Escritor, minero y dinamita

3.

Escritor, minero y dinamita. Si el escritor es un minero de sí mismo, entonces el túnel que va construyendo es un descenso hacia su interior. Es minero y túnel al mismo tiempo, sujeto y objeto de la acción. ¿Qué acción? La de explotarse y explorarse — por cierto, ¿no son los mineros los principales usuarios de la dinamita? Y si aquí el sujeto y la acción se confunden, junto con los instrumentos que intermedian dicha actividad, podríamos decir que el escritor no sólo es minero y túnel, también es dinamita —. ¿Dónde vive Zaratustra? En las montañas. Así solíamos responder. La caverna de Zaratustra sólo nos aparecía al inicio del Prólogo cuando se dirige al gran astro — «Durante diez años te elevaste hasta mi caverna» — y no tiene mayor relevancia hasta la cuarta parte — que por cierto no formaba parte del diseño inicial de la obra — en la que Zaratustra invita a visitarla a todos los «hombres superiores» con los que se encuentra en el camino. Zaratustra se sabe minero de sí mismo, escritor de su historia, extractor de sus secretos, de sus tesoros. No es casual que los valores sean uno de los temas predilectos de su enseñanza. Asciende a las montañas más altas para descender a lo más profundo de sí — «Por eso debo ascender hasta lo profundo» —, asciende para alejarse de los hombres y para aprender a amarse a sí mismo. Asciende hacia lo profundo en busca de los materiales más preciosos y raros — existentes humanos excepcionales — para ofrecerlos a los hombres. El escritor encuentra los tesoros más valiosos en su «caverna» — «La memoria es el componente esencial de la creación literaria» —. Por eso Zaratustra enseñaba lo siguiente en su discurso Del espíritu de la pesadez: «Lo propio es lo que mejor guarda uno; y el propio tesoro es siempre, de todos los tesoros, el que se desentierra en último lugar, — así actúa el espíritu de la pesadez». La gran decepción de Zaratustra ocurre cuando regresa a su cueva y se da cuenta de que sus invitados no son capaces de desenterrar sus propios tesoros: sus invitados no son mineros de sí mismos sino adoradores de ídolos que no han matado al idólatra que hay en ellos. Seguramente alguna vez hemos escuchado decir que la dinamita no explota en manos de tontos. ¿Quieres desenterrar un gran tesoro? ¿Quieres explotar? Escribe, pero recuerda Del leer y escribir que «de todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escribe con su sangre».

La biografía más reciente de Nietzsche en español.
¡Soy dinamita!

¡Soy dinamita! de Sue Prideaux es la biografía más reciente — publicada en español — sobre una de las vidas de Nietzsche.

Para una presentación de estos fragmentos, ver nuestra entrada Pre-textos a Zaratustra o dar click aquí.

Correspondencia Freud-Fliess: Escritura en la carta 52

La Carta 52 del 6 de diciembre de 1896 de la correspondencia entre Freud y Fliess es una referencia constante de trabajo y lectura por diversas razones. Nuestro interés gira en torno a su relación con la escritura. Estas son sólo algunas notas que utilizamos para un trabajo mucho más extenso que llevó por nombre Eros y Escritura: una aproximación a la literatura de montaña .

            Para empezar, Freud señala que la generación – u “origen” – del mecanismo psíquico, aquello que llamará después aparato psíquico, se realiza por estratificación, es decir, plantea la existencia de diferentes niveles o estratos que se diferencian uno de otro. En ellos, materiales preexistentes a los niveles posteriores de desarrollo serán objeto de reordenamiento o retranscripción [Umschrift]. Nos detenemos en esta idea un momento, pues transcripción y Umschrift contienen la idea de una escritura. De la primera tenemos las siguientes definiciones: acto de transcribir; texto escrito o transcrito; escribir o anotar lo que se oye; escribir con un sistema de caracteres lo que está escrito en otro. Y de la segunda, Schrift, entre otras traducciones, incluye la de escritura tal cual.

Así al hablar de reordenamiento o retranscripción entre los diferentes estratos, podemos decir que se trata de un tipo de escritura. Esto resulta importante para Freud para pensar la memoria, y no menos fundamental para pensar el/lo inconsciente. Dice no poder asegurar cuántas transcripciones, en otras palabras cuántas escrituras, tienen lugar en el mecanismo psíquico [aparato psíquico] pero, afirma, por lo menos tres tienen lugar. De la memoria dirá que “está registrada en diversas variedades de signos”[1]. Así memoria y escritura están relacionadas.

Un tipo de escritura.
Un tipo de escritura

Freud propone un esquema para visualizar el orden cronológico que tiene tal estratificación y las diferentes reescrituras (transcripciones, retranscripciones) entre niveles. En primer lugar, están las neuronas de percepción conciencia P, que no conservan huella alguna: “es que conciencia y memoria se excluyen entre sí[2]. Luego, en segundo lugar, está Ps, donde ocurre la primera escritura de los signos de percepción de las percepciones, proceso insusceptible de conciencia y donde los elementos se asocian por simultaneidad. En Ic, inconsciencia, se produce la segunda escritura, también insusceptible de conciencia y donde los elementos son ordenados de acuerdo con otros nexos, tal vez causales, dice Freud. Y finalmente, la tercera escritura, tiene lugar en Prc, preconciencia, enlazada a representaciones-palabra que corresponden al yo-oficial. También en este estrato las investiduras devienen conscientes por lo que las neuronas percepción se asemejan a las neuronas conciencia.

En esta idea evolutiva o desarrollista de un mecanismo psíquico propuesto por Freud, le correspondería, siguiéndolo, a cada una de estas tres transcripciones una época de la vida. Y entre estas épocas de la vida, que corresponderían a cada uno de los estratos (instancias psíquicas, que no corresponden con las que Freud planteará en el capítulo VII de La Interpretación de los sueños) debe traducirse el material psíquico. Destacamos el término traducirse porque nos coloca en vía de ampliar la noción de escritura que nos interesa: la escritura [también] tiene relación con la traducción. Y, si en la traducción se juega una pérdida por no ser nunca fiel al sentido original, esto nos puede llevar también a pensar una pérdida en la escritura. Y dando un paso más, o regresando un poco, una relación también entre memoria y pérdida.

Para Freud, en este momento de su obra, las psiconeurosis son resultado de una traducción que no se realizó, de un material que no se transcribió de un estrato al siguiente. De una reorganización del material preexistente que no tuvo lugar. Si cada reescritura o traducción realizada en un estrato posterior inhibe la anterior y desvía de ella el proceso excitatorio, entonces en las psiconeurosis la excitación no desviada, dado que no hubo traducción, se tramitaría según las vías del período psíquico anterior. Aquí, utiliza las nociones de fueros [privilegio, derecho, exención, etc., que se concede a una persona ciudad o territorio] y relictos (bienes relictos: aquellos bienes que deja alguien o quedan de él tras su muerte) para referirse a ese material preexistente susceptible de excitación.

A esta “denegación de la traducción”, Freud la llama «represión». ¿Por qué a un material de un estrato anterior le sería denegada la traducción? Porque tal traducción produciría un desprendimiento de displacer. De donde entonces también podemos pensar que el hecho de traducir, es decir, transcribir, para algunos materiales particulares, resultaría displacentero. En otras palabras, La escritura entre instancias puede ser dolorosa, si igualamos displacer y dolor. Y, yendo más allá, podríamos preguntarnos si la escritura es dolorosa o displacentera.

Hacia el final de esta carta, Freud dirá que la represión no dependerá de la intensidad del displacer. Y pasará a presentar la relevancia de los “sucesos sexuales no inhibibles” en fases posteriores. Una compulsión corresponderá a las vivencias sexuales recordadas de fases anteriores y que se experimentaron con placer, y una represión donde fueron displacenteras. “La traducción a los signos de la nueva fase parece estar inhibida”[3]. Algo de la sexualidad pareciera no poder escribirse.

Por último, ese reordenamiento o retranscripción, que en nuestra lectura tomamos como escritura, sin duda corresponde a la noción de reelaboración (resignificación) a posteriori (retroactiva) [nachträglich, après-coup] que después tomará importancia en el trabajo clínico. Así, la escritura entre estratos reordena, reelabora o resignifica el material preexistente.

Planteamos entonces posibles relaciones entre los elementos siguientes: escritura, memoria, inconsciente, pérdida, traducción, displacer, represión, reelaboración y resignificación. Más aquello que no ha sido traducido aún o quizá permanezca intraducible.

Esta escritura no es, en definitiva y por obvias razones, la escritura como comúnmente la conocemos o pensamos. Eso ya lo sabíamos desde antes. Si volvemos a esta carta es precisamente a sabiendas de que nos puede decir algo sobre la escritura, pero una escritura de otro tipo, o un tipo diferente de escritura. Una escritura que se transcribe, traduce, ordena, y pierde. Una escritura que se produce sobre cierto material y del cual nos preguntamos si algo de ese mismo material no es también algo escrito: escritura sobre la escritura.

Dentro de estas ideas a desarrollar existe otra de suma importancia: por lo menos dos transcripciones son insusceptibles de conciencia. Nos aventuramos a elaborar la siguiente oración: la escritura – al menos en estos estratos psíquicos y en este contexto, el de la generación del mecanismo psíquico – es inconsciente. ¿Existe alguna relación entre esta escritura que se produce en los estratos del mecanismo psíquico y la escritura como vulgarmente la conocemos? Es decir, ¿existe relación entre la escritura psíquica y la escritura común?

Por último, por qué suponemos o planteamos tal posibilidad. Por el imperativo que la escritura adquiere para algunos sujetos, en particular en situaciones límites, entre vida y muerte. Algo tiene que ser escrito para poder ser “superado”. Y si la generación del mecanismo psíquico es propiamente lo que produce lo humano [esta sería otra cuestión por demostrar] por lo tanto está en relación directa con vida y muerte. En consecuencia nos preguntamos si algo de esa escritura se repite, vuelve, revive en situaciones límites. En otras palabras, si la escritura psíquica produce la vida, entonces la escritura común la sostiene, la hace posible, le da continuidad y movimiento. Si es así, qué es lo que retorna o insiste que debiera escribirse.

Bibliografía

Freud, Sigmund, Carta 52 en Fragmentos de la correspondencia con Fliess (1950 [1892-99]), Obras Completas, vol.1, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991


[1] Sigmund Freud, Fragmentos de correspondencia con Fliess, Carta 52, Obras Completas, vol.1, 2ª ed. Argentina: Amorrortu, 1991. p. 274

[2] Ídem, p. 275

[3] Ídem, p. 277

En el diván: el coraje de hacer historia (III, Anexos)

Tercera parte

[Como se verá a continuación, nuestra ponencia estuvo centrada principalmente en los puntos anteriores; este tercero merece un tratamiento más riguroso y extenso. Otras ideas consideradas fueron también descartadas debido a la extensión total que representaría el trabajo final, pero acá las incluimos en los Anexos]

Que el pasado sea pasado: el coraje de hacer historia

Finalmente, ¿qué sucedería, eventualmente, en un trabajo de clínica psicoanalítica? No me detendré en cuestiones de “técnica”, metodología ni teoría. Sólo unos comentarios al respecto. Pasaría que el pasado sea pasado y no retorno en el presente. Que el pasado sea pasado y no actuación repetición presente. Que el pasado sea pasado y no aplaste lo presente. Que el sujeto se coloque de una manera distinta ante eso que se le presenta como destino fatal, que repita de otra manera o se coloque de otra manera ante la repetición, que ese carácter compulsivo, casi demoníaco, por decirlo de una manera, no desborde al sujeto. O que se deje desbordar, sí, pero con cierta “libertad” y “decisión” que antes no tenía. Que esa expresión que utilizamos cuando algo ha muerto, tenga ese sentido. Nos referimos a la frase que cuando al pasar lista en el salón de clases de nuestra formación básica, y alguien estaba ausente, jugábamos respondiendo: pasó a la historia. “Pepito: Pasó a la historia”. ¿No es lo que se dice de alguien o de algo que ha pasado, ha muerto, ha dejado su marca o simplemente está ausente? Pasó a la historia. Hizo historia. Ya es historia. Pero que sea así, no una mera simulación o intento de (auto)sugestión. Que el pasado sea historia y no sea un “muerto viviente”, un fantasma que nos acecha y que nos determina y ordena. De alguna manera, analizarse es hacer historia, hacerse historia, historia de lo que uno fue, no fue, no será, de lo que se tuvo o no, de lo que se anheló y nunca llegó, de lo que no se pidió y se presentó, pero que no por ser eventos pasados no estaban presentes. Así, Juan Vives Rocabert en su libro La muerte y su pulsión[1], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico[2]. Así, si ese pasado no ha sido olvidado es porque no se ha hecho el duelo del mismo, y aquí viene la dificultad, la de hacer el duelo por algo que ni siquiera se sabe, de aquello inconsciente. El analizante, eventualmente va llevando a cabo el duelo por ese pasado que, sin saberlo, se negaba a dejar morir. Y sólo así, se abrirá el espacio para devenir de otra manera, nueva, inesperada, vivificante, pero a la vez desconocida, pues analista y analizante no saben qué se producirá a partir de ahí. Sepultando el pasado, no se sepultará el presente ni la vida. De ahí que el coraje de hacer historia sea el coraje de desprenderse de las ataduras que, aunque causaban dolor, aportaban cierta seguridad. Hacerles la tumba a los muertos, que además nos remitirá a nuestra propia muerte: y no sólo nos referimos a personas. Si, como decíamos al inicio, todo se inscribe en esa pizarra mágica que es una manera de representarnos el aparato psíquico, cabrán también, juguetes, mascotas, ropas, lugares, olores, sensaciones, imágenes, palabras, sonidos, canciones, películas, libros, fotografías, sabores, etc.

Claro que todo esto tiene sus reservas, pues no existe recuerdo ni olvido totales, y como dijimos, el sujeto tiene una relación dislocada con el tiempo, por lo que eso de vivir en el presente también tiene sus dificultades, o más bien, imposibilidades, que ya no abordaremos aquí junto con otros elementos en juego. Por ahora los invito a que el pasado, digamos, de los minutos que estuve hablando, retorne y sea presente para poder establecer un diálogo o responder a algunas preguntas. Gracias.

Anexos

Clément Rosset

Clément Rosset, alumno de Lacan, en Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[3], toca el tema de la repetición. “Lo que repite la repetición remite, pues, inevitablemente al mito y a lo desconocido; en cambio, es posible observar cómo repite la repetición. Problema de importancia psicoanalítica (análisis de los comportamientos de fracaso) a la vez que filosófica (análisis de lo trágico).” Este cómo de la repetición, induce “a una visión completamente diferente del ejercicio de la vida. Se distinguiría así: 1) La repetición detenida, patológica, o repetición-cantinela. Significa rigurosamente el retorno de lo mismo. Concepción pesimista en el plano filosófico (Eclesiastés, Schopenhauer), y patológica en el plano psicoanalítico (instinto de muerte, compulsión de repetición, comportamiento de fracaso). 2) La repetición en marcha, o repetición diferencial, que significa retorno de un elemento diferente a partir de una perspectiva de lo mismo. Concepción trágica en el plano filosófico (pluralismo irreductible a toda unidad o síntesis, pero que es trágico a la vez que jubiloso, tanto en los griegos como en la teoría nietzscheana del eterno retorno), y terapéutica en el plano psicoanalítico (acceso a un comportamiento ‘normal’)”. “No significa que pida al analizado que renuncie en bloque a la repetición. Eso sería pedirle que renuncie a vivir: pues la vida está hecha de repeticiones, al exigir sin cesar el retorno de los diversos apetitos. Luego, intentará pasar de cierto tipo de repetición a otro: de ahí la diferencia entre dos formas de repetición y la idea de que es necesario pasar de una repetición muerta (sin diferencia) a una repetición viva (con diferencia).”

Sören Kierkegaard en Preludio de In vino veritas[4], se pone a pensar también la cuestión de la memoria, la repetición y la evocación. Haciendo la diferencia radical entre repetir algo de memoria y la evocación-recuerdo, que no se sustenta en la memoria. Un texto maravilloso. Igualmente traigo aquí algunas citas, no desarrolladas: Recordar no es en modo alguno lo mismo que acordarse, por eso su mayor fuerza y consuelo consiste en el poder de evocación, de verdadero recuerdo. A pesar de la enorme diferencia mutua, se confunden el recuerdo y la memoria. El recuerdo, propiamente, representa la idealidad y, en cuanto tal, entraña un esfuerzo y una responsabilidad muy distintas de las de la indiferente memoria. Esa forma superficial de acordarse de las cosas hace la vida muy cómoda. Se es un vejestorio, por ejemplo, y se sigue jugando a la gallinita ciega o participando con la misma ilusión de un mozalbete en todas las loterías de la vida. En realidad, sólo puede ser objeto del recuerdo aquello que es esencial. Lo esencial no se determina exclusivamente por su propio contenido, sino también por su relación al sujeto interesado. El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera, pero siempre vuelve de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor. La memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo, en cambio, es siempre reflexivo. Por eso recordar es un verdadero arte. Pero el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios. El arte de recordar no es nada fácil, ya que en el mismo momento en que se elabora el recuerdo puede éste sufrir las más varias modificaciones, mientras que con la memoria no cabe otra fluctuación, sino la de acordarse con exactitud de una cosa o no acordarse. Tan insignificante es, en definitiva, el papel que para mí representa la memoria en todo este asunto, que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado. Todos los intentos que he hecho para fomentar el recuerdo con el recurso a las circunstancias inmediatas me han parecido desde el principio condenados al fracaso, a la par que me inspiraban siempre ese disgusto inevitable al cometer un plagio. Porque el que una vez ha comprendido de veras lo que es el recuerdo, queda cautivado y es su prisionero para toda la eternidad. Y quien posea un solo recuerdo es más rico que el que posee todas las riquezas de este mundo. No solamente la madre cuando da a luz a su hijo rebosa de gozo y alegría, sino también, y aún más que ella, aquel que sabe recordar. Lo único que constituye el objeto de éste son los estados emotivos y el ambiente creado por esas efusiones sentimentales de los participantes. Y de la misma manera que el vino generoso gana en calidad al decantarse, porque se evaporan las partículas de agua que contenía, así también el recuerdo gana mucho eliminando las partículas del agua de la memoria, sin que por ello se convierta en algo quimérico, ni muchísimo menos, como tampoco lo hace el vino generoso.

La imagen superviviente de Didi-Huberman

Otras reflexiones provienen de Georges Didi-huberman y su libro La imagen superviviente, en particular el capítulo Remolinos, repeticiones, rechazos y destiempos.[5] Igualmente traigo unas citas sin desarrollar. Lo que Freud descubre en el síntoma no es otra cosa que un régimen discontinuo de la temporalidad: remolinos y contratiempos que se repiten, repeticiones tanto menos regulares -y, por ende, tanto menos previsibles cuanto que son psíquicamente soberanas. Freud ve en el síntoma una multiplicidad de niveles memoriales, susceptibles a su vez de fisuras o, por el contrario, de colmataciones de todo género. Las líneas. los movimientos, los vínculos, las direcciones, todo se desgarra en intervalos, grietas, deslizamientos del terreno. El resultado son anacronismos, desfases, latencias, retrasos, destiempos. No hay, ni en la cultura ni en la psique, destrucciones completas ni restituciones completas: es por eso por lo que el historiador debe estar atento a los síntomas, a las repeticiones y a las supervivencias. La gran hipótesis de Freud sobre el tiempo psíquico da aquí toda su medida. Se encarna en la noción, capital y paradójica del destiempo. Este simple descubrimiento lo cambia todo. En adelante, el origen no podrá ya reducirse a una fuente factual, cualquiera que sea su «antigüedad» cronológica (puesto que es una imagen de memoria que, a destiempo, adquiere valor de traumatismo). La historia, por tanto, no podrá ya reducirse a la simple recolección de las cosas pasadas. Lacan ha deducido de ello, para el psicoanálisis, toda una visión del “tiempo reversivo”, de la «retroacción significante» y del «futuro anterior», en tanto que muchos otros comentaristas han tratado de comprender este valor perturbador del destiempo freudiano al hilo de una teoría del tiempo psíquico. En la historia de Emma, contada por Freud en 1895, el recuerdo rechazado no se ha transformado en traumatismo más que a destiempo.

Una última aproximación viene de Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis.[6] Encuentros entre un tiempo que pasa y un tiempo que no pasa. Para la lógica de los procesos psíquicos, el paso del tiempo no puede estar referido únicamente a nuestra representación consciente. Colisión de dos temporalidades que engendran las condiciones de la repetición. La repetición como algo nuevo, que se produce en un nuevo lugar, o, para ser más exactos, ella produce un nuevo lugar, creado por el encuentro de dos temporalidades heterogéneas y por la actualización de los efectos de este encuentro. Por el juego de la energía libre característico de los procesos primarios, todo deviene y nada cesa, pues en ellos nada deviene pasado. Lo cierto es que se hace difícil pensar un tiempo que no pasa, toda vez que el acto mismo del pensamiento se produce desde el punto de vista de un tiempo que pasa. Del lado de la existencia, en cambio, los acontecimientos pueden resultar “pasados” ordenados y representados desde el momento en que han sufrido el examen de la realidad. Ahora bien, discernimos una condición para que se instituya el examen de la realidad: tienen que haberse perdido objetos que antaño procuraron una satisfacción objetiva. Estamos atravesados por dos tipos de tiempos: el que pasa y el que no pasa. La expresión no cesa parece aquí la más adecuada para designar acontecimientos que no terminan, que no tienen término y que no devienen pasados, pero que no por ello permanecen inmóviles e idénticos.

Notas

[1] Vives Rocabert, Juan, La muerte y su pulsión: una perspectiva freudiana. México: Paidós, 2013.

[2] ¿Puede definirse el duelo como el trabajo paradigmático de una clínica psicoanalítica? Nos atrevemos a pensar que, al igual que para el aparato psíquico, así es.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica, trad. de Santiago Espinosa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2013

[4] Kierkegaard, Sören, In vino veritas, trad. de Demetrio Gutiérrez Rivero. Madrid: Guadarrama.

[5] Didi-Huberman, Georges, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 1ª ed. en español. Madrid: Abada, 2009

[6] Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 1996

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