Escritor, minero y dinamita

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Escritor, minero y dinamita. Si el escritor es un minero de sí mismo, entonces el túnel que va construyendo es un descenso hacia su interior. Es minero y túnel al mismo tiempo, sujeto y objeto de la acción. ¿Qué acción? La de explotarse y explorarse — por cierto, ¿no son los mineros los principales usuarios de la dinamita? Y si aquí el sujeto y la acción se confunden, junto con los instrumentos que intermedian dicha actividad, podríamos decir que el escritor no sólo es minero y túnel, también es dinamita —. ¿Dónde vive Zaratustra? En las montañas. Así solíamos responder. La caverna de Zaratustra sólo nos aparecía al inicio del Prólogo cuando se dirige al gran astro — «Durante diez años te elevaste hasta mi caverna» — y no tiene mayor relevancia hasta la cuarta parte — que por cierto no formaba parte del diseño inicial de la obra — en la que Zaratustra invita a visitarla a todos los «hombres superiores» con los que se encuentra en el camino. Zaratustra se sabe minero de sí mismo, escritor de su historia, extractor de sus secretos, de sus tesoros. No es casual que los valores sean uno de los temas predilectos de su enseñanza. Asciende a las montañas más altas para descender a lo más profundo de sí — «Por eso debo ascender hasta lo profundo» —, asciende para alejarse de los hombres y para aprender a amarse a sí mismo. Asciende hacia lo profundo en busca de los materiales más preciosos y raros — existentes humanos excepcionales — para ofrecerlos a los hombres. El escritor encuentra los tesoros más valiosos en su «caverna» — «La memoria es el componente esencial de la creación literaria» —. Por eso Zaratustra enseñaba lo siguiente en su discurso Del espíritu de la pesadez: «Lo propio es lo que mejor guarda uno; y el propio tesoro es siempre, de todos los tesoros, el que se desentierra en último lugar, — así actúa el espíritu de la pesadez». La gran decepción de Zaratustra ocurre cuando regresa a su cueva y se da cuenta de que sus invitados no son capaces de desenterrar sus propios tesoros: sus invitados no son mineros de sí mismos sino adoradores de ídolos que no han matado al idólatra que hay en ellos. Seguramente alguna vez hemos escuchado decir que la dinamita no explota en manos de tontos. ¿Quieres desenterrar un gran tesoro? ¿Quieres explotar? Escribe, pero recuerda Del leer y escribir que «de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre».

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Para una presentación de estos fragmentos, ver nuestra entrada Pre-textos a Zaratustra o dar click aquí.

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