Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis)

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba, que sigue al texto Injertos y explosiones, ya había sido compartido en Argonautas y puede leerse aquí.

Nietzsche tiene un estilo único e inigualable
Friedrich Nietzsche por Ruthasis

En la tesis, Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, se añadió el siguiente epígrafe para este capítulo:

Lo primero que hace falta es vida: el estilo debe vivir. El estilo debe adaptarse en cada momento a ti, de cara a una persona bien determinada a la que quieras dar parte de ti. Antes de poder escribir, hay que saber primero con exactitud: que «esto es de lo que hablaría, y que lo expondría de éste y del otro modo». Escribir debería ser sólo una imitación.

El estilo debe demostrar que uno cree en sus propios pensamientos, y que no sólo los piensa, sino que los siente.

— Friedrich Nietzsche

El texto también puede consultarse donde fue publicado, es decir, en la revista literaria ESPORA, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades, en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.

Injertos y explosiones

En cualquier invento lo esencial lo hace el azar, sólo que la mayoría de la gente no se encuentra con ese azar.

Dormir sin sueños —sería, para mí, el mal supremo. Llamo a todo saber último mi peligro supremo.

— Friedrich Nietzsche

«Escribir quiere decir injertar»[1]. Cada texto remite siempre a otros textos, se entrecruza continuamente con ellos, se injerta en ellos y a su vez se deja injertar por ellos, generando así otros textos, que a su vez se injertan y son injertados: un proceso de significación plural en un despliegue de constantes reenvíos significantes.

Un texto viene a injertarse en este preciso momento —momento final del trabajo anterior, El coraje de hacer historia—, un ensayo literario en cuyas notas al pie retornan algunas de las referencias anteriores: Freud, Nietzsche, Derrida. La «pertinencia» de la literatura ya ha quedado señalada, pero no «justificada» —y no pensamos hacerlo por el momento—. Recordemos el Goethe de Nietzsche y el Hamlet de Shakespeare de Derrida. Aquí nuevamente aparecen los textos Consideraciones Intempestivas II[2] y el Exordio de Espectros de Marx[3] —y nuevamente insistimos en lo fuerte que nos convocaban esos textos que abrieron e inauguraron nuevas vías para nuestro pensamiento y que fueron un viento fresco entre tanta pestilencia psicoanalítica en la que nos estábamos pudriendo— como las ideas que «sostienen» este «análisis» de un sueño, el cual tuvo lugar la noche del 18 al 19 de abril de 2017, algunos meses después del Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Dos comentarios sobre el sueño de una bomba fue publicado en el número 12 de la revista literaria Espora – Microficción, poesía, ensayo, cuento,[4] del Departamento de Letras, Humanidades e Historia de la UDLAP en junio de 2017.

A diferencia del injerto anterior —El coraje de hacer historia—, aquí sí quisimos dejar el texto tal como se escribió y publicó, no sin añadir comentarios que operan como interrogantes que se nos plantean en este instante: ¿Cuál fue nuestro interés al momento de enviar nuestro trabajo a una revista literaria, más aún cuando los autores y las reflexiones que ahí vertimos provenían de un ambiente académico, es decir, de lo que en ese momento estábamos estudiando en la maestría? ¿Por qué no enviarlo a una revista «seria», o mejor aún, a una «indexada» —esa pequeña clave que le da «formalidad» a las publicaciones y las hace «oficiales»—? Nos es imposible responder a estas preguntas y no nos importa por ahora —quizá ya hemos respondido sin darnos cuenta; lo curioso en estos momentos es que nuestra curiosidad y ánimo se ha decantado más por las preguntas que por las respuestas—, y a diferencia del ensayo anterior aquí sí afirmamos: porque así lo quisimos, así lo queremos, y así lo querremos. No hay venganza contra este texto, ni contra su envío, ni contra su lugar o espacio de publicación. Esto no quiere decir que lo leamos sin esa extrañeza y desconocimiento que muchas veces nos atraviesa cuando volvemos sobre otros textos: nos avergonzamos y arrepentimos, no nos sentimos representados, no quisiéramos que nos confundieran y nos tomaran por eso que escribimos —Nietzsche contra Wagner, un asalto más, otro; nunca estuviste tranquilo en ese aspecto, siempre te siguió (asaltando) el fantasma de tu pasado, ¿por qué no pudiste redimirte de él?—; encontramos pocas líneas que nos resultan curiosas, uno que otro pensamiento o frase que rescatamos, pero hasta ahí: ¡cómo pudimos haber escrito eso! Por fortuna cada vez van perdiendo consistencia ciertas palabras que no hacen más que mortificar nuestro andar, por ejemplo: Yo o Subjetividad.

Freud y su psicoanálisis también tienen numerosas referencias literarias, mencionemos algunas —¿Qué produce la literatura que nuevamente nos lanza la interrogante: «¿y por qué recurren a mí, no tienen acaso ustedes sus propios recursos, por qué habrían de servirse de mí en diversas ocasiones, y no siempre como una mera comparación, analogía, ejemplo, etc.?»—: Sófocles, Dostoievski, Shakespeare, Cervantes, Jensen, Schelling, Hoffmann, Twain, etc. Habrá quien nos diga que tendríamos que valorar en su «justa» dimensión y peso qué tanto esas referencias resultaron importantes para Freud y la construcción de su propuesta, no vaya a ser que cuestionemos al genio creador. Nos dirán también que el marco de referencias era mucho más amplio ya que recurría a disciplinas como antropología, filosofía —a la cual desdeñaba por especulativa—, biología, física, medicina, entre otras. —«¿Qué buscan que no han encontrado ni se les ha dado en sus pensamientos académicos, científicos, lógicos, matemáticos, topológicos y demás?»—. Por cierto, a propósito de este interés por la literatura que nos arrastra y cada vez es más evidente, uno de los primeros textos que adquirimos en nuestras incursiones en el psicoanálisis lacaniano llevaba por título «casualmente» Lacan literario: la experiencia de la letra[5] de Jean-Michel Rabaté. Este autor propone que la literatura tiene una importante función clínica, y el lugar que le otorga Lacan es prominente dentro de su enseñanza: de Sófocles a Shakespeare, de Molière a Genet, de Racine a Sade y Claudel, de Gide a Duras, de Poe a Joyce, confirmando lo que Freud ya sabía, que el psicoanálisis está plenamente inmerso en ella. También nos dirán, en un intento de reducir su relevancia: «Sí, no pasa nada, mira, también existe un libro llamado Lacan con los filósofos[6], por lo que sus recursos e intereses eran mucho más amplios, incluso más numerosos que los de Freud: lingüística, antropología, matemática, lógica, física, psiquiatría, psicoanálisis, topología, lingüística, etc., por lo que la literatura pasa a ser uno más entre todos aquellos. Aunque exista ese libro sobre los filósofos no por ello su psicoanálisis es filosofía, al contrario, Lacan era un anti-filósofo». Puede ser. Simplemente no queríamos dejar de señalar que estos dos psicoanalistas tenían, entres sus múltiples y variados intereses, no pocas referencias literarias.

Comentarios sobre Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Quizá estas líneas deberían ir después del ensayo, pero algo nos sugiere que deben ir antes. Sobre el texto de aquel sueño, próximo a cumplir tres años, no tenemos más qué decir: no existe memoria en este instante sobre ninguna imagen o sensación en relación con los momentos previos y posteriores al sueño. Por otra parte, sí recordamos a la pequeña que nos hizo la adivinanza que se menciona en el escrito y nos preguntamos si continúa realizando ese tipo de juegos. Pero lo que llama nuestra atención de inicio, y quizá sobre el resto del texto, es la clara —clara y evidente sólo en este momento «actual», sólo por medio de esta lectura retroactiva— denostación hacia el psicoanálisis y su erudición que ya no tienen mucho qué decirnos. Aquí —y ahí en aquel entonces— coincidimos con Lacan, según leemos en el texto Mi enseñanza[7]: el psicoanálisis ya no sorprende a nadie, incluidos nosotros: todo mundo ya sabe hoy en día qué es el inconsciente. Ya no hay objeciones, se acepta, se reconoce, se le acepta. Y no pasa nada. Un Lacan que se jacta de no repetirse nunca ni en el mismo lugar. «Se piensa haber aceptado muchas otras cosas en paquete, a granel, gracias a lo cual todo el mundo cree saber lo que es el psicoanálisis, salvo los psicoanalistas, y eso es lo molesto. Ellos son los únicos que no lo saben»[8]. Se acepta, se reconoce, se sabe del inconsciente, todo el mundo lo hace, salvo los psicoanalistas. Quizá el problema sea que saben demasiado:

— «El sueño figura o realiza de manera alucinatoria el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, justo como Freud lo descubrió».

— «La experiencia de la clínica psicoanalítica nos demuestra y comprueba que el sueño tiene su más potente impulso y motor en la sexualidad infantil».

— «El sueño es el guardián del dormir, gracias a él no despertamos durante la noche, al menos no siempre, pues existen las pesadillas o los sueños traumáticos; en estos la función del sueño se ha alterado y no puede cumplirse más, por lo que la persona despierta y a veces no querrá ir a dormir por temor a que se repitan estos sueños».

— «Es por los sueños traumáticos que Freud se ve precisado a revisar algunas de sus formulaciones sobre la dinámica psíquica, llegando a formular una de las propuestas que causaron mayor controversia: la pulsión de muerte».

— «Algunos dirán que el psicoanalista ya estaba viejo, que estaba decepcionado y pesimista por la guerra; también fue momento en que algunos de sus discípulos lo abandonaron, etc.».

— «Pero no importa lo que digan, la experiencia clínica siempre nos ha dado la razón».

Aunque, dicen, están a la espera del caso que les contradiga sus formulaciones, cosa que vemos bastante difícil, pues sabemos cuan bien se puede acomodar cualquier situación a sus formulaciones infalseables. Cuestiones así de pesadas e insoportables podríamos seguir escribiendo. Las conocemos, transitamos por ahí. Estábamos en guerra y no lo sabíamos. ¿Sería esa la bomba que estaba por explotar? ¿Sería esa la batalla que estaba por iniciar o terminar? ¿Qué es lo que iba a explotar?

— «La solución del sueño, es decir, su sentido, debe trabajarse y…» —.

Alto: ya no queremos sus respuestas, un extraño amor por las preguntas se instaló en nuestro pecho y no quiere partir. Dicho de otra manera, este ensayo es un no al psicoanálisis, o, mejor dicho, un no más. No más a su erudición y supuesto saber. Seamos más precisos, menos descuidados: no más a las pretensiones de erudición psicoanalítica, a esos pretendidos sabelotodos; claro que, si les preguntáramos o se les interrogara sobre esto, ¿alguno lo reconocería? —Ya conocemos algunas de sus respuestas: no se puede saber todo, qué es el todo, falta un significante, está la represión originaria, Freud decía que la historia del neurótico es una novela, la verdad tiene estructura de ficción, etc.—. Dicen que no, que no lo saben «todo», pero siempre tiene respuestas, que el saber es un semblante, sin embargo, nunca escuchamos a alguno reconocer su ignorancia. Una imagen, bastante atrevida y provocativa, nos viene en este momento: ¿recuerdan el papel de Willem Dafoe como psicólogo en la película Anticristo[9], como pareja de Charlotte Gainsbourg? Sí, ese tipo insoportable —y si no se le soporta ya se darán una idea del por qué— que creía tener todas las respuestas para lo que estaba experimentando su pareja, sus supuestas etapas del duelo y demás «teorías». ¿Qué pasó? Su mujer desbordó —le era imposible no hacerlo —su supuesto saber. Y aquí se nos injerta un texto más, Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[10] lanza la siguiente pregunta como una crítica al saber supuesto de las prácticas psi, poniendo en jaque a las autoridades que intervienen en nombre de la salud mental, el bienestar y la felicidad: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre, de esta mujer? El psicoanálisis —que muchos definen precisamente como una práctica— también es una práctica psi, y cada vez se nos parece más a esos saberes construidos y acabados que a un saber que potencie la vida y el pensamiento.

— «Mira, te voy a explicar: lo que pasa es que tú en este momento estás en transferencia con los textos nietzscheanos, así como lo estuviste en un momento con los textos de Freud, y seguramente después pasará algo parecido, irás a otros textos y autores, y así, porque el deseo es siempre insatisfecho».

— «Esto también ‘demuestra’ cómo el deseo es metonímico, se desplaza y el objeto nunca es el objeto del deseo inconsciente».

— «Es muy probable que te falte diván, ¿por qué no analizas esa relación que ahora tienes con Nietzsche o con Derrida?» —¿Y ustedes analizan su relación con Freud o Lacan?—

— «No, no, eso es diferente. Ahí se trata de la formación del analista».

Así es, ahora tenemos perspectiva —que no es lo mismo que decir tenemos otra perspectiva— de esto que escribimos hace casi tres años: a eso redujimos a los psicoanalistas —sin saberlo aún en aquel entonces—, a unos otros que podrían opinar y decir algo sobre nuestro sueño, analizarlo, pero que no nos interesaba más, aunque nos era imposible no hablar y formular desde la experiencia que ya nos había atravesado en el diván. ¡Caray, incluso nos sentíamos culpables de no actuar conforme a nuestro deseo inconsciente! ¿Y cómo se supone que se hace o lleva a cabo eso? No negamos ciertos efectos terapéuticos, perdurables incluso —más bien era su transmisión y difusión la que nos parecía sospechosa—. Y sobre esto que estamos escribiendo y pensando seguramente esos eruditos tendrán respuestas, pero nos las vamos a escribir esta vez. Bueno, sólo una más: esto que nos sucede puede pensarse en términos de resistencia y/o goce.

— «Espera. ¿Qué es todo esto que dices? ¿Con quién es el pique?».

Por qué preguntan con quién es el pique, para ustedes el pique siempre es con el padre, o con la instancia paterna, o con alguna de sus figuras: que si es odio y rechazo, se confirma su formulación sobre la rivalidad edípica; que si hay amor, entonces se trata de una inversión en lo contrario; y si no hay lo uno o lo otro entonces el conflicto se ha desplazado a otra representación debido al proceso represivo; nos dirán que queremos ocupar su lugar, que nuestros ataques están destinados a su borramiento o muerte, etc. O que el Otro está demasiado vivo, que sigue operando como omnisciente y omnipotente, y de ahí nuestra revuelta, nuestro desquite, nuestra venganza, que si acaso no sabemos que el Otro está castrado. ¿Qué falló en esa transmisión, enseñanza y práctica psicoanalítica? ¿Qué hay de la continua denostación y ataque hacia otras disciplinas, los ataques entre analistas —y continúan las guerras, a propósito de ese nuevo psicoanálisis del sur que poco a poco va incrementando sus filas de adeptos? Resulta fácil ver cómo el estilo beligerante y casi religioso se sigue repitiendo, un nuevo dios, una nueva guía, pero dicen que no es así—, los narcisismos exacerbados, «Aperturas» que más bien son cerrazones, la pretensión de saberlo todo y que no tienen nada más qué aprender, la arrogancia y la mentira, ¿Qué pasó con estos animales astutos que inventaron el conocimiento del inconsciente? Su insistencia en que «siempre» se producirán formaciones del inconsciente poniendo el énfasis en su dimensión padeciente, sufriente y lamentable; nunca escuchamos, por el contrario, alguien que reivindicara el chiste, la risa, la carcajada.

Al final siempre podrán decir que estamos resentidos o enojados, que nos fue «mal» en nuestro análisis o que es un desquite contra el psicoanálisis porque nuestro analista no respondió nunca a nuestra demanda de amor. Y aquí también podrán decir: «vean, nosotros no hemos dicho nada, todo ha sido dicho por él». Y así, sucesiva e indefinidamente. Qué cansado —y por momentos chistoso— nos resulta todo esto. El problema no es Freud o Lacan, ni su psicoanálisis o sus fórmulas. El problema son sus formulantes, sacerdotes e iglesias. Quizá eso era lo que explotó, lo que estaba por explotar, o lo que ya había explotado. J. V. Widmann acertó en su reseña titulada «El peligroso libro de Nietzsche», publicada en un periódico de Berna[11], sobre el texto Más allá del bien y del mal. Nietzsche fue dinamita: demolió a nuestros ídolos. Pero no íbamos a dejar que sucediera así de fácil: no eran unos ídolos cualesquiera, tenían su prestigio y fuerza; además los idólatras en nosotros no se dejarían vencer tan pronto.


[1] Véase el parágrafo 4 de nuestros Pre-textos a Zaratustra.

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Disponible en línea y recuperado el 30 de enero de 2020: https://issuu.com/webudlap/docs/espora12

[5] Rabaté, J.-M. (2006). Lacan literario: La experiencia de la letra. (A. Dilon, Trad.) Siglo XXI

[6] VV. AA. (1997) Lacan con los filósofos. (Colegio Internacional de Filosofía, ed.) Siglo XXI

[7] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós

[8] Ibídem, p.19.

[9] Von Trier, L. (2009). Anticristo

[10] Pereña, F. (2006). Soledad, pertenencia y transferencia. Síntesis.

[11] Citado por Kilian Lavernia Biescas en el Prefacio a Más allá del bien y del mal de F. Nietzsche en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos, p.287.

Un sueño con Derrida*

¿Quién encontró alguna vez a un yo?

— Jacques Derrida

 

En todo filosofar no ha sido hasta ahora de ningún modo cuestión de la «verdad» sino de otra cosa, digamos de salud, futuro, crecimiento, poder, vida.

— Friedrich Nietzsche

 

El impulso eficaz para llevar a cabo la escritura de esta «tesis» no llegó a partir del ejercicio de un pensamiento lógico, razonado ni argumentado; tampoco por medio de diálogos, conversaciones o seminarios que pudieron haber tenido lugar durante el estado de vigilia. En otras palabras, no llegó mientras estábamos despiertos o cavilando sobre nuestro tema, justificación, planteamiento, metodología y demás elementos que son indispensables para un Proyecto de Investigación. Esto no significa que minimizamos todo ese trabajo de pensamiento; como se verá, estuvo relacionado e implicado con esas otra «razones» de las que no teníamos noticia en ese momento[1]. Lo sorprendente es que esas otras «razones» terminaron por dirigir el rumbo, estructura y contenidos de todo este trabajo. Mientras nosotros revisábamos una y otra vez nuestro Proyecto de Investigación, estado de la cuestión, objetivos, preguntas, etc., al mismo tiempo se iba configurando y armando un proyecto alterno que detonaría más tarde y nos arrastraría a escribir, sin detenernos, esta «tesis». Aquello que explotó fueron las consecuencias de nuestra travesía por la maestría en el Colegio de Saberes[2]. Nos referimos a las implicaciones y relaciones que se produjeron durante estos años entre la maestría y la formación, tradición y línea de pensamientos con que llegamos. En particular con nuestra formación en psicoanálisis que por aquel entonces ya le habíamos dedicado más de una década. Así, esta «tesis» sería más bien una especie de memorias, fragmentos o notas sobre lo sucedido en estos años: un ejercicio de memoria y reescritura para hacer historia, por lo que también habrá mucho olvido en ella.

Jacques Derrida Smiling
Jacques Derrida… ¡sonriendo!

Dicho esto, no se hallarán aquí las formas y elementos tradicionales de la metodología positivista, quizá ni siquiera alguna de las posibilidades que se están abriendo en los diseños cualitativos. Mucho menos es un trabajo cuyo «conocimiento» se discuta y valide desde las distintas posturas epistemológicas, ni siquiera desde una de ellas. O peor, se nos acusará de autoplagio[3] por el número de trabajos que aquí reimprimimos, reutilizamos o adaptamos. ¿Qué valor puede tener entonces un trabajo como este, que es meramente personal e íntimo? ¿Cuál es el valor de la experiencia personal? Esto es algo que hasta la fecha no logramos responder con claridad. Mejor dicho, hemos respondido a medias y circularmente: el valor y alcance se limita precisamente a esos campos, por el momento[4]. Los efectos e implicaciones que aquí presentamos estuvieron por fuera del cálculo y la razón, ni siquiera los previmos ni pudimos anticiparlos. No teníamos idea de lo que iba a suceder en nuestro encuentro con autores como Jacques Derrida o Friedrich Nietzsche, aunado a los estilos y apuestas que algunos profesores explicitaban. La transmisión que se produjo durante este tiempo y sus «resultados» no podían ser plasmados en un estilo y requisitos académicos que, precisamente, piden que lo personal e íntimo queden excluidos o que sus efectos sean prácticamente insignificantes. Pero quién tiene la medida de tales cosas: ¿Dónde inicia y termina lo personal y lo común, lo íntimo y lo público? Existía un gran peso en nosotros — el psicoanálisis — y el «estilo» nietzscheano y el «método» deconstructivo — precisamente por la gran implicación del autor en sus textos — se nos impuso como una vía posible para aligerar nuestra carga. Nos serviríamos de nuestra «tesis» para darle lugar a los conflictos y problemas que justamente se habrían producido durante el curso de la maestría. ¿Por qué habríamos de hacer otra cosa que estuviera por fuera de esto? Ése era el material, nuestro «objeto de estudio» que, sin saberlo, se había estado construyendo a espaldas de la razón y sus proyectos.

Si ya contábamos con un Proyecto de Investigación: la ligereza nietzscheana, que estábamos decididos a llevar a cabo, después de meses de trabajo, aunque constantemente aplazábamos el inicio de su escritura, debemos intentar responder qué fue lo que cambió todo lo que habíamos proyectado, pensado y planeado. Es decir, cuáles fueron esas otras «razones» que fueron más fuertes que la razón y se elevaron por encima de esta. Desde entonces y hasta ahora, el instante clave que podemos ubicar en que se produjo el giro, el «convencimiento», tuvo lugar durante un sueño, y como todo sueño, resulta una «locura» que se presta a la interpretación. Tenemos en cuenta que los nexos entre esa «causa» y sus «efectos» siempre podrán ser reescritos o eventualmente llevados más «atrás» en el tiempo o más adelante en sus consecuencias; dicho de otra manera, reinterpretados una y otra vez en busca de su «causa original». Esto dejaría asentado que en realidad nunca podríamos saber qué sucedió, pero eso no impide que en estos instantes aseguremos que fue por un sueño en particular que «tuvimos». Quizá ese sueño y giro respondan a una diversidad de causas: indispensables, concurrentes, específicas, etc., no importa cuáles. En síntesis: no sabemos qué ni cómo sucedió, por qué se produjo este giro inesperado, pero sabemos que fue a partir de ese momento, el día después del sueño, que nos decidimos a abandonar temporalmente nuestro Proyecto — pero no el tema — para pasar a algo que nos convocaba y no podíamos diferir más.

Ese sueño cambió todo en relación con nuestra «tesis». Curiosa y «extrañamente» unos días antes de que diéramos por terminados los preparativos para iniciar su escritura, habíamos empezado a hurgar entre nuestros trabajos anteriores intentando hacer memoria para averiguar dónde había surgido nuestro interés por Nietzsche y en particular por la ligereza. Esta búsqueda y rastreo eran un mero apoyo o «proyecto» paralelo a la «tesis»: eran materiales que nos ayudarían a recordar y servirían como un primer argumento para el desarrollo del tema. Es decir, en ningún momento consideramos que esas memorias y ese trabajo de retornar al «pasado» se convertirían en el trabajo final. Si así sucedió, si decidimos diferir el trabajo que ya teníamos proyectado y volcarnos en una escritura que diera cuenta de los efectos que había tenido la lectura de Nietzsche en nuestra relación con el psicoanálisis, fue debido al sueño siguiente:

Un sueño con Derrida. Del 5 al 6 de diciembre de 2019

Estoy sentado dentro de un salón de clases, y junto a mí está Jacques Derrida. Él está sentado a mi derecha* y ambos estamos en esas sillas con paleta. Su piel luce perfectamente bronceada, cabello completamente blanco, brillante y bien peinado. Está en los últimos años de su vida — esto lo supongo por el color del cabello — y sin embargo se muestra sumamente alegre y vivaz. Los dos estamos de frente hacia donde se supone están los alumnos y detrás de nosotros el pizarrón donde están escritas algunas palabras y dibujos indescifrables que me hacen pensar en el tiempo. Supongo que también soy un alumno porque sé que hay una tarea que no hice. Sin embargo, esto no parece importarnos porque ambos charlamos, nos reímos y acercamos como dos grandes amigos, nuestros hombros prácticamente se recargan uno sobre el otro: una confianza imperturbable, el afecto y la cercanía es evidente, a ninguno de los dos le incomoda. Conversamos y reímos: todo esto sucede mientras algunos alumnos van y vienen y pasan por detrás de nosotros; cosa que tampoco parece interesarnos y no interrumpe nuestra plática. Fin del sueño. *¿Sentado a la derecha del padre? Pensándolo de manera inversa, desde la mirada del observador, yo estoy a la derecha de Derrida, aunque en realidad esté a su izquierda. ¿Dónde estoy, donde me pienso o desde donde me miro y me miran? ¿Quién está a la derecha de quién? ¿Quién es el padre? ¿Hay padre?

Unos cuantos pensamientos se nos ocurren sobre este sueño: el tiempo de una escritura análogo a El tiempo de una tesis[5], que tiene relación a su vez con otro tipo de escritura: por fuera, en las fronteras o los márgenes de la academia. Entre compañeros del grupo de maestría solíamos bromear sobre el tiempo que tomó a Derrida elaborar sus tesis; según lo que nos narra le llevó más de veinte años, lo cuál era el pretexto perfecto para no llevar a cabo nuestra tarea; quizá la tarea que sentimos que no habíamos realizado en el sueño: si a Derrida le llevó más de veinte años, ¿qué podemos esperar en nuestro caso? Pero más relevante resultaba que esa tesis no se ajustaba a lo que se esperaba dentro de la academia ni a lo que pedían acaso sus colegas[6]. Sumamos a esto una de las reflexiones que se han quedado grabadas en nosotros y que encontramos en dicho texto: si ya se sabe a dónde se va en el pensamiento, para qué ir. Por supuesto, está también el tema de la muerte dentro del sueño, como un límite insalvable que precipita la escritura de la tesis sin tener que esperar veinte años o más. En síntesis: era el tiempo de una tesis, la nuestra, pero de una manera distinta a lo que ya se había proyectado.

Un día antes del sueño pensábamos títulos provisionales para nuestro trabajo sobre la ligereza nietzscheana, uno de ellos era Mi amigo Nietzsche. Creíamos que sólo habíamos hecho un nuevo amigo a lo largo de estos años, pero el sueño parece mostrarnos que no fue así, que contamos por lo menos con uno más: Jacques Derrida. Sí, era el tiempo de la escritura, pero de otra escritura, alejada de los proyectos, las ciencias y las metodologías. A propósito de la amistad: nunca habíamos sentido tan cercano a un autor como nos sucedió con Nietzsche. Ni siquiera con Freud o Lacan, a lo largo de más de diez años, nos había pasado algo similar. Mejor dicho, ninguna escritura nos había afectado tanto. El sueño nos presentó otra posibilidad, no sólo para la escritura, sino para la amistad: Mi amigo Derrida al cual también sentimos y tuvimos muy cerca. El sueño nos confirmó que aquello que pensamos son sólo los pensamientos que vienen, los que son susceptibles de conciencia, entre los numerosos hilos de pensamiento que suponemos que existen y se producen. Pensábamos en un Proyecto, pero terminamos elaborando otro que resultaba más vital para nosotros.

La «interpretación» de nuestro sueño es breve, un poco más extensa que el texto del sueño; esto sería algo impensable para algunos psicoanalistas. Hace algún tiempo — antes de los giros, cambios, problemas, conflictos, batallas, etc., antes de todos estos eventos que estamos a punto de exponer en esta «tesis» — nos rompía la cabeza la pregunta por los porqués de todo: aspirábamos a un saber que pudiese sostenerse y responder de lo que sucedía, que fuese capaz de atrapar la «realidad» en sus conceptos, articulaciones, propuestas, teorías, etc. Queríamos el triunfo de la religión en el ámbito de los saberes académicos; es decir, poder creer en algo, pero teniendo el respaldo o «fundamento» de que no se trataba de una congregación o «hermandad», sino de un saber alejado de los consuelos y esperanzas de la religión; la seguridad y confianza del creyente, pero en el ámbito de las ciencias o del conocimiento que fueran producto de la razón y del pensamiento, y no de presupuestos, prejuicios y creencias. Queríamos dioses e ídolos que respondieran a nuestras preguntas. Fue por esta grieta que se coló el psicoanálisis y sus analistas. Y la fidelidad y lealtad que les tuvimos en los años que siguieron.

Para finales de 2019 — cuando tuvimos el sueño con Derrida, después de una temporada con Nietzsche, a punto de llevar a cabo nuestro Proyecto de Investigación y abandonarlo por otras «razones» más fuertes y vitales — ya no nos interesaba llevar más allá el «análisis del sueño». No teníamos ni sentíamos ningún tipo de inquietud o ansia por saber más acerca de los sentidos de ese sueño, ni de otros; ni de continuar el «autoanálisis» ni de regresar con el analista. Habíamos renunciado a las «causas» de las cosas. Estaba bien no saber el sentido de todo eso. Además, un giro más nos había tomado por sorpresa después de toda esta travesía. No nos interesaba más lo que el analista pudiera decirnos, habíamos hallado un sustituto para su lugar y función[7]. Es más, nos quedamos cortos al decir que la escritura se nos presentó como un mero sustituto; la escritura todavía tiene mucho por decirnos, mientras que el analista se ha quedado mudo, y no precisamente porque esté jugando a ocupar el lugar del muerto. Aquel sueño, con esas pocas «asociaciones», fue capaz de impulsarnos a realizar algo que ni siquiera habíamos contemplado, además de desplazar los planes previos que lucían como los «importantes». Nos bastaban los «efectos» de ese sueño: qué importa cómo sucedió, vino o se produjo, sus efectos nos liberaron del obstáculo que nos había paralizado por meses. Indagar en las «causas» no es algo que despierte nuestro interés actualmente: «Uno debe servirse de la ‘causa’ y el ‘efecto’ tan solo como puros conceptos, es decir, como ficciones convencionales cuya finalidad es la designación, la comunicación, no la explicación»[8]. No tenemos la necesidad de indagar en esos porqués sobre lo que nos impulsó a escribir; no sea que al descubrirlos no podamos hacerlo más[9]. El sentido de nuestra mirada se había invertido: en lugar de fijarse en los supuestos orígenes o causas, es decir, en el pasado, se ha colocado en los horizontes y metas que ahora es posible ir construyendo para el futuro[10].

Recordamos el título de un texto que se publicó hace más de diez años[11]: La escritura comienza donde el psicoanálisis termina[12]. ¿Sucedió así para nosotros? El psicoanálisis obturaba con su habilidad para interpretarlo todo, y de paso nos impedía la escritura pues ya no quedaba nada por hacer ni crear. Incluso el deseo — su potencia y vitalidad — parecía haber quedado atrapado en sus constantes intentos de que nada quedara por fuera de su saber. Incluso el psicoanálisis tenía — o tiene — un nombre para aquello que escapaba a sus formulaciones: «lo Real». Sin embargo, no estábamos tranquilos y seguíamos buscando; de alguna manera el psicoanálisis empezó a morir y el sueño con Derrida fue el golpe mortal, pues a partir de ahí pudimos empezar a escribir parte de su historia final. Teníamos al muerto, ahora era necesario tallar su lápida. Lo que viene a continuación es algo de lo que sucedió en los últimos años de vida del psicoanálisis, no sin resistencia de nuestra parte: intentos por no dejarlo morir, sostener y rescatar su saber, «armonizarlo» con otros autores y saberes, luchábamos por conservar su peso. Y sin embrago, sin querer, al final del recorrido tuvimos que dejarlo; ya no era posible continuar con una carga así[13]. A fin de cuentas, nunca dijimos que el psicoanálisis estuviese equivocado, pero esto no quiere decir que necesariamente tuviese «razón». Esto es algo que ya no importa cuando lo que ello quiere es escalar montañas y ascender a nuevas cumbres para poder descender a los mares más profundos[14].

NOTAS

[1] A lo largo de este trabajo intentamos darle lugar a distintas voces, por lo que hablar en plural será una constante. Pocas veces se encontrará el singular de la primera persona; se verá que la soberanía y presencia de una sola voz es uno de los problemas fundamentales de este trabajo, acaso sea el más importante. Queremos aclarar además que el plural no pretende ni representa, en absoluto, ninguna especie de autoridad ni consenso académicos; por el contrario, ese plural más bien se coloca como un reconocimiento de las multiplicidades, pluralidades y heterogeneidades de las voces que nos habitan y constituyen. Si esto produce alguna confusión en el lector, no será menos que la que se produce tratando de definir eso que llamamos yo o cuando se intenta responder la pregunta: ¿quién habla?

[2] Debemos añadir que durante el segundo año de la maestría asistimos a los primeros semestres del doctorado en dicho colegio.

[3] «El autoplagio se refiere a la práctica de presentar un trabajo propio publicado previamente como si fuera reciente […] la parte esencial de un documento nuevo debe ser una contribución original al conocimiento y sólo debe incluir la cantidad necesaria de material ya publicado para entender mejor esa contribución, en especial cuando se aborde la teoría y la metodología». Esto según el Manual de publicaciones de la American Psychological Association (M. Guerra Frías, Trad.; 3.ª ed.). (2010). Manual Moderno.

[4] Sobre esto Nietzsche tiene algo qué decirnos: él aseguraba que era posible una transformación en el lector a partir de las experiencias personales del autor. Según Graham Parkes: «Nietzsche knew that what is personal may after all touch others, though the process remains obscure […] Such light and flame can illumine the way for others through the medium of the written page, as long as the style is sufficiently vibrant» [Nietzsche sabía que lo personal puede, después de todo, tocar a otros, aunque el proceso sobre cómo sucede eso permanezca oscuro (…) Dicha luz puede iluminar el camino para otros a través de los escritos, siempre y cuando el estilo del autor sea lo suficientemente vibrante]. Precisamente por este último «requisito» es que no podemos compartir la respuesta de Nietzsche. Vésae Nietzsche, F. (2005). Thus Spoke Zarathustra (G. Parkes, Trad.; Kindle). Oxford University Press.

[5] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[6] Lo cual nos remite a Nietzsche: algo similar sucedió cuando publicó El nacimiento de la tragedia o Así habló Zaratustra. No sólo no eran textos filosóficos, sino que tampoco se podían clasificar o catalogar con precisión; qué eran y qué hacer con ellos influyó, en parte, en la pobre recepción que tuvieron.

[7] Claro que aquí no faltarán los analistas que defiendan su posición aclarando que ellos no tienen nada qué decir, que su función es escuchar. También en otro sentido: no tienen nada qué decir porque no tiene las respuestas, supuestamente.

[8] Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos. p.311.

[9] Aquí tampoco faltarían los analistas que dirían que el trabajo analítico ha dejado de indagar las causas o las explicaciones de las neurosis, los síntomas y demás.

[10] Por supuesto esto también implica una cierta relación con el tiempo y la temporalidad.

[11] Más de diez años en que nos formamos como analistas: ¿serán también más de diez años en que estábamos obstaculizados para la escritura?

[12] André, S. (2000). FLAC (novela) seguida de La escritura comienza donde el psicoanálisis termina (T. Francés & N. Braunstein, Trads.) Siglo XXI.

[13] Se verá a lo largo de este trabajo que el gran peso y carga del psicoanálisis no lo eran tanto sus teorías o propuestas, sino un estilo de transmisión y formación que compartimos varias generaciones de analistas. Actualmente, y eso también se verá, un «nuevo» psicoanálisis del sur, pretendidamente científico, ha comenzado su colonización en México. Bajo la bandera de la cientificidad del psicoanálisis, diferentes sedes de APOLa (Apertura para otro Lacan) van tomando poco a poco relevancia en el ámbito nacional; sin embargo, a pesar de su supuesta novedad, sus prácticas de adoctrinamiento son bastante antiguas.

[14] Aquí es donde lo personal e íntimo podría superar sus límites, pues la experiencia habilita posibilidades y expande horizontes que anteriormente estaban muy limitados o resultaban bastante estrechos. Por supuesto que aquí se podría argumentar que la formación «teórica» también posibilita y habilita lo que se «encuentra» en la experiencia, y que esta no es posible sin unos conocimientos previos o por lo menos algunos supuestos básicos.

* Este texto forma parte  —la Introducción— de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el día 23 de marzo de 2021: Tesis: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.