En el diván: el coraje de hacer historia (III, Anexos)

Tercera parte

[Como se verá a continuación, nuestra ponencia estuvo centrada principalmente en los puntos anteriores; este tercero merece un tratamiento más riguroso y extenso. Otras ideas consideradas fueron también descartadas debido a la extensión total que representaría el trabajo final, pero acá las incluimos en los Anexos]

Que el pasado sea pasado: el coraje de hacer historia

Finalmente, ¿qué sucedería, eventualmente, en un trabajo de clínica psicoanalítica? No me detendré en cuestiones de “técnica”, metodología ni teoría. Sólo unos comentarios al respecto. Pasaría que el pasado sea pasado y no retorno en el presente. Que el pasado sea pasado y no actuación repetición presente. Que el pasado sea pasado y no aplaste lo presente. Que el sujeto se coloque de una manera distinta ante eso que se le presenta como destino fatal, que repita de otra manera o se coloque de otra manera ante la repetición, que ese carácter compulsivo, casi demoníaco, por decirlo de una manera, no desborde al sujeto. O que se deje desbordar, sí, pero con cierta “libertad” y “decisión” que antes no tenía. Que esa expresión que utilizamos cuando algo ha muerto, tenga ese sentido. Nos referimos a la frase que cuando al pasar lista en el salón de clases de nuestra formación básica, y alguien estaba ausente, jugábamos respondiendo: pasó a la historia. “Pepito: Pasó a la historia”. ¿No es lo que se dice de alguien o de algo que ha pasado, ha muerto, ha dejado su marca o simplemente está ausente? Pasó a la historia. Hizo historia. Ya es historia. Pero que sea así, no una mera simulación o intento de (auto)sugestión. Que el pasado sea historia y no sea un “muerto viviente”, un fantasma que nos acecha y que nos determina y ordena. De alguna manera, analizarse es hacer historia, hacerse historia, historia de lo que uno fue, no fue, no será, de lo que se tuvo o no, de lo que se anheló y nunca llegó, de lo que no se pidió y se presentó, pero que no por ser eventos pasados no estaban presentes. Así, Juan Vives Rocabert en su libro La muerte y su pulsión[1], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico[2]. Así, si ese pasado no ha sido olvidado es porque no se ha hecho el duelo del mismo, y aquí viene la dificultad, la de hacer el duelo por algo que ni siquiera se sabe, de aquello inconsciente. El analizante, eventualmente va llevando a cabo el duelo por ese pasado que, sin saberlo, se negaba a dejar morir. Y sólo así, se abrirá el espacio para devenir de otra manera, nueva, inesperada, vivificante, pero a la vez desconocida, pues analista y analizante no saben qué se producirá a partir de ahí. Sepultando el pasado, no se sepultará el presente ni la vida. De ahí que el coraje de hacer historia sea el coraje de desprenderse de las ataduras que, aunque causaban dolor, aportaban cierta seguridad. Hacerles la tumba a los muertos, que además nos remitirá a nuestra propia muerte: y no sólo nos referimos a personas. Si, como decíamos al inicio, todo se inscribe en esa pizarra mágica que es una manera de representarnos el aparato psíquico, cabrán también, juguetes, mascotas, ropas, lugares, olores, sensaciones, imágenes, palabras, sonidos, canciones, películas, libros, fotografías, sabores, etc.

Claro que todo esto tiene sus reservas, pues no existe recuerdo ni olvido totales, y como dijimos, el sujeto tiene una relación dislocada con el tiempo, por lo que eso de vivir en el presente también tiene sus dificultades, o más bien, imposibilidades, que ya no abordaremos aquí junto con otros elementos en juego. Por ahora los invito a que el pasado, digamos, de los minutos que estuve hablando, retorne y sea presente para poder establecer un diálogo o responder a algunas preguntas. Gracias.

Anexos

Clément Rosset

Clément Rosset, alumno de Lacan, en Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[3], toca el tema de la repetición. “Lo que repite la repetición remite, pues, inevitablemente al mito y a lo desconocido; en cambio, es posible observar cómo repite la repetición. Problema de importancia psicoanalítica (análisis de los comportamientos de fracaso) a la vez que filosófica (análisis de lo trágico).” Este cómo de la repetición, induce “a una visión completamente diferente del ejercicio de la vida. Se distinguiría así: 1) La repetición detenida, patológica, o repetición-cantinela. Significa rigurosamente el retorno de lo mismo. Concepción pesimista en el plano filosófico (Eclesiastés, Schopenhauer), y patológica en el plano psicoanalítico (instinto de muerte, compulsión de repetición, comportamiento de fracaso). 2) La repetición en marcha, o repetición diferencial, que significa retorno de un elemento diferente a partir de una perspectiva de lo mismo. Concepción trágica en el plano filosófico (pluralismo irreductible a toda unidad o síntesis, pero que es trágico a la vez que jubiloso, tanto en los griegos como en la teoría nietzscheana del eterno retorno), y terapéutica en el plano psicoanalítico (acceso a un comportamiento ‘normal’)”. “No significa que pida al analizado que renuncie en bloque a la repetición. Eso sería pedirle que renuncie a vivir: pues la vida está hecha de repeticiones, al exigir sin cesar el retorno de los diversos apetitos. Luego, intentará pasar de cierto tipo de repetición a otro: de ahí la diferencia entre dos formas de repetición y la idea de que es necesario pasar de una repetición muerta (sin diferencia) a una repetición viva (con diferencia).”

Sören Kierkegaard en Preludio de In vino veritas[4], se pone a pensar también la cuestión de la memoria, la repetición y la evocación. Haciendo la diferencia radical entre repetir algo de memoria y la evocación-recuerdo, que no se sustenta en la memoria. Un texto maravilloso. Igualmente traigo aquí algunas citas, no desarrolladas: Recordar no es en modo alguno lo mismo que acordarse, por eso su mayor fuerza y consuelo consiste en el poder de evocación, de verdadero recuerdo. A pesar de la enorme diferencia mutua, se confunden el recuerdo y la memoria. El recuerdo, propiamente, representa la idealidad y, en cuanto tal, entraña un esfuerzo y una responsabilidad muy distintas de las de la indiferente memoria. Esa forma superficial de acordarse de las cosas hace la vida muy cómoda. Se es un vejestorio, por ejemplo, y se sigue jugando a la gallinita ciega o participando con la misma ilusión de un mozalbete en todas las loterías de la vida. En realidad, sólo puede ser objeto del recuerdo aquello que es esencial. Lo esencial no se determina exclusivamente por su propio contenido, sino también por su relación al sujeto interesado. El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera, pero siempre vuelve de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor. La memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo, en cambio, es siempre reflexivo. Por eso recordar es un verdadero arte. Pero el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios. El arte de recordar no es nada fácil, ya que en el mismo momento en que se elabora el recuerdo puede éste sufrir las más varias modificaciones, mientras que con la memoria no cabe otra fluctuación, sino la de acordarse con exactitud de una cosa o no acordarse. Tan insignificante es, en definitiva, el papel que para mí representa la memoria en todo este asunto, que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado. Todos los intentos que he hecho para fomentar el recuerdo con el recurso a las circunstancias inmediatas me han parecido desde el principio condenados al fracaso, a la par que me inspiraban siempre ese disgusto inevitable al cometer un plagio. Porque el que una vez ha comprendido de veras lo que es el recuerdo, queda cautivado y es su prisionero para toda la eternidad. Y quien posea un solo recuerdo es más rico que el que posee todas las riquezas de este mundo. No solamente la madre cuando da a luz a su hijo rebosa de gozo y alegría, sino también, y aún más que ella, aquel que sabe recordar. Lo único que constituye el objeto de éste son los estados emotivos y el ambiente creado por esas efusiones sentimentales de los participantes. Y de la misma manera que el vino generoso gana en calidad al decantarse, porque se evaporan las partículas de agua que contenía, así también el recuerdo gana mucho eliminando las partículas del agua de la memoria, sin que por ello se convierta en algo quimérico, ni muchísimo menos, como tampoco lo hace el vino generoso.

La imagen superviviente de Didi-Huberman

Otras reflexiones provienen de Georges Didi-huberman y su libro La imagen superviviente, en particular el capítulo Remolinos, repeticiones, rechazos y destiempos.[5] Igualmente traigo unas citas sin desarrollar. Lo que Freud descubre en el síntoma no es otra cosa que un régimen discontinuo de la temporalidad: remolinos y contratiempos que se repiten, repeticiones tanto menos regulares -y, por ende, tanto menos previsibles cuanto que son psíquicamente soberanas. Freud ve en el síntoma una multiplicidad de niveles memoriales, susceptibles a su vez de fisuras o, por el contrario, de colmataciones de todo género. Las líneas. los movimientos, los vínculos, las direcciones, todo se desgarra en intervalos, grietas, deslizamientos del terreno. El resultado son anacronismos, desfases, latencias, retrasos, destiempos. No hay, ni en la cultura ni en la psique, destrucciones completas ni restituciones completas: es por eso por lo que el historiador debe estar atento a los síntomas, a las repeticiones y a las supervivencias. La gran hipótesis de Freud sobre el tiempo psíquico da aquí toda su medida. Se encarna en la noción, capital y paradójica del destiempo. Este simple descubrimiento lo cambia todo. En adelante, el origen no podrá ya reducirse a una fuente factual, cualquiera que sea su «antigüedad» cronológica (puesto que es una imagen de memoria que, a destiempo, adquiere valor de traumatismo). La historia, por tanto, no podrá ya reducirse a la simple recolección de las cosas pasadas. Lacan ha deducido de ello, para el psicoanálisis, toda una visión del “tiempo reversivo”, de la «retroacción significante» y del «futuro anterior», en tanto que muchos otros comentaristas han tratado de comprender este valor perturbador del destiempo freudiano al hilo de una teoría del tiempo psíquico. En la historia de Emma, contada por Freud en 1895, el recuerdo rechazado no se ha transformado en traumatismo más que a destiempo.

Una última aproximación viene de Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis.[6] Encuentros entre un tiempo que pasa y un tiempo que no pasa. Para la lógica de los procesos psíquicos, el paso del tiempo no puede estar referido únicamente a nuestra representación consciente. Colisión de dos temporalidades que engendran las condiciones de la repetición. La repetición como algo nuevo, que se produce en un nuevo lugar, o, para ser más exactos, ella produce un nuevo lugar, creado por el encuentro de dos temporalidades heterogéneas y por la actualización de los efectos de este encuentro. Por el juego de la energía libre característico de los procesos primarios, todo deviene y nada cesa, pues en ellos nada deviene pasado. Lo cierto es que se hace difícil pensar un tiempo que no pasa, toda vez que el acto mismo del pensamiento se produce desde el punto de vista de un tiempo que pasa. Del lado de la existencia, en cambio, los acontecimientos pueden resultar “pasados” ordenados y representados desde el momento en que han sufrido el examen de la realidad. Ahora bien, discernimos una condición para que se instituya el examen de la realidad: tienen que haberse perdido objetos que antaño procuraron una satisfacción objetiva. Estamos atravesados por dos tipos de tiempos: el que pasa y el que no pasa. La expresión no cesa parece aquí la más adecuada para designar acontecimientos que no terminan, que no tienen término y que no devienen pasados, pero que no por ello permanecen inmóviles e idénticos.

Notas

[1] Vives Rocabert, Juan, La muerte y su pulsión: una perspectiva freudiana. México: Paidós, 2013.

[2] ¿Puede definirse el duelo como el trabajo paradigmático de una clínica psicoanalítica? Nos atrevemos a pensar que, al igual que para el aparato psíquico, así es.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica, trad. de Santiago Espinosa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2013

[4] Kierkegaard, Sören, In vino veritas, trad. de Demetrio Gutiérrez Rivero. Madrid: Guadarrama.

[5] Didi-Huberman, Georges, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 1ª ed. en español. Madrid: Abada, 2009

[6] Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 1996

[Fin de la entrada “En el diván: el coraje de hacer historia”]

En el diván: el coraje de hacer historia (II)

El pasado que no es pasado o el retorno de lo reprimido 

Freud necesita representarse y pensar el funcionamiento de un aparato psíquico con esas características debido a lo que descubre en su práctica clínica. En Psicopatología de la vida cotidiana expresa: “El estudio del sueño y de sucesos patológicos nos ha enseñado que pueden reaflorar de pronto en la conciencia lo que estimábamos olvidado desde hacía mucho tiempo, el olvidar se nos ha vuelto más enigmático que el recordar.”[1]

Este “reaflorar” del pasado lo expresa de manera más clara en Recordar, Repetir, Reelaborar[2]. Pero, y he aquí una premisa fundamental: el pasado no reaflora, o, mejor dicho, no retorna en forma de recuerdo, sino de acto: El analizante no recuerda, en general, nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa. No lo reproduce como recuerdo, sino como acción; lo repite, sin saber, desde luego, que lo hace. Es en este sentido que el pasado, en tanto se actúa en el presente, ni es pasado ni se ha olvidado, sólo que el analizante no lo sabe. En Fragmento de análisis de un caso de histeria[3], ya lo había anticipado: Dora actuó un fragmento esencial de sus recuerdos y fantasías, en lugar de reproducirlo, es decir, recordarlo en la cura.

El tiempo que no pasa*

Esta forma de actuar como un modo de “recordar”, sin saberlo, es lo que Freud llamará compulsión de repetición. Y que, sin necesidad de Freud ni psicoanálisis, nos es una experiencia familiar y a la vez extraña. ¿Quién no ha tropezado con la misma piedra, una, dos, tres, cuatro, cinco, ene veces? Néstor Braunstein lo plantea de manera más “trágica”: darse cuenta de la piedra, para ponerla y tropezar nuevamente. ¿A quién no le han enseñado nada los años y siempre cae en los mismos errores? ¿Quién no ha brindado con extraños y llorado por los mismos dolores? ¿Quién no ha escuchado historias tan “tristes” de sujetos que pareciera que su destino es “sufrir”, que siempre les va mal por más que se esfuercen y empeñen por ser “felices”? ¿Que quién sabe qué estarán pagando con la vida que “les tocó” vivir? Etc. En otras palabras, la repetición es la trasferencia del pasado olvidado; pero no sólo en la clínica psicoanalítica: también sobre todos los otros ámbitos de la situación presente, es decir, en todas las otras actividades y vínculos simultáneos de la vida. Comúnmente se cree que recordar, repetir, olvidar, actuar, evocar, etc., sólo tiene lugar porque uno asiste con el psicoanalista; todo eso tiene lugar en nuestra vida cotidiana, solo que no lo sabemos: “Yo no voy con el analista, ¿para qué andar recordando el pasado? ¿De qué me va a servir?” “Señor, usted actúa, sin saberlo, un pasado que no recuerda”.

Actúan en vez de recordar. Demos un paso más. ¿Qué actúan, o, mejor dicho, qué recuerdan actuando de ese pasado? Actúan “un tipo particular de importantísimas vivencias, sobrevenidas en épocas muy tempranas de la infancia y que en su tiempo no fueron entendidas”[4]. “Repite todo cuanto desde las fuentes de su reprimido ya se ha abierto paso hasta su ser manifiesto: sus inhibiciones y actitudes inviables, sus rasgos patológicos de carácter”[5], por decirlo de alguna manera.

Ahora bien, actuar sólo es una forma de recordar. Otra forma de recordar son propiamente los Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores[6]. En este texto Freud señala “la naturaleza tendenciosa de nuestro recordar” y expone: “Los recuerdos indiferentes de la infancia deben su existencia a un proceso de desplazamiento; son el sustituto, en la reproducción [mnémica], de otras impresiones de efectiva sustantividad”. Señalemos aquí el adjetivo “indiferentes”. Esa indiferencia es supuesta pues estos recuerdos se conservan no por su contenido propio, sino por su vínculo con otros contenidos, reprimidos, y lo esencial de la memoria, las impresiones más importantes, se sitúan “detrás” de estos recuerdos encubridores. Sin embargo, “de esos recuerdos de infancia, que se llaman los más tempranos, no poseemos la huella mnémica real y efectiva, sino una elaboración posterior de ella, una elaboración que acaso experimentó los influjos de múltiples poderes psíquicos posteriores”.[7]

Y estarían otro tipo de “recuerdos”, que más bien son un tipo de “explicaciones” que intentarían darle algún sentido a lo que se vive, remontándose al pasado, al decir que uno es así o le suceden tales cosas porque de niño vio, vivió, sufrió, padeció, le dijeron x o y cosas: divorcio, peleas, celos, abusos, violencia, etc., “explicaciones” que, remontándose y obteniendo su impulso del pasado, se hacen presentes y congelan el futuro. Historias de un pasado que sepulta el presente en tanto que el sujeto por más que quiera y se esfuerce, no puede desprenderse de aquello que tanto sufre y lo determina. Una especie de destino funesto que imposibilita la vida. Puede pensarse también en la forma de una herencia, tradición, costumbre, que no permite la novedad, la invención, lo nuevo, lo diferente, lo vivificante. Limitándose a repetir, uno puede estar muerto en vida o ser una especie de anciano que vive en y de sus recuerdos, no muy gratos. Muerto y anciano en sentido figurado: un joven gallardo y galante bien puede representar un muerto y anciano en este orden de ideas, como veremos en un ejemplo más adelante.

Es en este sentido que el pasado no es pasado sino presente. Que en realidad eso que se actúa, se repite y retorna, no está olvidado. Y de paso señalemos lo que nos dice Freud hacia el final de Psicopatología de la vida cotidiana: en todos los casos (expuestos en ese texto) el olvidó resultó fundado en un motivo de displacer […] no debemos tratar su “enfermedad” como un episodio histórico, sino como un poder actual.

Esto trastoca radicalmente la concepción del tiempo en que vivimos y experimentamos. Una línea recta del tiempo donde cada evento tendría lugar en un punto, fijando uno como presente, aquellos que se coloquen previamente serían pasado, y los posteriores futuro. Lo que Freud descubre es una atemporalidad del aparato psíquico y que definirá como una de las propiedades del sistema Inconsciente en su texto Lo Inconsciente: “Los procesos del sistema Icc son atemporales, es decir, no están ordenados con arreglo al tiempo, no se modifican por el trascurso de este ni, en general, tienen relación alguna con él.”[8]

Existe una frase que me encanta y expresaría esto de otra manera. Proviene de Hamlet, aunque yo la encontré en Espectros de Marx: The time is out of joint. El tiempo está desarticulado. Que también puede aceptar los siguientes significados: dislocado, desencajado, fuera de sí, descompuesto, fuera de sus goznes, fuera de quicio, disyunto, desajustado, trastornado; nos ayuda a pensar la relación del sujeto con el tiempo.

Desde la clínica

Infinidad de tiempos*

Pierre Fédida en El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica[9], nos comparte un mini fragmento de caso: Un joven que tiene en la memoria el rostro de su madre, muerta hace diez años, rostro que está hoy para él más claramente presente que si la viera frente a sí. El recuerdo de ese rostro lo mantiene como alejado de una emoción. Creía no tener ningún recuerdo de su padre porque lo había conocido muy poco. Siempre le dijeron que se parecía a su padre, pero él, por su parte, no lo sabe. La muerte de su madre no puso fin a la desaparición de su padre. Esa muerte lo ha privado asimismo de su duelo. Y se diría que el rostro tan claro en la memoria -que impide todo afecto- lo mantiene despierto, inmortal. Para él lo importante es no ser amortajado por la desaparición de su padre. Su madre hizo de modo que él no sufriera nunca la ausencia: con seguridad, ella creía que la fidelidad de su pasión concedía al padre todo su lugar. Antes de venir, el hombre no sabía qué diría que no es su padre lo que le ha faltado, sino que lo que le ha faltado es su muerte. El hombre dice que no es él quien está enfermo sino su vida. ¿Habrá vivido hasta ahora en tal identificación insospechada con su padre desaparecido para darse cuenta hoy de que, quizá, vivió en su lugar, o más bien de que la pasión de su madre -¿por él o por su padre?- le impidió vivir su propia vida? Vean, el pasado que está claro y vivo en el presente, sepultándolo e impidiendo la vida. El no poder olvidar el rostro de su madre, que a la vez evocaba la pasión por el padre, le impedía vivir su propia vida.

Desde la literatura

¿Qué pasaría si no olvidáramos? Esta vez tomemos un ejemplo de la literatura. Jorge Luis Borges en su cuento Funes el memorioso[10]. Ahí nos comparte la historia de Ireneo Funes, de cara taciturna y aindiada. A quien por cierto también se le conocía como el “cronométrico Funes”, porque siempre sabía la hora exacta sin necesidad de mirar su reloj. Después de dejar de verlo y saber de él, el protagonista se entera de que un accidente dejó al joven Funes tullido y postrado en una silla frente a su jardín. Lo fue a visitar y la madre le comenta que Ireneo estaba en la pieza del fondo y que no le extrañara encontrarla a oscuras, porque Ireneo sabía pasarse las horas muertas sin encender la vela. Descubre ahí que Ireneo, después del accidente perdió el conocimiento, pero tuvo desde entonces una memoria perfecta; no prodigiosa ni excepcional sino perfecta. ¿Quién no quisiera poder recordarlo todo? Ireneo podía, y de inicio aquello parecía un regalo de los dioses. Sin embargo, poco a poco, el presente era casi intolerable de tan rico y tan nítido, y también las memorias más antiguas y más triviales las recordaba. Ahora su percepción y su memoria eran infalibles. Podía recordar un día entero con todo detalle, pero eso le llevaba un día entero. Recordar el pasado ocupaba su presente, impidiéndole moverse de su lugar. Impidiéndole vivir. No es casual que Borges haya dejado a su personaje de memoria perfecta, tullido e inmóvil. El olvidar es necesario para moverse, para vivir. Y esta es una reflexión que también encontramos, esta vez desde la filosofía, en Friedrich Nietzsche.

Desde la filosofía

Un estilo diferente*

Friedrich Nietzsche en su II Intempestiva. Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida[11], reflexiona, desde su estilo, sobre el pasado, su “utilidad” pero también su perjuicio para la vida. De inicio cita a Goethe: “Detesto todo lo que no hace más que instruirme sin aumentar mi actividad o vivificarla inmediatamente […] Hemos de detestar seriamente la enseñanza sin vivificación, el saber en el que se paraliza la actividad, la historia como lujo y preciosa superabundancia de conocimientos”.[12] No tengáis respeto ante la historia, sino que lo que debéis tener es el coraje de hacer historia. Sólo el anciano vive de puros recuerdos. Es cierto que necesitamos historia, o, pero lo necesitamos de otra manera. Necesitamos de la historia, de nuestro pasado, de nuestros recuerdos para vivificar la vida y para actuar. Servirnos de ella para la vida sin melancolía ni hastío. Escuchen la propuesta tan viva de Nietzsche, que muchas veces se le lee como el nihilista pesimista que nunca fue. Habla de la felicidad: menciona cómo el humano mira envidioso la felicidad del animal: sin hastío ni dolores. Claro, está hablando de los animales salvajes, no los domesticados o aquellos pobres que encontramos en las calles o circos o las azoteas de las casas. Cuando el hombre le pregunta al animal por su felicidad, el animal quisiera responder: Soy feliz porque siempre olvido al punto lo que quería decir, pero ya olvido también esa respuesta y me callo: el ser humano se quedó asombrado. Se asombró también de sí mismo por no poder aprender a olvidar y seguir dependiendo siempre del pasado: por muy rápido y lejos que corra, la cadena corre con él. El animal vive en forma ahistórica; el ser humano, por el contrario, se resiste a la gran carga, cada vez mayor, del pasado… ¿No les parece maravilloso cómo resuenan aquí Freud, o cómo resuena allá Nietzsche? Es siempre una sola cosa la que hace que la felicidad sea felicidad: el poder olvidar (recuerden nuestros ejemplos), o dicho en términos más eruditos, la facultad de sentir en forma ahistórica todo el tiempo de su duración. Quien no es capaz de tenderse, olvidando todo pasado, en el umbral de un instante, quien no sabe estar ahí de pie en un punto, sin vértigo ni miedo, nunca sabrá lo que es la felicidad. En consecuencia, es posible vivir, y aún vivir feliz, casi sin recordar; pero es totalmente imposible vivir sin olvidar. De lo que se trata es de evitar que el pasado se convierta en sepultero de lo presente, que el presente no sucumba ante el pasado. Lo ahistórico y lo histórico son por igual necesarios para la salud de los individuos, de los pueblos y de las culturas. Escuchen: Lo pasado y presente son una y la misma cosa, esto es, dentro de cualquier diversidad son típicamente idénticos. En otros términos, el pasado debe estar al servicio del poder de la vida. Pero hasta qué punto la vida tiene necesidad del servicio de la historia y del pasado es una de las más graves cuestiones y preocupaciones en lo que respecta a la salud de los individuos, los pueblos y las culturas. Concluye su primer punto: donde hay cierto exceso de historia-pasado se desintegra y degenera la vida, y, por último, a raíz de esta degeneración, a su vez, también la misma historia. A mí me parece genial.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Psicopatología de la vida cotidiana, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[2] Freud, Sigmund, Recordar, repetir, reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[3] Freud, Sigmund, Fragmento de análisis de un caso de histeria, Obras Completas, vol. 7, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[4] Recordar, repetir, reelaborar. p.151

[5] Ibid. p.153

[6] Freud, Sigmund, Recuerdos de infancia y recuerdos encubridores, Obras Completas, vol. 6, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[7] Ibid. p.52

[8] Freud, Sigmund, Lo inconsciente, Obras Completas, vol. 14, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991.

[9] Fédida, Pierre, El sitio del ajeno. La situación psicoanalítica, 1ª ed. Argentina: Siglo XXI, 2006.

[10] Borges, Jorge Luis, Funes el memorioso, consultado en línea: http://biblio3.url.edu.gt/Libros/borges/el_memorioso.pdf el 21 de diciembre de 2016

[11] Nietzsche, Friedrich, II Intempestiva. De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida, en O.C. Vol. I Escritos de Juventud, trad. intro. y notas de Joan B. Llinares, Diego Sánchez Meca y Luis E. de Santigo Guervos. Madrid: Tecnos, 2011.

[12] Ibid. p.695

*Los títulos de estas imágenes nos los hemos inventado. Las dos primeras resultaron de búsquedas en Pinterest y la tercera fue tomada de https://notasdelectura.wordpress.com/2010/02/23/nietzsche-y-los-usos-de-la-historia/

[En la tercera parte se abordará muy brevemente lo que el trabajo analítico propone en relación con el pasado] [Fin de la segunda parte]

En el diván: el coraje de hacer historia (I)

[Presento una versión escrita del trabajo que expuse durante mi segunda participación en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica [para ver el trabajo de mi primera participación, dar clic aquí] que llevó como título “Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia”. Para esta versión dividí el trabajo en tres partes, a continuación, la primera]

El tiempo del psiquismo

Buenos días. Quiero agradecer a los organizadores, Edmundo Vega Simont y Dante Pérez Aguirre, la invitación a este coloquio, así como el empeño y dedicación que muestran en este intento de transmitir y difundir el psicoanálisis. Para ello se necesita, entre otras cosas, un espacio, por lo que también agradezco al SEDIF por la facilidad y recibimiento dentro de sus instalaciones.

     Ante la convocatoria para participar en este coloquio y conociendo que el proyecto detrás es el de la Maestría en Clínica Psicoanalítica, quise venir a hablarles de manera sucinta de algunos elementos entrelazados que tienen lugar precisamente en el trabajo analítico: el olvido, la memoria, el recuerdo, la repetición. En otras palabras, la relación del presente con el pasado que puede pensarse también como la cuestión del tiempo: la temporalidad psíquica, para ser más exacto, que más bien es atemporalidad, como expondremos.

Ernesto A. Ocádiz G. durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica. Tema: Que el pasado sea pasado, solo el anciano vive de puros recuerdos. El coraje de hacer historia.
“Que el pasado sea pasado, sólo el anciano vive de puros recuerdos: el coraje de hacer historia” por Ernesto A. Ocádiz G.

     Es de uso común, para aquellos cuya lectura psicoanalítica es pobre o nula, reconocer, a pesar de lo anterior, la importancia que esta disciplina otorga al pasado dentro de su práctica. Sin embargo, no les son tan conocidos igualmente los efectos y el papel que desempeña el pasado en la vida cotidiana más allá -o más acá- de considerarse algo “traumático”. Es decir, reconocen la importancia de ciertos acontecimientos pasados en tanto sean traumáticos a la vez que desconocen en general sus efectos presentes en lo cotidiano. No saben de sus efectos en la vida cotidiana, y con toda razón, pues las formas y proceso en que tales acontecimientos pueden determinar nuestra vida resultan desconocidos para nuestra conciencia. No tenemos noticia de ello, son procesos inconscientes.

   Dividiré esta exposición en tres partes: 1) la cuestión de la inscripción o escritura psíquica, 2) el retorno del pasado en el presente o el retorno de lo reprimido, y, 3) el trabajo analítico cuya parte de su propuesta es que ese pasado sea pasado, que no sepulte el presente; en otras palabras, el coraje de hacer historia. Esto lo haré tomando no sólo planteamientos psicoanalíticos, sino refiriéndome también a la literatura y la filosofía.

La inscripción psíquica

Estrictamente hablando, podemos decir que todo lo que se habla, escucha y actúa en un análisis es pasado: los sueños, olvidos o lapsus ya han pasado cuando se habla de ellos; qué decir del síntoma que ocupa la vida del paciente antes de pisar el consultorio del analista: este ha estado presente en la existencia del sujeto antes de intentar decir algo al respecto. Aún más, todo lo que vivimos, así sea aquí y ahora, fuera del consultorio, es pasado. Depende de la escala de medición del tiempo que queramos utilizar: podremos hablar de cosas pasadas que sucedieron esta mañana, hace una hora, hace un minuto, hace unos segundos; también lo que sucedió hace un mes o uno, dos, tres, diez años. Todos esos recuerdos de infancia, de juventud, de amores, de pérdidas, que con o sin fecha exacta recuperamos a placer o nos asaltan por sorpresa, son pasados. Así, nos preguntamos de qué manera se inscriben estos eventos en nuestra psique de forma que pueden recuperarse o hacerse presentes. En otras palabras, cómo nos vamos haciendo de una memoria. Queda claro entonces que existiría una relación entre escritura y memoria.

     En Nota sobre la «pizarra mágica»[1], Freud, de manera muy visual, intenta representarse cómo el aparato psíquico lleva a cabo tal tarea: para eso se necesitaría contar con una capacidad ilimitada de recepción de percepciones nuevas y al mismo tiempo la conservación de huellas mnémicas duraderas, aunque no por eso inalterables. Piensen en este momento en cómo algo de lo que ven, escuchan, sienten, piensan, se va inscribiendo en el aparato psíquico de manera duradera, aunque no inalterable. Eso es lo que Freud nos invita a pensar, aunado a que no es, del todo, una acción voluntaria.[2] ¿Cómo saber lo que de este momento perdurará en la memoria?

    Ahora bien, no nos interesa tanto el artificio de la pizarra mágica sino los planteamientos y consecuencias de lo ahí expuesto: nuestro aparato psíquico, en condiciones “normales” sería una superficie receptiva siempre utilizable a la vez que inscribe huellas duraderas, aunque no inmodificables. Gracias a este planteamiento es que Freud puede vincular las funciones de la percepción y de la memoria, es decir, plantea por lo menos dos sistemas del aparato psíquico, digámoslo ya, el sistema percepción conciencia y lo inconsciente. El sistema o estrato receptor de estímulos no forma huellas duraderas; las bases del recuerdo tendrían lugar en otros sistemas contiguos (preconsciente e inconsciente).

  Serge Leclaire nos menciona, según su propuesta en Escritos para el psicoanálisis[3], que el término freudiano más usual para designar lo que queda inscrito de manera indeleble en lo inconsciente es el de representación o representante. O, más exactamente, representante inconsciente de la pulsión. Leclaire también menciona que en el psicoanálisis de lengua francesa intenta imponerse el término de significante, que Jacques Lacan tomó de la lingüística de Saussure para pensar también la cuestión de la inscripción psíquica; significantes inconscientes que determinan al sujeto. Al igual que Freud, también piensa algún modelo del aparato psíquico llevando sus últimas elaboraciones a la topología. En esta relación entre escritura y memoria, se añade una cuestión más: eso escrito es inconsciente.

  Ustedes disculparán estos brincos en esta exposición, pero no es mi intención hacer un desarrollo de estas elaboraciones de la inscripción psíquica ni de los modelos que se han utilizado, como tampoco de los autores que lo han realizado. Lo que quiero señalar es que independientemente del modelo o los términos que se prefieran, estos apuntan a que algo queda inscrito en el aparato psíquico de manera duradera, no inalterable e inconsciente.

     Hasta aquí bien podrían decir con toda razón que esto no es nada nuevo ni diferente de lo que ustedes ya saben o lo que es de uso común y cotidiano: “Sí, hay cosas que recordamos, otras que no, unas que permanecen, otras que olvidamos… ¿y eso qué relevancia tiene?” Es más, se nos diría que incluso la memoria puede ser comparada con una computadora, teniendo una memoria a largo plazo y otra a corto plazo. O bien, que no tiene caso ocuparse del pasado, pues ya pasó. Pero, ¿es así de sencillo? ¿Quién no se ha visto sorprendido por el recuerdo de algo que creía había olvidado? ¿Quién no ha sentido esa extraña sensación de familiaridad con algo o alguien sin poder del todo ubicarlo en su memoria? ¿Quién no ha tenido un sueño que desde la infancia sigue presente? ¿Por qué ese sueño habría de insistir en comparación con los cientos que tenemos a lo largo de la vida? ¿Quién no ha olvidado el nombre de alguien cuyo nombre sabía apenas unos días? ¿Quién no ha querido olvidar y no puede? Por el contrario, ¿quién no ha olvidado sin proponérselo? ¿O quién no ha recordado sin querer? Estas preguntas sólo son para introducirnos en el tema y los problemas que plantea, que tienen relación con esa memoria inconsciente que pareciera tener “vida propia”; incluye por lo tanto las cuestiones del recuerdo y el olvido, procesos que no están del todo bajo nuestro control: recordamos sin querer y quisiéramos poder olvidar a voluntad.

Notas

[1] Freud, Sigmund, Nota sobre la “pizarra mágica” en Obras Completas, vol. 19, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991

[2] Decimos no del todo debido a que habría situaciones en que una inscripción “forzada” y “voluntaria” – véase la contradicción – podría llevarse a cabo, como cuando de niños nos ponían a estudiar las tablas de multiplicar.

[3] Leclaire, Serge, Escritos para el psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 2000

[En la segunda parte abordaremos el retorno del pasado en el presente o el retorno de lo reprimido] [Fin de la primera parte]