¿Qué es la deconstrucción derridiana?

Definir la deconstrucción no es tarea fácil. Existen alrededor de esta algunos errores: reducirla a un método, crítica, análisis, etc.; abuso en la utilización del término en/desde la filosofía hasta la cocina; malentendidos o confusiones en lo que a sus “objetivos” se refiere; hacerla pasar como sinónimo de “destrucción”; etc. Como veremos, en algunas ocasiones resulta más fácil decir y apuntar lo que no es o lo que no le corresponde. Sin embargo existen algunas guías generales que pueden considerarse “propias” de la deconstrucción y que quizá nos ayuden a comprender esta estrategia de escritura y de pensamiento. A continuación presentamos algunos fragmentos, sin mayor comentario de nuestra parte, en los que Jacques Derrida y otros pensadores intentan clarificar en qué consiste tal estrategia.

En el texto Y mañana, qué…[1] encontramos una definición de la deconstrucción en la primera nota al margen del capítulo Escoger su herencia:

“Utilizado por Jacques Derrida por primera vez en 1967 en De la grammatologie, el término “deconstrucción” está tomado de la arquitectura. Significa deposición o descomposición de una estructura. En su definición derridiana, remite a un trabajo del pensamiento inconsciente (“eso se deconstruye”) y que consiste en deshacer, sin destruirlo jamás, un sistema de pensamiento hegemónico o dominante.

De algún modo, deconstruir es resistir a la tiranía del Uno, del logos, de la metafísica (occidental) en la misma lengua en que se enuncia, con la ayuda del mismo material que se desplaza, que se hace mover con fines de reconstrucciones movibles. La deconstrucción es “lo que ocurre”, aquello de lo que no se sabe si llegará a destino, etcétera. Al mismo tiempo, Jacques Derrida le confiere un uso gramatical: el término designa entonces un trastorno en la construcción de las palabras en la frase. […] En el gran diccionario de Émile Littré puede leerse: “La erudición moderna nos testimonia que en una comarca del inmóvil Oriente, una lengua llegada a su perfección se ha deconstruido y alterado por sí misma por la sola ley del cambio natural del espíritu humano.”

Jacques Derrida (n. 15 de julio de 1930 – m. 9 de octubre de 2004)

Sin embargo, en Carta a un amigo japonés[2], Jacques Derrida escribe que la deconstrucción no se adecua, ni siquiera en francés, a ninguna significación clara y unívoca, por lo que su traducción a otra lengua aumenta las dificultades. La deconstrucción tampoco se adecua ni se limita a un modelo lingüístico-gramatical, semántico o maquínico; es más, estos modelos debieran ser “objeto” o “tema” de un trabajo deconstructivo. Estos modelos han dado origen a numerosos malentendidos sobre la deconstrucción pues en ocasiones se la ha reducido a alguno de ellos. La deconstrucción, continúa Derrida, tiene una apariencia negativa debido a su prefijo des- [que denota negación o inversión del significado del vocablo simple al que se añade]; y sin embargo “puede sugerir, también, más una derivación genealógica que una demolición”.

Para Derrida, la deconstrucción no es un análisis porque el desmontaje de una estructura no llevará al encuentro o descubrimiento del elemento simple o de un origen indescomponible. Incluso el análisis debiera también ser tema de un trabajo deconstructivo. Tampoco es una crítica en sentido general o kantiano ya que “todo el aparato de la crítica trascendental, [es] uno de los «temas» o de los «objetos» esenciales de la desconstrucción”.

Algo similar dirá en relación con el método: la deconstrucción no es un método y tampoco puede ser transformada en uno; mucho menos si se quiere acentuar la significación técnica que implica una metodología. En otras palabras, no es una instrumentalidad metodológica: no es un conjunto de reglas y procedimientos.

La desconstrucción no es siquiera un acto puesto que no corresponde a un sujeto individual o colectivo que la tomaría y la aplicaría a un objeto, un tema, un libro, un texto, etc. Tampoco es una operación pues implicaría que habría en ella algo “pasivo” o algo “paciente”. No es por lo tanto algo que suceda como resultado de “la deliberación, la conciencia o la organización del sujeto, ni siquiera de la modernidad”. La deconstrucción, más bien, tiene lugar; es un acontecimiento. “Ello se desconstruye. El ello no es, aquí, una cosa impersonal que se contrapondría a alguna subjetividad egológica. Está en desconstrucción […] Y en el «se» del «desconstruirse», que no es la reflexividad de un yo o de una conciencia, reside todo el enigma”. Querido amigo, me doy cuenta de que, al intentar aclararle una palabra con vistas a ayudar a su traducción, no hago más que multiplicar con ello las dificultades: la imposible «tarea del traductor» (Benjamin), esto es lo que quiere decir asimismo «desconstrucción»”; la deconstrucción es lo más cercano a un idioma o una firma.

Para la deconstrucción “todos los predicados, todos los conceptos definitorios, todas las significaciones relativas al léxico e, incluso, todas las articulaciones sintácticas que, por un momento, parecen prestarse a esa definición y a esa traducción son asimismo desconstruidos o desconstruibles, directamente o no, etc. Y esto vale para la palabra, para la unidad misma de la palabra desconstrucción, como para toda palabra. De la gramatología pone en cuestión la unidad «palabra» y todos los privilegios que, en general, se le reconocen, sobre todo bajo la forma nominal.” Finalmente, ya que la palabra misma es deconstruible, entonces puede ser “reemplazable dentro de una cadena de sustituciones”. Y esto también aplica, como es el caso, para las traducciones.

Portada del texto en francés De la gramatología de Jacques Derrida
De la gramatología (1967) de Jacques Derrida

Los autores del texto Jacques Derrida[3] denuncian el (ab)uso, bien o mal intencionado, del término deconstrucción como un mero sinónimo de “destrucción” (operación nihilista) o como antónimo de “construcción” (operación negativa), que se le da en la filosofía y llega hasta el cine y la cocina, y, asociado en algunas ocasiones, lamentablemente, con el posmodernismo. A pesar de las dificultades para otorgar el título de deconstruccionista, es claro que “no todo vale”: “todo estriba en una sutil diferencia de tono, de acento y de estilo […] proceder con toda minuciosidad, de prestar atención a las diferencias, por nimias que puedan parecer, o de poner en entredicho cualquier posible prejuicio que esté funcionando en un texto o en las lecturas del mismo. Por eso, la deconstrucción requiere, en todo caso, como diría Nietzsche, no sólo «saber manejar bien el arco y la flecha», sino, además, dominar «el arte de oír» así como el de «rumiar». No es un análisis, ni una crítica, ni un método; la deconstrucción hereda y asume la tradición filosófica occidental, y ya que «la herencia jamás es algo dado, [sino que] es una tarea», la reproduce transformándola y reelaborándola activamente.

La deconstrucción consiste en tomarse todo el tiempo, sin precipitarse, para releer los textos que  conforman la tradición filosófica occidental, de reescribir sobre y respecto de ellos, sin dejarlos intactos, “escrutando entre líneas, en los márgenes, escudriñando las fisuras, los deslizamientos, los desplazamientos, no con vistas a arruinar sus códigos sino a producir, de forma activa y transformadora, la estructura significante del texto: no su verdad o su sentido, sino su fondo de ilegibilidad y, a la vez, ese exceso, ese suplemento de escritura y de lectura que, interrogando la economía del texto, descubriendo su modo de funcionamiento y de organización, poniendo en marcha sus efectos, abre la lectura en lugar de cerrarla y de protegerla, disloca toda propiedad y expone el texto a la indecidibilidad de su lógica doble, plural. De ahí, la relevancia que tiene la práctica de la estrategia [el destacado es nuestro] para la deconstrucción, la cual, no siendo —como ya señalamos antes— un método, sin embargo «no excluye una cierta andadura que es preciso seguir». Y aunque se hable, por comodidad, de “la” deconstrucción, sería más preciso hablar de deconstrucciones: pluralidad que no permite una “monótona y programada repetición metodológica, procedimental”, sino que más bien “traduce el acontecimiento inédito e irrepetible de deconstrucción que cada vez tiene lugar en cada texto.”

En Jacques Derrida: texto y deconstrucción,[4] la referencia a la deconstrucción se plantea nuevamente como una estrategia, y esta no es meramente una cuestión preliminar. Derrida define a veces su tarea deconstructiva como un “rechazo violento de los valores metafísicos, de todo lo que la filosofía ha querido-decir hasta ahora y que ha provocado la marginación de la escritura”. En otras palabras “la de-sidementación… de todas las significaciones que tienen su fuente en la del logos”, es decir “desedimentación del valor de presencia, de origen, de verdad; de la autoridad del sentido, de la voz, de la conciencia; de la concepción lineal del tiempo.” Esta labor permite “desmontar por completo el esquema tradicional de la cultura occidental y descubrir que, en todas las grandes creaciones de dicha cultura, existen siempre unas opciones implícitas y previas disimuladas detrás de los sistemas de pensamiento o de los juicios de valor que se pretenden más coherentes”.

“Hablar de estrategia implica hablar de prudencia y de minuciosidad, pero también de destreza y de eficacia”. La estrategia derridiana exige que la labor de la deconstrucción no tenga fin, pues no podría descansar en un hecho consumado. La deconstrucción no implica la destrucción de las oposiciones jerarquizadas de la metafísica ya que eso daría lugar a un simple monismo ahora en el lugar del dualismo inicial. La inversión de las jerarquías (“fase de inversión“) no es para otorgar ahora la jerarquía y primacía al término devaluado antes de dicho movimiento, ya que eso sólo reproduciría el esquema “metafísico dualista”. Lo que la labor deconstructiva y la estrategia derridiana exigen es “transformar la estructura misma de lo jerárquico”. Y sólo en ese sentido, según la autora del texto, podría hablarse de una estrategia general de la deconstrucción.

Por otro lado, Carmen González Marín escribe la Presentación de Márgenes de la filosofía[5], de la cual tomamos las ideas siguientes en relación con la “definición” y el “método” de la deconstrucción derridiana.

La deconstrucción se resiste a una definición definitiva y no constituye un método, a pesar de su uso equívoco en muchas ocasiones. La lectura deconstructiva trata de dar con el desliz textual en el que se manifiesta que el significado del texto no es justamente el que se está proponiendo, sino otro acaso contradictorio. La deconstrucción busca la aporía: puntos oscuros o momentos de autocontradicción donde un texto traiciona involuntariamente la tensión entre la retórica y la lógica, entre lo que quiere decir manifiestamente y lo que no obstante está obligado a significar. Se pone de manifiesto que el significado de un texto no está en función de unos sentidos preestablecidos para cada término y unas reglas sintácticas con cuya ayuda se construyen enunciados.

Para llevar a cabo una lectura deconstruccionista se debe atender a las zonas marginales del texto, las notas a pie de página, los trabajos poco relevantes, los lugares, en suma, en que la vigilancia de quien escribe es menor. El interés por la marginalidad es una señal de la indecidibilidad acerca del espacio donde hallar la verdad, o el sentido, y no un deseo filológico de rastrear en lo desapercibido meramente. No se trata de convertir lo marginal en lo central, sino poner de manifiesto que lo central y lo marginal se manifiestan en un único territorio: el de la textualidad.

La estrategia deconstruccionista hace patente que la escritura está afectada de esas eventualidades indeseables: ambigüedades, metáforas, etc. Derrida arriesga una hipótesis: esos deslices textuales no son meramente una característica desgraciada de la escritura como representación del habla, sino la esencia misma del lenguaje como tal. El valor de verdad de un enunciado no está garantizado por la ligadura de éste y un sujeto emisor; como en la escritura, el emisor y su mensaje están siempre necesariamente distanciados por la propia esencia del lenguaje.

El mito idealista de la presencia del significado en la mente del hablante ha sido tradicionalmente el soporte de toda una serie de oposiciones valorativas. El objetivo primordial de la deconstrucción es desmontarlas, y no para sustituirlas por otras, su hallazgo es el funcionamiento real del lenguaje.

González Marín también entrevistó a Derrida, tomamos los siguientes comentarios de Jacques Derrida: Leer lo ilegible.[6]

Según Derrida lo que hoy se denomina deconstrucción es algo que ya estaba operando desde hace mucho tiempo en la filosofía o la cultura occidental bajo otras denominaciones. Y una vez que la deconstrucción “comienza a operar ya no es posible seguir concibiendo la actividad filosófica como la búsqueda de la certeza, sino más bien como una estrategia de lectura-escritura, que tiene lugar no sobre un conjunto de problemas sino sobre textos” […] “La deconstrucción no es tan solo un discurso, o una mera crítica, un comentario, un metalenguaje sobre un objeto literario; existe una escritura deconstructiva, y si el que la practica tiene en efecto cierta relación con la lengua y la ficción, lo que produce, en el mejor de los casos, no es ajeno a la literatura. En el mejor de los casos es posible una escritura deconstructiva y literaria. Pero esto no quiere decir que baste con manipular ciertas recetas deconstruccionistas para hacer, primero, deconstrucción y, luego, literatura.”

En relación con el “método” encontramos ideas que confirman lo que ya hemos expuesto anteriormente: “la deconstrucción no puede dar lugar a lo que se denomina un método, un corpus de reglas y de técnicas que se puedan deducir según operaciones aplicables mecánicamente”; o como lo habíamos dicho anteriormente, no puede decirse que sea un método, mucho menos si la importancia reside en su técnica.

Llegados a este punto, podría pensarse que cualquier escritura, lectura y experiencia podrían ser deconstructivas. Afortunadamente, encontramos una advertencia por parte de Derrida: “Esto no quiere decir que la deconstrucción sea simplemente una especie de empirismo fiado a la subjetividad de cada uno. Existen reglas, hay reglas generales que yo he tratado de enunciar, de las cuales algunas se toman para crear procedimientos; pero son reglas que, en primer lugar, no se pueden reunir en un sistema. No hay un sistema de reglas. Estas reglas ordenan respetar lo otro, la especificidad del idioma, la singularidad de la obra, y deben dar lugar a una reinvención en el análisis de cada obra. No solamente una reinvención que se ajuste a la unicidad de la obra, considerada como si fuera un objeto sincrónico (por ejemplo, si uno se interesa en tal o tal texto de Mallarmé como un objeto que es un objeto definido); la regla es sobre todo describir un texto ligado al idioma de forma singular y única. No hay instrumentalización posible, una instrumentalización total. Siempre la hay hasta cierto punto, claro está, pero no es una formalización total de nuestra propia relación con la lengua y la escritura. Para esto es preciso inventar cada vez nuestra firma. No puede ser un método que se enseñe simplemente en las escuelas.”

Además, en cuanto a la relación entre deconstrucción y traducción, Derrida dice que el texto traducido aporta otra cosa, pero otra cosa que está en relación consigo misma. Una paradoja en la cual se ha interesado y en la que trabaja, al momento de la entrevista, todo el tiempo: “Cuando escribo siempre pienso en la traducción. Para mí, entre la deconstrucción y la experiencia de la traducción existe una afinidad esencial.”


[1] Derrida, Jacques, y Élisabeth Roudinesco. Y mañana, qué… Trad. por Víctor Goldstein, 2a ed., Fondo de Cultura Económica, 2009.

[2] Derrida, Jacques. El tiempo de una tesis. Deconstrucción e implicaciones conceptuales. Trad. por Patricio Peñalver y Cristina de Peretti, Proyecto A Ediciones, 1997.

[3] Peretti, Cristina de, y Paco Vidarte. Jacques Derrida. 1a ed., Ediciones del Orto, 1998.

[4] Peretti, Cristina de. Jacques Derrida: texto y deconstrucción. Anthropos, 1989.

[5] Derrida, Jacques. Márgenes de la filosofía. Trad. por Carmen González Marín, 2a ed., Cátedra.

[6] González Marín, Carmen. Jacques Derrida: leer lo ilegible, “Revista de Occidente”, Nº 62-63, 1986, págs. 160-182

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