Otras cumbres y otros retornos

¡Qué venenosos, qué taimados, qué malos nos vuelve cualquier guerra prolongada que no se permite llevar a cabo con violencia abierta!

— Friedrich Nietzsche

«Ahora nos hemos alejado de las exigencias de la academia junto con la seriedad y la pesadez que la acompañan, hemos podido elevarnos lo suficiente por encima de ella —o con ella y a pesar de ella— y nuestras carcajadas han silenciado todas sus voces y no las escuchamos más, durante estos años de camino recorrido y batallas libradas construimos nuestra vía hacia llanuras de calma y tranquilidad —cosa que Zaratustra odia—, por fin encontramos lo que buscábamos y no volveremos a ser presa de las creencias y de las certidumbres, y cosas por el estilo». Por fortuna no es así, no podemos hablar de esa manera. ¿O sí? Quizá deberemos esperar hasta que el pesado enano nos vuelva a visitar y tengamos que librar una nueva batalla.

Un montaje de Nietzsche con uno otro de sus animales, aparte del león, el águila y la serpiente: el gato.
Nietzsche y su gato (!), montaje por ibrahim

Semanas antes de redactar la mayor parte de los escritos que hemos presentado, quizá días antes, estábamos convencidos de haber encontrado la «justificación justa y necesaria» para poder, ahora sí, iniciar nuestro trabajo de «investigación», y asegurábamos que esa sería la dirección definitiva para nuestro proyecto: «Ahora sí, ya estamos preparados, por fin». La seguridad y la alegría eran profundas: nos sentíamos «autorizados» por algunos que sabían «más» sobre Nietzsche y Zaratustra, habíamos encontrado en ellos el «permiso» para poder realizar nuestra investigación —y aquí deberemos «disculparnos» con aquellos que ya antes nos habían animado a iniciar sin demorar más la escritura y que no les hicimos caso; mejor dicho, aunque queríamos, no podíamos—. ¿Qué fue lo que pasó que, durante el transcurso de unos pocos días, ese que parecía ser el «fundamento» de nuestro trabajo, fue abandonado al final?

Decir algo sobre Zaratustra es interpretarlo: esta frase había explotado dentro de nuestra cabeza. Nos daba la libertad de escribir «cualquier cosa» —o casi cualquier cosa, recordemos el comentario que hicimos sobre la forma de trabajo de Derrida: el amor a los textos, la herencia, la fidelidad, la traición, la reinterpretación y la afirmación de una tradición— sobre el texto que durante los últimos años no nos dejaba tranquilos. ¡Eso era! ¡Y al final no fue! O quizá sí, si tomamos como nuestra interpretación todo lo que aquí se ha escrito. No se trataba ya entonces de una interpretación directa de los textos, un comentario sobre ellos, sino la interpretación que estaba teniendo lugar aún fuera del aula, mientras no pensábamos en los libros ni en las frases nietzscheanas. Esa otra interpretación eficaz que se colaba a cada rato en nuestra vida diaria y que operaba cada vez más de manera explícita.

Así, por último, hemos decidido incluir dos trabajos que muestran aún la fuerte tendencia que existía para tener que «cumplir» con los deberes y los formalismos de la academia —y aquí deberemos también ser más cuidadosos en adelante, pues no toda academia se coloca en ese sentido serio y pesado de la rigidez metodológica y científica experimental, valga precisamente el lugar desde donde estamos escribiendo—, para tener que «convencer» a otros de que el proyecto «vale la pena». ¿Según qué criterio? ¿Cuál es el referente? ¿Cómo y quién valora el proyecto? ¿Con qué intención y fin? No hay respuestas unívocas —exacto, desde qué academia habría que preguntarse—. En otras palabras, existe un aprecio especial hacia estos textos por representar los últimos intentos de formalismo y exigencia lógica a que nos enfrentamos.

El contenido del primer trabajo nos «autorizó» para la tesis —Problema además de las fronteras y delimitaciones de lo propio y lo ajeno, ¿nos autorizó o nos autorizamos? ¿nos autorizamos, ellos y nosotros, los autores y nosotros? ¿Quién autoriza y qué? ¿Relaciones de poder?—. Pero existe algo más relevante ahí: el experimento. Y vamos a decirlo también, si por una parte decir algo de Zaratustra era por fuerza interpretarlo, por otro lado, la filosofía nietzscheana es una experimentación —como lo fue su Zaratustra—, y de ahí a juntar filosofía y vida, por tanto, la vida como experimentación, y por supuesto la escritura como parte de la vida, también es una experimentación. Y por ahí también se cuela —secuela— cierta resonancia con la ligereza, y que finalmente las tres implican un riesgo: interpretemos, experimentemos, ligeremos. Mejor aún, las tres son riesgos.

El segundo corresponde a la última versión, la versión «final» de lo que entonces era nuestro Proyecto de Investigación de acuerdo con los lineamientos más generales de lo que suele incluir un trabajo de ese tipo. Un Proyecto reelaborado, reconstruido, revisado y reescrito decenas de veces, y que finalmente no se realizó. Hemos dicho que su inclusión es parte de la «evidencia» de ese academicismo aún fuerte en nosotros hasta hace poco. Y del cual no hay conclusión ni cierre. Pero también existen otros motivos: quizá nunca podríamos haber pasado a un tipo de escritura y elaboración diferente de nuestro «tema» de no haber pasado por todo ese proceso tan estructurado. Sí, tal vez queremos romantizar el pasado, o idealizarlo, «sí, gracias a ese pasado, podemos estar aquí», como sea, de lo que estamos seguros es de que queríamos ese proyecto, en verdad estábamos decididos a realizarlo, queríamos completarlo, llevarlo a fin, estábamos involucrados completamente. Y no sucedió. Y decimos esto porque quizá alguien podría decirnos, «no, mira, quizá el tema no era lo tuyo, no era lo suficientemente de tu interés», caramba, vaya que lo era. Y, sin embargo, no pasó. En su lugar algo más ocupó su lugar. Sí, aún en relación con Nietzsche, pero con un plus: con nuestros antecedentes psicoanalíticos. —Quizá de ahí el interés por la redención del espíritu de venganza en el Zaratustra, la espera por el redentor del redentor, para liberarnos de dicho peso; y atención aquí, porque esa insistencia del Zaratustra en los últimos años también empezaba a volverse una especie de carga—. ¿Qué queremos decir, que fue más fuerte la venganza? Sí, pero también puede pensarse que fue más fuerte la redención, el espíritu de ligereza.

Y en la combinación de todo esto, se abren formas distintas que no logramos explicarnos aún, pues van contra todo sentido común —y qué bueno—: cómo explicar que entre menos certezas tenemos, más ligeros nos sentimos, entre menos creencias, mayor libertad, incluso más seguros, más seguros de la falta de certezas. Al final es lo que más tenemos que «agradecerle» a El Crucificado: habernos proporcionado su martillo —¿será el mismo con el que lo clavaron en la cruz?— para destruir ídolos, pero no sólo eso, el argonauta de pies ligeros también nos proporcionó alas. ¿Quiere decir esto, con toda la arrogancia y el orgullo que merece, que nos hemos elevado por encima de nosotros mismos y de otros, o, por el contrario, con toda sencillez decir que no sabemos si lo hemos conseguido, elevarnos hacia cumbres cada vez más altas y volar sobre múltiples abismos? Ni una ni otra. Digamos que entre ambas: espectros, fantasmas. Se cuela el tema de la compasión, la última tentación de Zaratustra, quizá por ser también las últimas palabras que creemos que escribiremos para estas memorias. Quizá porque resistimos la última tentación en relación con nosotros mismos. Y no sólo la compasión, también la venganza —cuan parecidas nos resultan ahora—. Compasionarse —¿o se dice compadecerse?— y vengarse de uno mismo es la misma cosa. Una tentación recurrente, el tiro en la cabeza, la visita inesperada, la detención de la vida, la predicación de la muerte, la desesperanza eterna. Pero también está la vida, este rememorar, recorrer y revisitar el pasado nos ha llenado de nuevos bríos, respiramos otros aires; mejor dicho, aún, respiramos de otra manera.

[Este texto sigue a Retornos y descensos y anuncia la sección final de los Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo]

Un sueño con Derrida*

¿Quién encontró alguna vez a un yo?

— Jacques Derrida

 

En todo filosofar no ha sido hasta ahora de ningún modo cuestión de la «verdad» sino de otra cosa, digamos de salud, futuro, crecimiento, poder, vida.

— Friedrich Nietzsche

 

El impulso eficaz para llevar a cabo la escritura de esta «tesis» no llegó a partir del ejercicio de un pensamiento lógico, razonado ni argumentado; tampoco por medio de diálogos, conversaciones o seminarios que pudieron haber tenido lugar durante el estado de vigilia. En otras palabras, no llegó mientras estábamos despiertos o cavilando sobre nuestro tema, justificación, planteamiento, metodología y demás elementos que son indispensables para un Proyecto de Investigación. Esto no significa que minimizamos todo ese trabajo de pensamiento; como se verá, estuvo relacionado e implicado con esas otra «razones» de las que no teníamos noticia en ese momento[1]. Lo sorprendente es que esas otras «razones» terminaron por dirigir el rumbo, estructura y contenidos de todo este trabajo. Mientras nosotros revisábamos una y otra vez nuestro Proyecto de Investigación, estado de la cuestión, objetivos, preguntas, etc., al mismo tiempo se iba configurando y armando un proyecto alterno que detonaría más tarde y nos arrastraría a escribir, sin detenernos, esta «tesis». Aquello que explotó fueron las consecuencias de nuestra travesía por la maestría en el Colegio de Saberes[2]. Nos referimos a las implicaciones y relaciones que se produjeron durante estos años entre la maestría y la formación, tradición y línea de pensamientos con que llegamos. En particular con nuestra formación en psicoanálisis que por aquel entonces ya le habíamos dedicado más de una década. Así, esta «tesis» sería más bien una especie de memorias, fragmentos o notas sobre lo sucedido en estos años: un ejercicio de memoria y reescritura para hacer historia, por lo que también habrá mucho olvido en ella.

Jacques Derrida Smiling
Jacques Derrida… ¡sonriendo!

Dicho esto, no se hallarán aquí las formas y elementos tradicionales de la metodología positivista, quizá ni siquiera alguna de las posibilidades que se están abriendo en los diseños cualitativos. Mucho menos es un trabajo cuyo «conocimiento» se discuta y valide desde las distintas posturas epistemológicas, ni siquiera desde una de ellas. O peor, se nos acusará de autoplagio[3] por el número de trabajos que aquí reimprimimos, reutilizamos o adaptamos. ¿Qué valor puede tener entonces un trabajo como este, que es meramente personal e íntimo? ¿Cuál es el valor de la experiencia personal? Esto es algo que hasta la fecha no logramos responder con claridad. Mejor dicho, hemos respondido a medias y circularmente: el valor y alcance se limita precisamente a esos campos, por el momento[4]. Los efectos e implicaciones que aquí presentamos estuvieron por fuera del cálculo y la razón, ni siquiera los previmos ni pudimos anticiparlos. No teníamos idea de lo que iba a suceder en nuestro encuentro con autores como Jacques Derrida o Friedrich Nietzsche, aunado a los estilos y apuestas que algunos profesores explicitaban. La transmisión que se produjo durante este tiempo y sus «resultados» no podían ser plasmados en un estilo y requisitos académicos que, precisamente, piden que lo personal e íntimo queden excluidos o que sus efectos sean prácticamente insignificantes. Pero quién tiene la medida de tales cosas: ¿Dónde inicia y termina lo personal y lo común, lo íntimo y lo público? Existía un gran peso en nosotros — el psicoanálisis — y el «estilo» nietzscheano y el «método» deconstructivo — precisamente por la gran implicación del autor en sus textos — se nos impuso como una vía posible para aligerar nuestra carga. Nos serviríamos de nuestra «tesis» para darle lugar a los conflictos y problemas que justamente se habrían producido durante el curso de la maestría. ¿Por qué habríamos de hacer otra cosa que estuviera por fuera de esto? Ése era el material, nuestro «objeto de estudio» que, sin saberlo, se había estado construyendo a espaldas de la razón y sus proyectos.

Si ya contábamos con un Proyecto de Investigación: la ligereza nietzscheana, que estábamos decididos a llevar a cabo, después de meses de trabajo, aunque constantemente aplazábamos el inicio de su escritura, debemos intentar responder qué fue lo que cambió todo lo que habíamos proyectado, pensado y planeado. Es decir, cuáles fueron esas otras «razones» que fueron más fuertes que la razón y se elevaron por encima de esta. Desde entonces y hasta ahora, el instante clave que podemos ubicar en que se produjo el giro, el «convencimiento», tuvo lugar durante un sueño, y como todo sueño, resulta una «locura» que se presta a la interpretación. Tenemos en cuenta que los nexos entre esa «causa» y sus «efectos» siempre podrán ser reescritos o eventualmente llevados más «atrás» en el tiempo o más adelante en sus consecuencias; dicho de otra manera, reinterpretados una y otra vez en busca de su «causa original». Esto dejaría asentado que en realidad nunca podríamos saber qué sucedió, pero eso no impide que en estos instantes aseguremos que fue por un sueño en particular que «tuvimos». Quizá ese sueño y giro respondan a una diversidad de causas: indispensables, concurrentes, específicas, etc., no importa cuáles. En síntesis: no sabemos qué ni cómo sucedió, por qué se produjo este giro inesperado, pero sabemos que fue a partir de ese momento, el día después del sueño, que nos decidimos a abandonar temporalmente nuestro Proyecto — pero no el tema — para pasar a algo que nos convocaba y no podíamos diferir más.

Ese sueño cambió todo en relación con nuestra «tesis». Curiosa y «extrañamente» unos días antes de que diéramos por terminados los preparativos para iniciar su escritura, habíamos empezado a hurgar entre nuestros trabajos anteriores intentando hacer memoria para averiguar dónde había surgido nuestro interés por Nietzsche y en particular por la ligereza. Esta búsqueda y rastreo eran un mero apoyo o «proyecto» paralelo a la «tesis»: eran materiales que nos ayudarían a recordar y servirían como un primer argumento para el desarrollo del tema. Es decir, en ningún momento consideramos que esas memorias y ese trabajo de retornar al «pasado» se convertirían en el trabajo final. Si así sucedió, si decidimos diferir el trabajo que ya teníamos proyectado y volcarnos en una escritura que diera cuenta de los efectos que había tenido la lectura de Nietzsche en nuestra relación con el psicoanálisis, fue debido al sueño siguiente:

Un sueño con Derrida. Del 5 al 6 de diciembre de 2019

Estoy sentado dentro de un salón de clases, y junto a mí está Jacques Derrida. Él está sentado a mi derecha* y ambos estamos en esas sillas con paleta. Su piel luce perfectamente bronceada, cabello completamente blanco, brillante y bien peinado. Está en los últimos años de su vida — esto lo supongo por el color del cabello — y sin embargo se muestra sumamente alegre y vivaz. Los dos estamos de frente hacia donde se supone están los alumnos y detrás de nosotros el pizarrón donde están escritas algunas palabras y dibujos indescifrables que me hacen pensar en el tiempo. Supongo que también soy un alumno porque sé que hay una tarea que no hice. Sin embargo, esto no parece importarnos porque ambos charlamos, nos reímos y acercamos como dos grandes amigos, nuestros hombros prácticamente se recargan uno sobre el otro: una confianza imperturbable, el afecto y la cercanía es evidente, a ninguno de los dos le incomoda. Conversamos y reímos: todo esto sucede mientras algunos alumnos van y vienen y pasan por detrás de nosotros; cosa que tampoco parece interesarnos y no interrumpe nuestra plática. Fin del sueño. *¿Sentado a la derecha del padre? Pensándolo de manera inversa, desde la mirada del observador, yo estoy a la derecha de Derrida, aunque en realidad esté a su izquierda. ¿Dónde estoy, donde me pienso o desde donde me miro y me miran? ¿Quién está a la derecha de quién? ¿Quién es el padre? ¿Hay padre?

Unos cuantos pensamientos se nos ocurren sobre este sueño: el tiempo de una escritura análogo a El tiempo de una tesis[5], que tiene relación a su vez con otro tipo de escritura: por fuera, en las fronteras o los márgenes de la academia. Entre compañeros del grupo de maestría solíamos bromear sobre el tiempo que tomó a Derrida elaborar sus tesis; según lo que nos narra le llevó más de veinte años, lo cuál era el pretexto perfecto para no llevar a cabo nuestra tarea; quizá la tarea que sentimos que no habíamos realizado en el sueño: si a Derrida le llevó más de veinte años, ¿qué podemos esperar en nuestro caso? Pero más relevante resultaba que esa tesis no se ajustaba a lo que se esperaba dentro de la academia ni a lo que pedían acaso sus colegas[6]. Sumamos a esto una de las reflexiones que se han quedado grabadas en nosotros y que encontramos en dicho texto: si ya se sabe a dónde se va en el pensamiento, para qué ir. Por supuesto, está también el tema de la muerte dentro del sueño, como un límite insalvable que precipita la escritura de la tesis sin tener que esperar veinte años o más. En síntesis: era el tiempo de una tesis, la nuestra, pero de una manera distinta a lo que ya se había proyectado.

Un día antes del sueño pensábamos títulos provisionales para nuestro trabajo sobre la ligereza nietzscheana, uno de ellos era Mi amigo Nietzsche. Creíamos que sólo habíamos hecho un nuevo amigo a lo largo de estos años, pero el sueño parece mostrarnos que no fue así, que contamos por lo menos con uno más: Jacques Derrida. Sí, era el tiempo de la escritura, pero de otra escritura, alejada de los proyectos, las ciencias y las metodologías. A propósito de la amistad: nunca habíamos sentido tan cercano a un autor como nos sucedió con Nietzsche. Ni siquiera con Freud o Lacan, a lo largo de más de diez años, nos había pasado algo similar. Mejor dicho, ninguna escritura nos había afectado tanto. El sueño nos presentó otra posibilidad, no sólo para la escritura, sino para la amistad: Mi amigo Derrida al cual también sentimos y tuvimos muy cerca. El sueño nos confirmó que aquello que pensamos son sólo los pensamientos que vienen, los que son susceptibles de conciencia, entre los numerosos hilos de pensamiento que suponemos que existen y se producen. Pensábamos en un Proyecto, pero terminamos elaborando otro que resultaba más vital para nosotros.

La «interpretación» de nuestro sueño es breve, un poco más extensa que el texto del sueño; esto sería algo impensable para algunos psicoanalistas. Hace algún tiempo — antes de los giros, cambios, problemas, conflictos, batallas, etc., antes de todos estos eventos que estamos a punto de exponer en esta «tesis» — nos rompía la cabeza la pregunta por los porqués de todo: aspirábamos a un saber que pudiese sostenerse y responder de lo que sucedía, que fuese capaz de atrapar la «realidad» en sus conceptos, articulaciones, propuestas, teorías, etc. Queríamos el triunfo de la religión en el ámbito de los saberes académicos; es decir, poder creer en algo, pero teniendo el respaldo o «fundamento» de que no se trataba de una congregación o «hermandad», sino de un saber alejado de los consuelos y esperanzas de la religión; la seguridad y confianza del creyente, pero en el ámbito de las ciencias o del conocimiento que fueran producto de la razón y del pensamiento, y no de presupuestos, prejuicios y creencias. Queríamos dioses e ídolos que respondieran a nuestras preguntas. Fue por esta grieta que se coló el psicoanálisis y sus analistas. Y la fidelidad y lealtad que les tuvimos en los años que siguieron.

Para finales de 2019 — cuando tuvimos el sueño con Derrida, después de una temporada con Nietzsche, a punto de llevar a cabo nuestro Proyecto de Investigación y abandonarlo por otras «razones» más fuertes y vitales — ya no nos interesaba llevar más allá el «análisis del sueño». No teníamos ni sentíamos ningún tipo de inquietud o ansia por saber más acerca de los sentidos de ese sueño, ni de otros; ni de continuar el «autoanálisis» ni de regresar con el analista. Habíamos renunciado a las «causas» de las cosas. Estaba bien no saber el sentido de todo eso. Además, un giro más nos había tomado por sorpresa después de toda esta travesía. No nos interesaba más lo que el analista pudiera decirnos, habíamos hallado un sustituto para su lugar y función[7]. Es más, nos quedamos cortos al decir que la escritura se nos presentó como un mero sustituto; la escritura todavía tiene mucho por decirnos, mientras que el analista se ha quedado mudo, y no precisamente porque esté jugando a ocupar el lugar del muerto. Aquel sueño, con esas pocas «asociaciones», fue capaz de impulsarnos a realizar algo que ni siquiera habíamos contemplado, además de desplazar los planes previos que lucían como los «importantes». Nos bastaban los «efectos» de ese sueño: qué importa cómo sucedió, vino o se produjo, sus efectos nos liberaron del obstáculo que nos había paralizado por meses. Indagar en las «causas» no es algo que despierte nuestro interés actualmente: «Uno debe servirse de la ‘causa’ y el ‘efecto’ tan solo como puros conceptos, es decir, como ficciones convencionales cuya finalidad es la designación, la comunicación, no la explicación»[8]. No tenemos la necesidad de indagar en esos porqués sobre lo que nos impulsó a escribir; no sea que al descubrirlos no podamos hacerlo más[9]. El sentido de nuestra mirada se había invertido: en lugar de fijarse en los supuestos orígenes o causas, es decir, en el pasado, se ha colocado en los horizontes y metas que ahora es posible ir construyendo para el futuro[10].

Recordamos el título de un texto que se publicó hace más de diez años[11]: La escritura comienza donde el psicoanálisis termina[12]. ¿Sucedió así para nosotros? El psicoanálisis obturaba con su habilidad para interpretarlo todo, y de paso nos impedía la escritura pues ya no quedaba nada por hacer ni crear. Incluso el deseo — su potencia y vitalidad — parecía haber quedado atrapado en sus constantes intentos de que nada quedara por fuera de su saber. Incluso el psicoanálisis tenía — o tiene — un nombre para aquello que escapaba a sus formulaciones: «lo Real». Sin embargo, no estábamos tranquilos y seguíamos buscando; de alguna manera el psicoanálisis empezó a morir y el sueño con Derrida fue el golpe mortal, pues a partir de ahí pudimos empezar a escribir parte de su historia final. Teníamos al muerto, ahora era necesario tallar su lápida. Lo que viene a continuación es algo de lo que sucedió en los últimos años de vida del psicoanálisis, no sin resistencia de nuestra parte: intentos por no dejarlo morir, sostener y rescatar su saber, «armonizarlo» con otros autores y saberes, luchábamos por conservar su peso. Y sin embrago, sin querer, al final del recorrido tuvimos que dejarlo; ya no era posible continuar con una carga así[13]. A fin de cuentas, nunca dijimos que el psicoanálisis estuviese equivocado, pero esto no quiere decir que necesariamente tuviese «razón». Esto es algo que ya no importa cuando lo que ello quiere es escalar montañas y ascender a nuevas cumbres para poder descender a los mares más profundos[14].

NOTAS

[1] A lo largo de este trabajo intentamos darle lugar a distintas voces, por lo que hablar en plural será una constante. Pocas veces se encontrará el singular de la primera persona; se verá que la soberanía y presencia de una sola voz es uno de los problemas fundamentales de este trabajo, acaso sea el más importante. Queremos aclarar además que el plural no pretende ni representa, en absoluto, ninguna especie de autoridad ni consenso académicos; por el contrario, ese plural más bien se coloca como un reconocimiento de las multiplicidades, pluralidades y heterogeneidades de las voces que nos habitan y constituyen. Si esto produce alguna confusión en el lector, no será menos que la que se produce tratando de definir eso que llamamos yo o cuando se intenta responder la pregunta: ¿quién habla?

[2] Debemos añadir que durante el segundo año de la maestría asistimos a los primeros semestres del doctorado en dicho colegio.

[3] «El autoplagio se refiere a la práctica de presentar un trabajo propio publicado previamente como si fuera reciente […] la parte esencial de un documento nuevo debe ser una contribución original al conocimiento y sólo debe incluir la cantidad necesaria de material ya publicado para entender mejor esa contribución, en especial cuando se aborde la teoría y la metodología». Esto según el Manual de publicaciones de la American Psychological Association (M. Guerra Frías, Trad.; 3.ª ed.). (2010). Manual Moderno.

[4] Sobre esto Nietzsche tiene algo qué decirnos: él aseguraba que era posible una transformación en el lector a partir de las experiencias personales del autor. Según Graham Parkes: «Nietzsche knew that what is personal may after all touch others, though the process remains obscure […] Such light and flame can illumine the way for others through the medium of the written page, as long as the style is sufficiently vibrant» [Nietzsche sabía que lo personal puede, después de todo, tocar a otros, aunque el proceso sobre cómo sucede eso permanezca oscuro (…) Dicha luz puede iluminar el camino para otros a través de los escritos, siempre y cuando el estilo del autor sea lo suficientemente vibrante]. Precisamente por este último «requisito» es que no podemos compartir la respuesta de Nietzsche. Vésae Nietzsche, F. (2005). Thus Spoke Zarathustra (G. Parkes, Trad.; Kindle). Oxford University Press.

[5] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[6] Lo cual nos remite a Nietzsche: algo similar sucedió cuando publicó El nacimiento de la tragedia o Así habló Zaratustra. No sólo no eran textos filosóficos, sino que tampoco se podían clasificar o catalogar con precisión; qué eran y qué hacer con ellos influyó, en parte, en la pobre recepción que tuvieron.

[7] Claro que aquí no faltarán los analistas que defiendan su posición aclarando que ellos no tienen nada qué decir, que su función es escuchar. También en otro sentido: no tienen nada qué decir porque no tiene las respuestas, supuestamente.

[8] Nietzsche, F. (2016). Más allá del bien y del mal en Obras completas. Volumen IV Escritos de madurez II y Complementos a la edición (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos. p.311.

[9] Aquí tampoco faltarían los analistas que dirían que el trabajo analítico ha dejado de indagar las causas o las explicaciones de las neurosis, los síntomas y demás.

[10] Por supuesto esto también implica una cierta relación con el tiempo y la temporalidad.

[11] Más de diez años en que nos formamos como analistas: ¿serán también más de diez años en que estábamos obstaculizados para la escritura?

[12] André, S. (2000). FLAC (novela) seguida de La escritura comienza donde el psicoanálisis termina (T. Francés & N. Braunstein, Trads.) Siglo XXI.

[13] Se verá a lo largo de este trabajo que el gran peso y carga del psicoanálisis no lo eran tanto sus teorías o propuestas, sino un estilo de transmisión y formación que compartimos varias generaciones de analistas. Actualmente, y eso también se verá, un «nuevo» psicoanálisis del sur, pretendidamente científico, ha comenzado su colonización en México. Bajo la bandera de la cientificidad del psicoanálisis, diferentes sedes de APOLa (Apertura para otro Lacan) van tomando poco a poco relevancia en el ámbito nacional; sin embargo, a pesar de su supuesta novedad, sus prácticas de adoctrinamiento son bastante antiguas.

[14] Aquí es donde lo personal e íntimo podría superar sus límites, pues la experiencia habilita posibilidades y expande horizontes que anteriormente estaban muy limitados o resultaban bastante estrechos. Por supuesto que aquí se podría argumentar que la formación «teórica» también posibilita y habilita lo que se «encuentra» en la experiencia, y que esta no es posible sin unos conocimientos previos o por lo menos algunos supuestos básicos.

* Este texto forma parte  —la Introducción— de nuestra tesis de maestría en el Colegio de Saberes de la CDMX que fue presentada el día 23 de marzo de 2021: Tesis: Prolegómenos para una ligereza nietzscheana.

El peso más pesado

6.

El peso más pesado. No, no es el pensamiento del eterno retorno. Si tuviese que pensarlo en tus términos, Zaratustra, diría que mi mayor peso es el Yo. — Oye, pero nos has anticipado que estos trabajos tratarán sobre lo que has pasado, lo que has vivido, digamos que estás centrado Ti. ¿No te parece algo, o bastante, narcisista la tarea que propones? — Es que no se entiende entonces o no soy lo suficientemente claro: es porque siempre nos desconocemos en eso que hemos escrito, hay una especie de vergüenza y disgusto, rara vez de sorpresa y agrado. No, todavía no podemos decir como Zaratustra: «Este es mi gusto, no un buen gusto ni un mal gusto, pero es mi gusto y no me avergüenzo de él». Todavía no. Y no sabemos si lo lograremos. Entiéndase — eso que tratamos también de entender nosotros — que nuestro mayor peso hemos sido nosotros mismos. Ahora entendemos por qué escribimos en plural, por qué hablamos por muchos, no sólo es un intento o ejercicio de humildad o modestia — si se quiere ver así —, sino porque somos capaces de escuchar múltiples voces, pero ese Yo es demasiado fuerte y acaba por imponerse. ¡Y además es un engaño! ¿Dónde está ese supuesto Yo cuando volvemos a nuestros textos? ¿Qué es este Yo actual que se avergüenza o enaltece — las menos de las veces — de sus palabras pasadas? ¿Quién era ese Yo que escribía con esos ímpetus, seguridades y dudas hace meses? ¿Qué será de este Yo en unos meses? Sobre todo, qué será de esta «tesis» de aquí hasta el momento que la presentemos: ¿querremos volver a reescribirla, reinterpretarla para reafirmarla traicionándola? ¿Es eso Zaratustra? Una recurrente traición para afirmar el engaño que somos — el engaño que nos constituye, dirían los lacanianos —. Y sin embargo «todo» allá afuera apuesta por robustecer y darle consistencia a esto, desconociendo dicha mentira. ¿Y a nosotros de qué nos ha servido vivirlo? Sólo nos atormenta más — que no es lo mismo que decir que nos atormentamos, en una especie de masoquismo exacerbado —. Yo, el más negro de los abismos, acaso el más profundo: todas las voces caen dentro de él, todo lo absorbe, recorta, somete y asimila. Quiere reinar sobre todo lo demás. Es un contenedor, por lo menos en dos sentidos, contiene lo múltiple, pero también nos contiene de explotar y multiplicarnos. Quisiéramos que de una vez por todas explotara — sí, aquí nos tienen como decadentes y predicadores de la muerte, pero también de la vida —, suponiendo la posibilidad de una anhelada ligereza. — Ah, así que quieres que explote tu Yo. ¿Y cuéntame, qué harás entonces? Vas a quedar loco —. Sí, nos han sorprendido nuevamente, ambas vías, el suicidio y la locura siempre nos han parecido seductoras. En algún momento nos preguntamos por qué Nietzsche no se suicidó — Pero «enloqueció», que para el caso es (casi) lo mismo —. ¿Tú crees? ¿Qué será eso que pasa en esta supuesta «salud» y «normalidad» que entonces la demencia y la muerte nos parecen tan atractivas? ¿Por qué Nietzsche no se suicidó? Él sabía de eso y esto: «La idea del suicidio es un potente medio de consuelo: con ella podemos superar más de una mala noche». — Tú lo has dicho, porque en Nietzsche no sólo había eso —. Quizá existan otras formas de explotar y multiplicarnos que no necesariamente tengan que pasar por la locura o el suicidio.

El caballo de Béla Tarr, o el caballo de Nietzsche, o el caballo de Turín.
El caballo de Turín de Béla Tarr.

«El Caballo de Turín tiene su punto de partida en una anécdota que se cuenta de Friedrich Nietzsche: la vez que presa de un colapso nervioso se abraza llorando al cuello de un caballo que está siendo maltratado por su cochero, sumiéndose a partir de entonces en el más absoluto mutismo». Continuar leyendo aquí.

Para leer algo más, en particular sobre la anécdota que tuvo lugar en la plaza Carlo Alberto, recomendamos el siguiente enlace: El colapso de Nietzsche: 3 de enero de 1889.

Para una presentación de estos fragmentos, ver nuestra entrada Pre-textos a Zaratustra o dar click aquí.