Del cuerpo a la descorporización

Una cosa que se explica deja de interesarnos.

¡Cuídate, pues, de no explicarte demasiado a ti mismo!

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a los compartidos anteriormente ¿Por qué Nietzsche? I y II de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes. Los subtítulos entre corchetes han sido añadidos posteriormente]

Teniendo en cuenta lo expuesto en el capítulo anterior, tenemos que matizar y aclarar ciertos puntos en relación con el cuerpo, el psicoanálisis y la vida. No se trataba en aquel entonces de erigir nuevos ídolos, ni de cambiar un Dios por otro, ni de una «conversión religiosa» o cambio de paradigma —del que además ni siquiera podríamos dar cuenta de manera puramente lógica, como lo señala Alan Chalmers en ¿Qué es esa cosa llamada ciencia?: «No existe ningún argumento puramente lógico que demuestre la superioridad de un paradigma sobre otro y que, por tanto, impulse a cambiar de paradigma a un científico racional»[1]. Dicho de otra manera, los motivos últimos sobre los que los científicos deciden su cambio de adscripción no son solamente lógicos. ¿Será acaso, a fin de cuentas, dinero, trabajo, rencillas, poder, amistad, enemistad, creencias, fe? No pensemos mal, ellos dicen que su empuje viene dado por su «voluntad de verdad»—. Estábamos cansados de creer, nos descubrimos como unos tipos religiosos que creían en la verdad y las razones últimas y universales: queríamos fundamentos. Por esto mismo, necesitamos restarle peso al lugar del cuerpo que en el apartado anterior aparece como el espacio en el que tiene lugar toda esa vitalidad que experimentamos durante nuestra primera lectura de los textos nietzscheanos, y también en el que tiene lugar la posterior pesadez. Es necesario aclararlo para evitar caer en otro engaño y, por lo tanto, continuar siendo veneradores, idólatras y creyentes —pero no resulta tan sencillo de resolver: «He matado al idólatra que hay en mí», «Ya no creo en nada ni en nadie, a partir de ahora construiré mi propio camino, la intuición será mi guía», «No existe mejor enseñanza que la vida misma», «Me declaro una mezcla entre agnóstico y escéptico», «Soy Zaratustra, el más ateo de los hombres, ¿existe alguien más ateo que yo?», etc.—. No es algo que podamos resolver en un instante: por una parte sí existe la afirmación de que la experiencia vital del cuerpo trastocó nuestra vida radicalmente, por otra, dicha experiencia se da por instantes, incluso por azar, aunque en otras ocasiones salimos a buscarla y nos encontramos; pero al mismo tiempo no «logró» consolidarse como nuestra «buena nueva»: «Acercarse amigos míos y escuchad: esa otra razón, el cuerpo, es la verdad y fundamento último de todo acontecer. Apreciarlo y adorarlo, pues sólo de él florecerán los frutos más dulces y jugosos que jamás hayan probado. Escuchad esto, grabárselo en su memoria y esparcirlo por todo el Continente». No fue así, lo cual no significa que reneguemos o hayamos abandonado esa vía. ¿Qué pasó con el soberano en nosotros y que en cualquier otro momento hubiese querido difundir ese mensaje para todos? No dejamos de estar en batalla con nosotros mismos —y quizá lo estemos hasta nuestros últimos días—, pero cómo resolver que, a pesar de haber desenterrado un gran tesoro, su brillo ya no haya iluminado todo.

Nietzsche y su Martillo, Nietzsche and Hammer
Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

[Cuerpo, Cuerpismo]

De haberlo resuelto como solíamos hacerlo, significaría que habíamos encontrado un nuevo Dios: ahora es esto, el cuerpo. En esas búsquedas queríamos creer en algo o alguien, a pesar de que la vía de la creencia religiosa «ortodoxa» nos estaba cerrada. Nunca hemos podido creer en dios, aunque quisiéramos; más de diez años de adoctrinamiento en un colegio católico no sirvió de mucho, digamos que hizo su trabajo a medias: resultamos ser unos tipos religiosos, pero no del dios que nos proponían. Pero había algo erróneo en todo esto, y no podemos explicarlo aún. Es sólo que, por un lado queríamos creer en algo, tener la seguridad y certeza de que habíamos llegado a tierra firme, donde las sentencias no podrían ser destruidas, un lugar en el que ya no sería necesario zarpar más —incluso Zaratustra vino a darle un giro a esta idea de movilidad y aventura a través de los mares, el barco, el puerto, el viaje, el vuelo, etc., Zaratustra subvirtió todo esto en nosotros, él se eleva, vuela, al igual que su sombra: «Pero sobre la hora del mediodía, cuando el capitán y su gente se hubieron reunido de nuevo, vieron de repente a un hombre dirigiéndose hacia ellos por el aire y una voz decía con claridad: ‘¡Ya es tiempo! ¡Ha llegado la hora!’. Pero cuando aquella figura estaba más próxima a ellos —pasó rápidamente de largo, como una sombra, en dirección a donde se encontraba el volcán— reconocieron, con gran asombro, que se trataba de Zaratustra»[2]—, queríamos dejar de ir de un lugar a otro, queríamos paz en nuestros pensamientos, ¡éramos unos decadentes! No queríamos querer. Por otro lado —nos vamos a contradecir, «el yo y el mí siempre discuten acaloradamente»— no soportábamos a los sabios y doctos que tenían respuesta para todo, a pesar de que en sus discursos sermoneaban la imposibilidad de saberlo, y se jactaban de saber eso, precisamente. El problema era que no pasaban de cosas como estas, en las que tenían su tierra firme: «No se puede saberlo todo, aprende a vivir con eso». A esto se reducía su propuesta, junto con la predicación de la eterna insatisfacción del deseo. Quizá este último acabó rebasándolos y no pudieron más que intentar domesticarlo, sometiéndolo a las leyes de la razón y la dialéctica, y acabaron por reducirlo a un elemento más de su teoría, sin la explosividad y potencia que quizá podría tener. El deseo quedaba reducido a una cuestión solitaria, individualista, trágica y melancólica, más cercano a la muerte que a la vida. Lo que más añorábamos —y esto sólo lo podemos pensar actualmente— era la vitalidad que el psicoanálisis no tenía en ese entonces, aunado al desprecio por el cuerpo y los afectos como algo meramente «imaginario»[3].

Quizá así se entienda mejor por qué, desde sus primeras líneas, la Consideración Intempestiva II, De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida[4] nos produjo una gran conmoción. Dice Nietzsche a través de Goethe: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[5], a diferencia del psicoanálisis que no había hecho —en última instancia— más que acrecentar nuestro resentimiento hacia la vida. No fue tan fácil la ruptura, como veremos más adelante, seguía resistiendo, queriendo salvarlo —justo como me habían enseñado y había aprendido, como veía que hacían los psicoanalistas: si critican es porque seguramente no han leído y sólo se dejan llevar por comentarios y prejuicios, y si lo han leído seguro no lo han comprendido; para estos dos casos y otros que pudieran presentarse, es preciso defender al padre Freud—. Pero rescato los años de análisis en el diván: después de todo fue en esos años que me enganché a la bicicleta de montaña, que decidí indagar en otros saberes, distintos del psicoanálisis, entre otras cosas que aprecio y recuerdo gratamente. Digamos que lo que sucedió, o no, en ese espacio clínico también abrió la posibilidad de pensar en moverme de ahí, lo que me pondría en camino —viéndolo retrospectivamente— hacia un lugar y tiempo en el que a Nietzsche tendría un papel relevante, pero no único. A diferencia de la transmisión y enseñanza del psicoanálisis, en la clínica tuve la «fortuna» —no sé de qué otra manera decirlo en este momento— de no encontrarme con un nuevo amo.

Nietzsche’s Hammer por Leo Amaral (Artista Conceptual Independiente e Ilustrador)

No se trataba entonces de erigir un monumento al cuerpismo. Y nuevamente no resulta tan sencillo definirse o decidirse en relación con esta idea del cuerpo. Por una parte, aquella primera lectura de los textos nietzscheanos se cruzaba con un momento de intensa actividad física, un período de movimiento y esfuerzos corporales que no habíamos experimentado nunca; coincidíamos plenamente con Nietzsche: cuerpo, vitalidad, actividad, sangre, corazón, aire, metas, riesgos, límites, superaciones, dolores, alegrías, etc. Esa era nuestra nueva razón de «ser», el estar superándonos por medio de aquellas actividades. Por otra —y esto puede añadirse a las respuestas del apartado anterior sobre la caída de Nietzsche, que por cierto nos remite también a que calló al final de su vida, que su voz se apagó, que no tenía ya nada para decirnos, o, como hemos podido rectificar, aún tenía bastante para decirnos a pesar de su silencio y caída—, no queríamos caer nuevamente en las necedades de decir que esa era la respuesta, que ahora habíamos encontrado lo que buscábamos. Curiosamente no pensábamos en nada de esto durante nuestras salidas. No diremos que no pensábamos en nada, el pensamiento no puede encontrar asiento y algunas ideas y formulaciones encontraron su expresión más clara durante algunos ascensos —nunca durante el descenso pues este exige la máxima atención al camino, la posición del cuerpo, la fuerza del frenado, el trazado de las líneas, el balance en las vueltas—, ayudados muchas veces por el silencio de la montaña. En esos instantes el pensamiento sobre el sentido de la vida rara vez nos visitaba, pues la vida sucedía, precisamente, en aquellos. Quién sabe qué otras ideas se habrán quedado en esos caminos. Teníamos y no teníamos la respuesta, entre sí y no. Aunque nuestra actividad en la montaña ha disminuido, ha sido una de las «verdades» —o «mentiras útiles»— más hermosas que hemos podido permitirnos, uno de los errores más útiles que hemos llevado a cabo. Debido a esto nos reservamos la antigua pretensión de afirmar la universalidad de lo que estábamos viviendo. Además, los fragmentos habían perdido su mala reputación y, por el contrario, multiplicaban las posibilidades pues ya no estaríamos forzados a seguir un sólo camino.

[«Errores útiles» y «Errores inútiles»]

Continuando con esta serie de aclaraciones, pasamos a un texto breve de Mónica B. Cragnolini —de quien ya sabíamos en nuestros primeros acercamientos a Nietzsche— titulado Ello piensa: la «otra» razón, la del cuerpo[6]. En este escrito, la consideración por el cuerpo como un nuevo suelo y tierra firmes queda descartada. Aunque la autora se centra en el «es» nietzscheanoutilizamos este adjetivo para diferenciarlo del posterior «Es» freudiano sustantivizado, más allá de la negativa freudiana de haber leído al filósofo que habría adelantado sus descubrimientos por medio de la intuición y la contemplación, en lugar de hacerlo por vía de la práctica clínica y la experiencia como según habría hecho el médico vienés, quien además, si acaso le reconoce algo, lo hará siempre al margen[7] o por medio de Groddeck—, toca de paso el tema del cuerpo como un resto útil que deberá ser abandonado eventualmente en el momento en que ese «error útil» no sirva más. Con esto quiere decir que, así como el «ello piensa» tendrá que ser dejado como un resto útil que sirvió para aclararnos e interpretar ciertos problemas, de la misma manera el cuerpo tendrá que ser abandonado cuando ya no nos sea útil en los procesos interpretativos e intentos de resolución de problemas —aunque se podrá seguir haciéndolo, siempre se podrá forzar lo que se nos da y adecuarlo a nuestro «marco teórico»—. Nos advierte también sobre los «errores inútiles», que serían aquellos que se creen inmutables o «naturales» sin importar la perspectiva desde donde se los mire, pues siempre han sido y serán así. Es decir, considerar el ello piensa o el cuerpo como entidades o agentes de acción, como la «verdadera» subjetividad, como suelo firme donde asentarse sin interrogarse más, tomándolos como certezas y seguridades, haciendo metafísica de ellas, sería caer en el error de los «errores inútiles». Ambos ya son interpretación de algo más que está sucediendo, son errores útiles pues nos ayudan a interpretar ciertos procesos, y si Nietzsche los utilizó fue —entre otras cosas— para descentrar al Yo (Selbst) de la ciencia moderna, pero no para proponer un nuevo centro. A propósito de los márgenes y la importancia de lo periférico como central, la autora es muy clara al respecto en la nota al pie número 17 de su trabajo: «Aquí podríamos cometer el error de pensar que el cuerpo ocupa ahora el lugar de la subjetividad: insisto con esto, a pesar de que ya lo he señalado. No se trata de encontrar un ámbito más verdadero o prístino para la constitución de sí (ahora, en la ‘naturalidad’ del cuerpo), sino de la invención de una ficción ‘más útil’ para interpretar determinados procesos»[8]. Serán los restos —y los recuerdos— de que en algún momento interpretamos algo en una cierta manera, y que hemos abandonado por ya no ser «útiles» para el pensamiento.

Nos preguntamos si pasará esto también con los textos nietzscheanos y su autor. La respuesta directa, sin tantos rodeos es sí: deberán ser abandonados como un resto cuando dejen de funcionar como «errores útiles» para la interpretación de diversos procesos. Mejor de esta manera en lugar de convertirlo en un «error inútil», justo como él mismo lo anticipaba en Por qué soy un destino de Ecce Homo: «Y, pese a todo, nada hay en mí de fundador de una religión; las religiones son cosas de la plebe, yo tengo necesidad de lavarme las manos después de haber tenido contacto con hombres religiosos… No quiero ‘creyentes’, pienso que soy demasiado malicioso como para creer en mí mismo, nunca le hablo a las masas… tengo un miedo terrible a que algún día se me declare santo: se adivinará por qué motivo publico este libro antes, hay que evitar que se cometan conmigo tropelías… No quiero ser ningún santo, preferiría ser un bufón»[9]. Donde hay fundación de religión se cometen tropelías, empiezan los creyentes y existen los santos, y no puede haber religión sin dios —¿o sí, budistas?—. Nuestro problema, ahora lo pensamos de esta manera, es que no queríamos dejar de interpretar el mundo y a nosotros mismos. El psicoanálisis, aunque no se proponía como una interpretación de los «hechos», no dejaba de ser interpretación, y eventualmente todo —como buen creyente— se iba reduciendo a la «cosmovisión» freudo-lacaniana. Y todo aquello para lo que no se tenga respuesta no será referido a los caminos o designios del Señor Dios, sino a los del Real. El punto sin retorno —hasta ahora— llegó cuando esa riqueza interpretativa del psicoanálisis empezaba a imponerse sobre los «hechos» y la «experiencia», y reducía la multiplicidad de la «realidad» a una serie de fórmulas, dichos, saberes y enseñanzas que empezaban a gastarse: el psicoanálisis se había vuelto una moneda gastada, sin fuerza ni valor interpretativo: no era moneda, era metal. Había dejado de ser un «error útil»: las cosas son así y así serán, inmutables y «naturales», asume tu castración.

[Caracolas multicolores]

Se espera que pase algo similar con Friedrich Nietzsche. Que el valor que tiene ahora esta moneda de la «verdad» se vaya gastando y termine como metal —y que esto seguramente los psicoanalistas podrían interpretarlo en términos de transferencia, lugares, muerte o perpetuidad del padre, castración, fin de análisis, caída del sujeto supuesto saber, denegación, Otro, etc.—, cuando la riqueza interpretativa no pueda darnos más. Aunque aquí cabe señalar algo muy puntual y que puede ayudarnos a pensar esto de otra manera, a darle un giro, es decir que no necesariamente pasará lo «mismo». La obra nietzscheana no nos brinda un marco interpretativo ni un sistema filosófico, ni una teoría estructurada, ni un programa de investigación, ni una teoría de la dinámica psíquica —aunque sí cuente con metáforas que interpretan ciertos procesos, siendo la voluntad de poder una de las más elaboradas—. Otra posibilidad es que los elementos interpretativos que nos ofrece, no los hayamos tomado como unos nuevos fundamentos a los cuales anclar nuestro barco para no partir más. Sea una u otra, lo que nos ha brindado la obra nietzscheana es la posibilidad de un cambio de piel que se reproduce indefinidamente, según leemos en el parágrafo 573 de Aurora: «La serpiente que no logra cambiar de piel perece. Lo mismo que le pasa al espíritu al que se le impide cambiar de opiniones; deja de ser espíritu»[10]. Zaratustra no solamente es un mar que puede recibir un caudal sucio —que es el hombre— sin volverse impuro, también es el mar que con sus olas nos arrebata y se lleva a sus profundidades los juguetes con que nos entreteníamos, y nos enojamos y lloramos por eso, pero las mismas olas nos traen nuevos juguetes: pusieron a nuestros pies nuevas caracolas de colores.

Un último comentario. Existe ambivalencia en relación con el cuerpo: analistas que recientemente lo elevan a la categoría, siguiendo cierta tradición biologicista de Freud, donde las pulsiones sólo son representantes representativos de los impulsos provenientes del cuerpo, dejándolo por fuera de toda posible representación, o concediéndole el lugar de lo Real: aquello imposible de representar —a diferencia del Real imposible matemático que algunos grupos predicadores de un nuevo psicoanálisis estructural están recuperando de Jacques Lacan—, y por lo tanto el lugar hacia donde deben apuntar las prácticas clínicas. Otros desprecian su papel, rechazando la importancia de los afectos y las sensaciones por considerarlos un mero engaño e ilusión, y colocando por encima la primacía del significante: ¡como si el significante no fuera engaño e ilusión también!, como si este no fuese opaco o equívoco, como si se significase a sí mismo. Esta última idea sostiene que lo Imaginario es efecto de lo Simbólico, y por lo tanto debe prevalecer —en el trabajo clínico— lo segundo, desatendiendo lo primero: «Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas y bagajes, todo lo dado de lo psicológico»[11]. Entonces, ¿el cuerpo o el significante? Si continúan operando como «errores útiles» que nos tienen aún entretenidos jugando en la playa, qué importa cuál se elija, mientras se tenga en el horizonte su eventual pérdida y la llegada de nuevas caracolas. Aunque esto último —por el momento— nos parece bastante lejano.


[1] Chalmers, A. (2000). ¿Qué es esa cosa llamada ciencia? (3a ed.). Siglo XXI, p.121

[2] Nietzsche, F. (2016). Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.151

[3] En el psicoanálisis lacaniano prima la función y operación del significante por encima de los efectos y aspectos imaginarios que produce.

[4] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[5] Ibídem, p.695.

[6] Cragnolini, M. (2005). Ello piensa: la otra razón del cuerpo en Cosentino, J. C., & Escars (comp.). El problema económico. Yo-ello-super yo-síntoma. Imago Mundi.

[7] Siguiendo a Jacques Derrida en Márgenes de la filosofía, lo periférico es lo central.

[8] Cragnolini (2005).

[9] Nietzsche (2016), p.853.

[10] Nietzsche, F. (2014). Obras completas. Volumen III. Escritos de madurez I (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.694

[11] Lacan, J. (2009). Escritos (T. Segovia & A. Suárez, Trads.; 3a ed., Vol. 1). Siglo XXI, p.40

Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos

El siguiente texto fue presentado el pasado 20 de abril durante mi participación en la presentación del libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos del psicoanalista Juan Manuel Martínez en el CESTEM. También contamos con la participación de los psicoanalistas Dante A. Pérez Aguirre y Edmundo Vega Simont. Presentación que antecedió al seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis.

Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos

Una de las cosas que llamaron mi atención de inicio es el título mismo, pues no sólo dentro del psicoanálisis implica un riesgo hablar de conceptos. ¿Por qué? Porque un concepto suele pensarse como la definición de algo, lo cual implica el riesgo de cristalizar significados y, a la larga, desgastar las ideas o terminar volviéndolas incuestionables o dogmáticas. Me pregunto cómo pensar un concepto tan importante y equívoco como la transferencia. Concepto que además es utilizado, vayan ustedes a saber de qué forma, bajo qué justificación y construcción, en otras disciplinas de los campos psi. Aunque como bien nos lo dirá Juan Manuel, no es un concepto psicoanalítico tan vulgarizado como otros.

Libro de Juan Manuel Martínez: Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Lacan – El concepto de transferencia en los Escritos

No es poca cosa trabajar de esta forma, sobre todo si consideramos que el mismo Lacan definía su vocabulario como una continua relación entre conceptos, es decir, cómo uno llevaba a otro y a otro y de vuelta, sin agotarse. En otras palabras, señalaba la imposibilidad de que un concepto pudiese cerrarse y definirse por sí mismo.

A partir del título también podemos pensar los límites de este trabajo que encuentra su marco en los Escritos de Lacan. Una apuesta interesante si hacemos caso de que los Escritos son resúmenes de las enseñanzas de los seminarios de Lacan. Así, Juan Manuel realiza un recorrido inverso, va de los Escritos a su seminario. Seminario en el daremos cuenta del trabajo tan detallado y minucioso que realiza, en palabras de Juan Manuel: «Les propongo que desmenucemos la cita»: Esta cita es una clave de su forma de trabajar.

Primer capítulo: Reproducción de las Imagos Primitivas

Escrito utilizado: La agresividad en psicoanálisis (1948). El autor se encarga de contextualizar el texto a revisar en cada capítulo, así como de hacer los paréntesis y las puntualizaciones adecuadas para entrar en su tema. En este caso con la cuestión de La agresividad.

Durante su exposición es claro al ubicar los diversos momentos del pensamiento freudiano, y nos brinda así esclarecimiento sobre lo que Freud trabajaba en cada uno de ellos, y cómo fue reelaborando sus ideas a lo largo de los años.

Un punto importantísimo a lo largo de todo el texto, y de debate para muchos, será encontrarse aquí con cuestiones técnicas. Juan Manuel las afirma sin más, existen las cuestiones técnicas, así como reglas claves del sistema freudiano. Sí, habla de técnica. Punto central de discusiones sobre si la práctica psicoanalítica tiene que ver con un «saber hacer» o con algo distinto, algo tal vez más cercano a un arte o misticismo inexplicable.

Juan Manuel también nos comparte y se sirve de sus experiencias y referencias personales, dándonos así un respiro de Freud y de Lacan. Por ejemplo, al hacer referencias que él llama pop cuando nos habla de la serie televisiva En terapia, de donde chuscamente nos dice que el personaje principal es un «psicoanalista, pero de Estados Unidos». ¿Es que ya los hay de acuerdo con su país de práctica o de origen? Parece ser que sí. Encontraremos referencias variadas, como la de El Principito en el tercer capítulo.

Después de contextualizar el escrito a revisar, entrará a trabajar las cuestiones de la transferencia de acuerdo con el momento (año) del texto y llamando a Freud cada vez que sea pertinente. Señala esos momentos importantes en que van construyendo la noción de transferencia.

El autor demuestra su excelente manejo y conocimiento que tiene de la obra de ambos psicoanalistas: en un momento se centra en el «aparato freudiano» para brindarnos sus comentarios y en otro momento continúa trabajando desde uno lacaniano. Y nos brinda claves: «La clave de la noción de transferencia es la intromisión del Otro, y sin ella no hay análisis. Sin transferencia no hay análisis.”

Habrá momentos en que no importa si alguna propuesta es correcta o incorrecta, lo que se intenta es comprender la propuesta: «Después analizamos si esto es correcto o incorrecto, estamos intentando comprender la propuesta de Freud. Freud, como cualquiera de nosotros, se pudo haber equivocado, pero él afirmaba eso.»

Parte del gran valor del trabajo de Juan Manuel es que toma los Escritos en su versión en español. Al comentarlos nos aclara algunos puntos importantes para comprender pasajes claves, por ejemplo, donde nos señala que hostil significa en ese caso contrario, y no, agresivo. No es poca la diferencia de sentidos que se pueden desprender de ello.

Nos encontraremos también con una de las definiciones más simples y claras de la ética del psicoanálisis, al menos a partir de ese momento del texto: «Entonces, la ética en el dispositivo funciona más o menos de esta manera: Ustedes llegan, él llega. Ustedes se presentan, él se presenta. Despliega su locura y los quiere meter en ella. Y ustedes dicen: «No».»

La escritura del autor es bastante amable, consideren por ejemplo encontrarse con frases como las siguientes: “Freud I, lo más básico.» O con un: «para ponerlo en términos de Lacan». O «así dicho, resulta muy freudiano.» Entre otras.

Y no pueden faltar, nunca en psicoanálisis, las cuestiones amorosas, cuyos comentarios al margen resultan bastante ilustrativos.

Habrá momentos en que Juan Manuel defina su postura claramente, por ejemplo, cuando se trata de la ética, la moral y el trabajo analítico: «A mí no me importa si éticamente deben o no prestarle los veinte pesos, porque el problema allí no son los veinte pesos. El problema es que no haya análisis. A mí lo que me preocupa es que no haya análisis, porque vuestra función es propiciar el análisis.» Es decir, señala las diferencias de la práctica psicoanalítica de aquellas de carácter moral o que buscan hacer el bien o que se fundan en una ética distinta.

Se apoya en su exposición invitándonos a imaginar cómo podría haber sido la práctica analítica de Lacan en ese momento de su enseñanza, de acuerdo con el año del texto citado: «Si ustedes hubieran ido al consultorio con Lacan en ese momento, probablemente, lo que él hubiera hecho es permitir que se desplegara vuestra locura para luego abstenerse, bien freudiano.»

Al final de algunos capítulos también nos ofrece una síntesis que cierra cada uno de ellos de manera clara.

Presentación del texto Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Edmundo Vega, Dante A. Pérez, Juan Manuel Martínez y Ernesto A. Ocádiz

Segundo capítulo: La detención de la dialéctica

Escrito utilizado: Intervención sobre la transferencia (1951). Cada cita que nos presenta Juan Manuel es muy parecida a algún elemento del sueño. Su desciframiento implica un trabajo pues condensa varias cosas que hay que ir señalando poco a poco.

Juan Manuel toma posición como lector de Alfredo Eidelsztein, al menos en lo que a la noción o concepto de sujeto se refiere en el segundo capítulo.

Nos plantea preguntas interesantes a partir de las citas que nos presenta: por ejemplo, «¿Cómo es posible que el psicoanálisis sea un diálogo si el analista no dice nada?”.

En este segundo capítulo las diferencias entre los estilos de trabajo de Freud y Lacan serán más notorias, y lo serán todavía más hacia el final del texto. Y no sólo entre Freud y Lacan, también de Lacan en relación con él mismo.

En este segundo capítulo hablará sobre el manejo de la transferencia, de la cual debe estar alerta e informado el analista para no verse aplastado por esa ola que puede llevar a la interrupción del tratamiento, como en el caso Dora. Nos mostrará cómo en Freud la transferencia pasó de ser un obstáculo técnico a una herramienta del dispositivo.

Encontramos párrafos aclaradores, por ejemplo, en relación con la contratransferencia: «Y aquí ya podemos encontrar un quiebre. Freud no habló nunca de contratransferencia en sus textos publicados, solamente lo hizo en su correspondencia epistolar. El concepto de contratransferencia es un concepto creado por Freud, pero trabajado, extensa y fundamentalmente, por los postfreudianos y los kleinianos.»

Se agradece también el humor que encontramos por momentos: «Si Freud hubiera escuchado que la transferencia no es nada real en el sujeto, probablemente hubiera expulsado a Lacan del movimiento psicoanalítico.»

En estos primeros dos capítulos Juan Manuel se apoya de ejemplos provenientes de su práctica clínica, así como de aquellos de sus colegas, o de casos que ha escuchado. Está de más decir cómo estos ejemplos ayudan a digerir el texto.

Sorprende cómo es capaz de resumir en una hipótesis la idea de transferencia en los textos citados: «En el año 1951, la hipótesis podría resumirse en esta frase: Si hay transferencia, hay error. Lacan lo expondrá más adelante: la transferencia funciona como una forma de ver cómo vamos, como una brújula o un indicador.»

Tercer capítulo: La Res Analítica

Escrito utilizado: Variantes de la cura-tipo (1955). Al igual que los Escritos, el texto que hoy presentamos contiene numerosas críticas a los psicoanalistas y su práctica que podrían resumirse de la siguiente manera: Los psicoanalistas ignoran cómo funciona su dispositivo.

Pero antes de eso, Juan Manuel nos pone en escena lo que viene sucediendo con la práctica, coordinación y comprensión de los conceptos del psicoanálisis para entrar a discutir luego lo que sucede con la transferencia en particular.

Dentro de los temas que encontrarán, además de la transferencia, están qué es ser un psicoanalista, cómo se autoriza y reconoce uno, qué es lo psicoanalítico, qué define una práctica psicoanalítica.

Si nos preguntábamos el porqué de la transferencia como tema que organiza el texto, acá tenemos una respuesta: «Creo que lo que está proponiendo Lacan es que no hay ningún concepto que se acerque más a la cosa psicoanalítica que la transferencia. Es decir, cuando la pregunta sea cómo saber si esta práctica es psicoanalítica, la respuesta podrá ser: porque en ella se trabaja bajo transferencia.»

Otro de los temas que tocará Juan Manuel en su viaje y que igualmente ha generado grandes debates es el de análisis de niños y análisis de adultos mayores, ante lo que toma posición: eso «es una locura.» Otros temas en este tercer capítulo serán la infantilización del paciente neurótico y la detención del desarrollo, que intentan igualar niñez y neurosis; posturas y lugares comunes y repetidos en esa vulgarización del psicoanálisis. Nos deja en claro que niño ni adulto mayor no son conceptos psicoanalíticos.

Al final de este tercer capítulo recordé aquella sensación que tuve cuando escuché hace tiempo lo siguiente: los psicoanalistas no estamos a la altura del psicoanálisis. Lo desconocemos y sin embargo lo practicamos.

Juan Manuel Martínez durante el seminario que siguió a la presentación del libro: Lacan, el concepto de transferencia en los Escritos
Juan Manuel Martínez durante el seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis

Cuarto capítulo: Preguntar con el sujeto

Escrito utilizado: La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud (1957). El diálogo con otras disciplinas también tiene lugar, por ejemplo, con la filosofía, donde se plantea la problemática del deseo para la filosofía natural. Por cierto, el deseo y su diferencia con la necesidad ocuparán varios párrafos en este cuarto capítulo. Se discutirán también cuestiones en relación con la diferencia, la repetición y su distinción de la insistencia. También la memoria y rememoración tendrán lugar.

Hacia el final de este capítulo Juan Manuel se encarga de poner de relieve las diferencias que existen entre los estilos de analizar desde un encuadre freudiano y uno lacaniano. O, en otras palabras, las diferencias de cómo se concibe el vínculo entre analista y analizante.

Quinto capítulo: La transferencia como clasificación

Escrito utilizado: La dirección de la cura y los principios de su poder (1958). En el capítulo cinco encontramos uno de los puntos más interesantes del texto. De entrada, se nos siguen planteando las diferencias entre Freud, cuyo ídolo era Darwin, según nos dice Juan Manuel, y Lacan, en relación con cómo construyeron sus marcos psicoanalíticos. Y ahí es donde plantea cosas curiosas: nos dice que Freud lo hizo desde la práctica y Lacan desde la teoría.

El psicoanalista argentino pone de relieve lo segundo, es decir Lacan y la teoría. Por ejemplo, dice, cuando nos enseñan que la teoría no sirve en el consultorio, es algo que hemos aprendido teóricamente. Que el analista debe despersonalizarse en el trabajo analítico, también es algo que aprendimos teóricamente. Dependerá del marco teórico y la forma de comprender y trabajar los conceptos psicoanalíticos cómo se intervendrá en la práctica, aunque esta exija, supuestamente, olvidar todo lo aprendido.

Las formas de concebir los conceptos determinarán también las maneras de pesar los éxitos del psicoanálisis: «¿A qué se ha reducido el éxito del tratamiento psicoanalítico? A cosas como éstas: que le paguen un poquito más, que ya no engañe a su mujer con la secretaria ¡Esos eran criterios de éxito! Yo recuerdo, durante mi formación, ver en los pasillos de la facultad a mis profesores psicoanalistas que fumaban como locos, y nosotros ingenuamente pensábamos: «Si es psicoanalista, ¿cómo va a fumar así?» En nuestra ingenuidad creíamos que cuando uno se analiza ya no hace cosas de ese tipo. También recuerdo haber tenido un profesor muy gordo, y recuerdo pensar: «¿Cómo puede ser que siendo psicoanalista sea así de gordo, no habrá analizado sus pulsiones orales?» Bueno, una estupidez total. Pero alcanzan a entender la idea, es como si el éxito psicoanalítico implicara algo sumamente concreto, como no fumar o no comer demás, como si uno terminara el análisis como un Buda.»

Sexto capítulo: Máscaras de la transferencia

Escrito utilizado: Posición del Inconsciente (1960). Este capítulo me recordó la primera vez que leí a Alfredo Eidelzstein: pone en jaque ideas del llamado psicoanálisis lacaniano que circulan y se repiten constantemente, y que muchos de nosotros hemos escuchado y hasta repetido en algún momento. Por ejemplo, cuando menciona la falacia milleriana del resto de cuerpo de goce. O aquella idea de lo real del cuerpo como referido al cuerpo biológico.

Nos invita a pensar esas ideas concebidas y sostenidas por mucho tiempo, expresadas durante seminarios, leídas en libros, incluso tal vez algunas de estas ideas se estén repitiendo en algún seminario en este momento. Llega incluso a calificarlas de extravagancias. Me parece que es el capítulo donde la crítica de Juan Manuel hacia los psicoanalistas y la manera de concebir el psicoanálisis alcanza su punto más elevado, donde la relevancia de la teoría alcanza también sus consecuencias más impresionantes. Por ejemplo, siguiendo la argumentación que hace sobre el significante, es comprensible llegar a un punto en el que podemos decir: “¡Somos nada!”

Y también encontramos el punto de mayor honestidad en Juan Manuel: dice que detesta la idea de resignificar. Resignificar, una de las ideas más comunes, repetidas, escritas, dichas, enseñadas y transmitidas en el psicoanálisis lacaniano. Estemos o no de acuerdo, lo importante será, como él mismo lo planteó antes, entender la problemática ahí propuesta. Dirá, de eso: «¡Qué propuesta tan vulgar! Ya mismo tengo que decirles que yo no apunto a cambiar el significado porque, para mí, no hay acceso al significado, no existe una relación entre significado y significante.» Y, «lo que pasó es, en realidad, significante, y puede cambiar su sentido como cualquier significante al ponerlo en relación con uno diferente. Entonces no es que el pasado se resignifique, es que el pasado cambia. Creo que la clínica se convierte en algo muchísimo más poderoso si la pensamos así.»

Entre otras cosas de suma importancia, revisará aquella idea de que el psicoanálisis no tiene que ver con la ciencia y nos deja en claro cómo desde el mismo Lacan puede leerse que no es así: el psicoanálisis apuesta a una formalización que pueda transmitir de qué se trata sin el necesario transitar por la experiencia.

Si tuviese que resumir o sintetizar la propuesta del libro, diría que nos invita a leer y releer a Lacan para dar cuenta de cuán erróneas y tramposas pueden resultar algunas propuestas psicoanalíticas y también algunos psicoanalistas que se dicen lacanianos. Si tiene o no razón Juan Manuel no es el punto en este momento, lo importante es entender los problemas que aquí nos plantea y su propuesta para resolverlos.

Bibliografía

Martínez, Juan Manuel, Lacan: El concepto de transferencia en los Escritos, 1ª ed. Mendoza, Argentina, 2018

La letra a la letra

En la tercera parte, La letra, el ser y el Otro – breve en comparación con las dos anteriores –, de este escrito, La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, encontramos la letra, así como el espíritu de la obra de Freud, como los que repudiarían la noción de compromiso que “desorienta toda la acción psicoanalítica y la sumerge en la noche”. Sí, en tanto esa operación de lectura no sea a la letra, no la tome en su valor de significante, de la misma manera que a las imágenes del sueño, el psicoanalista estará desorientado en su práctica. Recordemos que, en el primer apartado, el énfasis está en que esta práctica encuentra su orientación, y descubrimiento, en la estructura del lenguaje.

¿De dónde me vienen mis trazos?

El señalamiento más claro y directo que pudimos encontrar por ahora en este apartado es hacia el final del texto, después de un par de menciones sobre Heidegger. Lacan coloca a la letra, al ser, al otro y al Otro, como “efectos de resistencia y de transferencia” indicados por Freud en esta práctica que resulta – “todo el mundo se complace en repetirlo después de él” – imposible. Pero ¿cómo tomar esto? Nos limitaremos a arriesgar algún comentario sobre la letra, en base a lo que leímos y comentamos en las dos entradas previas: La letra y las dos vertientes del efecto significanteValor significante de la letra y la imagen.

Si la experiencia analítica encuentra su lugar y práctica en la estructura del lenguaje, donde la letra a ser leída se tomará a la letra, en su valor significante, en la que la ilusión de un simbolismo queda simplemente en eso, es decir, que no existe una correlación entre significante y significado “natural”, donde la articulación del significante produce la significación, y en la que los juegos de la metáfora y la metonimia impiden que el sujeto pueda ubicarse, entonces pareciera – y esto lo destacamos – que algo falta [resiste], por ser leído [letra] o producido [significante]. Hay algo resiste a la lectura y la producción, y, sin embargo, hay ambas. Destacamos el pareciera, para evitar una nueva ilusión de simbolismo, de representación total, del decirlo, escribirlo o significarlo todo. Ilusión de que exista aún una letra por leer, un significante por producir que pueda decir lo verdadero de lo verdadero. Viéndolo desde este punto, entonces no hay resistencia, ¿o sí?

Sin duda, ya apartándonos un poco de lo que está señalado en este texto, esto nos llevaría a pensar ya en un resto: noción que será de suma importancia en la enseñanza de Lacan.

Para concluir por ahora: la letra dentro de la experiencia analítica debe tomarse a la letra, es una escritura cuya operación de lectura estará en función del valor significante que se le da, en sus vertientes de metáfora y metonimia, apartada de la ilusión del simbolismo. Algunas de las consecuencias que esto tiene son mencionadas por Lacan en este escrito que a su juicio no es un escrito. Este recorrido por tratar de descifrar y pensar la letra en la obra de Lacan nos relanza a otras cuestiones, dos principalmente: sobre el resto que creemos ya puede suponerse en este texto y sobre el “origen” de la letra.

Bibliografía:

Lacan, Jacques, La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, en Escritos 1, trad. de Tomás Segovia, 3ª ed. rev. y corr. México: Siglo XXI, 2009