¿Qué es la deconstrucción derridiana?

Definir la deconstrucción no es tarea fácil. Existen alrededor de esta algunos errores: reducirla a un método, crítica, análisis, etc.; abuso en la utilización del término en/desde la filosofía hasta la cocina; malentendidos o confusiones en lo que a sus «objetivos» se refiere; hacerla pasar como sinónimo de «destrucción»; etc. Como veremos, en algunas ocasiones resulta más fácil decir y apuntar lo que no es o lo que no le corresponde. Sin embargo existen algunas guías generales que pueden considerarse «propias» de la deconstrucción y que quizá nos ayuden a comprender esta estrategia de escritura y de pensamiento. A continuación presentamos algunos fragmentos, sin mayor comentario de nuestra parte, en los que Jacques Derrida y otros pensadores intentan clarificar en qué consiste tal estrategia.

En el texto Y mañana, qué…[1] encontramos una definición de la deconstrucción en la primera nota al margen del capítulo Escoger su herencia:

«Utilizado por Jacques Derrida por primera vez en 1967 en De la grammatologie, el término «deconstrucción» está tomado de la arquitectura. Significa deposición o descomposición de una estructura. En su definición derridiana, remite a un trabajo del pensamiento inconsciente («eso se deconstruye») y que consiste en deshacer, sin destruirlo jamás, un sistema de pensamiento hegemónico o dominante.

De algún modo, deconstruir es resistir a la tiranía del Uno, del logos, de la metafísica (occidental) en la misma lengua en que se enuncia, con la ayuda del mismo material que se desplaza, que se hace mover con fines de reconstrucciones movibles. La deconstrucción es «lo que ocurre», aquello de lo que no se sabe si llegará a destino, etcétera. Al mismo tiempo, Jacques Derrida le confiere un uso gramatical: el término designa entonces un trastorno en la construcción de las palabras en la frase. […] En el gran diccionario de Émile Littré puede leerse: «La erudición moderna nos testimonia que en una comarca del inmóvil Oriente, una lengua llegada a su perfección se ha deconstruido y alterado por sí misma por la sola ley del cambio natural del espíritu humano.»

Jacques Derrida (n. 15 de julio de 1930 – m. 9 de octubre de 2004)

Sin embargo, en Carta a un amigo japonés[2], Jacques Derrida escribe que la deconstrucción no se adecua, ni siquiera en francés, a ninguna significación clara y unívoca, por lo que su traducción a otra lengua aumenta las dificultades. La deconstrucción tampoco se adecua ni se limita a un modelo lingüístico-gramatical, semántico o maquínico; es más, estos modelos debieran ser «objeto» o «tema» de un trabajo deconstructivo. Estos modelos han dado origen a numerosos malentendidos sobre la deconstrucción pues en ocasiones se la ha reducido a alguno de ellos. La deconstrucción, continúa Derrida, tiene una apariencia negativa debido a su prefijo des- [que denota negación o inversión del significado del vocablo simple al que se añade]; y sin embargo «puede sugerir, también, más una derivación genealógica que una demolición».

Para Derrida, la deconstrucción no es un análisis porque el desmontaje de una estructura no llevará al encuentro o descubrimiento del elemento simple o de un origen indescomponible. Incluso el análisis debiera también ser tema de un trabajo deconstructivo. Tampoco es una crítica en sentido general o kantiano ya que «todo el aparato de la crítica trascendental, [es] uno de los «temas» o de los «objetos» esenciales de la desconstrucción».

Algo similar dirá en relación con el método: la deconstrucción no es un método y tampoco puede ser transformada en uno; mucho menos si se quiere acentuar la significación técnica que implica una metodología. En otras palabras, no es una instrumentalidad metodológica: no es un conjunto de reglas y procedimientos.

La desconstrucción no es siquiera un acto puesto que no corresponde a un sujeto individual o colectivo que la tomaría y la aplicaría a un objeto, un tema, un libro, un texto, etc. Tampoco es una operación pues implicaría que habría en ella algo «pasivo» o algo «paciente». No es por lo tanto algo que suceda como resultado de «la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad». La deconstrucción, más bien, tiene lugar; es un acontecimiento. «Ello se desconstruye. El ello no es, aquí, una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica. Está en desconstrucción […] Y en el «se» del «desconstruirse», que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma». Querido amigo, me doy cuenta de que, al intentar aclararle una palabra con vistas a ayudar a su traducción, no hago más que multiplicar con ello las dificultades: la imposible «tarea del traductor» (Benjamin), esto es lo que quiere decir asimismo «desconstrucción»»; la deconstrucción es lo más cercano a un idioma o una firma.

Para la deconstrucción «todos los predicados, todos los conceptos definitorios, todas las significaciones relativas al léxico e, incluso, todas las articulaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a esa definición y a esa traducción son asimismo desconstruidos o desconstruibles, directamente o no, etc. Y esto vale para la palabra, para la unidad misma de la palabra desconstrucción, como para toda palabra. De la gramatología pone en cuestión la unidad «palabra» y todos los privilegios que, en general, se le reconocen, sobre todo bajo la forma nominal.» Finalmente, ya que la palabra misma es deconstruible, entonces puede ser «reemplazable dentro de una cadena de sustituciones». Y esto también aplica, como es el caso, para las traducciones.

Portada del texto en francés De la gramatología de Jacques Derrida
De la gramatología (1967) de Jacques Derrida

Los autores del texto Jacques Derrida[3] denuncian el (ab)uso, bien o mal intencionado, del término deconstrucción como un mero sinónimo de «destrucción» (operación nihilista) o como antónimo de «construcción» (operación negativa), que se le da en la filosofía y llega hasta el cine y la cocina, y, asociado en algunas ocasiones, lamentablemente, con el posmodernismo. A pesar de las dificultades para otorgar el título de deconstruccionista, es claro que «no todo vale»: «todo estriba en una sutil diferencia de tono, de acento y de estilo […] proceder con toda minuciosidad, de prestar atención a las diferencias, por nimias que puedan parecer, o de poner en entredicho cualquier posible prejuicio que esté funcionando en un texto o en las lecturas del mismo. Por eso, la deconstrucción requiere, en todo caso, como diría Nietzsche, no sólo «saber manejar bien el arco y la flecha», sino, además, dominar «el arte de oír» así como el de «rumiar». No es un análisis, ni una crítica, ni un método; la deconstrucción hereda y asume la tradición filosófica occidental, y ya que «la herencia jamás es algo dado, [sino que] es una tarea», la reproduce transformándola y reelaborándola activamente.

La deconstrucción consiste en tomarse todo el tiempo, sin precipitarse, para releer los textos que  conforman la tradición filosófica occidental, de reescribir sobre y respecto de ellos, sin dejarlos intactos, «escrutando entre líneas, en los márgenes, escudriñando las fisuras, los deslizamientos, los desplazamientos, no con vistas a arruinar sus códigos sino a producir, de forma activa y transformadora, la estructura significante del texto: no su verdad o su sentido, sino su fondo de ilegibilidad y, a la vez, ese exceso, ese suplemento de escritura y de lectura que, interrogando la economía del texto, descubriendo su modo de funcionamiento y de organización, poniendo en marcha sus efectos, abre la lectura en lugar de cerrarla y de protegerla, disloca toda propiedad y expone el texto a la indecidibilidad de su lógica doble, plural. De ahí, la relevancia que tiene la práctica de la estrategia [el destacado es nuestro] para la deconstrucción, la cual, no siendo —como ya señalamos antes— un método, sin embargo «no excluye una cierta andadura que es preciso seguir». Y aunque se hable, por comodidad, de «la» deconstrucción, sería más preciso hablar de deconstrucciones: pluralidad que no permite una «monótona y programada repetición metodológica, procedimental», sino que más bien «traduce el acontecimiento inédito e irrepetible de deconstrucción que cada vez tiene lugar en cada texto.»

En Jacques Derrida: texto y deconstrucción,[4] la referencia a la deconstrucción se plantea nuevamente como una estrategia, y esta no es meramente una cuestión preliminar. Derrida define a veces su tarea deconstructiva como un «rechazo violento de los valores metafísicos, de todo lo que la filosofía ha querido-decir hasta ahora y que ha provocado la marginación de la escritura». En otras palabras «la de-sidementación… de todas las significaciones que tienen su fuente en la del logos», es decir «desedimentación del valor de presencia, de origen, de verdad; de la autoridad del sentido, de la voz, de la conciencia; de la concepción lineal del tiempo.» Esta labor permite «desmontar por completo el esquema tradicional de la cultura occidental y descubrir que, en todas las grandes creaciones de dicha cultura, existen siempre unas opciones implícitas y previas disimuladas detrás de los sistemas de pensamiento o de los juicios de valor que se pretenden más coherentes».

«Hablar de estrategia implica hablar de prudencia y de minuciosidad, pero también de destreza y de eficacia». La estrategia derridiana exige que la labor de la deconstrucción no tenga fin, pues no podría descansar en un hecho consumado. La deconstrucción no implica la destrucción de las oposiciones jerarquizadas de la metafísica ya que eso daría lugar a un simple monismo ahora en el lugar del dualismo inicial. La inversión de las jerarquías («fase de inversión«) no es para otorgar ahora la jerarquía y primacía al término devaluado antes de dicho movimiento, ya que eso sólo reproduciría el esquema «metafísico dualista». Lo que la labor deconstructiva y la estrategia derridiana exigen es «transformar la estructura misma de lo jerárquico». Y sólo en ese sentido, según la autora del texto, podría hablarse de una estrategia general de la deconstrucción.

Por otro lado, Carmen González Marín escribe la Presentación de Márgenes de la filosofía[5], de la cual tomamos las ideas siguientes en relación con la «definición» y el «método» de la deconstrucción derridiana.

La deconstrucción se resiste a una definición definitiva y no constituye un método, a pesar de su uso equívoco en muchas ocasiones. La lectura deconstructiva trata de dar con el desliz textual en el que se manifiesta que el significado del texto no es justamente el que se está proponiendo, sino otro acaso contradictorio. La deconstrucción busca la aporía: puntos oscuros o momentos de autocontradicción donde un texto traiciona involuntariamente la tensión entre la retórica y la lógica, entre lo que quiere decir manifiestamente y lo que no obstante está obligado a significar. Se pone de manifiesto que el significado de un texto no está en función de unos sentidos preestablecidos para cada término y unas reglas sintácticas con cuya ayuda se construyen enunciados.

Para llevar a cabo una lectura deconstruccionista se debe atender a las zonas marginales del texto, las notas a pie de página, los trabajos poco relevantes, los lugares, en suma, en que la vigilancia de quien escribe es menor. El interés por la marginalidad es una señal de la indecidibilidad acerca del espacio donde hallar la verdad, o el sentido, y no un deseo filológico de rastrear en lo desapercibido meramente. No se trata de convertir lo marginal en lo central, sino poner de manifiesto que lo central y lo marginal se manifiestan en un único territorio: el de la textualidad.

La estrategia deconstruccionista hace patente que la escritura está afectada de esas eventualidades indeseables: ambigüedades, metáforas, etc. Derrida arriesga una hipótesis: esos deslices textuales no son meramente una característica desgraciada de la escritura como representación del habla, sino la esencia misma del lenguaje como tal. El valor de verdad de un enunciado no está garantizado por la ligadura de éste y un sujeto emisor; como en la escritura, el emisor y su mensaje están siempre necesariamente distanciados por la propia esencia del lenguaje.

El mito idealista de la presencia del significado en la mente del hablante ha sido tradicionalmente el soporte de toda una serie de oposiciones valorativas. El objetivo primordial de la deconstrucción es desmontarlas, y no para sustituirlas por otras, su hallazgo es el funcionamiento real del lenguaje.

González Marín también entrevistó a Derrida, tomamos los siguientes comentarios de Jacques Derrida: Leer lo ilegible.[6]

Según Derrida lo que hoy se denomina deconstrucción es algo que ya estaba operando desde hace mucho tiempo en la filosofía o la cultura occidental bajo otras denominaciones. Y una vez que la deconstrucción «comienza a operar ya no es posible seguir concibiendo la actividad filosófica como la búsqueda de la certeza, sino más bien como una estrategia de lectura-escritura, que tiene lugar no sobre un conjunto de problemas sino sobre textos» […] «La deconstrucción no es tan solo un discurso, o una mera crítica, un comentario, un metalenguaje sobre un objeto literario; existe una escritura deconstructiva, y si el que la practica tiene en efecto cierta relación con la lengua y la ficción, lo que produce, en el mejor de los casos, no es ajeno a la literatura. En el mejor de los casos es posible una escritura deconstructiva y literaria. Pero esto no quiere decir que baste con manipular ciertas recetas deconstruccionistas para hacer, primero, deconstrucción y, luego, literatura.»

En relación con el «método» encontramos ideas que confirman lo que ya hemos expuesto anteriormente: «la deconstrucción no puede dar lugar a lo que se denomina un método, un corpus de reglas y de técnicas que se puedan deducir según operaciones aplicables mecánicamente»; o como lo habíamos dicho anteriormente, no puede decirse que sea un método, mucho menos si la importancia reside en su técnica.

Llegados a este punto, podría pensarse que cualquier escritura, lectura y experiencia podrían ser deconstructivas. Afortunadamente, encontramos una advertencia por parte de Derrida: «Esto no quiere decir que la deconstrucción sea simplemente una especie de empirismo fiado a la subjetividad de cada uno. Existen reglas, hay reglas generales que yo he tratado de enunciar, de las cuales algunas se toman para crear procedimientos; pero son reglas que, en primer lugar, no se pueden reunir en un sistema. No hay un sistema de reglas. Estas reglas ordenan respetar lo otro, la especificidad del idioma, la singularidad de la obra, y deben dar lugar a una reinvención en el análisis de cada obra. No solamente una reinvención que se ajuste a la unicidad de la obra, considerada como si fuera un objeto sincrónico (por ejemplo, si uno se interesa en tal o tal texto de Mallarmé como un objeto que es un objeto definido); la regla es sobre todo describir un texto ligado al idioma de forma singular y única. No hay instrumentalización posible, una instrumentalización total. Siempre la hay hasta cierto punto, claro está, pero no es una formalización total de nuestra propia relación con la lengua y la escritura. Para esto es preciso inventar cada vez nuestra firma. No puede ser un método que se enseñe simplemente en las escuelas.»

Además, en cuanto a la relación entre deconstrucción y traducción, Derrida dice que el texto traducido aporta otra cosa, pero otra cosa que está en relación consigo misma. Una paradoja en la cual se ha interesado y en la que trabaja, al momento de la entrevista, todo el tiempo: «Cuando escribo siempre pienso en la traducción. Para mí, entre la deconstrucción y la experiencia de la traducción existe una afinidad esencial.»


[1] Derrida, Jacques, y Élisabeth Roudinesco. Y mañana, qué… Trad. por Víctor Goldstein, 2a ed., Fondo de Cultura Económica, 2009.

[2] Derrida, Jacques. El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. Trad. por Patricio Peñalver y Cristina de Peretti, Proyecto A Ediciones, 1997.

[3] Peretti, Cristina de, y Paco Vidarte. Jacques Derrida. 1a ed., Ediciones del Orto, 1998.

[4] Peretti, Cristina de. Jacques Derrida: texto y deconstrucción. Anthropos, 1989.

[5] Derrida, Jacques. Márgenes de la filosofía. Trad. por Carmen González Marín, 2a ed., Cátedra.

[6] González Marín, Carmen. Jacques Derrida: leer lo ilegible, «Revista de Occidente», Nº 62-63, 1986, págs. 160-182

La exigencia del pensamiento o Pensamiento de altura

     Escribiremos dos notas a partir de Escoger su herencia, primer diálogo del texto Y mañana, qué[1] de Élizabeth Roudinesco y Jacques Derrida. La primera en relación con la difícil y ardua tarea que representa estar a la altura, sofisticación y complejidad de grandes pensadores. La segunda, en conexión con la primera, sobre lo fácil que resulta desacreditar el pensamiento y obra de algunos de ellos.

Elizabeth Roudinesco y Jacques Derrida, autores de Y mañana qué
                                      Elizabeth Roudinesco y Jacques Derrida

     Hablar y escribir para opinar sobre algo o alguien implica una toma de posición. Nosotros, con lo poco que sabíamos entonces, y no debido a sus textos, ubicábamos a Jacques Derrida como un filósofo crítico de Jacques Lacan, sólo eso. Esto significaba que sin conocer su obra o exactamente en qué le criticaba, para nosotros resultaba suficiente saber que existía cierta distancia entre las posturas de ambos pensadores. Esto, por supuesto, no descartaba para nada la obra que desconocíamos del primero; actualmente, ya que lo leemos, su obra nos ha inyectado con un estímulo renovado para repensar ciertos temas. No fuimos los únicos que redujimos así las cosas, que nos quedamos sólo con lo que otros decían de él. El pensador argelino da cuenta de esa simplificación y error a la vista de los extranjeros, dentro de los cuales nos incluimos: “Todos estos autores [se refiere a los pensadores parisinos de los setenta] parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo”.[2] Nada más fácil, como lo hicimos, que clasificarlo o ubicarlo en cierta línea de pensamiento, en determinada época, en una disciplina, dentro de algún grupo político o nacionalista, en relación con quién están de acuerdo o en oposición, etc. Pero, aún revisando su obra, ¿quién es capaz de esa lectura que requiere la “precisión” que podría haber evitado la irritación del filósofo? ¿Quién tiene esa lupa para poder encontrar ese “pelo” del cual dependen las “separaciones más radicales”? Incluso, ¿quién lee, salvo tal vez aquellos que se dedican a la investigación, con el ahínco y dedicación con que este filósofo trabajaba?

      Sobre su forma de trabajar el filósofo expresa: “en ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento”[3] y “en los textos ‘deconstructores’ […] siempre hay un momento en que declaro, con la mayor sinceridad, la admiración, la deuda, el reconocimiento y la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente.”[4] Tal veneración, respeto y seriedad por lo que deconstruyó, nos parece admirable dado que no lo encontramos en otros trabajos, salvo algunas excepciones. No se trataba de escribir sobre algo con lo que estaba de acuerdo y punto, o donde las diferencias fuesen insignificantes, sino donde el autor buscaba captar el “momento dogmático”, ese pelo de las “separaciones más radicales”. ¿Cuántos podemos llevar a cabo una tarea de tal altura y con tal respeto? ¿Cuántas veces, al contrario, hemos expresado nuestra distancia, desprecio o descalificación aniquilando textos y autores sin leerlos siquiera o conformándonos con lo leído, dicho y escrito por otros?[5] ¿Cómo poder construir una crítica u objeción, conociendo con precisión el texto, sin destruirlo y reconociendo la deuda con el mismo? ¿Cómo “deshacer, sin destruirlo jamás, un sistema de pensamiento hegemónico o dominante”[6]? ¿De qué manera tomar posición frente a grandes pensadores sin caer en razonamientos simples y elementales? ¿Estamos dispuestos siquiera a acercarnos a un trabajo como la deconstrucción, con tal responsabilidad? Sin duda es una tarea para pocos.

      Jacques Derrida menciona que esos debates, a la vista común, parecen ser “bien sofisticados” o “inútilmente sutiles”, ante lo cual no tenemos nada que objetar. Debates demasiado especializados, por decirlo de otra manera, de una exigencia de trabajo monumental que le permitía distanciarse o acercarse a diferentes autores, a diferencia de la opinión común o de los meros aficionados que no captamos tales sutilezas. Como mencionamos más arriba, para nosotros, Jacques Derrida era un crítico de Jacques Lacan, pero nos sorprendemos cuando el primero dice: “Permanezco a su lado [de Jacques Lacan o de Michel Foucault] en el movimiento general de lo que se llama la experiencia o la exigencia del pensamiento”[7], o cuando expresa “en ciertas situaciones soy el aliado de Lacan contra otros; en otras, objeto a Lacan”[8], también “por eso me sentí – y lo sigo estando – más cerca de Lacan que de Foucault”[9], y “por lo tanto, con relación a esto [el amor por la lengua francesa], me siento más cerca de Lacan que de todos los demás”.[10] Cuánto se ha de conocer y revisar una obra para poder ubicarse frente a ella, heredarla sin dogmatismo, reconocer sus límites, criticarla, respetarla y hacerla vivir de otra manera. ¡Y aún con esto, reconocerse insatisfecho y por momentos desconsolado, como reconoce el filósofo! Ahí donde veíamos simplemente a alguien que no coincidía con el psicoanalista francés, encontramos en sus propias palabras una cercanía que nunca hubiésemos imaginado. ¿Cuántos pueden hacer esto? Por lo visto no lo hicieron los autores de La pensée 68 quienes en su “razonamiento [que] es de un simplismo pasmoso”, les habría resultado imposible haber revisado con tal cuidado y esmero las obras y autores que se empeñaron en desacreditar en tal obra.

     En este punto resulta como consecuencia preguntarnos si necesitamos entonces estar al nivel y la altura de los trabajos y pensamiento del filósofo argelino para poder decir algo sobre alguna obra o autor, y tener así bien claras nuestras distancias y acercamientos. Somos honestos y reconocemos que no estamos a tal desnivel para la tarea. ¿Es mejor, entonces, no decir nada al respecto? ¿Esperar hasta que uno esté bien leído e informado sobre una obra? ¿Sólo la opinión del investigador, especialista y estudioso será digna de atención? ¿Que no hable aquel que no ha leído, que no “sabe”, que no entiende? ¿En la palabra de quien “creer”? ¿Cuáles son los pensamientos y producciones “autorizados” y para quién? No existen respuestas únicas para estas preguntas. Qué posición tomar ante eso es también parte del trabajo, pues si nos consideramos herederos de la obra y pensamiento de Sigmund Freud, por ejemplo, entonces: «Únicamente un ser finito hereda, y su finitud lo obliga. Lo obliga a recibir lo que es más grande y más viejo y más poderoso y más duradero que él. Pero la misma finitud obliga a escoger, a preferir, a sacrificar, a excluir, a dejar caer».[11] Aún abarcando la obra completa de Jacques Derrida, o de otro (Sigmund Freud, Jacques Lacan, Martin Heidegger), son sólo algunos fragmentos los que nos eligen, nos recortan, y sobre los cuales escribimos y pensamos, dejando de lado otros igualmente ricos y relevantes, pero que no nos resultan tan apasionantes. Como seres finitos, obligados a elegir, con un tiempo restante x, no podemos esperar “mejores condiciones”, “mayor saber”, “escribir mejor” etc. para empezar. Tal vez el único requisito que no se puede excluir es ese donde coincide el filósofo con el psicoanalista: la experiencia o exigencia del pensamiento.

   Vayamos ahora a nuestra segunda nota, la cual ya hemos rozado implícitamente. Un trabajo tan fino y delicado, como la deconstrucción, que no busca herir ni aniquilar, capaz de hacer vivir los textos de manera diferente heredándolos y a la vez distanciándose de los mismos, siéndoles fiel e infiel a la vez, merece nuestro reconocimiento, sobre todo en comparación con lo siguiente. Nos referimos a comentarios y trabajos que sorprenden por la facilidad con que son hechos y la certeza que aparentan aquellos quienes los enuncian para desacreditar alguna teoría o autor, o descalificar una teoría descalificando a su autor. Rara vez se desautoriza al autor por medio de su teoría. Sabemos del ostracismo que vivió Martin Heidegger debido a su “nazismo”. Situación aproximada a la que por momentos experimenta la obra de Friedrich Nietzsche en su exaltación de cierto tipo de raza. El rechazo de la filosofía alemana por parte de la academia francesa durante y después de la segunda guerra mundial. La crítica de La pensée 68 que pretendía borrar a esos pensadores “enemigos de la democracia”. Los ataques al mismo Jacques Derrida por su cercanía con el filósofo de la selva negra. Señalar que Sigmund Freud consumía y recetaba cocaína como motivo suficiente para tirar por los suelos sus investigaciones o que debido al ambiente y núcleo familiar en que creció, le fue fácil concebir ideas que plasmaría como teorías. Ni qué decir del autoritarismo y celo que mostraba con su trabajo y grupo. O de la profunda “adicción” a los puros. Que los escritos de Jacques Lacan “no dicen nada” o que su estilo es incomprensible, y en el peor de los casos, es un charlatán, así de simple. Por cierto, nunca, ni una sola vez, hemos escuchado que se intente aniquilar, siquiera criticar, la obra de Michel Foucault debido a su homosexualidad. ¡Por qué la discriminación en este caso! Nos disculpamos por el brinco que a continuación haremos, pero esto nos parecería tan absurdo como descalificar la obra musical de Freddy Mercury por la misma situación. No son pocos los que han apreciado y reconocido algunas producciones para luego rechazarlas al enterarse de situaciones personales del autor. Recordamos la escena en Billy Elliot cuando el padre del bailarín en potencia se sorprende al descubrir “lo que es” Wayne Sleep[12]. Sabemos del lazo inseparable entre vida y obra del autor, pero no lo utilizamos con estos fines, ni justifica esos tipos de comentarios. ¡Dejemos también de leer a Charles Bukowski por borracho, entonces! Claro, algunos nos dirán que no hay comparación porque unos pretenden “seriedad académica” y otros producciones artísticas o literarias, por lo tanto, no son lo mismo y la comparación está fuera de lugar. ¡Y tal vez tengan razón, estaríamos de acuerdo hasta cierto punto! Pero para tal clase de críticas, no importa de qué se trate.

     Estos “adversarios del pensamiento” que buscan “desacreditar a cualquier precio” nos han desbordado. Escribimos sobre esto para colocarnos y responder, cuando sea necesario y preciso, de otra manera desde ahora. Si aceptamos a Jacques Derrida como un pensador de altura, cuya obra es un claro ejemplo, es por no haber caído en lo bajo de aquellas críticas huecas, y no por eso menos creídas y “autorizadas” que ante la auscultación del martillo revelan sus entrañas llenas de aire. Así como él buscaba el “momento dogmático”, creemos que estos “críticos” buscan, si es que buscan porque más bien parecen repetir, el momento censurable o reprochable de la obra o del autor ¡desde la moral, las buenas costumbres, la tradición, lo políticamente correcto, la geografía, la institución, los prejuicios, la historia! ¡La experiencia del pensamiento, si se pretende lo más libre posible, estará siempre a distancia de tales posturas! ¡Lo contrario nos resulta una ofensa para el pensamiento! La herencia consiste en liberar de sus propios límites un concepto, pero sin destruir su memoria, en recibir una herencia sin ser dogmáticos, serle fiel e infiel a la vez: hacerla vivir de otro modo: deconstruir sin aniquilar (hasta donde sea posible). Nosotros nos declaramos herederos principalmente de Sigmund Freud, y de otros, y de Otro. Y responder por ello no es nada fácil. Por eso nos resulta tan cómico cuando, a propósito del día del psicólogo, los psicólogos y las escuelas de psicología hacen diversas referencias al psicoanálisis en una especie de reconocimiento del cual sostenerse, de dónde agarrarse, pero que en general, critican, vituperan e ignoran mayormente el resto del año. Pareciera que les sienta y viene bien aquel encuadre de la persona recostada sobre un diván y el “terapeuta” detrás en su sillón tomando notas. Les viene bien aquello que favorezca la apariencia, el semblante del saber ser y hacer. ¡Pero ponerse a leer y trabajar los textos del padre de tal dispositivo, no! ¿Para qué llevar a cabo un trabajo tan sofisticado que sólo será accesible a unos cuantos o donde las diferencias serán inútilmente sutiles? Lo más lamentable es que ni siquiera lo hacen para confrontar todo aquello que toman por verdadero de sus maestros, amigos y “especialistas”, en una especie de transmisión dogmática.

     Han existido algunos intentos serios por descalificar o “revisar” al maestro vienés, o al loco de Turín, por ejemplo, sin embargo, también “hay espíritus que enturbian sus aguas para hacerlas parecer profundas», como escribió el segundo. Si se pretende “profundidad” en los “argumentos”, la deconstrucción de Jacques Derrida es un ejemplo de una forma de trabajo y reflexión que se requiere para poder pensar y hablar rigurosamente. Después de todo, no estamos sobre un diván para no detenernos a pensar lo que decimos y escribimos.

[1] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.) (2a ed.). Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica

[2] Ibidem, 19

[3] Ibidem, 12

[4] Ibidem, 13

[5] Estamos seguros de que existen “niveles” y por lo tanto creemos que no cualquier obra da para un trabajo de ese tipo.

[6] Ibidem, 9

[7] Ibidem, 16

[8] Ídem.

[9] Ibidem, 20

[10] Ibidem, 22

[11] Ibidem, 13

[12] Wayne Sleep empezó a ganar fama al ser el bailarín de más corta estatura en ser aceptado en la Royal Ballet School. Actualmente vive con su pareja José Bergera.

*Imagen tomada de: Derrida en castellano