Del enfermo imaginario al médico a palos

[El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica organizado por el Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM se realizó los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el auditorio del SEDIF Puebla. Dentro de las actividades, se llevó a cabo la presentación del libro Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias, con presencia de uno de los autores, Edmundo Vega Simont [no se contó con la presencia de Juan Antonio Aguirre Espíndola] y comentado por Margarita de la Torre Meléndez y Ernesto A. Ocádiz García. A continuación, presento una versión escrita de mi participación]

Para empezar a hablarles Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias[1], traeré a colación otro texto y autor que considero nos brindan una cifra clave para su lectura.

Del enfermo imaginario al médico a palos - Elementos para una crítica de las psicoterapias. Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont
Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias.

Jacques Derrida, en Espectros de Marx[2], plantea una situación similar a la siguiente: supongamos que alguno de ustedes, o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir, por fin. El filósofo argelino pregunta: ¿por qué por fin? ¿Quién aprendería? ¿De quién se aprendería? ¿A quién se le enseñaría? ¿Llegará a saberse vivir? En primer lugar ¿se sabrá lo que quiere decir «aprender a vivir»? Aprender a vivir o enseñarse a vivir, por uno mismo, ¿acaso no es lo imposible? ¿no es acaso lo que la lógica misma prohíbe? A vivir, por definición, no se aprende. Sin embargo, nada es más necesario e imposible que aprender a vivir. Aprender a vivir sólo – y solo – tiene sentido y puede resultar justo en una explicación con la muerte. Con mi muerte tanto como con la del otro. Entre vida y muerte. Sin embargo, no faltará el maestro, el padre, el amo, que en su “buena conciencia y voluntad”, dirá “yo, yo voy a enseñarte a vivir”, convencido de poder transmitir tal experiencia: educar para la vida. Y esto siempre nos dirá algo acerca de la violencia. Es violento enseñar a vivir. Clément Rosset escribe en Lógica de lo peor: “La experiencia enseña que cualquier obra ya lista antes de su realización es una obra muerta.”[3] En nuestro caso, para irnos adentrando en el tema, cualquier definición de cómo vivir la vida, hará de la vida, obra muerta. Así como toda escucha de la persona sufriente que viene al consultorio y demanda aprender a vivir, a vivir con lo que le pasa, a vivir de otra manera, a vivir sin sufrir, y se supone un saber previo, ya listo sobre eso, resultará en una escucha muerta y en la muerte del deseo.

Es de la mano de este planteamiento fundamental que nos hace Jacques Derrida que propongo una lectura Del enfermo imaginario al médico a palos. Las psicoterapias se proponen educar, reorientar, curar, y enseñar a vivir, borrando prácticamente cualquier aproximación -seria- a la subjetividad. Es decir, cuando decimos subjetividad no nos referimos a las reducciones simples e inútiles de un relativismo llano: “Cada quien tiene su propio punto de vista” o, “Cada quien su vida”. Estas frases no nos dicen nada acerca de cuestiones humanas – demasiado humanas – como son el deseo, el sujeto, el sufrimiento, la insatisfacción, el malestar, el goce, el síntoma, los fantasmas, la memoria, el olvido, las pulsiones, la muerte, el inconsciente.

Comentario durante la presentación del libro en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica
De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.

Desde el subtítulo del libro –Elementos para una crítica de las psicoterapias– y el capítulo introductorio, los autores no tendrán miramientos con las principales psicoterapias, dirigiendo su crítica hacia ellas sin concesiones, al mismo tiempo que las van diferenciando del psicoanálisis. Pero, ¿por qué es importante una crítica de las psicoterapias? Según los autores, para develar que el criterio de cientificidad en sus técnicas y aplicaciones es solamente supuesto. Que las psicoterapias son una retórica, pura ilusión de saber sin coherencia ni consistencia. Y, sin embargo, “funcionan”. Más aún, “funcionan” y no saben dar cuenta de ello, debido a su débil fundamento teórico. Retórica sin el más puro y bello estilo del Fedro de Platón. Aún más, funcionan y responden al discurso del amo que ordena adaptar y normalizar al sujeto, de manera pragmática y eficiente. Dirigirlo hacia la imagen idealizada del hombre que podemos resumir con la siguiente aporía: vivir humanamente sin vivir lo humano, es decir, redireccionar a los individuos -no sujetos- hacia una felicidad animada más por la imaginación y el deseo que por la realidad, desconociendo la perenne insatisfacción del hombre en la cultural.[4] En síntesis, las psicoterapias responden a la demanda social de un supuesto bienestar fundado en la paz, estabilidad y tranquilidad que nunca llegan o que siempre se van. Si este discurso del amo de las psicoterapias opera y “funciona” es porque el paciente así lo quiere: «Es el querer del paciente lo que convierte en juez al terapeuta y no su saber […] el paciente se presta esperanzadamente a obedecer, a dejarse sugestionar.»[5] Desconocen, tanto psicoterapeuta como paciente, la eficacia y fuerza del inconsciente, quieren imponerle una lógica evolutiva, desarrollista, productiva y que buscaría la felicidad y la salud, desconociendo la falla e imposibilidad de la satisfacción total y permanente.

Los autores nos advierten: «El psicoanálisis no es una psicoterapia, es un esfuerzo y recorrido ético que modifica la posición del sujeto ante su deseo […] La ganancia final [es] la posibilidad de crear y resignificar una vida en tanto tal, una».[6] Y resignificar una vida, aprender a vivir, por imposible y necesario que sea, sólo puede hacerse entre vida y muerte, como menciona Jacques Derrida. Y de la muerte, en tanto último suspiro, en tanto límite, en tanto irrepresentable, las psicoterapias no quieren saber.

Este discurso del amo también opera en relación con los síntomas. Ambas prácticas, psicoterapia y psicoanálisis, no tendrían lugar si no fuese porque los sujetos sufren, sin embargo, la aproximación es radicalmente diferente. El síntoma, ese sufrimiento del yo, se intenta erradicar desde las psicoterapias, además de que tiene un significado establecido de antemano que requiere de un intérprete. ¡Curiosamente las psicoterapias son más interpretativas que el mismo psicoanálisis! Imponen un saber sobre los síntomas y su solución: someten al paciente a su saber docto. “No es lo que usted pueda decir de lo que le pasa, usted no sabe. Yo le diré lo que le sucede, le explicaré.” Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[7] lanza la pregunta: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre?, como una crítica, igualmente dura y sin coartada, a ese saber supuesto de las prácticas psi. Poniendo en jaque a esas autoridades que intervienen en nombre de la salud, el bienestar y la felicidad.

El psicoanálisis lo que “sabe” es que ese sufrimiento del yo a la vez conlleva una satisfacción inconsciente. Que el síntoma es un producto lógico del funcionamiento del aparato psíquico y es una vía de acceso, por así decirlo, al saber inconsciente, por lo que no se propone eliminarlo. Mucho menos añadirle sentido, sino decantarlo, descifrarlo, traducirlo, estar a la escucha de la verdad, que ni el analista ni el analizante sabían de antemano hasta el momento en que se produce, hasta el momento en que ambos son sorprendidos por su revelación. Un saber no sabido hasta entonces, y por lo tanto no escrito ni transmitido con anticipación en ningún otro lugar más que en la particularidad de cada sujeto. La verdad habrá de ser.

En esta lectura de las psicoterapias desde el discurso del amo, el yo se cree y siente dueño del funcionamiento del aparato psíquico: autónomo, unificado, organizador, con dominio y autocontrol, adaptado a la realidad, equilibrado, guiado por el principio del placer. Se considera el centro de la vida anímica y por lo tanto aquel que, a fuerza de voluntad, de motivaciones, ánimo, recompensas, conferencias, explicaciones, sería capaz de lograr lo que se propone. En cambio, el psicoanálisis considera al yo sólo como un síntoma privilegiado, el yo es otro, es imagen de la cual depende y con la cual rivaliza en una agresividad mortífera que se juega, precisamente, en la dialéctica del amo y del esclavo. Dialéctica que las psicoterapias repiten sin saber, o sabiéndolo, pero en ambos casos ignorándolo.

Diferencias radicales entre psicoterapias y psicoanálisis también se plantearán al comparar el bienestar buscado por las primeras y la apuesta por el deseo del segundo: «Paradójicamente, un deseo satisfecho es un deseo muerto, es la detención angustiante, inhibitoria y sintomática de la circulación de la libido, representa el peso de lo real que aplasta la subjetividad y es eso lo que alimenta la queja y el sufrimiento, precisamente, el deseo inconsciente es la defensa frente al goce, es la reminiscencia de la falta y de la incompletud, y por ello es el acicate de la vida. En la lógica del deseo no reina la armonía ni la normalidad, ni el equilibrio ni la satisfacción, es una ley que va contra la voluntad de orden y bienestar del amo, es la ley suprema del sujeto que exige una posición ética, que lo compromete a una eticidad desiderativa, que no garantiza ni aporta ningún bienestar, que encamina a una historización e inscripción de la marca que lo fundó en un universo simbólico.»[8] En Punto de Quiebra, con Keanu Reeves y Patrick Swayze, podríamos tener una especie de “ejemplo” de esto que acabamos de citar: cuando Bodhi va por esa última ola al final de la película. Existe una nueva versión de esta película donde han añadido más actividades “extremas” respetando el final de la versión previa, es decir, señalando ese momento extraordinariamente único en una vida. Podemos leer el final de ambas películas como aquella ley suprema del deseo del Otro que es a la vez deseo del sujeto, que no-todos están dispuestos a asumir. Quienes desconocen esta ley suprema, o no actúan en consecuencia, quieren ganar sin riesgo, elegir sin pérdida, vivir sin morir, amar sin sufrir.

Otro elemento para esta crítica de las psicoterapias –y que presta sus efectos para que estas funcionen– es la transferencia. Transferencia que las psicoterapias ignoran, tajantemente desconocen, la consideran anacrónica, como algo que ha dejado de ser «utilizado», cuando en realidad es gracias a ella que pueden ejercer sus “poderes” de sustituir las explicaciones del paciente por sus las suyas. ¡Y cuando la consideran, creen que pueden manejarla a voluntad, por ejemplo, por medio del rapport y la empatía; que con esos “buenos tratos” se ganarán la confianza y cooperación del paciente! Esta «obra mesiánica de amor […] filantropía siniestra, sospechosa de doble intención […] intenciones amorosas que pereñan el discurso terapéutico, las pretensiones de ayudar, comprender y curar obturan el deseo del sujeto, hecho paciente, le imponen un ideal imposible.»[9] Ideales, además, que ni siquiera el mismo psicoterapeuta encarna. No saben de la transferencia como motor de la cura, es más, cuando llega a manifestarse explícitamente, más que intensamente, los psicoterapeutas derivan a sus pacientes con otros psicoterapeutas, o, conjuran la contratransferencia…

De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.
Presentación del libro «Del enfermo imaginario al médico a palos» durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica

El punto culminante de este discurso del amo lo encontramos en el sexto capítulo del texto, donde, al igual que el modelo médico, las psicoterapias enuncian su ética: el bienestar. Y a partir de esta, definir lo que debe saber, hacer y ser el psicoterapeuta. El psicoterapeuta y la psicoterapia definidas de antemano, listos antes de la consulta, son obras muertas, como dice Clément Rosset.

Otros elementos de los cuales se sirven los autores para llevar a cabo su crítica tienen que ver con el amor-odio que se juega en las relaciones terapéuticas, el narcisismo del psicoterapeuta al identificarse con el lugar del saber, el lugar del lenguaje y la comunicación como la buena nueva neoevangélica, la formación de los terapeutas y la transmisión de su enseñanza cuyo ejemplo de la hipnosis de Erickson es paradigmático, la pretensión de objetividad, los criterios de normalidad y salud, las teorías del desarrollo, la existencia de objetos y conductas buenos y adecuadas que aportan la felicidad, la imagen y sus pretensiones de omnipotencia e inmortalidad, el abuso en la utilización y desconocimiento de nociones psicoanalíticas como por ejemplo, el complejo de Edipo, el falo, la represión, entre otros. Todos estos temas serán tratados de forma clara en su crítica.

Los últimos capítulos servirán a los autores para desarrollar algunos puntos teóricos del psicoanálisis. Pasaré a mencionar algunos puntos que ahí se tratan: el psicoanálisis como un clínica lenguajera, lo imposible de decir la verdad, el deseo imposible de satisfacer, la vida pulsional, el lugar de los ideales, la formación de los analistas, la imposibilidad del encuentro entre sujeto y objeto, el discurso del analista, el lugar de objeto causa de deseo, la falta-en-ser como motor y síntoma de su deriva, la formación del yo, la eficacia simbólica, la dirección de la cura, el goce, el cuerpo, las diferencias entre pulsión y deseo, el falo que no es el pene, el complejo de Edipo, la ley, el Otro, el horror a la finitud y la muerte, entre otros. Pero, sobre todo, la apuesta por el deseo, que constituye la ética del psicoanálisis, a diferencia de la ética del bienestar propia de la medicina y de las psicoterapias, como ya se había mencionado.

 Conclusión

 Del enfermo imaginario al médico a palos sin duda representa un texto claro y preciso para introducirse en el estudio de la clínica psicoanalítica para aquellos interesados. Para los más “experimentados” resulta un texto que invita a seguir pensando y no olvidar planteamientos fundamentales de porqué el psicoanálisis no es una psicoterapia ni una rama de la psicología, sino una disciplina con sus propias teorías y prácticas. Los elementos que presenta para criticar las psicoterapias nos sirven para pensar lo que se produce actualmente, incluso fuera de las psicoterapias. El psicoanálisis no está muerto, el padre sí, y nosotros, psicoanalistas, nos declaramos sus herederos. Al igual que con Karl Marx, no deja de insistirse en que Sigmund Freud ha muerto. Y tienen razón, hasta cierto punto. Cuando el psicoanálisis no de más para pensar, dialogar y reunirnos, sólo entonces podremos decir que, efectivamente, Sigmund Freud y el psicoanálisis están muertos.

Cierro con una tercia de citas. La primera extraída del filósofo francés Clément Rosset: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo. Nada más extraño, nada más desconocido: aquí, en este espanto primero ante sí mismo, encuentra su origen lo que Freud ha descrito bajo el nombre de ‘represión’.”[10] La segunda de Pascal y sus Pensamientos: “No habiendo podido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, los hombres creyeron conveniente, para volverse felices, dejar de pensar en ello.”[11] Y la tercera de Edmundo y Antonio: “El analista está para analizar y para que su trabajo sea efectivo debe abstenerse de gobernar, educar o explotar al otro. Instaurar el orden de lo imposible, lejos de ser una fatalidad, el sujeto puede hacer una contingencia que le permitirá singularizar su historia y su deseo”.[12] Y ya encarrilados, de pilón, un par de Sigmund Freud, la primera extraída de Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico: “La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.”[13]La segunda de Recordar, Repetir y Reelaborar: “[No] se olvida que el ser humano sólo escarmienta y se vuelve prudente por experiencia propia”[14]. Aprender a vivir, si bien es imposible, no deja de ser necesario.

[1] Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias, 2ª edición. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013.

[2] Jacques DERRIDA, (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel ALARCÓN y Cristina de PERETTI, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[3] Clément, ROSSET, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013

[4] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.20

[5] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.26-27

[6] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.31-32

[7] Francisco Pereña, Soledad, pertenencia y transferencia. España: Síntesis, 2006

[8] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.79

[9] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.95

[10] ROSSET, p.82

[11] Citado por Rosset.

[12] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.148

[13] Sigmund Freud, Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.118

[14] Sigmund Freud, Recordar, Repetir y Reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.155

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