Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Este ensayo sobre un sueño también fue publicado en la revista literaria ESPORA, año 2, número 12, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Puede consultarse en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.

ESPORA Año 2, Número 12
ESPORA Año 2, Número 12

Sueño del 18 al 19 de abril de 2017

Una bomba está por explotar. Explosión que podría significar el fin del mundo como lo conocemos e iniciar uno postapocalíptico como lo han presentado algunas novelas y largometrajes de ciencia ficción. Tal explosión es inevitable pues quienes pudieron haberla desactivado han muerto, por lo que el único sobreviviente no puede hacer nada al respecto. Sin embargo, cabila sobre si la explosión se limitará sólo a determinado radio y entonces pueda sobrevivirla o si le será imposible escapar. Duda entre regresar por ciertos objetos pues esto le consumiría tiempo además de entrar en el radio que supone abarcaría la explosión, o, dejarlos consumirse en la misma y salvarse alejándose del área mortal. [Como todo sueño, no se digna en presentar su re-solución[1], contiene contradicciones y cuestiones absurdas, por ejemplo, que la bomba es supuesta, pues nunca aparece, es sólo la sensación de la misma. ¿Cómo es la sensación de una bomba por estallar?]

     Sueño alimentado, en parte, por las amenazas de guerra y bombardeo ante las recientes acciones en medio oriente por parte de nuestro vecino del norte. O, también por la adivinanza que una niña me lanzó y logré resolver: “¿Cuál es el país que primero ríe y luego explota?” Otros dirían que el sueño realizaría alucinatoriamente el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, por lo que lo “actual” es sólo un pre-texto. Como sea, no buscamos la fuente ni origen del mismo, tampoco buscamos hacer un ejemplo de análisis de sueños ni lo que cumpliría, menos aún pretendemos una especie de autoanálisis ni interpretación, aunque no descarta la experiencia que nos ha atravesado en el diván. Dejando en claro esto, sin mayor preámbulo, comenzamos con nuestros comentarios.

     El primero surge a partir de una lectura posible, entre varias, que se pueden hacer de este sueño. Una lectura que denominaremos simpática, bondadosa y amigable si se quiere, y que nos coloca en el camino de que algo está a punto de suceder en la vida del soñante: un acontecimiento, un renacimiento, el inicio de cualquier cosa que no sería poca cosa. Pero, además, con un carácter explosivo, intempestivo, fuera de tiempo, dislocado, inesperado. La llegada de alguna cosa que, con esa cualidad explosiva, mueve a cualquiera de su lugar: imposible no vibrar, tambalearse, sacudirse, desequilibrarse, caerse, ensordecerse o cegarse, pero que, por el carácter amigable de esta lectura, resulta soportable, pues dará lugar a algo mejor. Abandonar cosas, olvidarlas, dejarlas, desprenderse, renunciar, desapegarse: signos de algo bueno. Pues ¿por qué habría de sobrevivir nuestro soñante si no es porque vendrá algo mejor? ¿Por qué no “vaciar para poder recibir”? “Dejar ir es dejar llegar” ¡Claro! ¡Y no dejamos de preguntarnos de dónde se obtienen formidables causalidades! ¡Y a futuro! ¿No se puede soportar la destrucción, el dolor, la vida, la existencia, la muerte, si no es porque algo en un futuro anterior nos hará decir que ha valido la pena lo que pasó? ¿Se necesita de alguna promesa por cumplir para hacer más llevadero el malestar? No mirar atrás. No regresar. “Que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Todo lo anterior en vista de que algo en el exterior cambiará radicalmente, y como consecuencia “lógica”, el cambio en nuestro personaje. También puede leerse como un cambio en el interior: algo detonará en él que, y, sin necesidad de que algo cambie en el mundo, le hará verlo de otra manera. ¡Pero no sólo eso, también sentirlo y vivirlo de manera diferente! Tal vez un cambio en relación con algo profundamente anhelado, esperado, deseado, o, por el contrario, nunca imaginado, pero siempre, en esta lectura simpática, nunca en perjuicio del soñante. La liberación de todo pasado, de los temores, las inhibiciones, los dolores, las ausencias; el advenimiento, por vía casi mágica, de una nueva vida.

     Todavía otra posibilidad, y más ramplona: la explosión como metáfora de los afectos largamente contenidos, sofocados, en particular del enojo. Signo de que nuestro personaje se ha aguantado bastante, y que, por su bien, por salud, no debiera “reprimirse” más. Decir las cosas, de lo contrario, se atreven a decir algunos pocos pensantes pero muy académicos, podría producirse un cáncer. Un sueño como advertencia para cambiar algo, claro, siempre en pos del soñante. Un mensaje, una señal para estar mejor. ¿Pues acaso se puede leer de otra manera este sueño que no sea manifestación de algo que sería bienvenido para él? “Sí, sí ha de ser eso. Algo bueno va a pasar en mi vida”. Y lo mejor de una lectura así, para quienes la aceptan, es que el soñante lo único que tiene que hacer es, esperar; sí, estar pendiente de más “señales”, pero, sobre todo, saber esperar, porque “todo llega para el que sabe hacerlo”. ¡Esa necedad de atrasar los actos en la espera! ¡Esa necesidad de embellecer las cosas! ¡Ese disparate de que algo anhelado sucederá sólo porque uno cree merecerlo y el sueño es el mensajero de tal bienaventuranza! ¿Por qué habría de suceder así? ¿Cómo es que tal visión logra imponerse -la mayor parte del tiempo- sobre la realidad?

     Afortunadamente existe otra lectura posible, de donde parte nuestro segundo comentario. Una lectura que no resulta tan agradable pero que al menos nos pone a distancia de la anterior, que, en pocas palabras, nos produce náuseas. Podemos abordarla con la siguiente pregunta: ¿por qué el tema de la muerte – o fallecimiento, supresión, aniquilamiento, desaparición, borramiento, como se quiera – de nuestro personaje es ignorado o desconsiderado en esa lectura simpática, embellecida con prosperidad? ¿Acaso la muerte no es una clara posibilidad en el sueño, y además una inevitabilidad en la vida? En oposición a esa lectura agradable, proponemos una que pone en primer plano la finitud del sujeto y de su historia y que se nos ocurre llamarla antipática[2]. ¿Y si esa bomba de tiempo no fuese señal de ninguna dicha por venir, sino de algo terrible por develarse, por ejemplo, de la mentira que uno ha sido para sí mismo? O de la mentira que el mundo había significado. De la mascarada que uno ha utilizado para no ver aquello terrible que en uno mismo y en el mundo existe: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo”[3]. Algo temible que, a fuerza de mantenerse ignorado, despreciado, “reprimido”, encuentra una expresión en los sueños. Y si se tratase de un pago imposible de postergar más o de uno imposible de saldar, con las secuelas que esto implique. Porque, si ese sueño fuese mensaje de un cambio alegre y esperado, no vemos razón para que no sucediese sin más, sin aviso, sin figuraciones, sin necesidad de una “interpretación”.

    Esta lectura antipática también permite pensar el fin del mundo no en el exterior, sino dentro, lo cual representaría, igualmente, un cambio de posición y un nuevo comienzo. Pero, ¿se toma en serio, en su cruda realidad, lo que es empezar de cero, desde “nada”? ¿Se considera en realidad la pérdida de “todo” cuando se anhela algo así, o sólo se piensa en lo que hasta ese momento resulta sumamente displacentero? Un único sobreviviente: ¿caeremos en la ingenuidad de una libertad en la que uno podría hacer lo que quiere? ¿Nos es posible siquiera pensar la libertad sin referencia a otro(s)? No se trata de aislamiento, sino de una soledad radical, incluso nos atrevemos a decir realizada. Los otros en el sueño figuran por dos cosas: estar ausentes, es decir, muertos, y poseer un saber que para el momento actual resulta inútil. No hubo transmisión de ese saber que podría salvar. Hubo, por otro lado, intento de transmisión de un hecho: morir. O, siguiendo a Derrida, en su exordio[4], la transmisión consistiría en asumir que enseñar y aprender a vivir es imposible. Que algo de esto solo puede logarse en relación con la muerte de uno y de otros, como figura en el sueño y que una lectura amigable decide ignorar. El sueño, representa y supone la muerte de otros, la renuncia, abandono y el no retorno al pasado, y también el final de uno.

     ¿Y qué hay del cavilar del soñante? ¡También la duda que esas lecturas simpáticas deciden ignorar![5] Ese titubeo, esa incertidumbre que rumia, esa desidia por hacer algo que no esté garantizado, un desgano ante el nihilismo radical de las cosas. Como si el acto, nuestro acto, el acto de cada sujeto, dependiese tan sencillamente de que alguien nos animara a llevarlos a cabo recordándonos la muerte. ¿Así de fácil se supera? ¡Qué bueno que nuestro personaje se encuentre solo, así tendrá que decidir su acto por sí mismo! Arriesgarse en algún sentido: volver por sus cosas a expensas de morirse en el acto; alejarse lo más posible con la esperanza de que el radio de la explosión no le alcance; alejarse y aun así morir; una más, que la bomba no explote, quedarse inmóvil, esperar, eso también es un riesgo y una apuesta. En este último caso, santa paz y calma si no sucede nada: de vuelta a la normalidad, a la cotidianidad, a la vida como siempre se ha llevado. “No tuve que moverme y no pasó nada ¡Qué dicha!” “No tuve que moverme, hacer algo, salvo esperar. ¡Qué felicidad recibir esto!” No seamos tan duros, tal vez pidió, pues dicen que, si uno pide, se le concederá, y pedir ya es hacer algo. Sólo fue un mal sueño, nada para pensar, para hacer, ni que más decir ni decidir. Se puede estar así, por decadente que nos resulte, por chocoso que nos parezca. Felizmente, siempre habrá un sueño, un lapsus, un acto, un sin querer, alguien o algo que nos fracture en esa imagen de nosotros mismos que tanto nos ha seducido desde infantes, imagen de inmortalidad, completud, omnipotencia, certeza, autoerotismo.

     Nuestro personaje decide ir en busca de sus cositas, las recupera, con el tiempo encima de él se aleja rápidamente del radio de explosión, brindándonos una imagen de su salvación en primer plano, y en segundo, la destrucción. ¡Se salvó! Eso está muy norteamericano, o, mejor dicho, muy occidentalizado, lo mismo que el sueño: soñar con una bomba. No elegimos nuestros sueños. Eso en sí mismo ya constituye una fractura. No podríamos soñar de otra manera. ¿Con qué sueñan los japoneses?[6] Fractura que, contrario a como pudiesen pensar los agradables y suaves, a nosotros nos mueve de lugar, y moverse, en definitiva, es un actuar. Que la muerte y el tiempo que pasa -porque existe un tiempo que no pasa- es nuestra apuesta, puedan ser algo diferente de un saber sin efectos. Nuestro primer comentario lo cerrábamos expresando esa necesidad de embellecer las cosas, aquí añadimos: ¡Esa necesidad de asegurar las cosas, hasta la vida misma, que “de seguro no tiene nada salvo la muerte”! “Es la única certeza en la vida” Pero, ¿cómo revivir, revitalizar y reactualizar estas trilladas y gastadas frases que no sirven más que para brindar consuelo, en el mejor de los casos? ¿Quién y en qué momento podría decir que ese saber “popular” le llevó a moverse, colocarse diferente, es decir, le fue útil para vivificarse[7], renunciado a la espera? Acaso algunos “afortunados”, quizá sólo unos cuantos, pues esta renuncia conlleva, al mismo tiempo, asumir que algunas cosas no se pueden precipitar. Tal vez enfrentando la aporía es una forma de hacerlo.

[1] La solución del sueño le fue revelada a Sigmund Freud en el sueño de la inyección de Irma.

[2] Pues no busca el favor, inclinación afectiva ni la aprobación.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013. P.82

[4] Derrida, Jacques (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[5] Maravillosa ambigüedad de la duda como sustantivo y acción.

[6] Pensándolo mejor, puede que algunos sí sueñen a la manera de bombas, pues no ignoramos los terrores iniciados por el Enola Gay en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial.

[7] Seguimos a Goethe citado por Nietzsche en el inicio de su II Intempestiva: preferimos una saber que nos vivifique y no sea sólo un saber muerto.

En el diván: el coraje de hacer historia (III, Anexos)

Tercera parte

[Como se verá a continuación, nuestra ponencia estuvo centrada principalmente en los puntos anteriores; este tercero merece un tratamiento más riguroso y extenso. Otras ideas consideradas fueron también descartadas debido a la extensión total que representaría el trabajo final, pero acá las incluimos en los Anexos]

Que el pasado sea pasado: el coraje de hacer historia

Finalmente, ¿qué sucedería, eventualmente, en un trabajo de clínica psicoanalítica? No me detendré en cuestiones de “técnica”, metodología ni teoría. Sólo unos comentarios al respecto. Pasaría que el pasado sea pasado y no retorno en el presente. Que el pasado sea pasado y no actuación repetición presente. Que el pasado sea pasado y no aplaste lo presente. Que el sujeto se coloque de una manera distinta ante eso que se le presenta como destino fatal, que repita de otra manera o se coloque de otra manera ante la repetición, que ese carácter compulsivo, casi demoníaco, por decirlo de una manera, no desborde al sujeto. O que se deje desbordar, sí, pero con cierta “libertad” y “decisión” que antes no tenía. Que esa expresión que utilizamos cuando algo ha muerto, tenga ese sentido. Nos referimos a la frase que cuando al pasar lista en el salón de clases de nuestra formación básica, y alguien estaba ausente, jugábamos respondiendo: pasó a la historia. “Pepito: Pasó a la historia”. ¿No es lo que se dice de alguien o de algo que ha pasado, ha muerto, ha dejado su marca o simplemente está ausente? Pasó a la historia. Hizo historia. Ya es historia. Pero que sea así, no una mera simulación o intento de (auto)sugestión. Que el pasado sea historia y no sea un “muerto viviente”, un fantasma que nos acecha y que nos determina y ordena. De alguna manera, analizarse es hacer historia, hacerse historia, historia de lo que uno fue, no fue, no será, de lo que se tuvo o no, de lo que se anheló y nunca llegó, de lo que no se pidió y se presentó, pero que no por ser eventos pasados no estaban presentes. Así, Juan Vives Rocabert en su libro La muerte y su pulsión[1], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico[2]. Así, si ese pasado no ha sido olvidado es porque no se ha hecho el duelo del mismo, y aquí viene la dificultad, la de hacer el duelo por algo que ni siquiera se sabe, de aquello inconsciente. El analizante, eventualmente va llevando a cabo el duelo por ese pasado que, sin saberlo, se negaba a dejar morir. Y sólo así, se abrirá el espacio para devenir de otra manera, nueva, inesperada, vivificante, pero a la vez desconocida, pues analista y analizante no saben qué se producirá a partir de ahí. Sepultando el pasado, no se sepultará el presente ni la vida. De ahí que el coraje de hacer historia sea el coraje de desprenderse de las ataduras que, aunque causaban dolor, aportaban cierta seguridad. Hacerles la tumba a los muertos, que además nos remitirá a nuestra propia muerte: y no sólo nos referimos a personas. Si, como decíamos al inicio, todo se inscribe en esa pizarra mágica que es una manera de representarnos el aparato psíquico, cabrán también, juguetes, mascotas, ropas, lugares, olores, sensaciones, imágenes, palabras, sonidos, canciones, películas, libros, fotografías, sabores, etc.

Claro que todo esto tiene sus reservas, pues no existe recuerdo ni olvido totales, y como dijimos, el sujeto tiene una relación dislocada con el tiempo, por lo que eso de vivir en el presente también tiene sus dificultades, o más bien, imposibilidades, que ya no abordaremos aquí junto con otros elementos en juego. Por ahora los invito a que el pasado, digamos, de los minutos que estuve hablando, retorne y sea presente para poder establecer un diálogo o responder a algunas preguntas. Gracias.

Anexos

Clément Rosset

Clément Rosset, alumno de Lacan, en Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[3], toca el tema de la repetición. “Lo que repite la repetición remite, pues, inevitablemente al mito y a lo desconocido; en cambio, es posible observar cómo repite la repetición. Problema de importancia psicoanalítica (análisis de los comportamientos de fracaso) a la vez que filosófica (análisis de lo trágico).” Este cómo de la repetición, induce “a una visión completamente diferente del ejercicio de la vida. Se distinguiría así: 1) La repetición detenida, patológica, o repetición-cantinela. Significa rigurosamente el retorno de lo mismo. Concepción pesimista en el plano filosófico (Eclesiastés, Schopenhauer), y patológica en el plano psicoanalítico (instinto de muerte, compulsión de repetición, comportamiento de fracaso). 2) La repetición en marcha, o repetición diferencial, que significa retorno de un elemento diferente a partir de una perspectiva de lo mismo. Concepción trágica en el plano filosófico (pluralismo irreductible a toda unidad o síntesis, pero que es trágico a la vez que jubiloso, tanto en los griegos como en la teoría nietzscheana del eterno retorno), y terapéutica en el plano psicoanalítico (acceso a un comportamiento ‘normal’)”. “No significa que pida al analizado que renuncie en bloque a la repetición. Eso sería pedirle que renuncie a vivir: pues la vida está hecha de repeticiones, al exigir sin cesar el retorno de los diversos apetitos. Luego, intentará pasar de cierto tipo de repetición a otro: de ahí la diferencia entre dos formas de repetición y la idea de que es necesario pasar de una repetición muerta (sin diferencia) a una repetición viva (con diferencia).”

Sören Kierkegaard en Preludio de In vino veritas[4], se pone a pensar también la cuestión de la memoria, la repetición y la evocación. Haciendo la diferencia radical entre repetir algo de memoria y la evocación-recuerdo, que no se sustenta en la memoria. Un texto maravilloso. Igualmente traigo aquí algunas citas, no desarrolladas: Recordar no es en modo alguno lo mismo que acordarse, por eso su mayor fuerza y consuelo consiste en el poder de evocación, de verdadero recuerdo. A pesar de la enorme diferencia mutua, se confunden el recuerdo y la memoria. El recuerdo, propiamente, representa la idealidad y, en cuanto tal, entraña un esfuerzo y una responsabilidad muy distintas de las de la indiferente memoria. Esa forma superficial de acordarse de las cosas hace la vida muy cómoda. Se es un vejestorio, por ejemplo, y se sigue jugando a la gallinita ciega o participando con la misma ilusión de un mozalbete en todas las loterías de la vida. En realidad, sólo puede ser objeto del recuerdo aquello que es esencial. Lo esencial no se determina exclusivamente por su propio contenido, sino también por su relación al sujeto interesado. El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera, pero siempre vuelve de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor. La memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo, en cambio, es siempre reflexivo. Por eso recordar es un verdadero arte. Pero el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios. El arte de recordar no es nada fácil, ya que en el mismo momento en que se elabora el recuerdo puede éste sufrir las más varias modificaciones, mientras que con la memoria no cabe otra fluctuación, sino la de acordarse con exactitud de una cosa o no acordarse. Tan insignificante es, en definitiva, el papel que para mí representa la memoria en todo este asunto, que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado. Todos los intentos que he hecho para fomentar el recuerdo con el recurso a las circunstancias inmediatas me han parecido desde el principio condenados al fracaso, a la par que me inspiraban siempre ese disgusto inevitable al cometer un plagio. Porque el que una vez ha comprendido de veras lo que es el recuerdo, queda cautivado y es su prisionero para toda la eternidad. Y quien posea un solo recuerdo es más rico que el que posee todas las riquezas de este mundo. No solamente la madre cuando da a luz a su hijo rebosa de gozo y alegría, sino también, y aún más que ella, aquel que sabe recordar. Lo único que constituye el objeto de éste son los estados emotivos y el ambiente creado por esas efusiones sentimentales de los participantes. Y de la misma manera que el vino generoso gana en calidad al decantarse, porque se evaporan las partículas de agua que contenía, así también el recuerdo gana mucho eliminando las partículas del agua de la memoria, sin que por ello se convierta en algo quimérico, ni muchísimo menos, como tampoco lo hace el vino generoso.

La imagen superviviente de Didi-Huberman

Otras reflexiones provienen de Georges Didi-huberman y su libro La imagen superviviente, en particular el capítulo Remolinos, repeticiones, rechazos y destiempos.[5] Igualmente traigo unas citas sin desarrollar. Lo que Freud descubre en el síntoma no es otra cosa que un régimen discontinuo de la temporalidad: remolinos y contratiempos que se repiten, repeticiones tanto menos regulares -y, por ende, tanto menos previsibles cuanto que son psíquicamente soberanas. Freud ve en el síntoma una multiplicidad de niveles memoriales, susceptibles a su vez de fisuras o, por el contrario, de colmataciones de todo género. Las líneas. los movimientos, los vínculos, las direcciones, todo se desgarra en intervalos, grietas, deslizamientos del terreno. El resultado son anacronismos, desfases, latencias, retrasos, destiempos. No hay, ni en la cultura ni en la psique, destrucciones completas ni restituciones completas: es por eso por lo que el historiador debe estar atento a los síntomas, a las repeticiones y a las supervivencias. La gran hipótesis de Freud sobre el tiempo psíquico da aquí toda su medida. Se encarna en la noción, capital y paradójica del destiempo. Este simple descubrimiento lo cambia todo. En adelante, el origen no podrá ya reducirse a una fuente factual, cualquiera que sea su «antigüedad» cronológica (puesto que es una imagen de memoria que, a destiempo, adquiere valor de traumatismo). La historia, por tanto, no podrá ya reducirse a la simple recolección de las cosas pasadas. Lacan ha deducido de ello, para el psicoanálisis, toda una visión del “tiempo reversivo”, de la «retroacción significante» y del «futuro anterior», en tanto que muchos otros comentaristas han tratado de comprender este valor perturbador del destiempo freudiano al hilo de una teoría del tiempo psíquico. En la historia de Emma, contada por Freud en 1895, el recuerdo rechazado no se ha transformado en traumatismo más que a destiempo.

Una última aproximación viene de Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis.[6] Encuentros entre un tiempo que pasa y un tiempo que no pasa. Para la lógica de los procesos psíquicos, el paso del tiempo no puede estar referido únicamente a nuestra representación consciente. Colisión de dos temporalidades que engendran las condiciones de la repetición. La repetición como algo nuevo, que se produce en un nuevo lugar, o, para ser más exactos, ella produce un nuevo lugar, creado por el encuentro de dos temporalidades heterogéneas y por la actualización de los efectos de este encuentro. Por el juego de la energía libre característico de los procesos primarios, todo deviene y nada cesa, pues en ellos nada deviene pasado. Lo cierto es que se hace difícil pensar un tiempo que no pasa, toda vez que el acto mismo del pensamiento se produce desde el punto de vista de un tiempo que pasa. Del lado de la existencia, en cambio, los acontecimientos pueden resultar “pasados” ordenados y representados desde el momento en que han sufrido el examen de la realidad. Ahora bien, discernimos una condición para que se instituya el examen de la realidad: tienen que haberse perdido objetos que antaño procuraron una satisfacción objetiva. Estamos atravesados por dos tipos de tiempos: el que pasa y el que no pasa. La expresión no cesa parece aquí la más adecuada para designar acontecimientos que no terminan, que no tienen término y que no devienen pasados, pero que no por ello permanecen inmóviles e idénticos.

Notas

[1] Vives Rocabert, Juan, La muerte y su pulsión: una perspectiva freudiana. México: Paidós, 2013.

[2] ¿Puede definirse el duelo como el trabajo paradigmático de una clínica psicoanalítica? Nos atrevemos a pensar que, al igual que para el aparato psíquico, así es.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica, trad. de Santiago Espinosa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2013

[4] Kierkegaard, Sören, In vino veritas, trad. de Demetrio Gutiérrez Rivero. Madrid: Guadarrama.

[5] Didi-Huberman, Georges, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 1ª ed. en español. Madrid: Abada, 2009

[6] Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 1996

[Fin de la entrada “En el diván: el coraje de hacer historia”]

Del enfermo imaginario al médico a palos

[El Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica organizado por el Proyecto de Maestría en Clínica Psicoanalítica del CESTEM se realizó los días 2 y 3 de diciembre de 2016 en el auditorio del SEDIF Puebla. Dentro de las actividades, se llevó a cabo la presentación del libro Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias, con presencia de uno de los autores, Edmundo Vega Simont [no se contó con la presencia de Juan Antonio Aguirre Espíndola] y comentado por Margarita de la Torre Meléndez y Ernesto A. Ocádiz García. A continuación, presento una versión escrita de mi participación]

Para empezar a hablarles Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias[1], traeré a colación otro texto y autor que considero nos brindan una cifra clave para su lectura.

Del enfermo imaginario al médico a palos - Elementos para una crítica de las psicoterapias. Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont
Del enfermo imaginario al médico a palos – Elementos para una crítica de las psicoterapias.

Jacques Derrida, en Espectros de Marx[2], plantea una situación similar a la siguiente: supongamos que alguno de ustedes, o yo, se adelanta y dice: quisiera aprender a vivir, por fin. El filósofo argelino pregunta: ¿por qué por fin? ¿Quién aprendería? ¿De quién se aprendería? ¿A quién se le enseñaría? ¿Llegará a saberse vivir? En primer lugar ¿se sabrá lo que quiere decir «aprender a vivir»? Aprender a vivir o enseñarse a vivir, por uno mismo, ¿acaso no es lo imposible? ¿no es acaso lo que la lógica misma prohíbe? A vivir, por definición, no se aprende. Sin embargo, nada es más necesario e imposible que aprender a vivir. Aprender a vivir sólo – y solo – tiene sentido y puede resultar justo en una explicación con la muerte. Con mi muerte tanto como con la del otro. Entre vida y muerte. Sin embargo, no faltará el maestro, el padre, el amo, que en su “buena conciencia y voluntad”, dirá “yo, yo voy a enseñarte a vivir”, convencido de poder transmitir tal experiencia: educar para la vida. Y esto siempre nos dirá algo acerca de la violencia. Es violento enseñar a vivir. Clément Rosset escribe en Lógica de lo peor: “La experiencia enseña que cualquier obra ya lista antes de su realización es una obra muerta.”[3] En nuestro caso, para irnos adentrando en el tema, cualquier definición de cómo vivir la vida, hará de la vida, obra muerta. Así como toda escucha de la persona sufriente que viene al consultorio y demanda aprender a vivir, a vivir con lo que le pasa, a vivir de otra manera, a vivir sin sufrir, y se supone un saber previo, ya listo sobre eso, resultará en una escucha muerta y en la muerte del deseo.

Es de la mano de este planteamiento fundamental que nos hace Jacques Derrida que propongo una lectura Del enfermo imaginario al médico a palos. Las psicoterapias se proponen educar, reorientar, curar, y enseñar a vivir, borrando prácticamente cualquier aproximación -seria- a la subjetividad. Es decir, cuando decimos subjetividad no nos referimos a las reducciones simples e inútiles de un relativismo llano: “Cada quien tiene su propio punto de vista” o, “Cada quien su vida”. Estas frases no nos dicen nada acerca de cuestiones humanas – demasiado humanas – como son el deseo, el sujeto, el sufrimiento, la insatisfacción, el malestar, el goce, el síntoma, los fantasmas, la memoria, el olvido, las pulsiones, la muerte, el inconsciente.

Comentario durante la presentación del libro en el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica
De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.

Desde el subtítulo del libro –Elementos para una crítica de las psicoterapias– y el capítulo introductorio, los autores no tendrán miramientos con las principales psicoterapias, dirigiendo su crítica hacia ellas sin concesiones, al mismo tiempo que las van diferenciando del psicoanálisis. Pero, ¿por qué es importante una crítica de las psicoterapias? Según los autores, para develar que el criterio de cientificidad en sus técnicas y aplicaciones es solamente supuesto. Que las psicoterapias son una retórica, pura ilusión de saber sin coherencia ni consistencia. Y, sin embargo, “funcionan”. Más aún, “funcionan” y no saben dar cuenta de ello, debido a su débil fundamento teórico. Retórica sin el más puro y bello estilo del Fedro de Platón. Aún más, funcionan y responden al discurso del amo que ordena adaptar y normalizar al sujeto, de manera pragmática y eficiente. Dirigirlo hacia la imagen idealizada del hombre que podemos resumir con la siguiente aporía: vivir humanamente sin vivir lo humano, es decir, redireccionar a los individuos -no sujetos- hacia una felicidad animada más por la imaginación y el deseo que por la realidad, desconociendo la perenne insatisfacción del hombre en la cultural.[4] En síntesis, las psicoterapias responden a la demanda social de un supuesto bienestar fundado en la paz, estabilidad y tranquilidad que nunca llegan o que siempre se van. Si este discurso del amo de las psicoterapias opera y “funciona” es porque el paciente así lo quiere: “Es el querer del paciente lo que convierte en juez al terapeuta y no su saber […] el paciente se presta esperanzadamente a obedecer, a dejarse sugestionar.”[5] Desconocen, tanto psicoterapeuta como paciente, la eficacia y fuerza del inconsciente, quieren imponerle una lógica evolutiva, desarrollista, productiva y que buscaría la felicidad y la salud, desconociendo la falla e imposibilidad de la satisfacción total y permanente.

Los autores nos advierten: “El psicoanálisis no es una psicoterapia, es un esfuerzo y recorrido ético que modifica la posición del sujeto ante su deseo […] La ganancia final [es] la posibilidad de crear y resignificar una vida en tanto tal, una”.[6] Y resignificar una vida, aprender a vivir, por imposible y necesario que sea, sólo puede hacerse entre vida y muerte, como menciona Jacques Derrida. Y de la muerte, en tanto último suspiro, en tanto límite, en tanto irrepresentable, las psicoterapias no quieren saber.

Este discurso del amo también opera en relación con los síntomas. Ambas prácticas, psicoterapia y psicoanálisis, no tendrían lugar si no fuese porque los sujetos sufren, sin embargo, la aproximación es radicalmente diferente. El síntoma, ese sufrimiento del yo, se intenta erradicar desde las psicoterapias, además de que tiene un significado establecido de antemano que requiere de un intérprete. ¡Curiosamente las psicoterapias son más interpretativas que el mismo psicoanálisis! Imponen un saber sobre los síntomas y su solución: someten al paciente a su saber docto. “No es lo que usted pueda decir de lo que le pasa, usted no sabe. Yo le diré lo que le sucede, le explicaré.” Francisco Pereña en su texto Soledad, Pertenencia y Transferencia[7] lanza la pregunta: ¿Qué sabe usted, señor juez, del alma de este hombre?, como una crítica, igualmente dura y sin coartada, a ese saber supuesto de las prácticas psi. Poniendo en jaque a esas autoridades que intervienen en nombre de la salud, el bienestar y la felicidad.

El psicoanálisis lo que “sabe” es que ese sufrimiento del yo a la vez conlleva una satisfacción inconsciente. Que el síntoma es un producto lógico del funcionamiento del aparato psíquico y es una vía de acceso, por así decirlo, al saber inconsciente, por lo que no se propone eliminarlo. Mucho menos añadirle sentido, sino decantarlo, descifrarlo, traducirlo, estar a la escucha de la verdad, que ni el analista ni el analizante sabían de antemano hasta el momento en que se produce, hasta el momento en que ambos son sorprendidos por su revelación. Un saber no sabido hasta entonces, y por lo tanto no escrito ni transmitido con anticipación en ningún otro lugar más que en la particularidad de cada sujeto. La verdad habrá de ser.

En esta lectura de las psicoterapias desde el discurso del amo, el yo se cree y siente dueño del funcionamiento del aparato psíquico: autónomo, unificado, organizador, con dominio y autocontrol, adaptado a la realidad, equilibrado, guiado por el principio del placer. Se considera el centro de la vida anímica y por lo tanto aquel que, a fuerza de voluntad, de motivaciones, ánimo, recompensas, conferencias, explicaciones, sería capaz de lograr lo que se propone. En cambio, el psicoanálisis considera al yo sólo como un síntoma privilegiado, el yo es otro, es imagen de la cual depende y con la cual rivaliza en una agresividad mortífera que se juega, precisamente, en la dialéctica del amo y del esclavo. Dialéctica que las psicoterapias repiten sin saber, o sabiéndolo, pero en ambos casos ignorándolo.

Diferencias radicales entre psicoterapias y psicoanálisis también se plantearán al comparar el bienestar buscado por las primeras y la apuesta por el deseo del segundo: “Paradójicamente, un deseo satisfecho es un deseo muerto, es la detención angustiante, inhibitoria y sintomática de la circulación de la libido, representa el peso de lo real que aplasta la subjetividad y es eso lo que alimenta la queja y el sufrimiento, precisamente, el deseo inconsciente es la defensa frente al goce, es la reminiscencia de la falta y de la incompletud, y por ello es el acicate de la vida. En la lógica del deseo no reina la armonía ni la normalidad, ni el equilibrio ni la satisfacción, es una ley que va contra la voluntad de orden y bienestar del amo, es la ley suprema del sujeto que exige una posición ética, que lo compromete a una eticidad desiderativa, que no garantiza ni aporta ningún bienestar, que encamina a una historización e inscripción de la marca que lo fundó en un universo simbólico.”[8] En Punto de Quiebra, con Keanu Reeves y Patrick Swayze, podríamos tener una especie de “ejemplo” de esto que acabamos de citar: cuando Bodhi va por esa última ola al final de la película. Existe una nueva versión de esta película donde han añadido más actividades “extremas” respetando el final de la versión previa, es decir, señalando ese momento extraordinariamente único en una vida. Podemos leer el final de ambas películas como aquella ley suprema del deseo del Otro que es a la vez deseo del sujeto, que no-todos están dispuestos a asumir. Quienes desconocen esta ley suprema, o no actúan en consecuencia, quieren ganar sin riesgo, elegir sin pérdida, vivir sin morir, amar sin sufrir.

Otro elemento para esta crítica de las psicoterapias –y que presta sus efectos para que estas funcionen– es la transferencia. Transferencia que las psicoterapias ignoran, tajantemente desconocen, la consideran anacrónica, como algo que ha dejado de ser “utilizado”, cuando en realidad es gracias a ella que pueden ejercer sus “poderes” de sustituir las explicaciones del paciente por sus las suyas. ¡Y cuando la consideran, creen que pueden manejarla a voluntad, por ejemplo, por medio del rapport y la empatía; que con esos “buenos tratos” se ganarán la confianza y cooperación del paciente! Esta “obra mesiánica de amor […] filantropía siniestra, sospechosa de doble intención […] intenciones amorosas que pereñan el discurso terapéutico, las pretensiones de ayudar, comprender y curar obturan el deseo del sujeto, hecho paciente, le imponen un ideal imposible.”[9] Ideales, además, que ni siquiera el mismo psicoterapeuta encarna. No saben de la transferencia como motor de la cura, es más, cuando llega a manifestarse explícitamente, más que intensamente, los psicoterapeutas derivan a sus pacientes con otros psicoterapeutas, o, conjuran la contratransferencia…

De izq. a der. Margarita de la Torre, Edmundo Vega y Ernesto A. Ocádiz.
Presentación del libro “Del enfermo imaginario al médico a palos” durante el Primer Coloquio en Clínica Psicoanalítica

El punto culminante de este discurso del amo lo encontramos en el sexto capítulo del texto, donde, al igual que el modelo médico, las psicoterapias enuncian su ética: el bienestar. Y a partir de esta, definir lo que debe saber, hacer y ser el psicoterapeuta. El psicoterapeuta y la psicoterapia definidas de antemano, listos antes de la consulta, son obras muertas, como dice Clément Rosset.

Otros elementos de los cuales se sirven los autores para llevar a cabo su crítica tienen que ver con el amor-odio que se juega en las relaciones terapéuticas, el narcisismo del psicoterapeuta al identificarse con el lugar del saber, el lugar del lenguaje y la comunicación como la buena nueva neoevangélica, la formación de los terapeutas y la transmisión de su enseñanza cuyo ejemplo de la hipnosis de Erickson es paradigmático, la pretensión de objetividad, los criterios de normalidad y salud, las teorías del desarrollo, la existencia de objetos y conductas buenos y adecuadas que aportan la felicidad, la imagen y sus pretensiones de omnipotencia e inmortalidad, el abuso en la utilización y desconocimiento de nociones psicoanalíticas como por ejemplo, el complejo de Edipo, el falo, la represión, entre otros. Todos estos temas serán tratados de forma clara en su crítica.

Los últimos capítulos servirán a los autores para desarrollar algunos puntos teóricos del psicoanálisis. Pasaré a mencionar algunos puntos que ahí se tratan: el psicoanálisis como un clínica lenguajera, lo imposible de decir la verdad, el deseo imposible de satisfacer, la vida pulsional, el lugar de los ideales, la formación de los analistas, la imposibilidad del encuentro entre sujeto y objeto, el discurso del analista, el lugar de objeto causa de deseo, la falta-en-ser como motor y síntoma de su deriva, la formación del yo, la eficacia simbólica, la dirección de la cura, el goce, el cuerpo, las diferencias entre pulsión y deseo, el falo que no es el pene, el complejo de Edipo, la ley, el Otro, el horror a la finitud y la muerte, entre otros. Pero, sobre todo, la apuesta por el deseo, que constituye la ética del psicoanálisis, a diferencia de la ética del bienestar propia de la medicina y de las psicoterapias, como ya se había mencionado.

 Conclusión

 Del enfermo imaginario al médico a palos sin duda representa un texto claro y preciso para introducirse en el estudio de la clínica psicoanalítica para aquellos interesados. Para los más “experimentados” resulta un texto que invita a seguir pensando y no olvidar planteamientos fundamentales de porqué el psicoanálisis no es una psicoterapia ni una rama de la psicología, sino una disciplina con sus propias teorías y prácticas. Los elementos que presenta para criticar las psicoterapias nos sirven para pensar lo que se produce actualmente, incluso fuera de las psicoterapias. El psicoanálisis no está muerto, el padre sí, y nosotros, psicoanalistas, nos declaramos sus herederos. Al igual que con Karl Marx, no deja de insistirse en que Sigmund Freud ha muerto. Y tienen razón, hasta cierto punto. Cuando el psicoanálisis no de más para pensar, dialogar y reunirnos, sólo entonces podremos decir que, efectivamente, Sigmund Freud y el psicoanálisis están muertos.

Cierro con una tercia de citas. La primera extraída del filósofo francés Clément Rosset: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo. Nada más extraño, nada más desconocido: aquí, en este espanto primero ante sí mismo, encuentra su origen lo que Freud ha descrito bajo el nombre de ‘represión’.”[10] La segunda de Pascal y sus Pensamientos: “No habiendo podido curar la muerte, la miseria, la ignorancia, los hombres creyeron conveniente, para volverse felices, dejar de pensar en ello.”[11] Y la tercera de Edmundo y Antonio: “El analista está para analizar y para que su trabajo sea efectivo debe abstenerse de gobernar, educar o explotar al otro. Instaurar el orden de lo imposible, lejos de ser una fatalidad, el sujeto puede hacer una contingencia que le permitirá singularizar su historia y su deseo”.[12] Y ya encarrilados, de pilón, un par de Sigmund Freud, la primera extraída de Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico: “La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.”[13]La segunda de Recordar, Repetir y Reelaborar: “[No] se olvida que el ser humano sólo escarmienta y se vuelve prudente por experiencia propia”[14]. Aprender a vivir, si bien es imposible, no deja de ser necesario.

[1] Juan Antonio Aguirre Espíndola y Edmundo Vega Simont, Del enfermo imaginario al médico a palos. Elementos para una crítica de las psicoterapias, 2ª edición. Puebla: Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2013.

[2] Jacques DERRIDA, (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel ALARCÓN y Cristina de PERETTI, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[3] Clément, ROSSET, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013

[4] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.20

[5] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.26-27

[6] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.31-32

[7] Francisco Pereña, Soledad, pertenencia y transferencia. España: Síntesis, 2006

[8] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.79

[9] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.95

[10] ROSSET, p.82

[11] Citado por Rosset.

[12] Aguirre Espíndola y Vega Simont, p.148

[13] Sigmund Freud, Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.118

[14] Sigmund Freud, Recordar, Repetir y Reelaborar, Obras Completas, vol. 12, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p.155