El fármacon de Platón

En nuestra entrada anterior, Devenir filósofo: la escritura como imperativo, revisamos que para Bernard Stiegler la escritura resulta fundamental para la filosofía. Se volvió una premisa decir que sin escritura no hay filosofía. De hecho, lo es si planteamos El nacimiento de la filosofía con la escritura de Platón. Y es en la farmacia de este que damos seguimiento a esta relación entre escritura y filosofía. Entremos entonces en La farmacia de Platón, a través de la lectura y escritura de Jacques Derrida, quien quite y de paso encontremos el fármacon que nos cure de nuestras inquietudes.

     Iniciemos con una cita, Jacques Derrida escribe: “solo una lectura miope o tosca pudo en efecto propagar el rumor de que Platón condenaba simplemente la actividad del escritor”[1]. Esto nos (des)coloca de inicio ante algo inimaginable para nosotros hasta ahora: el desprestigio de la escritura. Esto al grado de que los hombres más libres experimentaban vergüenza por escribir discursos y dejar tras de sí singrammata.[2] Nunca pensamos – debido a nuestra nula lectura de los griegos – que algunos se mostraran dudosos y escépticos sobre los dones de la escritura. Esto debido, tal vez, a que nosotros la pensamos de manera distinta, pues para los griegos sólo se la pensaba como una mera repetición [lo mismo] y no como producción de algo [diferente].

     A la escritura se le desdeña de la siguiente manera, según nos presenta Jacques Derrida siguiendo el diálogo platónico Fedro: la escritura es escenificación, incompatibilidad de lo escrito y de lo verdadero, una actividad deshonrosa, lo que hace salir de sí, lo que arrastra a un camino de éxodo, el desvío, el «veneno», «la droga», el saber muerto y rígido en el libro, repetir sin saber, lo distinto del logos y de la dialéctica, de lo que el Dios rey no tiene necesidad, lo que haría perder al logos tanto sus pies como su cabeza, aquello que es presentado al rey y cuya sentencia es no prestarle atención, suplemento del habla, el signo sin aliento, lo que agrava en lugar de remediar, un poder oculto y sospechoso, veneno que se hace pasar por remedio, lo que nos hace más olvidadizos, lo que reduce el saber, consolidación de la hipomnesis y no de la mneme, lo exterior, lo falso, lo que no es de aquí, lo nefasto, lo que vuelve «olvidadizas a las almas», lo inanimado, “la rigidez cadavérica del signo escrito”, una cuestión de muerte, consolidación para el alma débil, el hijo miserable, entre otras desairosas definiciones.

     Por el contrario, la escritura es estimada, en el mismo texto, de la siguiente manera: aquello que Zeuz presenta a Zamus y resulta en un conocimiento que tendría como efecto hacer a los egipcios más instruidos y más capaces de acordarse: la memoria, así como la instrucción han hallado su remedio (fármacon).[3]

     A diferencia de la oposición anterior entre menosprecio y valor de la escritura, Jacques Derrida hará otra lectura a partir de lo siguiente. Zeuz presenta a la escritura como el remedio (fármacon) para la memoria y la instrucción, y es a partir de este «remedio» que lee y descubre cómo “la palabra fármacon está cogida en él [el texto de Platón] en una cadena de significaciones […] Se establecen comunicaciones reguladas, gracias al juego de la lengua, entre diversas funciones de la palabra y, en ella, entre diversos sedimentos o diversas regiones de la cultura”.[4] El filósofo argelino señala cómo la ambigüedad y cadena de significaciones del fármacon han sido destruidas violentamente, reduciéndolas a uno de sus elementos simples, esto debido a las traducciones y traductores que han tenido que atenerse a una sola palabra francesa –para el caso de la traducción al francés.[5] Así, la escritura como fármacon puede ser leída y entendida como remedio o cura y, a la vez, veneno, por ejemplo.

La diseminación de Jacques Derrida donde se incluye La farmacia de Platón (fármacon)
La diseminación de Jacques Derrida donde se incluye La farmacia de Platón

     Leyendo la escritura como fármacon, en esa cadena de significaciones, se puede pensarla de otra manera: un enigma en tanto no puede definirse con precisión su efecto [si es remedio, cura, veneno, u otra cosa]. Recordemos que el fármacon como droga utilizada para fines terapéuticos puede resultar benéfica, inofensiva, dolorosa o perjudicial. Por lo tanto “no basta con decir que la escritura está pensada a partir de tales o tales otras oposiciones puestas en serie […] el fármacon – o la escritura –, lejos de ser dominado por esas oposiciones, inaugura su posibilidad sin dejarse comprender en ellas”.[6] La “estructura de ambigüedad y de reversibilidad del fármacon” permiten – según la lectura y desarrollo de Jacques Derrida – llegar a una serie de propuestas que irían más allá de la simple oposición: “Ahora, entre mneme e hipomnesis, entre la memoria y su suplemento, el límite resulta más que sutil, apenas perceptible. De una y otra parte de ese límite, se trata de repetición”.[7]

     ¡Pero Jacques Derrida da un paso más! Lo dará no en relación con la denostada escritura, sino con el logos. Gracias a esta lectura a partir de lo indeterminado del fármacon, se puede encontrar que “si lo escrito resulta menospreciado, no lo es en tanto que fármacon que viene a corromper la memoria y la verdad. Es porque el logos es un fármacon más eficaz”.[8] ¡Vaya sorpresa! Así, la denostación de la escritura nos aparece ahora como algo supuesto y secundario, si no inventado, pues tal «desprecio», por así decirlo, debería ir entonces hacia el logos mismo. De ahí que, desde una posición más “neutra”, se diga que en realidad la escritura no afecta la intimidad ni la memoria, sino que estas “afectaciones” ya están presentes en su propia estructura [del logos].

     Todo este juego que no parece detenerse apunta a una posible definición del fármacon: “La «esencia» del fármacon es que, no teniendo esencia estable, ni carácter «propio», no es, en ningún sentido de esa palabra (metafísico, físico, químico, alquímico) una sustancia […] el fármacon es el movimiento, el lugar y el juego (la producción de) la diferencia. Es la diferenzia de la diferencia”.[9]

     En relación con la repetición, el fármacon reconciliará mneme e hipomnesis, es decir, suavizará la oposición entre logos y escritura. La escritura solo es un medio e interviene para rememorar aquello de lo que el sujeto ya dispone: escribir lo que ya se sabe. Mneme e hipomnesis son dos formas y dos momentos de repetición, un saber como memoria y un no-saber como rememoración; por tanto, la oposición es sutil.[10] Estas dos repeticiones “no se puede «separarlas» a una de otra, pensarlas por separado, «etiquetarlas», que no es posible en la farmacia el distinguir el remedio del veneno, el bien del mal, lo verdadero de lo falso […] El fármacon es el mismo precisamente porque no tiene identidad. Y el mismo (es) como suplemento. O como diferenzia. Como escritura.”[11]

     Esta visita exprés por La farmacia de Platón fue sólo para intentar dilucidar para nosotros mismos lo que ofrece, o, mejor dicho, qué es ese fármacon que promete. Una puntualización breve e importantísima surgida de nuestra primera lectura, que nos ayuda a seguir pensando la escritura. Quién sabe qué nos traería una segunda, tercera o cuarta lectura, pues no es desconocida la extrañeza y dureza con que se nos aparecen los escritos o textos de un autor por primera vez. Finalmente, ya lo dice Jacques Derrida al inicio de la farmacia, que el texto nunca entrega la ley de su composición ni la regla de su juego a la primera mirada, menos aún, a un ciego, aunque sabemos que “el ocultamiento del texto” irá develándose, desentrañándose, des-extrañándose poco a poco.

A modo de conclusión por ahora

En el texto de Bernard Stiegler la escritura es el acto fundamental, sin embargo, recordemos que eso vino después de que eso otro hablara en él, su yo-otro. Así, sólo en apariencia el imperativo de la escritura aparece aislado, independiente. Qué iba a escribir si no esa voz que hablaba en él. Como si no fuese posible la escritura sin ese momento previo en que empezó a escuchar esa voz. La voz de su yo-otro y la escritura son, por lo tanto, contiguos. Para Platón fue la voz de Sócrates la que fue escriturando. En el caso de La farmacia de Platón de Jacques Derrida encontramos una relación más explícita, pues la cadena de significaciones e indeterminaciones del fármacon está en la estructura misma del logos y por lo tanto de la escritura. El fármacon no tiene identidad ni se puede etiquetar, el veneno y el remedio son indistinguibles en la farmacia. En síntesis, en la voz y en la palabra [hablada] ya está la indeterminación y ambigüedad como fármacon y no en la escritura. En relación con nuestras inquietudes, seguimos buscando algún remedio, a riesgo de seguir encontrando fármacon.

[1] Jacques Derrida, La diseminación, trad. de José María Arancibia, 3ª ed. España: Espiral, 2007, p.97.

[2] Derrida, 99.

[3] Derrida, 111.

[4] Derrida, 140-141.

[5] Derrida, 146-147.

[6] Derrida, 154.

[7] Derrida, 166.

[8] Derrida, 172-173.

[9] Derrida, 189, 191.

[10] Derrida, 204.

[11] Derrida, 257.

Bibliografía

Derrida, Jacques, La diseminación, trad. de José María Arancibia, 3ª ed. España: Espiral, 2007.

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