Retornos y descensos

Éstos quieren jugar a los dados y aquellos quieren contar y calcular, y esos de ahí quieren ver bailar: lo llaman ciencia, y sudan con ella. Pero no son más que niños que quieren su juego —y ciertamente es una bonita niñería, y algo de risa le sentaría dulce al rostro de los jugadores.

La pedantería del esclavo y del no-artista como fe en la razón, en la finalidad.

Los lógicos y matemáticos y mecánicos y su valor. ¡Cuánto embuste domina también aquí!

— Friedrich Nietzsche

[Retornos y descensos es el antepenúltimo capítulo de los Prolegómenos y sigue a los trabajos presentados en Un último esfuerzo (cont.): Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos; Nietzsche en los márgenes freudianos y La enseñanza del psicoanálisis en la maestría en clínica psicoanalítica del CESTEM]

1.

Un cartel que invita a un seminario en la ciudad de Puebla durante el mes de enero de 2020, ideal para iniciar el año: El dolor de existir. Sus contenidos rezan: 1. Dolor y subjetividad, 2. El dolor de existir: entre la melancolía y el deseo, 3. Aburrimiento-apatía-angustia, 4. Goce y sufrimiento: de la clínica del vacío a la falta. Impartido por reconocido psicoanalista miembro y fundador de diversas asociaciones y posgrados, autor de tres libros, etc. — Y pensar que por un momento consideramos que los pesimistas éramos nosotros, y que todo había sido invento nuestro. ¿Somos prejuiciosos? ¿Cómo es posible que nos dejemos llevar sólo por los títulos? Puede ser, pero a estas alturas no queremos «demostrarlo» más, al menos no dentro de ese psicoanálisis en particular. ¿Cómo, que ahora nosotros somos los que ya no escuchamos, que caemos en eso mismo que criticamos? Al contrario, ya hemos escuchamos acerca de eso durante mucho tiempo. ¿Qué dices, que querríamos entonces un seminario sobre cómo ser feliz y no morir en el intento? Habría que ser ingenuo para querer algo así, como también habría que serlo para estar insistiendo en lo contrario, una y otra vez. Bueno, quizá estamos siendo demasiado duros, después de todo son seminarios de difusión y siempre habrá que estar introduciendo a las nuevas generaciones en los «modos» y «temas» del psicoanálisis. Será inevitable repetir y retornar a ellos en algún momento, indefinidamente. Por supuesto, el problema para nosotros fue que durante diez años el psicoanálisis era lo mismo y lo mismo siempre: dolor, sufrimiento, melancolía, aburrimiento, apatía, angustia. Y parece que sigue. —

2.

¿Se necesita de los psicoanalistas para saber sobre el dolor de existir y los fracasos del amor? No, es obvio que no, si se asiste a esos seminarios es para saber «por qué» sucede así, y el psicoanálisis tiene una «explicación» para eso. ¿Explicaciones? Eso implicaría un saber sobre eso: el dolor, la existencia y el amor. No, ya no queremos acumular saberes ni «explicaciones». El saber nos cansa y el eruditismo nos resulta demasiado pesado para continuar nuestro viaje. Además, quién tiene la medida de tales cosas, ni siquiera los biólogos ni los físicos cuánticos pueden «explicar» qué es la vida —que no es lo mismo que explicar cómo se reproducen los seres «vivos» que buscan aprender a vivir, y los que no también—. Hablan de la existencia y del dolor, quizá para contrarrestar o cuestionar algunos ideales, vale, pero de ahí pasan a cosas igual de desagradables, es decir, pareciera que siguen en lo mismo, pero, dicho de otra manera: la vida es un gran peso. Qué difícil se nos presenta la redención de la venganza, poder decir que así lo quisimos, lo queremos y lo querremos: nuestro tránsito por nuestro peso más pesado hasta ahora.

3.

Otro cartel para otro seminario impartido por el mismo psicoanalista, pero esta vez en Torreón, Coah.: Los fracasos del amor (Celos y Violencia en la pareja). Los contendidos rezan: 1. Los mitos del amor, amar sin mitos, 2. Esos hombres y esas mujeres de hoy, 3. Los celos y la envidia: dos afectos del vínculo, 4. La violencia en la pareja, una forma de relacionarse. ¿Qué dices, que entonces querríamos un seminario sobre consejos para llevar un buen matrimonio, para vivir en pareja? Por supuesto que no. Déjame contarte que ayer vi una película tremenda: Clímax, de Gaspar Noé —seguro te suena por aquella brutalidad de Irreversible con Mónica Bellucci y Vicent Cassel, en fin—, y una de sus frases finales dice: La vida es una imposibilidad colectiva; seguro te recuerda la parábola de los puercoespines que Freud retoma de Schopenhauer, o quizá a Zaratustra y su gusto por la soledad. Pero sabes algo, el baile y la música —y quizá también las drogas— hacen estallar esa imposibilidad; dicho de otra manera, hacen amigable la vida al grado de hacerla «soportable». ¡Al diablo la imposibilidad colectiva de vivir, vinimos a bailar y reír! Y siendo estrictos, si la imposibilidad es colectiva, siempre se puede optar por la soledad, de vez en cuando. Ascender y descender.

4.

Nos reunimos un día para leer el libro guía del nuevo psicoanálisis del sur. Sabemos de antemano que el estilo de este psicoanalista es contestatario, crítico, argumentativo y, muchas veces, acertado en los puntos que denuncia del freudolacanismo. Uno de los integrantes de este reducido grupo de lectura le comenta a otro: «Divide y vencerás, esta es la estrategia que viene siguiendo, el asesinato del padre, promover la revuelta contra él para luego ocupar su lugar. Es un estilo que resulta llamativo, atrevido, pero que en el fondo encubre querer ocupar el lugar de aquel al que ataca, el lugar del maestro: Freud». Será por eso por lo que en Nietzsche no caímos en una situación similar: «Sí, claro, mira, es la voluntad de poder, que lo único que busca es expandirse y superarse a sí misma, no busques más. Así es como funcionan las cosas. Piensa también que lo malo y lo bueno Nietzsche lo ‘explicó’ en su Genealogía de la moral, ahí nos dice claramente de dónde surge cada uno y las inversiones que sufrieron. Claro, la muerte de Dios no es precisamente Dios, te voy a explicar».

5.

Ese mismo colega — el mismo que expresó que los montañistas se lanzan inconscientemente hacia la muerte — en otra ocasión, cuando le compartimos que queremos escribir algo sobre Nietzsche para nuestra tesis pero que nos es complejo entender a qué se refería cada vez que mencionaba la palabra espíritu, nos respondió: «Pero qué vas a hacer escribiendo e investigando sobre Nietzsche, sobre conceptos e ideas que ni siquiera entiendes. Lo mejor es que dediques tu tiempo a hacer algo en relación con el psicoanálisis, en lo que has estado formándote por años. Sólo el psicoanálisis nos puede ayudar a entender la subjetividad. No es la mejor teoría, pero es la única que puede abordar cuestiones tan complejas». Palabras más, palabras menos, sólo el psicoanálisis tiene «aplicación»; sólo el psicoanálisis entiende y nos ayuda a entender; Nietzsche y la filosofía está bien para despejarse un rato, para soñar, pero de qué te sirve trabajarlos, escribir e investigar sobre ellos.

6.

A fin de cuentas, si ése fuera el estilo y los temas predilectos del psicoanálisis, qué. Qué si los freudolacanianos quieren insistir en el goce, el dolor, el sufrimiento, en «explicar» los fracasos del amor, heredar a Freud para conservarlo sin transformarlo, reivindicar que la pulsión de muerte es indomeñable, el reducto biológico imposible de simbolizar, repetir frases y textos, repetir frases hasta el cansancio de muchos, formular sus universales a pesar de su no todo, denunciar que la mujer no existe y que no hay relación sexual, que el deseo es por siempre insatisfecho, que siempre habrá inconsciente y sus formaciones, que el malestar en la cultura es inexorable, inevitable, que no importa lo que hagamos, etc., qué. ¿Qué sucedió en toda esta transmisión que se nos ha quedado tan grabado todo este tipo de frases, de «saberes», de experiencias, de pesimismos, en comparación con otras, quizá menos fatalistas? Y qué hay de los psicoanalistas del sur que apenas empiezan: sus lógicas paraconsistentes, el psicoanálisis como ciencia, el énfasis en la teoría, sus batallas encarnizadas con el freudolacanismo, su recuperación del Lacan científico en detrimento de otros Lacanes, que se dicen investigadores y libres de pensamiento, que no reconocen a su redentor, etc. No tenemos para dónde movernos entre esas dos opciones que exigen fidelidad y adoración ciega. Freud dijo, Lacan dijo, Alfredo Eidelsztein dijo, Nietzsche dijo, Heidegger dijo, Derrida dijo, Zaratustra dijo…

7.

A propósito de Zaratustra dijo, otra invitación. Seminario sobre Topología y Psicoanálisis, impartido por el Doctor en Matemáticas, profesor-investigador adscrito al Posgrado en Matemáticas de la Facultad de Cs. Fisicomatemáticas de la BUAP, con perfil PRODEP y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACYT. —Aha, ¿y qué dijo Zaratustra?—. No lo recuerdo exactamente, algo en relación con las ovejas, que para ellas Zaratustra había dejado de ser un docto, y él se alegraba de eso. Pero eso se lo contó un niño, pues Zaratustra gustaba de estar entre niños que juegan. Y ese juego de los niños era el juego de la creación inocente; sus compañeros de viaje eran creadores; se cansó de utilizar las sandalias unas y otra vez; o más bien se cansó de las viejas sandalias. Zaratustra no pudo estar ya entre doctos cuyo conocimiento no es diferente del cascar nueces, y además es frío en comparación con el calor y calentura de Zaratustra. Y se enojaron con él por estar elevado. O quizá porque cerró la puerta al salir de ahí. —¿Qué si nos comparamos con Zaratustra, que si somos como él?— Digamos que compartimos su náusea.

8.

¿Y la ligereza «nietzscheana»? Era preciso perder para poder ganar. No hemos abandonado el proyecto de la ligereza, simplemente nos parecía más propicio ponerlo en pausa por ahora y saldar previamente nuestro asunto con el psicoanalismo. De alguna manera queríamos «redimirnos» del él antes de dedicarnos e implicarnos «solamente» con Nietzsche. Sí, sabemos que es imposible, aunque digamos que nuestro trabajo sobre la ligereza será «exclusivamente» nietzscheano, sin «ninguna» referencia al psicoanálisis, este estará ahí entrometiéndose, pues de dónde «aprendimos» la pesadez si no de esa relación. No somos ingenuos, esas voces seguirán interviniendo, retornarán junto con otras, se infiltrarán. ¿Entonces todo este trabajo ha sido en vano? «Sabemos» que así lo quisimos, pero aún no sabemos que así lo quisimos, no del todo. En nuestro horizonte aparece la ligereza, pero la venganza sigue siendo fuerte por momentos. ¿Dónde está el redentor que nos redima del redentor? ¿Cómo elevarnos hasta ese portal que se eleva entre dos eternidades?

9.

No sabemos cómo terminar esto Zaratustra, el cierre, la conclusión son imposibles, la vida no es así, a riesgo de hacerla morir de hambre. Cierre, conclusión de esta «tesis» —¡Eres acaso tonto! ¡No quedó lo suficientemente claro que ese era nuestro problema, un conocimiento y saberes cerrados, concluidos!—. No podemos decir que nos hemos curado o nos hemos superado o que nos hemos elevado sobre nosotros mismos y sobre los otros. No hay nada de eso. Qué fácil hubiese sido decirles a esos «hombres superiores» que eran ellos a los que tú esperabas y asunto concluido. Sí, que seguían buscando un Dios, que estaban dispuestos a adorar a un burro, que el aire viciado de la caverna les parecía limpio, que aún dormían cuando tú ya estabas despierto, que no aprendieron tu risa, pero eventualmente podrían hacerlo, etc. Saldar el asunto. Y entonces convencerías a tus animales de que esos hombres eran a los que esperabas en tus montañas, y te quedarías ahí, resignado y pensativo, y enojado de la muchedumbre y plebe que ahora invadía tus montañas, ensuciando tus manantiales, incapaces de escuchar pues es más fácil abrir la mano para dar que para recibir, y entonces por más mar y profundo que fueras, esos ríos sucios y contaminados que son el último hombre te harían descender de la montaña nuevamente, pero esta vez no para predicar, sino para encontrar tu soledad. Iniciarías de nuevo tu ocaso, un nuevo descenso, porque no hay posibilidad de un punto de llegada, un punto final, a riesgo de sacrificar la vida. No podrías decir: «Por fin, este es el Übermensch, escuchen cómo ríe, su carcajada santa». No habría más devenir, Zaratustra. ¿Acaso quieres eso? ¿Acaso querrías que ya no quisiéramos más? ¿Y qué habría de tu amor por los que cruzan los mares y viven en peligro? Nos duele tu partida, pero es cierto que aquí no están los hombres que buscas. No soportaríamos retenerte, es un gran dolor ver sucumbir y desperdiciar un gran potencial en donde no se puede amar más. También nos lo enseñaste, que donde no se puede amar más, lo mejor es pasar de largo.

10.

Tú quieres compañeros de viaje que sean creadores. Nos has dicho que la creación es el camino para la redención del sufrimiento y la vía para volverse ligero. Que para crear es preciso destruir. Y que esa creación es de nuevos valores. Que eso sólo puede hacerlo el niño. Que para ello es necesario la redención del pasado y de todo «fue». ¿Pero te das cuenta de lo que pides? Es la tarea más difícil con que nos hemos topado en nuestra vida —en caso de querer llevarla a cabo—. Siempre hemos pensado que eso de «crear» es propio de los dioses, pero vienes y nos dices que buscas hombres creadores. Cuan fácil es repetir, memorizar o copiar —eruditismo del psicoanalismo—, pero ¿qué se necesita para superar eso? Se necesita de piernas largas y pies alados, grandes acontecimientos y muchas transformaciones.

11.

Suficiente por hoy. ¿Debemos disculparnos por nuestro empecinamiento? Es sólo que la pesadez es algo que no podemos tomarnos a la ligera. Dicho de otra manera, la ligereza nietzscheana es algo que nos tomamos muy en serio: cuando nos ponemos a pensar en ella. Nos hace falta reír, retomar el aire de la montaña, continuar ahí donde habíamos dejado nuestro Proyecto de Investigación «original». Cerramos este gran paréntesis —estos prolegómenos— en relación con el psicoanálisis, esperando que nos sea una mentira «útil» en vías hacia una ligereza nietzscheana —¿una nueva mentira útil?— . Ya empezamos a sentir la nostalgia por lo que era ese «gran» problema que era la tesis. Se empieza a sentir ese vacío que rellenábamos con nuestros pretextos, con nuestras trabas para empezar a escribir, con esa supuesta falta de preparación, el tiempo de nuestra tesis también estaba funcionado como un gran freno que detenía muchas cosas. Pero un nuevo trabajo y proyecto ya nos espera, pero también necesitamos un descanso. Nos hace falta ventilar nuestros pensamientos de nuevo. Y casi estamos seguros de que cuando lo hagamos, una de esas tantas voces vendrá a decirnos —¿Y a quién carambas le importa todo eso que escribiste? ¿Crees que alguien algún día llegue a leerlo?— Pues tal vez le importe a mi asesor, tutor y lector. Me importa a mí, también en ese sentido. Habré «concluido» algo. Importa para unos cuántos familiares —quizá sólo a uno—, no creo que le importe a la mayoría, ni a mis amigos, aunque eso no quite que les dé gusto, tal vez. No lo sé, ¿por qué insisto en responderte algo así? ¿Quién o qué eres, para empezar? Ah, ya, me atrapaste de nuevo. Sí, ya te reconocí con tus pensamientos pesados. Bueno, no quiero presionarte, pero si tienes algo más qué decir, te sugiero que te apresures. Mira, estamos por llegar al punto más alto y por lo mismo a punto de iniciar el descenso. Es el momento más peligroso —y uno de los más divertidos— de todo el viaje y requiere de toda nuestra atención: una caída puede resultar mortal, o por lo menos dejarnos convalecientes por unas semanas. Y aunque quizá tú querrías eso, sabes también que, si algo así sucede, tú no podrías regresar a estas alturas. ¡Espera! Será que también disfrutas y te diviertes con el descenso. ¡Eso es! Quién lo hubiese imaginado, espíritu de la pesadez, que también anhelas aventura, alegría y diversión. ¡Y ahora estás riendo! ¡Pero qué pillo tan tramposo! No me lo creo. Como sea, ven, iniciemos el descenso, y sujétate bien que no quiero perderte. —¿Desde cuándo te importa eso? Siempre he descendido contigo y nunca me has perdido, nunca te había importado—. Ah, tramposo, casi me haces caer de nuevo teniendo que formular respuestas y «explicaciones». En fin, quieras o no, te vas a callar, porque aquí viene el descenso.

12.

Postal. Resulta que la montaña más elevada nace de los mares más profundos, y que a la cueva de Zaratustra se llega tras cruzar abismos inconmensurables, en las montañas más altas y solitarias de la Tierra. —¿Cuántas veces lo estuvo diciendo, pero no lo escuchamos?—. Es más, quizá esa cueva se comunique con el fondo del mar. ¿Pero existe alguien que se haya ganado el derecho de realizar dicha travesía? —Nosotros lo seguimos peleando—.

Prólogo*

Al final quedaría siempre la duda de si alguien que no haya vivido algo similar se le puede acercar con prólogos a la experiencia vivida de este libro.

— Friedrich Nietzsche

 

El yo y el mí siempre discuten acaloradamente: ¿Cómo podría soportarse esto si no hubiera un amigo?

— Así habló Zaratustra

Busco la forma de no volarme la cabeza ni perder la razón de aquí en adelante; la forma de no terminar explotando, sólo eso —algunos psicoanalistas dirían que eso es lo que realmente «deseo» y que la expresión o forma de ese «deseo» es característico de la neurosis obsesiva; y si no, simplemente es síntoma de algo más—. Ante la llegada de este pensamiento recurrente e inesperado —sé que siempre en algún momento volverá y por ello también lo «espero» sin querer— no he podido hacer más que recibirlo como a un visitante indeseado, inoportuno e impertinente. Se presenta ante mi puerta y no puedo hacer más que abrirla: siempre toca, siempre avisa y hasta ahora sus visitas siempre han sido transitorias, como si sólo estuviera de paso para pernoctar; lo que implica que siempre se ha ido para siempre regresar. Intento ser generoso con él, pero siempre me pregunto qué más quiere aparte de ser recibido. No está en mí querer cumplir su designio: no, no me quiero matar, no quiero morir, no quiero suicidarme: no es mi «deseo» —¿Ahora dirán que es «pulsión de muerte», que, aunque no lo queramos, quizá lo «deseamos» y no podemos hacer nada ante sus acicalamientos indomeñables?—. Aunque ha sido un pensamiento que me acecha desde los años de preparatoria, años en que supuestamente sí quería consumarlo, aunque nunca lo intenté, y que perduró fuertemente por una década más, es verdad que hoy en día no existe la mínima intención de llevarlo a cabo. Pero vuelve en forma de imágenes: un revólver recargado directamente sobre la sien y así llega el final de todo. Si no lo hice en los tiempos de mayor crisis, mucho menos lo haré ahora —¿o es que actualmente puedo enfrentar esas situaciones de otra manera, donde la muerte ya no es la única solución?—. Pero eso no lo entiende este intruso que, siempre que aparece, quiere que ya todo termine. ¿Pero por qué desea algo así —sólo en este momento me preguntó y pongo en duda si en verdad quiere eso que tanto pide—? ¿Por qué habría de terminar todo para mí, en este instante, sólo porque un pensamiento así lo ordena? Las cosas, el mundo, también terminarían para él. Se va y regresa como si quisiera recordarme constantemente algo que, por cierto, ya sé: que el final llegará —igual que él, inesperado e indeseado— en algún momento, y que tal vez lo mejor sería que fuera una muerte libre, querida. No lo sé. Es lo que supongo, o por qué otra «razón» volvería una y otra vez. Quizá sólo está de paso y esa carga no es para mí, quizá su destino es otro. Es que no entiende que no quiero morir, que esas ideas en relación con el suicidio no me convencen más, que ahora sólo es un potente consuelo para pasar más de una mala noche, que hoy más que nunca quiero vivir por más absurda que me parezca la vida por momentos, que sigo esperando el momento de una gran risa o una gran alegría que quizá no lleguen, pero que, si llegan, me las habré perdido para siempre si me rindo ante la muerte. No quiero morir, no puedo concebir ni creer en otras vidas, no tengo la fe para esas cosas; alguna vez lo intenté y sólo se quedó en una noble intención ante la mirada de los demás. La idea de otras vidas después de la muerte no tiene potencia ni fuerza en mí, no me mueve. Ahora pienso que esta vida es (la) única y que un día todo se oscurecerá quizá sin tener noticia de ello, de la misma manera que me quedo dormido. Ya sé todo esto, por qué vienes entonces, no necesito de tus recordatorios. No, no me voy a dar un tiro, entiende eso. Es acaso una prueba, una provocación, una tentación. ¡Claro! ¡Vienes porque sabes que no puedo vivir como yo quisiera! Sí, que por instantes todavía estoy resentido con la vida y con el mundo; no, no es con ellos, es con el hombre, con la «humanidad»; sí, sabes eso muy bien y por eso vienes a visitarme, porque sabes que tu invitación puede ser una salida para terminar con este cansancio, que contigo podría tomar venganza y decir: «Vean, su mundo y su tipo de hombre me resultan sumamente lastimosos y despreciables, son un chiste en comparación con aquellos otros que han inventado y en los que hemos creído porque lo deseábamos. Yo he visto todo eso, lo pequeño y absurdo de la existencia, y no hay salida de todo ello, no para mí al menos, no todavía. Pero no pienso esperar más. Precipito aquello que de por sí llegará algún día, por eso es por lo que elijo mi fin en este instante». Sí, por eso vienes, porque sabes que sigo buscando sin encontrar, que sigo en el intento de crear, de inventarme a mí mismo y una meta. Pensándolo mejor, con todo esto que te digo, puedo afirmar que sabes elegir a tus anfitriones. Dime una cosa, extraño pensamiento: ¿también visitas a la gente del mercado, los predicadores de las virtudes, los transmundanos, los despreciadores del cuerpo, los jueces, los predicadores de la muerte, los idólatras, los sacerdotes, los sabios famosos, los doctos, los sublimes, los poetas, los reyes, las jovencitas, los enanos, los magos, los mendigos? ¿Qué otros te reciben? ¿Te tratan como yo? No lo creo —tal vez sólo sea mi narcisismo exacerbado el que me lleva a pensar así—, seguro hay quien te trata con desprecio, quien no quiere saber más de ti, que luchan y se desgastan con tal de que desaparezcas de su vida, habrá incluso quienes te hayan seguido —haciendo caso a tu invitación— y también perseguido —predicando contra ti—, en síntesis: no eres bienvenido en sus casas. Eres un creyente pues predicas salvación y consuelo, asegurando que las «recompensas» no son en este mundo ni en esta vida, que para obtener la gloria hay que morir. Predicadores de muerte, despreciadores de vida, gusanos miserables que no hacen más por alcanzar la meta que tanto enseñan. Tocas, entras y me ofreces alivio —transitorio, a veces fugaz, a veces durante toda una noche— pero no puedo irme contigo. No, no así. No querría que así fuese. Quiero esta vida, consumar una meta de vez en cuando, tal vez —por qué no— crear. ¿O acaso quieres que esta sea tu última visita? ¿Has considerado esto, que, si te sigo, ya no vendrás más por aquí? Si, como supongo, vienes porque sabes de mi cansancio y pesadez, entonces puede que también sepas de mis instantes más elevados y plenos. Cada instante se me ha revelado como un fragmento —sin formar parte de un totalidad o finalidad determinada—; instantes y azares y fragmentos que no forman parte de ningún rompecabezas. Sí, ahora lo entiendo, sé con quién te relacionas, quién es tu colega, aquel otro pensamiento: el de la felicidad eterna, el bienestar logrado, el equilibrio mental que quiere paz y tranquilidad; con todos ellos te relacionas y me parece que detrás de todos ellos estás tú. No puedo imaginar ningún otro pensamiento que subordine a todos estos excepto tú, que te sirves de diversas máscaras para seducir. Tú, tus arañas y telarañas que buscan enredar y atrapar hasta que su presa deje de respirar, y yo, que quiero respirar para poder reír: una gran risa requiere de una gran fuerza y de un gran aliento. Y de un aire nuevo. Quieres asfixiarme y debilitarme —te sabes en ventaja, pues sabes que estoy agotado— con tus promesas. Eres pesado, eso lo sé, pero nunca te lo había dicho. Cuando llegas todo se vuelve lento, los pies se pegan al suelo y las piernas apenas pueden levantarse, moverme requiere de esfuerzos casi sobrehumanos, y si vamos atrás ni siquiera me habría levantado por la mañana: eres pesado y robusto, me cansas y ocupas demasiado espacio en mis pensamientos. En la casa de mis pensamientos pareces ser el único que vive, acaparas demasiado, eres egoísta, abusivo, no dejas lugar para otros: apenas se asoma cualquier otro visitante y tu presencia lo borra. Un bruto, eso eres: fuerte, pero sin inteligencia, aplastante sin medida —quizá sólo la melancolía pueda hacerte frente, par de inoportunos—. Eres caprichoso, crees que no existe ningún pensamiento tan fuerte como tú, deseas que tu presencia sea única, soberana. ¿Por qué ningún otro pensamiento es capaz de confrontarte? Nunca se me había ocurrido y sólo ahora me lo pregunto: ¿a dónde se van mis huéspedes cuando tú llegas? ¿Es que te tienen miedo? ¿Será que no saben qué decirte o de qué manera enfrentarte? Espera, ¿y qué tal que les eres indiferente, incluso inofensivo? Suena bien esta última posibilidad, pero no me convence. Pides atención; si no la obtienes entonces la arrebatas. Claro, pero si todo esto ha sucedido gracias a mí: te he tratado demasiado bien, he sido bastante hospitalario contigo, sí, es cierto que en algunos momentos intenté echarte de mi casa, pero en general fui muy suave contigo. Te di la «bienvenida» y te instalaste muy bien; qué comodidad has logrado en mis aposentos. Sí, yo sabía que podía convivir contigo, que serías un huésped inevitable, pero mi error fue ¡creer que eras necesario! No me voy a martirizar con esta «culpa» y su aliada «responsabilidad» que supuestamente me toca sobre lo sucedido: ¿por qué llegaste a mi vida tan pronto, siendo tan joven? No lo sé. No puedo pensar en un origen, inicio o causa y tal vez por eso tampoco tengas final. Te diré algo, ya no me importa saberlo, no creo más en los orígenes, las causas o las finalidades. Tal vez eres un pobre errante, un «error», un nómada que anda deambulando por el mundo, invadiendo casas a la espera de que te permitan quedarte un tiempo. Pobre de ti: no tienes un lugar que puedas llamar hogar. ¿O me dirás que eso no aplica en ti, que tu hogar es precisamente el no-lugar, el poder instalarte en cualquier lado y con la misma facilidad partir? Como sea. Te diré otra cosa: no quiero deshacerme de ti. Te ofrezco mi casa y seguir recibiéndote, no te negaré nunca la hospitalidad que has encontrado hasta ahora, es más, incluso quiero tratarte mejor. Eso sí, no pidas exclusividad, no pidas que me identifique contigo, no quiero esa venganza ni justicia que me ofreces; sería un grave error creerlo y otro fatal llevarlo a cabo. No dejes de visitarme, continúa hablándome, adelante, ahora sé que, si acaso existe necesidad, esa es solamente tuya, predicador de la muerte. Está bien, te concedo eso: tal vez yo también necesite de ti en algún momento, no me cierro a esa posibilidad, no quiero ser ahora yo el bruto. Te diré más: empiezo a amar la vida y siento que no es tarde para eso, aunque no tenga aún razones para vivirla, o, mejor dicho, casi cualquier razón me parece suficiente para justificarla, empiezo a gustar de ella: ¡nuevamente! Y mientras esto sucede, tú y yo podemos ser compañeros, quizá hasta podamos ser amigos. Ahora lo entiendo y no sé cómo no se me ocurrió antes: vienes a mí porque sabes que quiero vivir, tan simple como eso. Incluso empiezo a pensar que te debería estar agradecido pues con tus visitas constantes sólo he logrado construir y afirmar la altura de mis pensamientos, de lo pequeño que me resulta lo humano, y de lo lejos que está de lo vital. Sigamos platicando en otra ocasión. Estás en tu casa, ahora la tienes. Sí, sabes elegir a tus enemigos, reconozcamos eso. Tal vez por eso insistías, porque querías despertarme y hacer que reconociera esto en mí: que me eliges porque mi anhelo de vida es grande. Claro, para qué visitarías a alguien cuyo anhelo de vida está moribundo. Debo estar ahora doblemente agradecido contigo —recientemente alguien dijo que no agradecía nada porque ese derecho lo tienen sólo los dioses, aún no lo entiendo—. Sí, yo también te elegí en algún momento como mi más grande peso y enemigo: eres el pensamiento más pesado, el más aplastante, pero ahora veo que ya no eres el más fuerte, he podido oponerte otro, o mejor dicho otra gran razón: palpita en mí una gran vitalidad que aspira a la grandeza de la vida, y de esto ningún otro pensamiento se puede apropiar. Sí, tú y yo sólo somos testigos de algo que nos rebasa. Eres pesado y por eso aspiraba a la ligereza, nos hemos elegido con precisa razón. ¡Así lo quisimos y así lo querremos, indefinidamente! Esta vez te doy la bienvenida, pero esta vez sí sé por qué: quiero elevarme y vencer por encima de ti, a pesar de nuestra amistad. O, mejor dicho, precisamente por nuestra amistad. Sigo buscando alas fuertes y enormes para este gran peso: ¿Cómo podría anhelar todo esto si no fuese por ti? Serás de ahora en adelante mi pensamiento más pesado y el más anhelado, serás el pretexto, te he reducido a un medio, no serás más un fin, mucho menos una fatalidad, sólo esto: un pretexto para lo que está por venir. Te enalteceré y ennobleceré como el «origen» de mi nueva vida: ¡qué más podrías pedir! Que al final siempre estarás, sí —aunque ahora ya dudo de esto—, por eso no te corro, por eso no te niego mi lecho ni mi calor, por eso te ofrezco mis oídos y mis manos para recibir lo que tengas para dar —pues alguien dijo que es más difícil recibir que dar—. Pero yo también tengo para dar, y a partir de lo que he tomado de ti, a partir de ti, me reconstruyo. ¿Esperabas algo así? Qué me puede importar eso ahora o en los instantes por venir si siempre volveremos a encontrarnos, y tal vez algún día te decidas a hablar de otra manera y seas más claro sobre tus intenciones y tus fines. Yo he declarado los míos a través de ti. Un enemigo fuerte es lo que buscabas, por eso has insistido en visitarme: pues aquí me tienes ahora, robustecido y fortalecido, la altura de mis pensamientos rebasa las montañas más altas y expuestas, se elevan sobre los abismos más profundos; ahora tengo pies alados que me hacen correr como el diablo; sin embargo, mi trato es tan delicado como el de la nieve de primavera. ¿Qué te parezco ahora, querido amigo? Será que ahora quieres visitarme con más razón: te he dado mejores y más motivos para venir. Y qué increíbles ideas me vienen en este momento: empiezo a creer que te necesito, que no podría vivir sin ti, que la belleza de uno solo de esos instantes es debido a que existes, siempre vienes, me esperas, eres paciente, insistes, me eres leal y fiel. Me pregunto cómo he podido ser tan mal agradecido contigo. No, no hay por qué agradecerte, como si no tuvieras ningún interés en mí. Cómo podría decirlo de otra manera: no tendría qué agradecerte puesto que eres una presencia inevitable de todo lo vivo que se quiere elevar por encima de ti; tal vez me convendría mejor decir que te he ignorado —aunque tampoco ha sido así—, o que siempre te había tomado a la ligera, o que tu presencia, sin ser indiferente, no dejaba de aplastarme y me paralizaba. Ahora siento que puedo moverme, que puedo desplazarme, que tengo la fuerza y el ánimo para cargar con tu peso, a diferencia de los que te cargan encorvados y lamentándose. Ven, amigo mío, sube a mi espalda y sujétate fuerte porque vamos a elevarnos junto con las aves y los pájaros, mis amigas y amigos por igual. Me sorprende cómo ahora te siento tan ligero, y sin embargo sigues siendo el mismo pesado de siempre. ¿Qué nos ha pasado? Sólo sé que quiero correr, elevarme y volar, y que vengas conmigo, quiero mostrarte todo lo que hay por encima de ti. Por qué tenías prisa por seducirme, o será que tenías prisa por despertarme, será esto último, porque ahora que vienes conmigo no te siento incómodo ni molesto, será que también querías eso. Será que tus intenciones manifiestas no coincidían con las latentes. Sí, será que amas y anhelas la vida tanto como yo, que tu anhelo y predicación de la muerte no eran más que un síntoma. ¡Serás acaso… la vida misma! Vamos, no me respondas por ahora. Déjame creer que así es, que así eres. Sí, el predicador de la muerte, el peso más pesado ha resultado ser el que me ha elevado, el que me ha despertado a la vida, el que me ha dado alas, el que me ha aligerado. Sí, volarme los sesos no era más que una figuración para liberarme del peso de la razón, de tú razón, de la opresión de tu pensamiento y de su pesadez: quería explotar a la razón. El más pesado de mis pensamientos se ha vuelto ligero, pero no por eso te has vuelto leve, no dejas de tener cierta consistencia; ahora puedo ver a través de ti, ya no me resultas opaco y oscuro; no eres el único, ahora la luz de las alturas te ha vuelto claro y transparente, será que siempre así lo fuiste. Y pensar que eras un pensamiento estéril, inoportuno, impertinente y molesto sin considerar que sólo eras el síntoma de algo mucho más importante, desconocido e incognoscible hasta entonces. Oh, amigo, casi sé con toda seguridad que cuando descendamos y este azaroso instante llegue a su fin, te marcharás, y no podré hacer nada para detenerte. ¿Será que ahora necesito de ti? Bien, pues que así sea, porque así lo querré. Y tú también lo querrás. Y sé que algún día volverás y volveremos a elevarnos por encima de nosotros mismos.

Zaratustra y el enano ante el portón
Zaratustra y el Enano (1997), por Lena Hades

* Este texto constituye el Prólogo de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el 23 de marzo de 2021: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.

Previamente publicamos la Introducción de dicha tesis: Un sueño con Derrida.

Algunos apuntes sobre el seminario de “La carta robada”

[Revisión, 14 de sep de 2017. Repetición: Estos apuntes ya los había compartido en hablarser. Ahora los reviso y comparto nuevamente pues cierto interés me empuja una vez más a él(los). Los comentarios y supresiones añadidos, desde el mismo título hasta las notas, irán entre corchetes.]

Así como el significante abandona su lugar a riesgo de regresar circularmente, nosotros abandonamos textos y autores para regresar a ellos nuevamente. En esta ocasión nos vemos empujados a una nueva lectura del texto que inaugura los escritos de Jacques Lacan. Sin mayor preámbulo compartimos a continuación algunos apuntes y comentarios que resultaron de esto.

El concepto fundamental de este escrito no es necesario descifrarlo [“buscarlo”], está al inicio del texto: el automatismo de repetición. Por lo que sabemos de lecturas previas, Sigmund Freud presentó y argumentó la cuestión de la repetición de manera más extensa y controvertida en el texto Más allá del principio del placer, donde leemos que la pulsión de muerte insiste en su satisfacción, es siempre parcial e indomeñable [antes habíamos escrito: “y de una insistencia indomeñable”]. Esta repetición e insistencia serán, desde la lectura de Jacques Lacan y en este momento de su obra, de la cadena significante, donde además ubica la ex-istencia del sujeto. Llama nuestra atención y nos preguntamos sobre el lugar que el automatismo de repetición ocupa en el corpus psicoanalítico para que Lacan le dedique este acto solemne de inaugurar sus escritos. Tratemos de responder por esta importancia con nuestra lectura y reflexión.

Si el psicoanálisis es una práctica clínica y este es un escrito sobre aquel, vale preguntarnos también sobre qué es lo esencial de aquella y su relación con el automatismo de repetición. Jacques Lacan nos responde que las incidencias imaginarias, no son lo esencial de la experiencia analítica. Esto se debe a que las incidencias imaginarias son inconsistentes a menos que se las refiera a la cadena simbólica. Hasta este punto podemos pensar entonces que la cadena simbólica – y su insistencia – es parte esencial de la experiencia analítica ya que conecta y orienta las incidencias imaginarias. Aún más, la cadena significante determina los efectos en el sujeto. Estos efectos imaginarios son nombrados también por el psicoanalista francés como sombras y reflejos de la cadena significante. Otros efectos que también menciona y no trabajará en este texto están la forclusión, la represión y la denegación. Hasta aquí nos resulta claro que el automatismo de repetición es un concepto articulado con el de cadena significante y sus incidencias imaginarias.

Sigue ahora qué tienen que ver estos conceptos con el cuento de La Carta Robada. En palabras de Jacques Lacan, la pregunta gira en torno a cómo reconocer un automatismo de repetición en este módulo intersubjetivo, en estos “sujetos revelados en su desplazamiento en el transcurso de la repetición intrasubjetiva determinada por el lugar que viene a ocupar el puro significante”. Leemos en esta cita que el automatismo de repetición se reconocerá por los efectos que el significante (la carta) tendrá en cada sujeto debido a sus desplazamientos. Esto resulta más evidente e interesante si recordamos que no sabemos acerca del contenido de la carta, [de la misma manera que] desconocemos el “contenido” del significante y sin embargo algo produce[n].

La Carta Robada de Edgar A. Poe
Escenas finales de La Carta Robada

En el momento que menciona que el significante tiene relaciones singulares con el lugar pensamos que se refiere a lo dicho en el párrafo anterior, es decir, que los efectos del significante no son los mismos para todos nuestros personajes, pensando a estos como lugares. Tratemos de ser más claros: la misma carta (el significante) produce efectos diferentes en cada sujeto. Siendo la misma carta la que va pasando por diversas manos, sus efectos no serán los mismos en cada uno de ellos. De aquí que podamos decir que el significante – en necesaria articulación con otros por definición – puede ser el mismo y producir efectos diferentes a la vez. Planteado como pregunta es: ¿Cuáles son los efectos que tiene la carta en cada uno de estos personajes? De momento no nos interesamos por esos efectos, sino por la cuestión sobre qué los produce.

Más adelante encontramos una frase que parece contradecir lo expuesto en el párrafo anterior: el significante es unidad por ser único. Se nos hace una oración difícil pero arriesgamos en nuestro comentario. Entendemos que es “único” como elemento estructural y por sus efectos, también por su “contenido” que a la vez [necesariamente] es diferente de otros. En relación con la carta, podemos decir que es “única” en este relato, y los efectos sobre estos personajes también lo son, pero sin dudar de que existan otras, como se hace notar al inicio del cuento, cuando se menciona que está entre muchas más. Añadimos un comentario a esto pues nos resulta sumamente curioso cómo puede armarse toda una ficción en torno a una carta cuyo contenido no se da a conocer y no es necesario hacerlo. Así, el significante y su dinámica producen ficciones distintas a pesar de ser el “mismo” en cada sujeto y sin que lleguemos a tener noticia de su “contenido”.

El significante determina la existencia de los sujetos. De manera magistral lo encontramos expuesto en el siguiente párrafo:

«Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas o bagajes, todo lo dado de lo psicológico.» [El Seminario de La Carta Robada, Jacques Lacan en Escritos 1]

Este párrafo nos ayuda a diferenciar y aclarar algo que resulta básico. Lo mencionamos por su relevancia para ampliar nuestras reflexiones, además de parecer contradictorio con todo lo anterior: La carta no determina a los sujetos (!). Si la carta – la carta como tal, el papel, la tinta, el sobre, el sello – tiene efectos sobre los sujetos es porque previamente existe un lugar que viene a ocupar y que le permite eso. En otras palabras, podría ser un llavero, una moneda, una grabación o un celular el que ocupara el lugar de la carta e igualmente producir efectos, claro, en otro cuento. ¿Es el automatismo de repetición y la dinámica significante lo que permite que los objetos tengan sus efectos en los sujetos? Son aclaraciones y preguntas nimias, pero que sirven para colocarnos definitivamente en algo que también por considerarse obvio muchas veces es omitido: estamos en el terreno de la actividad psíquica, y si los objetos tienen estos efectos es por la estructura que lo permite. No estamos en el campo de los objetos o de la biología ni de las neurociencias, como bien Sigmund Freud lo había aclarado en el capítulo VII de La Interpretación de los Sueños.

El párrafo citado es pequeño pero extenso en implicaciones. Tomémoslo en serio, ya que el condicional del inicio es una invitación que algunos creen tomarla así y fundamentar su práctica en ello, cuando en realidad la ilusión del saber y la libertad sigue dirigiendo su actuar. Si el significante determina al sujeto, ¿cómo el analista da lugar a esto en su vida y práctica? ¿Hasta dónde se da lugar a que lo hecho, soñado, anhelado, rechazado, visto, no visto, está determinado por el significante? Y que, de tomarlo en serio, existen otros determinantes que no modifican eso: status social, género, educación. Estos últimos pueden hacer [preferimos en este momento decir jugar] su papel en el yo, pero sabemos que esta imagen también está determinada [en parte] por el orden simbólico.

Continuando encontramos que el significante es símbolo de una ausencia, lo cual señala la desemejanza entre el orden simbólico y las cosas: el significante ahora está en lugar de la cosa; también lo hemos encontrado con aquella otra frase de que la palabra mata a la cosa. El significante es símbolo de la ausencia de la cosa y de alguna manera no tiene relación con ella pues la relación del significante será con otros significantes. De aquí que cuando buscamos su definición dentro de la literatura lacaniana, solo se le encuentra como un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. En esta definición no aparece la cosa, el objeto: la relación no es con estos como con aquellos.

Seguimos desplazándonos [destacado para esta revisión] por el texto, así como la carta circula por los personajes: “El significante no se mantiene sino en un desplazamiento debido a su funcionamiento alternante en su principio, que abandone su lugar a riesgo de regresar circularmente”. Lo cual nos regresa al concepto central de este texto y que si bien, existe un punto de almohadillado que permite la significación, no quiere decir que el significante deje de desplazarse. El corte mismo permite nuevos desplazamientos y significaciones.

            El significante se desplaza y además nos posee[1]: “Al caer en posesión de la carta – admirable ambigüedad del lenguaje – es su sentido el que nos posee”. Preguntémonos: ¿nuestros personajes hacen lo que quieren con la carta o creen que hacen lo que quieren con ella? ¿Será más bien que la carta hace de ellos lo que quiere? Un psicoanálisis pasa forzosamente por estas vicisitudes, las de reconocerse habitado por algo extraño a uno, pero sin lo que ni siquiera uno podría pensarse o existir. Algo que nos arrastra inevitablemente, que nos empuja y que en última instancia no tiene sentido por sí mismo. ¿Qué significa o qué es mi nombre si no se articula con mis apellidos? Jacques Lacan escribe: “El hombre está habitado por el significante”.

En la Introducción menciona cómo algunos que se denominan psicoanalistas desestimaron el automatismo de repetición al pensarlo solo como un añadido, algo que podría tal vez coronar el edificio doctrinal del psicoanálisis. Y afirma que no es un simple dato. Vale la pena revisar qué fue lo que estos psicoanalistas argumentaron y produjeron a partir de la proposición de Sigmund Freud. Sabemos que la propuesta de una pulsión de muerte[2] produjo nuevas separaciones y rompimientos con el inventor del psicoanálisis en su momento. Y por más que escribiésemos creemos que no dejaríamos suficientemente claro lo que implica un automatismo, determinismo y la repetición. Nosotros mismos no dejamos de sorprendernos. Queremos decir esto y algo más: no importa cuánto estudiemos, analicemos, repitamos, cuestionemos, neguemos, aceptemos, reconozcamos, no importa qué hagamos, es una cuestión de la que no participamos y sin embargo vivimos, nos determina y somos responsables de sus efectos, y se repite sin que podamos detenerla. ¿Con esto vamos dando cuenta de la importancia del automatismo de repetición en el corpus teórico, práctica y formación psicoanalítica?

Freud trata de dar cuenta, a través del juego del fort-da, de cómo el orden simbólico determina al animal humano. Este orden simbólico anula la propiedad natural del objeto y lo captura en su orden, en sus condiciones. No es nuestro juego, no son nuestras reglas. Vaya, ni siquiera en la fantasía somos libres como creemos, o como fantaseamos, valga la redundancia. [¡Incluso cuando fantaseamos con la libertad!] Si la fantasía es una de esas incidencias imaginarias mencionadas arriba, están por tanto determinadas por una cadena significante. Algunos de buena manera aceptan que sus vidas están determinadas hasta cierto punto por la economía de los mercados internacionales, por las decisiones de sus gobernantes, por elementos imprevistos, por fenómenos naturales o genéticos, de los cuales obviamente dicen no ser responsables, y hasta cierto punto tienen razón, pero no parece ser tan trágico en tanto guarden un pequeño recoveco en el que sienten [que] son libres y no están dispuestos a abandonar. Estos por supuesto no toman en serio el descubrimiento freudiano. El analista que cree que a pesar de este automatismo de repetición de la cadena simbólica tiene un poco de libertad y que por “ser” analista, o por vayan ustedes a saber qué “rarismo” narcisista, está exento de ello, está claro que no puede ocupar ese lugar. Como tampoco un analizante puede ser tal sin darle cabida a ello.

No basta, como decíamos, con reconocer este automatismo de repetición. Se puede ser buen lector de psicoanálisis conociendo y estudiando estos conceptos, pero [¿ser?] ¿psicoanalista? Creemos que tampoco es el dejarse llevar y experimentarlo, sino el reconocer que nos lleva y lo experimentamos, a pesar de nosotros. No es “yo elijo, yo decido”, sino el reconocer que esa decisión ya estaba tomada (determinada) desde antes que sea[mos] consciente de ello. Como con aquella frase que le reconocen a Julio Cortázar acerca del amor: no haremos el amor, él nos hará. Lo cual suena una maravilla hablando de este tema, pero en psicoanálisis se trata de tomar esta propuesta de un determinismo inconsciente en serio para la totalidad de la vida psíquica, en “todo lo dado de lo psicológico”, como escribe Jacques Lacan.

Bibliografía

Lacan, Jacques, Escritos 1, trad. de Tomás Segovia, 3ª ed. rev. y corr. México: Siglo XXI, 2009

Notas

[1] ¿En verdad nos creemos que revisamos este escrito porque así lo decidimos? No somos [aquí eliminé la palabra “tan”] ingenuos ni libres en la elección de un tema. Libertad que algunos no se cuestionan, al realizar por ejemplo, investigación “científica”.

[2] Recientemente leímos – que no es lo mismo que trabajarlo – un texto que nos pareció sumamente interesante y que nos da una cátedra de forma de trabajo sobre un concepto, precisamente sobre la pulsión de muerte, titulado La muerte y su pulsión de Juan Vives Rocabert  de la Editorial Paidós, y cuya lectura nos parece obligada. Además de ser un trabajo reciente y enriquecedor.