Talento cruel y crueldad gratuita*

Esta entrada no es un ensayo como las anteriores, como tampoco lo fueron las dos previas. Será que estamos en un estado de excepción. Más bien es una larga cita que combina dos talentos magníficos a nuestro gusto. Por un lado, tenemos al periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta Ryszard Kapuściński y por otro a Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, quien no necesita presentación. Si existe un tema que tratan ambos en parte de su obra es, creemos, la maldad y la crueldad. La cita corresponde a un texto del primero extraída de su libro El Imperio, y en esta, cita al segundo. Se mencionará a un tercero, Mijáilovski, pero desconocemos su obra por completo. Incluso hemos intentado conseguir su ensayo sobre el segundo, sin fortuna todavía.

El escritor ruso
Fiódor Mijáilovich Dostoyevski

Esta larga cita pensábamos comentarla y articular su tema con algo de las nociones de pulsión y goce, en general, y en particular con el texto Más allá del principio del placer. Sin embargo, después de mucho pensarlo y releerlo, creemos que sería mejor dejar intacto tal cual el texto de Ryszard Kapuściński. Lo más que hicimos fue añadir algunas preguntas al final de esta entrada. Esperamos que su lectura apoye nuestra decisión, pues creemos que ahí se podrá dar cuenta de una gran claridad, estilo, reflexión y transmisión que pocos tienen y de la cual carecemos. Es un texto que nos parece maravilloso. Y no deja de sorprendernos que eso que los poetas – como Sigmund Freud decía – y otros escritores ya plasmaban, podamos reencontrarlo en el discurso del psicoanálisis. ¿O acaso es a la inversa, qué por el psicoanálisis podamos leer de otra manera a esos otros autores? ¿Se lee a Sigmud Freud para después leer a Jacques Lacan? ¿O se lee al segundo para regresar a primero?

Anotemos de paso que el retomado – que no renovado – interés por este texto tiene vínculos con los eventos que han azotado durante el correr de este año la capital de Ucrania** y la lectura reciente de El Jugador. Sin más preámbulos, deleitémonos con estas dos joyas de la escritura y la reflexión de algunas condiciones humanas que pocos se han detenido a pensar con tremenda agudeza. Aquí la cita:

“Ignoro si ha leído el ensayo de Mijáilovski sobre Dostoievski, un viejo gran texto escrito en 1882. Mijáilovski era un pensador y ensayista ruso. Rechazaba a Dostoievski, a quien llamaba «talento cruel», al mismo tiempo que admiraba su perspicacia, su genio. Mijáilovski escribe que Dostoievski había descubierto en el hombre un rasgo terrible: la crueldad gratuita. Que el hombre entraña la inclinación a infligir sufrimientos a otros sin causa ni finalidad alguna. Un hombre mortifica a otro sin ningún motivo, sólo porque disfruta mortificándole, sensación que jamás reconocerá en voz alta. El rasgo en cuestión (la crueldad gratuita) unido al poder y la soberbia ha creado en el mundo las tiranías más crueles. Este descubrimiento, subraya Mijáilovski, se debe a Dostoievski, que en el cuento «Stepánchikovo y sus habitantes» describió un individuo provinciano de poca monta, Fomá Opiskin, un torturador, un monstruo, un tirano. «Dadle a Fomá Opiskin el poder de Iván el Terrible o de Nerón», escribe Mijáilovski, «y veréis como no tendrá nada que envidiarles y cómo sorprenderá al mundo con sus atrocidades.» Más de medio siglo antes de que Stalin se afianzara en el Kremlin y de que Hitler llegase al poder, Dostoievski, con una intuición profética, vio en la figura de Fomá Opiskin al antecesor de ambos tiranos.

Al ensañarse con sus víctimas, Fomá satisface su necesidad de cebarse, de empedernirse, de infligir dolor. No es un hombre práctico («necesita de lo que no es necesario»), al hacer sufrir a otros no consigue nada, de modo que no se le puede analizar en las categorías racionales, pragmáticas. Fomá no piensa en que ensañarse con la gente no tiene ningún objetivo, que no lleva a nada; aquí lo importante es el propio proceso de atormentar al otro, de tiranizarlo, de ejercer la crueldad por la crueldad. Para el verdugo reviste importancia el mero hecho de martirizar, su propio sadismo, el ser cruel. Fomá, «sin motivo alguno, golpea a una persona del todo inocente», cosa que le proporciona auténtico goce y le da la sensación de poseer un poder absoluto. En ese desinterés puro e inmaculado a la hora de infligir sufrimientos, definidos por Mijáilovski como «crueldad gratuita», el pensador ve un gran descubrimiento psicológico de Dostoievski.

Pero ¿por qué, se pregunta Mijáilovski, un hombre como Fomá Opiskin encontraban tierra abonada en Rusia? Porque, responde, «un rasgo muy característico del ruso, bien arraigado en el pueblo, estriba en su constante tendencia a sufrir». Sí, tenía que ser un ruso que describiera la figura de Fomá Opiskin, quien descubriera su alma lóbrega, un alma llena de «una indómita maldad por la maldad», quien nos revela su terrible e incompresible Subsuelo.” [1]

El siguiente párrafo no tiene que ver tanto con la maldad, pero sí con un tema que igualmente confronta toda lógica de lo que se esperaría del actuar y proceder humanos en general, no solo del hombre ruso.

“He aquí una de las situaciones típicas en que se pierden muchas personas de Occidente, que tienden a interpretar toda realidad exactamente como parece presentárseles: transparente, comprensible y lógica. Portador de semejante filosofía, al hombre occidental arrojado al mundo soviético a cada instante se le hunde el suelo bajo los pies, hasta que alguien le explica que la realidad que ve no es única, que ni siquiera, en la mayoría de los casos, es la más importante, y que aquí coexisten muchas realidades de lo más variadas que se entrelazan y acaban formando un nudo monstruoso e imposible de desenredar y cuyo meollo consiste en la multilogicidad: una extrañísima confusión de los sistemas lógicos más opuestos entre sí que a veces se denomina, erróneamente, antilógica o alógica por aquellos que contemplan la existencia desde un único sistema lógico.”[2]

Hasta aquí la larga cita. ¿Exageramos con nuestros elogios respecto a este par de personajes? Hace casi una década que leímos Crimen y Castigo y Los Hermanos Karamazov, cuya huella e impresión ha sido imborrable, en comparación con otras novelas. Y no porque estas sean “malas”, sino porque aquellas, ya clásicas, no pasan de moda y tienen ese no sé qué que trastoca la condición humana, algo de su eso atemporal. ¿Cuántos pueden hacer eso? Fiódor Mijáilovich Dostoyevski lo logró. Y la obra de Ryszard Kapuściński actualmente – a pesar de las críticas que le han hecho – no pide reconocimiento gratuito de nadie. Por esto es por lo que quisimos compartir esta cita. Cita con la letra. Cita con la escritura.

[1] Kapuscinsky, Ryszard (1993). El Imperio, 6ª edición, Editorial Anagrama, Colección Compactos, España, 2012. p. 213-214

[2] Ibidem. p. 253

* Esta entrada se había publicado en nuestro blog Hablarser hace, por lo menos, un par de años.

** En ese entonces Ucrania estaba envuelta en una serie de eventos que – algunos de ellos – quedaron grabados en el impresionante documental Winter On Fire: Ukraine’s Fight For Freedom.

Algunos apuntes sobre el seminario de “La carta robada”

[Revisión, 14 de sep de 2017. Repetición: Estos apuntes ya los había compartido en hablarser. Ahora los reviso y comparto nuevamente pues cierto interés me empuja una vez más a él(los). Los comentarios y supresiones añadidos, desde el mismo título hasta las notas, irán entre corchetes.]

Así como el significante abandona su lugar a riesgo de regresar circularmente, nosotros abandonamos textos y autores para regresar a ellos nuevamente. En esta ocasión nos vemos empujados a una nueva lectura del texto que inaugura los escritos de Jacques Lacan. Sin mayor preámbulo compartimos a continuación algunos apuntes y comentarios que resultaron de esto.

El concepto fundamental de este escrito no es necesario descifrarlo [“buscarlo”], está al inicio del texto: el automatismo de repetición. Por lo que sabemos de lecturas previas, Sigmund Freud presentó y argumentó la cuestión de la repetición de manera más extensa y controvertida en el texto Más allá del principio del placer, donde leemos que la pulsión de muerte insiste en su satisfacción, es siempre parcial e indomeñable [antes habíamos escrito: “y de una insistencia indomeñable”]. Esta repetición e insistencia serán, desde la lectura de Jacques Lacan y en este momento de su obra, de la cadena significante, donde además ubica la ex-istencia del sujeto. Llama nuestra atención y nos preguntamos sobre el lugar que el automatismo de repetición ocupa en el corpus psicoanalítico para que Lacan le dedique este acto solemne de inaugurar sus escritos. Tratemos de responder por esta importancia con nuestra lectura y reflexión.

Si el psicoanálisis es una práctica clínica y este es un escrito sobre aquel, vale preguntarnos también sobre qué es lo esencial de aquella y su relación con el automatismo de repetición. Jacques Lacan nos responde que las incidencias imaginarias, no son lo esencial de la experiencia analítica. Esto se debe a que las incidencias imaginarias son inconsistentes a menos que se las refiera a la cadena simbólica. Hasta este punto podemos pensar entonces que la cadena simbólica – y su insistencia – es parte esencial de la experiencia analítica ya que conecta y orienta las incidencias imaginarias. Aún más, la cadena significante determina los efectos en el sujeto. Estos efectos imaginarios son nombrados también por el psicoanalista francés como sombras y reflejos de la cadena significante. Otros efectos que también menciona y no trabajará en este texto están la forclusión, la represión y la denegación. Hasta aquí nos resulta claro que el automatismo de repetición es un concepto articulado con el de cadena significante y sus incidencias imaginarias.

Sigue ahora qué tienen que ver estos conceptos con el cuento de La Carta Robada. En palabras de Jacques Lacan, la pregunta gira en torno a cómo reconocer un automatismo de repetición en este módulo intersubjetivo, en estos “sujetos revelados en su desplazamiento en el transcurso de la repetición intrasubjetiva determinada por el lugar que viene a ocupar el puro significante”. Leemos en esta cita que el automatismo de repetición se reconocerá por los efectos que el significante (la carta) tendrá en cada sujeto debido a sus desplazamientos. Esto resulta más evidente e interesante si recordamos que no sabemos acerca del contenido de la carta, [de la misma manera que] desconocemos el “contenido” del significante y sin embargo algo produce[n].

La Carta Robada de Edgar A. Poe
Escenas finales de La Carta Robada

En el momento que menciona que el significante tiene relaciones singulares con el lugar pensamos que se refiere a lo dicho en el párrafo anterior, es decir, que los efectos del significante no son los mismos para todos nuestros personajes, pensando a estos como lugares. Tratemos de ser más claros: la misma carta (el significante) produce efectos diferentes en cada sujeto. Siendo la misma carta la que va pasando por diversas manos, sus efectos no serán los mismos en cada uno de ellos. De aquí que podamos decir que el significante – en necesaria articulación con otros por definición – puede ser el mismo y producir efectos diferentes a la vez. Planteado como pregunta es: ¿Cuáles son los efectos que tiene la carta en cada uno de estos personajes? De momento no nos interesamos por esos efectos, sino por la cuestión sobre qué los produce.

Más adelante encontramos una frase que parece contradecir lo expuesto en el párrafo anterior: el significante es unidad por ser único. Se nos hace una oración difícil pero arriesgamos en nuestro comentario. Entendemos que es “único” como elemento estructural y por sus efectos, también por su “contenido” que a la vez [necesariamente] es diferente de otros. En relación con la carta, podemos decir que es “única” en este relato, y los efectos sobre estos personajes también lo son, pero sin dudar de que existan otras, como se hace notar al inicio del cuento, cuando se menciona que está entre muchas más. Añadimos un comentario a esto pues nos resulta sumamente curioso cómo puede armarse toda una ficción en torno a una carta cuyo contenido no se da a conocer y no es necesario hacerlo. Así, el significante y su dinámica producen ficciones distintas a pesar de ser el “mismo” en cada sujeto y sin que lleguemos a tener noticia de su “contenido”.

El significante determina la existencia de los sujetos. De manera magistral lo encontramos expuesto en el siguiente párrafo:

“Si lo que Freud descubrió y redescubre de manera cada vez más abrupta tiene un sentido, es que el desplazamiento del significante determina a los sujetos en sus actos, en su destino, en sus rechazos, en sus cegueras, en sus éxitos y en su suerte, a despecho de sus dotes innatas y de su logro social, sin consideración del carácter o el sexo, y que de buena o mala gana seguirá al tren del significante como armas o bagajes, todo lo dado de lo psicológico.” [El Seminario de La Carta Robada, Jacques Lacan en Escritos 1]

Este párrafo nos ayuda a diferenciar y aclarar algo que resulta básico. Lo mencionamos por su relevancia para ampliar nuestras reflexiones, además de parecer contradictorio con todo lo anterior: La carta no determina a los sujetos (!). Si la carta – la carta como tal, el papel, la tinta, el sobre, el sello – tiene efectos sobre los sujetos es porque previamente existe un lugar que viene a ocupar y que le permite eso. En otras palabras, podría ser un llavero, una moneda, una grabación o un celular el que ocupara el lugar de la carta e igualmente producir efectos, claro, en otro cuento. ¿Es el automatismo de repetición y la dinámica significante lo que permite que los objetos tengan sus efectos en los sujetos? Son aclaraciones y preguntas nimias, pero que sirven para colocarnos definitivamente en algo que también por considerarse obvio muchas veces es omitido: estamos en el terreno de la actividad psíquica, y si los objetos tienen estos efectos es por la estructura que lo permite. No estamos en el campo de los objetos o de la biología ni de las neurociencias, como bien Sigmund Freud lo había aclarado en el capítulo VII de La Interpretación de los Sueños.

El párrafo citado es pequeño pero extenso en implicaciones. Tomémoslo en serio, ya que el condicional del inicio es una invitación que algunos creen tomarla así y fundamentar su práctica en ello, cuando en realidad la ilusión del saber y la libertad sigue dirigiendo su actuar. Si el significante determina al sujeto, ¿cómo el analista da lugar a esto en su vida y práctica? ¿Hasta dónde se da lugar a que lo hecho, soñado, anhelado, rechazado, visto, no visto, está determinado por el significante? Y que, de tomarlo en serio, existen otros determinantes que no modifican eso: status social, género, educación. Estos últimos pueden hacer [preferimos en este momento decir jugar] su papel en el yo, pero sabemos que esta imagen también está determinada [en parte] por el orden simbólico.

Continuando encontramos que el significante es símbolo de una ausencia, lo cual señala la desemejanza entre el orden simbólico y las cosas: el significante ahora está en lugar de la cosa; también lo hemos encontrado con aquella otra frase de que la palabra mata a la cosa. El significante es símbolo de la ausencia de la cosa y de alguna manera no tiene relación con ella pues la relación del significante será con otros significantes. De aquí que cuando buscamos su definición dentro de la literatura lacaniana, solo se le encuentra como un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante. En esta definición no aparece la cosa, el objeto: la relación no es con estos como con aquellos.

Seguimos desplazándonos [destacado para esta revisión] por el texto, así como la carta circula por los personajes: “El significante no se mantiene sino en un desplazamiento debido a su funcionamiento alternante en su principio, que abandone su lugar a riesgo de regresar circularmente”. Lo cual nos regresa al concepto central de este texto y que si bien, existe un punto de almohadillado que permite la significación, no quiere decir que el significante deje de desplazarse. El corte mismo permite nuevos desplazamientos y significaciones.

            El significante se desplaza y además nos posee[1]: “Al caer en posesión de la carta – admirable ambigüedad del lenguaje – es su sentido el que nos posee”. Preguntémonos: ¿nuestros personajes hacen lo que quieren con la carta o creen que hacen lo que quieren con ella? ¿Será más bien que la carta hace de ellos lo que quiere? Un psicoanálisis pasa forzosamente por estas vicisitudes, las de reconocerse habitado por algo extraño a uno, pero sin lo que ni siquiera uno podría pensarse o existir. Algo que nos arrastra inevitablemente, que nos empuja y que en última instancia no tiene sentido por sí mismo. ¿Qué significa o qué es mi nombre si no se articula con mis apellidos? Jacques Lacan escribe: “El hombre está habitado por el significante”.

En la Introducción menciona cómo algunos que se denominan psicoanalistas desestimaron el automatismo de repetición al pensarlo solo como un añadido, algo que podría tal vez coronar el edificio doctrinal del psicoanálisis. Y afirma que no es un simple dato. Vale la pena revisar qué fue lo que estos psicoanalistas argumentaron y produjeron a partir de la proposición de Sigmund Freud. Sabemos que la propuesta de una pulsión de muerte[2] produjo nuevas separaciones y rompimientos con el inventor del psicoanálisis en su momento. Y por más que escribiésemos creemos que no dejaríamos suficientemente claro lo que implica un automatismo, determinismo y la repetición. Nosotros mismos no dejamos de sorprendernos. Queremos decir esto y algo más: no importa cuánto estudiemos, analicemos, repitamos, cuestionemos, neguemos, aceptemos, reconozcamos, no importa qué hagamos, es una cuestión de la que no participamos y sin embargo vivimos, nos determina y somos responsables de sus efectos, y se repite sin que podamos detenerla. ¿Con esto vamos dando cuenta de la importancia del automatismo de repetición en el corpus teórico, práctica y formación psicoanalítica?

Freud trata de dar cuenta, a través del juego del fort-da, de cómo el orden simbólico determina al animal humano. Este orden simbólico anula la propiedad natural del objeto y lo captura en su orden, en sus condiciones. No es nuestro juego, no son nuestras reglas. Vaya, ni siquiera en la fantasía somos libres como creemos, o como fantaseamos, valga la redundancia. [¡Incluso cuando fantaseamos con la libertad!] Si la fantasía es una de esas incidencias imaginarias mencionadas arriba, están por tanto determinadas por una cadena significante. Algunos de buena manera aceptan que sus vidas están determinadas hasta cierto punto por la economía de los mercados internacionales, por las decisiones de sus gobernantes, por elementos imprevistos, por fenómenos naturales o genéticos, de los cuales obviamente dicen no ser responsables, y hasta cierto punto tienen razón, pero no parece ser tan trágico en tanto guarden un pequeño recoveco en el que sienten [que] son libres y no están dispuestos a abandonar. Estos por supuesto no toman en serio el descubrimiento freudiano. El analista que cree que a pesar de este automatismo de repetición de la cadena simbólica tiene un poco de libertad y que por “ser” analista, o por vayan ustedes a saber qué “rarismo” narcisista, está exento de ello, está claro que no puede ocupar ese lugar. Como tampoco un analizante puede ser tal sin darle cabida a ello.

No basta, como decíamos, con reconocer este automatismo de repetición. Se puede ser buen lector de psicoanálisis conociendo y estudiando estos conceptos, pero [¿ser?] ¿psicoanalista? Creemos que tampoco es el dejarse llevar y experimentarlo, sino el reconocer que nos lleva y lo experimentamos, a pesar de nosotros. No es “yo elijo, yo decido”, sino el reconocer que esa decisión ya estaba tomada (determinada) desde antes que sea[mos] consciente de ello. Como con aquella frase que le reconocen a Julio Cortázar acerca del amor: no haremos el amor, él nos hará. Lo cual suena una maravilla hablando de este tema, pero en psicoanálisis se trata de tomar esta propuesta de un determinismo inconsciente en serio para la totalidad de la vida psíquica, en “todo lo dado de lo psicológico”, como escribe Jacques Lacan.

Bibliografía

Lacan, Jacques, Escritos 1, trad. de Tomás Segovia, 3ª ed. rev. y corr. México: Siglo XXI, 2009

Notas

[1] ¿En verdad nos creemos que revisamos este escrito porque así lo decidimos? No somos [aquí eliminé la palabra “tan”] ingenuos ni libres en la elección de un tema. Libertad que algunos no se cuestionan, al realizar por ejemplo, investigación “científica”.

[2] Recientemente leímos – que no es lo mismo que trabajarlo – un texto que nos pareció sumamente interesante y que nos da una cátedra de forma de trabajo sobre un concepto, precisamente sobre la pulsión de muerte, titulado La muerte y su pulsión de Juan Vives Rocabert  de la Editorial Paidós, y cuya lectura nos parece obligada. Además de ser un trabajo reciente y enriquecedor.

En el diván: el coraje de hacer historia (III, Anexos)

Tercera parte

[Como se verá a continuación, nuestra ponencia estuvo centrada principalmente en los puntos anteriores; este tercero merece un tratamiento más riguroso y extenso. Otras ideas consideradas fueron también descartadas debido a la extensión total que representaría el trabajo final, pero acá las incluimos en los Anexos]

Que el pasado sea pasado: el coraje de hacer historia

Finalmente, ¿qué sucedería, eventualmente, en un trabajo de clínica psicoanalítica? No me detendré en cuestiones de “técnica”, metodología ni teoría. Sólo unos comentarios al respecto. Pasaría que el pasado sea pasado y no retorno en el presente. Que el pasado sea pasado y no actuación repetición presente. Que el pasado sea pasado y no aplaste lo presente. Que el sujeto se coloque de una manera distinta ante eso que se le presenta como destino fatal, que repita de otra manera o se coloque de otra manera ante la repetición, que ese carácter compulsivo, casi demoníaco, por decirlo de una manera, no desborde al sujeto. O que se deje desbordar, sí, pero con cierta “libertad” y “decisión” que antes no tenía. Que esa expresión que utilizamos cuando algo ha muerto, tenga ese sentido. Nos referimos a la frase que cuando al pasar lista en el salón de clases de nuestra formación básica, y alguien estaba ausente, jugábamos respondiendo: pasó a la historia. “Pepito: Pasó a la historia”. ¿No es lo que se dice de alguien o de algo que ha pasado, ha muerto, ha dejado su marca o simplemente está ausente? Pasó a la historia. Hizo historia. Ya es historia. Pero que sea así, no una mera simulación o intento de (auto)sugestión. Que el pasado sea historia y no sea un “muerto viviente”, un fantasma que nos acecha y que nos determina y ordena. De alguna manera, analizarse es hacer historia, hacerse historia, historia de lo que uno fue, no fue, no será, de lo que se tuvo o no, de lo que se anheló y nunca llegó, de lo que no se pidió y se presentó, pero que no por ser eventos pasados no estaban presentes. Así, Juan Vives Rocabert en su libro La muerte y su pulsión[1], define el duelo como el trabajo paradigmático por excelencia del aparato psíquico[2]. Así, si ese pasado no ha sido olvidado es porque no se ha hecho el duelo del mismo, y aquí viene la dificultad, la de hacer el duelo por algo que ni siquiera se sabe, de aquello inconsciente. El analizante, eventualmente va llevando a cabo el duelo por ese pasado que, sin saberlo, se negaba a dejar morir. Y sólo así, se abrirá el espacio para devenir de otra manera, nueva, inesperada, vivificante, pero a la vez desconocida, pues analista y analizante no saben qué se producirá a partir de ahí. Sepultando el pasado, no se sepultará el presente ni la vida. De ahí que el coraje de hacer historia sea el coraje de desprenderse de las ataduras que, aunque causaban dolor, aportaban cierta seguridad. Hacerles la tumba a los muertos, que además nos remitirá a nuestra propia muerte: y no sólo nos referimos a personas. Si, como decíamos al inicio, todo se inscribe en esa pizarra mágica que es una manera de representarnos el aparato psíquico, cabrán también, juguetes, mascotas, ropas, lugares, olores, sensaciones, imágenes, palabras, sonidos, canciones, películas, libros, fotografías, sabores, etc.

Claro que todo esto tiene sus reservas, pues no existe recuerdo ni olvido totales, y como dijimos, el sujeto tiene una relación dislocada con el tiempo, por lo que eso de vivir en el presente también tiene sus dificultades, o más bien, imposibilidades, que ya no abordaremos aquí junto con otros elementos en juego. Por ahora los invito a que el pasado, digamos, de los minutos que estuve hablando, retorne y sea presente para poder establecer un diálogo o responder a algunas preguntas. Gracias.

Anexos

Clément Rosset

Clément Rosset, alumno de Lacan, en Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica[3], toca el tema de la repetición. “Lo que repite la repetición remite, pues, inevitablemente al mito y a lo desconocido; en cambio, es posible observar cómo repite la repetición. Problema de importancia psicoanalítica (análisis de los comportamientos de fracaso) a la vez que filosófica (análisis de lo trágico).” Este cómo de la repetición, induce “a una visión completamente diferente del ejercicio de la vida. Se distinguiría así: 1) La repetición detenida, patológica, o repetición-cantinela. Significa rigurosamente el retorno de lo mismo. Concepción pesimista en el plano filosófico (Eclesiastés, Schopenhauer), y patológica en el plano psicoanalítico (instinto de muerte, compulsión de repetición, comportamiento de fracaso). 2) La repetición en marcha, o repetición diferencial, que significa retorno de un elemento diferente a partir de una perspectiva de lo mismo. Concepción trágica en el plano filosófico (pluralismo irreductible a toda unidad o síntesis, pero que es trágico a la vez que jubiloso, tanto en los griegos como en la teoría nietzscheana del eterno retorno), y terapéutica en el plano psicoanalítico (acceso a un comportamiento ‘normal’)”. “No significa que pida al analizado que renuncie en bloque a la repetición. Eso sería pedirle que renuncie a vivir: pues la vida está hecha de repeticiones, al exigir sin cesar el retorno de los diversos apetitos. Luego, intentará pasar de cierto tipo de repetición a otro: de ahí la diferencia entre dos formas de repetición y la idea de que es necesario pasar de una repetición muerta (sin diferencia) a una repetición viva (con diferencia).”

Sören Kierkegaard en Preludio de In vino veritas[4], se pone a pensar también la cuestión de la memoria, la repetición y la evocación. Haciendo la diferencia radical entre repetir algo de memoria y la evocación-recuerdo, que no se sustenta en la memoria. Un texto maravilloso. Igualmente traigo aquí algunas citas, no desarrolladas: Recordar no es en modo alguno lo mismo que acordarse, por eso su mayor fuerza y consuelo consiste en el poder de evocación, de verdadero recuerdo. A pesar de la enorme diferencia mutua, se confunden el recuerdo y la memoria. El recuerdo, propiamente, representa la idealidad y, en cuanto tal, entraña un esfuerzo y una responsabilidad muy distintas de las de la indiferente memoria. Esa forma superficial de acordarse de las cosas hace la vida muy cómoda. Se es un vejestorio, por ejemplo, y se sigue jugando a la gallinita ciega o participando con la misma ilusión de un mozalbete en todas las loterías de la vida. En realidad, sólo puede ser objeto del recuerdo aquello que es esencial. Lo esencial no se determina exclusivamente por su propio contenido, sino también por su relación al sujeto interesado. El objeto del recuerdo se puede arrojar todo lo lejos que se quiera, pero siempre vuelve de nuevo hacia nosotros, insistente y atronador como el martillo de Thor. La memoria es inmediata y recibe sus provisiones de lo inmediato. El recuerdo, en cambio, es siempre reflexivo. Por eso recordar es un verdadero arte. Pero el recuerdo y el olvido no están en oposición ni son contrarios. El arte de recordar no es nada fácil, ya que en el mismo momento en que se elabora el recuerdo puede éste sufrir las más varias modificaciones, mientras que con la memoria no cabe otra fluctuación, sino la de acordarse con exactitud de una cosa o no acordarse. Tan insignificante es, en definitiva, el papel que para mí representa la memoria en todo este asunto, que a veces tengo la impresión de no haber vivido el suceso que se rememora, sino que solamente lo he inventado. Todos los intentos que he hecho para fomentar el recuerdo con el recurso a las circunstancias inmediatas me han parecido desde el principio condenados al fracaso, a la par que me inspiraban siempre ese disgusto inevitable al cometer un plagio. Porque el que una vez ha comprendido de veras lo que es el recuerdo, queda cautivado y es su prisionero para toda la eternidad. Y quien posea un solo recuerdo es más rico que el que posee todas las riquezas de este mundo. No solamente la madre cuando da a luz a su hijo rebosa de gozo y alegría, sino también, y aún más que ella, aquel que sabe recordar. Lo único que constituye el objeto de éste son los estados emotivos y el ambiente creado por esas efusiones sentimentales de los participantes. Y de la misma manera que el vino generoso gana en calidad al decantarse, porque se evaporan las partículas de agua que contenía, así también el recuerdo gana mucho eliminando las partículas del agua de la memoria, sin que por ello se convierta en algo quimérico, ni muchísimo menos, como tampoco lo hace el vino generoso.

La imagen superviviente de Didi-Huberman

Otras reflexiones provienen de Georges Didi-huberman y su libro La imagen superviviente, en particular el capítulo Remolinos, repeticiones, rechazos y destiempos.[5] Igualmente traigo unas citas sin desarrollar. Lo que Freud descubre en el síntoma no es otra cosa que un régimen discontinuo de la temporalidad: remolinos y contratiempos que se repiten, repeticiones tanto menos regulares -y, por ende, tanto menos previsibles cuanto que son psíquicamente soberanas. Freud ve en el síntoma una multiplicidad de niveles memoriales, susceptibles a su vez de fisuras o, por el contrario, de colmataciones de todo género. Las líneas. los movimientos, los vínculos, las direcciones, todo se desgarra en intervalos, grietas, deslizamientos del terreno. El resultado son anacronismos, desfases, latencias, retrasos, destiempos. No hay, ni en la cultura ni en la psique, destrucciones completas ni restituciones completas: es por eso por lo que el historiador debe estar atento a los síntomas, a las repeticiones y a las supervivencias. La gran hipótesis de Freud sobre el tiempo psíquico da aquí toda su medida. Se encarna en la noción, capital y paradójica del destiempo. Este simple descubrimiento lo cambia todo. En adelante, el origen no podrá ya reducirse a una fuente factual, cualquiera que sea su «antigüedad» cronológica (puesto que es una imagen de memoria que, a destiempo, adquiere valor de traumatismo). La historia, por tanto, no podrá ya reducirse a la simple recolección de las cosas pasadas. Lacan ha deducido de ello, para el psicoanálisis, toda una visión del “tiempo reversivo”, de la «retroacción significante» y del «futuro anterior», en tanto que muchos otros comentaristas han tratado de comprender este valor perturbador del destiempo freudiano al hilo de una teoría del tiempo psíquico. En la historia de Emma, contada por Freud en 1895, el recuerdo rechazado no se ha transformado en traumatismo más que a destiempo.

Una última aproximación viene de Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis.[6] Encuentros entre un tiempo que pasa y un tiempo que no pasa. Para la lógica de los procesos psíquicos, el paso del tiempo no puede estar referido únicamente a nuestra representación consciente. Colisión de dos temporalidades que engendran las condiciones de la repetición. La repetición como algo nuevo, que se produce en un nuevo lugar, o, para ser más exactos, ella produce un nuevo lugar, creado por el encuentro de dos temporalidades heterogéneas y por la actualización de los efectos de este encuentro. Por el juego de la energía libre característico de los procesos primarios, todo deviene y nada cesa, pues en ellos nada deviene pasado. Lo cierto es que se hace difícil pensar un tiempo que no pasa, toda vez que el acto mismo del pensamiento se produce desde el punto de vista de un tiempo que pasa. Del lado de la existencia, en cambio, los acontecimientos pueden resultar “pasados” ordenados y representados desde el momento en que han sufrido el examen de la realidad. Ahora bien, discernimos una condición para que se instituya el examen de la realidad: tienen que haberse perdido objetos que antaño procuraron una satisfacción objetiva. Estamos atravesados por dos tipos de tiempos: el que pasa y el que no pasa. La expresión no cesa parece aquí la más adecuada para designar acontecimientos que no terminan, que no tienen término y que no devienen pasados, pero que no por ello permanecen inmóviles e idénticos.

Notas

[1] Vives Rocabert, Juan, La muerte y su pulsión: una perspectiva freudiana. México: Paidós, 2013.

[2] ¿Puede definirse el duelo como el trabajo paradigmático de una clínica psicoanalítica? Nos atrevemos a pensar que, al igual que para el aparato psíquico, así es.

[3] Rosset, Clément, Lógica de lo peor. Elementos para una filosofía trágica, trad. de Santiago Espinosa. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2013

[4] Kierkegaard, Sören, In vino veritas, trad. de Demetrio Gutiérrez Rivero. Madrid: Guadarrama.

[5] Didi-Huberman, Georges, La imagen superviviente. Historia del arte y tiempo de los fantasmas según Aby Warburg, 1ª ed. en español. Madrid: Abada, 2009

[6] Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis. Argentina: Amorrortu, 1996

[Fin de la entrada “En el diván: el coraje de hacer historia”]