Democracias totalitarias: una lectura de V de Venganza

 

“Me atrevo a hacer todo lo que sea digno de un hombre,

quien a más no se atreve, no lo es”.

– Macbeth

 

Estados democráticos-totalitarios. Esa idea de una democracia totalitaria ha estado acechando nuestra cabeza por días. Hacia el final del seminario y en estos días en que tenemos que asentar estas ideas, no podíamos pensar en otra cosa que no fuese lo que ya se sabe, pero no se dice: que la democracia, la soberanía, la libertad, la justicia y la paz, entre otros ideales, si bien son inalcanzables, pero se luchaba por ellos, actualmente nos parecen trapos viejos y desgastados que a nadie importan. O, puede que importen siempre y cuando sirvan al discurso de quienes están en el lugar del poder, esos sujetos sedientos de riqueza y obscenamente cínicos y estúpidos. Pero ¿nosotros seríamos diferentes de estar en ese lugar? ¿Seríamos tan santos, buenos, inteligentes y justos como nos pensamos si estuviésemos en esos lugares? Si hacemos caso de la consigna de Jacques Lacan ahí donde pienso, no soy; ahí donde soy, no pienso, o aquella otra que reza más o menos hombre soy y nada humano me es ajeno, cuya autoría no está definida del todo, entonces, tal vez, seríamos un poco más cuidadosos antes de emitir nuestras opiniones sobre aquellos por los que nos hemos dejado gobernar. Claro, esto no los justifica ni exime de sus porquerías. Ni a nosotros de nuestros miedos e indiferencia, también complicidad. Para extendernos sólo un poco en estas y otras ideas, nos serviremos de una de nuestras películas favoritas: V de Venganza.

V se presenta ante Evey
V se presenta ante Evey

     Empecemos por considerar la cuestión que alguna vez se rozó en clase. Un comentario breve, pero de profundas implicaciones. Un asunto que además nosotros habíamos tenido en cuenta desde nuestra lectura de otro trabajo de Jacques Derrida [El otro cabo], donde menciona el peligro – pero a la vez la responsabilidad – de que Europa sea la cabeza del mundo. Nos referimos a cómo lo Uno como único es aquello que se quiere imponer para reinar, hegemonizar y al mismo tiempo homogenizar. Es el único Dios, la única religión, la verdadera. A diferencia de lo Uno, está lo múltiple, los dioses, la diversidad, la multiplicidad, las opciones. Así, no es raro que en la visión de este director sea un partido político y de ultraderecha el que se ha hecho con el lugar del poder para ejercerlo de cierta manera. Se nos muestra ya desde la primera escena donde “La voz de Londres” juzga que la caída y decadencia de Estados Unidos, que lo tenía todo, ha sido por estar Sin-Dios, por su falta de Fe. O acaso creen que él no está allá arriba vigilándonos y juzgándonos, se pregunta el presentador: sí, juzgando a los musulmanes, a los homosexuales, a los terroristas y a los inmigrantes. Desde esta perspectiva, se podría tratar – reduciéndolo llanamente – de una guerra de religiones en la que no hay espacio para más de un Dios.

     No queremos colocar demasiadas esperanzas en la multiplicidad de dioses o religiones, mucho menos en promover un discurso de la tolerancia que nos parece aberrante. No queremos ser tolerados. Acaso querríamos que nuestras diferencias y elecciones fuesen asumidas y respetadas, no sólo aguantadas o soportadas. Sin demasiadas esperanzas en la multiplicidad, pero sí con una que otra, por ejemplo, resolvería de alguna manera, en cierto grado, tal vez, la cuestión en Jerusalén. Pero quién podría garantizarlo si vemos que los discursos que promueven la multiplicidad, la diversidad, la heterogeneidad, generan fuertes reacciones. Siempre la dificultad de un punto medio, equilibrado.

     También en las primeras escenas veremos cómo en los hogares de Londres – y eso incluye un asilo, o, mejor dicho, políticamente correcto dicho, una casa para personas de la tercera edad – se coloca una foto del alto canciller Adam Sutler en el centro de la sala principal. Ocupando el lugar de dios, de padre, de líder supremo, de guía, del gran Otro, etc., a la más semejante ultranza de los líderes soviéticos de aquellos años de la URSS o norcoreanos de hoy en día. El Uno, incuestionable e inamovible, el no castrado, el no atravesado por la Ley. Figura del soberano, el lugar del Rey, el representante de Dios que deviene Dios. De dónde le vino ese poder si no de quienes lo colocaron y sostienen ahí. Ya colocado ahí, de dónde le viene su fuerza si no de la repetición y demostración del poder. Cuestión sumamente complicada de “resolver” en tanto, si lo consideramos desde el psicoanálisis, el lugar del Otro no castrado será una añoranza a la que pocos querrán renunciar, esperanzados hasta el final de sus días en que existe el Otro completo, si no en esta vida, en otra, la siguiente, supuestamente. Esto incluye la cuestión del Ideal, a la vez tan necesario para unificar, pero tan útil también para enemistar. Anhelos de libertad, pero a la vez de sometimiento. Este último en tanto representaría el sometimiento a la Ley, representada en el padre, que garantizaría su amor y protección.

     El Gobierno inventa y modifica las noticias para mantener cierto control sobre los gobernados [sometidos voluntariamente o la servidumbre voluntaria]: guerras, virus, enfermedades, ataques terroristas, sequías, etc. son los recursos inmediatos cuando se pone en duda el poder y el saber-hacer del gobierno. El encargado de medios de comunicación dirá en un momento: “El gobierno fabrica las noticias, nosotros sólo las transmitimos”. El gobierno y su reinado son una mera fabricación también, donde el soberano no pasa de ser un mero mortal como cualquier otro, pero con poder. Dejemos esto para después. En otro momento, cuando el “terrorista” destruye un edificio, los medios transmitirán la mentira del gobierno: fue algo planificado, pero no quisimos avisarles. Sabíamos que iba a pasar. Nada se le escapa, y si lo hace, se verá la manera de reintegrarlo rápidamente al discurso.

     Otro punto, pensemos en los señaladores. Sobre todo, observemos cómo se les representa en el filme: tipos con apariencia demasiada extraña, raros, incluso estúpidos, nos atrevemos a decir que algo perversos, y hasta con cierto retraso, con ansias de ejercer su poder, pero con una visión muy limitada del mismo pues se darían por satisfechos con poder abusar de una mujer que no ha acatado el toque de queda. A pesar de lo extraño que nos parecen esos tipos, no nos resulta nada desconocida la situación que quieren presentarnos. Una visión perturbadora de cómo el derecho, la ley y la justicia funcionan. En una visión más general, de cómo funciona un sistema, donde quienes toman las decisiones más importantes que incumben a todos parecen padecer una especie de fractura mental. Nos referimos a aquellos que tienen a su cargo una institución, un departamento, una fiscalía, una procuraduría, un estado, un municipio, una junta vecinal, un asilo, un psiquiátrico, una casa infantil, un país, y que no son nada diferentes en su actuar al de estos señaladores.

     No puede hablarse ni pensarse en la venganza si de por medio no hay algo, poco o mucho, en relación con la justicia. Y esta, según V, se ha tomado unas vacaciones en ese país, y al parecer también en el mundo, y en su lugar ha quedado un impostor. Pero en qué sentido es un impostor, es algo que no aclara, pero limitándonos al contexto es un impostor de la justicia, un no digno representante de ella. Y aunque esta es una cuestión bastante difícil, la de la justicia y su impartición, y también su partición, el impostor, más que ningún otro, estaría cerrado a su posibilidad, a su devenir [de la justicia]. Él es la justicia, ya acabada, acaparada en todo sentido. Si existe alguna posibilidad para ella, es a través de él, o, mejor dicho, desde él y con sus medios: “Hicimos lo que teníamos que hacer. Hicimos lo que debíamos hacer. Hicimos todo lo necesario. Hicimos lo que pudimos bajo las circunstancias de aquel entonces”. Eso es lo justo, o la justa medida. En otras palabras, sin miramientos por nada ni nadie salvo sus intereses. Esto convierte a V en un justiciero, en un vigilante, en un forajido, en un outlaw, por fuera de la ley. O, también se puede pensar como alguien que busca poder abrir o crear el espacio – literalmente, volar un par de monumentos para construir algo nuevo – para otra ley y justicia. Cuando asesina a La voz de Londres – título nada inocente, ella habla por Londres y sólo ella – bien señala V: no hay tribunales para hombres como el comandante Prothero.

V a punto de consumar su Venganza

     Cuando leemos a Jacques Derrida hablando sobre la posibilidad de una justicia, nos parece que lo hace desde su lectura psicoanalítica, desde el caso por caso. Es esta la sensación que nos ha dejado desde que leímos Fuerza de Ley. Una oposición entre las posturas universalistas que pretender abarcar y meter a todos los sujetos en una categoría, discurso, ley o derecho, mientras que los hechos demostrarían que tal pretensión se queda sólo en eso, pues la particularidad de los casos y sujetos, bordean los límites y usualmente transgreden esas totalidades. Pero tal visión del sujeto tan singular apenas ha podido tener su lugar dentro de los consultorios de los psicoanalistas. Cómo darle lugar a esa singularidad en lo social, lo público o lo político es algo que no acabamos de resolver, tal vez todavía ni siquiera se ha comenzado a plantear. Quién sabe si se pueda hacer. O tal vez sí, cortando cada vez más finas las rebanadas del pastel, a riesgo de que se vuelvan tan delgadas que acaben por ser transparentes y desaparecer.

     Pero dejémonos de circunloquios y vayamos a lo que nos ha parecido más sustancial en esta lectura que hicimos de V de Venganza después de haber atravesado este seminario. Un terrorista hace explotar el Old Bailey, o el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales como lo conocemos actualmente, y como reacción ante esto – aparte del invento de noticias que ya mencionamos – el alto canciller dice a sus subordinados que deben encontrarlo y ¡enseñarle y demostrarle lo que es y significa el verdadero terror! El alto canciller se sabe capaz de producir más terror que el mismo terrorista. Eso que se sabe, pero no se dice: el terror del Estado puede, por mucho, superar el terror de los terroristas. Bestia y Soberano se confunden. Y vaya escena la que pone esto en pantalla. En un programa de TV, que ha logrado burlar la censura, al menos durante la transmisión de esos breves minutos, entra en escena un actor personificando al alto canciller Adam Sutler. El anfitrión le pregunta si ha logrado capturar al terrorista y responde que por supuesto, que todo está bajo control, mientras V realiza una serie de travesuras que acaban arrancando la risa del público ante el ridículo que deja al alto canciller. Este, ya molesto, ordena que atrapen al terrorista. Cuando lo hacen y pide que le quiten la máscara, oh sorpresa, ¡el terrorista es el canciller mismo! El terrorista y el canciller son la misma persona: especularidad ideal, sin resto. ¡Terror y Gobierno tienen el mismo rostro! El lobo con ropas de soberano. Canciller y terrorista se confunden, se funden, pero al mismo tiempo se acusan mutuamente: “él es el impostor”. ¿Que si hay alguna diferencia? Tal vez que uno está dentro de la legalidad – aunque sea injusta – y el otro por fuera de ella – aunque apele más a la justicia. Aunque hacia el final de la película, V marcará su distancia con respecto al canciller: ha encontrado un límite, tanto real como generacional, para sus anhelos de venganza.

     Y por supuesto, está presente el arma más poderosa y a la que de inmediato se recurre cuando se duda de si realmente se necesita un gobierno, o al menos ese que está en turno: el miedo. Motivo por el cual los ciudadanos eligieron a su gran canciller, renunciando a su libertad, a cambio de paz juraron obediencia, por un poco de tranquilidad prometieron silencio. El miedo es, junto con toda esta fabulación de hechos, el que creará las condiciones para que el ciudadano voluntariamente renuncie a su libertad. Sin saber, o sabiéndolo, pero desestimando, que el enemigo está en casa: “Qué tal si el peor ataque terrorista biológico cometido en este país no fue llevado a cabo por extremistas religiosos, sino por el gobierno”. Miedo y libertad van de la mano al momento de pensarlas. Evey, la protagonista, tiene miedo, incluso llega a delatar a V. Para que haya libertad no debe haber miedo. Con miedo no hay libertad, y si el miedo es la herramienta más poderosa del gobierno, entonces implícitamente no quiere que haya libertad. Todo se confabuló para generar miedo en la población y no pusiera mayor resistencia: crear un virus para probarlo contra el país mismo. Amigo y enemigo: Políticas de la amistad. Y después ofrecerles la vacuna como prueba de amor.

     Cuando por fin se puede ver en carne y hueso, de cuerpo completo, al alto canciller, y no a través de una enorme pantalla, luce como cualquier otro. ¡Era pura pantalla! Ante la muerte, no queda nada de ese poderoso, inamovible e implacable señor. Al igual que el comandante Prothero, es sólo un hablador ante la pantalla, que una vez frente a V, orina sus pantalones, a diferencia de V e Evey, que se colocan de diferente manera ante la muerte. Hay ahí una relación muy peculiar entre la entre la muerte y el poder. Los primeros la rehúyen, suplican por la vida, los segundos la asumen, mas no quiere decir que la busquen imbécilmente. Pero no entraremos en ello, nos hemos extendido un poco ya.

     Hasta aquí dejaremos nuestra lectura y escritura de V de Venganza. Se han quedado en el tintero muchas otras cuestiones a considerar; hemos tratado de presentar las que nos parecieron más relevantes. Nos hemos quedado con ganas también de incluir en este ensayo temas que podrían bordear el seminario: nuestra relación/postura con/ante la ley subjetiva y sus efectos y relaciones con otras leyes. La lectura y reflexión a la que nos llevó el seminario hacia el final: guiada por la primera sesión de La bestia y el soberano para acabar en Zaratustra. Esto fue un chispazo para releer algunos de sus fragmentos, apoyándonos en La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» de Martin Heidegger. Querríamos también incluir nuestra propia experiencia laboral al pasar por instituciones públicas, las lecturas de otras películas y novelas, las noticias que toman lugar estos días, como la de la Ley de seguridad interior, entre otras cosas. Al igual que V, hemos encontrado un límite, para nuestro trabajo.

     Para finalizar. Existe un momento en que Adam Sutler quiere producir más terror y miedo en la población para que esta sepa por qué los necesitan. Lo que ignora, es que para que opere la Ley, lo que “se necesita” es que muera el padre. El asunto-problema parece ser que muchos, algunos con mayores posibilidades que otros, pretenden ocupar su lugar nuevamente y gozar sin límites. ¿Quién no querría hacerlo, por imposible que sea? ¿Quién querría renunciar a ello y ser uno más entre tantos mortales? ¿Quién quiere gozar parcialmente? ¿Quién no quiere probar las delicias del poder? No son representantes de la ley, son la ley. Son el padre. Vivo y coleando. Intocables, no castrados. Al menos eso creen. Nosotros sabemos que no es así, ellos lo ignoran. Igual van a morir. Algunos dirían que es problema de ellos, sí, pero mientras, nos pasan a traer con sus decisiones, estupideces e ignorancia. Y vuelve entonces la pregunta que nos interpela, qué hacer ante eso.