Eros y Escritura: una aproximación a la literatura de montaña

El ensayo Eros y escritura: una aproximación a la literatura de montaña fue publicado en la Segunda Edición de la Revista Territorio de Diálogos, correspondiente al periodo Primavera – Verano de 2018, cuyo tema central fue Las dos vertientes del ser: sujeto-objeto. Este segundo número de la revista contiene los ensayos que realizamos hacia el final del segundo semestre los alumnos del Doctorado en Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes de la Ciudad de México.

Colegio de Saberes – Territorio de Diálogos

En este texto intentamos dar cuenta del estatuto de la escritura desde algunos de los textos más importantes de la obra freudiana. Esto con la finalidad de tener una idea general y amplia de la escritura que nos permitiese aproximarnos a diversos textos de literatura de montaña en los que los límites del cuerpo y de la vida se juegan en su literalidad, y “entender” algo de ello.

Anteriormente ya habíamos ensayado una articulación entre la literatura de montaña y la filosofía en nuestro trabajo Sobre algunos tipo espirituales,  dividido en dos partes, donde nos centramos en algunas ideas del montañista tirolés Reinhold Messner y del filólogo alemán Friedrich W. Nietzsche. En Eros y Escritura retomamos en un inicio al escalador italiano para dejarlo de inmediato y centrarnos en las ideas del médico vienés Sigmund Freud.

A continuación les comparto la introducción del trabajo. Posteriormente encontrarán el enlace para consultar el texto en su totalidad. La introducción del texto lleva por título La escritura y las montañas:

“Un intenso y renovado interés por la escritura nos atrapó a partir de nuestro encuentro con la literatura de montaña, en particular la producida por Reinhold Messner (n.1944, Tirol del sur, Italia), considerado por muchos como el mejor alpinista de todos los tiempos y más: “Messner is not only the greatest high-altitude mountaineer the world has ever known; he is probably the best it will ever know.” [Messner no sólo es el más grande montañista de altura que el mundo ha conocido; es probablemente el mejor que conocerá].

Museo de Montaña de Messner
Museo de Montaña de Messner

En la literatura de montaña encontramos un conjunto variado de temas. Desde las narraciones de los orígenes de sus autores, que incluyen recuerdos de infancia, la relación con sus padres, los primeros acercamientos a la montaña, sus amores, su formación académica, los anhelos de sus padres – usualmente decepcionados por la actividad de sus hijos – hasta, para el caso de algunos, las memorias de su participación en el frente durante la Segunda Guerra Mundial. Y, obviamente, encontramos el relato de sus expediciones, aventuras y hazañas en las montañas una vez que estas se colocaron como el motivo y motor principal en sus vidas. La narración de estas experiencias son las que capturan nuestra atención porque se ubican en los límites de la vida bordeando la muerte. No es poca cosa decir esto si aclaramos que no lo hacemos de manera figurada, poética ni teatral. Apostar la vida y experimentar la cercanía de la muerte en numerosas ocasiones se jugó en su literalidad. Vida y muerte son temas recurrentes en la literatura de montaña, que por cierto no es poca y existe una producción constante de la misma. Incluso, en español, contamos con el Premio Desnivel de Literatura de Montaña, Viajes y Aventuras que ya se encuentra en su vigésima edición. Este premio busca estimular la producción literaria de montaña como “elemento renovador de la vida individual y social en la actualidad,” según figura en la reciente convocatoria.

Con esto tenemos un punto de encuentro en la montaña donde convergen la escritura, la literatura, la vida y la muerte. Podemos plantearlo por ahora de la siguiente manera: la montaña, entre vida y muerte: un pretexto para la escritura. Teniendo en mente la narración de estas experiencias extremas, queremos indagar si la escritura de la literatura de montaña tiene un estatuto particular, ya que, aunque existen otras actividades que se juegan en ese sentido, donde incluso algunos personajes han muerto, como el ruso Valery Rozov en salto base, no producen algo similar como los montañeros.

Lo anterior nos ha llevado a intuir una especie de «necesidad» de poner por escrito las experiencias que el sujeto ha tenido en la montaña. Estas experiencias, como señalamos, tienen su punto nodal en situaciones límite en que se juegan la vida y la muerte. Nos preguntamos entonces qué empuja o esfuerza a los sujetos a tener que escribir sobre sus experiencias. Con estas inquietudes – sobre un posible estatus particular de la escritura de la literatura de montaña y sobre la «necesidad» de escribir – es que volvemos nuestra mirada hacia el psicoanálisis y tomamos algunos textos que consideramos importantes y representativos de la obra de Sigmund Freud. Una razón de peso nos lleva a ello: la escrituraes paradigmática del funcionamiento del aparato psíquico. Con la aclaración de que en el caso del psicoanálisis estaremos hablando de una escritura psíquica, mientras que, en el caso de los montañistas, se tratará de la escritura como comúnmente la conocemos, una escritura material. Nos preguntamos si desde el psicoanálisis freudiano podemos plantear algo sobre la relación entre escritura psíquica y escritura material en las condiciones previamente planteadas. En otras palabras, qué puede decirnos el psicoanálisis sobre el acto de la escritura, es decir, sobre la «necesidad» de poner por escrito las experiencias cercanas a la muerte que tuvieron lugar en la montaña”.

El ensayo completo puede consultarse en el siguiente enlace: Territorio de Diálogos: Eros y Escritura, una aproximación a la literatura de montaña.

El tercer volumen de la Revista Semestral Territorio de Diálogos ya está disponible, aunque no hemos participado en esta ocasión. Esperamos hacerlo para el cuarto volumen.

Talento cruel y crueldad gratuita*

Esta entrada no es un ensayo como las anteriores, como tampoco lo fueron las dos previas. Será que estamos en un estado de excepción. Más bien es una larga cita que combina dos talentos magníficos a nuestro gusto. Por un lado, tenemos al periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta Ryszard Kapuściński y por otro a Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, quien no necesita presentación. Si existe un tema que tratan ambos en parte de su obra es, creemos, la maldad y la crueldad. La cita corresponde a un texto del primero extraída de su libro El Imperio, y en esta, cita al segundo. Se mencionará a un tercero, Mijáilovski, pero desconocemos su obra por completo. Incluso hemos intentado conseguir su ensayo sobre el segundo, sin fortuna todavía.

El escritor ruso
Fiódor Mijáilovich Dostoyevski

Esta larga cita pensábamos comentarla y articular su tema con algo de las nociones de pulsión y goce, en general, y en particular con el texto Más allá del principio del placer. Sin embargo, después de mucho pensarlo y releerlo, creemos que sería mejor dejar intacto tal cual el texto de Ryszard Kapuściński. Lo más que hicimos fue añadir algunas preguntas al final de esta entrada. Esperamos que su lectura apoye nuestra decisión, pues creemos que ahí se podrá dar cuenta de una gran claridad, estilo, reflexión y transmisión que pocos tienen y de la cual carecemos. Es un texto que nos parece maravilloso. Y no deja de sorprendernos que eso que los poetas – como Sigmund Freud decía – y otros escritores ya plasmaban, podamos reencontrarlo en el discurso del psicoanálisis. ¿O acaso es a la inversa, qué por el psicoanálisis podamos leer de otra manera a esos otros autores? ¿Se lee a Sigmud Freud para después leer a Jacques Lacan? ¿O se lee al segundo para regresar a primero?

Anotemos de paso que el retomado – que no renovado – interés por este texto tiene vínculos con los eventos que han azotado durante el correr de este año la capital de Ucrania** y la lectura reciente de El Jugador. Sin más preámbulos, deleitémonos con estas dos joyas de la escritura y la reflexión de algunas condiciones humanas que pocos se han detenido a pensar con tremenda agudeza. Aquí la cita:

“Ignoro si ha leído el ensayo de Mijáilovski sobre Dostoievski, un viejo gran texto escrito en 1882. Mijáilovski era un pensador y ensayista ruso. Rechazaba a Dostoievski, a quien llamaba «talento cruel», al mismo tiempo que admiraba su perspicacia, su genio. Mijáilovski escribe que Dostoievski había descubierto en el hombre un rasgo terrible: la crueldad gratuita. Que el hombre entraña la inclinación a infligir sufrimientos a otros sin causa ni finalidad alguna. Un hombre mortifica a otro sin ningún motivo, sólo porque disfruta mortificándole, sensación que jamás reconocerá en voz alta. El rasgo en cuestión (la crueldad gratuita) unido al poder y la soberbia ha creado en el mundo las tiranías más crueles. Este descubrimiento, subraya Mijáilovski, se debe a Dostoievski, que en el cuento «Stepánchikovo y sus habitantes» describió un individuo provinciano de poca monta, Fomá Opiskin, un torturador, un monstruo, un tirano. «Dadle a Fomá Opiskin el poder de Iván el Terrible o de Nerón», escribe Mijáilovski, «y veréis como no tendrá nada que envidiarles y cómo sorprenderá al mundo con sus atrocidades.» Más de medio siglo antes de que Stalin se afianzara en el Kremlin y de que Hitler llegase al poder, Dostoievski, con una intuición profética, vio en la figura de Fomá Opiskin al antecesor de ambos tiranos.

Al ensañarse con sus víctimas, Fomá satisface su necesidad de cebarse, de empedernirse, de infligir dolor. No es un hombre práctico («necesita de lo que no es necesario»), al hacer sufrir a otros no consigue nada, de modo que no se le puede analizar en las categorías racionales, pragmáticas. Fomá no piensa en que ensañarse con la gente no tiene ningún objetivo, que no lleva a nada; aquí lo importante es el propio proceso de atormentar al otro, de tiranizarlo, de ejercer la crueldad por la crueldad. Para el verdugo reviste importancia el mero hecho de martirizar, su propio sadismo, el ser cruel. Fomá, «sin motivo alguno, golpea a una persona del todo inocente», cosa que le proporciona auténtico goce y le da la sensación de poseer un poder absoluto. En ese desinterés puro e inmaculado a la hora de infligir sufrimientos, definidos por Mijáilovski como «crueldad gratuita», el pensador ve un gran descubrimiento psicológico de Dostoievski.

Pero ¿por qué, se pregunta Mijáilovski, un hombre como Fomá Opiskin encontraban tierra abonada en Rusia? Porque, responde, «un rasgo muy característico del ruso, bien arraigado en el pueblo, estriba en su constante tendencia a sufrir». Sí, tenía que ser un ruso que describiera la figura de Fomá Opiskin, quien descubriera su alma lóbrega, un alma llena de «una indómita maldad por la maldad», quien nos revela su terrible e incompresible Subsuelo.” [1]

El siguiente párrafo no tiene que ver tanto con la maldad, pero sí con un tema que igualmente confronta toda lógica de lo que se esperaría del actuar y proceder humanos en general, no solo del hombre ruso.

“He aquí una de las situaciones típicas en que se pierden muchas personas de Occidente, que tienden a interpretar toda realidad exactamente como parece presentárseles: transparente, comprensible y lógica. Portador de semejante filosofía, al hombre occidental arrojado al mundo soviético a cada instante se le hunde el suelo bajo los pies, hasta que alguien le explica que la realidad que ve no es única, que ni siquiera, en la mayoría de los casos, es la más importante, y que aquí coexisten muchas realidades de lo más variadas que se entrelazan y acaban formando un nudo monstruoso e imposible de desenredar y cuyo meollo consiste en la multilogicidad: una extrañísima confusión de los sistemas lógicos más opuestos entre sí que a veces se denomina, erróneamente, antilógica o alógica por aquellos que contemplan la existencia desde un único sistema lógico.”[2]

Hasta aquí la larga cita. ¿Exageramos con nuestros elogios respecto a este par de personajes? Hace casi una década que leímos Crimen y Castigo y Los Hermanos Karamazov, cuya huella e impresión ha sido imborrable, en comparación con otras novelas. Y no porque estas sean “malas”, sino porque aquellas, ya clásicas, no pasan de moda y tienen ese no sé qué que trastoca la condición humana, algo de su eso atemporal. ¿Cuántos pueden hacer eso? Fiódor Mijáilovich Dostoyevski lo logró. Y la obra de Ryszard Kapuściński actualmente – a pesar de las críticas que le han hecho – no pide reconocimiento gratuito de nadie. Por esto es por lo que quisimos compartir esta cita. Cita con la letra. Cita con la escritura.

[1] Kapuscinsky, Ryszard (1993). El Imperio, 6ª edición, Editorial Anagrama, Colección Compactos, España, 2012. p. 213-214

[2] Ibidem. p. 253

* Esta entrada se había publicado en nuestro blog Hablarser hace, por lo menos, un par de años.

** En ese entonces Ucrania estaba envuelta en una serie de eventos que – algunos de ellos – quedaron grabados en el impresionante documental Winter On Fire: Ukraine’s Fight For Freedom.

Dos comentarios sobre el sueño de una bomba

Este ensayo sobre un sueño también fue publicado en la revista literaria ESPORA, año 2, número 12, editada por la Universidad de las Américas Puebla a través de la Escuela de Artes y Humanidades. Puede consultarse en el siguiente enlace: https://issuu.com/esporarevista/docs/espora12.

ESPORA Año 2, Número 12
ESPORA Año 2, Número 12

Sueño del 18 al 19 de abril de 2017

Una bomba está por explotar. Explosión que podría significar el fin del mundo como lo conocemos e iniciar uno postapocalíptico como lo han presentado algunas novelas y largometrajes de ciencia ficción. Tal explosión es inevitable pues quienes pudieron haberla desactivado han muerto, por lo que el único sobreviviente no puede hacer nada al respecto. Sin embargo, cabila sobre si la explosión se limitará sólo a determinado radio y entonces pueda sobrevivirla o si le será imposible escapar. Duda entre regresar por ciertos objetos pues esto le consumiría tiempo además de entrar en el radio que supone abarcaría la explosión, o, dejarlos consumirse en la misma y salvarse alejándose del área mortal. [Como todo sueño, no se digna en presentar su re-solución[1], contiene contradicciones y cuestiones absurdas, por ejemplo, que la bomba es supuesta, pues nunca aparece, es sólo la sensación de la misma. ¿Cómo es la sensación de una bomba por estallar?]

     Sueño alimentado, en parte, por las amenazas de guerra y bombardeo ante las recientes acciones en medio oriente por parte de nuestro vecino del norte. O, también por la adivinanza que una niña me lanzó y logré resolver: “¿Cuál es el país que primero ríe y luego explota?” Otros dirían que el sueño realizaría alucinatoriamente el cumplimiento de un deseo inconsciente infantil, por lo que lo “actual” es sólo un pre-texto. Como sea, no buscamos la fuente ni origen del mismo, tampoco buscamos hacer un ejemplo de análisis de sueños ni lo que cumpliría, menos aún pretendemos una especie de autoanálisis ni interpretación, aunque no descarta la experiencia que nos ha atravesado en el diván. Dejando en claro esto, sin mayor preámbulo, comenzamos con nuestros comentarios.

     El primero surge a partir de una lectura posible, entre varias, que se pueden hacer de este sueño. Una lectura que denominaremos simpática, bondadosa y amigable si se quiere, y que nos coloca en el camino de que algo está a punto de suceder en la vida del soñante: un acontecimiento, un renacimiento, el inicio de cualquier cosa que no sería poca cosa. Pero, además, con un carácter explosivo, intempestivo, fuera de tiempo, dislocado, inesperado. La llegada de alguna cosa que, con esa cualidad explosiva, mueve a cualquiera de su lugar: imposible no vibrar, tambalearse, sacudirse, desequilibrarse, caerse, ensordecerse o cegarse, pero que, por el carácter amigable de esta lectura, resulta soportable, pues dará lugar a algo mejor. Abandonar cosas, olvidarlas, dejarlas, desprenderse, renunciar, desapegarse: signos de algo bueno. Pues ¿por qué habría de sobrevivir nuestro soñante si no es porque vendrá algo mejor? ¿Por qué no “vaciar para poder recibir”? “Dejar ir es dejar llegar” ¡Claro! ¡Y no dejamos de preguntarnos de dónde se obtienen formidables causalidades! ¡Y a futuro! ¿No se puede soportar la destrucción, el dolor, la vida, la existencia, la muerte, si no es porque algo en un futuro anterior nos hará decir que ha valido la pena lo que pasó? ¿Se necesita de alguna promesa por cumplir para hacer más llevadero el malestar? No mirar atrás. No regresar. “Que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”. Todo lo anterior en vista de que algo en el exterior cambiará radicalmente, y como consecuencia “lógica”, el cambio en nuestro personaje. También puede leerse como un cambio en el interior: algo detonará en él que, y, sin necesidad de que algo cambie en el mundo, le hará verlo de otra manera. ¡Pero no sólo eso, también sentirlo y vivirlo de manera diferente! Tal vez un cambio en relación con algo profundamente anhelado, esperado, deseado, o, por el contrario, nunca imaginado, pero siempre, en esta lectura simpática, nunca en perjuicio del soñante. La liberación de todo pasado, de los temores, las inhibiciones, los dolores, las ausencias; el advenimiento, por vía casi mágica, de una nueva vida.

     Todavía otra posibilidad, y más ramplona: la explosión como metáfora de los afectos largamente contenidos, sofocados, en particular del enojo. Signo de que nuestro personaje se ha aguantado bastante, y que, por su bien, por salud, no debiera “reprimirse” más. Decir las cosas, de lo contrario, se atreven a decir algunos pocos pensantes pero muy académicos, podría producirse un cáncer. Un sueño como advertencia para cambiar algo, claro, siempre en pos del soñante. Un mensaje, una señal para estar mejor. ¿Pues acaso se puede leer de otra manera este sueño que no sea manifestación de algo que sería bienvenido para él? “Sí, sí ha de ser eso. Algo bueno va a pasar en mi vida”. Y lo mejor de una lectura así, para quienes la aceptan, es que el soñante lo único que tiene que hacer es, esperar; sí, estar pendiente de más “señales”, pero, sobre todo, saber esperar, porque “todo llega para el que sabe hacerlo”. ¡Esa necedad de atrasar los actos en la espera! ¡Esa necesidad de embellecer las cosas! ¡Ese disparate de que algo anhelado sucederá sólo porque uno cree merecerlo y el sueño es el mensajero de tal bienaventuranza! ¿Por qué habría de suceder así? ¿Cómo es que tal visión logra imponerse -la mayor parte del tiempo- sobre la realidad?

     Afortunadamente existe otra lectura posible, de donde parte nuestro segundo comentario. Una lectura que no resulta tan agradable pero que al menos nos pone a distancia de la anterior, que, en pocas palabras, nos produce náuseas. Podemos abordarla con la siguiente pregunta: ¿por qué el tema de la muerte – o fallecimiento, supresión, aniquilamiento, desaparición, borramiento, como se quiera – de nuestro personaje es ignorado o desconsiderado en esa lectura simpática, embellecida con prosperidad? ¿Acaso la muerte no es una clara posibilidad en el sueño, y además una inevitabilidad en la vida? En oposición a esa lectura agradable, proponemos una que pone en primer plano la finitud del sujeto y de su historia y que se nos ocurre llamarla antipática[2]. ¿Y si esa bomba de tiempo no fuese señal de ninguna dicha por venir, sino de algo terrible por develarse, por ejemplo, de la mentira que uno ha sido para sí mismo? O de la mentira que el mundo había significado. De la mascarada que uno ha utilizado para no ver aquello terrible que en uno mismo y en el mundo existe: “Nada más trágico, nada más aterrador para el hombre que lo que proviene de su propio fondo”[3]. Algo temible que, a fuerza de mantenerse ignorado, despreciado, “reprimido”, encuentra una expresión en los sueños. Y si se tratase de un pago imposible de postergar más o de uno imposible de saldar, con las secuelas que esto implique. Porque, si ese sueño fuese mensaje de un cambio alegre y esperado, no vemos razón para que no sucediese sin más, sin aviso, sin figuraciones, sin necesidad de una “interpretación”.

    Esta lectura antipática también permite pensar el fin del mundo no en el exterior, sino dentro, lo cual representaría, igualmente, un cambio de posición y un nuevo comienzo. Pero, ¿se toma en serio, en su cruda realidad, lo que es empezar de cero, desde “nada”? ¿Se considera en realidad la pérdida de “todo” cuando se anhela algo así, o sólo se piensa en lo que hasta ese momento resulta sumamente displacentero? Un único sobreviviente: ¿caeremos en la ingenuidad de una libertad en la que uno podría hacer lo que quiere? ¿Nos es posible siquiera pensar la libertad sin referencia a otro(s)? No se trata de aislamiento, sino de una soledad radical, incluso nos atrevemos a decir realizada. Los otros en el sueño figuran por dos cosas: estar ausentes, es decir, muertos, y poseer un saber que para el momento actual resulta inútil. No hubo transmisión de ese saber que podría salvar. Hubo, por otro lado, intento de transmisión de un hecho: morir. O, siguiendo a Derrida, en su exordio[4], la transmisión consistiría en asumir que enseñar y aprender a vivir es imposible. Que algo de esto solo puede logarse en relación con la muerte de uno y de otros, como figura en el sueño y que una lectura amigable decide ignorar. El sueño, representa y supone la muerte de otros, la renuncia, abandono y el no retorno al pasado, y también el final de uno.

     ¿Y qué hay del cavilar del soñante? ¡También la duda que esas lecturas simpáticas deciden ignorar![5] Ese titubeo, esa incertidumbre que rumia, esa desidia por hacer algo que no esté garantizado, un desgano ante el nihilismo radical de las cosas. Como si el acto, nuestro acto, el acto de cada sujeto, dependiese tan sencillamente de que alguien nos animara a llevarlos a cabo recordándonos la muerte. ¿Así de fácil se supera? ¡Qué bueno que nuestro personaje se encuentre solo, así tendrá que decidir su acto por sí mismo! Arriesgarse en algún sentido: volver por sus cosas a expensas de morirse en el acto; alejarse lo más posible con la esperanza de que el radio de la explosión no le alcance; alejarse y aun así morir; una más, que la bomba no explote, quedarse inmóvil, esperar, eso también es un riesgo y una apuesta. En este último caso, santa paz y calma si no sucede nada: de vuelta a la normalidad, a la cotidianidad, a la vida como siempre se ha llevado. “No tuve que moverme y no pasó nada ¡Qué dicha!” “No tuve que moverme, hacer algo, salvo esperar. ¡Qué felicidad recibir esto!” No seamos tan duros, tal vez pidió, pues dicen que, si uno pide, se le concederá, y pedir ya es hacer algo. Sólo fue un mal sueño, nada para pensar, para hacer, ni que más decir ni decidir. Se puede estar así, por decadente que nos resulte, por chocoso que nos parezca. Felizmente, siempre habrá un sueño, un lapsus, un acto, un sin querer, alguien o algo que nos fracture en esa imagen de nosotros mismos que tanto nos ha seducido desde infantes, imagen de inmortalidad, completud, omnipotencia, certeza, autoerotismo.

     Nuestro personaje decide ir en busca de sus cositas, las recupera, con el tiempo encima de él se aleja rápidamente del radio de explosión, brindándonos una imagen de su salvación en primer plano, y en segundo, la destrucción. ¡Se salvó! Eso está muy norteamericano, o, mejor dicho, muy occidentalizado, lo mismo que el sueño: soñar con una bomba. No elegimos nuestros sueños. Eso en sí mismo ya constituye una fractura. No podríamos soñar de otra manera. ¿Con qué sueñan los japoneses?[6] Fractura que, contrario a como pudiesen pensar los agradables y suaves, a nosotros nos mueve de lugar, y moverse, en definitiva, es un actuar. Que la muerte y el tiempo que pasa -porque existe un tiempo que no pasa- es nuestra apuesta, puedan ser algo diferente de un saber sin efectos. Nuestro primer comentario lo cerrábamos expresando esa necesidad de embellecer las cosas, aquí añadimos: ¡Esa necesidad de asegurar las cosas, hasta la vida misma, que “de seguro no tiene nada salvo la muerte”! “Es la única certeza en la vida” Pero, ¿cómo revivir, revitalizar y reactualizar estas trilladas y gastadas frases que no sirven más que para brindar consuelo, en el mejor de los casos? ¿Quién y en qué momento podría decir que ese saber “popular” le llevó a moverse, colocarse diferente, es decir, le fue útil para vivificarse[7], renunciado a la espera? Acaso algunos “afortunados”, quizá sólo unos cuantos, pues esta renuncia conlleva, al mismo tiempo, asumir que algunas cosas no se pueden precipitar. Tal vez enfrentando la aporía es una forma de hacerlo.

[1] La solución del sueño le fue revelada a Sigmund Freud en el sueño de la inyección de Irma.

[2] Pues no busca el favor, inclinación afectiva ni la aprobación.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica. Argentina: El cuenco de plata, 2013. P.82

[4] Derrida, Jacques (1995), Espectros de Marx. El Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva Internacional, trad. de José Miguel Alarcón y Cristina de Peretti, 5ª edición. Madrid: Trotta, 2012. Estructuras y Procesos.

[5] Maravillosa ambigüedad de la duda como sustantivo y acción.

[6] Pensándolo mejor, puede que algunos sí sueñen a la manera de bombas, pues no ignoramos los terrores iniciados por el Enola Gay en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial.

[7] Seguimos a Goethe citado por Nietzsche en el inicio de su II Intempestiva: preferimos una saber que nos vivifique y no sea sólo un saber muerto.