A paso de lobo

14.

A paso de lobo. Nihilista despreciador de vida y predicador de muerte y desesperanza: que no exista la verdad no quiere decir que la vida sea mentira — ¿Qué es la vida? ¡Ni siquiera los biólogos han logrado responder! —. Sí, ten cuidado con lo que nos dices. Te descubrimos a tiempo, te veíamos acercándote, acechando, silencioso, querías brincar sobre nosotros y verter tus pesados pensamientos en nuestros oídos: la vida es dolor y tormento, existir es padecer y nada más, para morir hemos nacido. Para ti no hay mejor ni mayor sabiduría que la de Sileno: «lo mejor habría sido no haber nacido, pero una vez que se ha nacido, lo mejor es morirse pronto». No, esta vez no nos tomaste por sorpresa —¿Ves? Todo es mentira, nada vale la pena, desprecia este mundo y la existencia absurda que en él habita —. «¡Cómo! ¿Tú vives todavía, Zaratustra? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿Con qué? ¿Hacia dónde? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿No es tontería vivir todavía?».

A paso de lobo.
Lobo acechando sobre la nieve (Foto: Chris Muiden, licencia CC BY-SA 3.0).

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Enano espíritu de pesadez

10.

Sube a nuestros hombros, pesado enano, una vez más. Vierte en nuestras orejas tus pesados pensamientos, sí, en aquellos que nos hemos descubierto anteriormente, en aquellos que deseamos la muerte y nos seduce la locura, en donde el pesimismo y la decadencia son nuestra bandera, incluso nuestro lema: lo mejor que puede pasar después de nacer es morir, inúndanos con tus sentidos fuera de este mundo, dinos que la tierra es pesada como pesada es la vida y su carga, que el sufrimiento es una objeción, que no existe esperanza ni futuro en este mundo, que nada vale la pena, que más vale volarse la cabeza o quedarse sin respirar. Vamos, di todo eso, ¿qué pasa, te has quedado mudo? ¿Son estas alturas la que te están afectando? ¿Te ha dado mal de montaña, te sientes mareado, te falta el oxígeno, quieres bajar, descender? Sientes nauseas. Ahora lo entiendes, para ti es imposible subir a estas profundidades, a estas alturas pierdes tus fuerzas. Tranquilo, no quiero matarte — sí, recuerdo que alguna vez dije que no era con odio con lo que se mataba al espíritu de la pesadez, sino con la risa —, eres mi amigo — sí, también recuerdo que alguna vez te llamé mi archienemigo — y me has acompañado durante este ascenso, y has aguantado valerosamente, reconozco eso. Este viento de montaña es fuerte y te enferma, te asfixia y te avienta. A mí, por el contrario, me fortalece, multiplica mis energías, cura mis enfermedades y desaparece mis dolores; sólo hacía falta ascender un poco más para darme cuenta de la fortaleza de estos pensamientos: sólo en lo más alto es posible la suprema afirmación del eterno retorno, porque es aquí donde te encuentro vencido. Este es mi éxito. ¿Qué dices, que en algún momento tendré que bajar, que tendré que descender, que no puedo quedarme aquí para siempre? No pierdes tu cinismo, te muestras valiente aun estando vencido. Oh, amigo, eres mi gran enemigo, y no podría negarte — ni negarnos — el buen gusto de una batalla más. Vayamos pues, descendamos otra vez, porque esto es la vida, y la quiero una vez más. — Y así comenzó un nuevo descenso para Zaratustra y el espíritu de pesadez. — Ya hemos perdido la cuenta —.

Sube a nuestros hombros, pesado enano, una vez más. Vierte en nuestras orejas tus pesados pensamientos en que deseamos muerte y locura.
LENA HADES. “Zarathustra und Zwerg” (Zaratustra y el enano), 1997. Óleo sobre lienzo, 137 x 177 cm.

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