Pináculo o cumbre

Pues esta es la verdad: abandoné la casa de los doctos: y di un portazo a mi espalda. Durante demasiado tiempo mi alma estuvo sentada, hambrienta, a su mesa; yo no fui adiestrado, como ellos, para un conocimiento que no se diferencia de cascar nueces […]

Cuando se las dan de sabios, sus pequeñas sentencias y verdades me hielan: en su sabiduría hay a menudo un olor como si procediera de la ciénaga: y, en verdad, ¡en esa sabiduría ya escuché a la rana croar!

— Así habló Zaratustra

«Entregarse enteramente tal como uno es»: éste podría ser el honor que reservamos al amigo — con el resultado de que él nos mandara al diablo justamente por eso.

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Sobre algunos tipos espirituales según Nietzsche (alt.). Y La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante, texto que se menciona abajo y sigue a este Pináculo o cumbre, fue publicado en la revista Territorio de Diálogos del Colegio de Saberes de la CDMX. También existe un trabajo complementario y puede consultarse aquí: La bestia y el soberano de Jacques Derrida]

El siguiente es quizás el punto más álgido de todo este recorrido. Intentaremos explicar por qué, aunque toda «causa» y «efecto» sean meras ficciones por el momento; pero a fin de cuentas unas ficciones que nos ayudan a dar cierto «orden» a lo real. Durante diez años —en que nos iniciamos y formamos en nuestro estudio y adoctrinamiento psicoanalítico— nunca escuchamos alguna crítica hacia el proyecto lacaniano. Era fácil encontrarse con críticas, aversiones y rechazos intensos y demás descalificaciones hacia el psicoanálisis freudiano, y en numerosas ocasiones los ataques eran dirigidos más puntualmente hacia la figura o persona de su creador que hacia sus ideas. Estamos seguros de que esto no es nada desconocido para cualquier lector que llegue aquí. Dentro de la «formación» era indispensable formarse en saber responder o defenderse ante tales situaciones («Defender a Freud I»). Solíamos defender al psicoanálisis recurriendo al mismo Freud, enalteciendo su «genialidad» —«él mismo estaba consciente del rechazo que sufrirían sus teorías, se adelantó a los críticos, qué gran genio; es normal que se rechace el psicoanálisis, pues sólo él nos devela la mentira que funda lo humano», etc.—, simulando que estábamos conscientes de todas las críticas que se le podían hacer y, peor aún, pretendiendo que toda polémica en relación con su persona y su obra estaba resuelta, y que si insistían en criticarlo era por mera ignorancia o necedad, en el peor de los casos se debía a alguna «discapacidad» intelectual —por no decirlo de otra manera más común y cotidiana, como en ocasiones llegamos a escuchar—.

Jacques Derrida por Magnon Almeida
Jacques Derrida por Magnon Almeida

Sin duda había críticos, pero nosotros teníamos a nuestros maestros para defendernos; lucían tan seguros e inamovibles en su lugar que eran capaces de despachar todo señalamiento y crítica con un simple gesto, la mayoría de las veces sin argumento. Y es que después de todo, se tenía un as bajo la manga: Jacques Lacan. Él había sido el único lector de Freud, el que había venido a «poner orden» y «hacernos entrar en razón». Podrían criticar a Freud lo que quisieran, pero no sucedía lo mismo con el psicoanalista francés. ¿Por qué? Según la enseñanza del freudolacanismo —y que critica fuertemente el nuevo psicoanálisis del sur— Lacan buscó intencionalmente hacer de su enseñanza y escritura algo sumamente críptico de manera que sus teorías no se vulgarizaran, como había sucedido con Freud. Que su estilo «barroco» se había figurado de esa manera para proteger la enseñanza de los críticos y comentaristas poco especializados. Eso nos dijeron y les creímos —¡qué gran genio! ¡qué par de genios!—, tanto que hasta comenzamos a prohibirnos la lectura de Lacan pues era algo imposible y solamente accesible para los iniciados: nos faltaban lecturas, formación, análisis, que sólo algunos cuántos tenía acceso a ese «tesoro» llamado Escritos y Seminarios.

Como sea, nunca llegó a nosotros alguna crítica que se hiciera hacia el psicoanálisis lacaniano, lo cual resultaba nuevamente en una confirmación de la «genialidad» de Lacan —Qué gran pensador, aún no hay quien pueda criticar ni revisar sus teorías, es más, no existe después de él algún otro psicoanalista de semejante altura: es más, ni siquiera lo hemos entendido aún—. La pareja «explosiva» se había juntado —¿Muy críticos de Freud?, a ver, pónganse así con Lacan—, y si el primero había tenido una serie de dificultades y problemas para teorizar su «descubrimiento», el segundo había venido a «formalizar» el psicoanálisis —otra de las ideas grabadas con cincel sobre la piedra del pensamiento—, y con ello parecía decirse todo.

Podríamos decir que estábamos tan entusiasmados como Michel Tort cuando nos narra que no podía soltar los Escritos e iba con ellos a todos lados, mientras sus colegas lo observaban de manera incrédula; finalmente ese entusiasmo cedió. En una nota al pie escribe lo siguiente: «Esta interrogación sobre la historicidad de la función paterna para mí es inseparable de dos encuentros: el primero es el de mi psicoanálisis. Bajo la forma de la búsqueda de una palabra paterna, la cuestión del padre fue central en él; pero esta experiencia fue también el encuentro con quien ha puesto en palabras teóricas lo que es ‘la función del padre’, Jacques Lacan. Mis allegados podrán atestiguar sobre la pasión que me animaba entonces para leerlo. Esto irritaba o hacía sonreír a mi entorno pues —para evocar un recuerdo preciso— hasta delante de las maravillas de cierto claustro de cierta isla yugoslava, se me veía arrastrar sus Escritos y leer sus pasajes»[1].

Así nosotros, íbamos a todos lados con el psicoanálisis —que tipos más pesados; viéndolo de esta manera no nos sorprende que a veces el rechazo hacia el psicoanálisis pase antes por los analistas que por los textos—. Curiosamente, aunque no logramos comprender nada de su texto en aquellos años, sí nos quedó ese recuerdo del mar —O quizá por eso no recordamos más, ¿cómo este tipo decía que perdió su entusiasmo por los textos lacanianos?—. A todos lados y para todo el psicoanálisis, nuestro gran fármaco, necesitábamos de sus dosis diarias y en mayor cantidad cada día: se había vuelto una adicción, y como toda adicción —suponemos— no iba a ser fácil desprenderse. Pero esto que decimos pudo haber sido de otra manera: quizá sí habíamos leído alguna que otra crítica hacia Lacan, pero estábamos perfectamente adiestrados para ignorarlas, despacharlas o racionalizarlas; pero el virus de la duda ya se había introducido en nuestra cama matrimonial y no tardaría en liberarse —¿una nueva enfermedad o un virus que actúa como cura? ¿un nuevo fármacon?—.

Cansados de la erudición del psicoanalismo, buscamos opciones menos especializadas, menos pretenciosas, estábamos hartos de las respuestas, lo que queríamos eran preguntas que nos abrieran nuevos horizontes. El psicoanalismo se había vuelto nuestra carga más pesada, el más pesado de nuestros saberes, y ni siquiera el mismo trabajo analítico había podido «ponerlo en falta» —otra de las expresiones favoritas del lacanismo—. Durante el primer curso de la maestría se nos invitó a leer un par de capítulos del texto Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[2] de Clément Rosset. Uno de los aspectos que más llamaron nuestra atención —y que incluso quisimos poner de relieve durante la sesión— era su crítica a cierto punto de la obra de Lacan. ¡Qué importa cuál era el punto! Y aquí podrán venir todas las interpretaciones freudolacanianas que quieran —Claro, tu especial tendencia y sensibilidad a las críticas sobre la obra de Lacan eran debidas a tus intenciones asesinas hacia tu padre, en el fondo, Lacan sólo es un sustituto del padre del Edipo; Lacan en este caso no es más que una figura del gran Otro no barrado, y lo que buscas hacer es barrarlo a través de las críticas que encuentras de sus teorías; por qué mejor no te analizas; limita tu goce, etc.— porque ni Freud ni Lacan pueden estar equivocados. En fin, el punto de ese texto de Rosset era el siguiente: «Lo que afirman continuamente los trágicos griegos y el psicoanálisis de Freud es la proximidad del silencio: a saber, que —y contrariamente, en esto, a la teoría de Lacan— lo que en el hombre es fuerza eficaz no habla, no está ‘estructurado como un lenguaje’»[3]. Si entendíamos la propuesta del filósofo francés o no teníamos la más mínima idea de lo que quería decir, no era lo relevante, sino que dijera que era contrario a la teoría de Lacan: el inconsciente está estructurado como un lenguaje, aunque recientemente algunos han optado por modificarla un poco, diciendo que el inconsciente está estructurado, y con eso basta. Se había producido una pequeña grieta, y eso puede bastar para que una presa se vea superada por una fuerte corriente.

Michel Tort y Clément Rosset, y otros que no recordamos en este momento, eran los primeros mojones que encontrábamos para dirigirnos hacia rutas inexploradas por nosotros. El golpe definitivo llegó con Jacques Derrida, pero tampoco fue tan fácil de interpretar o comprender su significado en el momento en que sucedía. Por lo menos requerimos de tres tiempos: Estados de ánimo del psicoanálisis. Lo imposible más allá de la soberana crueldad[4], La bestia y el soberano[5] y la escritura de esta «tesis» —que nos remite a El tiempo de una tesis[6]—. 1) Apenas empezamos a digerir las invitaciones que Derrida lanzaba a los psicoanalistas en esa conferencia, p.e. «¿Por qué el psicoanálisis nunca se asienta en el vasto territorio de la cultura árabe-islámica? Sin hablar del Extremo Oriente. Más ampliamente, ustedes se preguntarán por qué el psicoanálisis se queda, sin penetrarlo, y sin ilusión mosaica de tierra prometida, en el borde externo de la inmensa y creciente mayoría de hombres y de mujeres que pueblan la superficie de una tierra en vías de la llamada ‘globalización’»,[7] que cuestiona las pretensiones de universalidad del psicoanalismo y que sólo actualmente empezamos a escuchar pequeños matices y cambios de posición, p.e. aquellos que apuestan por una descolonización del psicoanálisis o que han decidido salir de su autoexilio e intentan dialogar con otras disciplinas. Esta conferencia era una invitación a interrogarnos por qué las cosas tenían que existir u operar como los psicoanalistas habían dicho: un principio del placer, más allá del principio del placer, etc. —por más que se nos dijeran que el psicoanálisis sólo era un «invento» y que siempre se está a la espera de nuevos aportes, avances o rupturas, dicho «invento» acababa por imponerse sobre la «realidad»—. 2) El que nos interesa aquí principalmente y es motivo de esta escritura y rememoración. Es imposible decidirse entre dos posibilidades: por un lado podemos pensar y decir que a estas alturas ya estábamos lo suficientemente atentos, abiertos y llenos de dudas sobre el psicoanálisis, por lo que este texto de Derrida sólo vino a precipitar lo inevitable: nuestra ruptura con una forma religiosa de relacionarnos con el psicoanálisis y sus saberes; por otro lado podríamos decir que el valor de este texto radica en lo que tiene de crítica hacia los Escritos de Lacan, cosa que no habíamos encontrado en todos los años previos de estudio psicoanalítico; una crítica que partía de los textos mismos, que se distanciaba de Freud y no pasaba por la persona de Lacan sino por su teorización, y que señalaba una serie de problemáticas que dentro del psicoanálisis se dan por resueltas o con suficiente consistencia que no vale la pena examinarlas. La principal es las fronteras conceptuales entre lo animal y lo humano, cuya «diferenciación» da lugar a uno de los conceptos claves del psicoanálisis lacaniano: el sujeto del inconsciente. Dicho de otra manera, esas diferencias conceptuales entre la animalidad y la humanidad son problemáticas, pero la conceptualización del sujeto del inconsciente las da por resueltas, no hay nada para examinar o discutir ahí, el significante opera en lo humano y no en lo animal: esa es una diferencia fundamental. Y encontramos otros problemas, igual de importantes —por si se quisieran minimizar las puntualizaciones derridianas— para la eticidad y la responsabilidad con los otros, con los propios y extraños. Y para ese entonces ya aparecía cierto rechazo del nuevo psicoanálisis del sur y una atracción cada vez mayor hacia la «filosofía». 3) Ruptura con la religiosidad psicoanalítica y fortalecimiento de un vínculo cada vez más fuerte con la filosofía, ¿pero qué filosofía? Sí, podríamos responder inmediatamente que la filosofía «nietzscheana», pero como se verá, Derrida también tiene un lugar importante, como Rosset, entre otros. Por lo que cabe hacer la aclaración siguiente: una filosofía que vaciaba en lugar de llenar, que aligeraba en vez de pesar, que no ofrecía respuestas, sino que producía preguntas. Acaso la única «respuesta» que hemos obtenido, tanto de Nietzsche como de Derrida principalmente, es que las cosas —y nosotros mismos— pueden ser de otra manera, y no como lo sentencia el psicoanalismo —con la eterna pesadez del retorno de lo reprimido o de la insistencia significante, que como ya lo hemos dicho, siempre estuvo ubicada en esa dimensión sufriente, sacrificada y deprimente—. Una filosofía «de una vida que valga la pena ser vivida, de una vez por todas». Que se entienda que tanta explicación —y su constante búsqueda— se volvió algo insoportable —quizá lo insoportable era querer sostener que así eran las cosas, de acuerdo con esas «explicaciones»— al grado de sentirnos ahogados, agotados y sin aire. Ése era nuestro problema: cómo salir de ese mundo de explicaciones, de ese eruditismo del psicoanalismo que explicaba todo y nada. ¿Quién quiere explicaciones? ¿Hasta qué punto esas explicaciones y su transmisión y repetición están al servicio de ciertos intereses? Este desprecio facilitaría el retorno, que se produciría más adelante, de Zaratustra, con más fuerza y prácticamente ya sin el referente psicoanalítico.

El trabajo La máquina de presuposiciones de Lacan: problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante[8] fue publicado en el cuarto volumen de la Revista Territorio de Diálogos (Primavera – Verano 2019) del Colegio de Saberes. Podríamos haber omitido su inclusión aquí, pero el aprecio que tenemos por este trabajo es grande y su importancia es más que significativa. Se verá que, siguiendo la línea de lo que hemos dicho anteriormente, no intenta brindar respuestas, sino simplemente despejarnos de la ebriedad de las explicaciones y seguridades psicoanalíticas que habíamos dado por sentadas. Sus efectos ha sido más que liberadores.


[1] Tort, M. (2008). Fin del dogma paterno (V. Ackerman, Trad.) Paidós, p.63.

[2] Rosset, C. (2013). Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. (S. Espinosa, Trad.) El cuenco de plata.

[3] Ibídem, p.85.

[4] Derrida, J. (2010a). Estados de ánimo del psicoanálisis: Lo imposible más allá de la soberana crueldad. (V. Gallo, Trad. 2a reimp.) Paidós.

[5] Derrida, J. (2010b). La bestia y el soberano. Volumen I (2001 – 2002) (C. de Peretti & D. Rocha, Trads.) Manantial.

[6] Derrida, J. (1997). El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. (P. Peñalver & C. de Peretti, Trads.) Proyecto A Ediciones.

[7] Derrida (2010a), p.39.

[8] Ocádiz, E. (2019). La máquina de presuposiciones de Lacan: Problemas conceptuales en la frontera animal – sujeto del significante. Territorio de Diálogos, IV. Disponible en línea, recuperado el 10 de febrero de 2020.

Resistencias e insistencias

Las grandes actividades espirituales, enfermizas en tanto que están dominadas por un solo pensamiento; falta de espontaneidad —una especie de hipnotismo. Enervan y debilitan la voluntad en otras circunstancias. En la obediencia ¿acaso con frecuencia no se trata de una especie de hipnotismo?

— Friedrich Nietzsche

[Este texto sigue a Dos comentarios sobre el sueño de una bomba (bis) de la «tesis» Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo, presentada en el Colegio de Saberes en el 2021]

Zaratustra, reconocer que habías sido un nihilista, un docto, un decadente, en suma, que habías sido y pasado por todo eso contra lo que después dirigiste tu enseñanza, y que, además, después de esta, estabas sumamente decepcionado, que te dejaste engañar y caíste en tu última tentación, y creíste que habías encontrado a los hombres superiores, todo esto, quizá por eso, es que te amamos más. Por eso te viste en la necesidad de partir nuevamente. ¿Será que lo sabías desde el inicio, cuando dijiste a los reyes que subieron a tu montaña que cargaban con una sombra muy peligrosa, la de la idolatría, la sombra de su dios muerto? Lo sospechabas, quizá estabas seguro, aun así, los invitaste a tu cueva, a lo más profundo de tus alturas, a la parte más oscura de ti mismo: Humano, demasiado humano. Si sabías que no era posible, que era muy pronto para la llegada de esos hombres superiores, ¿por qué los aceptaste, por qué los invitaste? Tuviste que partir y no supimos más de ti. Tú no resucitaste, acaso nos dejaste tu sombra y enseñanza: sabes también lo que ya pasó una vez: tuviste que volver con tus hermanos porque tu enseñanza se había desvirtuado. ¿Es que la transmisión y la enseñanza son imposibles? Sí, haciendo caso a «el padre» del psicoanálisis en sus tres imposibles: la educación, la política y el psicoanálisis. ¿Qué hay de la escritura, es posible? ¿Y el Übermensch y el eterno retorno? En cuanto a lo segundo no nos fue posible por ahora, nos vimos en la necesidad de redimirnos de ese pasado, violentamos algunos textos, algunas memorias y recuerdos. Claro que tiene su sentido hurgar en el «pasado», aquí estamos, ya sin ti Zaratustra: ¿a dónde te has ido? ¿volverás? ¿Algún «tipo Zaratustra» retornará? ¿Habrá aún hombres «excepcionales»: árboles enormes que se elevan por encima de otros, para lo cual necesitan profundas raíces? ¿Cuál es el río que nos lleva hacia el mar que eres? ¿Dónde están esas nuevas montañas que no pululen de gente? Volviste a tu patria multicolor, tu soledad, porque sólo así puedes amarte a ti mismo, porque sólo así no sales corriendo a amar a tu prójimo para compadecerlo por su sufrimiento; porque de algo estamos seguros, que todo esto lo hiciste por amor, pero un amor como el del gran astro: ¿quién ha sido capaz de recibir tu abundancia y bendecirte por eso?

Nietzsche en escultura por Max Klein
Escultura de Friedrich Nietzsche por Max Klein

Pensar en el Otro es pensarnos a nosotros mismos. Durante el coloquio previamente citado también presentamos la reseña* de un texto que estrenaba una nueva edición, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias[1]. Uno de los autores estuvo presente, mientras que el segundo nos regaló el inestimable e imborrable recuerdo de su ausencia. Nuevamente las referencias a las Consideraciones Intempestivas II[2] y Espectros de Marx[3] están presentes, de inicio a fin. Vamos a decirlo de manera más explícita: durante la presentación de nuestro trabajo, desde sus inicios, señalamos que, para poder leer un texto psicoanalítico, existía un filósofo que podría darnos una cifra de lectura. En otras palabras, habíamos desplazado el psicoanálisis a segundo término, digamos que habíamos encontrado una nueva, diferente y refrescante vía para poder pensar: el encuentro con Jacques Derrida. Aún más claros: en ese entonces no es que el psicoanálisis se viera desplazado para nosotros, se trataba de «confirmar» que otros autores decían cosas que el psicoanálisis ya había formulado, adelantado o dejado señalado. «¡Claro, eso ya lo había dicho Freud, sí, justo también como lo dejó señalado Lacan, pero a ninguno de los dos les dio tiempo desarrollarlo!». Cosas por este estilo. Entiéndase que aquí también vendrían algunos psicoanalistas a decirnos no, que no es posible que ellos hayan dicho o señalado todo, que eso de las totalidades ni siquiera es posible. Pero no hacen como dicen: hagan como decimos, pero no como actuamos; hagan como les hemos enseñado, pero no hagan como nos hemos expresado. Por eso, nuevamente de la pluma de Derrida, el texto Escoger su herencia[4] habría de tener repercusiones importantes en nuestro pensamiento. Repetición, fidelidad, lealtad, pero también ruptura, infidelidad, traición: así es como quizá se puede ser más fiel a un texto o a un autor. Nosotros sólo nos habíamos quedado en lo primero, en un «amor» ciego e incuestionable hacia nuestros maestros, y a los maestros de estos. Y aquí también señalamos: curiosamente, por paradójico que parezca, hemos encontrado un amor y respeto más elevados hacia ellos, y hacia otros, una vez que se nos cayeron, una vez que pudimos desacralizarlos. Y en relación con esto último, un nombre se coló nuevamente en nuestro trabajo, Clément Rosset, al que quizá no hemos reconocido como se debiera en el transcurso de todos estos trabajos; valga este mínimo señalamiento como un mínimo intento de aquello que no haremos en el resto de esta «tesis».

Todo esto quizá para despachar a nuestros antiguos maestros, y a sus maestros, y a nuestros hermanos discípulos. Despacharlos y ubicarlos en su «justa» dimensión por imposible que sea: «La justicia es una experiencia de lo imposible. Una voluntad, un deseo, una exigencia de justicia cuya estructura no fuera una experiencia de la aporía, no tendría ninguna posibilidad de ser lo que es, a saber, una justa apelación a la justicia»[5]. Y no logramos descifrar qué es lo que ha pasado, a qué nos hay llevado tal ocaso: lo que podemos decir es que ya no podemos pensar ni creer ni pensar siguiendo por el mismo camino; o, mejor dicho, que nuestra creencia y «razón» ya no puede ser sin la mentira que conllevan: ¡por más argumentos que nos den, por más evidencias que nos muestren! Quizá es eso lo que nos duele actualmente, no quisiéramos que Nietzsche ni Zaratustra pasen a ser historia en nuestra vida, que sean un grato recuerdo o que nos veamos rememorando en unos años estos escritos como «errores útiles» que ya han quedado «superados». ¡Claro, tememos una relación como aquella que teníamos con el psicoanálisis! —Pero ¿dónde están esos «maestros» nietzscheanos? ¿Dónde están los grupos de estudio y los cursos de «formación» en filosofía nietzscheana?— Nos resistíamos, y ello resistía e insistía. ¡Claro, todo placer quiere eternidad! ¡Una y otra vez! ¡El anillo del eterno retorno! No descartamos que alguna vez volvamos al psicoanálisis, porque toda afirmación de un instante afirma todos los instantes que lo antecedieron. Pero no nos adelantemos en este tema aún, porque todavía quedan otras batallas que los idólatras que existen en nosotros libraron contra nuestro «amigo» Nietzsche.

Dejamos el texto intacto, lo que nos lleva a pensar por lo menos dos cosas: 1) que la fuerza de la afirmación así lo quise, lo quiero y lo querré consigue, por instantes, la victoria sobre el espíritu de venganza; 2) que estamos ubicados en los momentos finales de nuestra religiosidad psicoanalítica: está moribunda, por lo que no es necesario empujar lo que irremediablemente está a punto de caer. ¿Y si se trata de ambas, y si son más de las que somos capaces de expresar y formular aquí? Qué tal una tercera y cuarta: 3) que a partir de este momento —siguiendo la temporalidad de la narrativa— Zaratustra empieza a tener mayor relevancia sobre todo esto; 4) que al inicio no era Zaratustra el foco de nuestro interés, sino el tema de la ligereza: nuestro lema no era ser libres, sino ser ligeros. ¡Efectivamente, el psicoanálisis se había convertido en una carga! ¡Un gran pesar que cargábamos con orgullo! ¿Qué es más pesado que el psicoanálisis? ¡Vamos, estoy dispuesto a cargarlo! Ya no. Y si alguien viniese y nos dijera: «¡Ven! ¡Hay otra opción! Se trata de un psicoanálisis que no sólo es verborrea, charlatanería, habladuría y demás. Es un psicoanálisis del sur que tiene un proyecto de investigación claro y definido, donde todos somos iguales y nos reconocemos como investigadores. Es un proyecto científico que no hace más que ser fiel a las intenciones e indicaciones tanto de Freud como de Lacan, y se aleja por tanto de esos freudolacanianos o psicoanalistas a los que ya no les importa si nuestra disciplina es una ciencia o no, y que con ello sólo terminan por desprestigiar aún más nuestra práctica. El proyecto de Lacan se insertaba dentro del Proyecto de la Luces, más claro no puede ser». —¿Qué estás diciendo, que un nuevo burro ha llegado a la ciudad? —¡Sí!—.

Al inicio de nuestra presentación propusimos una lectura del texto mencionado atravesada por la cifra aprender a vivir del Exordio de Espectros de Marx. «Momento. Nosotros, los nuevos psicoanalistas científicos, no estamos de acuerdo en aquello que dicen los freudolacanianos: cada uno su lectura de los textos; no nos parece adecuado, mucho menos acorde con la ciencia». Para nosotros representó un problema resolver este asunto de «cada quién su lectura», pues a pesar de que coincidimos con dicha consigna, al mismo tiempo no podemos aceptar cualquier lectura, y esto no nos pone del lado de la ciencia. Dicho problema se incrementó aún más cuando nos adentramos en los textos derridianos y la «metodología» —estrategia— deconstructiva. Era posible escribir prácticamente cualquier cosa y de la manera que fuese, apelando a una especie de solipsismo: es tu lectura y tu escritura, es tu forma de interpretarlo y escribirlo. Una postura que nos acercaba a un relativismo radical y absurdo, a pesar de que sabíamos que los textos no podían tener un sentido último. Necesitábamos resolver dicha «contradicción» para poder continuar: puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra, pero no puedes escribir lo que sea y sobre lo que sea y como se te ocurra. Y nos propusimos resolverla preguntándole precisamente a quien nos había metido en dicho problema —no, no fueron los psicoanalistas—. Encontramos una condición para poder escribir cualquier cosa: amar a los textos. Lo citamos: «Todos estos autores (se refiere a los pensadores parisinos de los setenta) parecen sostener el mismo lenguaje. En el extranjero, con mucha frecuencia se los cita en serie. Y es irritante, porque, apenas se miran los textos con precisión, uno percibe que las separaciones más radicales dependen en ocasiones de un pelo»[6]. La estrategia de trabajo consiste en «la necesidad de ser fiel a la herencia para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente»[7]. Un pensamiento de altura, como entonces lo designamos. Esto nos quedará más claro cuando tratemos el trabajo La máquina de suposiciones de Lacan, en el que las preguntas y críticas que lanza al psicoanálisis lacaniano establecido a partir de los Escritos parten de la fidelidad a los propios textos.

Por ese entonces el psicoanálisis era para nosotros la única aproximación «seria» a la subjetividad: sólo él —único, redentor, iluminado, elegido— podría decirnos algo serio sobre las complejidades humanas, demasiado humanas —pero en ese entonces también ya se había introducido Nietzsche, demasiado Nietzsche— ¿qué, ahora estamos siendo partidarios de un nietzschenismo?—. «Ah, ya ves, despotricas contra el psicoanálisis, tus maestros y compañeros, pero no has hecho más que erigirte un nuevo dios, un nuevo ideal». Nuestros maestros nos parecían sumamente críticos de las psicoterapias —¿es que acaso ellos también venían librando sus batallas? ¿Que así como ellos tenían sus «deudas» pendientes con las psicoterapias, ahora nosotros las tenemos con el psicoanálisis? ¿Deuda? ¿Tótem y Tabú o De la genealogía de la moral?—, tachándolas de retórica —justo como hacen ahora los adeptos del psicoanálisis del sur contra estos freudolacanianos: les critican su falta de cientificismo, ¿o cientificidad?—, faltas de teoría, explicaciones, coherencia y consistencia, partidarias del discurso del amo, más aún, un discurso amo, adaptativo, violento y al servicio de fines ajenos al sujeto y al deseo. «Pobres terapeutas y pacientes, no saben, desconocen la fuerza y la eficacia del inconsciente; nosotros se los vamos a enseñar». «¿Es que nadie les ha hablado de la buena nueva del inconsciente?». Y Derrida se cuela de nuevo. ¿Por qué? ¿Por qué no podíamos permanecer leales a nuestros maestros, a los que nos habían instruido durante años, y al camino recorrido y el que se nos había señalado? Claro que aquí dirán que el psicoanálisis no señala ningún camino —¡y nosotros repetíamos ese saber!—, que al analizante no se le guía, aunque exista una dirección de la cura.

Nos descubrimos repetidores de un saber ya sabido —quizá eso es lo que intentó evitar Lacan cuando se propuso no repetirse cada semana—, que ya no sorprende, no nos sorprende, que hallamos estéril, que ha perdido su capacidad para crear. Un saber muy próximo a la caracterización que entonces hacíamos del Yo: autónomo, unificado, organizado, hedonista, controlado, dominado, privilegiado, animado, motivado, amo. Un saber exacerbado por el narcisismo. —«Momento. Por favor, no confundan al psicoanálisis con las psicoterapias, existen diferencias radicales, y aunque ambas aproximaciones tienen efectos terapéuticos, es claro que los psicoanalistas damos cuenta de nuestro saber de manera diferente, superior a la retórica de las psicoterapias»—.

No solamente fuimos repetidores de un saber ya sabido, trillado, vacío, hueco, moribundo, sino que nos descubrimos decadentes y predicadores de la muerte. Nuestro ejemplo en aquel entonces —el que utilizamos hacia el final de la presentación del libro, la película Punto de Quiebre[8]— estaba en sintonía con otra de las formulaciones que escuchábamos durante la transmisión y repetíamos sin reserva: el deseo puede llevar a la muerte —no estamos tan seguros de esto actualmente—. También nos servíamos de otros ejemplos por aquel entonces, como el de Mickey Rourke en El Luchador[9], o Emil Hes en Hacia rutas salvajes[10], donde ambos encontraron la muerte haciendo lo que «amaban» o «deseaban». Zaratustra también anuncia su ocaso, su descenso, va hacia él, ¡pero como condición para la llegada del Übermensch! Quizá esa sea una diferencia importante con aquellos ejemplos. Zaratustra quiere la desaparición del último hombre de la superficie de la tierra, es más, quiere que esos predicadores de la muerte sean congruentes con su enseñanza del más allá: que mueran de una vez, pues su desaparición es necesaria para una nueva especie y para el aligeramiento de la Tierra. ¿Y el caso de Antígona? ¿Tragedia, ética del deseo, «suicidio», decadencia? ¿Es necesario un para qué, Zaratustra, una meta? Nos es difícil resolver todo esto en este momento.

Encontramos más que religiosidad en aquella presentación: una nueva oleada de descalificaciones contra las «ignorantes» psicoterapias y sus practicantes: no saben de la transferencia, el engaño de la filantropía, la ética del deseo, los ideales irrealizables, la ambivalencia en la relación psicoterapéutica, etc., temas que son «tratados de forma clara en su crítica hacia las psicoterapias». Y más repetición de fórmulas psicoanalíticas que no tiene caso repetir aquí —¿de ahí la decepción de Jacques Lacan?—. Y unas conclusiones, cuando aún creíamos en ellas. ¿Cómo evitar nuestra «ingratitud» o «desagradecimiento» hacia nuestros maestros, los textos psicoanalíticos y con todo ese saber acumulado durante estos años? ¿Cómo escribir que a pesar de este tono beligerante existe un gran respeto y aprecio hacia todos ellos? «Se recompensa mal a un maestro si se es siempre ‘el discípulo’»[11]. ¿Cómo hizo Nietzsche con Schopenhauer o Wagner? Quizá esto nos acerca un poco más al entendimiento de aquellas palabras de Derrida sobre su estrategia de trabajo —y un poco al entendimiento de lo que hacemos, aunque por supuesto, sin la sofisticación del filósofo argelino—: «En ningún caso […] querría que la deconstrucción sirviera para denigrar, herir o debilitar la fuerza o la necesidad de un movimiento»[12], sino para reinterpretarla y reafirmarla interminablemente. ¿Quiere decir esto que aceptaremos la invitación de los psicoanalistas científicos? No. No aceptaremos la invitación de estos «nuevos» psicoanalistas de prácticas antiquísimas, pero quizá aceptemos la invitación de los nuevos textos que son fieles y traicioneros a las herencias psicoanalíticas.


[1] Aguirre Espíndola, J. A., & Vega Simont, E. (2013). Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias. (2a edición) BUAP

[2] Nietzsche, F. (2011). Consideraciones Intempestivas II. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida en Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.) Trotta

[4] Derrida, J., & Roudinesco, É. (2009). Escoger su herencia en Y mañana, qué… (V. Goldstein, Trad.; 2a ed.) FCE

[5] Derrida, J. (2008). Fuerza de ley. El «fundamento místico de la autoridad» (A. Barberá & P. Peñalver, Trads.; 2a ed.) Tecnos

[6] Derrida & Roudinesco (2009), p.19.

[7] Ibídem, p.13.

[8] Core, E. (2015). Point break.

[9] Aronofsky, D. (2008). The Wrestler.

[10] Penn, S. (2007). Into the Wild.

[11] Nietzsche, F. (2010). Fragmentos póstumos. Volumen III (1882-1885) (D. Sánchez Meca, Ed.) Tecnos, p.87.

[12] Derrida & Roudinesco (2009), p.15.

* Este trabajo ya fue compartido en este espacio y se puede consultar en la siguiente entrada: Del enfermo imaginario al médico a palos.

Un viento nuevo y fresco: un aire de altura

¡De qué sirven todo el librepensamiento, toda la modernidad, todo el sarcasmo y toda la elasticidad de un pájaro torcecuello si uno en sus entrañas ha continuado siendo cristiano, católico e incluso sacerdote!

— Friedrich Nietzsche

[[Este texto sigue al compartido anteriormente, Del cuerpo a la descorporización, de nuestra tesis Prolegómenos para una ligereza nietzscheana: fragmentos sobre psicoanalismo presentada en el Colegio de Saberes]

La Consideración Intempestiva II[1], hasta la fecha, conserva su valor y relevancia: fue uno de los primeros textos nietzscheanos que, desde sus primeras líneas, conmocionaron nuestras ideas —después de aquel decaimiento que ya hemos mencionado anteriormente, el referente a la «primera» lectura de Nietzsche, que como se puede deducir, correspondía principalmente a sus textos de «madurez»—. Se trataba de un viento nuevo y fresco proveniente de altas montañas: «Por lo demás, detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente»[2]; lo contrario, un saber e instrucción enquistado y moribundo, ya no nos interesaba. Una frase que nos ha sujetado hasta la fecha. Por aquel momento seguíamos siendo fieles al psicoanálisis, por lo que intentamos una especie de articulación con Intempestiva en un intento de querer «salvarlo» o «defenderlo». Y con ello convencernos de que todavía tenía «razón», que de alguna manera Freud y Lacan —principalmente el primero— habían logrado elaborar ideas que otros sólo habían rozado o desarrollado «pobremente». Queríamos servirnos de Nietzsche en ese momento para seguir sirviendo al psicoanálisis pues este era nuestra brújula y nuestro jinete, y había que servirse del caballo de Turín. Un servilismo «voluntario» aún, convencidos, necios y obstinados en defender al «padre» del psicoanálisis.

Übermensch en su laberinto
El superhombre en su laberinto por José Quintero.

Otro de los caballos de los que nos servimos por entonces, y que hasta la fecha sigue siendo un pensamiento demasiado elevado y robusto para nosotros, es el que encontramos en el Exordio de Espectros de Marx[3]. Fue tanta su fuerza —o nuestra necesidad— que abrimos nuestra exposición en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica[4] sirviéndonos de él. Presentamos una reseña sobre la nueva edición de un texto escrito por un par de psicoanalistas que fueron nuestros maestros en la licenciatura: tiempos en que atacábamos ferozmente —según— las psicologías y psiquiatrías. Fuimos buenos reclutas y posteriormente buenos soldados; nos instruimos bien. Pero regresemos, a qué pensamiento nos referimos: aquel sobre aprender a vivir. Y justo ahora pensamos si no era eso ya una anticipación de nuestro «desencanto» hacia el psicoanálisis: era imposible aprender y enseñar a vivir, aunque para nosotros era lo más necesario, y sin embargo confiábamos en que el psicoanálisis, sus textos, saberes, representantes, maestros, grupos, etc., podrían enseñarnos eso —y que este puede ser uno de los puntos más fuertes o débiles, según se le quiera ver, por donde se nos puede rechazar, pues dicha expectativa era nuestra y era un error, al menos en relación con lo que se espera de un análisis—. Seguíamos siendo unos tipos religiosos y no estábamos conscientes de ello, sin embargo, el virus de la duda se había introducido en nosotros: nos había hecho partir hacia otros rumbos y en busca de nuevos horizontes. Y por más que los psicoanalistas repetían sus fórmulas sobre no-todo, el significante que siempre falta, la falta en el Otro, no hay relación sexual, el sujeto dividido, etc., no dejaba de ser un saber que se repetía sin mayores efectos que un desánimo y apatía que nos habíamos resuelto a rechazar. No queríamos aceptar más esa pesadumbre. ¿Qué nos dirían aquí los doctos, que no queríamos ni queremos aceptar nuestra castración?

Tal vez se nos pregunte sobre nuestra insistencia en sostener el psicoanálisis a pesar de la carga en que se estaba convirtiendo. Si se trataba del psicoanálisis o de cualquier otra cosa —amistad, matrimonio, amor, hogar, lugar, época, temporada, Otro— no resulta fácil reconocer o asumir que eso en lo que tanto tiempo uno estuvo implicado y comprometido completamente, se estaba convirtiendo en un error inútil. Es reconocerse —y desconocerse— con esa misma cualidad: llegará el momento en que leamos esto desde la perspectiva nietzscheana y digamos que el psicoanálisis era una mentira útil que nos acompañó durante varios años, y que finalmente nos sirvió para afirmar, sostener y resolver de alguna manera nuestra existencia, y no íbamos a renuncia tan fácilmente a ella. Empezábamos a dudar, se abrían otras perspectivas, nuestro edificio conceptual empezaba a tambalearse, sus fundamentos empezaban a exhibir algunas grietas. Dicho de otra manera, no íbamos a dejar que el psicoanálisis muriera tan fácil, y el siguiente trabajo es una muestra de ello —y no será la única, más adelante mencionaremos, tal vez sin tanto preámbulo, otros trabajos y momentos en que se aferraba la insistencia de seguir sosteniendo al psicoanálisis como el saber absoluto—.

El trabajo que sigue lo presentamos durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica que sirvió como preámbulo a la apertura de la Maestría en Clínica Psicoanalítica —una maestría que por cierto había planteado sus «fundamentos» e «inicios» en lo que eventualmente, y hasta la fecha, critica ferozmente: el freudolacanismo, o para ser más precisos, a los freudolacanianos—. El título extenso con el que anunciamos nuestro trabajo fue «Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia», que para la versión escrita que presentamos aquí redujimos sólo a la última parte.

Advertencia. A pesar de haber sido escrito hace más de tres años, esta versión incluye numerosas modificaciones, comentarios, reescrituras, reelaboraciones, borraduras, añadiduras, censuras, etc. Quizá lo más difícil de evidenciar sea la vergüenza y el lamento que nos provoca toparnos con ciertas ideas que en aquel entonces escribíamos con tanta seguridad, en el caso de que hayamos sido «nosotros», y que sosteníamos valientemente. —Nietzsche, cuánto tuviste que escribir para desembarazarte de Wagner, para dejar en claro las distancias y diferencias, para que no te confundieran con él: tu gran amigo y tu gran esperanza, y acaso también tu gran decepción; hasta el final de tus días, en tus últimas obras, en tus últimas batallas, estuvo presente: un gran amor y lamento[5]—. Será que así nos ha pasado en nuestra relación con el psicoanálisis. Los límites de la amistad y sus «contrarios» han perdido su consistencia. Sólo entonces podemos empezar a comprender la importancia de los enemigos para Nietzsche. Quizá otra de las ideas que Freud retomó del filósofo sea que ahí donde falta el enemigo «real», uno siempre se lo podrá inventar o sustituir, pues es una especie de «necesidad» de la dinámica psíquica. Señalaremos algunas de estas «alteraciones» en el texto: ¿a quién puede interesarle el «original»? ¿Qué queda de esa intención original del autor? «Escribir es producir una marca que constituirá una especie de máquina productora a su vez, que mi futura desaparición no impedirá que siga funcionando y dando, dándose a leer y a reescribir. Cuando digo mi futura desaparición es para hacer esta proposición inmediatamente aceptable. Debo poder decir mi desaparición simplemente, mi no-presencia en general, y por ejemplo la no-presencia de mi querer-decir, de mi intención-de-significación, de mi querer-comunicar-esto, en la emisión o en la producción de la marca»[6]. Nos basta saber por ahora que ese «original» anima nuestra actividad y queremos aclararnos qué «significó» en aquel entonces, y cómo podemos leernos y escribirnos a través de él después de estos años.

No, todavía no Zaratustra, no podemos decir aún en relación con este texto: así lo quise, así lo quiero y así lo querré. La venganza todavía tiene potencia en nosotros, nos pesa y se nos impone; quizá por eso intentamos ser «justos», «hacer justicia» con este escrito, con el pasado, con todas esas voces involucradas. Siempre podremos decir que era «nuestro» texto y que por lo tanto podemos hacer con él y de él todo lo que queramos, a pesar de que haya sido escrito por otro, en otro tiempo lugar y contexto, y por lo tanto inabarcable.


[1] Nietzsche, F. (2011). Obras completas. Volumen I Escritos de juventud (D. Sánchez Meca, Ed.). Tecnos.

[2] Ibídem, p.695.

[3] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (J. M. Alarcón & C. de Peretti, Trads.; 5a ed.). Trotta.

[4] El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica se llevó a cabo los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el Auditorio de las Oficinas Centrales del SEDIF Puebla; y fue organizado por los coordinadores del Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del Centro de Estudios Superiores Tercer Milenio de Puebla (CESTEM). Dicho posgrado ya ha dado la bienvenida a tres generaciones dentro de sus filas. El trabajo al que nos referimos tendremos oportunidad de abordarlo más adelante.

[5] La más reciente biografía de Nietzsche en español confirma la gran e íntima amistad que existió con Wagner durante los años de juventud del filósofo. Nietzsche había colocado una gran esperanza en la música de Wagner como impulsora del cambio que anhelaba para Europa. La ruptura de esta amistad llegó cuando Nietzsche escuchó Parsifal, o al menos esa es la versión que suele tener más fuerza. Existe otra versión: Wagner habría sugerido al doctor que atendía a Nietzsche que los malestares que este padecía se debían a una masturbación recurrente; Nietzsche se enteró de esto y no podía menos que sentirse decepcionado por la opinión de su gran amigo. Véase Prideaux, S. (2019). ¡Soy dinamita! Una vida de Nietzsche (V. Campos, Trad.). Ariel.

[6] Derrida, J. (s/f). Márgenes de la filosofía (C. González Marín, Trad.; 2a ed.). Cátedra, p.357