Talento cruel y crueldad gratuita*

Esta entrada no es un ensayo como las anteriores, como tampoco lo fueron las dos previas. Será que estamos en un estado de excepción. Más bien es una larga cita que combina dos talentos magníficos a nuestro gusto. Por un lado, tenemos al periodista, historiador, escritor, ensayista y poeta Ryszard Kapuściński y por otro a Fiódor Mijáilovich Dostoyevski, quien no necesita presentación. Si existe un tema que tratan ambos en parte de su obra es, creemos, la maldad y la crueldad. La cita corresponde a un texto del primero extraída de su libro El Imperio, y en esta, cita al segundo. Se mencionará a un tercero, Mijáilovski, pero desconocemos su obra por completo. Incluso hemos intentado conseguir su ensayo sobre el segundo, sin fortuna todavía.

El escritor ruso
Fiódor Mijáilovich Dostoyevski

Esta larga cita pensábamos comentarla y articular su tema con algo de las nociones de pulsión y goce, en general, y en particular con el texto Más allá del principio del placer. Sin embargo, después de mucho pensarlo y releerlo, creemos que sería mejor dejar intacto tal cual el texto de Ryszard Kapuściński. Lo más que hicimos fue añadir algunas preguntas al final de esta entrada. Esperamos que su lectura apoye nuestra decisión, pues creemos que ahí se podrá dar cuenta de una gran claridad, estilo, reflexión y transmisión que pocos tienen y de la cual carecemos. Es un texto que nos parece maravilloso. Y no deja de sorprendernos que eso que los poetas – como Sigmund Freud decía – y otros escritores ya plasmaban, podamos reencontrarlo en el discurso del psicoanálisis. ¿O acaso es a la inversa, qué por el psicoanálisis podamos leer de otra manera a esos otros autores? ¿Se lee a Sigmud Freud para después leer a Jacques Lacan? ¿O se lee al segundo para regresar a primero?

Anotemos de paso que el retomado – que no renovado – interés por este texto tiene vínculos con los eventos que han azotado durante el correr de este año la capital de Ucrania** y la lectura reciente de El Jugador. Sin más preámbulos, deleitémonos con estas dos joyas de la escritura y la reflexión de algunas condiciones humanas que pocos se han detenido a pensar con tremenda agudeza. Aquí la cita:

“Ignoro si ha leído el ensayo de Mijáilovski sobre Dostoievski, un viejo gran texto escrito en 1882. Mijáilovski era un pensador y ensayista ruso. Rechazaba a Dostoievski, a quien llamaba «talento cruel», al mismo tiempo que admiraba su perspicacia, su genio. Mijáilovski escribe que Dostoievski había descubierto en el hombre un rasgo terrible: la crueldad gratuita. Que el hombre entraña la inclinación a infligir sufrimientos a otros sin causa ni finalidad alguna. Un hombre mortifica a otro sin ningún motivo, sólo porque disfruta mortificándole, sensación que jamás reconocerá en voz alta. El rasgo en cuestión (la crueldad gratuita) unido al poder y la soberbia ha creado en el mundo las tiranías más crueles. Este descubrimiento, subraya Mijáilovski, se debe a Dostoievski, que en el cuento «Stepánchikovo y sus habitantes» describió un individuo provinciano de poca monta, Fomá Opiskin, un torturador, un monstruo, un tirano. «Dadle a Fomá Opiskin el poder de Iván el Terrible o de Nerón», escribe Mijáilovski, «y veréis como no tendrá nada que envidiarles y cómo sorprenderá al mundo con sus atrocidades.» Más de medio siglo antes de que Stalin se afianzara en el Kremlin y de que Hitler llegase al poder, Dostoievski, con una intuición profética, vio en la figura de Fomá Opiskin al antecesor de ambos tiranos.

Al ensañarse con sus víctimas, Fomá satisface su necesidad de cebarse, de empedernirse, de infligir dolor. No es un hombre práctico («necesita de lo que no es necesario»), al hacer sufrir a otros no consigue nada, de modo que no se le puede analizar en las categorías racionales, pragmáticas. Fomá no piensa en que ensañarse con la gente no tiene ningún objetivo, que no lleva a nada; aquí lo importante es el propio proceso de atormentar al otro, de tiranizarlo, de ejercer la crueldad por la crueldad. Para el verdugo reviste importancia el mero hecho de martirizar, su propio sadismo, el ser cruel. Fomá, «sin motivo alguno, golpea a una persona del todo inocente», cosa que le proporciona auténtico goce y le da la sensación de poseer un poder absoluto. En ese desinterés puro e inmaculado a la hora de infligir sufrimientos, definidos por Mijáilovski como «crueldad gratuita», el pensador ve un gran descubrimiento psicológico de Dostoievski.

Pero ¿por qué, se pregunta Mijáilovski, un hombre como Fomá Opiskin encontraban tierra abonada en Rusia? Porque, responde, «un rasgo muy característico del ruso, bien arraigado en el pueblo, estriba en su constante tendencia a sufrir». Sí, tenía que ser un ruso que describiera la figura de Fomá Opiskin, quien descubriera su alma lóbrega, un alma llena de «una indómita maldad por la maldad», quien nos revela su terrible e incompresible Subsuelo.” [1]

El siguiente párrafo no tiene que ver tanto con la maldad, pero sí con un tema que igualmente confronta toda lógica de lo que se esperaría del actuar y proceder humanos en general, no solo del hombre ruso.

“He aquí una de las situaciones típicas en que se pierden muchas personas de Occidente, que tienden a interpretar toda realidad exactamente como parece presentárseles: transparente, comprensible y lógica. Portador de semejante filosofía, al hombre occidental arrojado al mundo soviético a cada instante se le hunde el suelo bajo los pies, hasta que alguien le explica que la realidad que ve no es única, que ni siquiera, en la mayoría de los casos, es la más importante, y que aquí coexisten muchas realidades de lo más variadas que se entrelazan y acaban formando un nudo monstruoso e imposible de desenredar y cuyo meollo consiste en la multilogicidad: una extrañísima confusión de los sistemas lógicos más opuestos entre sí que a veces se denomina, erróneamente, antilógica o alógica por aquellos que contemplan la existencia desde un único sistema lógico.”[2]

Hasta aquí la larga cita. ¿Exageramos con nuestros elogios respecto a este par de personajes? Hace casi una década que leímos Crimen y Castigo y Los Hermanos Karamazov, cuya huella e impresión ha sido imborrable, en comparación con otras novelas. Y no porque estas sean “malas”, sino porque aquellas, ya clásicas, no pasan de moda y tienen ese no sé qué que trastoca la condición humana, algo de su eso atemporal. ¿Cuántos pueden hacer eso? Fiódor Mijáilovich Dostoyevski lo logró. Y la obra de Ryszard Kapuściński actualmente – a pesar de las críticas que le han hecho – no pide reconocimiento gratuito de nadie. Por esto es por lo que quisimos compartir esta cita. Cita con la letra. Cita con la escritura.

[1] Kapuscinsky, Ryszard (1993). El Imperio, 6ª edición, Editorial Anagrama, Colección Compactos, España, 2012. p. 213-214

[2] Ibidem. p. 253

* Esta entrada se había publicado en nuestro blog Hablarser hace, por lo menos, un par de años.

** En ese entonces Ucrania estaba envuelta en una serie de eventos que – algunos de ellos – quedaron grabados en el impresionante documental Winter On Fire: Ukraine’s Fight For Freedom.

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