Fragmentos sobre la ligereza en los primeros discursos de Así habló Zaratustra

“El texto que presentamos a continuación explora el tema de la ligereza en algunos discursos de la primera parte de Así habló Zaratustra (Za de aquí en adelante) de Friedrich NietzscheEs una aproximación al tema y anticipa la forma de trabajo de nuestra tesis de doctorado; dicho de otra manera, sienta las bases para la misma. Esta breve presentación es un aperitivo que invita al lector a consumir la totalidad del trabajo una vez que esté concluido. Y se dará por concluido cuando se haya tratado el tema de la ligereza en cada uno de los discursos de las cuatro partes de Za junto con su Prólogo.

Dicho trabajo también supondrá relacionar los discursos de Zaratustra con otros textos e ideas de Nietzsche y con otros intérpretes, lectores y comentadores, pero no será su guía principal. La idea central del texto que aquí presentamos, y de lo que llegará a ser la tesis, es la ligereza en Za: sus posibles funciones, sentidos, características, usos, tipos, definiciones, intencionalidades, figuras, metáforas, relaciones, implicaciones lógicas e irracionales, contradicciones, ambigüedades, paradojas, rupturas, desplazamientos, deslices y dogmatismos. Así, sin mayor preámbulo, presentamos a continuación algunos fragmentos sobre la ligereza en los primeros discursos de Za como preámbulo de lo que será nuestro trabajo final de grado”.

Portada de la Sexta Edición de la Revista Territorio de Diálogos del Colegio de Saberes de la CDMX. Primavera 2020.
Revista Territorio de Diálogos, Sexta Edición, Primavera 2020

El texto completo, Fragmentos sobre la ligereza en los primeros discursos de Zaratustra, puede consultarse en la Sexta Edición de la Revista Territorio de Diálogos del Colegio de Saberes de la CDMX dando click aquí.

Para leer algunos Pre-textos a Zaratustra da click aquí.

Eros y Escritura: una aproximación a la literatura de montaña

El ensayo Eros y escritura: una aproximación a la literatura de montaña fue publicado en la Segunda Edición de la Revista Territorio de Diálogos, correspondiente al periodo Primavera – Verano de 2018, cuyo tema central fue Las dos vertientes del ser: sujeto-objeto. Este segundo número de la revista contiene los ensayos que realizamos hacia el final del segundo semestre los alumnos del Doctorado en Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes de la Ciudad de México.

Colegio de Saberes – Territorio de Diálogos

En este texto intentamos dar cuenta del estatuto de la escritura desde algunos de los textos más importantes de la obra freudiana. Esto con la finalidad de tener una idea general y amplia de la escritura que nos permitiese aproximarnos a diversos textos de literatura de montaña en los que los límites del cuerpo y de la vida se juegan en su literalidad, y “entender” algo de ello.

Anteriormente ya habíamos ensayado una articulación entre la literatura de montaña y la filosofía en nuestro trabajo Sobre algunos tipo espirituales,  dividido en dos partes, donde nos centramos en algunas ideas del montañista tirolés Reinhold Messner y del filólogo alemán Friedrich W. Nietzsche. En Eros y Escritura retomamos en un inicio al escalador italiano para dejarlo de inmediato y centrarnos en las ideas del médico vienés Sigmund Freud.

A continuación les comparto la introducción del trabajo. Posteriormente encontrarán el enlace para consultar el texto en su totalidad. La introducción del texto lleva por título La escritura y las montañas:

“Un intenso y renovado interés por la escritura nos atrapó a partir de nuestro encuentro con la literatura de montaña, en particular la producida por Reinhold Messner (n.1944, Tirol del sur, Italia), considerado por muchos como el mejor alpinista de todos los tiempos y más: “Messner is not only the greatest high-altitude mountaineer the world has ever known; he is probably the best it will ever know.” [Messner no sólo es el más grande montañista de altura que el mundo ha conocido; es probablemente el mejor que conocerá].

Museo de Montaña de Messner
Museo de Montaña de Messner

En la literatura de montaña encontramos un conjunto variado de temas. Desde las narraciones de los orígenes de sus autores, que incluyen recuerdos de infancia, la relación con sus padres, los primeros acercamientos a la montaña, sus amores, su formación académica, los anhelos de sus padres – usualmente decepcionados por la actividad de sus hijos – hasta, para el caso de algunos, las memorias de su participación en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Y, obviamente, encontramos el relato de sus expediciones, aventuras y hazañas en las montañas una vez que estas se colocaron como el motivo y motor principal en sus vidas. La narración de estas experiencias son las que capturan nuestra atención porque se ubican en los límites de la vida bordeando la muerte. No es poca cosa decir esto si aclaramos que no lo hacemos de manera figurada, poética ni teatral. Apostar la vida y experimentar la cercanía de la muerte en numerosas ocasiones se jugó en su literalidad. Vida y muerte son temas recurrentes en la literatura de montaña, que por cierto no es poca y existe una producción constante de la misma. Incluso, en español, contamos con el Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras que ya se encuentra en su vigésima edición. Este premio busca estimular la producción literaria de montaña como “elemento renovador de la vida individual y social en la actualidad,” según figura en la reciente convocatoria.

Con esto tenemos un punto de encuentro en la montaña donde convergen la escritura, la literatura, la vida y la muerte. Podemos plantearlo por ahora de la siguiente manera: la montaña, entre vida y muerte: un pretexto para la escritura. Teniendo en mente la narración de estas experiencias extremas, queremos indagar si la escritura de la literatura de montaña tiene un estatuto particular, ya que, aunque existen otras actividades que se juegan en ese sentido, donde incluso algunos personajes han muerto, como el ruso Valery Rozov en salto base, no producen algo similar como los montañeros.

Lo anterior nos ha llevado a intuir una especie de «necesidad» de poner por escrito las experiencias que el sujeto ha tenido en la montaña. Estas experiencias, como señalamos, tienen su punto nodal en situaciones límite en que se juegan la vida y la muerte. Nos preguntamos entonces qué empuja o esfuerza a los sujetos a tener que escribir sobre sus experiencias. Con estas inquietudes – sobre un posible estatus particular de la escritura de la literatura de montaña y sobre la «necesidad» de escribir – es que volvemos nuestra mirada hacia el psicoanálisis y tomamos algunos textos que consideramos importantes y representativos de la obra de Sigmund Freud. Una razón de peso nos lleva a ello: la escrituraes paradigmática del funcionamiento del aparato psíquico. Con la aclaración de que en el caso del psicoanálisis estaremos hablando de una escritura psíquica, mientras que, en el caso de los montañistas, se tratará de la escritura como comúnmente la conocemos, una escritura material. Nos preguntamos si desde el psicoanálisis freudiano podemos plantear algo sobre la relación entre escritura psíquica y escritura material en las condiciones previamente planteadas. En otras palabras, qué puede decirnos el psicoanálisis sobre el acto de la escritura, es decir, sobre la «necesidad» de poner por escrito las experiencias cercanas a la muerte que tuvieron lugar en la montaña”.

El ensayo completo puede consultarse en el siguiente enlace: Territorio de Diálogos: Eros y Escritura, una aproximación a la literatura de montaña.

El tercer volumen de la Revista Semestral Territorio de Diálogos ya está disponible, aunque no hemos participado en esta ocasión. Esperamos hacerlo para el cuarto volumen.

Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (II)

“Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura, en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto”

– Friedrich Nietzsche

No dejarse morir y aprender a vivir es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura[1], menciona: “I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity.” En contra del riesgo y la aventura estúpidas, declara: “The real art of climbing is to come home safely”. Y en relación con aprender uno mismo, dice: “I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone”. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, abrazarse a la viday a la soledad: en estos sentidos no vemos diferencia entre el gran pensador que amó la lengua francesa tanto como la vida y el gran alpinista, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos, acaso, considerarlos “ejemplos”. Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron.

Lionel Terray, un conquistador de lo inútil
Lionel Terray (n.1921-m.1965)

     En el aforismo 259 de El caminante y su sombra[2] queda muy claro que seguir a alguien, tan cerca o tan pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de ideal para estos sujetos. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por su inteligencia. Consentirle en todo le haría cuestionarse en qué ha “fallado” al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo, lo cual sin duda él nos reconocería. Sin embargo, descartada la creación ex nihilo, y por contradictorio que parezca, la conformidad nos llevaría a elaborar nuestro propio pensamiento. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser Vladimir y Estragon, juntos hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

     El viajero también nos habla sobre sus “instrucciones” o secretos para vivir. Esta vez siguiendo el final del aforismo 265, nos dice que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida, aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello, aún con eso, “estaremos muy lejos aún de dominar el arte de vivir, aunque, por lo menos, seremos dueños de nuestro propio taller”.  De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, su guía, su camino, su voluntad y, sobre todo, su saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, como sabemos que hay que hacer para poder encontrarnos. Seguir al caminante tan cerca, ser su sombra es negarse esa aventura de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida con los propios recursos. En otras palabras, eso de aprender o enseñar a vivir, como lo dijimos más arriba, es una experiencia de lo imposible, pero a la vez una sabiduría necesaria. Remata el caminante: “Para llegar a ser sabio, hay que […] arrojarse en la boca de los acontecimientos”.

     De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado “razonablemente”, ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos. De haber seguido las instrucciones de otros para vivir, ni siquiera tendríamos noticia de ellos. Pareciera que llega un momento en la vida donde el pensar, de alguna manera, impide vivir, es un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones del cuerpo y del deseo.

     Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, salvo aquellos que tengan que ver con Godot, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un paliativo para el malestar de la vida. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ‘ídolo’, un padre, un Godot. Ellos no lo buscaron así.[3] En tanto no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido, en el desamparo y la soledad, para intentar descifrar esa incógnita y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo, queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo construya. Y para esto habrá que transitar por ahí, por el riesgo. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

     Un colega nos comentó hace algunos meses que aquellos que realizan prácticas de riesgo – ya que algunos ni siquiera los consideran deportes – como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de sublimación de un impulso suicida. O buscan la fama. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando inconscientemente morir. Al escuchar su comentario sentimos cierta censura sobre aquellos personajes que mencionamos más arriba. Desde esta opinión, se arriesgan demasiado, buscan la muerte. Según este compañero, el riesgo debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo y a veces por nada, pareciese algo “incorrecto” ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad de sus posibilidades. Amar, conservar y vivir la vida, aunque para eso se tenga que morir.

     Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, que otros han dicho, y muchos han repetido. Incluso son los “ánimos” que cualquiera puede dar y encontrar cotidianamente. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo han señalado así, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de ánimo o de motivación comunes, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestros pensamientos. De esa simplicidad ingenua y pueril hemos querido distanciarnos: “La montaña es una metáfora de la vida”. Bueno, por más que lo sepan, las montañas de sus vidas parecen meras colinas.

     Quizá no sea lo que decimos o concluimos, sino cómo lo decimos y cómo llegamos a ello, cuál fue el camino recorrido. Prácticamente cualquiera que cuente con el tiempo y los recursos necesarios puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura que los lleve. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es conquistar la cima, no vemos mayores problemas. Pero si se trata del cómo, aquí viene lo interesante. Reinhold Messner, junto con Peter Habeler, fueron los primeros en ascenderlo sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la “zona de la muerte”, alturas donde el aire es sumamente delgado y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días – los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes – con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que al final es lo mismo: que lo importante era llegar a la cima. No podría más que causarnos risa.

     No, no confundamos la meta con el camino. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, todos moriremos, aunque la mayor parte del tiempo no lo asumamos. Pero sólo algunos, como nuestros personajes, hicieron de su vida una obra de arte. No, no confundamos el final de las vidas con su recorrido. Existe un final común, y algunas vidas se quedan en ello. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llega la muerte. O hacer del desciframiento el camino mismo. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida. La muerte ya está “ganada”.

     Iniciamos este ensayo con el “nihilista” así que terminémoslo igualmente con él citando otro de sus aforismos: “Por la perspectiva cierta de la muerte, podría echarse en la vida una gota deliciosa y perfumada; pero vosotros, extravagantes farmacéuticos del alma, habéis convertido esa gota en un veneno infecto, que hace repugnante la vida entera”. La muerte no es una enfermedad de la vida, como pretenden muchos, es su motor. Queriendo curar la vida, esos “farmacéuticos de la salud” no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, de que llegue Godot o algún sucedáneo. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que le consume cuerpo y tiempo. Dicen que “valdrá la pena la espera” porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida un poquito.

Notas:

[1] Green, G. (2016). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Recuperado el 11 de julio de 2017, a partir de https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[2] Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. Madrid: Edimat.

[3] Salvo, tal vez, Friedrich Nietzsche en Ecce Hommo.

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