Otras cumbres y otros retornos

¡Qué venenosos, qué taimados, qué malos nos vuelve cualquier guerra prolongada que no se permite llevar a cabo con violencia abierta!

— Friedrich Nietzsche

«Ahora nos hemos alejado de las exigencias de la academia junto con la seriedad y la pesadez que la acompañan, hemos podido elevarnos lo suficiente por encima de ella —o con ella y a pesar de ella— y nuestras carcajadas han silenciado todas sus voces y no las escuchamos más, durante estos años de camino recorrido y batallas libradas construimos nuestra vía hacia llanuras de calma y tranquilidad —cosa que Zaratustra odia—, por fin encontramos lo que buscábamos y no volveremos a ser presa de las creencias y de las certidumbres, y cosas por el estilo». Por fortuna no es así, no podemos hablar de esa manera. ¿O sí? Quizá deberemos esperar hasta que el pesado enano nos vuelva a visitar y tengamos que librar una nueva batalla.

Un montaje de Nietzsche con uno otro de sus animales, aparte del león, el águila y la serpiente: el gato.
Nietzsche y su gato (!), montaje por ibrahim

Semanas antes de redactar la mayor parte de los escritos que hemos presentado, quizá días antes, estábamos convencidos de haber encontrado la «justificación justa y necesaria» para poder, ahora sí, iniciar nuestro trabajo de «investigación», y asegurábamos que esa sería la dirección definitiva para nuestro proyecto: «Ahora sí, ya estamos preparados, por fin». La seguridad y la alegría eran profundas: nos sentíamos «autorizados» por algunos que sabían «más» sobre Nietzsche y Zaratustra, habíamos encontrado en ellos el «permiso» para poder realizar nuestra investigación —y aquí deberemos «disculparnos» con aquellos que ya antes nos habían animado a iniciar sin demorar más la escritura y que no les hicimos caso; mejor dicho, aunque queríamos, no podíamos—. ¿Qué fue lo que pasó que, durante el transcurso de unos pocos días, ese que parecía ser el «fundamento» de nuestro trabajo, fue abandonado al final?

Decir algo sobre Zaratustra es interpretarlo: esta frase había explotado dentro de nuestra cabeza. Nos daba la libertad de escribir «cualquier cosa» —o casi cualquier cosa, recordemos el comentario que hicimos sobre la forma de trabajo de Derrida: el amor a los textos, la herencia, la fidelidad, la traición, la reinterpretación y la afirmación de una tradición— sobre el texto que durante los últimos años no nos dejaba tranquilos. ¡Eso era! ¡Y al final no fue! O quizá sí, si tomamos como nuestra interpretación todo lo que aquí se ha escrito. No se trataba ya entonces de una interpretación directa de los textos, un comentario sobre ellos, sino la interpretación que estaba teniendo lugar aún fuera del aula, mientras no pensábamos en los libros ni en las frases nietzscheanas. Esa otra interpretación eficaz que se colaba a cada rato en nuestra vida diaria y que operaba cada vez más de manera explícita.

Así, por último, hemos decidido incluir dos trabajos que muestran aún la fuerte tendencia que existía para tener que «cumplir» con los deberes y los formalismos de la academia —y aquí deberemos también ser más cuidadosos en adelante, pues no toda academia se coloca en ese sentido serio y pesado de la rigidez metodológica y científica experimental, valga precisamente el lugar desde donde estamos escribiendo—, para tener que «convencer» a otros de que el proyecto «vale la pena». ¿Según qué criterio? ¿Cuál es el referente? ¿Cómo y quién valora el proyecto? ¿Con qué intención y fin? No hay respuestas unívocas —exacto, desde qué academia habría que preguntarse—. En otras palabras, existe un aprecio especial hacia estos textos por representar los últimos intentos de formalismo y exigencia lógica a que nos enfrentamos.

El contenido del primer trabajo nos «autorizó» para la tesis —Problema además de las fronteras y delimitaciones de lo propio y lo ajeno, ¿nos autorizó o nos autorizamos? ¿nos autorizamos, ellos y nosotros, los autores y nosotros? ¿Quién autoriza y qué? ¿Relaciones de poder?—. Pero existe algo más relevante ahí: el experimento. Y vamos a decirlo también, si por una parte decir algo de Zaratustra era por fuerza interpretarlo, por otro lado, la filosofía nietzscheana es una experimentación —como lo fue su Zaratustra—, y de ahí a juntar filosofía y vida, por tanto, la vida como experimentación, y por supuesto la escritura como parte de la vida, también es una experimentación. Y por ahí también se cuela —secuela— cierta resonancia con la ligereza, y que finalmente las tres implican un riesgo: interpretemos, experimentemos, ligeremos. Mejor aún, las tres son riesgos.

El segundo corresponde a la última versión, la versión «final» de lo que entonces era nuestro Proyecto de Investigación de acuerdo con los lineamientos más generales de lo que suele incluir un trabajo de ese tipo. Un Proyecto reelaborado, reconstruido, revisado y reescrito decenas de veces, y que finalmente no se realizó. Hemos dicho que su inclusión es parte de la «evidencia» de ese academicismo aún fuerte en nosotros hasta hace poco. Y del cual no hay conclusión ni cierre. Pero también existen otros motivos: quizá nunca podríamos haber pasado a un tipo de escritura y elaboración diferente de nuestro «tema» de no haber pasado por todo ese proceso tan estructurado. Sí, tal vez queremos romantizar el pasado, o idealizarlo, «sí, gracias a ese pasado, podemos estar aquí», como sea, de lo que estamos seguros es de que queríamos ese proyecto, en verdad estábamos decididos a realizarlo, queríamos completarlo, llevarlo a fin, estábamos involucrados completamente. Y no sucedió. Y decimos esto porque quizá alguien podría decirnos, «no, mira, quizá el tema no era lo tuyo, no era lo suficientemente de tu interés», caramba, vaya que lo era. Y, sin embargo, no pasó. En su lugar algo más ocupó su lugar. Sí, aún en relación con Nietzsche, pero con un plus: con nuestros antecedentes psicoanalíticos. —Quizá de ahí el interés por la redención del espíritu de venganza en el Zaratustra, la espera por el redentor del redentor, para liberarnos de dicho peso; y atención aquí, porque esa insistencia del Zaratustra en los últimos años también empezaba a volverse una especie de carga—. ¿Qué queremos decir, que fue más fuerte la venganza? Sí, pero también puede pensarse que fue más fuerte la redención, el espíritu de ligereza.

Y en la combinación de todo esto, se abren formas distintas que no logramos explicarnos aún, pues van contra todo sentido común —y qué bueno—: cómo explicar que entre menos certezas tenemos, más ligeros nos sentimos, entre menos creencias, mayor libertad, incluso más seguros, más seguros de la falta de certezas. Al final es lo que más tenemos que «agradecerle» a El Crucificado: habernos proporcionado su martillo —¿será el mismo con el que lo clavaron en la cruz?— para destruir ídolos, pero no sólo eso, el argonauta de pies ligeros también nos proporcionó alas. ¿Quiere decir esto, con toda la arrogancia y el orgullo que merece, que nos hemos elevado por encima de nosotros mismos y de otros, o, por el contrario, con toda sencillez decir que no sabemos si lo hemos conseguido, elevarnos hacia cumbres cada vez más altas y volar sobre múltiples abismos? Ni una ni otra. Digamos que entre ambas: espectros, fantasmas. Se cuela el tema de la compasión, la última tentación de Zaratustra, quizá por ser también las últimas palabras que creemos que escribiremos para estas memorias. Quizá porque resistimos la última tentación en relación con nosotros mismos. Y no sólo la compasión, también la venganza —cuan parecidas nos resultan ahora—. Compasionarse —¿o se dice compadecerse?— y vengarse de uno mismo es la misma cosa. Una tentación recurrente, el tiro en la cabeza, la visita inesperada, la detención de la vida, la predicación de la muerte, la desesperanza eterna. Pero también está la vida, este rememorar, recorrer y revisitar el pasado nos ha llenado de nuevos bríos, respiramos otros aires; mejor dicho, aún, respiramos de otra manera.

[Este texto sigue a Retornos y descensos y anuncia la sección final de los Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Retornos y descensos

Éstos quieren jugar a los dados y aquellos quieren contar y calcular, y esos de ahí quieren ver bailar: lo llaman ciencia, y sudan con ella. Pero no son más que niños que quieren su juego —y ciertamente es una bonita niñería, y algo de risa le sentaría dulce al rostro de los jugadores.

La pedantería del esclavo y del no-artista como fe en la razón, en la finalidad.

Los lógicos y matemáticos y mecánicos y su valor. ¡Cuánto embuste domina también aquí!

— Friedrich Nietzsche

[Retornos y descensos es el antepenúltimo capítulo de los Prolegómenos y sigue a los trabajos presentados en Un último esfuerzo (cont.): Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos; Nietzsche en los márgenes freudianos y La enseñanza del psicoanálisis en la maestría en clínica psicoanalítica del CESTEM]

1.

Un cartel que invita a un seminario en la ciudad de Puebla durante el mes de enero de 2020, ideal para iniciar el año: El dolor de existir. Sus contenidos rezan: 1. Dolor y subjetividad, 2. El dolor de existir: entre la melancolía y el deseo, 3. Aburrimiento-apatía-angustia, 4. Goce y sufrimiento: de la clínica del vacío a la falta. Impartido por reconocido psicoanalista miembro y fundador de diversas asociaciones y posgrados, autor de tres libros, etc. — Y pensar que por un momento consideramos que los pesimistas éramos nosotros, y que todo había sido invento nuestro. ¿Somos prejuiciosos? ¿Cómo es posible que nos dejemos llevar sólo por los títulos? Puede ser, pero a estas alturas no queremos «demostrarlo» más, al menos no dentro de ese psicoanálisis en particular. ¿Cómo, que ahora nosotros somos los que ya no escuchamos, que caemos en eso mismo que criticamos? Al contrario, ya hemos escuchamos acerca de eso durante mucho tiempo. ¿Qué dices, que querríamos entonces un seminario sobre cómo ser feliz y no morir en el intento? Habría que ser ingenuo para querer algo así, como también habría que serlo para estar insistiendo en lo contrario, una y otra vez. Bueno, quizá estamos siendo demasiado duros, después de todo son seminarios de difusión y siempre habrá que estar introduciendo a las nuevas generaciones en los «modos» y «temas» del psicoanálisis. Será inevitable repetir y retornar a ellos en algún momento, indefinidamente. Por supuesto, el problema para nosotros fue que durante diez años el psicoanálisis era lo mismo y lo mismo siempre: dolor, sufrimiento, melancolía, aburrimiento, apatía, angustia. Y parece que sigue. —

2.

¿Se necesita de los psicoanalistas para saber sobre el dolor de existir y los fracasos del amor? No, es obvio que no, si se asiste a esos seminarios es para saber «por qué» sucede así, y el psicoanálisis tiene una «explicación» para eso. ¿Explicaciones? Eso implicaría un saber sobre eso: el dolor, la existencia y el amor. No, ya no queremos acumular saberes ni «explicaciones». El saber nos cansa y el eruditismo nos resulta demasiado pesado para continuar nuestro viaje. Además, quién tiene la medida de tales cosas, ni siquiera los biólogos ni los físicos cuánticos pueden «explicar» qué es la vida —que no es lo mismo que explicar cómo se reproducen los seres «vivos» que buscan aprender a vivir, y los que no también—. Hablan de la existencia y del dolor, quizá para contrarrestar o cuestionar algunos ideales, vale, pero de ahí pasan a cosas igual de desagradables, es decir, pareciera que siguen en lo mismo, pero, dicho de otra manera: la vida es un gran peso. Qué difícil se nos presenta la redención de la venganza, poder decir que así lo quisimos, lo queremos y lo querremos: nuestro tránsito por nuestro peso más pesado hasta ahora.

3.

Otro cartel para otro seminario impartido por el mismo psicoanalista, pero esta vez en Torreón, Coah.: Los fracasos del amor (Celos y Violencia en la pareja). Los contendidos rezan: 1. Los mitos del amor, amar sin mitos, 2. Esos hombres y esas mujeres de hoy, 3. Los celos y la envidia: dos afectos del vínculo, 4. La violencia en la pareja, una forma de relacionarse. ¿Qué dices, que entonces querríamos un seminario sobre consejos para llevar un buen matrimonio, para vivir en pareja? Por supuesto que no. Déjame contarte que ayer vi una película tremenda: Clímax, de Gaspar Noé —seguro te suena por aquella brutalidad de Irreversible con Mónica Bellucci y Vicent Cassel, en fin—, y una de sus frases finales dice: La vida es una imposibilidad colectiva; seguro te recuerda la parábola de los puercoespines que Freud retoma de Schopenhauer, o quizá a Zaratustra y su gusto por la soledad. Pero sabes algo, el baile y la música —y quizá también las drogas— hacen estallar esa imposibilidad; dicho de otra manera, hacen amigable la vida al grado de hacerla «soportable». ¡Al diablo la imposibilidad colectiva de vivir, vinimos a bailar y reír! Y siendo estrictos, si la imposibilidad es colectiva, siempre se puede optar por la soledad, de vez en cuando. Ascender y descender.

4.

Nos reunimos un día para leer el libro guía del nuevo psicoanálisis del sur. Sabemos de antemano que el estilo de este psicoanalista es contestatario, crítico, argumentativo y, muchas veces, acertado en los puntos que denuncia del freudolacanismo. Uno de los integrantes de este reducido grupo de lectura le comenta a otro: «Divide y vencerás, esta es la estrategia que viene siguiendo, el asesinato del padre, promover la revuelta contra él para luego ocupar su lugar. Es un estilo que resulta llamativo, atrevido, pero que en el fondo encubre querer ocupar el lugar de aquel al que ataca, el lugar del maestro: Freud». Será por eso por lo que en Nietzsche no caímos en una situación similar: «Sí, claro, mira, es la voluntad de poder, que lo único que busca es expandirse y superarse a sí misma, no busques más. Así es como funcionan las cosas. Piensa también que lo malo y lo bueno Nietzsche lo ‘explicó’ en su Genealogía de la moral, ahí nos dice claramente de dónde surge cada uno y las inversiones que sufrieron. Claro, la muerte de Dios no es precisamente Dios, te voy a explicar».

5.

Ese mismo colega — el mismo que expresó que los montañistas se lanzan inconscientemente hacia la muerte — en otra ocasión, cuando le compartimos que queremos escribir algo sobre Nietzsche para nuestra tesis pero que nos es complejo entender a qué se refería cada vez que mencionaba la palabra espíritu, nos respondió: «Pero qué vas a hacer escribiendo e investigando sobre Nietzsche, sobre conceptos e ideas que ni siquiera entiendes. Lo mejor es que dediques tu tiempo a hacer algo en relación con el psicoanálisis, en lo que has estado formándote por años. Sólo el psicoanálisis nos puede ayudar a entender la subjetividad. No es la mejor teoría, pero es la única que puede abordar cuestiones tan complejas». Palabras más, palabras menos, sólo el psicoanálisis tiene «aplicación»; sólo el psicoanálisis entiende y nos ayuda a entender; Nietzsche y la filosofía está bien para despejarse un rato, para soñar, pero de qué te sirve trabajarlos, escribir e investigar sobre ellos.

6.

A fin de cuentas, si ése fuera el estilo y los temas predilectos del psicoanálisis, qué. Qué si los freudolacanianos quieren insistir en el goce, el dolor, el sufrimiento, en «explicar» los fracasos del amor, heredar a Freud para conservarlo sin transformarlo, reivindicar que la pulsión de muerte es indomeñable, el reducto biológico imposible de simbolizar, repetir frases y textos, repetir frases hasta el cansancio de muchos, formular sus universales a pesar de su no todo, denunciar que la mujer no existe y que no hay relación sexual, que el deseo es por siempre insatisfecho, que siempre habrá inconsciente y sus formaciones, que el malestar en la cultura es inexorable, inevitable, que no importa lo que hagamos, etc., qué. ¿Qué sucedió en toda esta transmisión que se nos ha quedado tan grabado todo este tipo de frases, de «saberes», de experiencias, de pesimismos, en comparación con otras, quizá menos fatalistas? Y qué hay de los psicoanalistas del sur que apenas empiezan: sus lógicas paraconsistentes, el psicoanálisis como ciencia, el énfasis en la teoría, sus batallas encarnizadas con el freudolacanismo, su recuperación del Lacan científico en detrimento de otros Lacanes, que se dicen investigadores y libres de pensamiento, que no reconocen a su redentor, etc. No tenemos para dónde movernos entre esas dos opciones que exigen fidelidad y adoración ciega. Freud dijo, Lacan dijo, Alfredo Eidelsztein dijo, Nietzsche dijo, Heidegger dijo, Derrida dijo, Zaratustra dijo…

7.

A propósito de Zaratustra dijo, otra invitación. Seminario sobre Topología y Psicoanálisis, impartido por el Doctor en Matemáticas, profesor-investigador adscrito al Posgrado en Matemáticas de la Facultad de Cs. Fisicomatemáticas de la BUAP, con perfil PRODEP y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, CONACYT. —Aha, ¿y qué dijo Zaratustra?—. No lo recuerdo exactamente, algo en relación con las ovejas, que para ellas Zaratustra había dejado de ser un docto, y él se alegraba de eso. Pero eso se lo contó un niño, pues Zaratustra gustaba de estar entre niños que juegan. Y ese juego de los niños era el juego de la creación inocente; sus compañeros de viaje eran creadores; se cansó de utilizar las sandalias unas y otra vez; o más bien se cansó de las viejas sandalias. Zaratustra no pudo estar ya entre doctos cuyo conocimiento no es diferente del cascar nueces, y además es frío en comparación con el calor y calentura de Zaratustra. Y se enojaron con él por estar elevado. O quizá porque cerró la puerta al salir de ahí. —¿Qué si nos comparamos con Zaratustra, que si somos como él?— Digamos que compartimos su náusea.

8.

¿Y la ligereza «nietzscheana»? Era preciso perder para poder ganar. No hemos abandonado el proyecto de la ligereza, simplemente nos parecía más propicio ponerlo en pausa por ahora y saldar previamente nuestro asunto con el psicoanalismo. De alguna manera queríamos «redimirnos» del él antes de dedicarnos e implicarnos «solamente» con Nietzsche. Sí, sabemos que es imposible, aunque digamos que nuestro trabajo sobre la ligereza será «exclusivamente» nietzscheano, sin «ninguna» referencia al psicoanálisis, este estará ahí entrometiéndose, pues de dónde «aprendimos» la pesadez si no de esa relación. No somos ingenuos, esas voces seguirán interviniendo, retornarán junto con otras, se infiltrarán. ¿Entonces todo este trabajo ha sido en vano? «Sabemos» que así lo quisimos, pero aún no sabemos que así lo quisimos, no del todo. En nuestro horizonte aparece la ligereza, pero la venganza sigue siendo fuerte por momentos. ¿Dónde está el redentor que nos redima del redentor? ¿Cómo elevarnos hasta ese portal que se eleva entre dos eternidades?

9.

No sabemos cómo terminar esto Zaratustra, el cierre, la conclusión son imposibles, la vida no es así, a riesgo de hacerla morir de hambre. Cierre, conclusión de esta «tesis» —¡Eres acaso tonto! ¡No quedó lo suficientemente claro que ese era nuestro problema, un conocimiento y saberes cerrados, concluidos!—. No podemos decir que nos hemos curado o nos hemos superado o que nos hemos elevado sobre nosotros mismos y sobre los otros. No hay nada de eso. Qué fácil hubiese sido decirles a esos «hombres superiores» que eran ellos a los que tú esperabas y asunto concluido. Sí, que seguían buscando un Dios, que estaban dispuestos a adorar a un burro, que el aire viciado de la caverna les parecía limpio, que aún dormían cuando tú ya estabas despierto, que no aprendieron tu risa, pero eventualmente podrían hacerlo, etc. Saldar el asunto. Y entonces convencerías a tus animales de que esos hombres eran a los que esperabas en tus montañas, y te quedarías ahí, resignado y pensativo, y enojado de la muchedumbre y plebe que ahora invadía tus montañas, ensuciando tus manantiales, incapaces de escuchar pues es más fácil abrir la mano para dar que para recibir, y entonces por más mar y profundo que fueras, esos ríos sucios y contaminados que son el último hombre te harían descender de la montaña nuevamente, pero esta vez no para predicar, sino para encontrar tu soledad. Iniciarías de nuevo tu ocaso, un nuevo descenso, porque no hay posibilidad de un punto de llegada, un punto final, a riesgo de sacrificar la vida. No podrías decir: «Por fin, este es el Übermensch, escuchen cómo ríe, su carcajada santa». No habría más devenir, Zaratustra. ¿Acaso quieres eso? ¿Acaso querrías que ya no quisiéramos más? ¿Y qué habría de tu amor por los que cruzan los mares y viven en peligro? Nos duele tu partida, pero es cierto que aquí no están los hombres que buscas. No soportaríamos retenerte, es un gran dolor ver sucumbir y desperdiciar un gran potencial en donde no se puede amar más. También nos lo enseñaste, que donde no se puede amar más, lo mejor es pasar de largo.

10.

Tú quieres compañeros de viaje que sean creadores. Nos has dicho que la creación es el camino para la redención del sufrimiento y la vía para volverse ligero. Que para crear es preciso destruir. Y que esa creación es de nuevos valores. Que eso sólo puede hacerlo el niño. Que para ello es necesario la redención del pasado y de todo «fue». ¿Pero te das cuenta de lo que pides? Es la tarea más difícil con que nos hemos topado en nuestra vida —en caso de querer llevarla a cabo—. Siempre hemos pensado que eso de «crear» es propio de los dioses, pero vienes y nos dices que buscas hombres creadores. Cuan fácil es repetir, memorizar o copiar —eruditismo del psicoanalismo—, pero ¿qué se necesita para superar eso? Se necesita de piernas largas y pies alados, grandes acontecimientos y muchas transformaciones.

11.

Suficiente por hoy. ¿Debemos disculparnos por nuestro empecinamiento? Es sólo que la pesadez es algo que no podemos tomarnos a la ligera. Dicho de otra manera, la ligereza nietzscheana es algo que nos tomamos muy en serio: cuando nos ponemos a pensar en ella. Nos hace falta reír, retomar el aire de la montaña, continuar ahí donde habíamos dejado nuestro Proyecto de Investigación «original». Cerramos este gran paréntesis —estos prolegómenos— en relación con el psicoanálisis, esperando que nos sea una mentira «útil» en vías hacia una ligereza nietzscheana —¿una nueva mentira útil?— . Ya empezamos a sentir la nostalgia por lo que era ese «gran» problema que era la tesis. Se empieza a sentir ese vacío que rellenábamos con nuestros pretextos, con nuestras trabas para empezar a escribir, con esa supuesta falta de preparación, el tiempo de nuestra tesis también estaba funcionado como un gran freno que detenía muchas cosas. Pero un nuevo trabajo y proyecto ya nos espera, pero también necesitamos un descanso. Nos hace falta ventilar nuestros pensamientos de nuevo. Y casi estamos seguros de que cuando lo hagamos, una de esas tantas voces vendrá a decirnos —¿Y a quién carambas le importa todo eso que escribiste? ¿Crees que alguien algún día llegue a leerlo?— Pues tal vez le importe a mi asesor, tutor y lector. Me importa a mí, también en ese sentido. Habré «concluido» algo. Importa para unos cuántos familiares —quizá sólo a uno—, no creo que le importe a la mayoría, ni a mis amigos, aunque eso no quite que les dé gusto, tal vez. No lo sé, ¿por qué insisto en responderte algo así? ¿Quién o qué eres, para empezar? Ah, ya, me atrapaste de nuevo. Sí, ya te reconocí con tus pensamientos pesados. Bueno, no quiero presionarte, pero si tienes algo más qué decir, te sugiero que te apresures. Mira, estamos por llegar al punto más alto y por lo mismo a punto de iniciar el descenso. Es el momento más peligroso —y uno de los más divertidos— de todo el viaje y requiere de toda nuestra atención: una caída puede resultar mortal, o por lo menos dejarnos convalecientes por unas semanas. Y aunque quizá tú querrías eso, sabes también que, si algo así sucede, tú no podrías regresar a estas alturas. ¡Espera! Será que también disfrutas y te diviertes con el descenso. ¡Eso es! Quién lo hubiese imaginado, espíritu de la pesadez, que también anhelas aventura, alegría y diversión. ¡Y ahora estás riendo! ¡Pero qué pillo tan tramposo! No me lo creo. Como sea, ven, iniciemos el descenso, y sujétate bien que no quiero perderte. —¿Desde cuándo te importa eso? Siempre he descendido contigo y nunca me has perdido, nunca te había importado—. Ah, tramposo, casi me haces caer de nuevo teniendo que formular respuestas y «explicaciones». En fin, quieras o no, te vas a callar, porque aquí viene el descenso.

12.

Postal. Resulta que la montaña más elevada nace de los mares más profundos, y que a la cueva de Zaratustra se llega tras cruzar abismos inconmensurables, en las montañas más altas y solitarias de la Tierra. —¿Cuántas veces lo estuvo diciendo, pero no lo escuchamos?—. Es más, quizá esa cueva se comunique con el fondo del mar. ¿Pero existe alguien que se haya ganado el derecho de realizar dicha travesía? —Nosotros lo seguimos peleando—.

Un último esfuerzo

Éramos amigos y nos volvimos extraños. Pero está bien así, y no nos lo queremos disimular y encubrir como si tuviéramos que avergonzarnos de ello […] creamos en nuestra amistad estelar, incluso si tuviéramos que ser enemigos terrenales.

— Friedrich Nietzsche

[Un último esfuerzo se inserta después de los textos Pináculo o cumbre y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, como parte de los capítulos que conforman la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un último esfuerzo que puede apreciarse por lo menos en tres sentidos: un último esfuerzo del psicoanalismo por querer sostenerse aún, por nuestra renuencia a renunciar a él, a pesar de su peso; un último esfuerzo para luchar contra él en una batalla más; un último esfuerzo por intentar «armonizar», articular ambas tendencias, para no abandonarlo, para conservarlos, pero de una manera distinta. Como se verá, los tres sentidos de este momento están reflejados en los siguientes tres trabajos. Dicho de otra manera, en cada uno de los trabajos la «intención» respondió a cada uno de estos puntos.

Jacques Lacan con uno de sus famosos puros retorcidos.
Jacques Lacan (1901-1981)

I) Los dos primeros trabajos son en relación con dos textos del mismo autor, Juan Manuel Martínez, un psicoanalista argentino que últimamente visita frecuentemente nuestro país. En ese entonces la maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM estaba por iniciar su primera generación y siendo uno de los docentes para formar parte de la planta de profesores de dicho posgrado, se me pidió que presentara su libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos[1], a propósito del seminario que también vendría a impartir en esos días: Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis[2]. Juan Manuel fue un nuevo —y quizá el último— respiro de aire psicoanalítico. Al final de su seminario recuerdo haberle reconocido que su trabajo era muy diferente a lo que había escuchado durante años y que su trabajo nos libraba de una serie de prejuicios y vicios que durante nuestra (de)formación psicoanalítica nos habían sumido en el conformismo. Este analista argentino era parte de lo que ahora podemos llamar la primera oleada del nuevo psicoanálisis del sur; tan chocoso, molesto e inoportuno que hemos mencionado anteriormente. Pero seamos más claro respecto a esto: lo que no soportamos es el entusiasmo que ensordece todas las demás voces. Los nuevos seguidores de este psicoanálisis del sur que, en sus vídeos, fotos de perfil de sus redes sociales, sus días de vacaciones y lindas imágenes, se las ingenian para poner en primer plano su nueva biblia: Otro Lacan[3]. Dicen haber descubierto la «verdadera» intención de la enseñanza de Lacan… a través de otro autor. Ahora son repetidores de sus nuevos maestros e ídolos: «Freud es como el Titanic y hay que dejarlo hundirse»; ¡siguen siendo creyentes! Lo único que hicieron fue asistir a un nuevo templo con un nuevo Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso no estamos repitiendo a Nietzsche o Zaratustra? ¿Acaso no nos reconocemos en eso que tanto criticamos y denunciamos? Sí, y quizá por eso nos resulta tan molesto, porque sabemos a dónde conduce esa vía. Seamos «justos», nosotros pasamos por ahí, y tal vez sea un transitar inevitable para todos. Nosotros, a diferencia de los que continúan en ese barco, hemos zarpado hacia otros mares.

El trabajo de Juan Manuel —sus textos, vídeos, seminarios— atrapó nuestra atención por varios meses. En realidad, escuchábamos un psicoanálisis distinto, aunque pensándolo bien, lo que nos llamó la atención era su estilo contestatario hacia las generaciones de psicoanalistas anteriores y lo ameno que resultaba escucharlo: coincidíamos en que era una enseñanza petrificada y somnolienta. Digamos que abría la posibilidad de pensar y estudiar nuevamente los textos psicoanalíticos desde otra perspectiva: que los textos de Lacan no son imposibles de leer, que el psicoanálisis no es una experiencia mística, que es posible entender de qué va un psicoanálisis sin necesidad de pasar por la experiencia, etc. Desafortunadamente para nosotros —a pesar de esta novedad—, ya estábamos muy lejos de esas sendas lacanianas y freudianas como para retomar la intensidad de su estudio nuevamente. Nuestros intereses se habían colado ya por otras grietas —o quizá haya sido al revés—. Esto no impedía darle seguimiento a su trabajo, pues también impartió algunos cursos durante la maestría de la que también nosotros éramos partícipes y circulaba por los pasillos y conversaciones lo que él hacía y lo que sus colegas argentinos estaban trabajando. Podríamos decir que era el único analista al que le prestábamos atención después de algunos años —durante nuestros cursos sobre psicoanálisis en la maestría y doctorado en el Colegio de Saberes no tenemos mucho qué decir, nosotros ya estábamos cansados de eso, quizá lo que sostuvo esos cursos para nosotros fue el estilo de los profesores: por lo menos no se empeñaban en descalificar otros saberes ni se mostraban inamovibles en relación con su saber—.

La presentación de su libro estuvo llena de elogios de nuestra parte —cosa que leemos nuevamente y nos sorprendemos de la hospitalidad que le brindamos; aquí debemos aclarar que cuando se nos pidió presentar su libro, no teníamos idea de nada sobre él ni sobre sus trabajos, lo conocimos el día de la presentación; desafortunadamente, cuando hubo una nueva presentación de libros unos meses después, esta vez, ya con mayores integrantes y fieles jurados del nuevo movimiento psicoanalítico del sur, una vez que las iglesias empezaban a tomar fuerza, se prefirió recurrir a otros lectores que a quien escribe esto—. Dijimos de Juan Manuel que era alguien que se arriesgaba a proponer definiciones dentro del psicoanálisis que podían caer en la vulgarización y cristalización; afirmaba que hay técnicas psicoanalíticas, cuestión altamente debatida; se proponía desengañarnos de lo que nos han dicho que Lacan dice, para mostrarnos que no es cierto, que hay cosas que Lacan nunca dijo pero hemos creído que sí; que la práctica psicoanalítica y los psicoanalistas varían por región o país; que conocía muy bien la obra de Freud y Lacan; que su escritura era clara e ilustrativa; nos ayudaba a entender y diferenciar las obras de Freud y Lacan, además de estas con las de los postfreudianos y kleinianos; era un texto que nos sorprendía y brindaba algunas respuestas; estaba abierto al diálogo con otras disciplinas, como la filosofía; sabía darle lugar a la importancia de la teoría dentro de la práctica; cuestionaba la práctica y la transmisión del psicoanálisis y el supuesto de que no tiene relación con la ciencia.

La estocada final llegó cuando unos meses después anunció un texto titulado Freud, lector de Nietzsche[4]. Nuestro entusiasmo no se hizo esperar, fue inmediato —estábamos emocionados, lo adquirimos el primer día de venta, queríamos saber qué tenía para decir este psicoanalista que había captado nuestra atención con su forma de trabajo de los textos lacanianos, y cómo leía y articulaba con los textos nietzscheanos, ¿se entiende a quién leíamos en ese entonces?—, pero hasta cierto punto efímero: teníamos cosas por decir y qué responderle a su autor, y de ahí surgió el texto siguiente.

II) Nietzsche en los márgenes freudianos[5] se produjo como una «defensa» del filósofo alemán, pues durante la lectura del texto de Juan Manuel identificamos algunos elementos que no nos parecían del todo precisos, aún con la libertad que toda interpretación permite. Nos pareció que no podíamos quedarnos callados ante tales dichos. Las imprecisiones en relación con la obra de Nietzsche y con los textos freudianos, y de la articulación de estos, nos animaron a escribir una respuesta tomando como «marco teórico» la deconstrucción derridiana y los Márgenes de la filosofía[6] de Jacques Derrida. Los textos freudianos no nos eran desconocidos, en relación con Nietzsche teníamos claros los puntos que había que aclarar, y el «método» marginal nos ofrecía una vía para la escritura. Estos tres elementos lograron una mezcla que nos permitió no sólo tener una respuesta al texto de Juan Manuel, sino descubrir hasta cierto punto que ahí se escondía una trampa bastante evidente para nosotros: él afirmaba que había leído la obra de Nietzsche, lo cual nos dejaba con serias dudas. Y no sólo eso, también eran evidentes algunos descuidos —que son fundamentales para nuestra argumentación— en relación con su lectura de los textos freudianos. Nos sorprendía aún más en la medida en que él mismo recalca en sus presentaciones que su estilo de trabajo es con citas, y son estas el principal problema del texto.

Hasta la fecha nos seguimos preguntando qué pasó: meros descuidos, deslices, desinterés, precipitación. Sólo él podría responder, pero no lo hizo. ¿Cómo lo tomamos, más allá de la respuesta que le dimos en el trabajo que escribimos? Que resulta sumamente difícil declararse ignorante respecto a ciertos temas; que resulta casi imposible  —para los psicoanalistas, por lo que hemos visto y escuchado— reconocer que se desconoce la obra de ciertos autores, y si se reconoce que no se la conoce es porque seguramente no es «importante» o «relevante»; que se cree saber lo que un autor quiso decir a partir de la lectura de unos pocos textos —quizá ni siquiera del autor en cuestión—; y que sobre todos ellos el psicoanálisis ha dicho más y mejor las cosas —ya sabemos que aquí vendrá alguien a decir que no es así—. (Para nosotros resultaba increíble que con aquellos que llegamos a comentarlo, desconocían las críticas de Derrida a los textos lacanianos. ¡Pero no eran capaces de reconocerlo! Situaciones algo extrañas). Creemos que por ahí fue la «lectura» de la obra de Nietzsche que hizo Juan Manuel: quizá creyendo que podría escribir sobre su obra a partir de algunos fragmentos —¡fragmentos!—. (Aunque tampoco sería imposible: Derrida escribió un libro a partir de una cita a pie de página del texto más famoso de Heidegger, según dicen). Claro que existe la posibilidad de que esto no sea así y que en realidad haya leído la obra nietzscheana y tuvo una serie de problemas y dificultades al momento de citarlo, exponerlo y ponerlo por escrito, además de los problemas que representaba Nietzsche dentro de la obra de Freud. Puede ser. De alguna manera este psicoanalista caía en algunas de las trampas que hasta el momento denunciaba: cuando se dice que tal autor dijo, aunque no se pueda dar referencia de dónde lo dijo. Trampas en las cuales también caímos durante nuestra pedantería psicoanalítica: nosotros los psicoanalistas lo sabemos todo, y si no, lo inventamos —nos dirán que no es así, está bien, para utilizar una de sus frases: no todos son así, es cierto, sólo recuérdese que aquí nos referimos al modo en que circulaba la enseñanza psicoanalítica, más que a las personas en concreto: y lo que se dice y circula, no debería olvidarse que fue dicho—. ¿Será que este aparentar haber leído una obra sea un resto también de esa formación de psicoanalistas que tanto critica Juan Manuel? Puede ser.

Cuando se publicó nuestro texto en la revista Reflexiones Marginales, escribimos un correo a Juan Manuel compartiéndole la noticia y anexando una versión del texto para una mejor lectura, al tiempo que solicitábamos sus comentarios y reconocíamos su trabajo —era evidente desde el momento que escribimos sobre él—. No recibimos respuesta. Un par de meses después regresaría a impartir otro seminario al que también asistimos. Un compañero que leyó nuestro trabajo en la revista nos señaló que era la oportunidad de preguntarle sobre ese asunto, pero no lo consideramos adecuado: no era el tema, y el momento para nosotros ya había pasado —considerando que, aunque el trabajo se publicó durante la primavera del 2019, nosotros lo habíamos finalizado desde finales del año previo—; después de todo, quizá nuestro correo nunca llegó o se quedó en el correo basura. Dicho de otra manera, ¿por qué ya no nos resultaba vital lo que tuviese que decirnos, que no es lo mismo decir que no nos interesara? —A ver analistas, interpreten: ¿caída del sujeto supuesto saber, caída de la transferencia, fin de análisis, resistencia al análisis, denegación, o qué le gusta?—.

III) Se realizó el Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis[7] —al primero ya hicimos referencia, en el que expusimos nuestro trabajo El coraje de hacer historia— y nuevamente participamos. Esta vez presentando formalmente la maestría, a pesar de que la primera generación ya estaba a medio camino. Como ya anticipamos, este tercer trabajo estaba impulsado por una especie de articulación o «reconciliación» entre los dos anteriores: ni una aceptación total e ingenua del nuevo psicoanálisis del sur ni tampoco el rechazo y la ruptura definitiva con el «viejo» psicoanálisis; podría haber tal vez una postura «intermedia». Y así lo intentamos. Resultaba muy claro el rumbo que empezaba a tomar la maestría: de los maestros invitados al primer coloquio no quedaba prácticamente nadie; y la tendencia iba hacia el «sur». En verdad intentamos esa reconciliación. Veamos tan sólo, para iniciar, nuestros autores de referencia: Alfredo Eidelsztein (!), Jacques Lacan y Sigmund Freud —¡Por fin nos queda claro que nuestra aversión es hacia los lacayos del psicoanálisis, o quizá hacia el «lacayismo»! Aunque no por esto aceptamos y participamos del movimiento «eidelszteniano» por un psicoanálisis científico—. Durante nuestra presentación recordamos el Primer Coloquio, así como la visita que había hecho aquel psicoanalista argentino a la ciudad de México. Ya desde entonces denunciábamos lo erróneo que nos resultaba la transmisión del psicoanálisis por la que habíamos pasado. En este sentido sí seguíamos a Eidelsztein: criticaba eso que él llama lacanismo, conocido también como freudolacanianos o poslacanianos, cuyo movimiento y enseñanza es sumamente conservador y cerrado a la novedad de la enseñanza de Lacan. Este lacanismo, según él, sólo se ha encargado de igualar la enseñanza del psicoanalista francés con la del médico austriaco, asumiendo que no existen novedades ni diferencias, manteniendo una serie de prejuicios que impiden la circulación y avance del psicoanálisis, principalmente de aquel que dice que no es ciencia.

Lacan había anticipado su fracaso, para él el inconsciente es lo nuevo y lo nuevo siempre[8], sin embargo, los psicoanalistas nos habíamos encargado de convertirlo en lo contrario, ahí fue donde fallamos todos: el inconsciente era lo mismo y lo mismo siempre, o, dicho de otra manera, el psicoanálisis ya no sorprendía a nadie, ni a nosotros mismos, no había espacio para la novedad, el asombro o la alegría. Se había vuelto, ya desde los años del auge lacaniano, en algo sumamente trivial, vulgarizado y archiconocido. No hubo novedad, a Lacan se le redujo a un comentador de la obra freudiana, a un «traductor» de la misma y de lo mismo. En ese sentido, nos sentimos muy cercanos a Lacan: no era posible la circulación o la producción de un pensamiento nuevo. La asimilación fue casi completa y total, se trataba de domesticar el pensamiento lacaniano e igualarlo al de Freud: Lacan es lo mismo que Freud, pero con otras palabras y desarrollos, pero en «esencia» no dice nada que el «maestro» no haya dicho o señalado. Un último esfuerzo para mantener vivo el psicoanálisis para nosotros, vamos, vayamos con el más representativo de este nuevo psicoanálisis del sur, escuchemos qué tiene para decir; tiene buenos argumentos, algunos muy consistentes, etc. Ahora que lo pensamos, estábamos reconociendo públicamente —ante los asistentes al coloquio— que nos alineábamos —que no es lo mismo que alienábamos— con el sentido que la maestría estaba tomando. Adelante, hagámoslo, si el psicoanálisis es siempre lo nuevo y lo nuevo siempre, y si ser lacaniano es retornar a Freud para ir hacia adelante y para que circule algo nuevo, por supuesto que nos subimos a ese barco. Pero una cosa era Alfredo Eidelsztein y otra muy distinta sus seguidores. Como sea, estábamos dispuestos, a reserva de algunas condiciones:

Salvaguardarnos de«creer que contamos con la enseñanza y lectura verdaderas. Nadie tiene la medida de tales cosas. Estoy seguro de que han escuchado esto una y otra vez, lo saben, saben que es así. No basta decir que hay diferentes lecturas, multiplicidad de sentidos e interpretaciones, es necesario decir además que el sentido está agujerado, al igual que la verdad. No hay sentido último ni ultimísimo de los textos. Estoy seguro de que saben todo esto. Lo interesante es preguntarnos si lo decimos por mera formalidad, porque se espera que se diga tal tipo de cosas en tal tipo de eventos o porque en realidad hemos caído en cuenta de que ninguna postura es [la] soberana. La segunda es que la posición de la maestría, que incluye a coordinadores, maestros y alumnos, esté sostenida sobre la lógica de sus argumentaciones. Es decir, que se sostenga sobre ese compromiso con las ciencias que Freud tantas veces expresó y practicó. Y no como los médicos y filósofos que rechazan, miden y critican desde su pasión despreciando la argumentación lógica. Iremos viendo si esta maestría, con todos sus involucrados, descansa sobre una «naturaleza intelectual» o sobre «fuentes afectivas». En otras palabras, que la apertura que exista en este espacio no termine volviéndose cerrazón hacia otras propuestas, desconociendo su multiplicidad y diferencia no oposicional. Una más, que más bien es un gusto. Que la solemnidad y la seriedad, por no decir otra cosa, que suelen asociarse con la práctica y pensamiento científico, no acaben por invadir el ánimo de los maestros y alumnos. Que el trabajo se lleve a cabo lejos de la pesadez y seriedad que acaban por matar cualquier intento de innovación o creatividad. Y, por lo tanto, acabarían por cerrarse al inconsciente. Me gusta pensar que si Epicuro hubiese conocido el psicoanálisis habría dicho igual que dijo respecto a la filosofía: cuando se psicoanaliza es preciso reír»[9].

Desafortunadamente —para nosotros— ninguna de estas tres tuvo lugar. El autor Eidelsztein y sus textos se convirtieron en el estandarte de las nuevas filas de beligerantes psicoanalistas: todo lo anterior era mentira, mera y pura charlatanería, por fin había llegado alguien cuya palabra era portadora de la verdad de Lacan —aunque digan que no hay referente para comparar las teorías, aunque digan que esto no es cierto, etc.—. En dicho estandarte se lee que la ciencia, la teoría y la investigación son parte de sus directrices, por lo que la seriedad científica les está dada en «automático», y quien no lo considere así, seguro no ha entendido la buena nueva del nuevo evangelio del sur. La mentira freudolacaniana del millerismo deberá caer, porque los portavoces de la novedad del pensamiento lacaniano y del nuevo psicoanálisis por venir han llegado. Es tiempo de que dejemos morir a Freud, que se hunda, avancemos, estamos cansados del mismo psicoanálisis una y otra vez, dicen. Sí, compartimos su cansancio, la pesadez de la tradición y enseñanza psicoanalítica, que necesitamos un pensamiento nuevo, que circulen otras y nuevas cosas; pero no compartimos su entusiasmo, ya no, y quizá por esto sabemos el futuro que nos espera en dicha institución. Por ahora estamos cansados de la batalla como para enfrascarnos en una más. Nosotros hemos puesto fin a nuestra guerra con el psicoanálisis que ustedes denuncian, en eso coincidimos, pero para nosotros no es necesario rellenar ese lugar de nuevo, colocar un nuevo becerro de oro, enlistarnos en un nuevo ejército, guerrear en batallas que no son las nuestras. Ese lugar se puede quedar vacío para nosotros, y si eventualmente se destruye incluso el lugar, mejor aún. Quizá sí seamos, como dice su Señor, unos «nihilistas intelectuales», no tenemos otra mejor forma de describirnos o clasificarnos en este momento, quizá en eso estemos llenos de dudas, y no nos interesa hallar certeza ni fundamentos para salir de este estado —¿no es por eso por lo que insisten en la cientificidad del psicoanálisis? ¿no es ese uno de los principales motivos por los que pelean, para poder lidiar con las dudas, incertidumbres, sin sentidos, vacíos, abismos, etc.?—, de lo que no dudamos es que habernos quitado ese pesimismo y pesadez del eruditismo del psicoanalismo nos ha abierto un panorama de la vida plural y colorido del que no teníamos ni la más mínima idea. El saber pesa, y cansa, y nos llevó a la aversión y venganza: redimirnos de ella, hacia allá apunta la ligereza.

Volvemos a leer el texto y recordamos el disgusto que pasamos cuando verificábamos el problema que tenía Freud en relación con Nietzsche: parecía que el maestro vienés se anticipó o fue ejemplo de eso que muchos psicoanalistas repetirían después de él: la arrogancia y soberbia de negar el reconocimiento o crédito a otros autores, o de pretender conocerlos, pero desestimarlos. Creerse genios, y algunos se creen igual de genios que su «padre» —y el nuevo psicoanálisis del sur empieza a producir efectos similares, sus seguidores quieren levantar el vuelo, pero la pesadez de su pedantería no se los permite—. Algo que notamos en esta relectura es que Freud tenía que hacer parecer que esos informes de Nietzsche le habían llegado por alguien más: Groddeck o el Hombre de las ratas —aquí no se menciona a Lou—, como si para él estuviese prohibido reconocer reconocerse como lector de Nietzsche. El texto de Juan Manuel nos aclara un tanto ese punto: era el temor y prejuicio de Freud hacia la filosofía, que se pensara que las influencias del psicoanálisis estaban cercanas a la especulación filosófica más que del razonamiento científico. ¿Por qué en otros momentos es capaz de reconocerles a los poetas o literatos el haber «llegado» antes que él a los «descubrimientos» psicoanalíticos, pero nunca lo hizo así con Nietzsche? ¿Qué queremos decir? Estábamos desilusionados, era la caída definitiva de Freud. Tal vez creemos en Zaratustra —que no es lo mismo que Nietzsche, no siempre— por su estatuto de ficción, porque Nietzsche mismo sabía que no se podría «confiar» en los hombres. Que, en definitiva, en los hombres —¿quizá en las mujeres?— no parece haber la posibilidad de esa transmutación.

Algunos dirán que ese problema ya está saldado y lo dejemos por la paz: ¡qué importa cuáles fueron las influencias y antecedentes del psicoanálisis freudiano, lo que importa es el descubrimiento del inconsciente y el tratamiento que se deriva de él! —En alguna ocasión le preguntamos a uno de nuestros primeros maestros psicoanalistas cuál era su opinión sobre el decir de cierto filósofo que expresó lo siguiente: «Muchas de las ideas de Freud sobre el hombre ya habían sido anticipadas por Thomas Hobbes, por ejemplo, aquella de que el hombre es el lobo del hombre». La respuesta que recibimos, sin que se dignara en voltear hacia nosotros, levantando el mentón y jalando su cigarrillo, fue: «Si era tan bueno y ya había anticipado eso, ¿por qué no inventó el psicoanálisis?». En otra ocasión con motivo de las grabaciones para la película Arráncame la vida en la ciudad de Puebla, basada en la obra homónima de Ángeles Mastretta, también pregunté: «¿Por qué cree que la protagonista actuaba así?» La respuesta fue: «Pues porque era vieja». Y así por el estilo—. Y estamos de acuerdo, porque para nosotros ese no es el problema, sino lo que subyace y que ha permanecido como parte de la transmisión en el psicoanálisis. Le dedicamos todo este espacio y «tesis» a este tema, pues en una disciplina donde predican ser los únicos que escuchan de otra manera la Alteridad, lo Otro, lo extraño, lo ajeno, etc., con lo que mayormente nos hemos topado, o, mejor dicho, lo que mayormente atestiguamos que circula, es la creencia fundamental de que sólo el psicoanálisis —y cada quien su psicoanálisis— vale, excluyendo precisamente eso con lo que supuestamente son hospitalarios. Así valió para nosotros durante un tiempo. Y ahora vuelve a valer, pero de otra manera. Y llegados a este punto ya no tiene caso exponer cuáles serían las posibles respuestas que nos darían para seguir defendiendo su postura. Apenas nos estamos recuperando del cansancio que había significado cargar con esas formas del psicoanalismo.


[1] Martínez, J. M. (2018b). Lacan: El concepto de Transferencia en los Escritos. (s/e).

[2] El seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis tuvo lugar durante los días 20 y 21 de abril de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[3] Eidelsztein, A. (2018). Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. (2a ed.) Letra Viva.

[4] Martínez, J. M. (2018a). Freud, lector de Nietzsche. (s/e).

[5] Ocádiz, E. (2019). Nietzsche en los márgenes freudianos. Reflexiones Marginales, Año 8, Núm. 50, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.) Cátedra.

[7] El Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en psicoanálisis se realizó el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[8] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós.

[9] Tomado del apartado La enseñanza del psicoanálisis en el CESTEM.