho más que erigirte un nuevo dios, un nuevo ideal». Nuestros maestros nos parecían sumamente críticos de las psicoterapias —¿es que acaso ellos también venían librando sus batallas? ¿Que así como ellos tenían sus «deudas» pendientes con las psicoterapias, ahora nosotros las tenemos con el psicoanálisis? ¿Deuda? ¿Tótem y Tabú o De la genealogía de la moral?—, tachándolas de retórica —justo como hacen ahora los adeptos del psicoanálisis del sur contra estos freudolacanianos: les critican su falta de cientificismo, ¿o cientificidad?—, faltas de teoría, explicaciones, coherencia y consistencia, partidarias del discurso del amo, más aún, un discurso amo, adaptativo, violento y al servicio de fines ajenos al sujeto y al deseo. «Pobres terapeutas y pacientes, no saben, desconocen la fuerza y la eficacia del inconsciente; nosotros se los vamos a enseñar». «¿Es que nadie les ha hablado de la buena nueva del inconsciente?». Y Derrida se cuela de nuevo. ¿Por qué? ¿Por qué no podíamos permanecer leales a nuestros maestros, a los que nos habían instruido durante años, y al camino recorrido y el que se nos había señalado? Claro que aquí dirán que el psicoanálisis no señala ningún camino —¡y nosotros repetíamos ese saber!—, que al analizante no se le guía, aunque exista una dirección de la cura.

Nos descubrimos repetidores de un saber ya sabido —quizá eso es lo que intentó evitar Lacan cuando se propuso no repetirse cada semana—, que ya no sorprende, no nos sorprende, que hallamos estéril, que ha perdido su capacidad para crear. Un saber muy próximo a la caracterización que entonces hacíamos del Yo: autónomo, unificado, organizado, hedonista, controlado, dominado, privilegiado, animado, motivado, amo. Un saber exacerbado por el narcisismo. —«Momento. Por favor, no confundan al psicoanálisis con las psicoterapias, existen diferencias radicales, y aunque ambas aproximaciones tienen efectos terapéuticos, es claro que los psicoanalistas damos cuenta de nuestro saber de manera diferente, superior a la retórica de las psicoterapias»—.

No solamente fuimos repetidores de un saber ya sabido, trillado, vacío, hueco, moribundo, sino que nos descubrimos decadentes y predicadores de la muerte. Nuestro ejemplo en aquel entonces —el que utilizamos hacia el final de la presentación del libro, la película Punto de Quiebre[8]— estaba en sintonía con otra de las formulaciones que escuchábamos durante la transmisión y repetíamos sin reserva: el deseo puede llevar a la muerte —no estamos tan seguros de esto actualmente—. También nos servíamos de otros ejemplos por aquel entonces, como el de Mickey Rourke en El Luchador[9], o Emil Hes en Hacia rutas salvajes[10], donde ambos encontraron la muerte haciendo lo que «amaban» o «deseaban». Zaratustra también anuncia su ocaso, su descenso, va hacia él, ¡pero como condición para la llegada del Übermensch! Quizá esa sea una diferencia importante con aquellos ejemplos. Zaratustra quiere la desaparición del último hombre de la superficie de la tierra, es más, quiere que esos predicadores de la muerte sean congruentes con su enseñanza del más allá: que mueran de una vez, pues su desaparición es necesaria para una nueva especie y para el aligeramiento de la Tierra. ¿Y el caso de Antígona? ¿Tragedia, ética del deseo, «suicidio», decadencia? ¿Es necesario un para qué, Zaratustra, una meta? Nos es difícil resolver todo esto en este momento.

Encontramos más que religiosidad en aquella presentación: una nueva oleada de descalificaciones contra las «ignorantes» psicoterapias y sus practicantes: no saben de la transferencia, el engaño de la filantropía, la ética del deseo, los ideales irrealizables, la ambivalencia en la relación psicoterapéutica, etc., temas que son «tratados de forma clara en su crítica hacia las psicoterapias». Y más repetición de fórmulas psicoanalíticas que no tiene caso repetir aquí —¿de ahí la decepción de Jacques Lacan?—. Y unas conclusiones, cuando aún creíamos en ellas. ¿Cómo evitar nuestra «ingratitud» o «desagradecimiento» hacia nuestros maestros, los textos psicoanalíticos y con todo ese saber acumulado durante estos años? ¿Cómo escribir que a pesar de este tono beligerante existe un gran respeto y aprecio hacia todos ellos? «Se recompensa mal a un maestro si se es siempre ‘el discípulo’»[11]. ¿Cómo hizo Nietzsche con Schopenhauer o Wagner? Quizá esto nos acerca un poco más al entendimiento de aquellas palabras de Derrida sobre su estrategia de trabajo —y un poco al entendimiento de lo que hacemos, aunque por supuesto, sin la sofisticación del filósofo argelino—: «En ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento»[12], sino para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente. ¿Quiere decir esto que aceptaremos la invitación de los psicoanalistas científicos? No. No aceptaremos la invitación de estos «nuevos» psicoanalistas de prácticas antiquísimas, pero quizá aceptemos la invitación de los nuevos textos que son fieles y traicioneros a las herencias psicoanalíticas.


[1] Aguirre Espíndola, J. A., & Vega Simont, E. (2013). Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias. (2a edición) BUAP

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Escoger su herencia en Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.; 2a ed.) FCE

[5] Derrida, J. (2008). Fuerza de ley. El «fundamento místico de la autoridad» (A. Barberá & P. Peñalver, Trads.; 2a ed.) Tecnos

[6] Derrida & Roudinesco (2009), p.19.

[7] Ibídem, p.13.

[8] Core, E. (2015). Point break.

[9] Aronofsky, D. (2008). The Wrestler.

[10] Penn, S. (2007). Into the Wild.

[11] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.87.

[12] Derrida & Roudinesco (2009), p.15.

* Este trabajo ya fue compartido en este espacio y se puede consultar en la siguiente entrada: Del enfermo imaginario al médico a palos.

Prólogo*

Al final quedaría siempre la duda de si alguien que no haya vivido algo similar se le puede acercar con prólogos a la experiencia vivida de este libro.

— Friedrich Nietzsche

 

El yo y el mí siempre discuten acaloradamente: ¿Cómo podría soportarse esto si no hubiera un amigo?

— Así habló Zaratustra

Busco la forma de no volarme la cabeza ni perder la razón de aquí en adelante; la forma de no terminar explotando, sólo eso —algunos psicoanalistas dirían que eso es lo que realmente «deseo» y que la expresión o forma de ese «deseo» es característico de la neurosis obsesiva; y si no, simplemente es síntoma de algo más—. Ante la llegada de este pensamiento recurrente e inesperado —sé que siempre en algún momento volverá y por ello también lo «espero» sin querer— no he podido hacer más que recibirlo como a un visitante indeseado, inoportuno e impertinente. Se presenta ante mi puerta y no puedo hacer más que abrirla: siempre toca, siempre avisa y hasta ahora sus visitas siempre han sido transitorias, como si sólo estuviera de paso para pernoctar; lo que implica que siempre se ha ido para siempre regresar. Intento ser generoso con él, pero siempre me pregunto qué más quiere aparte de ser recibido. No está en mí querer cumplir su designio: no, no me quiero matar, no quiero morir, no quiero suicidarme: no es mi «deseo» —¿Ahora dirán que es «pulsión de muerte», que, aunque no lo queramos, quizá lo «deseamos» y no podemos hacer nada ante sus acicalamientos indomeñables?—. Aunque ha sido un pensamiento que me acecha desde los años de preparatoria, años en que supuestamente sí quería consumarlo, aunque nunca lo intenté, y que perduró fuertemente por una década más, es verdad que hoy en día no existe la mínima intención de llevarlo a cabo. Pero vuelve en forma de imágenes: un revólver recargado directamente sobre la sien y así llega el final de todo. Si no lo hice en los tiempos de mayor crisis, mucho menos lo haré ahora —¿o es que actualmente puedo enfrentar esas situaciones de otra manera, donde la muerte ya no es la única solución?—. Pero eso no lo entiende este intruso que, siempre que aparece, quiere que ya todo termine. ¿Pero por qué desea algo así —sólo en este momento me preguntó y pongo en duda si en verdad quiere eso que tanto pide—? ¿Por qué habría de terminar todo para mí, en este instante, sólo porque un pensamiento así lo ordena? Las cosas, el mundo, también terminarían para él. Se va y regresa como si quisiera recordarme constantemente algo que, por cierto, ya sé: que el final llegará —igual que él, inesperado e indeseado— en algún momento, y que tal vez lo mejor sería que fuera una muerte libre, querida. No lo sé. Es lo que supongo, o por qué otra «razón» volvería una y otra vez. Quizá sólo está de paso y esa carga no es para mí, quizá su destino es otro. Es que no entiende que no quiero morir, que esas ideas en relación con el suicidio no me convencen más, que ahora sólo es un potente consuelo para pasar más de una mala noche, que hoy más que nunca quiero vivir por más absurda que me parezca la vida por momentos, que sigo esperando el momento de una gran risa o una gran alegría que quizá no lleguen, pero que, si llegan, me las habré perdido para siempre si me rindo ante la muerte. No quiero morir, no puedo concebir ni creer en otras vidas, no tengo la fe para esas cosas; alguna vez lo intenté y sólo se quedó en una noble intención ante la mirada de los demás. La idea de otras vidas después de la muerte no tiene potencia ni fuerza en mí, no me mueve. Ahora pienso que esta vida es (la) única y que un día todo se oscurecerá quizá sin tener noticia de ello, de la misma manera que me quedo dormido. Ya sé todo esto, por qué vienes entonces, no necesito de tus recordatorios. No, no me voy a dar un tiro, entiende eso. Es acaso una prueba, una provocación, una tentación. ¡Claro! ¡Vienes porque sabes que no puedo vivir como yo quisiera! Sí, que por instantes todavía estoy resentido con la vida y con el mundo; no, no es con ellos, es con el hombre, con la «humanidad»; sí, sabes eso muy bien y por eso vienes a visitarme, porque sabes que tu invitación puede ser una salida para terminar con este cansancio, que contigo podría tomar venganza y decir: «Vean, su mundo y su tipo de hombre me resultan sumamente lastimosos y despreciables, son un chiste en comparación con aquellos otros que han inventado y en los que hemos creído porque lo deseábamos. Yo he visto todo eso, lo pequeño y absurdo de la existencia, y no hay salida de todo ello, no para mí al menos, no todavía. Pero no pienso esperar más. Precipito aquello que de por sí llegará algún día, por eso es por lo que elijo mi fin en este instante». Sí, por eso vienes, porque sabes que sigo buscando sin encontrar, que sigo en el intento de crear, de inventarme a mí mismo y una meta. Pensándolo mejor, con todo esto que te digo, puedo afirmar que sabes elegir a tus anfitriones. Dime una cosa, extraño pensamiento: ¿también visitas a la gente del mercado, los predicadores de las virtudes, los transmundanos, los despreciadores del cuerpo, los jueces, los predicadores de la muerte, los idólatras, los sacerdotes, los sabios famosos, los doctos, los sublimes, los poetas, los reyes, las jovencitas, los enanos, los magos, los mendigos? ¿Qué otros te reciben? ¿Te tratan como yo? No lo creo —tal vez sólo sea mi narcisismo exacerbado el que me lleva a pensar así—, seguro hay quien te trata con desprecio, quien no quiere saber más de ti, que luchan y se desgastan con tal de que desaparezcas de su vida, habrá incluso quienes te hayan seguido —haciendo caso a tu invitación— y también perseguido —predicando contra ti—, en síntesis: no eres bienvenido en sus casas. Eres un creyente pues predicas salvación y consuelo, asegurando que las «recompensas» no son en este mundo ni en esta vida, que para obtener la gloria hay que morir. Predicadores de muerte, despreciadores de vida, gusanos miserables que no hacen más por alcanzar la meta que tanto enseñan. Tocas, entras y me ofreces alivio —transitorio, a veces fugaz, a veces durante toda una noche— pero no puedo irme contigo. No, no así. No querría que así fuese. Quiero esta vida, consumar una meta de vez en cuando, tal vez —por qué no— crear. ¿O acaso quieres que esta sea tu última visita? ¿Has considerado esto, que, si te sigo, ya no vendrás más por aquí? Si, como supongo, vienes porque sabes de mi cansancio y pesadez, entonces puede que también sepas de mis instantes más elevados y plenos. Cada instante se me ha revelado como un fragmento —sin formar parte de un totalidad o finalidad determinada—; instantes y azares y fragmentos que no forman parte de ningún rompecabezas. Sí, ahora lo entiendo, sé con quién te relacionas, quién es tu colega, aquel otro pensamiento: el de la felicidad eterna, el bienestar logrado, el equilibrio mental que quiere paz y tranquilidad; con todos ellos te relacionas y me parece que detrás de todos ellos estás tú. No puedo imaginar ningún otro pensamiento que subordine a todos estos excepto tú, que te sirves de diversas máscaras para seducir. Tú, tus arañas y telarañas que buscan enredar y atrapar hasta que su presa deje de respirar, y yo, que quiero respirar para poder reír: una gran risa requiere de una gran fuerza y de un gran aliento. Y de un aire nuevo. Quieres asfixiarme y debilitarme —te sabes en ventaja, pues sabes que estoy agotado— con tus promesas. Eres pesado, eso lo sé, pero nunca te lo había dicho. Cuando llegas todo se vuelve lento, los pies se pegan al suelo y las piernas apenas pueden levantarse, moverme requiere de esfuerzos casi sobrehumanos, y si vamos atrás ni siquiera me habría levantado por la mañana: eres pesado y robusto, me cansas y ocupas demasiado espacio en mis pensamientos. En la casa de mis pensamientos pareces ser el único que vive, acaparas demasiado, eres egoísta, abusivo, no dejas lugar para otros: apenas se asoma cualquier otro visitante y tu presencia lo borra. Un bruto, eso eres: fuerte, pero sin inteligencia, aplastante sin medida —quizá sólo la melancolía pueda hacerte frente, par de inoportunos—. Eres caprichoso, crees que no existe ningún pensamiento tan fuerte como tú, deseas que tu presencia sea única, soberana. ¿Por qué ningún otro pensamiento es capaz de confrontarte? Nunca se me había ocurrido y sólo ahora me lo pregunto: ¿a dónde se van mis huéspedes cuando tú llegas? ¿Es que te tienen miedo? ¿Será que no saben qué decirte o de qué manera enfrentarte? Espera, ¿y qué tal que les eres indiferente, incluso inofensivo? Suena bien esta última posibilidad, pero no me convence. Pides atención; si no la obtienes entonces la arrebatas. Claro, pero si todo esto ha sucedido gracias a mí: te he tratado demasiado bien, he sido bastante hospitalario contigo, sí, es cierto que en algunos momentos intenté echarte de mi casa, pero en general fui muy suave contigo. Te di la «bienvenida» y te instalaste muy bien; qué comodidad has logrado en mis aposentos. Sí, yo sabía que podía convivir contigo, que serías un huésped inevitable, pero mi error fue ¡creer que eras necesario! No me voy a martirizar con esta «culpa» y su aliada «responsabilidad» que supuestamente me toca sobre lo sucedido: ¿por qué llegaste a mi vida tan pronto, siendo tan joven? No lo sé. No puedo pensar en un origen, inicio o causa y tal vez por eso tampoco tengas final. Te diré algo, ya no me importa saberlo, no creo más en los orígenes, las causas o las finalidades. Tal vez eres un pobre errante, un «error», un nómada que anda deambulando por el mundo, invadiendo casas a la espera de que te permitan quedarte un tiempo. Pobre de ti: no tienes un lugar que puedas llamar hogar. ¿O me dirás que eso no aplica en ti, que tu hogar es precisamente el no-lugar, el poder instalarte en cualquier lado y con la misma facilidad partir? Como sea. Te diré otra cosa: no quiero deshacerme de ti. Te ofrezco mi casa y seguir recibiéndote, no te negaré nunca la hospitalidad que has encontrado hasta ahora, es más, incluso quiero tratarte mejor. Eso sí, no pidas exclusividad, no pidas que me identifique contigo, no quiero esa venganza ni justicia que me ofreces; sería un grave error creerlo y otro fatal llevarlo a cabo. No dejes de visitarme, continúa hablándome, adelante, ahora sé que, si acaso existe necesidad, esa es solamente tuya, predicador de la muerte. Está bien, te concedo eso: tal vez yo también necesite de ti en algún momento, no me cierro a esa posibilidad, no quiero ser ahora yo el bruto. Te diré más: empiezo a amar la vida y siento que no es tarde para eso, aunque no tenga aún razones para vivirla, o, mejor dicho, casi cualquier razón me parece suficiente para justificarla, empiezo a gustar de ella: ¡nuevamente! Y mientras esto sucede, tú y yo podemos ser compañeros, quizá hasta podamos ser amigos. Ahora lo entiendo y no sé cómo no se me ocurrió antes: vienes a mí porque sabes que quiero vivir, tan simple como eso. Incluso empiezo a pensar que te debería estar agradecido pues con tus visitas constantes sólo he logrado construir y afirmar la altura de mis pensamientos, de lo pequeño que me resulta lo humano, y de lo lejos que está de lo vital. Sigamos platicando en otra ocasión. Estás en tu casa, ahora la tienes. Sí, sabes elegir a tus enemigos, reconozcamos eso. Tal vez por eso insistías, porque querías despertarme y hacer que reconociera esto en mí: que me eliges porque mi anhelo de vida es grande. Claro, para qué visitarías a alguien cuyo anhelo de vida está moribundo. Debo estar ahora doblemente agradecido contigo —recientemente alguien dijo que no agradecía nada porque ese derecho lo tienen sólo los dioses, aún no lo entiendo—. Sí, yo también te elegí en algún momento como mi más grande peso y enemigo: eres el pensamiento más pesado, el más aplastante, pero ahora veo que ya no eres el más fuerte, he podido oponerte otro, o mejor dicho otra gran razón: palpita en mí una gran vitalidad que aspira a la grandeza de la vida, y de esto ningún otro pensamiento se puede apropiar. Sí, tú y yo sólo somos testigos de algo que nos rebasa. Eres pesado y por eso aspiraba a la ligereza, nos hemos elegido con precisa razón. ¡Así lo quisimos y así lo querremos, indefinidamente! Esta vez te doy la bienvenida, pero esta vez sí sé por qué: quiero elevarme y vencer por encima de ti, a pesar de nuestra amistad. O, mejor dicho, precisamente por nuestra amistad. Sigo buscando alas fuertes y enormes para este gran peso: ¿Cómo podría anhelar todo esto si no fuese por ti? Serás de ahora en adelante mi pensamiento más pesado y el más anhelado, serás el pretexto, te he reducido a un medio, no serás más un fin, mucho menos una fatalidad, sólo esto: un pretexto para lo que está por venir. Te enalteceré y ennobleceré como el «origen» de mi nueva vida: ¡qué más podrías pedir! Que al final siempre estarás, sí —aunque ahora ya dudo de esto—, por eso no te corro, por eso no te niego mi lecho ni mi calor, por eso te ofrezco mis oídos y mis manos para recibir lo que tengas para dar —pues alguien dijo que es más difícil recibir que dar—. Pero yo también tengo para dar, y a partir de lo que he tomado de ti, a partir de ti, me reconstruyo. ¿Esperabas algo así? Qué me puede importar eso ahora o en los instantes por venir si siempre volveremos a encontrarnos, y tal vez algún día te decidas a hablar de otra manera y seas más claro sobre tus intenciones y tus fines. Yo he declarado los míos a través de ti. Un enemigo fuerte es lo que buscabas, por eso has insistido en visitarme: pues aquí me tienes ahora, robustecido y fortalecido, la altura de mis pensamientos rebasa las montañas más altas y expuestas, se elevan sobre los abismos más profundos; ahora tengo pies alados que me hacen correr como el diablo; sin embargo, mi trato es tan delicado como el de la nieve de primavera. ¿Qué te parezco ahora, querido amigo? Será que ahora quieres visitarme con más razón: te he dado mejores y más motivos para venir. Y qué increíbles ideas me vienen en este momento: empiezo a creer que te necesito, que no podría vivir sin ti, que la belleza de uno solo de esos instantes es debido a que existes, siempre vienes, me esperas, eres paciente, insistes, me eres leal y fiel. Me pregunto cómo he podido ser tan mal agradecido contigo. No, no hay por qué agradecerte, como si no tuvieras ningún interés en mí. Cómo podría decirlo de otra manera: no tendría qué agradecerte puesto que eres una presencia inevitable de todo lo vivo que se quiere elevar por encima de ti; tal vez me convendría mejor decir que te he ignorado —aunque tampoco ha sido así—, o que siempre te había tomado a la ligera, o que tu presencia, sin ser indiferente, no dejaba de aplastarme y me paralizaba. Ahora siento que puedo moverme, que puedo desplazarme, que tengo la fuerza y el ánimo para cargar con tu peso, a diferencia de los que te cargan encorvados y lamentándose. Ven, amigo mío, sube a mi espalda y sujétate fuerte porque vamos a elevarnos junto con las aves y los pájaros, mis amigas y amigos por igual. Me sorprende cómo ahora te siento tan ligero, y sin embargo sigues siendo el mismo pesado de siempre. ¿Qué nos ha pasado? Sólo sé que quiero correr, elevarme y volar, y que vengas conmigo, quiero mostrarte todo lo que hay por encima de ti. Por qué tenías prisa por seducirme, o será que tenías prisa por despertarme, será esto último, porque ahora que vienes conmigo no te siento incómodo ni molesto, será que también querías eso. Será que tus intenciones manifiestas no coincidían con las latentes. Sí, será que amas y anhelas la vida tanto como yo, que tu anhelo y predicación de la muerte no eran más que un síntoma. ¡Serás acaso… la vida misma! Vamos, no me respondas por ahora. Déjame creer que así es, que así eres. Sí, el predicador de la muerte, el peso más pesado ha resultado ser el que me ha elevado, el que me ha despertado a la vida, el que me ha dado alas, el que me ha aligerado. Sí, volarme los sesos no era más que una figuración para liberarme del peso de la razón, de tú razón, de la opresión de tu pensamiento y de su pesadez: quería explotar a la razón. El más pesado de mis pensamientos se ha vuelto ligero, pero no por eso te has vuelto leve, no dejas de tener cierta consistencia; ahora puedo ver a través de ti, ya no me resultas opaco y oscuro; no eres el único, ahora la luz de las alturas te ha vuelto claro y transparente, será que siempre así lo fuiste. Y pensar que eras un pensamiento estéril, inoportuno, impertinente y molesto sin considerar que sólo eras el síntoma de algo mucho más importante, desconocido e incognoscible hasta entonces. Oh, amigo, casi sé con toda seguridad que cuando descendamos y este azaroso instante llegue a su fin, te marcharás, y no podré hacer nada para detenerte. ¿Será que ahora necesito de ti? Bien, pues que así sea, porque así lo querré. Y tú también lo querrás. Y sé que algún día volverás y volveremos a elevarnos por encima de nosotros mismos.

Zaratustra y el enano ante el portón
Zaratustra y el Enano (1997), por Lena Hades

* Este texto constituye el Prólogo de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el 23 de marzo de 2021: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.

Previamente publicamos la Introducción de dicha tesis: Un sueño con Derrida.

Democracias totalitarias: una lectura de V de Venganza

 

“Me atrevo a hacer todo lo que sea digno de un hombre,

quien a más no se atreve, no lo es”.

– Macbeth

 

Estados democráticos-totalitarios. Esa idea de una democracia totalitaria ha estado acechando nuestra cabeza por días. Hacia el final del seminario y en estos días en que tenemos que asentar estas ideas, no podíamos pensar en otra cosa que no fuese lo que ya se sabe, pero no se dice: que la democracia, la soberanía, la libertad, la justicia y la paz, entre otros ideales, si bien son inalcanzables, pero se luchaba por ellos, actualmente nos parecen trapos viejos y desgastados que a nadie importan. O, puede que importen siempre y cuando sirvan al discurso de quienes están en el lugar del poder, esos sujetos sedientos de riqueza y obscenamente cínicos y estúpidos. Pero ¿nosotros seríamos diferentes de estar en ese lugar? ¿Seríamos tan santos, buenos, inteligentes y justos como nos pensamos si estuviésemos en esos lugares? Si hacemos caso de la consigna de Jacques Lacan ahí donde pienso, no soy; ahí donde soy, no pienso, o aquella otra que reza más o menos hombre soy y nada humano me es ajeno, cuya autoría no está definida del todo, entonces, tal vez, seríamos un poco más cuidadosos antes de emitir nuestras opiniones sobre aquellos por los que nos hemos dejado gobernar. Claro, esto no los justifica ni exime de sus porquerías. Ni a nosotros de nuestros miedos e indiferencia, también complicidad. Para extendernos sólo un poco en estas y otras ideas, nos serviremos de una de nuestras películas favoritas: V de Venganza.

V se presenta ante Evey
V se presenta ante Evey

     Empecemos por considerar la cuestión que alguna vez se rozó en clase. Un comentario breve, pero de profundas implicaciones. Un asunto que además nosotros habíamos tenido en cuenta desde nuestra lectura de otro trabajo de Jacques Derrida [El otro cabo], donde menciona el peligro – pero a la vez la responsabilidad – de que Europa sea la cabeza del mundo. Nos referimos a cómo lo Uno como único es aquello que se quiere imponer para reinar, hegemonizar y al mismo tiempo homogenizar. Es el único Dios, la única religión, la verdadera. A diferencia de lo Uno, está lo múltiple, los dioses, la diversidad, la multiplicidad, las opciones. Así, no es raro que en la visión de este director sea un partido político y de ultraderecha el que se ha hecho con el lugar del poder para ejercerlo de cierta manera. Se nos muestra ya desde la primera escena donde “La voz de Londres” juzga que la caída y decadencia de Estados Unidos, que lo tenía todo, ha sido por estar Sin-Dios, por su falta de Fe. O acaso creen que él no está allá arriba vigilándonos y juzgándonos, se pregunta el presentador: sí, juzgando a los musulmanes, a los homosexuales, a los terroristas y a los inmigrantes. Desde esta perspectiva, se podría tratar – reduciéndolo llanamente – de una guerra de religiones en la que no hay espacio para más de un Dios.

     No queremos colocar demasiadas esperanzas en la multiplicidad de dioses o religiones, mucho menos en promover un discurso de la tolerancia que nos parece aberrante. No queremos ser tolerados. Acaso querríamos que nuestras diferencias y elecciones fuesen asumidas y respetadas, no sólo aguantadas o soportadas. Sin demasiadas esperanzas en la multiplicidad, pero sí con una que otra, por ejemplo, resolvería de alguna manera, en cierto grado, tal vez, la cuestión en Jerusalén. Pero quién podría garantizarlo si vemos que los discursos que promueven la multiplicidad, la diversidad, la heterogeneidad, generan fuertes reacciones. Siempre la dificultad de un punto medio, equilibrado.

     También en las primeras escenas veremos cómo en los hogares de Londres – y eso incluye un asilo, o, mejor dicho, políticamente correcto dicho, una casa para personas de la tercera edad – se coloca una foto del alto canciller Adam Sutler en el centro de la sala principal. Ocupando el lugar de dios, de padre, de líder supremo, de guía, del gran Otro, etc., a la más semejante ultranza de los líderes soviéticos de aquellos años de la URSS o norcoreanos de hoy en día. El Uno, incuestionable e inamovible, el no castrado, el no atravesado por la Ley. Figura del soberano, el lugar del Rey, el representante de Dios que deviene Dios. De dónde le vino ese poder si no de quienes lo colocaron y sostienen ahí. Ya colocado ahí, de dónde le viene su fuerza si no de la repetición y demostración del poder. Cuestión sumamente complicada de “resolver” en tanto, si lo consideramos desde el psicoanálisis, el lugar del Otro no castrado será una añoranza a la que pocos querrán renunciar, esperanzados hasta el final de sus días en que existe el Otro completo, si no en esta vida, en otra, la siguiente, supuestamente. Esto incluye la cuestión del Ideal, a la vez tan necesario para unificar, pero tan útil también para enemistar. Anhelos de libertad, pero a la vez de sometimiento. Este último en tanto representaría el sometimiento a la Ley, representada en el padre, que garantizaría su amor y protección.

     El Gobierno inventa y modifica las noticias para mantener cierto control sobre los gobernados [sometidos voluntariamente o la servidumbre voluntaria]: guerras, virus, enfermedades, ataques terroristas, sequías, etc. son los recursos inmediatos cuando se pone en duda el poder y el saber-hacer del gobierno. El encargado de medios de comunicación dirá en un momento: “El gobierno fabrica las noticias, nosotros sólo las transmitimos”. El gobierno y su reinado son una mera fabricación también, donde el soberano no pasa de ser un mero mortal como cualquier otro, pero con poder. Dejemos esto para después. En otro momento, cuando el “terrorista” destruye un edificio, los medios transmitirán la mentira del gobierno: fue algo planificado, pero no quisimos avisarles. Sabíamos que iba a pasar. Nada se le escapa, y si lo hace, se verá la manera de reintegrarlo rápidamente al discurso.

     Otro punto, pensemos en los señaladores. Sobre todo, observemos cómo se les representa en el filme: tipos con apariencia demasiada extraña, raros, incluso estúpidos, nos atrevemos a decir que algo perversos, y hasta con cierto retraso, con ansias de ejercer su poder, pero con una visión muy limitada del mismo pues se darían por satisfechos con poder abusar de una mujer que no ha acatado el toque de queda. A pesar de lo extraño que nos parecen esos tipos, no nos resulta nada desconocida la situación que quieren presentarnos. Una visión perturbadora de cómo el derecho, la ley y la justicia funcionan. En una visión más general, de cómo funciona un sistema, donde quienes toman las decisiones más importantes que incumben a todos parecen padecer una especie de fractura mental. Nos referimos a aquellos que tienen a su cargo una institución, un departamento, una fiscalía, una procuraduría, un estado, un municipio, una junta vecinal, un asilo, un psiquiátrico, una casa infantil, un país, y que no son nada diferentes en su actuar al de estos señaladores.

     No puede hablarse ni pensarse en la venganza si de por medio no hay algo, poco o mucho, en relación con la justicia. Y esta, según V, se ha tomado unas vacaciones en ese país, y al parecer también en el mundo, y en su lugar ha quedado un impostor. Pero en qué sentido es un impostor, es algo que no aclara, pero limitándonos al contexto es un impostor de la justicia, un no digno representante de ella. Y aunque esta es una cuestión bastante difícil, la de la justicia y su impartición, y también su partición, el impostor, más que ningún otro, estaría cerrado a su posibilidad, a su devenir [de la justicia]. Él es la justicia, ya acabada, acaparada en todo sentido. Si existe alguna posibilidad para ella, es a través de él, o, mejor dicho, desde él y con sus medios: “Hicimos lo que teníamos que hacer. Hicimos lo que debíamos hacer. Hicimos todo lo necesario. Hicimos lo que pudimos bajo las circunstancias de aquel entonces”. Eso es lo justo, o la justa medida. En otras palabras, sin miramientos por nada ni nadie salvo sus intereses. Esto convierte a V en un justiciero, en un vigilante, en un forajido, en un outlaw, por fuera de la ley. O, también se puede pensar como alguien que busca poder abrir o crear el espacio – literalmente, volar un par de monumentos para construir algo nuevo – para otra ley y justicia. Cuando asesina a La voz de Londres – título nada inocente, ella habla por Londres y sólo ella – bien señala V: no hay tribunales para hombres como el comandante Prothero.

V a punto de consumar su Venganza

     Cuando leemos a Jacques Derrida hablando sobre la posibilidad de una justicia, nos parece que lo hace desde su lectura psicoanalítica, desde el caso por caso. Es esta la sensación que nos ha dejado desde que leímos Fuerza de Ley. Una oposición entre las posturas universalistas que pretender abarcar y meter a todos los sujetos en una categoría, discurso, ley o derecho, mientras que los hechos demostrarían que tal pretensión se queda sólo en eso, pues la particularidad de los casos y sujetos, bordean los límites y usualmente transgreden esas totalidades. Pero tal visión del sujeto tan singular apenas ha podido tener su lugar dentro de los consultorios de los psicoanalistas. Cómo darle lugar a esa singularidad en lo social, lo público o lo político es algo que no acabamos de resolver, tal vez todavía ni siquiera se ha comenzado a plantear. Quién sabe si se pueda hacer. O tal vez sí, cortando cada vez más finas las rebanadas del pastel, a riesgo de que se vuelvan tan delgadas que acaben por ser transparentes y desaparecer.

     Pero dejémonos de circunloquios y vayamos a lo que nos ha parecido más sustancial en esta lectura que hicimos de V de Venganza después de haber atravesado este seminario. Un terrorista hace explotar el Old Bailey, o el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales como lo conocemos actualmente, y como reacción ante esto – aparte del invento de noticias que ya mencionamos – el alto canciller dice a sus subordinados que deben encontrarlo y ¡enseñarle y demostrarle lo que es y significa el verdadero terror! El alto canciller se sabe capaz de producir más terror que el mismo terrorista. Eso que se sabe, pero no se dice: el terror del Estado puede, por mucho, superar el terror de los terroristas. Bestia y Soberano se confunden. Y vaya escena la que pone esto en pantalla. En un programa de TV, que ha logrado burlar la censura, al menos durante la transmisión de esos breves minutos, entra en escena un actor personificando al alto canciller Adam Sutler. El anfitrión le pregunta si ha logrado capturar al terrorista y responde que por supuesto, que todo está bajo control, mientras V realiza una serie de travesuras que acaban arrancando la risa del público ante el ridículo que deja al alto canciller. Este, ya molesto, ordena que atrapen al terrorista. Cuando lo hacen y pide que le quiten la máscara, oh sorpresa, ¡el terrorista es el canciller mismo! El terrorista y el canciller son la misma persona: especularidad ideal, sin resto. ¡Terror y Gobierno tienen el mismo rostro! El lobo con ropas de soberano. Canciller y terrorista se confunden, se funden, pero al mismo tiempo se acusan mutuamente: “él es el impostor”. ¿Que si hay alguna diferencia? Tal vez que uno está dentro de la legalidad – aunque sea injusta – y el otro por fuera de ella – aunque apele más a la justicia. Aunque hacia el final de la película, V marcará su distancia con respecto al canciller: ha encontrado un límite, tanto real como generacional, para sus anhelos de venganza.

     Y por supuesto, está presente el arma más poderosa y a la que de inmediato se recurre cuando se duda de si realmente se necesita un gobierno, o al menos ese que está en turno: el miedo. Motivo por el cual los ciudadanos eligieron a su gran canciller, renunciando a su libertad, a cambio de paz juraron obediencia, por un poco de tranquilidad prometieron silencio. El miedo es, junto con toda esta fabulación de hechos, el que creará las condiciones para que el ciudadano voluntariamente renuncie a su libertad. Sin saber, o sabiéndolo, pero desestimando, que el enemigo está en casa: “Qué tal si el peor ataque terrorista biológico cometido en este país no fue llevado a cabo por extremistas religiosos, sino por el gobierno”. Miedo y libertad van de la mano al momento de pensarlas. Evey, la protagonista, tiene miedo, incluso llega a delatar a V. Para que haya libertad no debe haber miedo. Con miedo no hay libertad, y si el miedo es la herramienta más poderosa del gobierno, entonces implícitamente no quiere que haya libertad. Todo se confabuló para generar miedo en la población y no pusiera mayor resistencia: crear un virus para probarlo contra el país mismo. Amigo y enemigo: Políticas de la amistad. Y después ofrecerles la vacuna como prueba de amor.

     Cuando por fin se puede ver en carne y hueso, de cuerpo completo, al alto canciller, y no a través de una enorme pantalla, luce como cualquier otro. ¡Era pura pantalla! Ante la muerte, no queda nada de ese poderoso, inamovible e implacable señor. Al igual que el comandante Prothero, es sólo un hablador ante la pantalla, que una vez frente a V, orina sus pantalones, a diferencia de V e Evey, que se colocan de diferente manera ante la muerte. Hay ahí una relación muy peculiar entre la entre la muerte y el poder. Los primeros la rehúyen, suplican por la vida, los segundos la asumen, mas no quiere decir que la busquen imbécilmente. Pero no entraremos en ello, nos hemos extendido un poco ya.

     Hasta aquí dejaremos nuestra lectura y escritura de V de Venganza. Se han quedado en el tintero muchas otras cuestiones a considerar; hemos tratado de presentar las que nos parecieron más relevantes. Nos hemos quedado con ganas también de incluir en este ensayo temas que podrían bordear el seminario: nuestra relación/postura con/ante la ley subjetiva y sus efectos y relaciones con otras leyes. La lectura y reflexión a la que nos llevó el seminario hacia el final: guiada por la primera sesión de La bestia y el soberano para acabar en Zaratustra. Esto fue un chispazo para releer algunos de sus fragmentos, apoyándonos en La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» de Martin Heidegger. Querríamos también incluir nuestra propia experiencia laboral al pasar por instituciones públicas, las lecturas de otras películas y novelas, las noticias que toman lugar estos días, como la de la Ley de seguridad interior, entre otras cosas. Al igual que V, hemos encontrado un límite, para nuestro trabajo.

     Para finalizar. Existe un momento en que Adam Sutler quiere producir más terror y miedo en la población para que esta sepa por qué los necesitan. Lo que ignora, es que para que opere la Ley, lo que “se necesita” es que muera el padre. El asunto-problema parece ser que muchos, algunos con mayores posibilidades que otros, pretenden ocupar su lugar nuevamente y gozar sin límites. ¿Quién no querría hacerlo, por imposible que sea? ¿Quién querría renunciar a ello y ser uno más entre tantos mortales? ¿Quién quiere gozar parcialmente? ¿Quién no quiere probar las delicias del poder? No son representantes de la ley, son la ley. Son el padre. Vivo y coleando. Intocables, no castrados. Al menos eso creen. Nosotros sabemos que no es así, ellos lo ignoran. Igual van a morir. Algunos dirían que es problema de ellos, sí, pero mientras, nos pasan a traer con sus decisiones, estupideces e ignorancia. Y vuelve entonces la pregunta que nos interpela, qué hacer ante eso.