Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (II)

«Los hombres más espirituales, por ser los más fuertes, hallan su ventura, en lo que para otros significaría la ruina: en el laberinto, en la dureza consigo mismo y con los demás, en el ensayo; su goce es la victoria sobre sí mismo; en ellos, el ascetismo se torna en segunda naturaleza, necesidad íntimamente sentida e instinto»

– Friedrich Nietzsche

No dejarse morir y aprender a vivir es narcisista, pues se quiere vivir tanto como sea posible para cultivar y preservar todas esas cosas que son más grandes y potentes que uno mismo. Renunciar a lo que nos ha formado, aquello que tanto hemos amado, sería, según Jacques Derrida, pedirnos que muramos. Morir en vida, dejar de ser uno mismo, renunciar al deseo, no es una de las recomendaciones que haría el alpinista italiano. En sus secretos para una vida de aventura[1], menciona: “I always made a testament before I went on an expedition: I knew I could die, but I would fight like a lion to not die. If I were to stay at home forever because it’s dangerous to go to the mountains, I would not be who I am anymore. I need this activity.” En contra del riesgo y la aventura estúpidas, declara: “The real art of climbing is to come home safely”. Y en relación con aprender uno mismo, dice: “I did solo trips because I needed to know if I was capable of making it alone”. Aferrarse a la vida, arriesgarla y no morir, salvarse, sobrevivir, abrazarse a la viday a la soledad: en estos sentidos no vemos diferencia entre el gran pensador que amó la lengua francesa tanto como la vida y el gran alpinista, considerado por algunos como el mejor de todos los tiempos. En estos sentidos podríamos, acaso, considerarlos “ejemplos”. Qué ingenuos seríamos si quisiéramos estar a la altura de sus logros, si quisiéramos seguirlos o incluso si deseáramos ir más allá de donde ellos llegaron.

Lionel Terray, un conquistador de lo inútil
Lionel Terray (n.1921-m.1965)

     En el aforismo 259 de El caminante y su sombra[2] queda muy claro que seguir a alguien, tan cerca o tan pegado como su sombra misma, no representa ningún tipo de ideal para estos sujetos. El caminante nos advierte que estar de acuerdo con su forma de pensar sería más una ofensa para él que un reconocimiento por su inteligencia. Consentirle en todo le haría cuestionarse en qué ha “fallado” al transmitir sus aforismos, pues estar en conformidad no es pensar por uno mismo, lo cual sin duda él nos reconocería. Sin embargo, descartada la creación ex nihilo, y por contradictorio que parezca, la conformidad nos llevaría a elaborar nuestro propio pensamiento. Podemos partir de lo que el caminante tenga que decir, pero sabiendo de antemano que, en un camino, no siempre caben dos, al menos no hasta el final. Que durante el recorrido no se puede estar de acuerdo y en conformidad todo el tiempo. No podemos ser Vladimir y Estragon, juntos hasta el final. La mayor y mejor conformidad es pensar y actuar de manera diferente.

     El viajero también nos habla sobre sus “instrucciones” o secretos para vivir. Esta vez siguiendo el final del aforismo 265, nos dice que aun cuando nos dedicáramos al cultivo del conocimiento de nosotros mismos durante toda nuestra vida, aun cuando sufriéramos y trabajáramos arduamente por ello, aún con eso, “estaremos muy lejos aún de dominar el arte de vivir, aunque, por lo menos, seremos dueños de nuestro propio taller”.  De ahí que nos resistimos a pensar que el caminante haya querido que lo siguiésemos y ponernos bajo su dirección, su guía, su camino, su voluntad y, sobre todo, su saber. Aunque si lo hiciésemos, tal vez no nos sentiríamos tan perdidos. Pero no queremos eso, lo que queremos es perdernos, como sabemos que hay que hacer para poder encontrarnos. Seguir al caminante tan cerca, ser su sombra es negarse esa aventura de recorrer otras sendas y, sobre todo, inventarse la propia salida con los propios recursos. En otras palabras, eso de aprender o enseñar a vivir, como lo dijimos más arriba, es una experiencia de lo imposible, pero a la vez una sabiduría necesaria. Remata el caminante: “Para llegar a ser sabio, hay que […] arrojarse en la boca de los acontecimientos”.

     De haber considerado los peligros como un impedimento, es decir, de haber sido prudentes y cuidadosos, y haber pensado “razonablemente”, ninguno de estos personajes hubiese existido como lo conocemos. De haber seguido las instrucciones de otros para vivir, ni siquiera tendríamos noticia de ellos. Pareciera que llega un momento en la vida donde el pensar, de alguna manera, impide vivir, es un valor opuesto a la vida. El neurótico obsesivo lo sabe muy bien. Se ha sobrevalorado la razón en el hombre. No decimos con esto que no se piense lo que se va a hacer, pero sí que se atienda a esas otras razones del cuerpo y del deseo.

     Nada nos garantiza que aquello que escribieron y experimentaron Friedrich Nietzsche o Reinhold Messner, o cualquiera de los personajes citados en este ensayo, salvo aquellos que tengan que ver con Godot, siga vigente o sea necesario, y no sea, por el contrario, más que un paliativo para el malestar de la vida. Nada nos asegura que no sean más que un sucedáneo de dios, un nuevo ‘ídolo’, un padre, un Godot. Ellos no lo buscaron así.[3] En tanto no existen garantías, se trata entonces de dar ese brinco a lo desconocido, en el desamparo y la soledad, para intentar descifrar esa incógnita y que ninguno de nuestros personajes puede hacer por nosotros. El objeto de esa acción o pensamiento desconocidos por venir, digamos, el objeto de nuestro deseo, queda indeterminado, indefinido y abierto para que cada uno lo construya. Y para esto habrá que transitar por ahí, por el riesgo. Algo común nos habita y nos acerca aun cuando nuestros tiempos y lugares sean distintos.

     Un colega nos comentó hace algunos meses que aquellos que realizan prácticas de riesgo – ya que algunos ni siquiera los consideran deportes – como el montañismo de altura, llevan a cabo una especie de sublimación de un impulso suicida. O buscan la fama. Es decir, no buscan conservar, exaltar ni superar la vida, sino arriesgarla estúpidamente, un valor opuesto a ella. En otras palabras, estarían buscando inconscientemente morir. Al escuchar su comentario sentimos cierta censura sobre aquellos personajes que mencionamos más arriba. Desde esta opinión, se arriesgan demasiado, buscan la muerte. Según este compañero, el riesgo debe tomarse en el peligro cercano y calculado. Arriesgar, no vencerse, continuar y seguir adelante a pesar de todo y a veces por nada, pareciese algo “incorrecto” ante sus ojos y oídos. Que habría que arriesgarse, sí, pero no del todo. Arriesgarse con reservas. Arriesgarse con garantías y seguridad. Eso suena más cercano a dejarse morir en vida con tal de conservarla que amarla y reafirmarla en la intensidad de sus posibilidades. Amar, conservar y vivir la vida, aunque para eso se tenga que morir.

     Tanta palabrería para decir algo que ya sabemos, que otros han dicho, y muchos han repetido. Incluso son los “ánimos” que cualquiera puede dar y encontrar cotidianamente. Quizá tengan razón, alguna vez ya nos lo han señalado así, que no decimos nada nuevo, no sin una pizca de desprecio. Y si esto se lee como una especie de ánimo o de motivación comunes, entonces, tal vez, hemos fallado al poner por escrito nuestros pensamientos. De esa simplicidad ingenua y pueril hemos querido distanciarnos: “La montaña es una metáfora de la vida”. Bueno, por más que lo sepan, las montañas de sus vidas parecen meras colinas.

     Quizá no sea lo que decimos o concluimos, sino cómo lo decimos y cómo llegamos a ello, cuál fue el camino recorrido. Prácticamente cualquiera que cuente con el tiempo y los recursos necesarios puede hacer cumbre en el Everest. No se requiere ser un experto, tener grandes conocimientos de montaña ni contar con un gran historial de ascensos para ser aceptado por una agencia de aventura que los lleve. Lo mínimo necesario y estarán en camino para ascenderlo por la ruta comercial. Los sherpas se encargarán de cargar todo lo necesario para el viaje. Y una vez estando próximo a la cumbre, habrá tanques de oxígeno para continuar el ascenso. Desde hace años, algunos han criticado esa mercantilización de la montaña, y con razón. Ahora bien, si el qué es conquistar la cima, no vemos mayores problemas. Pero si se trata del cómo, aquí viene lo interesante. Reinhold Messner, junto con Peter Habeler, fueron los primeros en ascenderlo sin utilizar oxígeno artificial. Resistieron la “zona de la muerte”, alturas donde el aire es sumamente delgado y las cantidades de oxígeno se reducen drásticamente. Un par de años después, Reinhold Messner repetiría la hazaña de ascender sin oxígeno, pero esta vez en solitario y por una ruta distinta. Uno de los logros más recientes e impresionantes pertenece al catalán Kilian Jornet que subió dos veces al Everest en seis días – los ascensos comerciales tardan semanas debido a la aclimatación a que deben ser sometidos sus clientes – con un tiempo de 17 horas en su segundo ascenso, apenas quince minutos más sobre el tiempo récord de Hans Kammerlander. Quisiéramos escuchar al necio que nos dijera que al final es lo mismo: que lo importante era llegar a la cima. No podría más que causarnos risa.

     No, no confundamos la meta con el camino. Si nos preguntamos qué va a pasar, ya lo sabemos, todos moriremos, aunque la mayor parte del tiempo no lo asumamos. Pero sólo algunos, como nuestros personajes, hicieron de su vida una obra de arte. No, no confundamos el final de las vidas con su recorrido. Existe un final común, y algunas vidas se quedan en ello. Otras, compartiendo ese final, optan por cómo llegan ahí. Lo necesario, para nuestra apuesta en la vida, es descifrar el cómo de ese intervalo mientras llega la muerte. O hacer del desciframiento el camino mismo. Aprender a vivir por uno mismo conquistando la vida. La muerte ya está “ganada”.

     Iniciamos este ensayo con el “nihilista” así que terminémoslo igualmente con él citando otro de sus aforismos: “Por la perspectiva cierta de la muerte, podría echarse en la vida una gota deliciosa y perfumada; pero vosotros, extravagantes farmacéuticos del alma, habéis convertido esa gota en un veneno infecto, que hace repugnante la vida entera”. La muerte no es una enfermedad de la vida, como pretenden muchos, es su motor. Queriendo curar la vida, esos “farmacéuticos de la salud” no han hecho más que petrificarla e inmovilizarla en la decadencia, a la espera de que algo suceda, de que llegue Godot o algún sucedáneo. Esa espera mantiene al hombre en un entumecimiento que le consume cuerpo y tiempo. Dicen que “valdrá la pena la espera” porque sólo así uno podrá gozar de las mieles y sabores eternos, por fin. Nosotros, al igual que el flaco de Úbeda, y a diferencia de los farmacéuticos del alma, antes de morirnos queremos vivir la vida un poquito.

Notas:

[1] Green, G. (2016). Advice: Reinhold Messner on the Secret to an Adventurous Life. Recuperado el 11 de julio de 2017, a partir de https://www.climbing.com/people/advice-reinhold-messner-on-the-secret-to-an-adventurous-life/

[2] Nietzsche, F. (1999). El caminante y su sombra. Madrid: Edimat.

[3] Salvo, tal vez, Friedrich Nietzsche en Ecce Hommo.

← Ir a la primera parte

Sobre algunos tipos espirituales, según Nietzsche (I)

«Ante cada individuo cabe preguntar si representa la curva ascendente o la descendente de la vida.”

«Pero a los grandes hombres se los entiende mal si se los enfoca bajo el ángulo mezquino de la utilidad pública.”

– Friedrich Nietzsche 

Son dos años desde nuestro primer encuentro con los textos nietzscheanos, aunque ya sabíamos de la imagen inconfundible de su autor y de al menos de uno de sus conceptos fundamentales: el nihilismo. Encontramos en ellos un espíritu imbatible e imparable ante la adversidad. Un espíritu que revivía en cada batalla y hacía de ella la vida misma. Descubrimos algo totalmente inesperado para nosotros y que nunca escuchamos en las pobres referencias que teníamos de él. Nos sorprendió este pensador cuya escritura reanimó nuestro espíritu. Una conmoción y movimiento cercanos a lo que pensamos como el posible resultado de un psicoanálisis. Sentimos cómo se podía apostar y enfrentar la vida y sus vicisitudes sin ninguna garantía metafísica, ni con la ayuda de dioses; hacerlo sin ninguna exaltación de los vivos o muertos, de tradiciones o costumbres, de “ejemplos de vida”. Una pasión y deseo por la existencia aunados a cierto desprendimiento del pasado y desinterés por el futuro, sin que eso significase dejarse morir, arriesgarse a lo estúpido o dejarse consumir en la rutina. Un espíritu que nunca supo esperar ni estar tranquilo, no conoció la paz ni la prudencia, fue políticamente incorrecto, atentó contra las buenas conciencias, y sus “delirios filosóficos” fueron producto de su “locura”. Un espíritu vigoroso y en movimiento, cuyo desplazamiento – metonímico, dirían los psicoanalistas lacanianos – fue imposible de detener, hasta la fecha.

Reinhold Messner ha sido un prolífico escritor de literatura de montaña y aventuras
Reinhold Messner (n.1944)

     Ese espíritu indomable que no se reconforta en la espera y la esperanza de los cambios mágicos, lo encontramos en los escritos del montañista de altura Reinhold Messner, principalmente en My life at the limit,[1] donde define su actuar de la siguiente manera: “I do things with a passion or not at all.” En relación con el tiempo, toma posición y distancia de aquellos que buscan cómo pasarlo lo más rápido posible o, que por el contrario, les parece eterno: “Killing time gives me the horrors.” Sin duda, el músico nacido en Röcken hubiese encontrado en el montañista italiano el vigor y la pasión cuya ausencia tanto denunciaba en el hombre moderno. Denuncia que hasta nuestros días creemos sigue vigente. Nos negamos a aceptar que los únicos anhelos del hombre contemporáneo sean la explotación y la destrucción de los recursos naturales y humanos, sin mayor cuidado y visión por el futuro. ¿Qué hay de vital en ello? La pasión por las cosas “inútiles” parece debilitarse. No han sido pocas las críticas y descalificaciones que ha recibido a lo largo de su vida el ganador del Piolet de oro en 2010 debido a su pasión: la práctica de algo que se considera inútil por muchos, el montañismo de altura. Sin embargo, sostuvo y sigue sosteniendo sus actos hasta la fecha. “It is only because I have the courage to stand by my ideas, my proyects, and my aspirations that I am frequently branded as an egoist”.

     Otro amante de las alturas, Lionel Terray, fue bastante consciente del carácter inútil que puede tener el montañismo de altura para ciertas personas. O, mejor dicho, para personas que tienen ciertas expectativas y modelos sobre lo que debe hacerse en la vida. Modelos prefabricados con los que hay que cumplir. Fórmulas del éxito. “¡Tal o cual cosa es vivir! ¡No eso de andar en las montañas! ¡Eso no sirve para nada!” Al igual que el alpinista italiano, el alpinista francés no cedió ante sus aspiraciones, aunque la muerte no fue tan paciente con este como lo ha sido con aquel. Uno de los mejores testimonios sobre su vida y logros quedaron registrados precisamente en el libro Los conquistadores de lo inútil.[2] ¡Y nos llevamos grandes sorpresas en algunas páginas! El escalador, guía alpino e instructor de esquí, cita a uno de sus colegas y amigo, Gaston Rébuffat, ¡quien a su vez citaba a Friedrich Nietzsche como fuente de inspiración en los momentos más álgidos de sus aventuras! Nunca pensamos que este tipo de literatura atravesara a estos hombres de altura, pero tal vez sea sólo nuestro desconocimiento de la formación académica que entonces llevaban en sus escuelas. O tal vez fue la curiosidad intelectual del Caballero de la legión de Honor[3] la que le llevó a encontrarse con el loco de Turín.

     Un punto de encuentro si consideramos lo siguiente: el estilo subversivo que los caracterizó ante un modo ya definido de antemano de hacer las cosas. El espíritu indomeñable de Friedrich Nietzsche, la vida al límite de Reinhold Messner, la rebeldía juvenil de Lionel Terray y la innovación de Gaston Rébuffat – que acabó creando un estilo que lleva su nombre – coinciden en algo que los psicoanalistas lacanianos gustan en llamar asumir la responsabilidad por el propio deseo. Aunque preferimos la expresión el acto de decidirse, formulada por Jacques Lacan en su Seminario XV. Nunca desistieron de aquello que anhelaban. Eligieron no contemplar el paso de otros que asumían el riesgo. Decidieron no esperar a que sus inquietudes, “que no llevarían a nada”, se desvanecieran.

     Nuestros personajes jugaron y apostaron la vida en sus límites, ya fuese en la montaña o en la enfermedad: entre más cerca de la muerte, más cerca de la vida. El guía de montaña italiano escribe: “It is through resisting death that we humans experience what it is to be human… The secret lies in the fact that I can only have the most intense experiences when I push myself to the limits of what is possible”. O “the symptom of my disorder is defined by a lust for life that comes from putting my life at risk”. Existe algo común entre ellos. Podríamos llamarlos espíritus libres, forjadores de su propio destino, sujetos deseantes, personas con suerte, etc. Sus actos nos hacen preguntarnos en qué jugamos y apostamos nuestra vida. Si se toman aún decisiones y riesgos desde nuestras entrañas, desde nuestra más profunda intimidad. Si existe quien aún esté dispuesto al acto de decidirse así, más allá de lo posible. Si no se está haciendo así, nos preguntamos entonces qué es lo que se teme. Anne Dufourmantelle en Elogio del riesgo lo plantea de la siguiente manera: arriesgar la vida consiste, tal vez, en no morir.[4] Supuestamente vivimos desde el momento en que nacemos, y, sin embargo, no podemos evitar añorar el momento en que por fin se podrá vivir de verdad, en que se aprenderá a vivir, por fin.[5] Vivos, pero sin vida.

      Rescatamos este punto enunciado por Jacques Derrida, pues nos ayudará a señalar una pieza importantísima de este ensayo. Si hemos mencionado a estos personajes y hemos hecha clara nuestra admiración por ellos, no representan, sin embargo, un modelo, paradigma o ejemplo de cómo vivir. Aunque sus hazañas no dejan de maravillarnos, y a pesar de las distancias, apostamos que existe algo común entre ellos y nosotros. No representan un camino, pues tomándolo de la forma más burda posible, se trataría de que ahora todos nos lanzáramos y arriesgáramos en la conquista de lo inútil, en la forma que uno quiera, ya sea conquistando los catorce ochomiles – que ahora ya plantean sean veinte – o conquistando las siete cumbres. Seguir su ejemplo sería vivir, vivir de verdad, por fin. Sería una imposición: hacer como ellos, aprender de ellos, dejarse aleccionar por ellos, darles la razón. Pero dudamos bastante de que así sea. El filósofo argelino señala puntualmente que, en esa dirección asimétrica e irreversible de la enseñanza, siempre se nos dirá algo acerca de la violencia. Enseñar a vivir es violento. Imponer una visión del mundo, de los derechos del hombre o de las “mejores” condiciones de vida, implica que los otros, que no saben vivir, se sometan al dictado de sus maestros. El mismo filósofo, en su última entrevista, reconoció que no lo había conseguido: aprender [y enseñar] a vivir es imposible, “nada es, sin embargo, más necesario que esta sabiduría”. Si es tan necesario, quedaría la opción de enseñarse y aprender por uno mismo, por imposible que también resulte.

     Una de las elaboraciones más críticas y oportunas hacia aquellos que pretenden enseñar a vivir, mostrar el camino, (re)educar a alguien, motivar, corregir el comportamiento, normalizar la vida y el pensamiento, orientar, dirigir, curar, educar la sexualidad, es-coger bien y mejor, llevar una vida más satisfactoria y demás posturas que exigen el sometimiento del sujeto a una autoridad, la encontramos en La dirección de la cura y los principios de su poder[6] de Jacques Lacan. Aunque sus elaboraciones son propiamente pertinentes dentro del campo clínico, también son un material provechoso del cual nos serviremos para continuar nuestras ideas.

       El psicoanalista francés critica duramente cierta práctica psicoanalítica que pretende la reeducación emocional del paciente. No son pocos los que se inclinan por la afirmación de que los afectos son algo – como muchas otras cosas – que pueden ser controlados y dirigidos a placer. Valdría preguntarles por los resultados de tal tentativa para poner un poco distancia ante tanta presunción: la educación (emocional o de cualquier tipo) es la solución para los males del ser humano, si se invierte en educación se puede transformar una sociedad, un país, reducir la violencia, prevenir adicciones, convivir mejor, etc. En pocas palabras, pretenden que se puede enseñar a vivir y que se puede educar el deseo. Ellos, pedagogos, supuestamente saben cómo lograrlo. Sólo es cuestión de que el sujeto se deje sojuzgar por los criterios de los especialistas. Sin embargo, educar, junto con gobernar y psicoanalizar, es una de las tres tareas imposibles, según Sigmund Freud. Algo se revela en el ser humano que le impide ser “educado” completamente. La clásica trilogía de las utopías, o distopías, de Un mundo feliz, 1984 y Fahrenheit 451, nos lo recuerda magistralmente: siempre algo o alguien no entrará en el molde que se le asigna o espera, incluso antes de su nacimiento.

     Reeducar plantea un supuesto anterior en el que se había educado de manera acertada y, por uno u otro factor, ya no continuó así: el “alumno” no entendió adecuadamente, los maestros no estaban bien capacitados, los padres no cooperaron, etc. Por fortuna estarían estos pedagogos analistas, o psicólogos, que para el caso son lo mismo, ya que los primeros ni siquiera guardan las formas para confesar que bajo el nombre de psicoanálisis se dedican a reeducar al paciente emocionalmente. El analista sería un talachero de las emociones: él sí sabe cómo hacerlo manejarlas, es un maestro, para eso estudió. Quién sabe si se analizó. El maestro enseña, educa, capacita, si no, no lo es, dicen. Pero un trabajo clínico que se digne en llamarse analítico dista mucho de la educación emocional, del enseñar a vivir. El carácter subversivo del psicoanálisis y la particularidad de cada sujeto quedarían borradas si se quiere aleccionar a cada sujeto de acuerdo con cualquier modelo. Pongámoslo así, este poder que le es otorgado a estos “analistas”, transferencia de por medio, no es ejercido para analizar, sino para sugestionar, es decir educar: tarea que el analista sabe es imposible, como su práctica.

      Enseñar es ejercer un poder bajo el supuesto de que alguien está en falta de algo que otro puede aportar; el alumno tiene un déficit, no puede aprender por sí solo, en su ignorancia no sabe que necesita ser instruido. Es decir, esta violencia, a veces inevitable, no es sin la participación del que se coloca como “aprendiz”. Reflexiones que abren la obra de otro crítico de la “pedagogía”.[7] Si lo que se quiere es ejercer un poder, existen profesiones, prácticas y lugares desde los cuales se puede satisfacer tal compulsión, incluso algunas prácticas psicoterapéuticas lo permiten y animan, con reconocimiento y solicitud. “Tú no sabes, déjanos ayudarte”. “Déjame ejercer mi poder, disfrazado de filantropía”. Un psicoanálisis no va ni anda por esos caminos: no enseña a vivir, no es modelo de vida. De hacerlo así, se trataría de una coacción contra el deseo. El analista no es guía, enseñanza, modelo, ejemplo, ni dirección en la vida. Acaso es dirección de la cura, cuando se le convoca. Pensar la pedagogía y el psicoanálisis nos ayuda a discurrir sobre nuestros personajes que, aunque en las alturas, los sentimos muy cercanos. Algo profundamente humano se alcanza a develar en esas vidas y que no tienen que ver con el ejercicio de un poder, es decir, con la violencia sobre la vida de otros.

     A propósito de la frase Aprender a vivir, por fin, sirvámonos de aquel de quien la aprendimos, por paradójico y contradictorio que esto suene. Jacques Derrida en su última entrevista, a los 74 años, meses antes de morir, dijo: “No, nunca he aprendido a vivir […] Aprender a vivir debería significar aprender a morir […] No he aprendido a aceptarla, la muerte”[8]. No dejó de señalar además su “gusto severo por el refinamiento, la paradoja, la aporía”. En sus propias palabras, no se inclinó servilmente ni murió de imbecilidad. Estaba en guerra contra él mismo, reconocía decir cosas contradictorias: que esa guerra terrible y penosa era al mismo tiempo la vida. Su método, la deconstrucción, estuvo siempre del lado del sí, de la afirmación incondicional de la vida. Sin rodeos ni explicaciones, ahí están Friedrich Nietzsche y Reinhold Messner.

Continuar a la segunda parte →

Notas:

[1] Messner, R. (2014). My Life at the Limit. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[2] Terray, L. (2008). Conquistadors of the Useless. Seattle, WA: Mountaineers Books.

[3] Premio con el que fue galardonado Gaston Rébuffat en 1984.

[4] Dufourmantelle, A. (2015). Elogio del riesgo. México: Paradiso.

[5] Derrida, J. (2012). Espectros de Marx. El estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional. (5a ed.). Madrid: Trotta.

[6] Lacan, J. (2009) Escritos 2. México. Siglo XXI.

[7] Rancière, J. (2007) El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Argentina: Libros del Zorzal.

[8] Derrida, J. (2004). Entrevista a Jacques Derrida: “Estoy en guerra contra mí mismo” [Le Monde]

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Este ensayo sobre un sueño también fue publicado en la revista literaria ESPORA, año 2, número 12, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Puede consultarse en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.

ESPORA Año 2, Número 12
ESPORA Año 2, Número 12

Sueño del 18 al 19 de abril de 2017

Una bomba está por explotar. Explosión que podría significar el fin del mundo como lo conocemos e iniciar uno postapocalíptico como lo han presentado algunas novelas y largometrajes de ciencia ficción. Tal explosión es inevitable pues quienes pudieron haberla desactivado han muerto, por lo que el único sobreviviente no puede hacer nada al respecto. Sin embargo, cabila sobre si la explosión se limitará sólo a determinado radio y entonces pueda sobrevivirla o si le será imposible escapar. Duda entre regresar por ciertos objetos pues esto le consumiría tiempo además de entrar en el radio que supone abarcaría la explosión, o, dejarlos consumirse en la misma y salvarse alejándose del área mortal. [Como todo sueño, no se digna en presentar su re-solución[1], contiene contradicciones y cuestiones absurdas, por ejemplo, que la bomba es supuesta, pues nunca aparece, es sólo la sensación de la misma. ¿Cómo es la sensación de una bomba por estallar?]

     Sueño alimentado, en parte, por las amenazas de guerra y bombardeo ante las recientes acciones en medio oriente por parte de nuestro vecino del norte. O, también por la adivinanza que una niña me lanzó y logré resolver: “¿Cuál es el país que primero ríe y luego explota?” Otros dirían que el sueño realizaría alucinatoriamente el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, por lo que lo “actual” es sólo un pre-texto. Como sea, no buscamos la fuente ni origen del mismo, tampoco buscamos hacer un ejemplo de análisis de sueños ni lo que cumpliría, menos aún pretendemos una especie de autoanálisis ni interpretación, aunque no descarta la experiencia que nos ha atravesado en el diván. Dejando en claro esto, sin mayor preámbulo, comenzamos con nuestros comentarios.

     El primero surge a partir de una lectura posible, entre varias, que se pueden hacer de este sueño. Una lectura que denominaremos simpática, bondadosa y amigable si se quiere, y que nos coloca en el camino de que algo está a punto de suceder en la vida del soñante: un acontecimiento, un renacimiento, el inicio de cualquier cosa que no sería poca cosa. Pero, además, con un carácter explosivo, intempestivo, fuera de tiempo, dislocado, inesperado. La llegada de alguna cosa que, con esa cualidad explosiva, mueve a cualquiera de su lugar: imposible no vibrar, tambalearse, sacudirse, desequilibrarse, caerse, ensordecerse o cegarse, pero que, por el carácter amigable de esta lectura, resulta soportable, pues dará lugar a algo mejor. Abandonar cosas, olvidarlas, dejarlas, desprenderse, renunciar, desapegarse: signos de algo bueno. Pues ¿por qué habría de sobrevivir nuestro soñante si no es porque vendrá algo mejor? ¿Por qué no “vaciar para poder recibir”? “Dejar ir es dejar llegar” ¡Claro! ¡Y no dejamos de preguntarnos de dónde se obtienen formidables causalidades! ¡Y a futuro! ¿No se puede soportar la destrucción, el dolor, la vida, la existencia, la muerte, si no es porque algo en un futuro anterior nos hará decir que ha valido la pena lo que pasó? ¿Se necesita de alguna promesa por cumplir para hacer más llevadero el malestar? No mirar atrás. No regresar. “Que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Todo lo anterior en vista de que algo en el exterior cambiará radicalmente, y como consecuencia “lógica”, el cambio en nuestro personaje. También puede leerse como un cambio en el interior: algo detonará en él que, y, sin necesidad de que algo cambie en el mundo, le hará verlo de otra manera. ¡Pero no sólo eso, también sentirlo y vivirlo de manera diferente! Tal vez un cambio en relación con algo profundamente anhelado, esperado, deseado, o, por el contrario, nunca imaginado, pero siempre, en esta lectura simpática, nunca en perjuicio del soñante. La liberación de todo pasado, de los temores, las inhibiciones, los dolores, las ausencias; el advenimiento, por vía casi mágica, de una nueva vida.

     Todavía otra posibilidad, y más ramplona: la explosión como metáfora de los afectos largamente contenidos, sofocados, en particular del enojo. Signo de que nuestro personaje se ha aguantado bastante, y que, por su bien, por salud, no debiera “reprimirse” más. Decir las cosas, de lo contrario, se atreven a decir algunos pocos pensantes pero muy académicos, podría producirse un cáncer. Un sueño como advertencia para cambiar algo, claro, siempre en pos del soñante. Un mensaje, una señal para estar mejor. ¿Pues acaso se puede leer de otra manera este sueño que no sea manifestación de algo que sería bienvenido para él? “Sí, sí ha de ser eso. Algo bueno va a pasar en mi vida”. Y lo mejor de una lectura así, para quienes la aceptan, es que el soñante lo único que tiene que hacer es, esperar; sí, estar pendiente de más “señales”, pero, sobre todo, saber esperar, porque “todo llega para el que sabe hacerlo”. ¡Esa necedad de atrasar los actos en la espera! ¡Esa necesidad de embellecer las cosas! ¡Ese disparate de que algo anhelado sucederá sólo porque uno cree merecerlo y el sueño es el mensajero de tal bienaventuranza! ¿Por qué habría de suceder así? ¿Cómo es que tal visión logra imponerse -la mayor parte del tiempo- sobre la realidad?

     Afortunadamente existe otra lectura posible, de donde parte nuestro segundo comentario. Una lectura que no resulta tan agradable pero que al menos nos pone a distancia de la anterior, que, en pocas palabras, nos produce náuseas. Podemos abordarla con la siguiente pregunta: ¿por qué el tema de la muerte – o fallecimiento, supresión, aniquilamiento, desaparición, borramiento, como se quiera – de nuestro personaje es ignorado o desconsiderado en esa lectura simpática, embellecida con prosperidad? ¿Acaso la muerte no es una clara posibilidad en el sueño, y además una inevitabilidad en la vida? En oposición a esa lectura agradable, proponemos una que pone en primer plano la finitud del sujeto y de su historia y que se nos ocurre llamarla antipática[2]. ¿Y si esa bomba de tiempo no fuese señal de ninguna dicha por venir, sino de algo terrible por develarse, por ejemplo, de la mentira que uno ha sido para sí mismo? O de la mentira que el mundo había significado. De la mascarada que uno ha utilizado para no ver aquello terrible que en uno mismo y en el mundo existe: «Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo»[3]. Algo temible que, a fuerza de mantenerse ignorado, despreciado, “reprimido”, encuentra una expresión en los sueños. Y si se tratase de un pago imposible de postergar más o de uno imposible de saldar, con las secuelas que esto implique. Porque, si ese sueño fuese mensaje de un cambio alegre y esperado, no vemos razón para que no sucediese sin más, sin aviso, sin figuraciones, sin necesidad de una “interpretación”.

    Esta lectura antipática también permite pensar el fin del mundo no en el exterior, sino dentro, lo cual representaría, igualmente, un cambio de posición y un nuevo comienzo. Pero, ¿se toma en serio, en su cruda realidad, lo que es empezar de cero, desde “nada”? ¿Se considera en realidad la pérdida de “todo” cuando se anhela algo así, o sólo se piensa en lo que hasta ese momento resulta sumamente displacentero? Un único sobreviviente: ¿caeremos en la ingenuidad de una libertad en la que uno podría hacer lo que quiere? ¿Nos es posible siquiera pensar la libertad sin referencia a otro(s)? No se trata de aislamiento, sino de una soledad radical, incluso nos atrevemos a decir realizada. Los otros en el sueño figuran por dos cosas: estar ausentes, es decir, muertos, y poseer un saber que para el momento actual resulta inútil. No hubo transmisión de ese saber que podría salvar. Hubo, por otro lado, intento de transmisión de un hecho: morir. O, siguiendo a Derrida, en su exordio[4], la transmisión consistiría en asumir que enseñar y aprender a vivir es imposible. Que algo de esto solo puede logarse en relación con la muerte de uno y de otros, como figura en el sueño y que una lectura amigable decide ignorar. El sueño, representa y supone la muerte de otros, la renuncia, abandono y el no retorno al pasado, y también el final de uno.

     ¿Y qué hay del cavilar del soñante? ¡También la duda que esas lecturas simpáticas deciden ignorar![5] Ese titubeo, esa incertidumbre que rumia, esa desidia por hacer algo que no esté garantizado, un desgano ante el nihilismo radical de las cosas. Como si el acto, nuestro acto, el acto de cada sujeto, dependiese tan sencillamente de que alguien nos animara a llevarlos a cabo recordándonos la muerte. ¿Así de fácil se supera? ¡Qué bueno que nuestro personaje se encuentre solo, así tendrá que decidir su acto por sí mismo! Arriesgarse en algún sentido: volver por sus cosas a expensas de morirse en el acto; alejarse lo más posible con la esperanza de que el radio de la explosión no le alcance; alejarse y aun así morir; una más, que la bomba no explote, quedarse inmóvil, esperar, eso también es un riesgo y una apuesta. En este último caso, santa paz y calma si no sucede nada: de vuelta a la normalidad, a la cotidianidad, a la vida como siempre se ha llevado. “No tuve que moverme y no pasó nada ¡Qué dicha!” “No tuve que moverme, hacer algo, salvo esperar. ¡Qué felicidad recibir esto!” No seamos tan duros, tal vez pidió, pues dicen que, si uno pide, se le concederá, y pedir ya es hacer algo. Sólo fue un mal sueño, nada para pensar, para hacer, ni que más decir ni decidir. Se puede estar así, por decadente que nos resulte, por chocoso que nos parezca. Felizmente, siempre habrá un sueño, un lapsus, un acto, un sin querer, alguien o algo que nos fracture en esa imagen de nosotros mismos que tanto nos ha seducido desde infantes, imagen de inmortalidad, completud, omnipotencia, certeza, autoerotismo.

     Nuestro personaje decide ir en busca de sus cositas, las recupera, con el tiempo encima de él se aleja rápidamente del radio de explosión, brindándonos una imagen de su salvación en primer plano, y en segundo, la destrucción. ¡Se salvó! Eso está muy norteamericano, o, mejor dicho, muy occidentalizado, lo mismo que el sueño: soñar con una bomba. No elegimos nuestros sueños. Eso en sí mismo ya constituye una fractura. No podríamos soñar de otra manera. ¿Con qué sueñan los japoneses?[6] Fractura que, contrario a como pudiesen pensar los agradables y suaves, a nosotros nos mueve de lugar, y moverse, en definitiva, es un actuar. Que la muerte y el tiempo que pasa -porque existe un tiempo que no pasa- es nuestra apuesta, puedan ser algo diferente de un saber sin efectos. Nuestro primer comentario lo cerrábamos expresando esa necesidad de embellecer las cosas, aquí añadimos: ¡Esa necesidad de asegurar las cosas, hasta la vida misma, que “de seguro no tiene nada salvo la muerte”! “Es la única certeza en la vida” Pero, ¿cómo revivir, revitalizar y reactualizar estas trilladas y gastadas frases que no sirven más que para brindar consuelo, en el mejor de los casos? ¿Quién y en qué momento podría decir que ese saber “popular” le llevó a moverse, colocarse diferente, es decir, le fue útil para vivificarse[7], renunciado a la espera? Acaso algunos “afortunados”, quizá sólo unos cuantos, pues esta renuncia conlleva, al mismo tiempo, asumir que algunas cosas no se pueden precipitar. Tal vez enfrentando la aporía es una forma de hacerlo.

[1] La solución del sueño le fue revelada a Sigmund Freud en el sueño de la inyección de Irma.

[2] Pues no busca el favor, inclinación afectiva ni la aprobación.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013. P.82

[4] Derrida, Jacques (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[5] Maravillosa ambigüedad de la duda como sustantivo y acción.

[6] Pensándolo mejor, puede que algunos sí sueñen a la manera de bombas, pues no ignoramos los terrores iniciados por el Enola Gay en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial.

[7] Seguimos a Goethe citado por Nietzsche en el inicio de su II Intempestiva: preferimos una saber que nos vivifique y no sea sólo un saber muerto.