Un último esfuerzo

Éramos amigos y nos volvimos extraños. Pero está bien así, y no nos lo queremos disimular y encubrir como si tuviéramos que avergonzarnos de ello […] creamos en nuestra amistad estelar, incluso si tuviéramos que ser enemigos terrenales.

— Friedrich Nietzsche

[Un último esfuerzo se inserta después de los textos Pináculo o cumbre y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, como parte de los capítulos que conforman la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un último esfuerzo que puede apreciarse por lo menos en tres sentidos: un último esfuerzo del psicoanalismo por querer sostenerse aún, por nuestra renuencia a renunciar a él, a pesar de su peso; un último esfuerzo para luchar contra él en una batalla más; un último esfuerzo por intentar «armonizar», articular ambas tendencias, para no abandonarlo, para conservarlos, pero de una manera distinta. Como se verá, los tres sentidos de este momento están reflejados en los siguientes tres trabajos. Dicho de otra manera, en cada uno de los trabajos la «intención» respondió a cada uno de estos puntos.

Jacques Lacan con uno de sus famosos puros retorcidos.
Jacques Lacan (1901-1981)

I) Los dos primeros trabajos son en relación con dos textos del mismo autor, Juan Manuel Martínez, un psicoanalista argentino que últimamente visita frecuentemente nuestro país. En ese entonces la maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM estaba por iniciar su primera generación y siendo uno de los docentes para formar parte de la planta de profesores de dicho posgrado, se me pidió que presentara su libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos[1], a propósito del seminario que también vendría a impartir en esos días: Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis[2]. Juan Manuel fue un nuevo —y quizá el último— respiro de aire psicoanalítico. Al final de su seminario recuerdo haberle reconocido que su trabajo era muy diferente a lo que había escuchado durante años y que su trabajo nos libraba de una serie de prejuicios y vicios que durante nuestra (de)formación psicoanalítica nos habían sumido en el conformismo. Este analista argentino era parte de lo que ahora podemos llamar la primera oleada del nuevo psicoanálisis del sur; tan chocoso, molesto e inoportuno que hemos mencionado anteriormente. Pero seamos más claro respecto a esto: lo que no soportamos es el entusiasmo que ensordece todas las demás voces. Los nuevos seguidores de este psicoanálisis del sur que, en sus vídeos, fotos de perfil de sus redes sociales, sus días de vacaciones y lindas imágenes, se las ingenian para poner en primer plano su nueva biblia: Otro Lacan[3]. Dicen haber descubierto la «verdadera» intención de la enseñanza de Lacan… a través de otro autor. Ahora son repetidores de sus nuevos maestros e ídolos: «Freud es como el Titanic y hay que dejarlo hundirse»; ¡siguen siendo creyentes! Lo único que hicieron fue asistir a un nuevo templo con un nuevo Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso no estamos repitiendo a Nietzsche o Zaratustra? ¿Acaso no nos reconocemos en eso que tanto criticamos y denunciamos? Sí, y quizá por eso nos resulta tan molesto, porque sabemos a dónde conduce esa vía. Seamos «justos», nosotros pasamos por ahí, y tal vez sea un transitar inevitable para todos. Nosotros, a diferencia de los que continúan en ese barco, hemos zarpado hacia otros mares.

El trabajo de Juan Manuel —sus textos, vídeos, seminarios— atrapó nuestra atención por varios meses. En realidad, escuchábamos un psicoanálisis distinto, aunque pensándolo bien, lo que nos llamó la atención era su estilo contestatario hacia las generaciones de psicoanalistas anteriores y lo ameno que resultaba escucharlo: coincidíamos en que era una enseñanza petrificada y somnolienta. Digamos que abría la posibilidad de pensar y estudiar nuevamente los textos psicoanalíticos desde otra perspectiva: que los textos de Lacan no son imposibles de leer, que el psicoanálisis no es una experiencia mística, que es posible entender de qué va un psicoanálisis sin necesidad de pasar por la experiencia, etc. Desafortunadamente para nosotros —a pesar de esta novedad—, ya estábamos muy lejos de esas sendas lacanianas y freudianas como para retomar la intensidad de su estudio nuevamente. Nuestros intereses se habían colado ya por otras grietas —o quizá haya sido al revés—. Esto no impedía darle seguimiento a su trabajo, pues también impartió algunos cursos durante la maestría de la que también nosotros éramos partícipes y circulaba por los pasillos y conversaciones lo que él hacía y lo que sus colegas argentinos estaban trabajando. Podríamos decir que era el único analista al que le prestábamos atención después de algunos años —durante nuestros cursos sobre psicoanálisis en la maestría y doctorado en el Colegio de Saberes no tenemos mucho qué decir, nosotros ya estábamos cansados de eso, quizá lo que sostuvo esos cursos para nosotros fue el estilo de los profesores: por lo menos no se empeñaban en descalificar otros saberes ni se mostraban inamovibles en relación con su saber—.

La presentación de su libro estuvo llena de elogios de nuestra parte —cosa que leemos nuevamente y nos sorprendemos de la hospitalidad que le brindamos; aquí debemos aclarar que cuando se nos pidió presentar su libro, no teníamos idea de nada sobre él ni sobre sus trabajos, lo conocimos el día de la presentación; desafortunadamente, cuando hubo una nueva presentación de libros unos meses después, esta vez, ya con mayores integrantes y fieles jurados del nuevo movimiento psicoanalítico del sur, una vez que las iglesias empezaban a tomar fuerza, se prefirió recurrir a otros lectores que a quien escribe esto—. Dijimos de Juan Manuel que era alguien que se arriesgaba a proponer definiciones dentro del psicoanálisis que podían caer en la vulgarización y cristalización; afirmaba que hay técnicas psicoanalíticas, cuestión altamente debatida; se proponía desengañarnos de lo que nos han dicho que Lacan dice, para mostrarnos que no es cierto, que hay cosas que Lacan nunca dijo pero hemos creído que sí; que la práctica psicoanalítica y los psicoanalistas varían por región o país; que conocía muy bien la obra de Freud y Lacan; que su escritura era clara e ilustrativa; nos ayudaba a entender y diferenciar las obras de Freud y Lacan, además de estas con las de los postfreudianos y kleinianos; era un texto que nos sorprendía y brindaba algunas respuestas; estaba abierto al diálogo con otras disciplinas, como la filosofía; sabía darle lugar a la importancia de la teoría dentro de la práctica; cuestionaba la práctica y la transmisión del psicoanálisis y el supuesto de que no tiene relación con la ciencia.

La estocada final llegó cuando unos meses después anunció un texto titulado Freud, lector de Nietzsche[4]. Nuestro entusiasmo no se hizo esperar, fue inmediato —estábamos emocionados, lo adquirimos el primer día de venta, queríamos saber qué tenía para decir este psicoanalista que había captado nuestra atención con su forma de trabajo de los textos lacanianos, y cómo leía y articulaba con los textos nietzscheanos, ¿se entiende a quién leíamos en ese entonces?—, pero hasta cierto punto efímero: teníamos cosas por decir y qué responderle a su autor, y de ahí surgió el texto siguiente.

II) Nietzsche en los márgenes freudianos[5] se produjo como una «defensa» del filósofo alemán, pues durante la lectura del texto de Juan Manuel identificamos algunos elementos que no nos parecían del todo precisos, aún con la libertad que toda interpretación permite. Nos pareció que no podíamos quedarnos callados ante tales dichos. Las imprecisiones en relación con la obra de Nietzsche y con los textos freudianos, y de la articulación de estos, nos animaron a escribir una respuesta tomando como «marco teórico» la deconstrucción derridiana y los Márgenes de la filosofía[6] de Jacques Derrida. Los textos freudianos no nos eran desconocidos, en relación con Nietzsche teníamos claros los puntos que había que aclarar, y el «método» marginal nos ofrecía una vía para la escritura. Estos tres elementos lograron una mezcla que nos permitió no sólo tener una respuesta al texto de Juan Manuel, sino descubrir hasta cierto punto que ahí se escondía una trampa bastante evidente para nosotros: él afirmaba que había leído la obra de Nietzsche, lo cual nos dejaba con serias dudas. Y no sólo eso, también eran evidentes algunos descuidos —que son fundamentales para nuestra argumentación— en relación con su lectura de los textos freudianos. Nos sorprendía aún más en la medida en que él mismo recalca en sus presentaciones que su estilo de trabajo es con citas, y son estas el principal problema del texto.

Hasta la fecha nos seguimos preguntando qué pasó: meros descuidos, deslices, desinterés, precipitación. Sólo él podría responder, pero no lo hizo. ¿Cómo lo tomamos, más allá de la respuesta que le dimos en el trabajo que escribimos? Que resulta sumamente difícil declararse ignorante respecto a ciertos temas; que resulta casi imposible  —para los psicoanalistas, por lo que hemos visto y escuchado— reconocer que se desconoce la obra de ciertos autores, y si se reconoce que no se la conoce es porque seguramente no es «importante» o «relevante»; que se cree saber lo que un autor quiso decir a partir de la lectura de unos pocos textos —quizá ni siquiera del autor en cuestión—; y que sobre todos ellos el psicoanálisis ha dicho más y mejor las cosas —ya sabemos que aquí vendrá alguien a decir que no es así—. (Para nosotros resultaba increíble que con aquellos que llegamos a comentarlo, desconocían las críticas de Derrida a los textos lacanianos. ¡Pero no eran capaces de reconocerlo! Situaciones algo extrañas). Creemos que por ahí fue la «lectura» de la obra de Nietzsche que hizo Juan Manuel: quizá creyendo que podría escribir sobre su obra a partir de algunos fragmentos —¡fragmentos!—. (Aunque tampoco sería imposible: Derrida escribió un libro a partir de una cita a pie de página del texto más famoso de Heidegger, según dicen). Claro que existe la posibilidad de que esto no sea así y que en realidad haya leído la obra nietzscheana y tuvo una serie de problemas y dificultades al momento de citarlo, exponerlo y ponerlo por escrito, además de los problemas que representaba Nietzsche dentro de la obra de Freud. Puede ser. De alguna manera este psicoanalista caía en algunas de las trampas que hasta el momento denunciaba: cuando se dice que tal autor dijo, aunque no se pueda dar referencia de dónde lo dijo. Trampas en las cuales también caímos durante nuestra pedantería psicoanalítica: nosotros los psicoanalistas lo sabemos todo, y si no, lo inventamos —nos dirán que no es así, está bien, para utilizar una de sus frases: no todos son así, es cierto, sólo recuérdese que aquí nos referimos al modo en que circulaba la enseñanza psicoanalítica, más que a las personas en concreto: y lo que se dice y circula, no debería olvidarse que fue dicho—. ¿Será que este aparentar haber leído una obra sea un resto también de esa formación de psicoanalistas que tanto critica Juan Manuel? Puede ser.

Cuando se publicó nuestro texto en la revista Reflexiones Marginales, escribimos un correo a Juan Manuel compartiéndole la noticia y anexando una versión del texto para una mejor lectura, al tiempo que solicitábamos sus comentarios y reconocíamos su trabajo —era evidente desde el momento que escribimos sobre él—. No recibimos respuesta. Un par de meses después regresaría a impartir otro seminario al que también asistimos. Un compañero que leyó nuestro trabajo en la revista nos señaló que era la oportunidad de preguntarle sobre ese asunto, pero no lo consideramos adecuado: no era el tema, y el momento para nosotros ya había pasado —considerando que, aunque el trabajo se publicó durante la primavera del 2019, nosotros lo habíamos finalizado desde finales del año previo—; después de todo, quizá nuestro correo nunca llegó o se quedó en el correo basura. Dicho de otra manera, ¿por qué ya no nos resultaba vital lo que tuviese que decirnos, que no es lo mismo decir que no nos interesara? —A ver analistas, interpreten: ¿caída del sujeto supuesto saber, caída de la transferencia, fin de análisis, resistencia al análisis, denegación, o qué le gusta?—.

III) Se realizó el Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis[7] —al primero ya hicimos referencia, en el que expusimos nuestro trabajo El coraje de hacer historia— y nuevamente participamos. Esta vez presentando formalmente la maestría, a pesar de que la primera generación ya estaba a medio camino. Como ya anticipamos, este tercer trabajo estaba impulsado por una especie de articulación o «reconciliación» entre los dos anteriores: ni una aceptación total e ingenua del nuevo psicoanálisis del sur ni tampoco el rechazo y la ruptura definitiva con el «viejo» psicoanálisis; podría haber tal vez una postura «intermedia». Y así lo intentamos. Resultaba muy claro el rumbo que empezaba a tomar la maestría: de los maestros invitados al primer coloquio no quedaba prácticamente nadie; y la tendencia iba hacia el «sur». En verdad intentamos esa reconciliación. Veamos tan sólo, para iniciar, nuestros autores de referencia: Alfredo Eidelsztein (!), Jacques Lacan y Sigmund Freud —¡Por fin nos queda claro que nuestra aversión es hacia los lacayos del psicoanálisis, o quizá hacia el «lacayismo»! Aunque no por esto aceptamos y participamos del movimiento «eidelszteniano» por un psicoanálisis científico—. Durante nuestra presentación recordamos el Primer Coloquio, así como la visita que había hecho aquel psicoanalista argentino a la ciudad de México. Ya desde entonces denunciábamos lo erróneo que nos resultaba la transmisión del psicoanálisis por la que habíamos pasado. En este sentido sí seguíamos a Eidelsztein: criticaba eso que él llama lacanismo, conocido también como freudolacanianos o poslacanianos, cuyo movimiento y enseñanza es sumamente conservador y cerrado a la novedad de la enseñanza de Lacan. Este lacanismo, según él, sólo se ha encargado de igualar la enseñanza del psicoanalista francés con la del médico austriaco, asumiendo que no existen novedades ni diferencias, manteniendo una serie de prejuicios que impiden la circulación y avance del psicoanálisis, principalmente de aquel que dice que no es ciencia.

Lacan había anticipado su fracaso, para él el inconsciente es lo nuevo y lo nuevo siempre[8], sin embargo, los psicoanalistas nos habíamos encargado de convertirlo en lo contrario, ahí fue donde fallamos todos: el inconsciente era lo mismo y lo mismo siempre, o, dicho de otra manera, el psicoanálisis ya no sorprendía a nadie, ni a nosotros mismos, no había espacio para la novedad, el asombro o la alegría. Se había vuelto, ya desde los años del auge lacaniano, en algo sumamente trivial, vulgarizado y archiconocido. No hubo novedad, a Lacan se le redujo a un comentador de la obra freudiana, a un «traductor» de la misma y de lo mismo. En ese sentido, nos sentimos muy cercanos a Lacan: no era posible la circulación o la producción de un pensamiento nuevo. La asimilación fue casi completa y total, se trataba de domesticar el pensamiento lacaniano e igualarlo al de Freud: Lacan es lo mismo que Freud, pero con otras palabras y desarrollos, pero en «esencia» no dice nada que el «maestro» no haya dicho o señalado. Un último esfuerzo para mantener vivo el psicoanálisis para nosotros, vamos, vayamos con el más representativo de este nuevo psicoanálisis del sur, escuchemos qué tiene para decir; tiene buenos argumentos, algunos muy consistentes, etc. Ahora que lo pensamos, estábamos reconociendo públicamente —ante los asistentes al coloquio— que nos alineábamos —que no es lo mismo que alienábamos— con el sentido que la maestría estaba tomando. Adelante, hagámoslo, si el psicoanálisis es siempre lo nuevo y lo nuevo siempre, y si ser lacaniano es retornar a Freud para ir hacia adelante y para que circule algo nuevo, por supuesto que nos subimos a ese barco. Pero una cosa era Alfredo Eidelsztein y otra muy distinta sus seguidores. Como sea, estábamos dispuestos, a reserva de algunas condiciones:

Salvaguardarnos de«creer que contamos con la enseñanza y lectura verdaderas. Nadie tiene la medida de tales cosas. Estoy seguro de que han escuchado esto una y otra vez, lo saben, saben que es así. No basta decir que hay diferentes lecturas, multiplicidad de sentidos e interpretaciones, es necesario decir además que el sentido está agujerado, al igual que la verdad. No hay sentido último ni ultimísimo de los textos. Estoy seguro de que saben todo esto. Lo interesante es preguntarnos si lo decimos por mera formalidad, porque se espera que se diga tal tipo de cosas en tal tipo de eventos o porque en realidad hemos caído en cuenta de que ninguna postura es [la] soberana. La segunda es que la posición de la maestría, que incluye a coordinadores, maestros y alumnos, esté sostenida sobre la lógica de sus argumentaciones. Es decir, que se sostenga sobre ese compromiso con las ciencias que Freud tantas veces expresó y practicó. Y no como los médicos y filósofos que rechazan, miden y critican desde su pasión despreciando la argumentación lógica. Iremos viendo si esta maestría, con todos sus involucrados, descansa sobre una «naturaleza intelectual» o sobre «fuentes afectivas». En otras palabras, que la apertura que exista en este espacio no termine volviéndose cerrazón hacia otras propuestas, desconociendo su multiplicidad y diferencia no oposicional. Una más, que más bien es un gusto. Que la solemnidad y la seriedad, por no decir otra cosa, que suelen asociarse con la práctica y pensamiento científico, no acaben por invadir el ánimo de los maestros y alumnos. Que el trabajo se lleve a cabo lejos de la pesadez y seriedad que acaban por matar cualquier intento de innovación o creatividad. Y, por lo tanto, acabarían por cerrarse al inconsciente. Me gusta pensar que si Epicuro hubiese conocido el psicoanálisis habría dicho igual que dijo respecto a la filosofía: cuando se psicoanaliza es preciso reír»[9].

Desafortunadamente —para nosotros— ninguna de estas tres tuvo lugar. El autor Eidelsztein y sus textos se convirtieron en el estandarte de las nuevas filas de beligerantes psicoanalistas: todo lo anterior era mentira, mera y pura charlatanería, por fin había llegado alguien cuya palabra era portadora de la verdad de Lacan —aunque digan que no hay referente para comparar las teorías, aunque digan que esto no es cierto, etc.—. En dicho estandarte se lee que la ciencia, la teoría y la investigación son parte de sus directrices, por lo que la seriedad científica les está dada en «automático», y quien no lo considere así, seguro no ha entendido la buena nueva del nuevo evangelio del sur. La mentira freudolacaniana del millerismo deberá caer, porque los portavoces de la novedad del pensamiento lacaniano y del nuevo psicoanálisis por venir han llegado. Es tiempo de que dejemos morir a Freud, que se hunda, avancemos, estamos cansados del mismo psicoanálisis una y otra vez, dicen. Sí, compartimos su cansancio, la pesadez de la tradición y enseñanza psicoanalítica, que necesitamos un pensamiento nuevo, que circulen otras y nuevas cosas; pero no compartimos su entusiasmo, ya no, y quizá por esto sabemos el futuro que nos espera en dicha institución. Por ahora estamos cansados de la batalla como para enfrascarnos en una más. Nosotros hemos puesto fin a nuestra guerra con el psicoanálisis que ustedes denuncian, en eso coincidimos, pero para nosotros no es necesario rellenar ese lugar de nuevo, colocar un nuevo becerro de oro, enlistarnos en un nuevo ejército, guerrear en batallas que no son las nuestras. Ese lugar se puede quedar vacío para nosotros, y si eventualmente se destruye incluso el lugar, mejor aún. Quizá sí seamos, como dice su Señor, unos «nihilistas intelectuales», no tenemos otra mejor forma de describirnos o clasificarnos en este momento, quizá en eso estemos llenos de dudas, y no nos interesa hallar certeza ni fundamentos para salir de este estado —¿no es por eso por lo que insisten en la cientificidad del psicoanálisis? ¿no es ese uno de los principales motivos por los que pelean, para poder lidiar con las dudas, incertidumbres, sin sentidos, vacíos, abismos, etc.?—, de lo que no dudamos es que habernos quitado ese pesimismo y pesadez del eruditismo del psicoanalismo nos ha abierto un panorama de la vida plural y colorido del que no teníamos ni la más mínima idea. El saber pesa, y cansa, y nos llevó a la aversión y venganza: redimirnos de ella, hacia allá apunta la ligereza.

Volvemos a leer el texto y recordamos el disgusto que pasamos cuando verificábamos el problema que tenía Freud en relación con Nietzsche: parecía que el maestro vienés se anticipó o fue ejemplo de eso que muchos psicoanalistas repetirían después de él: la arrogancia y soberbia de negar el reconocimiento o crédito a otros autores, o de pretender conocerlos, pero desestimarlos. Creerse genios, y algunos se creen igual de genios que su «padre» —y el nuevo psicoanálisis del sur empieza a producir efectos similares, sus seguidores quieren levantar el vuelo, pero la pesadez de su pedantería no se los permite—. Algo que notamos en esta relectura es que Freud tenía que hacer parecer que esos informes de Nietzsche le habían llegado por alguien más: Groddeck o el Hombre de las ratas —aquí no se menciona a Lou—, como si para él estuviese prohibido reconocer reconocerse como lector de Nietzsche. El texto de Juan Manuel nos aclara un tanto ese punto: era el temor y prejuicio de Freud hacia la filosofía, que se pensara que las influencias del psicoanálisis estaban cercanas a la especulación filosófica más que del razonamiento científico. ¿Por qué en otros momentos es capaz de reconocerles a los poetas o literatos el haber «llegado» antes que él a los «descubrimientos» psicoanalíticos, pero nunca lo hizo así con Nietzsche? ¿Qué queremos decir? Estábamos desilusionados, era la caída definitiva de Freud. Tal vez creemos en Zaratustra —que no es lo mismo que Nietzsche, no siempre— por su estatuto de ficción, porque Nietzsche mismo sabía que no se podría «confiar» en los hombres. Que, en definitiva, en los hombres —¿quizá en las mujeres?— no parece haber la posibilidad de esa transmutación.

Algunos dirán que ese problema ya está saldado y lo dejemos por la paz: ¡qué importa cuáles fueron las influencias y antecedentes del psicoanálisis freudiano, lo que importa es el descubrimiento del inconsciente y el tratamiento que se deriva de él! —En alguna ocasión le preguntamos a uno de nuestros primeros maestros psicoanalistas cuál era su opinión sobre el decir de cierto filósofo que expresó lo siguiente: «Muchas de las ideas de Freud sobre el hombre ya habían sido anticipadas por Thomas Hobbes, por ejemplo, aquella de que el hombre es el lobo del hombre». La respuesta que recibimos, sin que se dignara en voltear hacia nosotros, levantando el mentón y jalando su cigarrillo, fue: «Si era tan bueno y ya había anticipado eso, ¿por qué no inventó el psicoanálisis?». En otra ocasión con motivo de las grabaciones para la película Arráncame la vida en la ciudad de Puebla, basada en la obra homónima de Ángeles Mastretta, también pregunté: «¿Por qué cree que la protagonista actuaba así?» La respuesta fue: «Pues porque era vieja». Y así por el estilo—. Y estamos de acuerdo, porque para nosotros ese no es el problema, sino lo que subyace y que ha permanecido como parte de la transmisión en el psicoanálisis. Le dedicamos todo este espacio y «tesis» a este tema, pues en una disciplina donde predican ser los únicos que escuchan de otra manera la Alteridad, lo Otro, lo extraño, lo ajeno, etc., con lo que mayormente nos hemos topado, o, mejor dicho, lo que mayormente atestiguamos que circula, es la creencia fundamental de que sólo el psicoanálisis —y cada quien su psicoanálisis— vale, excluyendo precisamente eso con lo que supuestamente son hospitalarios. Así valió para nosotros durante un tiempo. Y ahora vuelve a valer, pero de otra manera. Y llegados a este punto ya no tiene caso exponer cuáles serían las posibles respuestas que nos darían para seguir defendiendo su postura. Apenas nos estamos recuperando del cansancio que había significado cargar con esas formas del psicoanalismo.


[1] Martínez, J. M. (2018b). Lacan: El concepto de Transferencia en los Escritos. (s/e).

[2] El seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis tuvo lugar durante los días 20 y 21 de abril de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[3] Eidelsztein, A. (2018). Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. (2a ed.) Letra Viva.

[4] Martínez, J. M. (2018a). Freud, lector de Nietzsche. (s/e).

[5] Ocádiz, E. (2019). Nietzsche en los márgenes freudianos. Reflexiones Marginales, Año 8, Núm. 50, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.) Cátedra.

[7] El Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en psicoanálisis se realizó el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[8] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós.

[9] Tomado del apartado La enseñanza del psicoanálisis en el CESTEM.

Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche (alt.)

Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto.

Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.

Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.

— Friedrich Nietzsche

[Este ensayo ya había sido publicado en esta página bajo el mismo título en dos partes: Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche I y II. Aquí lo repetimos con algunas modificaciones mínimas, como se mencionó al final de Espiritualidad nietzscheana, como parte de los trabajos que forman parte de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, sin embargo, ya conocíamos la imagen inconfundible de su autor y al menos una de «sus» ideas fundamentales: el nihilismo. Encontramos en aquellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad, que revivía en cada batalla y hacía de esta la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él —valga la anterior, lo conocíamos por «nihilista». El estilo y escritura de este autor sorprendió y reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento próximos a lo que imaginamos como el posible fin de un análisis. Sentimos que se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin necesidad de ninguna garantía metafísica y sin ayuda de dioses; sin recurrir a la exaltación de vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de «ejemplos de vida». Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que esto último significase dejarse morir, arriesgarse a lo tonto o consumirse en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue incorrecto y provocador, peleó contra la tradición filosófica y cuyos «delirios» fueron producto de la «locura» que lo sumió en el silencio al final de su vida. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento —metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos— ha sido imposible de detener.

Mi vida al límite, Reinhold Messner: aprender a vivir es imposible y necesario.
Reinhold Messner. Foto por Andreas H. Bitesnich

Un espíritu indomable —del tipo anterior— que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos y espontáneos, podemos encontrarlo en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner[1], principalmente en My life at the limit [Mi vida al límite][2]. Las diferentes alternativas en la traducción de este título reflejan muy bien sus posibles sentidos, ya sea la vida al límite como la vida en los límites. En este texto define su actuar de la siguiente manera: «I do things with a passion or not at all» [Hago las cosas con pasión o mejor no las hago; una traducción alternativa sería: Hago las cosas con pasión y sin ella; siendo claro en que es preferible lo primero][3]. En relación con el tiempo —pues todo esperar o no, actuar o no, sucede en y durante y es tiempo—, Messner busca precipitar la vida; está sucediendo a cada instante y toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo matarlo, pasarlo lo más rápido posible o les parece eterno: «Killing time gives me the horrors» [Matar el tiempo me aterra][4].Aquí nos preguntamos, ¿qué tanto matar el tiempo es matar la vida? Sin duda, el filósofo nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano la vitalidad y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que también hacemos nuestra, pues hasta nuestros días parece continuar vigente. Nos negamos a aceptar que los principales anhelos del hombre contemporáneo estén atravesados por la explotación y eventual destrucción de los recursos y energías —naturales y humanos—, sin ningún cuidado ni visión por un futuro. La pasión y utilidad de las cosas «inútiles» parece irse borrando poco a poco. Son numerosas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro[5] en 2010, debido precisamente a lo estéril de su práctica, un «deporte» que es considerado inútil por muchos: el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. «It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist» [Es sólo porque tengo el valor de sostener mis ideas, proyectos y aspiraciones que a menudo me tildan de egoísta][6]. El valor no es poco: sostener una práctica «inútil», pero vital.

Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue consciente del carácter improductivo que puede adjudicarse al montañismo de altura desde algunas perspectivas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en y con la vida: modelos prefabricados con los que hay que cumplir, encajar y encajonarse. «Fórmulas de éxito»: «¡Esto es vivir! ¡Nada de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!». Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil[7]. ¡Nos sorprendimos gratamente en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigos, Gaston Rébuffat, a quien comparaba con Friedrich Nietzsche en su modo de pensar y aproximarse a los retos y aventuras: «Gaston was remarkable for his self-confidence: no doubt he thought, like Nietzsche, that ‘nothing succeeds without presumption’. Thanks to his optimism he faced his chosen mountain with extraordinary calmness and cold-bloodedness» [Gastón era extraordinario por su confianza en sí mismo: sin duda pensaba, al igual que Nietzsche, que ‘sin atrevimiento, no existe el éxito’. Gracias a su optimismo se enfrentó a sus montañas con una calma y sangre fría extraordinarias][8]. Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura —en los museos de Reinhold Messner también se encuentran algunas citas del filósofo alemán—, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento del contexto de la época. Quizá sólo haya sido la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[9] la que llevó a Gaston a encontrarse con «el loco de Turín». Encuentro de dos «locos».

Puntos de encuentro si consideramos lo siguiente: comparten un estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas dentro de la filosofía y el montañismo de altura. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat —que acabó creando un estilo que lleva su nombre— coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos llaman asumir el deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV – El acto analítico[10]. Nunca desistieron de aquello que anhelaban o se vieron arrastrados a realizarlo o no pudieron hacer nada por impedirlo. Eligieron no esperar a que sus inquietudes —«que no llevarían a nada»— se desvanecieran.

Nuestros personajes se jugaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña, la enfermedad o el pensamiento: entre más cerca de la muerte una mayor intensidad en la experiencia de vida. El montañista italiano escribe: «It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible» [Es a través de resistir a la muerte que experimentamos lo que significa ser humano… El secreto está en el hecho de que sólo puedo tener las experiencias más intensas cuando me empujo hasta los límites de lo posible][11]. O «the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk» [El síntoma de mi enfermedad se define por un ansia de vivir que viene de poner mi vida en riesgo][12]. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, hombres excepcionales, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestras vidas. Si tomamos aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, nuestra más profunda intimidad o si lo hacemos desde condiciones que impliquen el menor riesgo y pérdida posible. Nos preguntamos si existe aún quien esté dispuesto al acto de decidirse así, en los límites de lo posible o más allá de él. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se está haciendo en su lugar. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo[13] lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir. Esto se entiende mejor si tenemos en cuenta que elegir el riesgo no implica elegir la muerte, aunque esta pueda ser una posibilidad. No se trata de un elogio de la muerte, que es lo que usualmente se cree cuando se habla de correr riesgos y transgredir los límites. Elogio del riesgo, arriesgar la vida, pero luchando por conservarla. Supuestamente empezamos a vivir desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.

Reinhold Messner y los 14 ocho miles.
Reinhold Messner por Matteo Costalonga

Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importante de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos dejado en claro nuestro reconocimiento hacia ellos y hacia sus actos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo sobre cómo vivir. Sus hazañas no dejan de maravillarnos y sorprendernos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. Pero no representan el camino a seguir, de lo contrario, tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil y en los límites de lo posible, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles —las catorce cumbres más altas del mundo— o conquistando las siete cumbres —tomando el modelo de siete continentes, corresponde a escalar la cumbre más alta de cada uno de ellos—. Seguir su ejemplo —hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón— sería «vivir de verdad», «por fin». Pero dudamos que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. ¿Es que aquí nosotros hemos aprendido de él? Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las «mejores» condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, hacia el final de su vida[14], reconoció que no lo había conseguido: aprender —y enseñar— a vivir es imposible, sin embargo, nada es más necesario que esta sabiduría. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar, corregir, orientar, curar, (es)coger bien y mejor, en pocas palabras normalizar la vida y el pensamiento para llevar una vida más satisfactoria y sana, sometiéndose a posturas ideales, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[15] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico del psicoanálisis, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar exponiendo nuestras ideas.

El psicoanalista francés critica cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo que puede ser controlado y dirigido a voluntad y placer: «Tú decides lo que sientes», «Solo tú decides si algo es capaz de afectarte o no», «Si te sientes ofendido, ése es tu problema», etc. Valdría preguntarse por los resultados de dicha tentativa para poner un poco de distancia ante tanta presunción: la educación —emocional o de cualquier tipo— es la solución para los malestares del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud[16]. Algo se revela en lo humano que le impide ser «educado» completamente. La trilogía de las utopías, o distopías, Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451[17], son un buen ejemplo traído desde la literatura: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

Reeducar y reaprender plantea un supuesto anterior —o futuro ideal— en el que se había educado y aprendido de manera correcta y, por uno u otro factor, ya no fue así: el alumno no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El «analista» sería un talachero de las emociones: él sabe cómo hacerlo. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, de enseñar y aprender a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo —¿el psicoanálisis no implica un «modelo» o «definición» de un sujeto, aun cuando se diga que un significante representa a un sujeto para otro significante? ¿Se propone alguna especie de tarea, meta u objetivo cuando propone asumir el deseo o actuar conforme a él?— . Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos «analistas», transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe imposible lo mismo que su práctica.

Enseñar y aprender es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Esta violencia, que en ocasiones es inevitable —instancias paternas e hijos—, no es sin la participación del que se coloca o es colocado como «aprendiz». Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. «Tú no sabes, déjanos ayudarte», «Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía». Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección de vida. Acaso «es» dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque andan en las alturas, los sentimos muy próximos. Algo nos dicen con sus vidas y actos que no tiene que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con el ejercicio de una violencia sobre otros.

Messer y el Yeti
Reinhold Messner y el Yeti por Matteo Paolelli

A propósito de la frase aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos —imposible no aprender como imposible aprender—. Jacques Derrida, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: «No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte»[18]. No dejó de señalar además su preferencia por las paradojas y las aporías. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su «método», la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni más explicaciones, esos son puntos de encuentro con Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

No dejarse morir y aprender a vivir —o aprender a morir— es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura, escribe: «I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity» [Siempre hice un testamento antes de salir de expedición: sabía que podía morir, pero lucharía como un león para que eso no sucediera. Si tuviese que quedarme en casa para siempre porque es peligroso ir a las montañas, no sería quien soy. Necesito esta actividad][19]. En contra del riesgo absurdo y la aventura estúpida, declara: «The real art of climbing is to come home safely» [El verdadero arte de la escalada es regresar a casa a salvo][20]. Y en relación con aprender por uno mismo, declara a propósito de sus logros en solitario: «I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone» [Viajé solo porque necesitaba saber si era capaz de realizarlo por mí mismo][21]. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, amarse en soledad: en estos puntos no vemos diferencia entre el filósofo que amó la lengua francesa tanto como la vida y el alpinista italiano, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos acaso considerarlos como «ejemplos de vida». Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron ¡porque nosotros no somos alpinistas de altura!, pero sí somos sujetos deseantes.

El Aforismo 260 de El caminante y su sombra[22] deja muy en claro que seguir a alguien, tan cerca o pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de anhelo. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por y para sus formulaciones —la honra no viene de expresar acuerdo, pues coloca a un mismo nivel—. Consentirle en todo le haría preguntarse en qué ha «fallado» al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo. Sin embargo, quizá en un inicio sí sea necesaria. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir —¡necesitamos un punto de partida!—, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser —no queremos ser— Vladimir y Estragon Esperando a Godot[23] hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

El viajero y su sombra también nos hablan sobre sus «instrucciones» o «secretos para vivir». Esta vez siguiendo el final del Aforismo 266 en que escribe que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida y superáramos mucho aburrimiento; aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello; aun así «ni siquiera entonces uno es maestro en el propio arte de vivir —pero al menos es dueño del propio taller»[24]. De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, guía, voluntad y, sobre todo, saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, y permanecer así. Seguir al caminante tan cerca y ser su sombra es negarse la aventura y el riesgo de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida —y salir de expedición— con los propios recursos. En otras palabras, aprender o enseñar a vivir es una experiencia de lo imposible, pero a la vez necesaria. Sentencia el caminante: «Para llegar a ser sabios hay que querer vivir determinadas vivencias, es decir, tirarse a sus fauces. Es muy peligroso, sin duda; más de un ‘sabio’ ha sido devorado así»[25].

De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado «razonablemente», ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos —¿queda claro que no son suicidas, que el verdadero triunfo y conquista es volver a casa sano y salvo?—. De haber seguido las «indicaciones», «instrucciones» y «consejos» de otros para «vivir», ni siquiera tendríamos noticia de su existencia. Pareciera que llega un momento en la vida en que pensar demasiado o pensarlo todo, impide vivir; pensar puede llegar a ser un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien, si hacemos caso a Freud. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones: el cuerpo y el deseo.

Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un fármaco para la existencia. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ídolo, un padre, un Godot. O quizá sí lo sea, una mentira útil. Como no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido y en soledad, para intentar descifrar esa incógnita sobre la vida y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo «construya», lo «descubra», o se «encuentre» con él. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

Un colega[26] nos comentó hace algunos meses —no sin cierto aire de desprecio, autoridad y «sabiduría»— que aquellos que realizan estas prácticas riesgosas, como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de «sublimación» de un «impulso suicida». O simplemente buscan la fama —tampoco están excluidos, seguramente los hay—. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor y actividad opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando «inconscientemente» morir. Al escuchar su comentario no pudimos evitar sentir cierta censura sobre aquellos personajes que ya mencionamos —Messner, Terray, Rébuffat—. Desde esa perspectiva reduccionista, todo queda muy claro y resuelto, se arriesgan demasiado porque buscan, sin saberlo, la muerte. Según este colega, o siguiendo más bien la «lógica» de su comentario, el «riesgo» debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo, parece algo «incorrecto» ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso nos suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad y multiplicidad de sus posibilidades. Amar, conservar y superar la vida, aunque para eso puede que uno tenga que morir —es una posibilidad—.

Se nos puede reprochar lo siguiente: «Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, otros han dicho y muchos han repetido. Incluso son los ‘ánimos’ que cualquiera puede dar y los encontramos cotidianamente» —¿por qué resulta una necesidad cotidiana tener que animarnos a vivir y resistir la muerte o a la tentación del suicidio?—. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo habían señalado, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de «ánimos» o no sale de una motivación común, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestro sentir y pensar. De esa simplicidad ingenua y cotidiana hemos querido distanciarnos: «La montaña es una metáfora de la vida», nada nuevo. Bueno, por más que lo sepan, quizá sea que sus montañas son más bien pequeñas colinas o incluso llanuras.

Quizá lo importante no sea que decir, sino cómo lo decimos o cómo llegamos a ello, cuál ha sido «el» camino recorrido. Vamos nuevamente a las montañas, esos «accidentes geográficos» que en ocasiones hacen metáfora de la vida y del pensamiento. Prácticamente cualquiera que cuente con los recursos necesarios —tiempo y dinero principalmente— puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura o de viajes que esté dispuesta a llevar a sus clientes. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es llegar a la cima, no vemos mayores problemas —nótese que no decimos conquistar la cumbre—. Pero si se trata del cómo, eso sí que es interesante. Reinhold Messner y Peter Habeler fueron los primeros en conquistar la cumbre del Everest sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la zona de la muerte, alturas donde el aire es sumamente ligero y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno artificial, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días —los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes— con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander —y ni siquiera estos se han salvado de la crítica tampoco, pues han hecho de la montaña nada más que una mera pista de velocidad—. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que el final es el mismo: que lo importante es llegar a la cima. No podría más que causarnos risa: no, no es lo mismo llegar a la cumbre que conquistarla.

No confundamos la meta con el camino. Y esto no significa ningún tipo de desprecio hacia la meta ni la hace menos. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, vamos a morir, aunque la mayor parte del tiempo no nos guste pensar en esto. Pero sólo algunos, como estos personajes, hicieron de su vida una «obra de arte». Existe un final común, y algunas vidas se quedan en esto último —¿que si tenemos algo en contra de eso? Si seguimos a Zaratustra, sí—. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llegamos a la muerte: descifrarlo en el sentido de inventarlo, arriesgando y experimentando, y no en el sentido de que ya existe un texto establecido que hay que traducir. O hacer del desciframiento el camino mismo —precisamente, de la experimentación—. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida, pues la muerte ya está «ganada».

Iniciamos este ensayo con el «nihilista» de Turín, así que terminemos igualmente con él citando otro de sus aforismos, en este caso el número 322 del texto ya citado: «La segura perspectiva de la muerte podría mezclar en toda vida una exquisita y perfumada gota de ligereza —y en cambio vosotros, extravagantes almas de farmacéuticos, habéis hecho de ella una gota de veneno con mal sabor, ¡que vuelve repugnante la vida entera!»[27]. La muerte no es enfermedad de la vida, como pretenden algunos predicadores del fatalismo; por el contrario, es su motor. Queriendo curar la vida, esos «farmacéuticos» no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, o de que Godot llegue, o mejor aún, de que la muerte se los lleve. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que lo consume. Dicen que «valdrá la pena la espera y el sacrificio» porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos del más allá, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda —Joaquín Sabina—, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida «un poquito». Porque un instante bastará —quizá— para justificar toda una vida.


[1] Véase el parágrafo 4 de los Pre-textos a Zaratustra de esta tesis: «Escribir quiere decir injertar».

[2] Messner, R. (2014). Reinhold Messner: My Life at the Limit (T. Carruthers, Trad.) Mountaineers Books.

[3] Ibídem, p.48.

[4] Ídem.

[5] El Piolet de oro es un premio anual otorgado desde 1991 por un jurado francés para destacar los hitos y/o trayectorias dentro del alpinismo de altura.

[6] Ibídem, p.199.

[7] Terray, L. (2001). Conquistadors of the useless (G. Sutton, Trad.) Mountaineers Books.

[8] Ibídem, p.47.

[9] La Orden Nacional de la Legión de Honor es la más prestigiosa de las distinciones francesas y fue establecida por Napoleón I de Francia en 1804; se concede a hombres y mujeres, franceses o extranjeros, por méritos extraordinarios realizados dentro del ámbito civil o militar en ese país.

[10] Lacan, J. (1968). Seminario XV – El acto analítico. Psikolibro.

[11] Messner (2014), p.83.

[12] Ibídem, p.84.

[13] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo (S. Hazan, Trad.). Paradiso.

[14] Véase por ejemplo Estoy en guerra contra mí mismo; entrevista que le hicieron semanas antes de su muerte. Fue una conversación con Jean Brinbaum y publicada por Le Monde el 19 de agosto de 2004. Existen varias versiones en Internet donde se puede consultar dicha entrevista.

[15] Lacan, J. (2009). La dirección de la cura y los principios de su poder en Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 2). Siglo XXI.

[16] Freud, S. (1991h). Análisis terminable e interminable en Obras Completas – Moisés y la religión monoteísta, Esquema del psicoanálisis y otras obras: Vol. XXIII (1937-1939) (2a edición) Amorrortu, p.249.

[17] Un mundo feliz de Aldous Huxley nos presenta existentes «humanos» que no desean más allá de lo que se les ha condicionado antes de nacer: trabajo, estilo de vida, nivel social, etc. Y son felices con eso, pues son capaces de ver la «felicidad» de su vecino y no sentir envidia por ello; al contrario, les resulta despreciable. En 1984 de George Orwell la policía del pensamiento se encarga de vigilar absolutamente todo lo que hace, dice, siente y piensa la población; la finalidad detrás de esto es ejercer y preservar el poder. Esta vigilancia por parte del Gran Hermano llega a prohibir expresiones y vínculos afectivos intensos como el «amor» que los protagonistas sienten; para poder vivir esto, deberán hallar la forma de sortear la censura y omnipresencia del Estado. Fahrenheit 451 de Ray Bradbury nos presenta una sociedad hipnotizada por la televisión y un profundo rechazo por los libros: estos son peligrosos, pues llevan a pensar y preguntarse si las cosas podrían ser de otra manera. Los libros son perseguidos y quemados cuando se encuentran, tarea de la que se encarga el bombero y protagonista de la historia. En el contacto con otros personajes, se preguntará por el sentido de su tarea. Esto lo llevará a darle un giro radical a la manera en que había dirigido su existencia hasta ese momento.

[18] Véase la nota previamente citada en relación con la entrevista Estoy en guerra contra mí mismo.

[19] Green, G. (2016, febrero 12). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Climbing. https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[20] Ídem.

[21] Ídem.

[22] Nietzsche, F. (2014). El caminante y su sombra en Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.443.

[23] Beckett, S. (2015). Esperando a Godot. Tusquets.

[24] Nietzsche (2014), p.445.

[25] Ibídem, p.456.

[26] El mismo al que nos referimos en apartados anteriores. Aquí repetimos la anécdota pues en aquel entonces no existía una visión de conjuntar estos trabajos o ideas en un sólo texto.

[27] Ibídem, p.460.

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis)

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba, que sigue al texto Injertos y explosiones, ya había sido compartido en Argonautas y puede leerse aquí.

Nietzsche tiene un estilo único e inigualable
Friedrich Nietzsche por Ruthasis

En la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, se añadió el siguiente epígrafe para este capítulo:

Lo primero que hace falta es vida: el estilo debe vivir. El estilo debe adaptarse en cada momento a ti, de cara a una persona bien determinada a la que quieras dar parte de ti. Antes de poder escribir, hay que saber primero con exactitud: que «esto es de lo que hablaría, y que lo expondría de éste y del otro modo». Escribir debería ser sólo una imitación.

El estilo debe demostrar que uno cree en sus propios pensamientos, y que no sólo los piensa, sino que los siente.

— Friedrich Nietzsche

El texto también puede consultarse donde fue publicado, es decir, en la revista literaria ESPORA, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades, en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.