Un último esfuerzo

Éramos amigos y nos volvimos extraños. Pero está bien así, y no nos lo queremos disimular y encubrir como si tuviéramos que avergonzarnos de ello […] creamos en nuestra amistad estelar, incluso si tuviéramos que ser enemigos terrenales.

— Friedrich Nietzsche

[Un último esfuerzo se inserta después de los textos Pináculo o cumbre y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, como parte de los capítulos que conforman la tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un último esfuerzo que puede apreciarse por lo menos en tres sentidos: un último esfuerzo del psicoanalismo por querer sostenerse aún, por nuestra renuencia a renunciar a él, a pesar de su peso; un último esfuerzo para luchar contra él en una batalla más; un último esfuerzo por intentar «armonizar», articular ambas tendencias, para no abandonarlo, para conservarlos, pero de una manera distinta. Como se verá, los tres sentidos de este momento están reflejados en los siguientes tres trabajos. Dicho de otra manera, en cada uno de los trabajos la «intención» respondió a cada uno de estos puntos.

Jacques Lacan con uno de sus famosos puros retorcidos.
Jacques Lacan (1901-1981)

I) Los dos primeros trabajos son en relación con dos textos del mismo autor, Juan Manuel Martínez, un psicoanalista argentino que últimamente visita frecuentemente nuestro país. En ese entonces la maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM estaba por iniciar su primera generación y siendo uno de los docentes para formar parte de la planta de profesores de dicho posgrado, se me pidió que presentara su libro Lacan: el concepto de transferencia en los Escritos[1], a propósito del seminario que también vendría a impartir en esos días: Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis[2]. Juan Manuel fue un nuevo —y quizá el último— respiro de aire psicoanalítico. Al final de su seminario recuerdo haberle reconocido que su trabajo era muy diferente a lo que había escuchado durante años y que su trabajo nos libraba de una serie de prejuicios y vicios que durante nuestra (de)formación psicoanalítica nos habían sumido en el conformismo. Este analista argentino era parte de lo que ahora podemos llamar la primera oleada del nuevo psicoanálisis del sur; tan chocoso, molesto e inoportuno que hemos mencionado anteriormente. Pero seamos más claro respecto a esto: lo que no soportamos es el entusiasmo que ensordece todas las demás voces. Los nuevos seguidores de este psicoanálisis del sur que, en sus vídeos, fotos de perfil de sus redes sociales, sus días de vacaciones y lindas imágenes, se las ingenian para poner en primer plano su nueva biblia: Otro Lacan[3]. Dicen haber descubierto la «verdadera» intención de la enseñanza de Lacan… a través de otro autor. Ahora son repetidores de sus nuevos maestros e ídolos: «Freud es como el Titanic y hay que dejarlo hundirse»; ¡siguen siendo creyentes! Lo único que hicieron fue asistir a un nuevo templo con un nuevo Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Acaso no estamos repitiendo a Nietzsche o Zaratustra? ¿Acaso no nos reconocemos en eso que tanto criticamos y denunciamos? Sí, y quizá por eso nos resulta tan molesto, porque sabemos a dónde conduce esa vía. Seamos «justos», nosotros pasamos por ahí, y tal vez sea un transitar inevitable para todos. Nosotros, a diferencia de los que continúan en ese barco, hemos zarpado hacia otros mares.

El trabajo de Juan Manuel —sus textos, vídeos, seminarios— atrapó nuestra atención por varios meses. En realidad, escuchábamos un psicoanálisis distinto, aunque pensándolo bien, lo que nos llamó la atención era su estilo contestatario hacia las generaciones de psicoanalistas anteriores y lo ameno que resultaba escucharlo: coincidíamos en que era una enseñanza petrificada y somnolienta. Digamos que abría la posibilidad de pensar y estudiar nuevamente los textos psicoanalíticos desde otra perspectiva: que los textos de Lacan no son imposibles de leer, que el psicoanálisis no es una experiencia mística, que es posible entender de qué va un psicoanálisis sin necesidad de pasar por la experiencia, etc. Desafortunadamente para nosotros —a pesar de esta novedad—, ya estábamos muy lejos de esas sendas lacanianas y freudianas como para retomar la intensidad de su estudio nuevamente. Nuestros intereses se habían colado ya por otras grietas —o quizá haya sido al revés—. Esto no impedía darle seguimiento a su trabajo, pues también impartió algunos cursos durante la maestría de la que también nosotros éramos partícipes y circulaba por los pasillos y conversaciones lo que él hacía y lo que sus colegas argentinos estaban trabajando. Podríamos decir que era el único analista al que le prestábamos atención después de algunos años —durante nuestros cursos sobre psicoanálisis en la maestría y doctorado en el Colegio de Saberes no tenemos mucho qué decir, nosotros ya estábamos cansados de eso, quizá lo que sostuvo esos cursos para nosotros fue el estilo de los profesores: por lo menos no se empeñaban en descalificar otros saberes ni se mostraban inamovibles en relación con su saber—.

La presentación de su libro estuvo llena de elogios de nuestra parte —cosa que leemos nuevamente y nos sorprendemos de la hospitalidad que le brindamos; aquí debemos aclarar que cuando se nos pidió presentar su libro, no teníamos idea de nada sobre él ni sobre sus trabajos, lo conocimos el día de la presentación; desafortunadamente, cuando hubo una nueva presentación de libros unos meses después, esta vez, ya con mayores integrantes y fieles jurados del nuevo movimiento psicoanalítico del sur, una vez que las iglesias empezaban a tomar fuerza, se prefirió recurrir a otros lectores que a quien escribe esto—. Dijimos de Juan Manuel que era alguien que se arriesgaba a proponer definiciones dentro del psicoanálisis que podían caer en la vulgarización y cristalización; afirmaba que hay técnicas psicoanalíticas, cuestión altamente debatida; se proponía desengañarnos de lo que nos han dicho que Lacan dice, para mostrarnos que no es cierto, que hay cosas que Lacan nunca dijo pero hemos creído que sí; que la práctica psicoanalítica y los psicoanalistas varían por región o país; que conocía muy bien la obra de Freud y Lacan; que su escritura era clara e ilustrativa; nos ayudaba a entender y diferenciar las obras de Freud y Lacan, además de estas con las de los postfreudianos y kleinianos; era un texto que nos sorprendía y brindaba algunas respuestas; estaba abierto al diálogo con otras disciplinas, como la filosofía; sabía darle lugar a la importancia de la teoría dentro de la práctica; cuestionaba la práctica y la transmisión del psicoanálisis y el supuesto de que no tiene relación con la ciencia.

La estocada final llegó cuando unos meses después anunció un texto titulado Freud, lector de Nietzsche[4]. Nuestro entusiasmo no se hizo esperar, fue inmediato —estábamos emocionados, lo adquirimos el primer día de venta, queríamos saber qué tenía para decir este psicoanalista que había captado nuestra atención con su forma de trabajo de los textos lacanianos, y cómo leía y articulaba con los textos nietzscheanos, ¿se entiende a quién leíamos en ese entonces?—, pero hasta cierto punto efímero: teníamos cosas por decir y qué responderle a su autor, y de ahí surgió el texto siguiente.

II) Nietzsche en los márgenes freudianos[5] se produjo como una «defensa» del filósofo alemán, pues durante la lectura del texto de Juan Manuel identificamos algunos elementos que no nos parecían del todo precisos, aún con la libertad que toda interpretación permite. Nos pareció que no podíamos quedarnos callados ante tales dichos. Las imprecisiones en relación con la obra de Nietzsche y con los textos freudianos, y de la articulación de estos, nos animaron a escribir una respuesta tomando como «marco teórico» la deconstrucción derridiana y los Márgenes de la filosofía[6] de Jacques Derrida. Los textos freudianos no nos eran desconocidos, en relación con Nietzsche teníamos claros los puntos que había que aclarar, y el «método» marginal nos ofrecía una vía para la escritura. Estos tres elementos lograron una mezcla que nos permitió no sólo tener una respuesta al texto de Juan Manuel, sino descubrir hasta cierto punto que ahí se escondía una trampa bastante evidente para nosotros: él afirmaba que había leído la obra de Nietzsche, lo cual nos dejaba con serias dudas. Y no sólo eso, también eran evidentes algunos descuidos —que son fundamentales para nuestra argumentación— en relación con su lectura de los textos freudianos. Nos sorprendía aún más en la medida en que él mismo recalca en sus presentaciones que su estilo de trabajo es con citas, y son estas el principal problema del texto.

Hasta la fecha nos seguimos preguntando qué pasó: meros descuidos, deslices, desinterés, precipitación. Sólo él podría responder, pero no lo hizo. ¿Cómo lo tomamos, más allá de la respuesta que le dimos en el trabajo que escribimos? Que resulta sumamente difícil declararse ignorante respecto a ciertos temas; que resulta casi imposible  —para los psicoanalistas, por lo que hemos visto y escuchado— reconocer que se desconoce la obra de ciertos autores, y si se reconoce que no se la conoce es porque seguramente no es «importante» o «relevante»; que se cree saber lo que un autor quiso decir a partir de la lectura de unos pocos textos —quizá ni siquiera del autor en cuestión—; y que sobre todos ellos el psicoanálisis ha dicho más y mejor las cosas —ya sabemos que aquí vendrá alguien a decir que no es así—. (Para nosotros resultaba increíble que con aquellos que llegamos a comentarlo, desconocían las críticas de Derrida a los textos lacanianos. ¡Pero no eran capaces de reconocerlo! Situaciones algo extrañas). Creemos que por ahí fue la «lectura» de la obra de Nietzsche que hizo Juan Manuel: quizá creyendo que podría escribir sobre su obra a partir de algunos fragmentos —¡fragmentos!—. (Aunque tampoco sería imposible: Derrida escribió un libro a partir de una cita a pie de página del texto más famoso de Heidegger, según dicen). Claro que existe la posibilidad de que esto no sea así y que en realidad haya leído la obra nietzscheana y tuvo una serie de problemas y dificultades al momento de citarlo, exponerlo y ponerlo por escrito, además de los problemas que representaba Nietzsche dentro de la obra de Freud. Puede ser. De alguna manera este psicoanalista caía en algunas de las trampas que hasta el momento denunciaba: cuando se dice que tal autor dijo, aunque no se pueda dar referencia de dónde lo dijo. Trampas en las cuales también caímos durante nuestra pedantería psicoanalítica: nosotros los psicoanalistas lo sabemos todo, y si no, lo inventamos —nos dirán que no es así, está bien, para utilizar una de sus frases: no todos son así, es cierto, sólo recuérdese que aquí nos referimos al modo en que circulaba la enseñanza psicoanalítica, más que a las personas en concreto: y lo que se dice y circula, no debería olvidarse que fue dicho—. ¿Será que este aparentar haber leído una obra sea un resto también de esa formación de psicoanalistas que tanto critica Juan Manuel? Puede ser.

Cuando se publicó nuestro texto en la revista Reflexiones Marginales, escribimos un correo a Juan Manuel compartiéndole la noticia y anexando una versión del texto para una mejor lectura, al tiempo que solicitábamos sus comentarios y reconocíamos su trabajo —era evidente desde el momento que escribimos sobre él—. No recibimos respuesta. Un par de meses después regresaría a impartir otro seminario al que también asistimos. Un compañero que leyó nuestro trabajo en la revista nos señaló que era la oportunidad de preguntarle sobre ese asunto, pero no lo consideramos adecuado: no era el tema, y el momento para nosotros ya había pasado —considerando que, aunque el trabajo se publicó durante la primavera del 2019, nosotros lo habíamos finalizado desde finales del año previo—; después de todo, quizá nuestro correo nunca llegó o se quedó en el correo basura. Dicho de otra manera, ¿por qué ya no nos resultaba vital lo que tuviese que decirnos, que no es lo mismo decir que no nos interesara? —A ver analistas, interpreten: ¿caída del sujeto supuesto saber, caída de la transferencia, fin de análisis, resistencia al análisis, denegación, o qué le gusta?—.

III) Se realizó el Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en el psicoanálisis[7] —al primero ya hicimos referencia, en el que expusimos nuestro trabajo El coraje de hacer historia— y nuevamente participamos. Esta vez presentando formalmente la maestría, a pesar de que la primera generación ya estaba a medio camino. Como ya anticipamos, este tercer trabajo estaba impulsado por una especie de articulación o «reconciliación» entre los dos anteriores: ni una aceptación total e ingenua del nuevo psicoanálisis del sur ni tampoco el rechazo y la ruptura definitiva con el «viejo» psicoanálisis; podría haber tal vez una postura «intermedia». Y así lo intentamos. Resultaba muy claro el rumbo que empezaba a tomar la maestría: de los maestros invitados al primer coloquio no quedaba prácticamente nadie; y la tendencia iba hacia el «sur». En verdad intentamos esa reconciliación. Veamos tan sólo, para iniciar, nuestros autores de referencia: Alfredo Eidelsztein (!), Jacques Lacan y Sigmund Freud —¡Por fin nos queda claro que nuestra aversión es hacia los lacayos del psicoanálisis, o quizá hacia el «lacayismo»! Aunque no por esto aceptamos y participamos del movimiento «eidelszteniano» por un psicoanálisis científico—. Durante nuestra presentación recordamos el Primer Coloquio, así como la visita que había hecho aquel psicoanalista argentino a la ciudad de México. Ya desde entonces denunciábamos lo erróneo que nos resultaba la transmisión del psicoanálisis por la que habíamos pasado. En este sentido sí seguíamos a Eidelsztein: criticaba eso que él llama lacanismo, conocido también como freudolacanianos o poslacanianos, cuyo movimiento y enseñanza es sumamente conservador y cerrado a la novedad de la enseñanza de Lacan. Este lacanismo, según él, sólo se ha encargado de igualar la enseñanza del psicoanalista francés con la del médico austriaco, asumiendo que no existen novedades ni diferencias, manteniendo una serie de prejuicios que impiden la circulación y avance del psicoanálisis, principalmente de aquel que dice que no es ciencia.

Lacan había anticipado su fracaso, para él el inconsciente es lo nuevo y lo nuevo siempre[8], sin embargo, los psicoanalistas nos habíamos encargado de convertirlo en lo contrario, ahí fue donde fallamos todos: el inconsciente era lo mismo y lo mismo siempre, o, dicho de otra manera, el psicoanálisis ya no sorprendía a nadie, ni a nosotros mismos, no había espacio para la novedad, el asombro o la alegría. Se había vuelto, ya desde los años del auge lacaniano, en algo sumamente trivial, vulgarizado y archiconocido. No hubo novedad, a Lacan se le redujo a un comentador de la obra freudiana, a un «traductor» de la misma y de lo mismo. En ese sentido, nos sentimos muy cercanos a Lacan: no era posible la circulación o la producción de un pensamiento nuevo. La asimilación fue casi completa y total, se trataba de domesticar el pensamiento lacaniano e igualarlo al de Freud: Lacan es lo mismo que Freud, pero con otras palabras y desarrollos, pero en «esencia» no dice nada que el «maestro» no haya dicho o señalado. Un último esfuerzo para mantener vivo el psicoanálisis para nosotros, vamos, vayamos con el más representativo de este nuevo psicoanálisis del sur, escuchemos qué tiene para decir; tiene buenos argumentos, algunos muy consistentes, etc. Ahora que lo pensamos, estábamos reconociendo públicamente —ante los asistentes al coloquio— que nos alineábamos —que no es lo mismo que alienábamos— con el sentido que la maestría estaba tomando. Adelante, hagámoslo, si el psicoanálisis es siempre lo nuevo y lo nuevo siempre, y si ser lacaniano es retornar a Freud para ir hacia adelante y para que circule algo nuevo, por supuesto que nos subimos a ese barco. Pero una cosa era Alfredo Eidelsztein y otra muy distinta sus seguidores. Como sea, estábamos dispuestos, a reserva de algunas condiciones:

Salvaguardarnos de«creer que contamos con la enseñanza y lectura verdaderas. Nadie tiene la medida de tales cosas. Estoy seguro de que han escuchado esto una y otra vez, lo saben, saben que es así. No basta decir que hay diferentes lecturas, multiplicidad de sentidos e interpretaciones, es necesario decir además que el sentido está agujerado, al igual que la verdad. No hay sentido último ni ultimísimo de los textos. Estoy seguro de que saben todo esto. Lo interesante es preguntarnos si lo decimos por mera formalidad, porque se espera que se diga tal tipo de cosas en tal tipo de eventos o porque en realidad hemos caído en cuenta de que ninguna postura es [la] soberana. La segunda es que la posición de la maestría, que incluye a coordinadores, maestros y alumnos, esté sostenida sobre la lógica de sus argumentaciones. Es decir, que se sostenga sobre ese compromiso con las ciencias que Freud tantas veces expresó y practicó. Y no como los médicos y filósofos que rechazan, miden y critican desde su pasión despreciando la argumentación lógica. Iremos viendo si esta maestría, con todos sus involucrados, descansa sobre una «naturaleza intelectual» o sobre «fuentes afectivas». En otras palabras, que la apertura que exista en este espacio no termine volviéndose cerrazón hacia otras propuestas, desconociendo su multiplicidad y diferencia no oposicional. Una más, que más bien es un gusto. Que la solemnidad y la seriedad, por no decir otra cosa, que suelen asociarse con la práctica y pensamiento científico, no acaben por invadir el ánimo de los maestros y alumnos. Que el trabajo se lleve a cabo lejos de la pesadez y seriedad que acaban por matar cualquier intento de innovación o creatividad. Y, por lo tanto, acabarían por cerrarse al inconsciente. Me gusta pensar que si Epicuro hubiese conocido el psicoanálisis habría dicho igual que dijo respecto a la filosofía: cuando se psicoanaliza es preciso reír»[9].

Desafortunadamente —para nosotros— ninguna de estas tres tuvo lugar. El autor Eidelsztein y sus textos se convirtieron en el estandarte de las nuevas filas de beligerantes psicoanalistas: todo lo anterior era mentira, mera y pura charlatanería, por fin había llegado alguien cuya palabra era portadora de la verdad de Lacan —aunque digan que no hay referente para comparar las teorías, aunque digan que esto no es cierto, etc.—. En dicho estandarte se lee que la ciencia, la teoría y la investigación son parte de sus directrices, por lo que la seriedad científica les está dada en «automático», y quien no lo considere así, seguro no ha entendido la buena nueva del nuevo evangelio del sur. La mentira freudolacaniana del millerismo deberá caer, porque los portavoces de la novedad del pensamiento lacaniano y del nuevo psicoanálisis por venir han llegado. Es tiempo de que dejemos morir a Freud, que se hunda, avancemos, estamos cansados del mismo psicoanálisis una y otra vez, dicen. Sí, compartimos su cansancio, la pesadez de la tradición y enseñanza psicoanalítica, que necesitamos un pensamiento nuevo, que circulen otras y nuevas cosas; pero no compartimos su entusiasmo, ya no, y quizá por esto sabemos el futuro que nos espera en dicha institución. Por ahora estamos cansados de la batalla como para enfrascarnos en una más. Nosotros hemos puesto fin a nuestra guerra con el psicoanálisis que ustedes denuncian, en eso coincidimos, pero para nosotros no es necesario rellenar ese lugar de nuevo, colocar un nuevo becerro de oro, enlistarnos en un nuevo ejército, guerrear en batallas que no son las nuestras. Ese lugar se puede quedar vacío para nosotros, y si eventualmente se destruye incluso el lugar, mejor aún. Quizá sí seamos, como dice su Señor, unos «nihilistas intelectuales», no tenemos otra mejor forma de describirnos o clasificarnos en este momento, quizá en eso estemos llenos de dudas, y no nos interesa hallar certeza ni fundamentos para salir de este estado —¿no es por eso por lo que insisten en la cientificidad del psicoanálisis? ¿no es ese uno de los principales motivos por los que pelean, para poder lidiar con las dudas, incertidumbres, sin sentidos, vacíos, abismos, etc.?—, de lo que no dudamos es que habernos quitado ese pesimismo y pesadez del eruditismo del psicoanalismo nos ha abierto un panorama de la vida plural y colorido del que no teníamos ni la más mínima idea. El saber pesa, y cansa, y nos llevó a la aversión y venganza: redimirnos de ella, hacia allá apunta la ligereza.

Volvemos a leer el texto y recordamos el disgusto que pasamos cuando verificábamos el problema que tenía Freud en relación con Nietzsche: parecía que el maestro vienés se anticipó o fue ejemplo de eso que muchos psicoanalistas repetirían después de él: la arrogancia y soberbia de negar el reconocimiento o crédito a otros autores, o de pretender conocerlos, pero desestimarlos. Creerse genios, y algunos se creen igual de genios que su «padre» —y el nuevo psicoanálisis del sur empieza a producir efectos similares, sus seguidores quieren levantar el vuelo, pero la pesadez de su pedantería no se los permite—. Algo que notamos en esta relectura es que Freud tenía que hacer parecer que esos informes de Nietzsche le habían llegado por alguien más: Groddeck o el Hombre de las ratas —aquí no se menciona a Lou—, como si para él estuviese prohibido reconocer reconocerse como lector de Nietzsche. El texto de Juan Manuel nos aclara un tanto ese punto: era el temor y prejuicio de Freud hacia la filosofía, que se pensara que las influencias del psicoanálisis estaban cercanas a la especulación filosófica más que del razonamiento científico. ¿Por qué en otros momentos es capaz de reconocerles a los poetas o literatos el haber «llegado» antes que él a los «descubrimientos» psicoanalíticos, pero nunca lo hizo así con Nietzsche? ¿Qué queremos decir? Estábamos desilusionados, era la caída definitiva de Freud. Tal vez creemos en Zaratustra —que no es lo mismo que Nietzsche, no siempre— por su estatuto de ficción, porque Nietzsche mismo sabía que no se podría «confiar» en los hombres. Que, en definitiva, en los hombres —¿quizá en las mujeres?— no parece haber la posibilidad de esa transmutación.

Algunos dirán que ese problema ya está saldado y lo dejemos por la paz: ¡qué importa cuáles fueron las influencias y antecedentes del psicoanálisis freudiano, lo que importa es el descubrimiento del inconsciente y el tratamiento que se deriva de él! —En alguna ocasión le preguntamos a uno de nuestros primeros maestros psicoanalistas cuál era su opinión sobre el decir de cierto filósofo que expresó lo siguiente: «Muchas de las ideas de Freud sobre el hombre ya habían sido anticipadas por Thomas Hobbes, por ejemplo, aquella de que el hombre es el lobo del hombre». La respuesta que recibimos, sin que se dignara en voltear hacia nosotros, levantando el mentón y jalando su cigarrillo, fue: «Si era tan bueno y ya había anticipado eso, ¿por qué no inventó el psicoanálisis?». En otra ocasión con motivo de las grabaciones para la película Arráncame la vida en la ciudad de Puebla, basada en la obra homónima de Ángeles Mastretta, también pregunté: «¿Por qué cree que la protagonista actuaba así?» La respuesta fue: «Pues porque era vieja». Y así por el estilo—. Y estamos de acuerdo, porque para nosotros ese no es el problema, sino lo que subyace y que ha permanecido como parte de la transmisión en el psicoanálisis. Le dedicamos todo este espacio y «tesis» a este tema, pues en una disciplina donde predican ser los únicos que escuchan de otra manera la Alteridad, lo Otro, lo extraño, lo ajeno, etc., con lo que mayormente nos hemos topado, o, mejor dicho, lo que mayormente atestiguamos que circula, es la creencia fundamental de que sólo el psicoanálisis —y cada quien su psicoanálisis— vale, excluyendo precisamente eso con lo que supuestamente son hospitalarios. Así valió para nosotros durante un tiempo. Y ahora vuelve a valer, pero de otra manera. Y llegados a este punto ya no tiene caso exponer cuáles serían las posibles respuestas que nos darían para seguir defendiendo su postura. Apenas nos estamos recuperando del cansancio que había significado cargar con esas formas del psicoanalismo.


[1] Martínez, J. M. (2018b). Lacan: El concepto de Transferencia en los Escritos. (s/e).

[2] El seminario Desafíos clínicos: cómo intervenir en psicoanálisis tuvo lugar durante los días 20 y 21 de abril de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[3] Eidelsztein, A. (2018). Otro Lacan. Estudio crítico sobre los fundamentos del psicoanálisis lacaniano. (2a ed.) Letra Viva.

[4] Martínez, J. M. (2018a). Freud, lector de Nietzsche. (s/e).

[5] Ocádiz, E. (2019). Nietzsche en los márgenes freudianos. Reflexiones Marginales, Año 8, Núm. 50, Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.) Cátedra.

[7] El Segundo Coloquio en Clínica Psicoanalítica: formación, enseñanza y transmisión en psicoanálisis se realizó el día 8 de diciembre de 2018 en el auditorio del CESTEM, Puebla.

[8] Lacan, J. (2007). Mi enseñanza (N. González, Trad.) Paidós.

[9] Tomado del apartado La enseñanza del psicoanálisis en el CESTEM.

Algunos apuntes sobre el seminario de “La carta robada”

[Revisión, 14 de sep de 2017. Repetición: Estos apuntes ya los había compartido en hablarser. Ahora los reviso y comparto nuevamente pues cierto interés me empuja una vez más a él(los). Los comentarios y supresiones añadidos, desde el mismo título hasta las notas, irán entre corchetes.]

Así como el significante abandona su lugar a riesgo de regresar circularmente, nosotros abandonamos textos y autores para regresar a ellos nuevamente. En esta ocasión nos vemos empujados a una nueva lectura del texto que inaugura los escritos de Jacques Lacan. Sin mayor preámbulo compartimos a continuación algunos apuntes y comentarios que resultaron de esto.

El concepto fundamental de este escrito no es necesario descifrarlo [“buscarlo”], está al inicio del texto: el automatismo de repetición. Por lo que sabemos de lecturas previas, Sigmund Freud presentó y argumentó la cuestión de la repetición de manera más extensa y controvertida en el texto Más allá del principio del placer, donde leemos que la pulsión de muerte insiste en su satisfacción, es siempre parcial e indomeñable [antes habíamos escrito: “y de una insistencia indomeñable”]. Esta repetición e insistencia serán, desde la lectura de Jacques Lacan y en este momento de su obra, de la cadena significante, donde además ubica la ex-istencia del sujeto. Llama nuestra atención y nos preguntamos sobre el lugar que el automatismo de repetición ocupa en el corpus psicoanalítico para que Lacan le dedique este acto solemne de inaugurar sus escritos. Tratemos de responder por esta importancia con nuestra lectura y reflexión.

Si el psicoanálisis es una práctica clínica y este es un escrito sobre aquel, vale preguntarnos también sobre qué es lo esencial de aquella y su relación con el automatismo de repetición. Jacques Lacan nos responde que las incidencias imaginarias, no son lo esencial de la experiencia analítica. Esto se debe a que las incidencias imaginarias son inconsistentes a menos que se las refiera a la cadena simbólica. Hasta este punto podemos pensar entonces que la cadena simbólica – y su insistencia – es parte esencial de la experiencia analítica ya que conecta y orienta las incidencias imaginarias. Aún más, la cadena significante determina los efectos en el sujeto. Estos efectos imaginarios son nombrados también por el psicoanalista francés como sombras y reflejos de la cadena significante. Otros efectos que también menciona y no trabajará en este texto están la forclusión, la represión y la denegación. Hasta aquí nos resulta claro que el automatismo de repetición es un concepto articulado con el de cadena significante y sus incidencias imaginarias.

Sigue ahora qué tienen que ver estos conceptos con el cuento de La Carta Robada. En palabras de Jacques Lacan, la pregunta gira en torno a cómo reconocer un automatismo de repetición en este módulo intersubjetivo, en estos “sujetos revelados en su desplazamiento en el transcurso de la repetición intrasubjetiva determinada por el lugar que viene a ocupar el puro significante”. Leemos en esta cita que el automatismo de repetición se reconocerá por los efectos que el significante (la carta) tendrá en cada sujeto debido a sus desplazamientos. Esto resulta más evidente e interesante si recordamos que no sabemos acerca del contenido de la carta, [de la misma manera que] desconocemos el “contenido” del significante y sin embargo algo produce[n].

La Carta Robada de Edgar A. Poe
Escenas finales de La Carta Robada

En el momento que menciona que el significante tiene relaciones singulares con el lugar pensamos que se refiere a lo dicho en el párrafo anterior, es decir, que los efectos del significante no son los mismos para todos nuestros personajes, pensando a estos como lugares. Tratemos de ser más claros: la misma carta (el significante) produce efectos diferentes en cada sujeto. Siendo la misma carta la que va pasando por diversas manos, sus efectos no serán los mismos en cada uno de ellos. De aquí que podamos decir que el significante – en necesaria articulación con otros por definición – puede ser el mismo y producir efectos diferentes a la vez. Planteado como pregunta es: ¿Cuáles son los efectos que tiene la carta en cada uno de estos personajes? De momento no nos interesamos por esos efectos, sino por la cuestión sobre qué los produce.

Más adelante encontramos una frase que parece contradecir lo expuesto en el párrafo anterior: el significante es unidad por ser único. Se nos hace una oración difícil pero arriesgamos en nuestro comentario. Entendemos que es “único” como elemento estructural y por sus efectos, también por su “contenido” que a la vez [necesariamente] es diferente de otros. En relación con la carta, podemos decir que es “única” en este relato, y los efectos sobre estos personajes también lo son, pero sin dudar de que existan otras, como se hace notar al inicio del cuento, cuando se menciona que está entre muchas más. Añadimos un comentario a esto pues nos resulta sumamente curioso cómo puede armarse toda una ficción en torno a una carta cuyo contenido no se da a conocer y no es necesario hacerlo. Así, el significante y su dinámica producen ficciones distintas a pesar de ser el “mismo” en cada sujeto y sin que lleguemos a tener noticia de su “contenido”.

El significante determina la existencia de los sujetos. De manera magistral lo encontramos expuesto en el siguiente párrafo:

«Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas o bagajes, todo lo dado de lo psicológico.» [El Seminario de La Carta Robada, Jacques Lacan en Escritos 1]

Este párrafo nos ayuda a diferenciar y aclarar algo que resulta básico. Lo mencionamos por su relevancia para ampliar nuestras reflexiones, además de parecer contradictorio con todo lo anterior: La carta no determina a los sujetos (!). Si la carta – la carta como tal, el papel, la tinta, el sobre, el sello – tiene efectos sobre los sujetos es porque previamente existe un lugar que viene a ocupar y que le permite eso. En otras palabras, podría ser un llavero, una moneda, una grabación o un celular el que ocupara el lugar de la carta e igualmente producir efectos, claro, en otro cuento. ¿Es el automatismo de repetición y la dinámica significante lo que permite que los objetos tengan sus efectos en los sujetos? Son aclaraciones y preguntas nimias, pero que sirven para colocarnos definitivamente en algo que también por considerarse obvio muchas veces es omitido: estamos en el terreno de la actividad psíquica, y si los objetos tienen estos efectos es por la estructura que lo permite. No estamos en el campo de los objetos o de la biología ni de las neurociencias, como bien Sigmund Freud lo había aclarado en el capítulo VII de La Interpretación de los Sueños.

El párrafo citado es pequeño pero extenso en implicaciones. Tomémoslo en serio, ya que el condicional del inicio es una invitación que algunos creen tomarla así y fundamentar su práctica en ello, cuando en realidad la ilusión del saber y la libertad sigue dirigiendo su actuar. Si el significante determina al sujeto, ¿cómo el analista da lugar a esto en su vida y práctica? ¿Hasta dónde se da lugar a que lo hecho, soñado, anhelado, rechazado, visto, no visto, está determinado por el significante? Y que, de tomarlo en serio, existen otros determinantes que no modifican eso: status social, género, educación. Estos últimos pueden hacer [preferimos en este momento decir jugar] su papel en el yo, pero sabemos que esta imagen también está determinada [en parte] por el orden simbólico.

Continuando encontramos que el significante es símbolo de una ausencia, lo cual señala la desemejanza entre el orden simbólico y las cosas: el significante ahora está en lugar de la cosa; también lo hemos encontrado con aquella otra frase de que la palabra mata a la cosa. El significante es símbolo de la ausencia de la cosa y de alguna manera no tiene relación con ella pues la relación del significante será con otros significantes. De aquí que cuando buscamos su definición dentro de la literatura lacaniana, solo se le encuentra como un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. En esta definición no aparece la cosa, el objeto: la relación no es con estos como con aquellos.

Seguimos desplazándonos [destacado para esta revisión] por el texto, así como la carta circula por los personajes: “El significante no se mantiene sino en un desplazamiento debido a su funcionamiento alternante en su principio, que abandone su lugar a riesgo de regresar circularmente”. Lo cual nos regresa al concepto central de este texto y que si bien, existe un punto de almohadillado que permite la significación, no quiere decir que el significante deje de desplazarse. El corte mismo permite nuevos desplazamientos y significaciones.

            El significante se desplaza y además nos posee[1]: “Al caer en posesión de la carta – admirable ambigüedad del lenguaje – es su sentido el que nos posee”. Preguntémonos: ¿nuestros personajes hacen lo que quieren con la carta o creen que hacen lo que quieren con ella? ¿Será más bien que la carta hace de ellos lo que quiere? Un psicoanálisis pasa forzosamente por estas vicisitudes, las de reconocerse habitado por algo extraño a uno, pero sin lo que ni siquiera uno podría pensarse o existir. Algo que nos arrastra inevitablemente, que nos empuja y que en última instancia no tiene sentido por sí mismo. ¿Qué significa o qué es mi nombre si no se articula con mis apellidos? Jacques Lacan escribe: “El hombre está habitado por el significante”.

En la Introducción menciona cómo algunos que se denominan psicoanalistas desestimaron el automatismo de repetición al pensarlo solo como un añadido, algo que podría tal vez coronar el edificio doctrinal del psicoanálisis. Y afirma que no es un simple dato. Vale la pena revisar qué fue lo que estos psicoanalistas argumentaron y produjeron a partir de la proposición de Sigmund Freud. Sabemos que la propuesta de una pulsión de muerte[2] produjo nuevas separaciones y rompimientos con el inventor del psicoanálisis en su momento. Y por más que escribiésemos creemos que no dejaríamos suficientemente claro lo que implica un automatismo, determinismo y la repetición. Nosotros mismos no dejamos de sorprendernos. Queremos decir esto y algo más: no importa cuánto estudiemos, analicemos, repitamos, cuestionemos, neguemos, aceptemos, reconozcamos, no importa qué hagamos, es una cuestión de la que no participamos y sin embargo vivimos, nos determina y somos responsables de sus efectos, y se repite sin que podamos detenerla. ¿Con esto vamos dando cuenta de la importancia del automatismo de repetición en el corpus teórico, práctica y formación psicoanalítica?

Freud trata de dar cuenta, a través del juego del fort-da, de cómo el orden simbólico determina al animal humano. Este orden simbólico anula la propiedad natural del objeto y lo captura en su orden, en sus condiciones. No es nuestro juego, no son nuestras reglas. Vaya, ni siquiera en la fantasía somos libres como creemos, o como fantaseamos, valga la redundancia. [¡Incluso cuando fantaseamos con la libertad!] Si la fantasía es una de esas incidencias imaginarias mencionadas arriba, están por tanto determinadas por una cadena significante. Algunos de buena manera aceptan que sus vidas están determinadas hasta cierto punto por la economía de los mercados internacionales, por las decisiones de sus gobernantes, por elementos imprevistos, por fenómenos naturales o genéticos, de los cuales obviamente dicen no ser responsables, y hasta cierto punto tienen razón, pero no parece ser tan trágico en tanto guarden un pequeño recoveco en el que sienten [que] son libres y no están dispuestos a abandonar. Estos por supuesto no toman en serio el descubrimiento freudiano. El analista que cree que a pesar de este automatismo de repetición de la cadena simbólica tiene un poco de libertad y que por “ser” analista, o por vayan ustedes a saber qué “rarismo” narcisista, está exento de ello, está claro que no puede ocupar ese lugar. Como tampoco un analizante puede ser tal sin darle cabida a ello.

No basta, como decíamos, con reconocer este automatismo de repetición. Se puede ser buen lector de psicoanálisis conociendo y estudiando estos conceptos, pero [¿ser?] ¿psicoanalista? Creemos que tampoco es el dejarse llevar y experimentarlo, sino el reconocer que nos lleva y lo experimentamos, a pesar de nosotros. No es “yo elijo, yo decido”, sino el reconocer que esa decisión ya estaba tomada (determinada) desde antes que sea[mos] consciente de ello. Como con aquella frase que le reconocen a Julio Cortázar acerca del amor: no haremos el amor, él nos hará. Lo cual suena una maravilla hablando de este tema, pero en psicoanálisis se trata de tomar esta propuesta de un determinismo inconsciente en serio para la totalidad de la vida psíquica, en “todo lo dado de lo psicológico”, como escribe Jacques Lacan.

Bibliografía

Lacan, Jacques, Escritos 1, trad. de Tomás Segovia, 3ª ed. rev. y corr. México: Siglo XXI, 2009

Notas

[1] ¿En verdad nos creemos que revisamos este escrito porque así lo decidimos? No somos [aquí eliminé la palabra “tan”] ingenuos ni libres en la elección de un tema. Libertad que algunos no se cuestionan, al realizar por ejemplo, investigación “científica”.

[2] Recientemente leímos – que no es lo mismo que trabajarlo – un texto que nos pareció sumamente interesante y que nos da una cátedra de forma de trabajo sobre un concepto, precisamente sobre la pulsión de muerte, titulado La muerte y su pulsión de Juan Vives Rocabert  de la Editorial Paidós, y cuya lectura nos parece obligada. Además de ser un trabajo reciente y enriquecedor.