Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (II)

«Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura, en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto»

– Friedrich Nietzsche

No dejarse morir y aprender a vivir es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura[1], menciona: “I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity.” En contra del riesgo y la aventura estúpidas, declara: “The real art of climbing is to come home safely”. Y en relación con aprender uno mismo, dice: “I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone”. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, abrazarse a la viday a la soledad: en estos sentidos no vemos diferencia entre el gran pensador que amó la lengua francesa tanto como la vida y el gran alpinista, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos, acaso, considerarlos “ejemplos”. Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron.

Lionel Terray, un conquistador de lo inútil
Lionel Terray (n.1921-m.1965)

     En el aforismo 259 de El caminante y su sombra[2] queda muy claro que seguir a alguien, tan cerca o tan pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de ideal para estos sujetos. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por su inteligencia. Consentirle en todo le haría cuestionarse en qué ha “fallado” al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo, lo cual sin duda él nos reconocería. Sin embargo, descartada la creación ex nihilo, y por contradictorio que parezca, la conformidad nos llevaría a elaborar nuestro propio pensamiento. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser Vladimir y Estragon, juntos hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

     El viajero también nos habla sobre sus “instrucciones” o secretos para vivir. Esta vez siguiendo el final del aforismo 265, nos dice que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida, aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello, aún con eso, “estaremos muy lejos aún de dominar el arte de vivir, aunque, por lo menos, seremos dueños de nuestro propio taller”.  De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, su guía, su camino, su voluntad y, sobre todo, su saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, como sabemos que hay que hacer para poder encontrarnos. Seguir al caminante tan cerca, ser su sombra es negarse esa aventura de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida con los propios recursos. En otras palabras, eso de aprender o enseñar a vivir, como lo dijimos más arriba, es una experiencia de lo imposible, pero a la vez una sabiduría necesaria. Remata el caminante: “Para llegar a ser sabio, hay que […] arrojarse en la boca de los acontecimientos”.

     De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado “razonablemente”, ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos. De haber seguido las instrucciones de otros para vivir, ni siquiera tendríamos noticia de ellos. Pareciera que llega un momento en la vida donde el pensar, de alguna manera, impide vivir, es un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones del cuerpo y del deseo.

     Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, salvo aquellos que tengan que ver con Godot, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un paliativo para el malestar de la vida. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ‘ídolo’, un padre, un Godot. Ellos no lo buscaron así.[3] En tanto no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido, en el desamparo y la soledad, para intentar descifrar esa incógnita y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo, queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo construya. Y para esto habrá que transitar por ahí, por el riesgo. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

     Un colega nos comentó hace algunos meses que aquellos que realizan prácticas de riesgo – ya que algunos ni siquiera los consideran deportes – como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de sublimación de un impulso suicida. O buscan la fama. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando inconscientemente morir. Al escuchar su comentario sentimos cierta censura sobre aquellos personajes que mencionamos más arriba. Desde esta opinión, se arriesgan demasiado, buscan la muerte. Según este compañero, el riesgo debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo y a veces por nada, pareciese algo “incorrecto” ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad de sus posibilidades. Amar, conservar y vivir la vida, aunque para eso se tenga que morir.

     Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, que otros han dicho, y muchos han repetido. Incluso son los “ánimos” que cualquiera puede dar y encontrar cotidianamente. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo han señalado así, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de ánimo o de motivación comunes, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestros pensamientos. De esa simplicidad ingenua y pueril hemos querido distanciarnos: “La montaña es una metáfora de la vida”. Bueno, por más que lo sepan, las montañas de sus vidas parecen meras colinas.

     Quizá no sea lo que decimos o concluimos, sino cómo lo decimos y cómo llegamos a ello, cuál fue el camino recorrido. Prácticamente cualquiera que cuente con el tiempo y los recursos necesarios puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura que los lleve. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es conquistar la cima, no vemos mayores problemas. Pero si se trata del cómo, aquí viene lo interesante. Reinhold Messner, junto con Peter Habeler, fueron los primeros en ascenderlo sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la “zona de la muerte”, alturas donde el aire es sumamente delgado y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días – los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes – con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que al final es lo mismo: que lo importante era llegar a la cima. No podría más que causarnos risa.

     No, no confundamos la meta con el camino. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, todos moriremos, aunque la mayor parte del tiempo no lo asumamos. Pero sólo algunos, como nuestros personajes, hicieron de su vida una obra de arte. No, no confundamos el final de las vidas con su recorrido. Existe un final común, y algunas vidas se quedan en ello. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llega la muerte. O hacer del desciframiento el camino mismo. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida. La muerte ya está “ganada”.

     Iniciamos este ensayo con el “nihilista” así que terminémoslo igualmente con él citando otro de sus aforismos: “Por la perspectiva cierta de la muerte, podría echarse en la vida una gota deliciosa y perfumada; pero vosotros, extravagantes farmacéuticos del alma, habéis convertido esa gota en un veneno infecto, que hace repugnante la vida entera”. La muerte no es una enfermedad de la vida, como pretenden muchos, es su motor. Queriendo curar la vida, esos “farmacéuticos de la salud” no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, de que llegue Godot o algún sucedáneo. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que le consume cuerpo y tiempo. Dicen que “valdrá la pena la espera” porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida un poquito.

Notas:

[1] Green, G. (2016). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Recuperado el 11 de julio de 2017, a partir de https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[2] Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. Madrid: Edimat.

[3] Salvo, tal vez, Friedrich Nietzsche en Ecce Hommo.

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Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (I)

«Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.”

«Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.”

– Friedrich Nietzsche 

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, aunque ya sabíamos de la imagen inconfundible de su autor y de al menos de uno de sus conceptos fundamentales: el nihilismo. Encontramos en ellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad. Un espíritu que revivía en cada batalla y hacía de ella la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él. Nos sorprendió este pensador cuya escritura reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento cercanos a lo que pensamos como el posible resultado de un psicoanálisis. Sentimos cómo se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin ninguna garantía metafísica, ni con la ayuda de dioses; hacerlo sin ninguna exaltación de los vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de “ejemplos de vida”. Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que eso significase dejarse morir, arriesgarse a lo estúpido o dejarse consumir en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue políticamente incorrecto, atentó contra las buenas conciencias, y sus “delirios filosóficos” fueron producto de su “locura”. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento – metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos – fue imposible de detener, hasta la fecha.

Reinhold Messner ha sido un prolífico escritor de literatura de montaña y aventuras
Reinhold Messner (n.1944)

     Ese espíritu indomable que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos, lo encontramos en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner, principalmente en My life at the limit,[1] donde define su actuar de la siguiente manera: “I do things with a passion or not at all.” En relación con el tiempo, toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo pasarlo lo más rápido posible o, que por el contrario, les parece eterno: “Killing time gives me the horrors.” Sin duda, el músico nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano el vigor y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que hasta nuestros días creemos sigue vigente. Nos negamos a aceptar que los únicos anhelos del hombre contemporáneo sean la explotación y la destrucción de los recursos naturales y humanos, sin mayor cuidado y visión por el futuro. ¿Qué hay de vital en ello? La pasión por las cosas “inútiles” parece debilitarse. No han sido pocas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro en 2010 debido a su pasión: la práctica de algo que se considera inútil por muchos, el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. “It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist”.

     Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue bastante consciente del carácter inútil que puede tener el montañismo de altura para ciertas personas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en la vida. Modelos prefabricados con los que hay que cumplir. Fórmulas del éxito. “¡Tal o cual cosa es vivir! ¡No eso de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!” Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil.[2] ¡Y nos llevamos grandes sorpresas en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigo, Gaston Rébuffat, ¡quien a su vez citaba a Friedrich Nietzsche como fuente de inspiración en los momentos más álgidos de sus aventuras! Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento de la formación académica que entonces llevaban en sus escuelas. O tal vez fue la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[3] la que le llevó a encontrarse con el loco de Turín.

     Un punto de encuentro si consideramos lo siguiente: el estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat – que acabó creando un estilo que lleva su nombre – coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos gustan en llamar asumir la responsabilidad por el propio deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV. Nunca desistieron de aquello que anhelaban. Eligieron no contemplar el paso de otros que asumían el riesgo. Decidieron no esperar a que sus inquietudes, “que no llevarían a nada”, se desvanecieran.

     Nuestros personajes jugaron y apostaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña o en la enfermedad: entre más cerca de la muerte, más cerca de la vida. El guía de montaña italiano escribe: “It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible”. O “the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk”. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, personas con suerte, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestra vida. Si se toman aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, desde nuestra más profunda intimidad. Si existe quien aún esté dispuesto al acto de decidirse así, más allá de lo posible. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se teme. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir.[4] Supuestamente vivimos desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.[5] Vivos, pero sin vida.

      Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importantísima de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos hecha clara nuestra admiración por ellos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo de cómo vivir. Aunque sus hazañas no dejan de maravillarnos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. No representan un camino, pues tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles – que ahora ya plantean sean veinte – o conquistando las siete cumbres. Seguir su ejemplo sería vivir, vivir de verdad, por fin. Sería una imposición: hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón. Pero dudamos bastante de que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las “mejores” condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, en su última entrevista, reconoció que no lo había conseguido: aprender [y enseñar] a vivir es imposible, “nada es, sin embargo, más necesario que esta sabiduría”. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

     Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar a alguien, motivar, corregir el comportamiento, normalizar la vida y el pensamiento, orientar, dirigir, curar, educar la sexualidad, es-coger bien y mejor, llevar una vida más satisfactoria y demás posturas que exigen el sometimiento del sujeto a una autoridad, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[6] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar nuestras ideas.

       El psicoanalista francés critica duramente cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo – como muchas otras cosas – que pueden ser controlados y dirigidos a placer. Valdría preguntarles por los resultados de tal tentativa para poner un poco distancia ante tanta presunción: la educación (emocional o de cualquier tipo) es la solución para los males del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud. Algo se revela en el ser humano que le impide ser “educado” completamente. La clásica trilogía de las utopías, o distopías, de Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451, nos lo recuerda magistralmente: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

     Reeducar plantea un supuesto anterior en el que se había educado de manera acertada y, por uno u otro factor, ya no continuó así: el “alumno” no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El analista sería un talachero de las emociones: él sí sabe cómo hacerlo manejarlas, es un maestro, para eso estudió. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, del enseñar a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo. Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos “analistas”, transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe es imposible, como su práctica.

      Enseñar es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Es decir, esta violencia, a veces inevitable, no es sin la participación del que se coloca como “aprendiz”. Reflexiones que abren la obra de otro crítico de la “pedagogía”.[7] Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. “Tú no sabes, déjanos ayudarte”. “Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía”. Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección en la vida. Acaso es dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque en las alturas, los sentimos muy cercanos. Algo profundamente humano se alcanza a develar en esas vidas y que no tienen que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con la violencia sobre la vida de otros.

     A propósito de la frase Aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos, por paradójico y contradictorio que esto suene. Jacques Derrida en su última entrevista, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: “No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte”[8]. No dejó de señalar además su “gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la aporía”. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su método, la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni explicaciones, ahí están Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

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Notas:

[1] Messner, R. (2014). My Life at the Limit. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[2] Terray, L. (2008). Conquistadors of the Useless. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[3] Premio con el que fue galardonado Gaston Rébuffat en 1984.

[4] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo. México: Paradiso.

[5] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (5a ed.). Madrid: Trotta.

[6] Lacan, J. (2009) Escritos 2. México. Siglo XXI.

[7] Rancière, J. (2007) El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Argentina: Libros del Zorzal.

[8] Derrida, J. (2004). Entrevista a Jacques Derrida: “Estoy en guerra contra mí mismo” [Le Monde]

Democracias totalitarias: una lectura de V de Venganza

 

“Me atrevo a hacer todo lo que sea digno de un hombre,

quien a más no se atreve, no lo es”.

– Macbeth

 

Estados democráticos-totalitarios. Esa idea de una democracia totalitaria ha estado acechando nuestra cabeza por días. Hacia el final del seminario y en estos días en que tenemos que asentar estas ideas, no podíamos pensar en otra cosa que no fuese lo que ya se sabe, pero no se dice: que la democracia, la soberanía, la libertad, la justicia y la paz, entre otros ideales, si bien son inalcanzables, pero se luchaba por ellos, actualmente nos parecen trapos viejos y desgastados que a nadie importan. O, puede que importen siempre y cuando sirvan al discurso de quienes están en el lugar del poder, esos sujetos sedientos de riqueza y obscenamente cínicos y estúpidos. Pero ¿nosotros seríamos diferentes de estar en ese lugar? ¿Seríamos tan santos, buenos, inteligentes y justos como nos pensamos si estuviésemos en esos lugares? Si hacemos caso de la consigna de Jacques Lacan ahí donde pienso, no soy; ahí donde soy, no pienso, o aquella otra que reza más o menos hombre soy y nada humano me es ajeno, cuya autoría no está definida del todo, entonces, tal vez, seríamos un poco más cuidadosos antes de emitir nuestras opiniones sobre aquellos por los que nos hemos dejado gobernar. Claro, esto no los justifica ni exime de sus porquerías. Ni a nosotros de nuestros miedos e indiferencia, también complicidad. Para extendernos sólo un poco en estas y otras ideas, nos serviremos de una de nuestras películas favoritas: V de Venganza.

V se presenta ante Evey
V se presenta ante Evey

     Empecemos por considerar la cuestión que alguna vez se rozó en clase. Un comentario breve, pero de profundas implicaciones. Un asunto que además nosotros habíamos tenido en cuenta desde nuestra lectura de otro trabajo de Jacques Derrida [El otro cabo], donde menciona el peligro – pero a la vez la responsabilidad – de que Europa sea la cabeza del mundo. Nos referimos a cómo lo Uno como único es aquello que se quiere imponer para reinar, hegemonizar y al mismo tiempo homogenizar. Es el único Dios, la única religión, la verdadera. A diferencia de lo Uno, está lo múltiple, los dioses, la diversidad, la multiplicidad, las opciones. Así, no es raro que en la visión de este director sea un partido político y de ultraderecha el que se ha hecho con el lugar del poder para ejercerlo de cierta manera. Se nos muestra ya desde la primera escena donde “La voz de Londres” juzga que la caída y decadencia de Estados Unidos, que lo tenía todo, ha sido por estar Sin-Dios, por su falta de Fe. O acaso creen que él no está allá arriba vigilándonos y juzgándonos, se pregunta el presentador: sí, juzgando a los musulmanes, a los homosexuales, a los terroristas y a los inmigrantes. Desde esta perspectiva, se podría tratar – reduciéndolo llanamente – de una guerra de religiones en la que no hay espacio para más de un Dios.

     No queremos colocar demasiadas esperanzas en la multiplicidad de dioses o religiones, mucho menos en promover un discurso de la tolerancia que nos parece aberrante. No queremos ser tolerados. Acaso querríamos que nuestras diferencias y elecciones fuesen asumidas y respetadas, no sólo aguantadas o soportadas. Sin demasiadas esperanzas en la multiplicidad, pero sí con una que otra, por ejemplo, resolvería de alguna manera, en cierto grado, tal vez, la cuestión en Jerusalén. Pero quién podría garantizarlo si vemos que los discursos que promueven la multiplicidad, la diversidad, la heterogeneidad, generan fuertes reacciones. Siempre la dificultad de un punto medio, equilibrado.

     También en las primeras escenas veremos cómo en los hogares de Londres – y eso incluye un asilo, o, mejor dicho, políticamente correcto dicho, una casa para personas de la tercera edad – se coloca una foto del alto canciller Adam Sutler en el centro de la sala principal. Ocupando el lugar de dios, de padre, de líder supremo, de guía, del gran Otro, etc., a la más semejante ultranza de los líderes soviéticos de aquellos años de la URSS o norcoreanos de hoy en día. El Uno, incuestionable e inamovible, el no castrado, el no atravesado por la Ley. Figura del soberano, el lugar del Rey, el representante de Dios que deviene Dios. De dónde le vino ese poder si no de quienes lo colocaron y sostienen ahí. Ya colocado ahí, de dónde le viene su fuerza si no de la repetición y demostración del poder. Cuestión sumamente complicada de “resolver” en tanto, si lo consideramos desde el psicoanálisis, el lugar del Otro no castrado será una añoranza a la que pocos querrán renunciar, esperanzados hasta el final de sus días en que existe el Otro completo, si no en esta vida, en otra, la siguiente, supuestamente. Esto incluye la cuestión del Ideal, a la vez tan necesario para unificar, pero tan útil también para enemistar. Anhelos de libertad, pero a la vez de sometimiento. Este último en tanto representaría el sometimiento a la Ley, representada en el padre, que garantizaría su amor y protección.

     El Gobierno inventa y modifica las noticias para mantener cierto control sobre los gobernados [sometidos voluntariamente o la servidumbre voluntaria]: guerras, virus, enfermedades, ataques terroristas, sequías, etc. son los recursos inmediatos cuando se pone en duda el poder y el saber-hacer del gobierno. El encargado de medios de comunicación dirá en un momento: “El gobierno fabrica las noticias, nosotros sólo las transmitimos”. El gobierno y su reinado son una mera fabricación también, donde el soberano no pasa de ser un mero mortal como cualquier otro, pero con poder. Dejemos esto para después. En otro momento, cuando el “terrorista” destruye un edificio, los medios transmitirán la mentira del gobierno: fue algo planificado, pero no quisimos avisarles. Sabíamos que iba a pasar. Nada se le escapa, y si lo hace, se verá la manera de reintegrarlo rápidamente al discurso.

     Otro punto, pensemos en los señaladores. Sobre todo, observemos cómo se les representa en el filme: tipos con apariencia demasiada extraña, raros, incluso estúpidos, nos atrevemos a decir que algo perversos, y hasta con cierto retraso, con ansias de ejercer su poder, pero con una visión muy limitada del mismo pues se darían por satisfechos con poder abusar de una mujer que no ha acatado el toque de queda. A pesar de lo extraño que nos parecen esos tipos, no nos resulta nada desconocida la situación que quieren presentarnos. Una visión perturbadora de cómo el derecho, la ley y la justicia funcionan. En una visión más general, de cómo funciona un sistema, donde quienes toman las decisiones más importantes que incumben a todos parecen padecer una especie de fractura mental. Nos referimos a aquellos que tienen a su cargo una institución, un departamento, una fiscalía, una procuraduría, un estado, un municipio, una junta vecinal, un asilo, un psiquiátrico, una casa infantil, un país, y que no son nada diferentes en su actuar al de estos señaladores.

     No puede hablarse ni pensarse en la venganza si de por medio no hay algo, poco o mucho, en relación con la justicia. Y esta, según V, se ha tomado unas vacaciones en ese país, y al parecer también en el mundo, y en su lugar ha quedado un impostor. Pero en qué sentido es un impostor, es algo que no aclara, pero limitándonos al contexto es un impostor de la justicia, un no digno representante de ella. Y aunque esta es una cuestión bastante difícil, la de la justicia y su impartición, y también su partición, el impostor, más que ningún otro, estaría cerrado a su posibilidad, a su devenir [de la justicia]. Él es la justicia, ya acabada, acaparada en todo sentido. Si existe alguna posibilidad para ella, es a través de él, o, mejor dicho, desde él y con sus medios: “Hicimos lo que teníamos que hacer. Hicimos lo que debíamos hacer. Hicimos todo lo necesario. Hicimos lo que pudimos bajo las circunstancias de aquel entonces”. Eso es lo justo, o la justa medida. En otras palabras, sin miramientos por nada ni nadie salvo sus intereses. Esto convierte a V en un justiciero, en un vigilante, en un forajido, en un outlaw, por fuera de la ley. O, también se puede pensar como alguien que busca poder abrir o crear el espacio – literalmente, volar un par de monumentos para construir algo nuevo – para otra ley y justicia. Cuando asesina a La voz de Londres – título nada inocente, ella habla por Londres y sólo ella – bien señala V: no hay tribunales para hombres como el comandante Prothero.

V a punto de consumar su Venganza

     Cuando leemos a Jacques Derrida hablando sobre la posibilidad de una justicia, nos parece que lo hace desde su lectura psicoanalítica, desde el caso por caso. Es esta la sensación que nos ha dejado desde que leímos Fuerza de Ley. Una oposición entre las posturas universalistas que pretender abarcar y meter a todos los sujetos en una categoría, discurso, ley o derecho, mientras que los hechos demostrarían que tal pretensión se queda sólo en eso, pues la particularidad de los casos y sujetos, bordean los límites y usualmente transgreden esas totalidades. Pero tal visión del sujeto tan singular apenas ha podido tener su lugar dentro de los consultorios de los psicoanalistas. Cómo darle lugar a esa singularidad en lo social, lo público o lo político es algo que no acabamos de resolver, tal vez todavía ni siquiera se ha comenzado a plantear. Quién sabe si se pueda hacer. O tal vez sí, cortando cada vez más finas las rebanadas del pastel, a riesgo de que se vuelvan tan delgadas que acaben por ser transparentes y desaparecer.

     Pero dejémonos de circunloquios y vayamos a lo que nos ha parecido más sustancial en esta lectura que hicimos de V de Venganza después de haber atravesado este seminario. Un terrorista hace explotar el Old Bailey, o el Tribunal Penal Central de Inglaterra y Gales como lo conocemos actualmente, y como reacción ante esto – aparte del invento de noticias que ya mencionamos – el alto canciller dice a sus subordinados que deben encontrarlo y ¡enseñarle y demostrarle lo que es y significa el verdadero terror! El alto canciller se sabe capaz de producir más terror que el mismo terrorista. Eso que se sabe, pero no se dice: el terror del Estado puede, por mucho, superar el terror de los terroristas. Bestia y Soberano se confunden. Y vaya escena la que pone esto en pantalla. En un programa de TV, que ha logrado burlar la censura, al menos durante la transmisión de esos breves minutos, entra en escena un actor personificando al alto canciller Adam Sutler. El anfitrión le pregunta si ha logrado capturar al terrorista y responde que por supuesto, que todo está bajo control, mientras V realiza una serie de travesuras que acaban arrancando la risa del público ante el ridículo que deja al alto canciller. Este, ya molesto, ordena que atrapen al terrorista. Cuando lo hacen y pide que le quiten la máscara, oh sorpresa, ¡el terrorista es el canciller mismo! El terrorista y el canciller son la misma persona: especularidad ideal, sin resto. ¡Terror y Gobierno tienen el mismo rostro! El lobo con ropas de soberano. Canciller y terrorista se confunden, se funden, pero al mismo tiempo se acusan mutuamente: “él es el impostor”. ¿Que si hay alguna diferencia? Tal vez que uno está dentro de la legalidad – aunque sea injusta – y el otro por fuera de ella – aunque apele más a la justicia. Aunque hacia el final de la película, V marcará su distancia con respecto al canciller: ha encontrado un límite, tanto real como generacional, para sus anhelos de venganza.

     Y por supuesto, está presente el arma más poderosa y a la que de inmediato se recurre cuando se duda de si realmente se necesita un gobierno, o al menos ese que está en turno: el miedo. Motivo por el cual los ciudadanos eligieron a su gran canciller, renunciando a su libertad, a cambio de paz juraron obediencia, por un poco de tranquilidad prometieron silencio. El miedo es, junto con toda esta fabulación de hechos, el que creará las condiciones para que el ciudadano voluntariamente renuncie a su libertad. Sin saber, o sabiéndolo, pero desestimando, que el enemigo está en casa: “Qué tal si el peor ataque terrorista biológico cometido en este país no fue llevado a cabo por extremistas religiosos, sino por el gobierno”. Miedo y libertad van de la mano al momento de pensarlas. Evey, la protagonista, tiene miedo, incluso llega a delatar a V. Para que haya libertad no debe haber miedo. Con miedo no hay libertad, y si el miedo es la herramienta más poderosa del gobierno, entonces implícitamente no quiere que haya libertad. Todo se confabuló para generar miedo en la población y no pusiera mayor resistencia: crear un virus para probarlo contra el país mismo. Amigo y enemigo: Políticas de la amistad. Y después ofrecerles la vacuna como prueba de amor.

     Cuando por fin se puede ver en carne y hueso, de cuerpo completo, al alto canciller, y no a través de una enorme pantalla, luce como cualquier otro. ¡Era pura pantalla! Ante la muerte, no queda nada de ese poderoso, inamovible e implacable señor. Al igual que el comandante Prothero, es sólo un hablador ante la pantalla, que una vez frente a V, orina sus pantalones, a diferencia de V e Evey, que se colocan de diferente manera ante la muerte. Hay ahí una relación muy peculiar entre la entre la muerte y el poder. Los primeros la rehúyen, suplican por la vida, los segundos la asumen, mas no quiere decir que la busquen imbécilmente. Pero no entraremos en ello, nos hemos extendido un poco ya.

     Hasta aquí dejaremos nuestra lectura y escritura de V de Venganza. Se han quedado en el tintero muchas otras cuestiones a considerar; hemos tratado de presentar las que nos parecieron más relevantes. Nos hemos quedado con ganas también de incluir en este ensayo temas que podrían bordear el seminario: nuestra relación/postura con/ante la ley subjetiva y sus efectos y relaciones con otras leyes. La lectura y reflexión a la que nos llevó el seminario hacia el final: guiada por la primera sesión de La bestia y el soberano para acabar en Zaratustra. Esto fue un chispazo para releer algunos de sus fragmentos, apoyándonos en La frase de Nietzsche «Dios ha muerto» de Martin Heidegger. Querríamos también incluir nuestra propia experiencia laboral al pasar por instituciones públicas, las lecturas de otras películas y novelas, las noticias que toman lugar estos días, como la de la Ley de seguridad interior, entre otras cosas. Al igual que V, hemos encontrado un límite, para nuestro trabajo.

     Para finalizar. Existe un momento en que Adam Sutler quiere producir más terror y miedo en la población para que esta sepa por qué los necesitan. Lo que ignora, es que para que opere la Ley, lo que “se necesita” es que muera el padre. El asunto-problema parece ser que muchos, algunos con mayores posibilidades que otros, pretenden ocupar su lugar nuevamente y gozar sin límites. ¿Quién no querría hacerlo, por imposible que sea? ¿Quién querría renunciar a ello y ser uno más entre tantos mortales? ¿Quién quiere gozar parcialmente? ¿Quién no quiere probar las delicias del poder? No son representantes de la ley, son la ley. Son el padre. Vivo y coleando. Intocables, no castrados. Al menos eso creen. Nosotros sabemos que no es así, ellos lo ignoran. Igual van a morir. Algunos dirían que es problema de ellos, sí, pero mientras, nos pasan a traer con sus decisiones, estupideces e ignorancia. Y vuelve entonces la pregunta que nos interpela, qué hacer ante eso.